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En la lupa, 16.07.2020 https://www.enlalupa.com/2020/07/16/construyendo-autonomia-social-vi-el-decrecimiento-luis- tamayo-perez/ LUIS TAMAYO PÉREZ - ECOSOFIA Construyendo autonomía social (VI): el decrecimiento – Luis Tamayo Pérez SHARE TWEET SHARE EMAIL COMMENTS INTRODUCCIÓN “Todo el que crea que el crecimiento exponencial puede continuar indefinidamente en un planeta finito o está loco o es un economista”. Kenneth Boulding.[1] Una ciudadanía que avance en la máxima autonomía social debe contar con un modelo económico que la organice. La propuesta acorde a la sostenibilidad de los recursos de la tierra, desde mi punto de vista, tiene nombre: el decrecimiento. En nuestros días es común leer en los diarios que “la economía de tal país creció en un determinado porcentaje, otra en uno mayor” y consideramos correcto que eso sea así. Vivimos actualmente en una economía que afirma que no podemos dejar de crecer pues ello dejaría sin oportunidades a las generaciones subsecuentes. En consecuencia, las sociedades humanas no sólo aumentan en población, lo hacen también en el uso de innumerables recursos, del agua a los minerales, de la tierra a las pesquerías. Y, en un planeta finito, con recursos naturales también finitos, esos recursos se agotan paulatinamente. Esa finitud se olvida quizás porque, desde que los humanos comenzaron las prácticas agrícolas, la tierra regala, generosa, a los sembradores, grandes cosechas: granos, frutas y hortalizas llenaban, y aún llenan, los silos y bodegas de todo el mundo, generando la idea de que, en la tierra, los recursos son infinitos. Y el avance de la técnica incrementa tal pretensión pues nos hace pensar que “se pueden generar siempre mejores cosechas gracias a mejores semillas o a más eficientes técnicas de cultivo”. Incluso en los años malos el principio del “Dios proveerá” tranquiliza a los humanos, los cuales aprovechan hasta el último trozo de la tierra no sólo para sus cultivos sino para sus residencias y empresas, depredando el suelo y acabando con los bosques, selvas y manglares, en resumen, destruyendo el delicado equilibrio de los ecosistemas. Pero nuestro pequeño planeta azul tiene límites y sus ecosistemas también. Ahora sabemos que, superado cierto umbral —que puede tener que ver con la calidad del suelo, el número de depredadores y muchos otros elementos ligados a las cadenas tróficas—, el sistema colapsa y deja de entregar los “servicios ambientales” que antes ofrecía. En consecuencia, la tierra poco a poco se hace yerma y el bosque se convierte en desierto. En el modelo económico del “crecimiento”, cuando una economía no crece se considera “en recesión” y eso, afirman los economistas, es muy malo. En consecuencia, todos los gobiernos hacen todo lo que está en sus manos para crecer siempre más, y más, y más. Ese modelo económico, sin embargo, parece negar las conclusiones de Nicholas Georgescu-Roegen, el cual tradujo la segunda Ley de la Termodinámica a la economía, para enseñarnos que cada vez que generamos un producto o que gastamos un recurso natural, se pierde una parte de la energía en el proceso, por lo que la humanidad debería ser mucho más cuidadosa en el empleo de los recursos de la tierra. O como el mismo Georgescu-Roegen indica: Todo uso de los recursos naturales para necesidades no vitales lleva consigo una menor cantidad de vida en el futuro.[2] Dominique Belpomme, el cancerólogo y presidente del European Cancer and Environment Research Institute con sede en Bruselas, radicalizó la tesis anterior y afirmó que “el crecimiento se ha convertido en el cáncer de la humanidad”.[3] Sin embargo, fue el economista inglés Kenneth Boulding quien, desde mi punto de vista, comprendió mejor, en el terreno de la economía misma, lo que estaba en juego. En su ensayo “La economía de la futura nave espacial tierra”,[4] después de criticar a aquellos economistas que sostenían que no debíamos preocuparnos por el agotamiento de los recursos naturales que la economía del crecimiento genera (pues decían que la economía del futuro encontraría la manera de superar las carencias), indicó que, si pretendíamos generar una sociedad sostenible, una que entregase a nuestros hijos y nietos un mundo, al menos, con las mismas condiciones para la vida que el que nosotros recibimos, debíamos dejar atrás la depredadora economía “abierta” del hombre primitivo[5] o, como lo llama después, del “cowboy” (el vaquero) y optar por la economía “cerrada” del astronauta: La tierra cerrada del futuro requiere de principios económicos que son diferentes de los de la tierra abierta del pasado. […] Estoy tentado a denominar a la economía abierta como la “economía del cowboy”, pues el cowboy es el símbolo de las llanuras ilimitadas y se asocia con la conducta derrochadora, explotadora, romántica y violenta, característica de las sociedades abiertas. La economía cerrada del futuro podría denominarse, de manera similar, como la “economía del astronauta”, en la cual la Tierra se ha convertido en una única nave espacial, sin reserva ilimitada alguna, ni para la explotación ni para la contaminación, y en la que debemos encontrar nuestro lugar en un sistema ecológico cerrado el cual es capaz de una reproducción continua de los materiales, aunque no puede evitar la utilización de inputs de energía.[6] Eso, indica Boulding, también se aprecia en los patrones de consumo: en la economía abierta el consumo debe incrementarse continuamente, de otra manera no pueden sostenerse las empresas ni el empleo. En la economía cerrada, al contrario, el consumo es algo que “debe ser minimizado, no maximizado” y el éxito de una economía no se mide en términos de consumo y producción sino en el mantenimiento de “la naturaleza, el alcance, la calidad y la complejidad de las reservas de capital total, incluidos los cuerpos y mentes humanas”.[7] Como puede apreciarse, Boulding nos invita a cambiar de modelo económico. No vivimos en las llanuras ilimitadas del cowboy sino en la limitada nave espacial del astronauta. Boulding, además, no sólo estaba profundamente preocupado por el agotamiento de los recursos sino, incluso, por la contaminación de la tierra y, sobre todo, por la de la atmósfera, lo cual no carece de valor pues, en aquellos años, el Calentamiento Global Antropogénico, causado por la emisión de Gases de Efecto Invernadero, apenas mostraba la nariz. Son estas bases las que conducen al economista y profesor emérito de la Universidad de Paris-Sud XI (Orsay), Serge Latouche, a proponer la tesis –o “slogan político con implicaciones teóricas”, como el mismo indica—, del “decrecimiento” (décroissence). EL DECRECIMIENTO El “decrecimiento” que propone Latouche no es un “crecimiento negativo”, la propuesta implica reconocer que el crecimiento económico es incompatible con un planeta que es, como bien sabemos, finito y que “sólo enriquece a los que detentan el capital, lo cual tiene consecuencias desastrosas para el medioambiente y la humanidad”.[8] Para Latouche, y muchos otros pensadores alrededor del mundo – como, en España, Carlos Taibo o Jorge Riechmann— la economía que debería prevalecer en un planeta con recursos limitados no es la del descuido de lo que se produce y consume y que, de la mano de progreso y el derroche, gasta innumerables recursos naturales como si nuestro planeta fuese infinito. En oposición a tal modelo económico, Latouche propone un “decrecimiento sereno”, una “sociedad de decrecimiento”, una que cuida los recursos que la tierra nos ofrece, una que sea autocontenida y recupere la tranquilidad y “el goce de estar vivo”.[9] Tal anhelo, absolutamente revolucionario en nuestros días, se aprecia difícil de seguir por el enloquecido ser humano, el cual, absorto por sus múltiples ocupaciones, obnubilado por el “tener siempre más” y “workaholic”, difícilmente es capaz de recuperar la “joie de vivre” (alegría de vivir). Quizás la humanidad requiera de aquello que Denis de Rougement denominó la “Pedagogía de las catástrofes” para poder despertar: Siento venir una serie de desastres, organizadas por nuestras diligentes, aunque inconscientes, preocupaciones. Si [tales catástrofes] son lo suficientemente grandes como para despertar al mundo, pero no lo suficiente como para acabar con todo, las llamaría pedagógicas, pues sólo ellas serían capaces de hacernos superar nuestra inercia, así como la invencible propensión de los cronistas a denominar como “psicosis apocalíptica” a cualquier denuncia de un peligro fatal, aunque bien conocido, que se les informa. […] Las catástrofes no enseñarán nada a los que no saben adonde ir y no buscan su camino ni lo inventarán jamás. “No hay viento favorable para quien no sabe dónde va”, decía Séneca. Pero para aquél que si lo sabe, todo es posible mientras sople el viento, aunque sea contrario.[10] Ciertamente la pedagogía de las catástrofes ha logrado despertar a varias sociedades. Las explosiones de las plantas nucleares de Chernobyl y Fukushima, la enfermedad de las vacas locas, la onda de calor europea del 2003, la gripe porcina, y ahora la Covid-19, son catástrofes que han logrado que más de una consciencia aprecie la importancia del decrecimiento y la convivialidad humana. DECRECIMIENTO Y CONVIVIALIDAD La propuesta del decrecimiento de Latouche, lo indica él mismo, reposa en algunos enunciados de Iván Illich, del cual me permito recordar sólo uno: la estrategia del caracol: El caracol construye la delicada arquitectura de su concha añadiendo, una tras otra, espiras cada vez más amplias; después cesa bruscamente y comienza a enroscarse esta vez en decrecimiento, ya que una sola espira más daría a la concha una dimensión dieciséis veces más grande, lo que, en lugar de contribuir al bienestar del animal, lo sobrecargaría. Y desde entonces, cualquier aumento de su productividad serviría sólo para paliar las dificultades creadas por esta ampliación de la concha, fuera de los límites fijados por su finalidad. Pasado el punto límite de la ampliación de las espiras, los problemas del sobrecrecimiento se multiplican en progresión geométrica, mientras que la capacidad biológica del caracol sólo puede, en el mejor de los casos, seguir una progresión aritmética.[11] De la misma manera que el autocontenido caracol, una sociedad convivial – como Illich la denominaba— decrece en la medida en que es ecoeficiente y sabe claramente que los recursos planetarios son finitos. Por tal razón no puede sino limitar no sólo el número de habitantes que la pueblan, sino la cantidad de los recursos que dichos habitantes utilizan. Una sociedad convivial, con el objeto de mantener su calidad de vida, no puede ser sino como el caracol, es decir, autolimitarse/decrecer y cuidar de sus recursos para proyectarse hacia el futuro. Pero la autocontención es mucho más que eso. Es en las ideas de los sabios orientales donde podemos encontrar muchísimos ejemplos de autocontención. En la sabiduría zen, por ejemplo, encontramos modelos de vida basados en ella. Entre muchas anécdotas me permito citar la denominada ¿Es así?: El maestro zen Hakuin[12] era conocido entre sus vecinos como aquél que llevaba una vida pura. Una jovencita japonesa muy atractiva, cuyos padres regenteaban una tienda de comidas, vivía cerca de su casa. Una mañana, repentinamente, los padres descubrieron con espanto que la muchacha estaba embarazada. Esto puso a los tenderos fuera de sí. La joven, al principio, se negaba a delatar al padre de la criatura, pero después de mucho hostigarla y amenazarla acabó dando el nombre de Hakuin. Muy irritados, los padres fueron en busca del maestro. “¿Es así?” fue todo lo que dijo. Al nacer el niño, lo llevaron a casa de Hakuin. Por entonces éste había perdido ya toda su reputación, lo cual no le preocupaba mucho, pero en cualquier caso no faltaron atenciones en la crianza del niño. Los vecinos daban a Hakuin leche y cualquier otra cosa que el pequeño necesitase. Pasó un año y la joven madre, no pudiendo resistir más, confesó a sus padres la verdad: el auténtico padre del niño era un hombre joven que trabajaba en la pescadería. La madre y el padre de la chica fueron enseguida a casa de Hakuin para pedirle perdón. Después de haberse deshecho en disculpas, le rogaron que les devolviese el niño. Hakuin no puso ninguna objeción. Al entregarles el pequeño, todo lo que dijo fue: “¿Es así?”[13] Como puede apreciarse, el maestro Huakuin se autocontenía: no discutía, no se alteraba, ni siquiera exigía justicia ante el evidente maltrato. Tampoco imponía retaliación a las malas acciones. La autocontención implica, tal como nos enseña la anécdota, un cambio en el modo de vida, una actitud de humildad, de respeto al otro y valoración de su lugar en la tierra. La autocontención reconoce que no se poseen todas las claves, toda la verdad. Que siempre habrá un espacio vacío, un no-saber irreductible, por lo que nuestra actitud no puede ser sino la del reconocimiento de los propios límites y de respeto a un orden cuya comprensión nos supera. Es por todo eso que una sociedad autocontenida respeta los límites planetarios y la biodiversidad. Fomenta y admite la presencia de lo otro, de lo diferente, incluso la importancia de las especies “dañinas”. El cuidado de todas las especies de la tierra es una actitud acorde a la autolimitación/decrecimiento. CONCLUSIÓN Cometió un grave error Aristóteles cuando definió al ser humano como zoon logikón ejon, como un “animal que posee razón”. Tal y como muestra la catástrofe socioambiental en curso, la carencia de convivialidad y de respeto por el otro, prevaleciente en nuestra civilización, ha mostrado que el ser humano, más bien, es carente de razón. Si queremos decirlo en términos aristotélicos, somos más bien, zoon ethikón ejon, es decir, animalitos de costumbres, y la nuestra es la de destruir nuestro medioambiente –nuestra casa— y maltratar a todo aquél que lo permita, sean vecinos, sean las especies que nos acompañan en la tierra. La humanidad, basada en ideologías absurdas, es incapaz de autocontenerse y se lanza a “tener todos los hijos que Dios le dé” sin detenerse a pensar en aquello de lo que van a vivir. Olvidando que los recursos de la tierra son finitos. Además, casi todos los humanos pretenden vivir como el derrochador estadounidense sin darse cuenta de que, para ello, se requerirían los recursos de otros cuatro planetas Tierra. Y sólo contamos con uno. Es posible que la humanidad conviva y goce de una buena vida en equilibrio con nuestro pequeño planeta azul, pero ello requiere de un cambio profundo en la mentalidad de la humanidad, uno que la haga decreciente y autocontenida, es decir, verdaderamente racional y, así lo esperamos, humana. LUIS TAMAYO PÉREZ BIBLIOGRAFÍA Belpomme, Dominique (2007), Avant qu’il soit trop tard, Fayard, Paris. Boulding, Kenneth (1966): “The economics of the coming spaceship earth” en H. Jarrett (ed.), (1966). Environmental Quality in a Growing Economy, Resources for the Future/Johns Hopkins University Press, Baltimore, pp. 1-14. Versión por la que se cita: “La economía de la futura nave espacial Tierra”, Revista de Economía Crítica Nº 14. Carne de Zen, Huesos de Zen (2000), EFAF, Madrid. Georgescu-Roegen, Nicholas (1996), La ley de la entropía y el proceso económico, Fundación argentaria/Visor, Bs. As. (Primera ed. Harvard University Press, 1971). Illich, I. (1990). El género vernáculo, México: Joaquín Mortiz. Latouche, S. (2004). Survivre au développement. Paris: Mille et une nuits. Rougement, D. (1977) « Pédagogie des catastrophes », Foi et Vie, Paris, n° 2-3, avril 1977, p. 145-155. https://www.unige.ch/rougemont/articles/fv/197704 Max-Neef, Manfred (1998): Desarrollo escala a humana. Conceptos, aplicaciones y algunas reflexiones, (2a. ed.), Barcelona: Icaria. Riechmann, Jorge (Coord.) (1999): Necesitar, desear, vivir. Sobre necesidades, desarrollo humano, crecimiento económico y sustentabilidad, (2a. ed.), Madrid: Los Libros de la Catarata. Rodríguez Rodríguez, I. (2012), La “nave espacial tierra” de Kenneth Boulding, Revista de Economía Crítica, nº14, segundo semestre 2012: http://revistaeconomiacritica.org/sites/default/files/revistas/n14/Clasicos2- Ignacio.pdf [1] Anyone who believes that exponential growth can go on forever in a finite world is either a madman or an economist. Cfr. https://www.goodreads.com/quotes/627148- anyone-who-believes-that-exponential-growth-can-go-on-forever [2] Georgescu-Roegen, 1996: 67. [3] Belpomme, 2007: 211. [4] Cfr. Boulding, K. (1966). The economics of the coming spaceship earth. Baltimore: John Hopkins University Press. [5] “Primitive men, and to a large extent also men of the early civilizations, imagined themselves to be living on a virtually illimitable plane”. Cfr. https://pdfs.semanticscholar.org/41fa/ef2cf3d1c99fc40f396bb24cfc6943f56df d.pdf?_ga=2.63231335.951726548.1594649333-2137615942.1594649333 [6] “The closed earth of the future requires economic principles which are somewhat different from those of the open earth of the past. […] I am tempted to call the open economy the “cowboy economy,” the cowboy being symbolic of the illimitable plains and also associated with reckless, exploitative, romantic, and violent behavior, which is characteristic of open societies. Tile closed economy of the future might similarly be called the “spaceman” economy, in which the earth has become a single spaceship, without unlimited reservoirs of anything, either for extraction or for pollution, and in which, therefore, man must find his place in a cyclical ecological system which is capable of continuous reproduction of material form even though it cannot escape having inputs of energy”. Ibidem. [7] “By contrast, in the spaceman economy, throughput is by no means a desideratum, and is indeed to be regarded as something to be minimized rather than maximized. The essential measure of the success of the economy is not production and consumption at all, but the nature, extent, quality, and complexity of the total capital stock, including in this the state of the human bodies and minds included in the system”. Ibidem. [8] Latouche, S. (2004). Survivre au développement. Paris: Mille et une nuits, p. 20. [9] Ibidem, p. 67. [10] Rougement, D. (1977) « Pédagogie des catastrophes », Foi et Vie, Paris, n° 2-3, avril 1977, p. 145-155. https://www.unige.ch/rougemont/articles/fv/197704 [11] Illich, El género vernáculo, 1990. [12] Uno de los máximos exponentes de la escuela Rinzai (1685-1768). [13] Carne de Zen, Huesos de Zen (2000: 25).