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La noche del 16 de junio de 1816, después de que Lord Byron y Percy B.
Shelley discutieran largamente sobre la posibilidad de descubrir el principio
vital de la naturaleza y transferirlo a un cuerpo inerte, Mary Shelley tuvo
una memorable pesadilla sobre la visión de un monstruo creado por la
ciencia humana. Éste sería el punto de partida de una de las obras más
proféticas de la historia de la literatura: Frankenstein o el moderno
Prometeo. Un drama romántico sobre la voluntad prometeica del ser
humano, decidida a emular y planteando nuevos problemas morales de
consecuencias desconocidas. Los recientes avances de la ciencias
biológicas, en esta época de clones y transgénicos, nos invitan a recorrer,
convirtiendo su obra en un clásico tan vivo y actual como hace casi 200
años.
Mary Shelley
Frankenstein o el moderno Prometeo
¿Te pedí, por ventura, Creador,
que transformaras en hombre
este barro del que vengo?
¿Te imploré alguna vez
que me sacaras de la oscuridad?
El paraíso perdido
Dedico respetuosamente estos volúmenes
a William Godwin, autor de
Political Justice, Caleb Williams, etcétera.
LA AUTORA
Volumen I
Prólogo[1]
El suceso en el cual se fundamenta este relato imaginario ha sido considerado
por el doctor Darwin[2] y otros fisiólogos alemanes como no del todo imposible.
En modo alguno quisiera que se suponga que otorgo el mínimo grado de
credibilidad a semejantes fantasías; sin embargo, al tomarlo como base de una
obra fruto de la imaginación, no considero haberme limitado simplemente a
enlazar, unos con otros, una serie de terrores de índole sobrenatural. El hecho que
hace despertar el interés por la historia está exento de las desventajas de un
simple relato de fantasmas o encantamientos. Me vino sugerido por la novedad
de las situaciones que desarrolla, y, por muy imposible que parezca como hecho
físico, ofrece para la imaginación, a la hora de analizar las pasiones humanas, un
punto de vista más comprensivo y autorizado que el que puede proporcionar el
relato corriente de acontecimientos reales. Así pues, me he esforzado por
mantener la veracidad de los elementales principios de la naturaleza humana, a
la par que no he sentido escrúpulos a la hora de hacer innovaciones en cuanto a
su combinación. La Ilíada, el poema trágico de Grecia; Shakespeare en La
tempestad y El sueño de una noche de verano; y sobre todo Milton en El paraíso
perdido se ajustan a esta regla. Así pues, el más humilde novelista que intente
proporcionar o recibir algún deleite con sus esfuerzos puede, sin presunción,
emplear en su narrativa una licencia, o, mejor dicho, una regla, de cuy a
adopción tantas exquisitas combinaciones de sentimientos humanos han dado
como fruto los mejores ejemplos de poesía.
La circunstancia en la cual se basa mi relato me fue sugerida en una
conversación trivial. Lo comencé en parte como diversión y en parte como
pretexto para ejercitar cualquier recurso de mi mente que aún tuviera intacto. A
medida que avanzaba la obra, otros motivos se fueron añadiendo a éstos. En
modo alguno me siento indiferente ante cómo puedan afectar al lector los
principios morales que existan en los sentimientos o caracteres que contiene la
obra. Sin embargo, mi principal preocupación en este punto se ha centrado en la
eliminación de los efectos enervantes de las novelas de hoy en día, y en exponer
la bondad del amor familiar, así como la excelencia de la virtud universal. Las
opiniones que lógicamente surgen del carácter y situación del héroe en modo
alguno deben considerarse siempre como convicciones mías; ni se debe extraer
de las páginas que siguen conclusión alguna que prejuicie ninguna doctrina
filosófica del tipo que fuera.
Es además de gran interés para la autora el hecho de que esta historia se
comenzara en la majestuosa región donde se desarrolla la obra principalmente, y
rodeada de personas cuy a ausencia no cesa de lamentar. Pasé el verano de 1816
en los alrededores de Ginebra. La temporada era fría y lluviosa, y por las noches
nos agrupábamos en torno a la chimenea. Ocasionalmente nos divertíamos con
historias alemanas de fantasmas, que casualmente caían en nuestras manos.
Aquellas narraciones despertaron en nosotros un deseo juguetón de emularlos.
Otros dos amigos[3] (cualquier relato de la pluma de uno de ellos resultaría
bastante más grato para el lector que nada de lo que y o jamás pueda aspirar a
crear) y y o nos comprometimos a escribir un cuento cada uno, basado en algún
acontecimiento sobrenatural.
Sin embargo, el tiempo de repente mejoró, y mis dos amigos partieron de
viaje hacia los Alpes donde olvidaron, en aquellos magníficos parajes, cualquier
recuerdo de sus espectrales visiones. El relato que sigue es el único que se
terminó[4] .
Introducción a la edición de 1831
Los editores de las novelas comunes y corrientes,[4b] al escoger
Frankenstein para formar parte de una de sus series, me manifestaron el deseo
de que les proporcionara algunos datos acerca del origen del relato. Con gusto lo
hago, porque, así, responderé, de una manera general, a la pregunta que tan
frecuentemente me han hecho: “¿Cómo y o, por aquel entonces una jovencita,
pude llegar a concebir y desarrollar una idea monstruosa a tal grado?” La verdad
es que siento gran aversión por hablar de mí misma en una publicación, pero y a
que mi explicación solamente aparecerá como apéndice de una obra anterior, y
puesto que se limitará a tópicos que únicamente tienen relación con mi calidad de
autora, difícilmente puedo acusarme de intromisión personal.
No resulta extraño que y o, como hija de dos personas distinguidas en el
campo de la literatura, hay a abrigado, desde una edad muy temprana, el deseo
de escribir. Ya de pequeña hacía garabatos y, durante las horas de recreo, mi
pasatiempo favorito era “escribir historias”. Además, algo que me proporcionaba
un placer may or aún era hacer castillos en el aire, el gusto por soñar despierta, el
desarrollar una idea que tenía por objeto crear una sucesión de incidentes
imaginarios. Mis sueños eran, a la vez, más fantásticos y agradables que lo que
escribía. Aquí aparecía y o pintada con bastante exactitud, pues, a diferencia de lo
que otros han hecho, no anotaba los dictados de mi imaginación. Mis escritos
estaban destinados a ser leídos, por lo menos, por una persona más: por mi
compañero y amigo de la niñez; en cambio, de mis sueños era la única dueña;
nunca se los contaba a nadie; eran mi refugio cuando me sentía abrumada y mi
más caro placer cuando libre.
De joven viví principalmente en el campo, y un período considerable lo pasé
en Escocia. De cuando en cuando iba a visitar los sitios más pintorescos, pero mi
residencia habitual se hallaba cerca de Dundee, en las solitarias y tristes riberas
norteñas del Tay. Al mirar hacia el pasado las llamo tristes y solitarias, pero
entonces no eran esto para mí, sino el país de la libertad y las gratas regiones
donde tranquilamente podía y o estar en comunión con las criaturas de mis
sueños. Escribía, pero lo que salía de mi pluma no eran más que lugares
comunes. Fue debajo de los árboles que crecían en nuestras propiedades o en los
desolados flancos de las montañas sin bosques que se elevaban cerca de allí
donde mis composiciones verdaderas, los etéreos vuelos de mi imaginación,
nacieron y se desarrollaron. No era y o la heroína de mis cuentos. En tratándose
de mi, consideraba que la vida era un asunto demasiado común. Nunca pude
imaginarme tomando parte en acontecimientos desgraciados o maravillosos, mas
no me hallaba limitada a mi propia identidad y podía poblar las horas con
creaciones mucho más interesantes para mi, a esa edad, que las sensaciones
propias que experimentaba.
Después, tuve una vida más ocupada, y la realidad tomó el lugar de la
ficción. Sin embargo, desde un principio, mi esposo se mostró muy deseoso de
que me mostrara digna de mis padres y de que inscribiera y o mi nombre en el
libro de la fama. Él siempre me incitaba a trabajar para adquirir un renombre
literario que también a mí me interesaba entonces, pero que hoy me es
infinitamente indiferente. En aquella época, él deseaba que y o escribiera, no
tanto porque tuviese la idea de que pudiese y o producir algo de verdadero valor,
sino para que, por sí mismo, pudiese juzgar hasta dónde había en mí la promesa
de cosas mejores en lo futuro. No obstante, no logré hacer nada. Los viajes y el
cuidado que se le debe a una familia ocupaban todo mi tiempo, y el estudio,
realizado a través de la lectura o de la superación de mis ideas mediante la
comunicación establecida con un hombre de mente más desarrollada, era todo lo
que ocupaba mi atención en cuestiones literarias.
Durante el verano de 1816, hicimos un viaje a Suiza, y nos tocó ser vecinos
de Lord By ron. Al principio pasábamos horas placenteras en el lago o errando
por las orillas. Lord Bry on, que por entonces escribía el tercer cántico de Childe
Harold, era el único de nosotros que trasladaba sus ideas al papel. Éstas, al ir él
mostrándonoslas sucesivamente, bañadas por la luz y la armonía de la poesía,
parecían dividir las glorias del cielo y la tierra, y nosotros compartíamos sus
influencias con el autor.
Pero el verano se hizo húmedo, poco propicio y, a menudo, una lluvia
incesante nos confinaba durante días enteros en la casa. Cay eron en nuestras
manos algunos volúmenes de historias de espantos traducidas del alemán al
francés. Estaba allí la del amante inconstante quien, al creer abrazar la novia a
quien había dado su palabra, se encontró en brazos del espectro de aquella a la
que había abandonado. Estaba el cuento del pecador cuy o desgraciado sino era el
de dar el beso de la muerte a todos los jóvenes hijos de su desdichada familia,
justamente cuando éstos llegaban a la edad más prometedora. Su silueta, borrosa
y gigantesca, vestida a la manera del espectro de Hamlet con su armadura
completa, pero con la visera levantada, a la medianoche y bajo la luz de la luna,
avanzaba lentamente por la lóbrega avenida. La silueta se perdía en las sombras
proy ectadas por los muros del castillo, pero luego una puerta giraba sobre sus
goznes; se oían pasos, la puerta del aposento se abría y el espectro se adelantaba
hacia el lecho de los jóvenes en flor, sumidos en un sueño reparador. Al
inclinarse para besar la frente de los muchachos, una pena infinita se reflejaba
en su rostro, y éstos, como las flores arrancadas de su tallo, a partir de ese
momento comenzaban a marchitarse. Desde aquel entonces no he vuelto a leer
tales historias, pero sus incidencias se conservan frescas en mi memoria; tan
frescas como si apenas ay er las hubiera leído.
“Cada uno de nosotros escribirá una historia de fantasmas”, dijo Lord By ron;
y su propuesta fue aceptada. Éramos cuatro personas. El noble autor comenzó a
escribir un cuento, del cual se publicó un fragmento al final de su poema
intitulado Mazepa. Shelley, más apto para envolver ideas y sentimientos con el
resplandor de una imaginación brillante, que no para tejer la trama de una
historia, empezó a escribir tomando como base las experiencias de sus primeros
años. El pobre Polidori tenía alguna terrible idea acerca de una dama que poseía
una calavera por cabeza y que de esa manera había sido castigada por espiar a
través del ojo de las cerraduras; de lo que veía no me acuerdo, pero seguramente
era algo malo y horrible. Mas una vez que la dama había sido reducida a una
condición peor que la del conocido Tom de Coventry, su creador no supo qué
hacer con ella y se vio obligado a despacharla hacia la tumba de los Capuletos,
único sitio en el que no desentonaría. También los poetas ilustres, fastidiados por
la simpleza de la prosa, renuncian rápidamente a las labores poco agradables.
Yo me ocupaba de pensar en una historia; en una que rivalizara con aquellas
que nos habían hecho poner manos a la obra. La mía habría de ser una que
hablara de los misteriosos temores de nuestra naturaleza y que causase horror;
que hiciera a los lectores mirar a su alrededor, que les helase la sangre en las
venas y que acelerase los latidos de sus corazones. De no lograr mis propósitos,
mi historia de espantos no sería digna de ese nombre. Pensé y reflexioné... en
vano. Sentía aquella total incapacidad de inventiva que constituy e la miseria más
grande que el autor puede experimentar cuando, por toda respuesta a sus
invocaciones, obtiene un áspero no. ¿Has pensado ya en tu relato?, me
preguntaban cada mañana, y cada mañana me veía obligada a contestar con una
negativa que me mortificaba.
Todo debe tener un principio, diría hablando con el lenguaje de Sancho; y ese
principio debe estar ligado a algo ocurrido con anterioridad. Los hindúes piensan
que el mundo está sostenido por un elefante, pero imaginan al elefante reposando
sobre una tortuga. La inventiva, admitámoslo con humildad, no consiste en crear
partiendo del vacío, sino en hacerlo enfrentándonos a un caos. Antes que nada,
debe uno contar con los materiales necesarios: esto puede dar forma a las cosas
obscuras y confusas, pero no puede dar la vida a la materia misma. En todas las
cuestiones relativas a descubrimientos e invenciones, aun en aquellas que caen
dentro del campo de la imaginación, continuamente se nos recuerda la historia de
Colón y el huevo. La inventiva consiste en tener la capacidad de captar todas las
posibilidades de un asunto y en contar con ese poder para moldear y dar forma a
las ideas sugeridas por él.
Numerosas y largas fueron las conversaciones sostenidas por Lord By ron y
Shelley, conversaciones de las cuales era y o devota pero casi silenciosa auditora.
Durante el transcurso de una de ellas se discutieron varias doctrinas filosóficas y,
entre otras, se habló de la naturaleza del principio de la vida y de si habría alguna
posibilidad de que, un día, llegase a ser descubierta y dada a conocer. Hablaron
de las experiencias realizadas por el doctor Darwin (no me refiero a lo que el
doctor realmente hizo o dijo que había hecho, sino a lo que entonces se contaba
que él había realizado), quien guardó un pedazo de fideo en una caja de cristal
hasta que, por alguna razón extraordinaria, comenzó a agitarse con movimientos
voluntarios. Pero no sería de esa manera como se daría vida a las cosas. Tal vez
era posible que un cuerpo fuese reanimado; el galvanismo era un indicio que lo
probaba: tal vez las partes componentes de una criatura pudieran ser fabricadas,
unidas, dotadas de calor vital.
La noche fue dando paso al día mientras hablaban, y y a la hora de las brujas
había pasado cuando nos retiramos a descansar. Cuando puse la cabeza en la
almohada no pude dormir, aunque tampoco podría decir que me dedicaba a
pensar. Mi imaginación, espontáneamente, me poseía y me guiaba, prestando a
las imágenes que sucesivamente desfilaban por mi pensamiento una vida que iba
más allá de los límites habituales que se alcanzan en los sueños. Vi (con los ojos
cerrados, pero con la agudeza de la visión mental), vi, digo, al pálido estudiante
de artes vírgenes, arrodillado junto al objeto cuy as partes había unido. Vi al
horrible fantasma de un hombre estirarse, movido por alguna poderosa
maquinaria; daba señales de vida y se agitaba con movimientos torpes, casi
vitales. Debía ser algo aterrador, pues en grado sumo habría de serlo el efecto
producido por cualquier obra del hombre que remedase el formidable
mecanismo ideado por el Creador del universo. El artista se sentiría horrorizado
ante su propio éxito y huiría de aquello que había nacido entre sus propias manos;
alimentaría la esperanza de que, abandonándolo a sus propios recursos, la débil
chispa de vida que le había comunicado acabaría por extinguirse; de que aquello
que había sido dotado de una animación imperfecta terminaría en materia
muerta y de que podría dormir con la creencia de que la tumba ocultaría para
siempre la efímera existencia de aquel cuerpo en el cual él había creído ver el
nacimiento de la vida. Duerme, pero está despierto; abre los ojos y mira el
horrible objeto que, junto a su cama, abre las cortinas y lo ve con ojos
amarillentos y llorosos, pero a la vez atentos.
Presa del terror, abrí los míos. La idea se había apoderado en tal forma de
mí, que el miedo me hizo estremecerme y quise substituir la lúgubre imagen de
mis fantasías con la realidad circundante. Hoy puedo todavía ver todo aquello: la
habitación, el parquet de color obscuro, las contraventanas cerradas, los ray os de
la luna filtrándose a través de sus hendiduras, y vuelvo a sentir que el helado lago
y los altos y blancos Alpes se encuentran más allá. No me fue muy fácil
librarme de mi horrible fantasma; éste seguía persiguiéndome. Traté de pensar
en otras cosas. Recurrí a mi historia de espantos... ¡A mi tediosamente
desafortunada historia de espantos! ¡Ah!, si sólo pudiese idear algo que
horrorizase a mis lectores como aterrorizada estuve y o aquella noche!
Con la rapidez de la luz y produciendo el mismo toque de alegría propio de
ésta, surgió ante mí una visión: “¡Lo he encontrado! Lo que me horrorizó a mí
horrorizará a los demás; todo lo que tengo que hacer es describir al espectro que
me ha quitado el sueño”, me dije. Por la mañana, anuncié que ya había pensado
en un relato. Ese día empecé a escribir: Era una lúgubre noche de noviembre, e
hice una simple transcripción del terror que me había causado aquel soñar
despierta.
En un principio sólo pensé hacer un cuento que constara de unas cuantas
páginas, pero Shelley me instó a desarrollar la idea con may or amplitud. No es
que mi historia se deba a una sugerencia de mi esposo, o a una corazonada suy a;
no obstante, de no ser por sus instancias, nunca habría sido presentada al mundo
bajo la forma en que hoy lo hacemos. De esta declaración debe excluirse el
prefacio, el cual, por lo que puedo recordar, fue totalmente escrito por él.
Y, ahora, una vez más, invito a mi horrible progenie a ir hacia adelante y a
desarrollarse. Guardo un especial afecto por ella, porque surgió en días felices,
cuando la muerte y las penas eran sólo palabras que no encontraban eco en mi
corazón. Sus páginas hablan de muchas caminatas, de muchos paseos y de
muchas conversaciones del tiempo en que no estaba y o sola y en que mi
compañero era alguien que, en este mundo, no volveré a ver jamás. Mas este es
un asunto personal, y mis lectores no tienen nada que ver con tales recuerdos.
Sólo agregaré una palabra en torno a los cambios que he introducido. Éstos
han sido, principalmente, de estilo. No he transformado ninguna parte del relato,
ni he añadido ideas ni incidentes nuevos. He corregido el lenguaje en aquellos
pasajes en que, por ser tan llano, perjudicaba el interés de la narración; estos
cambios fueron hechos, casi exclusivamente, al principio del primer volumen: su
papel se reduce al de meros apéndices del relato, cuy o meollo y fondo se han
dejado intactos.
M.W.S.
LONDRES, 15 DE OCTUBRE DE 1831.
Carta 1[5]
A la señora SAVILLE, Inglaterra.
San Petersburgo, 11 de diciembre de 17…
Te alegrarás de saber que ningún percance ha acompañado el comienzo de la
empresa que tú contemplabas con tan malos presagios. Llegué aquí ayer, y mi
primera obligación es tranquilizar a mi querida hermana sobre mi bienestar y
comunicarle mi creciente confianza en el éxito de mi empresa.
Me encuentro ya muy al norte de Londres, y andando por las calles de
Petersburgo noto en las mejillas una fría brisa norteña que azuza mis nervios y me
llena de alegría. ¿Entiendes este sentimiento? Esta brisa, que viene de aquellas
regiones hacia las que yo me dirijo, me anticipa sus climas helados. Animado por
este viento prometedor, mis esperanzas se hacen más fervientes y reales. Intento
en vano convencerme de que el Polo es la morada del hielo y la desolación. Sigo
imaginándomelo como la región de la hermosura y el deleite. Allí, Margaret, se ve
siempre el sol[6] , su amplio círculo rozando justo el horizonte y difundiendo un
perpetuo resplandor. Allí pues con tu permiso, hermana mía, concederé un margen
de confianza a anteriores navegantes, allí, no existen ni la nieve ni el hielo[7] y
navegando por un mar sereno se puede arribar a una tierra que supera, en
maravillas y hermosura, cualquier región descubierta hasta el momento en el
mundo habitado. Puede que sus productos y paisaje no tengan precedente, como
sin duda sucede con los fenómenos de los cuerpos celestes de esas soledades
inexploradas. ¿Hay algo que pueda sorprender en un país donde la luz es eterna?
Puede que allí encuentre la maravillosa fuerza que mueve la brújula; podría
incluso llegar a comprobar mil observaciones celestes que requieren sólo este
viaje para deshacer para siempre sus aparentes contradicciones. Saciaré mi
ardiente curiosidad viendo una parte del mundo jamás hasta ahora visitada y
pisaré una tierra donde nunca antes ha dejado su huella el hombre. Estos son mis
señuelos, y son suficientes para vencer todo temor al peligro o a la muerte e
inducirme a emprender este laborioso viaje con el placer que siente un niño
cuando se embarca en un bote con sus compañeros de vacaciones para explorar
su río natal. Pero, suponiendo que todas estas conjeturas fueran falsas, no puedes
negar el inestimable bien que podré transmitir a toda la humanidad, hasta su última
generación, al descubrir, cerca del Polo, una ruta hacia aquellos países a los que
actualmente se tarda muchos meses en llegar; o al desvelar el secreto del imán,
para lo cual, caso de que esto sea posible, sólo se necesita de una empresa como
la mía.
Estos pensamientos han disipado la agitación con la que empecé mi carta y
siento arder mi corazón con un entusiasmo que me transporta; nada hay que
tranquilice tanto la mente como un propósito claro, una meta en la cual el alma
pueda fiar su aliento intelectual. Esta expedición ha sido el sueño predilecto de mis
años jóvenes. Apasionadamente he leído los relatos de los diversos viajes que se
han hecho con el propósito de llegar al Océano Pacífico Norte a través de los
mares que rodean el Polo[8] . Quizá recuerdes que la totalidad de la biblioteca de
nuestro buen tío Thomas se reducía a una historia de todos los viajes realizados
con fines exploradores. Mi educación estuvo un poco descuidada, pero fui un
lector empedernido. Estudiaba estos volúmenes día y noche y, al familiarizarme
con ellos, aumentaba el pesar que sentí cuando, de niño, supe que la última
voluntad de mi padre en su lecho de muerte prohibía a mi tío que me permitiera
seguir la vida de marino.
Aquellas visiones se desvanecieron cuando entré en contacto por primera vez
con aquellos poetas cuyos versos llenaron mi alma y la elevaron al cielo. Me
convertí en poeta también y viví durante un año en un paraíso de mi propia
creación; me imaginé que yo también podría obtener un lugar allí donde se
veneran los nombres de Homero y Shakespeare. Tú estás bien al corriente de mi
fracaso y de cuán amargo fue para mí este desengaño. Pero justo entonces heredé
la fortuna de mi primo, y, mis pensamientos retornaron a su antiguo cauce.
Han pasado seis años[9] desde que decidí llevar a cabo la presente empresa.
Incluso ahora puedo recordar el momento preciso en el que decidí dedicarme a
esta gran labor. Empecé por acostumbrar mi cuerpo a la privación. Acompañé a
los balleneros en varias expediciones al mar del Norte y voluntariamente sufrí frío,
hambre, sed y sueño. A menudo trabajé más durante el día que cualquier
marinero, mientras dedicaba las noches al estudio de las matemáticas, la teoría de
la medicina y aquellas ramas de las ciencias físicas que pensé serían de mayor
utilidad práctica para un aventurero del mar. En dos ocasiones me enrolé como
segundo de a bordo en un ballenero de Groenlandia y ambas veces salí con éxito.
Debo reconocer que me sentí orgulloso cuando el capitán me ofreció el puesto de
piloto en el barco y me pidió reiteradamente que me quedara ya que tanto
apreciaba mis servicios.
Y ahora, querida Margaret, ¿no merezco llevar a cabo alguna gran empresa?
Podía haber pasado mi vida rodeado de lujo y comodidad, pero he preferido la
gloria a cualquiera de los placeres que me pudiera proporcionar la riqueza. ¡Si tan
sólo una voz, alentadora me respondiera afirmativamente! Mi valor y mi
resolución son firmes, pero mis esperanzas fluctúan y mi ánimo se deprime con
frecuencia. Estoy a punto de emprender un largo y difícil viaje, cuyas vicisitudes
exigirán de mí todo mi valor. Se me pide no sólo que levante el ánimo de otros,
sino que conserve mi entereza cuando ellos flaqueen.
Esta es la época más favorable para viajar por Rusia. Vuelan sobre la nieve en
sus trineos; el movimiento es agradable y, a mi modo de ver, mucho más cómodo
que el de los coches de caballos ingleses. El frío no es extremado, si vas envuelto
en pieles, atuendo que yo ya he adoptado. Hay una gran diferencia entre andar
por la cubierta y permanecer sentado, inmóvil durante horas, sin hacer el
ejercicio que impediría que la sangre se te hiele materialmente en las venas. ¡No
tengo la intención de perder la vida en la ruta entre San Petersburgo y Arkángel!
[10]
Partiré hacia esta última ciudad dentro de dos o tres semanas, y pienso fletar
allí un barco, cosa que me será fácil si le pago el seguro al dueño; también
contrataré cuantos marineros considere precisos de entre los que están
acostumbrados a ir en balleneros. No pienso navegar hasta el mes de Junio; y en
cuanto a mi regreso, querida hermana, ¿cómo responder a esta pregunta? Si tengo
éxito, pasarán muchos, muchos meses, incluso años, antes de que tú y yo nos
volvamos a encontrar. Si fracaso, me verás o muy pronto, o nunca.
Hasta la vista, mi querida y excelente Margaret. Que el cielo te envíe todas las
bendiciones y a mí me proteja para que pueda atestiguarte una y otra vez mi
gratitud por todo tu amor y tu bondad.
Tu afectuoso hermano,
ROBERT WALTON.
Carta 2
A la señora SAVILLE, Inglaterra.
Arkángel, 28 de marzo de 17…
¡Qué despacio pasa aquí el tiempo, rodeado como estoy de nieve y hielo! [11]
Sin embargo, he dado ya un segundo paso hacia la realización de mi empresa. He
fletado un barco y estoy ocupado en reunir la tripulación; los que ya he contratado
parecen hombres en quienes puedo confiar e indudablemente están dotados de
invencible valor.
Tengo, empero, un deseo aún por satisfacer y este vacío me acucia ahora de
manera terrible. No tengo amigo alguno, Margaret; cuando arda con el
entusiasmo del éxito, no habrá nadie que comparta mi alegría; si soy víctima del
desaliento, nadie se esforzará por disipar mi desánimo. Podré plasmar mis
pensamientos en el papel, cierto, pero es un pobre medio para comunicar los
sentimientos. Añoro la compañía de un hombre que pudiera compenetrarse
conmigo, cuya mirada respondiera a la mía. Me puedes tachar de romántico,
querida hermana, pero echo muy en falta a un amigo. No tengo a nadie cerca que
sea tranquilo a la vez que valeroso, culto y capaz, cuyos gustos se parezcan a los
míos, que pueda aprobar o corregir mis proyectos. ¡Qué bien enmendaría un
amigo así los fallos de tu pobre hermano! Soy demasiado impulsivo en la ejecución
y demasiado impaciente con los obstáculos. Pero aún me resulta más nocivo el
hecho de haberme autoeducado. Durante los primeros catorce años de mi vida
corrí por los campos como un salvaje, y no leí nada salvo los libros de viajes de
nuestro tío Thomas. A esa edad empecé a familiarizarme con los renombrados
poetas de nuestra patria. Pero no vi la necesidad de aprender otras lenguas que la
mía hasta que no estaba en mi poder el sacar los máximos beneficios de esta
convicción. Tengo ahora veintiocho años, y en realidad soy más inculto que
muchos colegiales de quince. Es cierto que he reflexionado más, y que mis sueños
son más ambiciosos y magníficos, pero carecen de equilibrio (como dicen los
pintores). Me hace mucha falta un amigo que tuviera el suficiente sentido común
como para no despreciarme por romántico y que me estimara lo bastante como
para intentar ordenar mi mente.
Bien, son éstas lamentaciones vanas; sé que no encontraré amigo alguno en el
vasto océano, ni siquiera aquí, en Arkángel, entre mercaderes y hombres de mar.
Sin embargo, incluso en estos rudos corazones laten algunos sentimientos, extraños
a la escoria de la naturaleza humana. Mi lugarteniente, por ejemplo, es un hombre
de enorme valor e iniciativa, empecinado en su afán de gloria. Es inglés, y,
aunque lleno de prejuicios nacionales y profesionales, jamás limados por la
educación, retiene algunas de las más preciosas cualidades humanas. Lo conocí a
bordo de un ballenero, y, al saber que se encontraba en esta ciudad sin trabajo, no
tuve ninguna dificultad para persuadirlo de que me ayudara en mi aventura.
El capitán[12] es una persona de excelente disposición y muy querido en el
barco por su amabilidad y flexibilidad en la disciplina. Tanta es la bondad de su
naturaleza, que no quiere cazar (deporte favorito aquí) casi la única diversión,
porque no soporta derramar sangre. Es además de una heroica generosidad. Hace
algunos años se enamoró de una joven rusa de familia relativamente acomodada;
tras hacerse con una considerable fortuna por la captura de navíos enemigos, el
padre de la joven dio su consentimiento al matrimonio. Él vio a su prometida una
vez antes de la ceremonia. Bañada en lágrimas, se le arrojó a los pies, y le suplicó
la perdonara, a la vez que le confesaba su amor por otro hombre con el cual su
padre nunca consentiría que se casara, ya que carecía de fortuna. Mi desprendido
amigo tranquilizó a la suplicante muchacha y, en cuanto supo el nombre de su
amado, abandonó al instante su galanteo. Había ya comprado con su dinero una
granja, en la cual pensaba pasar el resto de su vida, pero se la cedió a su rival,
junto con el resto de su fortuna, para que pudiera comprar algunas reses. Él mismo
solicitó del padre de la joven el consentimiento para la boda, mas el anciano se
negó considerándose en deuda de honor con mi amigo, el cual, al ver al padre en
actitud tan inflexible, abandonó el país para no regresar hasta saber que su antigua
novia se había casado con el hombre a quien amaba. «¡Qué persona tan noble!»,
exclamarás sin duda, y así es, pero desgraciadamente ha pasado toda su vida a
bordo de un barco y apenas tiene idea de algo que no sean las maromas y los
obenques.
Mas no pienses que el que me queje un poco, o crea que quizá nunca llegue a
conocer el consuelo para mi tristeza, signifique que titubeo en mi decisión. Esta es
tan firme como el destino mismo, y mi viaje se ve retrasado tan sólo porque espero
un tiempo favorable que me permita zarpar. El invierno ha sido tremendamente
duro; pero la primavera promete ser buena e incluso parece que se adelantará, de
modo que quizá pueda hacerme a la mar antes de lo previsto. No actuaré con
precipitación; me conoces lo suficientemente bien como para fiarte de mi
prudencia y moderación cuando tengo confiada la seguridad de otros.
No puedo describirte la emoción que tengo ante la proximidad del comienzo de
mi empresa. Es imposible transmitirte una idea de la tremenda emoción, mezcla de
agrado y de temor, con la cual me dispongo a partir. Marcho hacia lugares
inexplorados, hacia «la región de la bruma y la nieve», pero no mataré a ningún
albatros[13] , así que no temas por mi suerte.
¿Te encontraré de nuevo, tras cruzar inmensos mares y rodear los cabos de
África o América? No me atrevo a esperar tal éxito, y no obstante no puedo
soportar la idea del fracaso.
Continúa aprovechando toda oportunidad de escribirme; puede que reciba tus
cartas (si bien hay pocas esperanzas) cuando más las necesite para animarme. Te
quiero mucho. Recuérdame con afecto si no vuelves a saber de mí.
Tu afectuoso hermano,
ROBERT WALTON.
Carta 3
A la señora SAVILLE, Inglaterra.
7 de julio de 17…
Mi querida hermana:
Te escribo con premura unas líneas para decirte que estoy bien y que mi viaje
está muy avanzado. Te llegará esta carta por un buque mercante que regresa a
casa desde Arkángel; es más afortunado que yo, que puede que no vea mi patria
en muchos años. Sin embargo, estoy animado; mis hombres son valerosos y
parecen tener una firme voluntad. No les desaniman ni siquiera las capas de hielo
que constantemente flotan a nuestro lado, presagio de los peligros que alberga la
región hacia la cual nos dirigimos. Ya hemos alcanzado una latitud muy alta, pero
estamos en pleno verano, y, aunque la temperatura es menos alta que en
Inglaterra, los vientos del sur, que nos empujan velozmente hacia las costas que
ansío ver, traen consigo un alentador grado de calor que no había esperado.
Hasta el momento no nos ha acaecido ningún incidente que merezca la pena
contar. Un par de ventiscas fuertes y la ruptura de un mástil son accidentes que
navegantes avezados apenas si recordarían. Yo me encontraré satisfecho si nada
peor nos acontece durante el viaje.
Adiós, querida Margaret. Estate tranquila, pues tanto por mi bien como por el
tuyo no afrontaré peligros innecesariamente. Permaneceré sereno, perseverante y
prudente.
Mis saludos a mis amigos ingleses.
Tuyo afectísimo,
ROBERT WALTON.
Carta 4[14]
A la señora SAVILLE, Inglaterra.
5 de agosto de 17…
Nos ha ocurrido un accidente tan extraño, que no puedo dejar de anotarlo, si
bien es muy probable que me veas antes de que estos papeles lleguen a tus manos.
El lunes pasado (31 de julio) nos hallábamos rodeados por el hielo, que
cercaba el barco por todos los lados, dejándonos apenas el agua precisa para
continuar a flote. Nuestra situación era algo peligrosa, sobre todo porque nos
envolvía una espesa niebla. Decidimos, por tanto, permanecer al pairo con la
esperanza de que adviniera algún cambio en la atmósfera y el tiempo. Hacia las
dos de la tarde, la niebla levantó y observamos, extendiéndose en todas
direcciones, inmensas e irregulares capas de hielo que parecían no tener fin.
Algunos de mis compañeros lanzaron un gemido, y yo mismo empezaba a
intranquilizarme, cuando de pronto una insólita imagen acaparó nuestra atención y
distrajo nuestros pensamientos de la situación en la que nos encontrábamos. Como
a media milla y en dirección al norte vimos un vehículo de poca altura, sujeto a un
trineo y tirado por perros. Un ser de apariencia humana, pero de gigantesca
estatura, iba sentado en el trineo y dirigía los perros. Observamos con el catalejo
el rápido avance del viajero hasta que se perdió entre los lejanos montículos de
hielo.
Esta visión provocó nuestro total asombro. Nos creíamos a muchas millas de
cualquier tierra, pero esta aparición parecía demostrar que en realidad no nos
encontrábamos tan lejos como suponíamos. Pero, cercados como estábamos por el
hielo, era imposible seguir el rastro de aquel hombre al que habíamos observado
con la mayor atención.
Unas dos horas después de esto oímos el bramido del mar y antes del
anochecer el hielo rompió, liberando nuestro navío. Sin embargo, permanecimos
allí hasta la mañana siguiente, temerosos de encontrarnos con esos grandes
témpanos sueltos que flotan tras haberse roto el hielo. Aproveché ese tiempo para
descansar unas horas.
Por la mañana, en cuanto hubo amanecido, salí a cubierta y me encontré a
toda la tripulación hacinada a un lado del navío, aparentemente conversando con
alguien fuera del barco. En efecto, sobre un gran fragmento de hielo, que se nos
había acercado durante la noche, había un trineo parecido al que ya habíamos
divisado.
Únicamente un perro permanecía vivo; pero había un ser humano en el trineo,
al cual los marineros intentaban persuadir de que subiera al barco. No parecía,
como el viajero de la noche anterior, un habitante salvaje procedente de alguna
isla inexplorada, sino un europeo. Cuando aparecí en cubierta, mi segundo oficial
gritó:
—Aquí está nuestro capitán, y no permitirá que usted muera en mar abierto.
Al verme, el hombre se dirigió a mí en inglés, si bien con acento extranjero.
—Antes de subir al navío —dijo—, ¿tendría la amabilidad de indicarme hacia
dónde se dirige?
Podrás imaginar mi sorpresa al oír semejante pregunta de labios de una
persona al borde de la muerte y para la cual yo habría pensado que mi barco
ofrecía un recurso que no hubiese cambiado ni por las mayores riquezas del
mundo. Le respondí, sin embargo, que nos dirigíamos al Polo Norte en viaje de
exploración. Pareció satisfacerle y consintió en subir a bordo. ¡Santo cielo,
Margaret! Si hubieras visto al hombre que de esta forma ponía condiciones a su
salvación, tu sorpresa hubiera sido ilimitada. Tenía los miembros casi helados y el
cuerpo horriblemente demacrado por la fatiga y el sufrimiento. Jamás vi hombre
alguno en condición tan lastimosa. Intentamos llevarlo al camarote, pero en
cuanto dejó de estar al aire libre perdió el conocimiento, de manera que volvimos
a subirlo a cubierta y lo reanimamos frotándolo con coñac y obligándolo a beber
una pequeña cantidad. En cuanto volvió a mostrar síntomas de vida lo envolvimos
en mantas y lo colocamos cerca del fogón de la cocina. Poco a poco se fue
recuperando, y tomó un poco de sopa, que le hizo mucho bien.
Así pasaron dos días, sin que pudiera hablar, y a menudo temí que los
sufrimientos le hubiesen privado de la razón. Cuando se hubo repuesto un poco, lo
llevé a mi propio camarote y lo atendí cuanto me lo permitían mis obligaciones.
Nunca había conocido a nadie más interesante. Suele tener una expresión
exaltada, como de locura, en la mirada. Pero hay momentos en los que, si alguien
le demuestra alguna atención o le presta el más mínimo servicio, se le ilumina la
faz con una benevolencia y ternura que no he visto en otro hombre. Mas por lo
general está melancólico y resignado; a veces aprieta los dientes, como si se
impacientara con el peso de los males que lo afligen.
Cuando mi huésped se encontró un poco mejor, me costó protegerlo del acoso
de la tripulación que quería hacerle mil preguntas. No permití que lo atormentaran
con su ociosa curiosidad, ya que aún se encontraba en un estado físico y moral
cuyo restablecimiento dependía por completo del reposo. Sin embargo, en una
ocasión el lugarteniente le preguntó que por qué había llegado tan lejos por el
hielo en un vehículo tan extraño.
Una expresión de dolor le cubrió el rostro de inmediato; y respondió:
—Voy en busca de alguien que huyó de mí.
—¿Y el hombre a quien perseguía viajaba de manera semejante?
—Sí.
—Entonces pienso que lo hemos visto, pues el día antes de recogerlo a usted
vimos unos perros tirando de un trineo, en el cual iba un hombre.
Esto despertó la atención del extranjero, e hizo múltiples preguntas acerca de
la dirección que había tomado aquel demonio, como él le llamó. Al poco rato,
cuando se hallaba solo conmigo, dijo:
—Sin duda he despertado su curiosidad, así como la de esta buena gente,
aunque es usted demasiado discreto como para hacerme ninguna pregunta.
—Sería impertinente e inhumano por mi parte el molestarlo con ellas[15] .
—Y no obstante —prosiguió—, me rescató usted de una extraña y peligrosa
situación. Usted me ha devuelto generosamente la vida.
Poco después de esto quiso saber si yo creía que el hielo, al resquebrajarse,
habría destruido el otro trineo. Le contesté que no podía responderle con ninguna
certeza, ya que el hielo no se había roto hasta cerca de medianoche, y el viajero
podía haber llegado a algún lugar seguro con anterioridad. Me era imposible
aventurar juicio alguno.
A partir de este momento el extranjero demostró gran interés por estar en
cubierta, para vigilar la aparición del otro trineo. He conseguido persuadirlo de
que permanezca en el camarote, pues está aún demasiado débil para soportar las
inclemencias del tiempo, pero le he prometido que alguien oteará en su lugar y lo
avisará en cuanto aparezca cualquier objeto nuevo a la vista.
Por lo que respecta a este extraño incidente, éste es mi diario hasta el
momento. La salud de nuestro huésped ha ido mejorando gradualmente, pero
apenas habla, y parece inquietarse cuando alguien que no sea yo entra en su
camarote. Sin embargo, sus modales son tan conciliadores y delicados, que todos
los marineros se interesan por su estado, a pesar de no haber tenido apenas
relación con él. Por mi parte, empiezo a quererlo como a un hermano, y su
constante y profundo pesar me llena de piedad y simpatía. Debe haber sido una
persona muy noble en otros tiempos, ya que, deshecho como está ahora, sigue
siendo tan interesante y amable.
Te decía en una de mis cartas, querida Margaret, que no hallaría ningún amigo
en el vasto océano, pero he encontrado un hombre a quien, antes de que la
desgracia quebrara su espíritu, me hubiera gustado tener por hermano.
De tener nuevos incidentes que relatar respecto del extranjero, continuaré a
intervalos mi diario.
13 de agosto de 17…
El afecto que siento por mi invitado aumenta cada día. Suscita a la vez mi
piedad y mi admiración hasta extremos asombrosos. ¿Cómo puedo ver a tan noble
criatura destruida por la miseria sin sentir el dolor más acuciante? Es tan dulce y a
la vez tan sabio; tiene la mente muy cultivada, y cuando habla, si bien escoge las
palabras cuidadosamente, éstas fluyen con una rapidez y elocuencia poco
frecuentes.
Está muy restablecido de su enfermedad, y pasea continuamente por la
cubierta, vigilando la aparición del trineo que precedió al suyo. Sin embargo,
aunque apenado, no está tan sumido en su propia desgracia como para no
interesarse profundamente por los quehaceres de los demás. Me ha hecho muchas
preguntas respecto a mis propósitos y yo le he contado mi pequeña historia con
toda sinceridad. Pareció alegrarle mi franqueza, y me sugirió varios cambios en
mis planes, que encontraré sumamente útiles. No hay pedantería en su ademán,
sino que más bien todo lo que hace parece brotar tan sólo del interés que
instintivamente siente por el bienestar de todos los que lo rodean. A menudo le
invade la tristeza y entonces se sienta sólo e intenta superar todo lo que de hosco y
antisocial hay en su humor. Estos paroxismos pasan, como una nube por delante
del sol, si bien su abatimiento nunca le abandona. Me he esforzado por granjearme
su confianza y espero haber tenido éxito. Un día le mencioné mi eterno deseo de
encontrar un amigo que pudiera simpatizar conmigo y orientarme con su consejo.
Le dije que no pertenecía a la clase de hombres a quienes un consejo puede
ofender.
—Soy autodidacta, y quizá no confíe demasiado en mi propia capacidad. Por
tanto, desearía que mi amigo fuera más sabio y avezado que yo, para afianzarme y
apoyarme en él. Tampoco creo que sea imposible encontrar un verdadero amigo.
—Estoy de acuerdo con usted —contestó el extranjero— en que la amistad es
algo no sólo deseable, sino posible. Tuve una vez un amigo, el más noble de los
seres humanos, y por tanto estoy capacitado para juzgar con respecto a la amistad.
Tiene usted esperanzas y el mundo ante usted es suyo, y no tiene razón para
desesperar. Mas yo…, yo he perdido todo y no puedo empezar la vida de nuevo.
Al decir esto, su rostro cobró una expresión de sereno y resignado dolor que
me llegó al corazón. Pero él permaneció en silencio, y al poco se retiró a su
camarote.
Incluso desfondado como está, nadie puede gozar con mayor intensidad que él
de la hermosura de la naturaleza. El cielo estrellado, el mar y todo el paisaje que
estas maravillosas regiones nos proporcionan parecen tener aún el poder de
despegar su alma de la tierra. Un hombre así tiene una doble existencia[16] :
puede padecer desgracias, y verse arrollado por el desencanto; pero, cuando se
encierre en sí mismo, será como un espíritu celeste rodeado de un halo cuyo
círculo no ose atravesar ni el pesar ni la locura.
¿Te ríes del entusiasmo que demuestro respecto a este divino nómada? Si fuera
así, debes haber perdido esa inocencia que constituía tu encanto característico.
Pero, si quieres, sonríete ante el calor de mis alabanzas, mientras yo sigo
encontrando mayores razones para ellas de día en día.
19 de agosto de 17…
Ayer el extranjero[17] me dijo:
—Fácilmente habrá podido comprobar, capitán Walton, que he padecido
grandes y singulares desventuras. Una vez decidí que el recuerdo de estos males
moriría conmigo, pero usted me ha inducido a cambiar mis propósitos. Busca usted
el conocimiento y la sabiduría, como me sucedió a mí antaño; deseo con fervor
que el fruto de sus ansias no se convierta para usted en una serpiente que le
muerda, como me ocurrió a mí. No creo que el relato de mis desventuras le sea
útil, pero, si quiere, escuche mi historia. Pienso que los extraños sucesos a ella
vinculados pueden proporcionarle una visión de la naturaleza humana que amplíe
sus facultades y conocimientos, y le descubrirá poderes y sucesos que usted ha
estado acostumbrado a creer imposibles. Pero no dudo de que a lo largo de mi
relato se pruebe la evidencia interna de la veracidad de los sucesos que lo
componen.
Como te puedes imaginar, me halagó mucho la confianza que depositaba en mí,
pero me dolía que él reavivara sus sufrimientos contándome sus desventuras.
Estaba ansioso por escuchar la narración prometida, en parte por curiosidad y en
parte por un deseo de aliviar su suerte, caso de que esto estuviera en mi mano, y
así se lo expresé en mi respuesta.
—Le agradezco su amabilidad —me contestó—, pero es inútil; mi sino casi se
ha cumplido. Espero sólo un acontecimiento y luego descansaré en paz.
Comprendo lo que siente —continuó al advertir que quería interrumpirlo—, pero
está confundido, amigo mío, si así me permite llamarle. Nada puede alterar mi
destino. Escuche mi relato y verá cuán irrevocablemente está determinado.
Me dijo entonces que empezaría su narración al día siguiente, cuando yo
estuviera más libre. Esta promesa provocó mi más profundo agradecimiento. Me
he propuesto escribir cada noche, cuando no esté ocupado, lo que me haya
contado durante el día, empleando en lo posible sus propias palabras. De estarlo,
al menos tomaré algunas notas. Sin duda este manuscrito te proporcionará gran
placer. ¡Y con qué interés y simpatía lo leeré yo algún día en el futuro! ¡Yo, que lo
conozco y que lo oigo de sus propios labios! [18]
Capítulo 1
Soy ginebrino[19] de nacimiento, y mi familia es una de las más distinguidas
de esa república [20] . Durante muchos años mis antepasados habían sido
consejeros y jueces, y mi padre había ocupado con gran honor y buena
reputación diversos cargos públicos. Todos los que lo conocían lo respetaban por
su integridad e infatigable dedicación. Pasó su juventud dedicado por completo a
los asuntos de su país, y sólo al final de su vida pensó en el matrimonio y así dar
al Estado unos hijos que pudieran perpetuar su nombre y sus virtudes.
Puesto que las circunstancias de su matrimonio reflejan su personalidad, no
puedo dejar de referirme a ellas. Uno de sus más íntimos amigos era un
comerciante, que, debido a numerosos contratiempos, cay ó en la miseria tras
gozar de una muy desahogada situación. Este hombre, de nombre Beaufort, era
de carácter orgulloso y altivo y se resistía a vivir en la pobreza y el olvido en el
mismo país[21] en el que, con anterioridad, se le distinguiera por su categoría y
riqueza. Habiendo, pues, saldado sus deudas en la forma más honrosa, se retiró a
la ciudad de Lucerna con su hija, donde vivió sumido en el anonimato y la
desdicha. Mi padre profesaba a Beaufort una auténtica amistad, y su reclusión en
estas desgraciadas circunstancias le afligió mucho. También sentía íntimamente
la ausencia de su compañía, y se propuso encontrarlo y persuadirlo de que, con
su crédito y ay uda, empezara de nuevo.
Beaufort había tomado medidas eficaces para esconderse, y mi padre tardó
diez meses en descubrir su paradero. Entusiasmado con el descubrimiento, mi
padre se apresuró hacia su casa situada en una humilde calle cerca del
Reuss[22] . Pero al llegar sólo encontró miseria y desesperación. Beaufort no
había logrado salvar más que una pequeña cantidad de dinero de los despojos de
su fortuna. Era suficiente para sustentarlo durante algunos meses y, mientras
tanto, esperaba encontrar un trabajo respetable con algún comerciante. Así pues,
pasó el intervalo inactivo; y, con tanto tiempo para reflexionar sobre su dolor, se
hizo más profundo y amargo y, al fin, se apoderó de tal forma de él, que tres
meses después estaba enfermo en cama, incapaz de realizar cualquier esfuerzo.
Su hija lo cuidaba con el máximo cariño, pero veía con desazón que su
pequeño capital disminuía con rapidez y que no había otras perspectivas de
sustento. Pero Caroline Beaufort estaba dotada de una inteligencia poco común; y
su valor vino en su ay uda en la adversidad. Empezó a hacer labores sencillas;
trenzaba paja, y de diversas maneras consiguió ganar una miseria que apenas le
bastaba para sustentarse.
Así pasaron varios meses. Su padre empeoró, y ella cada vez tenía que
emplear más tiempo en atenderlo; sus medios de sustento menguaban. A los diez
meses murió su padre dejándola huérfana e indigente. Este golpe final fue
demasiado para ella. Al entrar en la casa mi padre, la encontró arrodillada junto
al ataúd, llorando amargamente; llegó como un espíritu protector para la pobre
criatura, que se encomendó a él. Tras el entierro de su amigo, mi padre la llevó a
Ginebra, confiándola al cuidado de un pariente; y dos años después se casó con
ella.
Cuando mi padre se convirtió en esposo y padre, las obligaciones de su nueva
situación le ocupaban tanto tiempo que dejó varios de sus trabajos públicos y se
dedicó por entero a la educación de sus hijos. Yo era el may or y el destinado a
heredar todos sus derechos y obligaciones. Nadie puede haber tenido padres más
tiernos que y o. Mi salud y desarrollo eran su constante ocupación, y a que fui hijo
único durante varios años. Pero, antes de proseguir mi narración, debo contar un
incidente que tuvo lugar cuando y o tenía cuatro años.
Mi padre tenía una hermana a quien amaba tiernamente y que se había
casado muy joven con un caballero italiano. Poco después de su boda, había
acompañado a su marido a su país natal, y durante algunos años mi padre tuvo
muy poca relación con ella. Murió alrededor de la época de la que hablo, y
pocos meses después mi padre recibió una carta de su cuñado haciéndole saber
que tenía la intención de casarse con una dama italiana y pidiéndole que se
hiciera cargo de la pequeña Elizabeth, la única hija de su difunta hermana.
—Es mi deseo —dijo— que la consideres como hija tuy a y que como a tal la
eduques. Es la heredera de la fortuna de su madre, y te enviaré los documentos
que así lo demuestran. Reflexiona sobre esta propuesta y decide si preferirías
educar a tu sobrina tú mismo o que lo haga una madrastra.
Mi padre no dudó un instante, y de inmediato se puso en camino hacia Italia
con el fin de acompañar a la pequeña Elizabeth hasta su futuro hogar. A menudo
he oído a mi madre decir que era la criatura más preciosa que jamás había visto,
e incluso y a entonces mostraba síntomas de un carácter dulce y afectuoso. Estas
características y el deseo de afianzar los lazos del amor familiar hicieron que mi
madre considerara a Elizabeth como mi futura esposa, plan del cual nunca
encontró razón para arrepentirse.
A partir de este momento, Elizabeth Lavenza se convirtió en mi compañera
de juegos y, a medida que crecíamos, en una amiga. Era dócil y de buen
carácter, a la vez que alegre y juguetona como un insecto de verano. A pesar de
que era vivaz y animada, tenía fuertes y profundos sentimientos y era
desacostumbradamente afectuosa. Nadie podía disfrutar mejor de la libertad ni
podía plegarse con más gracia que ella a la sumisión o lanzarse al capricho. Su
imaginación era exuberante, pero tenía una gran capacidad para aplicarla. Su
persona era el reflejo de su mente, sus ojos de color avellana, aunque vivos
como los de un pájaro, poseían una atractiva dulzura. Su figura era ligera y
airosa y, aunque era capaz de soportar gran fatiga, parecía la criatura más frágil
del mundo. A pesar de que me cautivaba su comprensión y fantasía, me
deleitaba cuidarla como a un animalillo predilecto. Nunca vi más gracia, tanto
personal como mental, ligada a may or modestia.
Todos querían a Elizabeth. Si los criados tenían que pedir algo, siempre lo
hacían a través de ella. No conocíamos ni la desunión ni las peleas, pues aunque
éramos muy diferentes de carácter, incluso en esa diferencia había armonía. Yo
era más tranquilo y filosófico que mi compañera, pero menos dócil. Mi
capacidad de concentración era may or, pero no tan firme. Yo me deleitaba
investigando los hechos relativos al mundo en sí, ella prefería las aéreas
creaciones de los poetas. Para mí el mundo era un secreto que anhelaba
descubrir, para ella era un vacío que se afanaba por poblar con imaginaciones
personales.
Mis hermanos eran mucho más jóvenes que y o; pero tenía un amigo entre
mis compañeros del colegio, que compensaba esta deficiencia. Henry Clerval
era hijo de un comerciante de Ginebra, íntimo amigo de mi padre, y un chico de
excepcional talento e imaginación. Recuerdo que, cuando tenía nueve años,
escribió un cuento que fue la delicia y el asombro de todos sus compañeros. Su
tema de estudio favorito eran los libros de caballería y romances, y recuerdo que
de muy jóvenes solíamos representar obras escritas por él, inspiradas en estos sus
libros predilectos, siendo los principales personajes Orlando, Robin Hood, Amadís
y San Jorge [23] .
Juventud más feliz que la mía no puede haber existido. Mis padres eran
indulgentes y mis compañeros amables. Para nosotros los estudios nunca fueron
una imposición; siempre teníamos una meta a la vista que nos espoleaba a
proseguirlos. Este era el método, y no la emulación, que nos inducía a aplicarnos.
Con el fin de que sus compañeras no la dejaran atrás, a Elizabeth no se la
orientaba hacia el dibujo. Sin embargo, se dedicaba a él motivada por el deseo de
agradar a su tía, representando alguna escena favorita dibujada por ella misma.
Aprendimos inglés y latín para poder leer lo que en esas lenguas se había escrito.
Tan lejos estaba el estudio de resultarnos odioso a consecuencia de los castigos,
que disfrutábamos con él, y nuestros entretenimientos constituían lo que para
otros niños hubieran sido pesadas tareas. Quizá no leímos tantos libros ni
aprendimos lenguas tan rápidamente como aquellos a quienes se les educaba
conforme a los métodos habituales, pero lo que aprendimos se nos fijó en la
memoria con may or profundidad.
Incluy o a Henry Clerval en esta descripción de nuestro círculo doméstico,
pues estaba con nosotros continuamente. Iba al colegio conmigo, y solía pasar la
tarde con nosotros; pues, siendo hijo único y encontrándose solo en su casa, a su
padre le complacía que tuviera amigos en la nuestra. Por otro lado nosotros
tampoco estábamos del todo felices cuando Clerval estaba ausente.
Siento placer al evocar mi infancia, antes de que la desgracia me empañara
la mente y cambiara esta alegre visión de utilidad universal por tristes y
mezquinas reflexiones personales. Pero al esbozar el cuadro de mi niñez, no debo
omitir aquellos acontecimientos que me llevaron, con paso inconsciente, a mi
ulterior infortunio. Cuando quiero explicarme a mí mismo el origen de aquella
pasión que posteriormente regiría mi destino, veo que arranca, como riachuelo
de montaña, de fuentes poco nobles y casi olvidadas, engrosándose poco a poco
hasta que se convierte en el torrente que ha arrasado todas mis esperanzas y
alegrías.
La filosofía natural[24] es lo que ha forjado mi destino. Deseo, pues, en esta
narración explicar las causas que me llevaron a la predilección por esa ciencia.
Cuando tenía trece años fui de excursión con mi familia a un balneario que hay
cerca de Thonon[25] . La inclemencia del tiempo nos obligó a permanecer todo
un día encerrados en la posada, y allí, casualmente, encontré un volumen de las
obras de Cornelius Agrippa [26] . Lo abrí con aburrimiento, pero la teoría que
intentaba demostrar y los maravillosos hechos que relataba pronto tornaron mi
indiferencia en entusiasmo. Una nueva luz pareció iluminar mi mente, y lleno de
alegría le comuniqué a mi padre el descubrimiento. No puedo dejar de comentar
aquí las múltiples oportunidades de que disponen los educadores para orientar la
atención de sus alumnos hacia conocimientos prácticos, y que desaprovechan
lamentablemente. Mi padre ojeó distraídamente la portada del libro y dijo:
—¡Ah, Cornelius Agrippa! Víctor [27] , hijo mío, no pierdas el tiempo con
esto, son tonterías.
Si en vez de hacer este comentario, mi padre se hubiera molestado en
explicarme que los principios de Agrippa estaban totalmente superados, que
existía una concepción científica moderna con posibilidades mucho may ores que
la antigua, puesto que eran reales y prácticas mientras que las de aquélla eran
quiméricas, tengo la seguridad de que hubiera perdido el interés por Agrippa.
Probablemente, sensibilizada como tenía la imaginación, me hubiera dedicado a
la química, teoría más racional y producto de descubrimientos modernos[28] . Es
incluso posible que mi pensamiento no hubiera recibido el impulso fatal que me
llevó a la ruina. Pero la indiferente ojeada de mi padre al volumen que leía en
modo alguno me indicó que él estuviera familiarizado con el contenido del
mismo, y proseguí mi lectura con may or avidez.
Mi primera preocupación al regresar a casa fue hacerme con la obra
completa de este autor y, después, con la de Paracelso y Alberto Magno[29] . Leí
y estudié con gusto las locas fantasías de estos escritores[30] . Me parecían
tesoros que, salvo y o, pocos conocían. Aunque a menudo hubiera querido
comunicarle a mi padre estas secretas reservas de mi sabiduría, me lo impedía
su imprecisa desaprobación de mi querido Agrippa. Por tanto, y bajo promesa de
absoluto secreto, le comuniqué mis descubrimientos a Elizabeth, pero el tema no
le interesó y me vi obligado a continuar solo.
Puede parecer extraño que en el siglo XVIII surja un discípulo de Alberto
Magno, pero nuestra familia no era científica, y y o no había asistido a ninguna de
las clases que se daban en la universidad de Ginebra. Así pues, mis sueños no se
veían turbados por la realidad, y me lancé con enorme diligencia a la búsqueda
de la piedra filosofal y el elixir de la vida [31] . Pero era esto último lo que recibía
mi más completa atención: la riqueza era un objetivo inferior; pero ¡qué fama
rodearía al descubrimiento si y o pudiera eliminar de la humanidad toda
enfermedad y hacer invulnerables a los hombres a todo salvo a la muerte
violenta!
No eran éstos mis únicos pensamientos. Provocar la aparición de fantasmas y
demonios era algo que mis autores predilectos prometían que era fácil,
cumplimiento que y o ansiaba fervorosamente conseguir. Atribuía el que mis
hechizos jamás tuvieran éxito más a mi inexperiencia y error que a la falta de
habilidad o veracidad por parte de mis instructores.
Los fenómenos naturales que a diario tienen lugar no escapaban a mi
observación. La destilación y los maravillosos efectos del vapor [32] , procesos
que mis autores favoritos desconocían por completo, provocaban mi asombro.
Pero mi may or sorpresa la suscitaron unos experimentos con una bomba de aire
que empleaba un caballero al cual solíamos visitar.
El desconocimiento de los antiguos filósofos sobre éste y varios otros temas
disminuy eron mi fe en ellos, pero no podía desecharlos por completo sin que
algún otro sistema ocupara su lugar en mi mente.
Tenía alrededor de quince años cuando, habiéndonos retirado a la casa que
teníamos cerca de Belrive [33] , presenciamos una terrible y violenta tormenta.
Había surgido detrás de las montañas del Jura [34] , y los truenos estallaban al
unísono desde varios puntos del cielo con increíble estruendo. Mientras duró la
tormenta, observé el proceso con curiosidad y deleite. De pronto, desde el dintel
de la puerta, vi emanar un haz de fuego de un precioso y viejo roble que se
alzaba a unos quince metros de la casa; en cuanto se desvaneció el resplandor, el
roble había desaparecido y no quedaba nada más que un tocón destrozado. Al
acercarnos a la mañana siguiente, encontramos el árbol insólitamente destruido.
No estaba astillado por la sacudida; se encontraba reducido por completo a
pequeñas virutas de madera. Nunca había visto nada tan deshecho.
La catástrofe de este árbol avivó mi curiosidad, y con enorme interés le
pregunté a mi padre acerca del origen y naturaleza de los truenos y los
relámpagos.
—Es la electricidad —me contestó, a la vez que me describía los diversos
efectos de esa energía.
Construy ó una pequeña máquina eléctrica y realizó algunos experimentos.
También hizo una cometa con cable y cuerda, que arrancaba de las nubes ese
fluido[35] .
Esto último acabó de destruir a Cornelius Agrippa, Alberto Magno y
Paracelso, que durante tanto tiempo habían reinado como dueños de mi
imaginación. Pero, por alguna fatalidad, no me sentí inclinado a empezar el
estudio de los sistemas modernos, desinclinación que se vio influida por la
siguiente circunstancia. Mi padre expresó el deseo de que asistiera a un curso
sobre filosofía natural. Gustosamente asentí a esto, pero algún motivo me impidió
ir hasta que el curso estuvo casi terminado. Por tanto, al ser ésta una de las
últimas clases, me resultó totalmente incomprensible. El profesor disertaba con la
may or locuacidad sobre el potasio y el boro, los sulfatos y óxidos, términos que
y o no podía asociar a ninguna idea. Empecé a aborrecer la ciencia de la filosofía
natural, aunque seguí ley endo a Plinio y Buffon[36] con deleite, autores, a mi
juicio, de similar interés y utilidad.
A esta edad las matemáticas y la may oría de las ramas cercanas a esa
ciencia constituían mi principal ocupación. También me afanaba por aprender
lenguas; el latín y a me era familiar, y sin ay uda del diccionario empecé a leer
algunos de los autores griegos más asequibles. También entendía inglés y alemán
perfectamente. Este era mi bagaje cultural a los diecisiete años, además de las
muchas horas empleadas en la adquisición y conservación del conocimiento de
la vasta literatura.
También recay ó sobre mí la obligación de instruir a mis hermanos. Ernest,
seis años menor que y o, era mi principal alumno. Desde la infancia había sido
enfermizo, y Elizabeth y y o lo habíamos cuidado constantemente; era de
disposición dócil, pero incapaz de cualquier prolongado esfuerzo mental. William,
el benjamín de la familia, era todavía un niño y la criatura más preciosa del
mundo; tenía los ojos vivos y azules, hoy uelos en las mejillas y modales
zalameros, e inspiraba la may or ternura.
Tal era nuestro ambiente familiar, en el cual el dolor y la inquietud no
parecían tener cabida. Mi padre dirigía nuestros estudios, y mi madre participaba
de nuestros entretenimientos. Ninguno de nosotros gozaba de más influencia que
el otro; la voz de la autoridad no se oía en nuestro hogar, pero nuestro mutuo
afecto nos obligaba a obedecer y satisfacer el más mínimo deseo del otro.
Capítulo 2
Cuando contaba diecisiete años, mis padres decidieron que fuera a estudiar a
la universidad de Ingolstadt[37] . Hasta entonces había ido a los colegios de
Ginebra, pero mi padre consideró conveniente que, para completar mi
educación, me familiarizara con las costumbres de otros países. Se fijó mi
marcha para una fecha próxima, pero, antes de que llegara el día acordado,
sucedió la primera desgracia de mi vida, como si fuera un presagio de mis
futuros sufrimientos.
Elizabeth había cogido la escarlatina, pero la enfermedad no era grave [38] y
se recuperó con rapidez. Muchas habían sido las razones expuestas para
convencer a mi madre de que no la atendiera personalmente, y en un principio
había accedido a nuestros ruegos. Pero, cuando supo que su favorita mejoraba,
no quiso seguir privándose de su compañía y comenzó a frecuentar su dormitorio
mucho antes de que el peligro de infección hubiera pasado. Las consecuencias de
esta imprudencia fueron fatales. Mi madre cay ó gravemente enferma al tercer
día, y el semblante de los que la atendían pronosticaba un fatal desenlace. La
bondad y grandeza de alma de esta admirable mujer no la abandonaron en su
lecho de muerte. Uniendo mis manos y las de Elizabeth dijo:
—Hijos míos, tenía puestas mis may ores esperanzas en la posibilidad de
vuestra futura unión. Esta esperanza será ahora el consuelo de vuestro padre.
Elizabeth, cariño, debes ocupar mi puesto y cuidar de tus primos pequeños. ¡Ay !,
siento dejaros. ¡Qué difícil resulta abandonaros habiendo sido tan feliz y habiendo
gozado de tanto cariño! Pero no son éstos los pensamientos que debieran
ocuparme. Me esforzaré por resignarme a la muerte con alegría y abrigaré la
esperanza de reunirme con vosotros en el más allá.
Murió dulcemente; y su rostro aun en la muerte reflejaba su cariño. No
necesito describir los sentimientos de aquellos cuy os lazos más queridos se ven
rotos por el más irreparable de los males, el vacío que inunda el alma y la
desesperación que embarga el rostro. Pasa tanto tiempo antes de que uno se
pueda persuadir de que aquella a quien veíamos cada día, y cuy a existencia
misma formaba parte de la nuestra, y a no está con nosotros; que se ha extinguido
la viveza de sus amados ojos y que su voz tan dulce y familiar se ha apagado
para siempre. Estos son los pensamientos de los primeros días. Pero la amargura
del dolor no comienza hasta que el transcurso del tiempo demuestra la realidad
de la pérdida. ¿Pero a quién no le ha robado esa desconsiderada mano algún ser
querido? ¿Por qué, pues, había de describir el dolor que todos han sentido y
deberán sentir? Con el tiempo llega el momento en el que el sufrimiento es más
una costumbre que una necesidad y, aunque parezca un sacrilegio, y a no se
reprime la sonrisa que asoma a los labios. Mi madre había muerto, pero nosotros
aún teníamos obligaciones que cumplir; debíamos continuar nuestro camino junto
a los demás y considerarnos afortunados mientras quedara a salvo al menos uno
de nosotros.
De nuevo se volvió a hablar sobre mi viaje a Ingolstadt, que se había visto
aplazado por los acontecimientos. Obtuve de mi padre algunas semanas de
reposo, período que transcurrió tristemente. La muerte de mi madre y mi
cercana marcha nos deprimía, pero Elizabeth intentaba reavivar la alegría en
nuestro pequeño círculo. Desde la muerte de su tía había adquirido una nueva
firmeza y vigor. Se propuso llevar a cabo sus obligaciones con la may or
exactitud, y entendió que su principal misión consistía en hacer felices a su tío y
primos. A mí me consolaba, a su tío lo distraía, a mis hermanos los educaba.
Nunca la vi tan encantadora como en estos momentos, cuando se desvivía por
lograr la felicidad de los demás, olvidándose por completo de sí misma.
Llegó por fin el día de mi marcha. Me había despedido de todos mis amigos
menos Clerval, que pasó la última velada con nosotros. Lamentaba
profundamente no acompañarme, pero su padre se resistió a dejarlo partir. Tenía
la intención de que su hijo lo ay udara en el negocio, y seguía su teoría favorita de
que los estudios resultaban superfluos en la vida diaria. Henry tenía una mente
educada; no era su intención permanecer ocioso ni le disgustaba ser el socio de su
padre, sin embargo creía que se podría ser muy buen negociante y no obstante
ser una persona culta.
Estuvimos hasta muy tarde escuchando sus lamentaciones y haciendo
múltiples pequeños planes para el futuro. Las lágrimas asomaban a los ojos de
Elizabeth, lágrimas ante mi partida y ante el pensamiento de que mi marcha
debía haberse producido meses antes y acompañada de la bendición de mi
madre.
Me dejé caer en la calesa que debía transportarme, y me embargaron los
pensamientos más tristes. Yo, que siempre había vivido rodeado de afectuosos
compañeros, prestos todos a proporcionarnos mutuas alegrías, me encontraba
ahora solo. En la universidad hacia la que me dirigía debería buscarme mis
propios amigos y valerme por mí mismo. Hasta aquel momento mi vida había
sido extraordinariamente hogareña y resguardada, y esto me había creado una
invencible repugnancia hacia los rostros desconocidos. Adoraba a mis hermanos,
a Elizabeth y a Clerval; sus caras eran « viejas conocidas» [39] ; pero me
consideraba totalmente incapaz de tratar con extraños. Estos eran mis
pensamientos al comenzar el viaje, pero a medida que avanzaba se me fue
levantando el ánimo. Deseaba ardientemente adquirir nuevos conocimientos. En
casa, a menudo había reflexionado sobre lo penoso de permanecer toda la
juventud encerrado en el mismo lugar, y ansiaba descubrir el mundo y ocupar
mi puesto entre los demás seres humanos. Ahora se cumplían mis deseos, y no
hubiera sido consecuente arrepentirme.
Durante el viaje, que fue largo y fatigoso, tuve tiempo suficiente para pensar
en estas y otras muchas cosas. Por fin apareció el alto campanario blanco de la
ciudad. Bajé y me condujeron a mi solitaria habitación. Disponía del resto de la
tarde para hacer lo que quisiera.
A la mañana siguiente entregué mis cartas de presentación y visité a los
principales profesores, entre otros al señor Krempe, profesor de filosofía natural.
Me recibió con mucha educación y me hizo diversas preguntas sobre mi
conocimiento de las distintas ramas científicas, relacionadas con la filosofía
natural. Temblando y con cierto miedo, a decir verdad, cité los únicos autores
cuy as obras y o había leído al respecto. El profesor me miró fijamente:
—¿De verdad que ha pasado usted el tiempo estudiando semejantes tonterías?
—me preguntó.
Al responder afirmativamente, el señor Krempe continuó con énfasis:
—Ha malgastado cada minuto invertido en esos libros. Se ha embotado la
memoria de teorías rebasadas y nombres inútiles, ¡Dios mío! ¿En qué desierto ha
vivido usted que no había nadie lo suficientemente caritativo como para
informarle de que esas fantasías que tan concienzudamente ha absorbido tienen
y a mil años y están tan caducas como anticuadas? No esperaba encontrarme con
un discípulo de Alberto Magno y Paracelso en esta época ilustrada. Mi buen
señor, deberá empezar de nuevo sus estudios.
Y diciendo esto, se apartó, me hizo una lista de libros sobre filosofía natural,
que me pidió que ley era, y me despidió, comunicándome que a principios de la
semana próxima comenzaría un seminario sobre filosofía natural y sus
implicaciones generales, y que el señor Waldman, un colega suy o, en días
alternos a él hablaría de química.
Regresé a casa no del todo disgustado, pues hacía tiempo que y o mismo
consideraba inútiles a aquellos autores tan desaprobados por el profesor, si bien
no me sentía demasiado inclinado a leer los libros que conseguí bajo su
recomendación. El señor Krempe era un hombrecillo fornido, de voz ruda y
desagradable aspecto, y por tanto me predisponía poco en favor de su doctrina.
Además y o sentía cierto desprecio por la aplicación de la filosofía natural
moderna. Era muy distinto cuando los maestros de la ciencia buscaban la
inmortalidad y el poder; tales enfoques, si bien carentes de valor, tenían
grandeza; pero ahora el panorama había cambiado. El objetivo del investigador
parecía limitarse a la aniquilación de las expectativas sobre las cuales se fundaba
todo mi interés por la ciencia. Se me pedía que trocara quimeras de infinita
grandeza por realidades de escaso valor.
Estos fueron mis pensamientos durante los dos o tres primeros días que pasé
en casi completa soledad. Pero al comenzar la semana siguiente recordé la
información que sobre las conferencias me había dado el señor Krempe, y
aunque no pensaba escuchar al fatuo hombrecillo pronunciando sentencias desde
la cátedra, me vino a la memoria lo que había dicho sobre el señor Waldman, al
cual aún no había conocido por hallarse fuera de la ciudad. En parte por
curiosidad y en parte por ocio, me dirigí a la sala de conferencias, donde poco
después hizo su entrada el señor Waldman. Era muy distinto de su colega.
Aparentaba tener unos cincuenta años, pero su aspecto demostraba una gran
benevolencia. Sus sienes aparecían levemente encanecidas, pero tenía el resto
del pelo casi negro. No era alto pero sí erguido, y tenía la voz más dulce que
hasta entonces había oído. Empezó su conferencia con un resumen histórico de la
química y los diversos progresos llevados a cabo por los sabios, pronunciando con
gran respeto el nombre de los investigadores más relevantes. Pasó entonces a
hacer una exposición rápida del estado actual en el que se encontraba la ciencia,
y explicó muchos términos elementales. Tras algunos experimentos
preparatorios concluy ó con un panegírico de la química moderna, en términos
que nunca olvidaré.
—Los antiguos maestros de esta ciencia —dijo— prometían cosas imposibles,
y no llevaban nada a cabo. Los científicos modernos prometen muy poco; saben
que los metales no se pueden transmutar, y que el elixir de la vida es una ilusión.
Pero éstos filósofos, cuy as manos parecen hechas sólo para hurgar en la
suciedad, y cuy os ojos parecen servir tan sólo para escrutar con el microscopio o
el crisol, han conseguido milagros. Conocen hasta las más recónditas intimidades
de la naturaleza y demuestran cómo funciona en sus escondrijos. Saben del
firmamento, de cómo circula la sangre y de la naturaleza del aire que
respiramos. Poseen nuevos y casi ilimitados poderes; pueden dominar el trueno,
imitar terremotos, e incluso parodiar el mundo invisible con su propia sombra.
Me fui contento con el profesor y su conferencia, y lo visité esa misma tarde.
Sus modales resultaron en privado aún más atractivos y complacientes que en
público; pues durante la conferencia su apariencia reflejaba una dignidad, que
sustituía en su casa por afecto y amabilidad. Escuchó con atención lo que le conté
respecto de mis estudios, sonriendo, pero sin el desdén del señor Krempe, ante los
nombres de Cornelius Agrippa y Paracelso. Dijo que « a la entrega infatigable de
estos hombres debían los filósofos modernos los cimientos de su sabiduría. Nos
habían legado, como tarea más fácil, el dar nuevos nombres y clasificar
adecuadamente los datos que en gran medida ellos habían sacado a la luz. El
trabajo de los genios, por muy desorientados que estén, siempre suele revertir a
la larga en sólidas ventajas para la humanidad» . Escuché sus palabras,
pronunciadas sin alarde ni presunción, y añadí que su conferencia había
desvanecido los prejuicios que tenía hacia los químicos modernos, a la vez que
solicité su consejo acerca de nuevas lecturas.
—Me alegra haber ganado un discípulo —dijo el señor Waldman—, y si su
aplicación va pareja a su capacidad, no dudo de que tendrá éxito. La química es
la parte de la filosofía natural en la cual se han hecho y se harán may ores
progresos; precisamente por eso la escogí como dedicación. Pero no por ello he
abandonado las otras ramas de la ciencia. Mal químico sería el que se limitara
exclusivamente a esa porción del conocimiento humano. Si su deseo es ser un
auténtico hombre de ciencia y no un simple experimentadorcillo, le aconsejo
encarecidamente que se dedique a todas las ramas de la filosofía natural,
incluidas las matemáticas.
Me condujo entonces a su laboratorio y me explicó el uso de sus diversas
máquinas, indicándome lo que debía comprarme. Me prometió que, cuando
hubiera progresado lo suficiente en mis estudios como para no deteriorarlo, me
permitiría utilizar su propio material. También me dio la lista de libros que le
había pedido y seguidamente me marché.
Así concluy ó un día memorable para mí, pues había de decidir mi futuro
destino.
Capítulo 3
A partir de este día, la filosofía natural y en especial la química, en el más
amplio sentido de la palabra, se convirtieron en casi mi única ocupación. Leí con
gran interés las obras que, llenas de sabiduría y erudición, habían escrito los
investigadores modernos sobre esas materias. Asistí a las conferencias y cultivé
la amistad de los hombres de ciencia de la universidad; incluso encontré en el
señor Krempe una buena dosis de sentido común y sólida cultura, no menos
valiosos por el hecho de ir parejos a unos modales y aspecto repulsivo. En el
señor Waldman hallé un verdadero amigo. Jamás el dogmatismo empañó su
bondad, e impartía su enseñanza con tal aire de franqueza y amabilidad, que
excluía toda idea de pedantería. Quizá fuese el carácter amable de aquel
hombre, más que un interés intrínseco por esta ciencia, lo que me inclinaba hacia
la rama de la filosofía natural a la cual se dedicaba. Pero este estado de ánimo
sólo se dio en las primeras etapas de mi camino hacia el saber, pues cuanto más
me adentraba en la ciencia más se convertía en un fin en sí misma. Esa entrega,
que en un principio había sido fruto del deber y la voluntad, se fue haciendo tan
imperiosa y exigente que con frecuencia los albores del día me encontraban
trabajando aún en mi laboratorio. No es de extrañar, pues, que progresara con
rapidez. Mi interés causaba el asombro de los alumnos, y mis adelantos el de los
maestros. A menudo el profesor Krempe me preguntaba con sonrisa maliciosa
por Cornelius Agrippa, mientras que el señor Waldman expresaba su más cálido
elogio ante mis avances. Así pasaron dos años durante los cuales no volví a
Ginebra, pues estaba entregado de lleno al estudio de los descubrimientos que
esperaba hacer. Nadie salvo los que lo han experimentado, puede concebir lo
fascinante de la ciencia. En otros terrenos, se puede avanzar hasta donde han
llegado otros antes, y no pasar de ahí; pero en la investigación científica siempre
hay materia por descubrir y de la cual asombrarse. Cualquier inteligencia
normalmente dotada que se dedique con interés a una determinada área, llega sin
duda a dominarla con cierta profundidad. También y o, que me afanaba por
conseguir una meta, y a cuy o fin me dedicaba por completo, progresé con tal
rapidez que tras dos años conseguí mejorar algunos instrumentos químicos, lo que
me valió gran admiración y respeto en la universidad. Llegado a este punto, y,
habiendo aprendido todo lo que sobre la práctica y la teoría de la filosofía natural
podían enseñarme los profesores de Ingolstadt, pensé en volver con los míos a mi
ciudad, dado que mi permanencia en la universidad y a no conllevaría may or
progreso. Pero se produjo un accidente que detuvo mi marcha.
Uno de los fenómenos que más me atraían era el de la estructura del cuerpo
humano y la de cualquier ser vivo. A menudo me preguntaba de dónde vendría el
principio de la vida. Era una pregunta osada, y a que siempre se ha considerado
un misterio. Sin embargo, ¡cuántas cosas estamos a punto de descubrir si la
cobardía y la dejadez no entorpecieran nuestra curiosidad! Reflexionaba mucho
sobre todo ello, y había decidido dedicarme preferentemente a aquellas ramas
de la filosofía natural vinculadas a la fisiología. De no haberme visto animado por
un entusiasmo casi sobrehumano, esta clase de estudios me hubieran resultado
tediosos y casi intolerables. Para examinar los orígenes de la vida debemos
primero conocer la muerte. Me familiaricé con la anatomía, pero esto no era
suficiente. Tuve también que observar la descomposición natural y la corrupción
del cuerpo humano. Al educarme, mi padre se había esforzado para que no me
atemorizaran los horrores sobrenaturales. No recuerdo haber temblado ante
relatos de supersticiones o temido la aparición de espíritus. La oscuridad no me
afectaba la imaginación, y los cementerios no eran para mí otra cosa que el
lugar donde y acían los cuerpos desprovistos de vida, que tras poseer fuerza y
belleza ahora eran pasto de los gusanos. Ahora me veía obligado a investigar el
curso y el proceso de esta descomposición y a pasar días y noches en osarios y
panteones. Los objetos que más repugnan a la delicadeza de los sentimientos
humanos atraían toda mi atención. Vi cómo se marchitaba y acababa por
perderse la belleza; cómo la corrupción de la muerte reemplazaba la mejilla
encendida; cómo los prodigios del ojo y del cerebro eran la herencia del gusano.
Me detuve a examinar y analizar todas las minucias que componen el origen,
demostradas en la transformación de lo vivo en lo muerto y de lo muerto en lo
vivo. De pronto, una luz surgió de entre estas tinieblas; una luz tan brillante y
asombrosa, y a la vez tan sencilla, que, si bien me cegaba con las perspectivas
que abría, me sorprendió que fuera y o, de entre todos los genios que habían
dedicado sus esfuerzos a la misma ciencia, el destinado a descubrir tan
extraordinario secreto.
Recuerde que no narro las fantasías de un iluminado; lo que digo es tan cierto
como que el sol brilla en el cielo. Quizá algún milagro hubiera podido producir
esto, mas las etapas de mi investigación eran claras y verosímiles. Tras noches y
días de increíble labor y fatiga, conseguí descubrir el origen de la generación de
la vida; es más, y o mismo estaba capacitado para infundir vida en la materia
inerte [40] .
La estupefacción que en un principio experimenté ante el descubrimiento
pronto dio paso al entusiasmo y al arrebato. El alcanzar de repente la cima de
mis aspiraciones, tras tanto tiempo de arduo trabajo, era la recompensa más
satisfactoria. Pero el descubrimiento era tan inmenso y sobrecogedor, que olvidé
todos los pasos que progresivamente me habían ido llevando a él, para ver sólo el
resultado final. Lo que desde la creación del mundo había sido motivo de afanes
y desvelos por parte de los sabios se hallaba ahora en mis manos. No es que se
me revelara todo de golpe, como si de un juego de magia se tratara. Los datos
que había obtenido no eran la meta final; más bien tenían la propiedad de, bien
dirigidos, poder encaminar mis esfuerzos hacia la consecución de mi objetivo.
Me sentía como el árabe [41] que enterrado junto a los muertos encontró un
pasadizo por el cual volver al mundo, sin más ay uda que una luz mortecina y
apenas suficiente.
Amigo mío, veo por su interés, y por el asombro y expectativa que reflejan
sus ojos, que espera que le comunique el secreto que poseo; mas no puede ser:
escuche con paciencia mi historia hasta el final y comprenderá entonces mi
discreción al respecto. No seré y o quien, encontrándose usted en el mismo estado
de entusiasmo y candidez en el que y o estaba entonces, le conduzca a la
destrucción y a la desgracia. Aprenda de mí, si no por mis advertencias, sí al
menos por mi ejemplo, lo peligroso de adquirir conocimientos; aprenda cuánto
más feliz es el hombre que considera su ciudad natal el centro del universo, que
aquel que aspira a una may or grandeza de la que le permite su naturaleza.
Cuando me encontré con este asombroso poder entre mis manos, dudé
mucho tiempo en cuanto a la manera de utilizarlo. A pesar de que poseía la
capacidad de infundir vida, el preparar un organismo para recibirla, con las
complejidades de nervios, músculos y venas que ello entraña, seguía siendo una
labor terriblemente ardua y difícil. En un principio no sabía bien si intentar crear
un ser semejante a mí o uno de funcionamiento más simple; pero estaba
demasiado embriagado con mi primer éxito como para que la imaginación me
permitiera dudar de mi capacidad para infundir vida a un animal tan maravilloso
y complejo como el hombre. Los materiales con los que de momento contaba
apenas si parecían adecuados para empresa tan difícil, pero tenía la certeza de un
éxito final. Me preparé para múltiples contratiempos; mis tentativas podrían
frustrarse, y mi labor resultar finalmente imperfecta. Sin embargo, me animaba
cuando consideraba los progresos que día a día se llevan a cabo en las ciencias y
la mecánica; pensando que mis experimentos al menos servirían de base para
futuros éxitos. Tampoco podía tomar la amplitud y complejidad de mi proy ecto
como argumento para no intentarlo siquiera. Imbuido de estos sentimientos,
comencé la creación de un ser humano. Dado que la pequeñez de los órganos
suponía un obstáculo para la rapidez, decidí, en contra de mi primera decisión,
hacer una criatura de dimensiones gigantescas; es decir, de unos ocho pies de
estatura [42] y correctamente proporcionada. Tras esta decisión, pasé algunos
meses recogiendo y preparando los materiales, y empecé.
Nadie puede concebir la variedad de sentimientos que, en el primer
entusiasmo por el éxito, me espoleaban como un huracán. La vida y la muerte
me parecían fronteras imaginarias que y o rompería el primero, con el fin de
desparramar después un torrente de luz por nuestro tenebroso mundo. Una nueva
especie me bendeciría como a su creador, muchos seres felices y maravillosos
me deberían su existencia. Ningún padre podía reclamar tan completamente la
gratitud de sus hijos como y o merecería la de éstos. Prosiguiendo estas
reflexiones, pensé que, si podía infundir vida a la materia inerte, quizá, con el
tiempo (aunque ahora lo crey era imposible), pudiese devolver la vida a aquellos
cuerpos que, aparentemente, la muerte había entregado a la corrupción.
Estos pensamientos me animaban, mientras proseguía mi trabajo con
infatigable entusiasmo. El estudio había empalidecido mi rostro, y el constante
encierro me había demacrado. A veces fracasaba al borde mismo del éxito, pero
seguía aferrado a la esperanza que podía convertirse en realidad al día o a la hora
siguiente. El secreto del cual y o era el único poseedor era la ilusión a la que había
consagrado mi vida. La luna iluminaba mis esfuerzos nocturnos mientras y o, con
infatigable y apasionado ardor, perseguía a la naturaleza hasta sus más íntimos
arcanos. ¿Quién puede concebir los horrores de mi encubierta tarea, hurgando en
la húmeda oscuridad de las tumbas o atormentando a algún animal vivo para
intentar animar el barro inerte? Ahora me tiemblan los miembros con sólo
recordarlo; entonces me espoleaba un impulso irresistible y casi frenético.
Parecía haber perdido el sentimiento y sentido de todo, salvo de mi objetivo final.
No fue más que un período de tránsito, que incluso agudizó mi sensibilidad
cuando, al dejar de operar el estímulo innatural, hube vuelto a mis antiguas
costumbres. Recogía huesos de los osarios, y violaba, con dedos sacrílegos, los
tremendos secretos de la naturaleza humana. Había instalado mi taller de
inmunda creación en un cuarto solitario, o mejor dicho, en una celda, en la parte
más alta de la casa, separada de las restantes habitaciones por una galería y un
tramo de escaleras. Los ojos casi se me salían de las órbitas de tanto observar los
detalles de mi labor. La may or, parte de los materiales me los proporcionaban la
sala de disección, y el matadero. A menudo me sentía asqueado con mi trabajo;
pero, impelido por una incitación que aumentaba constantemente, iba ultimando
mi tarea.
Transcurrió el verano mientras y o seguía entregado a mi objetivo en cuerpo
y alma. Fue un verano hermosísimo; jamás habían producido los campos
cosecha más abundante ni las cepas, may or vendimia; pero y o estaba ciego a los
encantos de la naturaleza. Los mismos sentimientos que me hicieron insensible a
lo que me rodeaba me hicieron olvidar aquellos amigos, a tantas, millas de mí, a
quienes no había visto en mucho tiempo. Sabía que mi silencio les inquietaba, y
recordaba claramente las palabras de mi padre: « Mientras estés contento de ti
mismo, sé que pensarás en nosotros con afecto, y sabremos de ti. Me disculparás
si tomo cualquier interrupción en tu correspondencia como señal de que también
estás abandonando el resto de tus obligaciones» .
Por tanto, sabía muy bien lo que mi padre debía sentir; pero me resultaba
imposible apartar mis pensamientos de la odiosa labor que se había aferrado tan
irresistiblemente a mi mente. Deseaba, por así decirlo, dejar a un lado todo lo
relacionado con mis sentimientos de cariño hasta alcanzar el gran objetivo que
había anulado todas mis anteriores costumbres.
Entonces pensé que mi padre no sería justo si achacaba mi negligencia a
vicio o incorrección por mi parte; pero ahora sé que él estaba en lo cierto al no
creerme del todo inocente. El ser humano perfecto debe conservar siempre la
calma y la paz de espíritu y no permitir jamás que la pasión o el deseo fugaz
turben su tranquilidad. No creo que la búsqueda del saber sea una excepción. Si el
estudio al que te consagras tiende a debilitar tu afecto y a destruir esos placeres
sencillos en los cuales no debe intervenir aleación alguna, entonces ese estudio es
inevitablemente negativo, es decir, impropio de la mente humana. Si se acatara
siempre esta regla, si nadie permitiera que nada en absoluto empañara su
felicidad doméstica, Grecia no se habría esclavizado, César habría protegido a su
país, América se habría descubierto más pausadamente y no se hubieran
destruido los imperios de México y Perú.
Pero olvido que estoy divagando en el punto más interesante de mi relato, y
su mirada me recuerda que debo continuar.
Mi padre no me reprochaba nada en sus cartas. Su manera de hacerme ver
que reparaba en mi silencio era preguntándome con may or insistencia por mis
ocupaciones. El invierno, primavera y verano pasaron mientras y o continuaba
mis tareas, pero tan absorto estaba que no vi romper los capullos o crecer las
hojas, escenas que otrora me habían llenado de alegría. Aquel año las hojas se
habían y a marchitado cuando mi trabajo empezaba a tocar su fin, y cada día
traía con may or claridad nuevas muestras de mi éxito. Pero la ansiedad reprimía
mi entusiasmo, y más que un artista dedicado a su entretenimiento preferido
tenía el aspecto de un condenado a trabajos forzados en las minas o cualquier
otra ocupación insana. Cada noche tenía accesos de fiebre y me volví muy
nervioso, lo que me incomodaba, y a que siempre había disfrutado de excelente
salud y había alardeado de dominio de mí mismo. Pero pensé que el ejercicio y
la diversión pronto acabarían con los síntomas, y me prometí disfrutar de ambos
en cuanto hubiera completado mi creación.
Capítulo 4
Una desapacible noche de noviembre contemplé el final de mis esfuerzos.
Con una ansiedad ray ana en la agonía, coloqué a mi alrededor los instrumentos
que me iban a permitir infundir un hálito de vida a la cosa inerte que y acía a mis
pies. Era y a la una de la madrugada; la lluvia golpeaba las ventanas
sombríamente, y la vela casi se había consumido, cuando, a la mortecina luz de
la llama, vi cómo la criatura abría sus ojos amarillentos y apagados. Respiró
profundamente y un movimiento convulsivo sacudió su cuerpo.
¿Cómo expresar mi sensación ante esta catástrofe, o describir el engendro
que con tanto esfuerzo e infinito trabajo había creado? Sus miembros estaban
bien proporcionados y había seleccionado sus rasgos por hermosos. ¡Hermosos!:
¡santo cielo! Su piel amarillenta apenas si ocultaba el entramado de músculos y
arterias; tenía el pelo negro, largo y lustroso, los dientes blanquísimos; pero todo
ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que
parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el
rostro arrugado, y los finos y negruzcos labios.
Las alteraciones de la vida no son ni mucho menos tantas como las de los
sentimientos humanos. Durante casi dos años había trabajado infatigablemente
con el único propósito de infundir vida en un cuerpo inerte. Para ello me había
privado de descanso y de salud. Lo había deseado con un fervor que sobrepasaba
con mucho la moderación; pero ahora que lo había conseguido, la hermosura del
sueño se desvanecía y la repugnancia y el horror me embargaban. Incapaz de
soportar la visión del ser que había creado, salí precipitadamente de la estancia.
Ya en mi dormitorio, paseé por la habitación sin lograr conciliar el sueño.
Finalmente, el cansancio se impuso a mi agitación, y vestido me eché sobre la
cama en el intento de encontrar algunos momentos de olvido. Mas fue en vano;
pude dormir, pero tuve horribles pesadillas. Veía a Elizabeth, rebosante de salud,
paseando por las calles de Ingolstadt. Con sorpresa y alegría la abrazaba, pero en
cuanto mis labios rozaron los suy os, empalidecieron con el tinte de la muerte; sus
rasgos parecieron cambiar, y tuve la sensación de sostener entre mis brazos el
cadáver de mi madre; un sudario la envolvía, y vi cómo los gusanos reptaban
entre los dobleces de la tela. Me desperté horrorizado; un sudor frío me bañaba la
frente, me castañeteaban los dientes y movimientos convulsivos me sacudían los
miembros. A la pálida y amarillenta luz de la luna que se filtraba por entre las
contraventanas, vi al engendro, al monstruo[43] miserable que había creado.
Tenía levantada la cortina de la cama, y sus ojos, si así podían llamarse, me
miraban fijamente. Entreabrió la mandíbula y murmuró unos sonidos
ininteligibles, a la vez que una mueca arrugaba sus mejillas. Puede que hablara,
pero no lo oí. Tendía hacia mí una mano, como si intentara detenerme, pero
esquivándola me precipité escaleras abajo. Me refugié en el patio de la casa,
donde permanecí el resto de la noche, paseando arriba y abajo, profundamente
agitado, escuchando con atención, temiendo cada ruido como si fuera a
anunciarme la llegada del cadáver demoníaco al que tan fatalmente había dado
vida.
¡Ay !, Ningún mortal podría soportar el horror que inspiraba aquel rostro. Ni
una momia reanimada podría ser tan espantosa como aquel engendro. Lo había
observado cuando aún estaba incompleto, y y a entonces era repugnante; pero
cuando sus músculos y articulaciones tuvieron movimiento, se convirtió en algo
que ni siquiera Dante hubiera podido concebir.
Pasé una noche terrible. A veces, el corazón me latía con tanta fuerza y
rapidez que notaba las palpitaciones de cada arteria, otras casi me caía al suelo
de pura debilidad y cansancio. Junto a este horror, sentía la amargura de la
desilusión. Los sueños que; durante tanto tiempo habían constituido mi sustento y
descanso se me convertían ahora en un infierno; ¡y el cambio era tan brusco, tan
total!
Por fin llegó el amanecer, gris y lluvioso, e iluminó ante mis agotados y
doloridos ojos la iglesia de Ingolstadt, el blanco campanario y el reloj, que
marcaba las seis. El portero abrió las verjas del patio, que había sido mi asilo
aquella noche, y salí fuera cruzando las calles con paso rápido, como si quisiera
evitar al monstruo que temía ver aparecer al doblar cada esquina. No me atrevía
a volver a mi habitación; me sentía empujado a seguir adelante pese a que me
empapaba la lluvia que, a raudales, enviaba un cielo oscuro e inhóspito.
Seguí caminando así largo tiempo, intentando aliviar con el ejercicio el peso
que oprimía mi espíritu. Recorrí las calles, sin conciencia clara de dónde estaba o
de lo que hacía. El corazón me palpitaba con la angustia del temor, pero
continuaba andando con paso inseguro, sin osar mirar hacia atrás:
Como alguien que, en un solitario camino,
Avanza con miedo y terror,
Y habiéndose vuelto una vez, continúa,
Sin volver la cabeza ya más,
Porque sabe que cerca, detrás,
Tiene a un terrible enemigo[44] .
Así llegué por fin al albergue donde solían detenerse las diligencias y
carruajes. Aquí me detuve, sin saber por qué, y permanecí un rato contemplando
cómo se acercaba un vehículo desde el final de la calle. Cuando estuvo más
cerca vi que era una diligencia suiza. Paró delante de mí y al abrirse la puerta
reconocí a Henry Clerval, que, al verme, bajó enseguida.
—Mi querido Frankenstein —gritó—. ¡Qué alegría! ¡Qué suerte que
estuvieras aquí justamente ahora!
Nada podría igualar mi gozo al verlo. Su presencia traía recuerdos de mi
padre, de Elizabeth y de esas escenas hogareñas tan queridas. Le estreché la
mano y al instante olvidé mi horror y mi desgracia. Repentinamente, y por
primera vez en muchos meses, sentí que una serena y tranquila felicidad me
embargaba. Recibí, por tanto, a mi amigo de la manera más cordial, y nos
encaminamos hacia la universidad. Clerval me habló durante algún rato de
amigos comunes y de lo contento que estaba de que le hubieran permitido venir a
Ingolstadt.
—Puedes suponer lo difícil que me fue convencer a mi padre de que no es
absolutamente imprescindible para un negociante el no saber nada más que
contabilidad. En realidad, creo que aún tiene sus dudas, pues su eterna respuesta a
mis incesantes súplicas era la misma que la del profesor holandés de El Vicario
de Wakefield[45] : « Gano diez mil florines anuales sin saber griego, y como muy
bien sin saber griego» .
—Me hace muy feliz volver a verte, pero dime cómo están mis padres, mis
hermanos y Elizabeth.
—Bien, y contentos; aunque algo inquietos por la falta de noticias tuy as. Por
cierto, que y o mismo pienso sermonearte un poco. Pero, querido Frankenstein —
continuó, deteniéndose de pronto y mirándome fijamente—, no me había dado
cuenta de tu mal aspecto. Pareces enfermo; ¡estás muy pálido y delgado! Como
si llevaras varias noches en vela.
—Estás en lo cierto. He estado tan ocupado últimamente que, como ves, no
he podido descansar lo suficiente. Pero espero sinceramente que mis tareas
hay an concluido y pueda estar y a más libre.
Temblaba; era incapaz de pensar, y mucho menos de referirme a los sucesos
de la noche pasada. Apresuré el paso, y pronto llegamos a la universidad. Pensé
entonces, y esto me hizo estremecer, que la criatura que había dejado en mi
habitación aún podía encontrarse allí viva, y en libertad. Temía ver a este
monstruo, pero me horrorizaba aún más que Henry lo descubriera. Le rogué, por
tanto, que esperara unos minutos al pie de la escalera, y subí a mi cuarto
corriendo. Con la mano y a en el picaporte me detuve unos instantes para
sobreponerme. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Abrí la puerta de par en par,
como suelen hacer los niños cuando esperan encontrar un fantasma
esperándolos; pero no ocurrió nada. Entré temerosamente; la habitación estaba
vacía. Mi dormitorio también se encontraba libre de su horrendo huésped.
Apenas si podía creer semejante suerte. Cuando me hube asegurado de que mi
enemigo ciertamente había huido, bajé corriendo en busca de Clerval, dando
saltos de alegría.
Subimos a mi cuarto, y el criado enseguida nos sirvió el desay uno; pero me
costaba dominarme. No era júbilo lo único que me embargaba. Sentía que un
hormigueo de aguda sensibilidad me recorría todo el cuerpo, y el pecho me latía
fuertemente. Me resultaba imposible permanecer quieto; saltaba por encima de
las sillas, daba palmas y me reía a carcajadas. En un principio Clerval atribuy ó
esta insólita alegría a su llegada. Pero al observarme con may or detención,
percibió una inexplicable exaltación en mis ojos. Sorprendido y asustado ante mi
alboroto irrefrenado y casi cruel, me dijo:
—¡Dios Santo!, ¿Víctor, qué te sucede? No te rías así. Estás enfermo. ¿Qué
significa todo esto?
—No me lo preguntes —le grité, tapándome los ojos con las manos, pues creí
ver al aborrecido espectro deslizándose en el cuarto—. Él te lo puede decir.
¡Sálvame! ¡Sálvame!
Me pareció que el monstruo me asía; luché violentamente, y caí al suelo con
un ataque de nervios.
¡Pobre Clerval! ¿Qué debió pensar? El reencuentro, que esperaba con tanto
placer, se tornaba de pronto en amargura. Pero y o no fui testigo de su dolor;
estaba inconsciente, y no recobré el conocimiento hasta mucho más tarde.
Fue éste el principio de una fiebre nerviosa que me obligó a permanecer
varios meses en cama. Durante todo ese tiempo, sólo Henry me cuidó. Supe
después que, debido a la avanzada edad de mi padre, lo impropio de un viaje tan
largo y lo mucho que mi enfermedad afectaría a Elizabeth, Clerval les había
ahorrado este pesar ocultándoles la gravedad de mi estado. Sabía que nadie me
cuidaría con más cariño y desvelo que él, y convencido de mi mejoría no
dudaba de que, lejos de obrar mal, realizaba para con ellos la acción más
bondadosa.
Pero mi enfermedad era muy grave, y sólo los constantes e ilimitados
cuidados de mi amigo me devolvieron la vida. Tenía siempre ante los ojos la
imagen del monstruo al que había dotado de vida, y deliraba constantemente
sobre él. Sin duda, mis palabras sorprendieron a Henry. En un principio, las tomó
por divagaciones de mi mente trastornada; pero la insistencia con que recurría al
mismo tema le convenció de que mi enfermedad se debía a algún suceso insólito
y terrible.
Muy poco a poco, y con numerosas recaídas que inquietaban y apenaban a
mi amigo, me repuse. Recuerdo que la primera vez que con un atisbo de placer
me pude fijar en los objetos a mi alrededor, observé que habían desaparecido las
hojas muertas, y tiernos brotes cubrían los árboles que daban sombra a mi
ventana. Fue una primavera deliciosa, y la estación contribuy ó mucho a mi
mejoría. Sentí renacer en mí sentimientos de afecto y alegría; desapareció mi
pesadumbre, y pronto recuperé la animación que tenía antes de sucumbir a mi
horrible obsesión.
Querido Clerval —exclamé un día—, ¡qué bueno eres conmigo! En vez de
dedicar el invierno al estudio, como habías planeado, lo has pasado junto a mi
lecho. ¿Cómo podré pagarte esto jamás? Siento el may or remordimiento por los
trastornos que te he causado. Pero ¿me perdonarás, verdad?
—Me consideraré bien pagado si dejas de atormentarte y te recuperas
rápidamente, y puesto que te veo tan mejorado, ¿me permitirás una pregunta?
Temblé. ¡Una pregunta! ¿Cuál sería? ¿Se referiría acaso a aquello en lo que
no me atrevía ni a pensar?
—Tranquilízate —dijo Clerval al observar que mi rostro cambiaba de color
—, no lo mencionaré si ha de inquietarte, pero tu padre y tu prima se sentirían
muy felices si recibieran una carta de tu puño y letra. Apenas saben de tu
gravedad, y tu largo silencio les desasosiega.
—¿Nada más, querido Henry ? ¿Cómo pudiste suponer que mis primeros
pensamientos no fueran para aquellos seres tan queridos y que tanto merecen mi
amor?
—Siendo esto así, querido amigo, quizá te alegre leer esta carta que lleva aquí
unos días. Creo que es de tu prima.
Capítulo 5
Clerval me puso entonces la siguiente carta entre las manos.
A V. Frankenstein[46].
Mi querido primo:
No puedo describirte la inquietud que hemos sentido por tu salud.
No podemos evitar pensar que tu amigo Clerval nos oculta la
magnitud de tu enfermedad, pues hace ya varios meses que no
vemos tu propia letra. Todo este tiempo te has visto obligado a
dictarle las cartas a Henry, lo cual indica, Víctor, que debes haber
estado muy enfermo. Esto nos entristece casi tanto como la
muerte de tu querida madre. Tan convencido estaba mi tío de tu
gravedad, que nos costó mucho disuadirlo de su idea de viajar a
Ingolstadt. Clerval nos asegura constantemente que mejoras;
espero sinceramente que pronto nos demuestres lo cierto de esta
afirmación mediante una carta de tu puño y letra, pues nos tienes
a todos, Víctor, muy preocupados. Tranquilízanos a este respecto, y
seremos los seres más dichosos del mundo. Tu padre está tan
bien de salud, que parece haber rejuvenecido diez años desde el
invierno pasado. Ernest ha cambiado tanto que apenas lo
conocerías; va a cumplir los dieciséis y ha perdido el aspecto
enfermizo que tenía hace algunos años; tiene una vitalidad
desbordante.
Mi tío y yo hablamos durante largo rato anoche acerca de la
profesión que Ernest debía elegir. Las continuas enfermedades de
su niñez le han impedido crear hábitos de estudio. Ahora que goza
de buena salud, suele pasar el día al aire libre, escalando montañas
o remando en el lago. Yo sugiero que se haga granjero; ya sabes,
primo, que esto ha sido un sueño que siempre ha acariciado. La
vida del granjero es sana y feliz y es la profesión menos dañina,
mejor dicho, más beneficiosa de todas. Mi tío pensaba en la
abogacía para que, con su influencia, pudiera luego hacerse juez.
Pero, aparte de que no está capacitado para ello en absoluto, creo
que es más honroso cultivar la tierra para sustento de la
humanidad que ser el confidente e incluso el cómplice de sus
vicios, que es la tarea del abogado. De que la labor de un granjero
próspero, si no más honrosa, sí al menos era más grata que la de
un juez, cuya triste suerte es la de andar siempre inmiscuido en la
parte más sórdida de la naturaleza humana. Ante esto, mi tío
esbozó una sonrisa, comentando que yo era la que debía ser
abogado, lo que puso fin a la conversación.
Y ahora te contaré una pequeña historia que te gustará e incluso
quizá te entretenga un rato. ¿Te acuerdas de Justine Moritz?
Probablemente no, así que te resumiré su vida en pocas palabras.
Su madre, la señora Moritz se quedó viuda con cuatro hijos, de los
cuales Justine era la tercera. Había sido siempre la preferida de su
padre, pero, incomprensiblemente, su madre la aborrecía y, tras la
muerte del señor Moritz, la maltrataba. Mi tía, tu madre, se dio
cuenta, y cuando Justine tuvo doce años convenció a su madre
para que la dejara vivir con nosotros. Las instituciones
republicanas de nuestro país han permitido costumbres más
sencillas y felices que las que suelen imperar en las grandes
monarquías que lo circundan. Por ende hay menos diferencias entre
las distintas clases sociales de sus habitantes, y los miembros de
las más humildes, al no ser ni tan pobres ni estar tan
despreciados, tienen modales más refinados y morales. Un criado
en Ginebra no es igual que un criado en Francia o Inglaterra. Así
pues, en nuestra familia Justine aprendió las obligaciones de una
sirvienta, condición que en nuestro afortunado país no conlleva la
ignorancia ni el sacrificar la dignidad del ser humano.
Después de recordarte esto supongo que adivinarás quién es la
heroína de mi pequeña historia, porque tú apreciabas mucho a
Justine. Incluso me acuerdo que una vez comentaste que cuando
estabas de mal humor se te pasaba con que Justine te mirase, por
la misma razón que esgrime Ariosto al hablar de la hermosura de
Angélica[47]: desprendía alegría y franqueza. Mi tía se encariñó
mucho con ella, lo cual la indujo a darle una educación más
esmerada de lo que en principio pensaba. Esto se vio pronto
recompensado; la pequeña Justine era la criatura más agradecida
del mundo. No quiero decir que lo manifestara abiertamente, jamás
la oí expresar su gratitud, pero sus ojos delataban la adoración que
sentía por su protectora. Aunque era de carácter juguetón e incluso
en ocasiones distraída, estaba pendiente del menor gesto de mi
tía, que era para ella modelo de perfección. Se esforzaba por
imitar sus ademanes y manera de hablar, de forma que incluso
ahora a menudo me la recuerda.
Cuando murió mi querida tía, todos estábamos demasiado llenos
de nuestro propio dolor para reparar en la pobre Justine, que a lo
largo de su enfermedad la había atendido con el más solícito
afecto. La pobre Justine estaba muy enferma, pero la aguardaban
otras muchas pruebas.
Uno tras otro, murieron sus hermanos y hermanas, y su madre se
quedó sin más hijos que aquella a la que había desatendido desde
pequeña. La mujer sintió remordimiento y empezó a pensar que la
muerte de sus preferidos era el castigo que por su parcialidad le
enviaba el cielo. Era católica, y creo que su confesor coincidía con
ella en esa idea. Tanto es así que, a los pocos meses de partir tú
hacia Ingolstadt, la arrepentida madre de Justine la hizo volver a
su casa. ¡Pobrecilla! ¡Cómo lloraba al abandonar nuestra casa!
Estaba muy cambiada desde la muerte de mi tía; la pena le había
dado una dulzura y seductora docilidad que contrastaban con la
tremenda vivacidad de antaño. Tampoco era la casa de su madre
el lugar más adecuado para que recuperara su alegría. La pobre
mujer era muy titubeante en su arrepentimiento. A veces le
suplicaba a Justine que perdonara su maldad, pero con mayor
frecuencia la culpaba de la muerte de sus hermanos y hermana. La
obsesión constante acabó enfermando a la señora Moritz, lo cual
agravó su irascibilidad. Ahora ya descansa en paz. Murió a
principios de este invierno, al llegar los primeros fríos. Justine está
de nuevo con nosotros, y te aseguro que la amo tiernamente. Es
muy inteligente y dulce, y muy bonita. Como te dije antes, sus
gestos y expresión me recuerdan con frecuencia a mi querida tía.
También quiero contarte algo, querido primo, del pequeño William.
Me gustaría que lo vieras. Es muy alto para su edad; tiene los ojos
azules, dulces y sonrientes, las pestañas oscuras y el pelo rizado.
Cuando se ríe, le aparecen dos hoyuelos en las mejillas
sonrosadas. Ya ha tenido una o dos pequeñas novias, pero Louisa
Biron es su favorita, una bonita criatura de cinco años.
Y ahora, querido Víctor, supongo que te gustarán algunos cotilleos
sobre las buenas gentes de Ginebra. La agraciada señorita
Mansfield ya ha recibido varias visitas de felicitación por su
próximo enlace con un joven inglés, John Melbourne. Su fea
hermana, Manon, se casó el otoño pasado con el señor Duvillard, el
rico banquero. A tu compañero predilecto de colegio, Louis Manoir,
le han acaecido varios infortunios desde que Clerval salió de
Ginebra. Pero ya se ha recuperado, y se dice que está a punto de
casarse con madame Tavarnier, una joven francesa muy animada.
Es viuda y mucho mayor que Manoir; pero es muy admirada y
agrada a todos.
Escribiéndote me he animado mucho, querido primo. Pero no puedo
terminar sin volver a preguntarte por tu salud. Querido Víctor, si
no estás muy enfermo, escribe tú mismo y haznos felices a tu
padre y a todos los demás. Si no…, lloro sólo de pensar en la otra
posibilidad. Adiós mi queridísimo primo.
ELIZABETH LAVENZA
Ginebra, 18 de marzo de 17…
—Querida, queridísima Elizabeth —exclamé al terminar su carta—, escribiré
de inmediato para aliviar la ansiedad que deben sentir.
Escribí, pero me fatigué mucho. Sin embargo, había comenzado mi
convalecencia y mejoraba con rapidez. Al cabo de dos semanas pude abandonar
mi habitación.
Una de mis primeras obligaciones tras mi recuperación era presentar a
Clerval a los distintos profesores de la universidad. Al hacerlo, pasé muy malos
ratos, poco convenientes a las heridas que había sufrido mi mente. Desde aquella
noche fatídica, final de mi labor y principio de mis desgracias, sentía un violento
rechazo por el mero nombre de filosofía natural. Incluso cuando me hube
restablecido por completo, la sola visión de un instrumento químico reavivaba
mis síntomas nerviosos. Henry lo había notado, y retiró todos los aparatos.
Cambió el aspecto de mi habitación, pues observó que sentía repugnancia por el
cuarto que había sido mi laboratorio. Pero estos cuidados de Clerval no sirvieron
de nada cuando visité a mis profesores. El señor Waldman me hirió
aceradamente al alabar, con ardor y amabilidad, los asombrosos adelantos que
había hecho en las ciencias. Pronto observó que me disgustaba el tema, pero,
desconociendo la verdadera razón, lo atribuy ó a mi modestia y pasó de mis
progresos a centrarse en la ciencia misma, con la intención de interesarme. ¿Qué
podía y o hacer? Con su afán de ay udarme, sólo me atormentaba. Era como si
hubiera colocado ante mí, uno a uno y con mucho cuidado, aquellos instrumentos
que posteriormente se utilizarían para proporcionarme una muerte lenta y cruel.
Me torturaban sus palabras, mas no osaba manifestar el dolor que sentía. Clerval,
cuy os ojos y sensibilidad estaban siempre prontos para intuir las sensaciones de
los demás, desvió el tema, alegando como excusa su absoluta ignorancia, y la
conversación tomó un rumbo más general. De corazón le agradecí esto a mi
amigo, pero no tomé parte en la charla. Vi claramente que estaba sorprendido,
pero nunca trató de extraerme el secreto. Aunque lo quería con una mezcla de
afecto y respeto ilimitados, no me atrevía a confesarle aquello que tan a menudo
me volvía a la memoria, pues temía que, al revelárselo a otro, se me grabaría
todavía más.
El señor Krempe no fue tan delicado. En el estado de hipersensibilidad en el
que estaba, sus alabanzas claras y rudas me hicieron más que la benévola
aprobación del señor Waldman.
—¡Maldito chico! —exclamó—. Le aseguro, señor Clerval, que nos ha
superado a todos. Piense lo que quiera, pero así es. Este chiquillo, que hace poco
creía en Cornelius Agrippa como en los evangelios, se ha puesto a la cabeza de la
universidad. Y si no lo echamos pronto, nos dejará en ridículo a todos… ¡Vay a,
vay a! —continuó al observar el sufrimiento que reflejaba mi rostro—, el señor
Frankenstein es modesto, excelente virtud en un joven. Todos los jóvenes
debieran desconfiar de sí mismos, ¿no cree, señor Clerval? A mí, de muchacho,
me ocurría, pero eso pronto se pasa.
El señor Krempe se lanzó entonces a un elogio de su persona, lo que
felizmente desvió la conversación del tema que tanto me desagradaba.
Clerval no era un científico vocacional. Tenía una imaginación demasiado
viva para aguantar la minuciosidad que requieren las ciencias. Le interesaban las
lenguas, y pensaba adquirir en la universidad la base elemental que le permitiera
continuar sus estudios por su cuenta una vez volviera a Ginebra. Tras dominar el
griego y el latín perfectamente, el persa, árabe y hebreo atrajeron su atención. A
mí, personalmente, siempre me había disgustado la inactividad; y ahora que
quería escapar de mis recuerdos y odiaba mi anterior dedicación me confortaba
el compartir con mi amigo sus estudios, encontrando no sólo formación sino
consuelo en los trabajos de los orientalistas. Su melancolía es relajante, y su
alegría anima hasta puntos nunca antes experimentados al estudiar autores de
otros países. En sus escritos la vida parece hecha de cálido sol y jardines de
rosas, de sonrisas y censuras de una dulce enemiga y del fuego que consume el
corazón. ¡Qué distinto de la poesía heroica y viril de Grecia y Roma!
Así se me pasó el verano, y fijé mi regreso a Ginebra para finales de otoño.
Varios incidentes me detuvieron. Llegó el invierno, y con él la nieve, que hizo
inaccesibles las carreteras y retrasé mi viaje hasta la primavera. Sentí mucho
esta demora, pues ardía en deseos de volver a mi ciudad natal y a mis seres
queridos. Mi retraso obedecía a cierto reparo por mi parte por dejar a Clerval en
un lugar desconocido para él, antes de que se hubiera relacionado con alguien.
No obstante, pasamos el invierno agradablemente, y cuando llegó la primavera,
si bien tardía, compensó su tardanza con su esplendor.
Entrado may o, y cuando a diario esperaba la carta que fijaría el día de mi
partida, Henry propuso una excursión a pie por los alrededores de Ingolstadt, con
el fin de que me despidiera del lugar en el cual había pasado tanto tiempo.
Acepté con gusto su sugerencia. Me gustaba el ejercicio, y Clerval había sido
siempre mi compañero preferido en este tipo de paseos, que acostumbrábamos a
dar en mi ciudad natal.
La excursión duró quince días. Hacía tiempo que había recobrado el ánimo y
la salud, y ambas se vieron reforzadas por el aire sano, los incidentes normales
del camino y la animación de mi amigo. Los estudios me habían alejado de mis
compañeros y me había ido convirtiendo en un ser insociable, pero Clerval supo
hacer renacer en mí mis mejores sentimientos. De nuevo me inculcó el amor
por la naturaleza y por los alegres rostros de los niños. ¡Qué gran amigo! Cuán
sinceramente me amaba y se esforzaba por elevar mi espíritu hasta el nivel del
suy o. Un objetivo egoísta me había disminuido y empequeñecido hasta que su
bondad y cariño reavivaron mis sentidos. Volví a ser la misma criatura feliz que,
unos años atrás, amando a todos y querido por todos, no conocía ni el dolor ni la
preocupación. Cuando me sentía contento, la naturaleza tenía la virtud de
proporcionarme las más exquisitas sensaciones. Un cielo apacible y verdes
prados me llenaban de emoción. Aquella primavera fue verdaderamente
hermosa; las flores de primavera brotaban en los campos anunciando las del
verano que empezaban y a a despuntar. No me importunaban los pensamientos
que, a pesar de mis intentos, me habían oprimido el año anterior con un peso
invencible.
Henry disfrutaba con mi alegría y compartía mis sentimientos. Se esforzaba
por distraerme mientras me comunicaba sus impresiones. En esta ocasión, sus
recursos fueron verdaderamente asombrosos; su conversación era animadísima
y a menudo inventaba cuentos de una fantasía y pasión maravillosas, imitando
los de los escritores árabes y persas. Otras veces repetía mis poemas favoritos, o
me inducía a temas polémicos argumentando con ingenio.
Regresamos a la universidad un domingo por la noche. Los campesinos
bailaban y las gentes con las que nos cruzábamos parecían contentas y felices.
Yo mismo me sentía muy animado y caminaba con paso jovial, lleno de
desenfado y júbilo.
Capítulo 6
De vuelta, encontré la siguiente carta de mi padre:
A V. Frankenstein.
Mi querido Víctor:
Con impaciencia debes haber aguardado la carta que fijara tu
regreso a casa; tentado estuve en un principio de mandarte sólo
unas líneas con el día en que debíamos esperarte. Pero hubiera
sido un acto de cruel caridad, y no me atreví a hacerlo. Cuál no
hubiera sido tu sorpresa, hijo mío, cuando, esperando una feliz y
dichosa bienvenida, te encontraras por el contrario con el llanto y
el sufrimiento. ¿Cómo podré, hijo, explicarte nuestra desgracia? La
ausencia no puede haberte hecho indiferente a nuestras penas y
alegrías, y ¿cómo puedo yo infligir daño a un hijo ausente?
Quisiera prepararte para la dolorosa noticia, pero sé que es
imposible. Sé que tus ojos se saltan las líneas buscando las
palabras que te revelarán las horribles nuevas.
¡William ha muerto! Aquella dulce criatura cuyas sonrisas
caldeaban y llenaban de gozo mi corazón, aquella criatura tan
cariñosa y a la par tan alegre, Víctor, ha sido asesinada.
No intentaré consolarte. Sólo te contaré las circunstancias de la
tragedia.
El jueves pasado (7 de mayo), yo, mi sobrina y tus dos hermanos
fuimos a Plainpalais [48] a dar un paseo. La tarde era cálida y
apacible, y nos tardamos algo más que de costumbre. Ya
anochecía cuando pensamos en volver. Entonces nos dimos cuenta
de que William y Ernest, que iban delante, habían desaparecido.
Nos sentamos en un banco a aguardar su regreso. De pronto llegó
Ernest, y nos preguntó si habíamos visto a su hermano. Dijo que
habían estado jugando juntos y que William se había adelantado
para esconderse, y que lo había buscado en vano. Llevaba ya
mucho tiempo esperándolo pero aún no había regresado.
Esto nos alarmó considerablemente, y estuvimos buscándolo hasta
que cayó la noche y entonces Elizabeth sugirió que quizá hubiera
vuelto a casa. Allí no estaba. Volvimos al lugar con antorchas;
pues yo no podía descansar pensando en que mi querido hijo se
había perdido y se encontraría expuesto a la humedad y el frío de
la noche. Elizabeth también sufría enormemente. Alrededor de las
cinco de la madrugada hallé a mi pequeño, que la noche anterior
rebosaba actividad y salud, tendido en la hierba, pálido e inerte,
con las huellas en el cuello de los dedos del asesino.
Lo llevamos a casa, y la agonía de mi rostro pronto delató el
secreto a Elizabeth. Se empeñó en ver el cadáver. Intenté
disuadirla pero insistió. Entró en la habitación donde reposaba,
examinó precipitadamente el cuello de la víctima, y retorciéndose
las manos exclamó:
—¡Dios mío! He matado a mi querido chiquillo.
Perdió el conocimiento y nos costó mucho reanimarla. Cuando
volvió en sí, sólo lloraba y suspiraba. Me dijo que esa misma tarde
William la había convencido para que le dejara ponerse una valiosa
miniatura que ella tenía de tu madre. Esta joya ha desaparecido, y,
sin duda, fue lo que tentó al asesino al crimen. No hay rastro de él
hasta el momento, aunque las investigaciones continúan sin cesar.
De todas formas, esto no le devolverá la vida a nuestro amado
William.
Vuelve, querido Víctor; sólo tú podrás consolar a Elizabeth. Llora
sin cesar, y se acusa injustamente de su muerte. Me destroza el
corazón con sus palabras. Estamos todos desolados, pero ¿no será
esa una razón más para que tú, hijo mío, vengas y seas nuestro
consuelo? ¡Tu pobre madre, Víctor! Ahora le doy gracias a Dios de
que no haya vivido para ser testigo de la cruel y atroz muerte de
su benjamín.
Vuelve, Víctor; no con pensamientos de venganza contra el
asesino, sino con sentimientos de paz y cariño que curen nuestras
heridas en vez de ahondar en ellas. Únete a nuestro luto, hijo, pero
con dulzura y cariño para quienes te quieren y no con odio para
con tus enemigos.
Tu afligido padre que te quiere,
ALPHONSE FRANKENSTEIN
Ginebra, 12 de mayo de 17…
Clerval, que me había estado observando mientras leía la carta, se sorprendió
al ver la desesperación en que se trocaba la alegría que había expresado al saber
que habían llegado noticias de mis amigos[49] . Tiré la carta sobre la mesa y me
cubrí el rostro con las manos.
—Querido Frankenstein —dijo al verme llorar con amargura—, ¿habrás de
ser siempre desdichado? ¿Qué ha ocurrido, amigo mío?
Le indiqué que ley era la carta, mientras y o paseaba arriba y abajo de la
habitación lleno de angustia. Las lágrimas le corrieron por las mejillas a medida
que leía y comprendía mi desgracia.
—No puedo ofrecerte consuelo alguno, amigo mío —dijo—, tu pérdida es
irreparable. ¿Qué piensas hacer?
—Ir de inmediato a Ginebra. Acompáñame, Henry, a pedir los caballos.
Mientras caminábamos, Clerval se desvivía por animarme, no con los tópicos
usuales, sino manifestando su más profunda amistad.
—Pobre William. Aquella adorable criatura duerme ahora junto a su madre.
Sus amigos lo lloramos y estamos de luto, pero él descansa en paz. Ya no siente la
presión de la mano asesina; el césped cubre su dulce cuerpo y y a no puede sufrir.
Ya no se le puede compadecer. Los supervivientes somos los que más sufrimos, y
para nosotros el tiempo es el único consuelo. No debemos esgrimir aquellas
máximas de los estoicos de que la muerte no es un mal y que el hombre debe
estar por encima de la desesperación ante la ausencia eterna del objeto amado.
Incluso Catón lloró ante el cadáver de su hermano[50] .
Así hablaba Clerval mientras cruzábamos las calles. Las palabras se me
quedaron grabadas, y más tarde las recordé en mi soledad. En cuanto llegaron
los caballos, subí a la calesa, y me despedí de mi amigo.
El viaje fue triste. Al principio iba con prisa, pues estaba impaciente por
consolar a los míos; pero a medida que nos acercábamos a mi ciudad natal
aminoré la marcha. Apenas si podía soportar el cúmulo de pensamientos que se
me agolpaban en la mente. Revivía escenas familiares de mi juventud, escenas
que no había visto hacía casi seis años. ¿Qué cambios habría habido en ese
tiempo? Se había producido de repente uno brusco y desolador; pero miles de
pequeños acontecimientos podían haber dado lugar, poco a poco, a otras
alteraciones, no por más tranquilas menos decisivas. Me invadió el miedo. Temía
avanzar, aguardando miles de inesperados e indefinibles males que me hacían
temblar.
Me quedé dos días en Lausana, sumido en este doloroso estado de ánimo.
Contemplé el lago: sus aguas estaban en calma, todo a mi alrededor respiraba paz
y los nevados montes, « palacios de la naturaleza» [51] , no habían cambiado.
Poco a poco, el maravilloso y sereno espectáculo me restableció, y proseguí mi
viaje hacia Ginebra.
La carretera bordeaba el lago y se angostaba al acercarse a mi ciudad natal.
Distinguí con la may or claridad las oscuras laderas de los montes jurásicos y la
brillante cima del Mont Blanc. Lloré como un chiquillo: « ¡Queridas montañas!
¡Mi hermoso lago! ¿Cómo recibís al caminante? Vuestras cimas centellean, el
lago y el cielo son azules… ¿Es esto una promesa de paz o es una burla a mi
desgracia?» .
Temo, amigo mío, hacerme pesado si me sigo remansando en estos
preliminares, pero fueron días de relativa felicidad y los recuerdo con placer. ¡Mi
tierra!, ¡Mi querida tierra! ¿Quién, salvo el que hay a nacido aquí, puede
comprender el placer que me causó volver a ver tus riachuelos, tus montañas, y
sobre todo tu hermoso lago?
Sin embargo, a medida que me iba acercando a casa, volvió a cernirse sobre
mí el miedo y la ansiedad. Cay ó la noche; y cuando dejé de poder ver las
montañas, aún me sentí más apesadumbrado. El paisaje se me presentaba como
una inmensa y sombría escena maléfica, y presentí confusamente que estaba
destinado a ser el más desdichado de los humanos. ¡Ay de mí!, vaticiné
certeramente. Me equivoqué en una sola cosa: todas las desgracias que
imaginaba y temía no llegaban ni a la centésima parte de la angustia que el
destino me tenía reservada.
Era completamente de noche cuando llegué a las afueras de Ginebra; las
puertas de la ciudad y a estaban cerradas, y tuve que pasar la noche en Secheron,
un pueblecito a media legua al este de la ciudad. El cielo estaba sereno, y puesto
que no podía dormir, decidí visitar el lugar donde habían asesinado a mi pobre
William. Como no podía atravesar la ciudad, me vi obligado a cruzar hasta
Plainpalais en barca, por el lago. Durante el corto recorrido, vi los relámpagos
que, sobre la cima del Mont Blanc, dibujaban las más hermosas figuras. La
tormenta parecía avecinarse con rapidez y, al desembarcar, subí a una colina
para desde allí observar mejor su avance. Se acercaba; el cielo se cubrió de
nubes, y pronto sentí la lluvia caer lentamente, y las gruesas y dispersas gotas se
fueron convirtiendo en un diluvio.
Abandoné el lugar y seguí andando, aunque la oscuridad y la tormenta
aumentaban por minutos y los truenos retumbaban ensordecedores sobre mi
cabeza. La cordillera de Saléve, los montes de Jura y los Alpes de Saboy a
repetían su eco. Deslumbrantes relámpagos iluminaban el lago, dándole el
aspecto de una inmensa explanada de fuego. Luego, tras unos instantes, todo
quedaba sumido en las tinieblas, mientras la retina se reponía del resplandor.
Como sucede con frecuencia en Suiza, la tormenta había estallado en varios
puntos a la vez. Lo más violento se cernía sobre el norte de la ciudad, sobre esa
parte del lago entre el promontorio de Belrive y el pueblecito de Copét[52] . Otro
núcleo iluminaba más débilmente los montes jurásicos, y un tercero
ensombrecía y revelaba intermitentemente la Móle, un escarpado monte al este
del lago.
Admiraba la tormenta, tan hermosa y a un tiempo terrible, mientras
caminaba con paso ligero. Esta noble lucha de los cielos elevaba mi espíritu.
Junté las manos y exclamé: « William, mi querido hermano. Este es tu funeral,
ésta tu endecha» . Apenas había pronunciado estas palabras cuando divisé en la
oscuridad una figura que emergía subrepticiamente de un bosquecillo cercano.
Me quedé inmóvil, mirándola fijamente: no había duda. Un relámpago la iluminó
y me descubrió sus rasgos con claridad. La gigantesca estatura y su aspecto
deformado, más horrendo que nada de lo que existe en la humanidad, me
demostraron de inmediato que era el engendro, el repulsivo demonio[53] al que
había dotado de vida. ¿Qué hacía allí? ¿Sería acaso —me estremecía sólo de
pensarlo— el asesino de mi hermano? No bien me hube formulado la pregunta
cuando llegó la respuesta con claridad; los dientes me castañetearon, y me tuve
que apoy ar en un árbol para no caerme. La figura pasó velozmente por delante
de mí y se perdió en la oscuridad. Nada con la forma de un humano hubiera
podido dañar a un niño. Él era el asesino, no había duda. La sola ocurrencia de la
idea era prueba irrefutable. Pensé en perseguir a aquel demonio, pero hubiera
sido en vano, pues el siguiente relámpago me lo descubrió trepando por las rocas
de la abrupta ladera del monte Saléve, el monte que limita a Plainpalais por el
sur. Rápidamente escaló la cima y desapareció.
Permanecí inmóvil. La tormenta cesó; pero la lluvia continuaba, y todo
estaba envuelto en tinieblas. Repasé los sucesos que hasta el momento había
tratado de olvidar: todos los pasos que di hasta la creación; el fruto de mis propias
manos, vivo, junto a mi cama; su huida. Habían transcurrido y a casi dos años
desde la noche en que le había dado vida. ¿Era éste su primer crimen? ¡Dios mío!
Había lanzado al mundo un engendro depravado, que se deleitaba causando
males y desgracias. ¿No era la muerte de mi hermano prueba de ello?
Nadie puede concebir la angustia que sufrí durante el resto de la noche, que
pasé, frío y mojado, a la intemperie. Mas no notaba la inclemencia del tiempo.
Tenía la imaginación asaltada por escenas de horror y desesperación.
Consideraba a este ser con el que había afligido a la humanidad, este ser dotado
de voluntad y poder para cometer horrendos crímenes, como el que acababa de
realizar, como mi propio vampiro[54] , mi propia alma escapada de la tumba,
destinada a destruir todo lo que me era querido. Amaneció, y me encaminé
hacia la ciudad. Las puertas y a estaban abiertas y me dirigí a la casa de mi
padre. Mi primer pensamiento fue comunicar lo que sabía acerca del asesino, y
hacer que de inmediato se emprendiera su búsqueda, pero me detuve cuando
reflexioné sobre lo que tendría que explicar: me había encontrado a media
noche, en la ladera de una montaña inaccesible, con un ser al cual y o mismo
había creado y dotado de vida. Recordé también la fiebre nerviosa que había
contraído en el momento de su creación y que daría un cierto aire de delirio a
una historia de por sí increíble. Bien sabía que si alguien me hubiera contado algo
parecido lo habría tomado por el producto de su demencia. Además, las extrañas
características de la bestia harían imposible su captura, suponiendo que lograra
convencer a mis familiares de que la iniciaran. Y ¿de qué serviría perseguirla?
¿Quién podría atrapar a un ser capaz de escalar las laderas verticales del monte
Saléve? Estas reflexiones acabaron por convencerme y opté por guardar silencio.
Eran alrededor de las cinco de la mañana cuando entré en casa de mi padre.
Les dije a los criados que no despertaran a mi familia, y me fui a la biblioteca a
aguardar la hora en que solían levantarse.
Salvo por una marca indeleble, habían pasado seis años casi como un sueño.
Me encontraba en el mismo lugar en el que por última vez había abrazado a mi
padre al partir hacia Ingolstadt. ¡Padre querido y venerado! Felizmente, aún
vivía. Miré el cuadro de mi madre, colgado encima de la chimenea. Era un tema
histórico pintado por encargo de mi padre, y representaba a Caroline Beaufort en
actitud de desesperación, postrada ante el féretro de su padre. Su vestido era
rústico, y la palidez cubría sus mejillas, pero emanaba un aire de dignidad y
hermosura que anulaba todo sentimiento de piedad. Debajo de este cuadro había
una miniatura de William que me hizo saltar las lágrimas. En aquel momento
entró Ernest; me había oído llegar y venía a darme la bienvenida. Expresó una
mezcla de tristeza y alegría al verme.
—Bienvenido, querido Víctor. Ojalá hubieras regresado tres meses atrás; nos
hubieras encontrado felices y contentos. Pero ahora estamos desolados; y me
temo que sean las lágrimas y no las sonrisas las que te reciban. Nuestro padre
está muy apenado; este terrible suceso parece hacer revivir en él el dolor que
sintió a la muerte de nuestra madre. La pobre Elizabeth está también muy
afligida.
Mientras hablaba las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
—No me recibas así —le dije—, intenta serenarte para que no me sienta
completamente desgraciado al entrar en la casa de mi padre tras tan larga
ausencia. Dime, ¿cómo lleva mi padre esta desgracia?, ¿y cómo está mi pobre
Elizabeth?
—Es la que más ay uda necesita. Se acusa de haber causado la muerte de mi
hermano, y esto la atormenta horriblemente. Aunque ahora que han descubierto
al asesino…
—¿Que lo han descubierto? ¡Dios mío! ¿Cómo es posible?, ¿Quién ha podido
intentar perseguirlo? Es imposible; sería como intentar atrapar el viento, o detener
un torrente con una caña.
—No entiendo lo que quieres decir pero a todos nos dolió el descubrirlo. Al
principio nadie se lo podía creer, e incluso ahora, a pesar de las pruebas,
Elizabeth se niega a admitirlo. Es verdaderamente increíble que Justine Moritz,
tan dulce y tan encariñada como parecía con todos nosotros, hay a podido, de
pronto, hacer algo tan horrible.
—¡Justine Moritz! Pobrecilla, ¿la acusan a ella? Están equivocados, es
evidente. No se lo creerá nadie, ¿no, Ernest?
—Al principio no; pero hay varios detalles que nos han forzado a aceptar los
hechos. Su propio comportamiento es tan desconcertante, que añade a las
pruebas un peso que temo no deja lugar a duda. Hoy la juzgan, y podrás
convencerte tú mismo.
Me contó que la mañana en que encontraron el cadáver del pobre William,
Justine se puso enferma y se vio obligada a guardar cama. Días más tarde, una
de las criadas revisó por casualidad las prendas que Justine llevaba el día del
crimen y encontró en un bolsillo la miniatura de mi madre, que se suponía fue el
móvil del asesinato. Se lo enseñó al instante a otra sirvienta, la cual, sin decirnos
ni una palabra, se fue a un magistrado. A consecuencia de la declaración de la
criada, Justine fue detenida. Al acusársela del crimen, la pobrecilla confirmó las
sospechas, en gran medida con su total confusión y aturdimiento.
Parecía una historia de extrañas coincidencias, pero no logró convencerme.
—Estáis todos equivocados —le contesté seriamente—. Yo sé quién es el
asesino. Justine, la pobre Justine, es inocente.
En aquel instante entró mi padre. Advertí cómo la tristeza había hecho mella
en su semblante; pese a todo, trató de recibirme con alegría, y, tras intercambiar
nuestro apenado saludo, hubiera iniciado otro tema de conversación que no fuera
el de nuestra desgracia, de no ser porque Ernest exclamó:
—¡Dios mío, padre! Víctor dice saber quién asesinó a William.
—Por desgracia, nosotros también —respondió mi padre—. Hubiera
preferido ignorarlo para siempre, antes que descubrir tanta maldad e ingratitud
en alguien a quien apreciaba tanto.
—Querido padre, estáis equivocados; Justine es inocente.
—Si es así, no permita Dios que se la acuse. Hoy la juzgarán, y espero de
todo corazón que la absuelvan.
Estas palabras me tranquilizaron. Estaba del todo convencido de que Justine,
es más, cualquier otro ser humano, era inocente de este crimen. Por tanto, no
temía que se pudiera presentar ninguna prueba contundente que bastara para
condenarla. Con esta confianza, me calmé, y esperé el juicio con interés, pero
sin sospechar ningún resultado negativo.
Elizabeth pronto se reunió con nosotros. El tiempo había producido en ella
grandes cambios desde que la vi por última vez. Seis años atrás era una joven
bonita y agradable, a la cual todos querían. Ahora se había convertido en una
mujer de excepcional hermosura. La frente, amplia y despejada, indicaba gran
inteligencia y franqueza. Sus ojos de color miel denotaban ternura, mezclada
ahora con la pena de su reciente dolor. El pelo era de un brillante castaño rojizo,
la tez clara y la figura menuda y grácil. Me saludó con el may or afecto.
—Querido primo —dijo—, tu llegada me llena de esperanza. Tú quizá
encuentres algún medio para probar la inocencia de la pobre Justine. Si a ella la
condenan, ¿quién podrá estar seguro de aquí en adelante? Confío en su inocencia
como en la mía propia. Nuestra desgracia es doblemente penosa: no sólo hemos
perdido a nuestro adorado chiquillo, sino que ahora un destino aún peor nos
arrebata a Justine. Jamás volveré a saber lo que es la alegría si la condenan. Pero
estoy segura de que no será así y entonces, pese a la muerte de mi pequeño
William, volveré a ser feliz.
—Es inocente, Elizabeth —le contesté—, y se probará, no temas. Deja que el
convencimiento de que será absuelta calme tu espíritu.
—¡Qué bueno eres! Todos la creen culpable y eso me entristecía mucho,
porque sabía que era imposible. El ver a todos tan predispuestos en contra suy a
me desesperaba —dijo llorando.
—Querida sobrina —dijo mi padre—, seca tus lágrimas. Si como crees es
inocente, confía en la justicia de nuestros jueces, y en el interés con que y o
impediré la más ligera sombra de parcialidad.
Capítulo 7
Vivimos horas penosas hasta las once de la mañana, hora en la que había de
comenzar el juicio. Acompañé a mi padre y restantes miembros de la familia,
que estaban citados como testigos. Durante toda aquella odiosa farsa de justicia,
sufrí un calvario. Debía decidirse si mi curiosidad e ilícitos experimentos
desembocarían en la muerte de dos seres humanos: el uno, una encantadora
criatura llena de inocencia y alegría; la otra, más terriblemente asesinada aún,
puesto que tendría todos los agravantes de la infamia para hacerla inolvidable.
Justine era una buena chica, y poseía cualidades que prometían una vida feliz.
Ahora todo estaba a punto de acabar en una ignominiosa tumba por mi culpa. Mil
veces hubiera preferido confesarme y o culpable del crimen que se le atribuía a
Justine, pero me encontraba ausente cuando se cometió, y hubieran tomado
semejante declaración por las alucinaciones de un demente, por lo que tampoco
hubiera servido para exculpar a la que sufría por mi culpa.
El aspecto de Justine al entrar era sereno. Iba de luto; y la intensidad de sus
sentimientos daban a su rostro, siempre atractivo, una exquisita belleza. Parecía
confiar en su inocencia. No temblaba, a pesar de que miles de personas la
miraban y vituperaban, pues toda la bondad que su belleza hubiera de otro modo
despertado quedaba ahora ahogada, en el espíritu de los espectadores, por la idea
del crimen que se suponía que había cometido. Estaba tranquila; sin embargo esta
tranquilidad era evidentemente forzada; y puesto que su anterior aturdimiento se
había esgrimido como prueba de su culpabilidad, intentaba ahora dar la
impresión de valor. Al entrar recorrió con la vista la sala, y pronto descubrió el
lugar donde nos encontrábamos sentados. Los ojos parecieron nublársele al
vernos, pero pronto se dominó, y una mirada de pesaroso afecto pareció
atestiguar su completa inocencia.
Empezó el juicio; cuando los fiscales hubieron expuesto su informe, se llamó
a varios testigos. Había varios hechos aislados que se combinaban en su contra, y
que hubieran desorientado a cualquiera que no tuviera, como y o, la seguridad de
su inocencia. Había pasado fuera de casa toda la noche del crimen, y, al
amanecer, una mujer del mercado la había visto cerca del lugar donde más
tarde se encontraría el cadáver del niño asesinado. La mujer le preguntó qué
hacía allí, pero Justine, de forma muy extraña, le había contestado confusa e
ininteligiblemente. Regresó a casa hacia las ocho de la mañana; y cuando alguien
quiso saber dónde había pasado la noche, respondió que había estado buscando al
niño y preguntó ansiosamente si se sabía algo acerca de él. Cuando le mostraron
el cuerpo, tuvo un violento ataque de nervios, que la obligó a guardar cama
durante varios días. Se mostró entonces la miniatura que la criada había
encontrado en el bolsillo, y un murmullo de horror e indignación recorrió la sala
cuando Elizabeth, con voz temblorosa, la identificó como la misma que había
colgado del cuello de William una hora antes de que se lo echara en falta.
Llamaron a Justine para que se defendiera. A medida que el juicio había ido
avanzando, su aspecto había cambiado y expresaba ahora sorpresa, horror y
tristeza. A veces luchaba contra el llanto que la embargaba, pero, cuando la
requirieron que se declarara inocente o culpable, se sobrepuso y habló con voz
audible aunque entrecortada.
—Dios sabe bien que soy inocente; pero no pretendo que mis afirmaciones
me absuelvan. Baso mi inocencia en una interpretación llana y sencilla de los
hechos que se me imputan. Espero que la buena reputación de que siempre he
gozado incline a los jueces a interpretar a mi favor lo que puede a primera vista
parecer dudoso o sospechoso.
A continuación declaró que con permiso de Elizabeth había pasado la tarde de
la noche del crimen en casa de una tía en Chéne, pueblecito que dista una legua
de Ginebra. A su regreso, hacia las nueve de la noche, se encontró con un
hombre que le preguntó si había visto a la criatura que buscaban. Esto la alarmó,
y estuvo varias horas intentando encontrarlo. Las puertas de Ginebra cerradas, se
vio obligada a pasar parte de la noche en el cobertizo de una casa, no sintiéndose
inclinada a despertar a los dueños, que la conocían bien. Incapaz de dormir,
abandonó pronto su refugio, y reemprendió la búsqueda de mi hermano. Si se
había acercado al lugar donde y acía el cuerpo, fue sin saberlo. Su aturdimiento al
ser interrogada por la mujer del mercado no era de extrañar, puesto que no había
dormido en toda la noche, y la suerte de William aún estaba por saber. Respecto
a la miniatura, no podía aclarar nada.
—Sé bien cuánto pesa esto en mi contra —continuó la entristecida víctima—,
pero no puedo dar explicación alguna. Tras expresar mi total ignorancia en este
punto no me queda más que hacer conjeturas acerca de cómo pudo llegar a mi
bolsillo. Pero aquí también me encuentro con otra barrera, pues no tengo
enemigos y no puede haber nadie tan malvado como para querer destruirme de
forma tan deliberada. ¿Fue acaso el propio asesino el que la puso allí? Pero no
veo cómo hubiera podido hacerlo, y además, ¿qué finalidad tendría robar la joy a
para desprenderse de ella tan pronto?
» Confío mi suerte a la justicia de mis jueces, si bien veo poco lugar para la
esperanza. Ruego se haga declarar a algún testigo respecto de mi reputación, y si
su testimonio no prevalece sobre la acusación, que me condenen, aunque fundo
mi esperanza en el hecho de ser inocente.
Se llamó a varios testigos que la conocían desde hacía muchos años, y todos
hablaron bien de ella; pero el temor y la repulsión por el crimen del cual la
creían culpable les amilanó, e impidió que la apoy aran con ardor. Elizabeth
percibió que este postrero recurso, la bondad y conducta irreprochables de la
acusada, también iba a fallar. Muy alterada solicitó la venia del tribunal para
dirigirse a él.
—Soy —dijo— la prima del pobre chiquillo asesinado, mejor dicho: soy su
hermana, pues fui educada por sus padres y vivo con ellos desde mucho antes de
que William naciera. Quizá por ello pueda no resultar decoroso que declare en
esta ocasión. Pero ante la posibilidad de que la cobardía de sus supuestos amigos
hunda a un ser humano, me veo obligada a hablar en su favor. Conozco bien a la
acusada. Hemos vivido bajo el mismo techo primero durante cinco años y
después durante dos. En todo ese tiempo, siempre se mostró la más bondadosa y
amable de las criaturas. Cuidó con el may or afecto y devoción a mi tía, la señora
Frankenstein, durante su última enfermedad. Luego tuvo que atender a su propia
madre, también enferma durante largo tiempo, y lo hizo con una abnegación que
admiró a todos los que la conocíamos. Fallecida su madre, regresó de nuevo a
casa de mi tío, donde todos la queremos. Sentía un especial cariño por la criatura
ahora muerta y la trataba como una madre. Por mi parte, no tengo la más
mínima duda de que, a pesar de todas las pruebas en su contra, es absolutamente
inocente. No tenía motivos para hacerlo; y en cuanto a la minucia que constituy e
la prueba principal, de haberla pedido, con gusto se la hubiera regalado, tanto es
el cariño que hacia Justine siento.
¡Qué magnífica Elizabeth! Un murmullo de aprobación recorrió la sala, más
dirigido a su generosa intervención que en favor de la pobre Justine, contra la
cual se volcó la indignación del público con renovada violencia, acusándola de la
may or ingratitud. Las lágrimas le corrían por las mejillas mientras escuchaba en
silencio a Elizabeth. Durante todo el juicio, y o estuve preso de la may or angustia
y nerviosismo. Creía en su inocencia; sabía que no era culpable. ¿Acaso el
diabólico ser que había matado —no lo dudaba ni por un minuto— a mi hermano,
había vendido, en su demoníaco juego, la inocencia a la muerte y a la ignominia?
El horror de la situación me resultaba insoportable, y cuando la reacción del
público y el rostro de los jueces me indicaron que mi pobre víctima había sido
condenada, me precipité fuera de la sala lleno de pesar. El sufrimiento de la
acusada no igualaba al mío. A ella la sostenía su inocencia, pero a mí me
laceraban los latigazos del remordimiento, que no cedía su presa.
Pasé una noche de indescriptible desesperación. Por la mañana fui al tribunal.
Tenía la boca y la garganta secas y no me atreví a hacer la pregunta fatal. Pero
me conocían y el ujier adivinó la razón de mi visita. Se habían echado las
bolas[55] y eran todas negras; Justine había sido condenada.
No intentaré explicar lo que sentí. Había experimentado y a antes sensaciones
de horror, las cuales me he esforzado por describir, pero no existen palabras que
definan la nauseabunda desesperación de aquel momento. El funcionario
entonces añadió que Justine y a había confesado su culpabilidad.
—Lo cual apenas era necesario —añadió— en un caso tan evidente. Pero me
alegro; a ninguno de nuestros jueces le gusta condenar a un criminal por pruebas
circunstanciales, por decisivas que parezcan.
Cuando regresé a casa, Elizabeth me preguntó ansiosamente por el resultado.
—Querida prima —contesté—, han decidido lo que y a esperábamos. Todos
los jueces prefieren condenar a diez inocentes antes de que se escape un
culpable. Pero ella ha confesado.
Para Elizabeth, que había creído firmemente en la inocencia de Justine, esto
fue un duro golpe.
—¡Ay ! —dijo—, ¿cómo podré volver a creer en la bondad humana? ¿Cómo
habrá podido Justine, a quien y o quería como a una hermana, sonreírnos con
aquella inocencia y después traicionarnos así? Sus dulces ojos parecían asegurar
que era incapaz de aspereza o mal humor, y sin embargo ha cometido un
asesinato.
Al poco tiempo, nos comunicaron que la pobre víctima había manifestado el
deseo de ver a mi prima. Mi padre no quería que fuese, pero dejó la decisión al
criterio de Elizabeth.
—Sí iré —dijo Elizabeth—. Aunque sea culpable. Acompáñame tú, Víctor.
No quiero ir sola.
La sola idea de esta visita me atormentaba, pero no podía negarme.
Entramos en la celda desoladora, al fondo de la cual estaba Justine, sentada
sobre un montón de paja. Tenía las manos encadenadas y apoy aba la cabeza en
las rodillas. Al vernos entrar se levantó, y cuando estuvimos a solas, se echó
llorando a los pies de Elizabeth, que también comenzó a sollozar.
—Justine —dijo—, ¿por qué me has arrebatado mi último consuelo? Confiaba
en tu inocencia y, aunque me sentía muy desgraciada, no estaba tan triste como
ahora.
—¿Usted también me cree tan perversa? ¿Se une a mis enemigos para
condenarme? —Justine se ahogaba por el llanto.
—Levántate, pobre amiga mía —dijo Elizabeth. ¿Por qué te arrodillas, si eres
inocente? No soy uno de tus enemigos. Te creía inocente hasta que supe que tú
misma habías confesado tu culpabilidad. Ahora me dices que eso es falso. Ten la
seguridad, Justine querida, de que nada, salvo tu propia confesión, puede quebrar
mi confianza en ti.
—Es cierto que confesé, pero confesé una mentira, para poder obtener la
absolución. Y ahora esa mentira pesa más sobre mi conciencia que cualquier
otra falta. ¡Dios me perdone! Desde el momento en que me condenaron, el
confesor ha insistido y amenazado hasta que casi me ha convencido de que soy
el monstruo que dicen que soy. Me amenazó con la excomunión y las llamas del
infierno si persistía en declararme inocente. Mi querida señora, no tenía a nadie
que me ay udara. Todos me consideran un ser despreciable abocado a la
ignominia y perdición. ¿Qué otra cosa podía hacer? En mala hora consentí en
mentir; ahora me siento más desgraciada que nunca.
El llanto la obligó a callar unos instantes.
—Pensaba con horror —continuó— en la posibilidad de que ahora usted
creería que Justine, a quien su tía tenía en tanta consideración y a quien usted
estimaba tanto, era capaz de cometer un crimen que ni siquiera el demonio ha
osado perpetrar. ¡Mi querido William!, ¡Mi querido pequeño! Pronto me reuniré
contigo en el cielo, donde seremos felices. Ese es mi consuelo, en mi camino
hacia la muerte y la difamación.
—¡Justine! Perdóname si he dudado de ti un instante. ¿Por qué confesaste?
Pero no te atormentes, querida mía; proclamaré tu inocencia por doquier y les
obligaré a creerte. Sin embargo, has de morir; tú, mi compañera de juegos, mi
amiga, más que una hermana para mí. No sobreviviré a tan tremenda desgracia.
—Dulce Elizabeth. Seque sus lágrimas. Debería animarme con pensamientos
sobre una vida mejor, y hacerme pasar por encima de las pequeñeces de este
mundo injusto y agresivo. No sea usted, mi querida amiga, la que me induzca a
la desesperación.
—Trataré de consolarte, pero me temo que este mal sea demasiado punzante
para que quepa el consuelo, pues no hay esperanza. Que el cielo te bendiga,
querida Justine, con una resignación y confianza sobrehumanas. ¡Cómo odio las
farsas e ironías de este mundo! En cuanto una criatura es asesinada, a otra se le
priva de la vida de forma lenta y tortuosa. Y los verdugos, con manos aún teñidas
de sangre inocente, creen haber llevado a cabo una gran obra. A esto lo llaman
retribución. ¡Odioso nombre! Cuando oigo esa palabra, sé que se avecinan
castigos más horribles que los que tirano alguno jamás hay a podido inventar para
saciar su venganza. Pero esto no es consuelo para ti, Justine, a no ser que te
alegres de abandonar semejante guarida. ¡Quisiera estar con mi tía y mi adorado
William, lejos de este mundo odioso, y de los rostros de unos seres que
aborrezco!
Justine sonrió con tristeza.
—Esto, querida señora, no es resignación sino desesperación. No debo
aprender la lección que quiere usted inculcarme. Hábleme de otras cosas, de
algo que me traiga paz, y no may or tristeza.
Durante esta conversación me había retirado a una esquina de la celda, donde
pudiera esconder la angustia que me embargaba. ¡Desesperación! ¿Quién osaba
hablar de eso? La pobre víctima que debía al día siguiente traspasar la tenebrosa
frontera entre la vida y la muerte no sentía tan amarga y penetrante agonía
como y o. Apreté los dientes, haciéndolos rechinar, y un suspiro salido del alma
se escapó de entre mis labios. Justine se alarmó. Al reconocerme, se acercó a
mí, diciendo:
—Querido señor, qué bondadoso ha sido al venir a verme. Espero que usted
tampoco me crea culpable.
No pude contestar.
—No, Justine —dijo Elizabeth—, cree aún más que y o en tu inocencia. Ni
siquiera al saber que habías confesado dudó de ti.
—Se lo agradezco de corazón. En estos últimos momentos siento la may or
gratitud hacia aquellos que me juzgan con benevolencia. ¡Qué dulce resulta el
afecto de los demás a una infeliz como y o! Me alivia la mitad de mis desgracias.
Ahora que usted, mi querida señora, y su primo, creen en mi inocencia, puedo
morir en paz.
Así intentaba la pobre niña consolarnos a nosotros y mitigar su dolor.
Consiguió la resignación que buscaba. Pero y o, el verdadero asesino, sentía viva
en mi seno como una carcoma que imposibilitaba toda esperanza o sosiego.
Elizabeth también lloraba entristecida; pero la suy a era también la aflicción del
inocente, como la nube que puede oscurecer la luna un breve rato pero no logra
apagar su fulgor. La angustia y la desesperación se habían apoderado de mi
corazón, y me abrasaba en un fuego que nada podía apagar.
Permanecimos con Justine varias horas, y Elizabeth no logró separarse de
ella sino con gran dificultad.
—Quiero morir contigo —gritaba—, no puedo vivir en este mundo lleno de
miseria.
Justine procuró adoptar un aire de alegría, pese a que apenas podía contener
las lágrimas. Abrazó a Elizabeth y, con voz ahogada por la emoción, dijo:
—Adiós, mi querida señora, mi dulce Elizabeth, mi amada y única amiga.
Que el cielo la bendiga y que sea ésta su última desgracia. Viva, sea feliz y haga
felices a los demás.
Mientras regresábamos, Elizabeth me dijo:
—No sabes, querido Víctor, lo tranquila que me encuentro ahora que confío
en la inocencia de esta infeliz muchacha. No hubiera vuelto a conocer la paz de
haberme equivocado con Justine. Los pocos momentos que la creí culpable, sentí
una angustia que no hubiera podido soportar durante demasiado tiempo. Ahora
me siento aliviada. Se la castiga equivocadamente; pero me consuela pensar que
la persona a quien y o creía llena de bondad no ha traicionado la confianza que en
ella puse.
¡Prima querida!, estos eran tus pensamientos tan tiernos y dulces como tus
propios ojos y la voz que los expresaba. Pero y o, y o era un miserable, y nadie
puede concebir la agonía que padecí entonces.
Volumen II
Capítulo 1
Nada hay más doloroso para el alma humana, después de que los
sentimientos se han visto acelerados por una rápida sucesión de acontecimientos,
que la calma mortal de la inactividad y la certeza que nos privan tanto del miedo
como de la esperanza. Justine murió; descansó; pero y o seguía viviendo. La
sangre circulaba libremente por mis venas, pero un peso insoportable de
remordimiento y desesperación me oprimía el corazón. No podía dormir;
deambulaba como alma atormentada, pues había cometido inenarrables actos
horrendos y malvados, y tenía el convencimiento de que no serían los últimos.
Sin embargo, mi corazón rebosaba amor y bondad. Había comenzado la vida
lleno de buenas intenciones y aguardaba con impaciencia el momento de
ponerlas en práctica, y convertirme en algo útil para mis semejantes. Ahora todo
quedaba aniquilado. En vez de esa tranquilidad de conciencia, que me hubiera
permitido rememorar el pasado con satisfacción y concebir nuevas esperanzas,
me azotaban el remordimiento y los sentimientos de culpabilidad que me
empujaban hacia un infierno de indescriptibles torturas.
Este estado de ánimo amenazaba mi salud, repuesta y a por completo del
primer golpe que había sufrido. Rehuía ver a nadie, y toda manifestación de
júbilo o complacencia era para mí un suplicio. Mi único consuelo era la soledad;
una soledad profunda, oscura, semejante a la de la muerte.
Mi padre observaba con dolor el cambio que se iba produciendo en mis
costumbres y carácter, e intentaba convencerme de la inutilidad de dejarse
arrastrar por una desproporcionada tristeza.
—¿Crees tú, Víctor, que y o no sufro? —me dijo, con lágrimas en los ojos—.
Nadie puede querer a un niño como y o amaba a tu hermano. Pero acaso no es
un deber para con los supervivientes el intentar no aumentar su pena con nuestro
dolor exagerado. También es un deber para contigo mismo, pues la tristeza
desmesurada impide el restablecimiento y la alegría; incluso impide llevar a
cabo los quehaceres diarios, sin los que ningún hombre es digno de ocupar un sitio
en la sociedad.
Este consejo, aunque válido, era del todo inaplicable a mi caso. Yo hubiera
sido el primero en ocultar mi dolor y consolar a los míos, si el remordimiento no
hubiera teñido de amargura mis otros sentimientos. Ahora sólo podía responder a
mi padre con una mirada de desesperación, y esforzarme por evitarle mi
presencia.
Por esta época nos trasladamos a nuestra casa de Belrive. El cambio me
resultó especialmente agradable. El habitual cierre de las puertas a las diez de la
noche y la imposibilidad de permanecer en el lago después de esa hora me
hacían incómoda la estancia en la misma Ginebra. Ahora estaba libre. A
menudo, cuando el resto de mi familia se había acostado, cogía la barca y
pasaba largas horas en el lago. A veces izaba la vela, y dejaba que el viento me
llevara; otras, remaba hasta el centro del lago y allí dejaba la barca a la deriva
mientras y o me sumía en tristes pensamientos. Con frecuencia, cuando todo a mi
alrededor estaba en paz, y y o era la única cosa inquieta que vagaba intranquilo
por ese paisaje tan precioso y sobrenatural, exceptuando algún murciélago, o las
ranas cuy o croar rudo e intermitente oía cuando me acercaba a la orilla, con
frecuencia, digo, sentía la tentación de tirarme al lago silencioso, y que las aguas
se cerraran para siempre sobre mi cabeza y mis sufrimientos. Pero me frenaba
el recuerdo de la heroica y abnegada Elizabeth, a quien amaba tiernamente, y
cuy a vida estaba íntimamente unida a la mía. Pensaba también en mi padre y mi
otro hermano: ¿iba y o con mi deserción a exponerlos a la maldad del diablo que
había soltado entre ellos?
En aquellos momentos lloraba amargamente y deseaba recobrar la paz de
espíritu que me permitiría consolarlos y alegrarlos. Mas ello no había de ser. El
remordimiento anulaba cualquier esperanza. Era el autor de males
irremediables, y vivía bajo el constante terror de que el monstruo que había
creado cometiera otra nueva maldad. Tenía el oscuro presentimiento de que aún
no había concluido todo y de que pronto cometería de nuevo algún crimen
espantoso, que borraría con su magnitud el recuerdo de su anterior delito.
Mientras viviera algún ser querido, siempre habría un lugar para el miedo. La
repulsión que sentía hacia este demoníaco ser no se puede concebir. Cuando
pensaba en él apretaba los dientes, se me encendían los ojos y no deseaba más
que extinguir aquella vida que tan imprudentemente había creado. Cuando
recordaba su crimen y su maldad, el odio y deseo de venganza que surgían en mí
sobrepasaban los límites de la moderación. Hubiera ido en peregrinación al pico
más alto de los Andes de saber que desde allí podría despeñarlo. Quería verlo de
nuevo para maldecirlo y vengar las muertes de William y Justine.
Era la nuestra la morada del luto. La salud de mi padre se vio seriamente
afectada por el horror de los recientes acontecimientos. Elizabeth estaba triste y
alicaída, y y a no se divertía con sus quehaceres cotidianos. Cualquier gozo le
parecía un sacrilegio para con los muertos, y creía que el llanto y el luto eterno
eran el justo tributo que debía pagar a la inocencia tan cruelmente destruida y
aniquilada. Ya no era la feliz criatura que había paseado conmigo por la orilla del
lago comentando con júbilo nuestros futuros proy ectos. Se había vuelto seria, y a
menudo hablaba de la inconstancia de la suerte y de la inestabilidad de la vida.
—Cuando pienso, querido primo —decía—, en la triste muerte de Justine
Moritz, no puedo contemplar el mundo y sus obras como lo hacía antaño. Antes
consideraba los relatos de maldad e injusticia, de los cuales oía hablar o sobre los
que leía en los libros, como historias de tiempos pasados o como fantasías; al
menos, estaban muy alejados y pertenecían más a la razón que a la imaginación;
pero ahora el dolor se cierne sobre nuestra casa, y los hombres me parecen
monstruos sedientos de sangre. Sin duda soy injusta. Todos crey eron culpable a
esa pobre criatura, y de haber cometido el crimen que se la imputó, ciertamente
hubiera sido la más depravada de los seres humanos. ¡Asesinar por unas cuantas
joy as al hijo de su amigo y protector, un niño al que había cuidado desde la cuna
y al que parecía querer como a un hijo! Me opongo a la muerte de cualquier ser
humano[56] , pero hubiera estimado que semejante criatura no era digna de vivir
entre sus semejantes. Pero era inocente. Lo sé, sé que era inocente. Tú también
piensas lo mismo, y esto confirma mi certeza. ¡Ay, Víctor! Cuando la mentira se
parece tanto a la verdad, ¿quién puede creer en la felicidad? Me parece estar
andando por el borde de un precipicio, hacia el cual se dirigen miles de seres que
intentan arrojarme al vacío. Asesinan a William y a Justine y su asesino escapa,
andando libre por el mundo. Quizá incluso se lo respete. Pero no me cambiaría
por semejante engendro, aunque mi sino fuera morir en el patíbulo por los
mismos crímenes.
Escuché sus palabras con terrible agonía. Yo era el causante si bien no el
autor. Elizabeth ley ó la angustia en mi rostro y cogiéndome la mano con dulzura
dijo:
—Mi querido primo, tranquilízate. Dios sabe lo mucho que estos sucesos me
han afectado, mas, sin embargo, no sufro tanto como tú. Tienes una expresión de
desesperación, y a veces de venganza, que me hace temblar. Serénate, Víctor.
Daría mi vida por tu paz. Sin duda nosotros podremos ser felices. Tranquilos en
nuestra tierra, y lejos del mundo, ¿quién puede turbarnos?
Las lágrimas le resbalaban a medida que hablaba, desmintiendo el consuelo
que me ofrecía, pero a la vez sonreía, intentando ahuy entar la tristeza de mi
corazón. Mi padre, que tomaba la infelicidad reflejada en mi rostro como una
exageración de lo que normalmente hubieran sido mis sentimientos, pensó que
algún tipo de distracción me devolvería la serenidad acostumbrada. Esta había
sido y a la razón para venirnos al campo, y la que le indujo a proponer que
hiciéramos una excursión al valle de Chamonix. Yo y a había estado allí antes,
pero no así Elizabeth ni Ernest. Ambos habían expresado con frecuencia el deseo
de ver el paisaje de este lugar, que les habían descrito como maravilloso y
sublime. Así pues, emprendimos la excursión desde Ginebra a mediados de
agosto, casi dos meses después de la muerte de Justine.
El tiempo era insólitamente bueno, y si mi tristeza hubiera sido de índole que
una circunstancia pasajera hubiera podido disipar, esta excursión sin duda
hubiera proporcionado el resultado que mi padre se proponía. Así y con todo, me
sentía algo interesado por el paisaje, que a ratos me apaciguaba, si bien nunca
anulaba mi pesar. El primer día viajamos en un carruaje. Por la mañana
habíamos visto en la distancia las montañas hacia las cuales nos dirigíamos. Nos
dimos cuenta de que el valle que atravesábamos, formado por el río Arve cuy o
curso seguíamos, se iba angostando a nuestro alrededor, y al atardecer nos
encontramos y a rodeados de inmensas montañas y precipicios, y pudimos oír el
furioso rumor del río entre las rocas y el estruendo de las cataratas.
Al día siguiente, continuamos nuestro viaje en mula; a medida que
ascendíamos, el valle adquiría un aspecto más magnífico y asombroso.
Fortalezas en ruinas colgadas de las laderas pobladas de abetos, el impetuoso
Arve y casitas que aquí y allí asomaban entre los árboles constituían un paisaje
de singular belleza. Pero eran los Alpes los que hacían sublime el panorama
cuy as formas y cumbres blancas y centelleantes dominaban todo, como si
pertenecieran a otro mundo, y fueran la morada de otra raza.
Cruzamos el puente de Pelissier, donde el barranco formado por el río se
abrió ante nosotros, y empezamos a ascender por la montaña que lo limita. Poco
después entramos en el valle de Chamonix, más imponente y sublime, pero
menos hermoso y pintoresco que el de Servox, que acabábamos de atravesar.
Los altos montes de cumbres nevadas eran sus fronteras más cercanas.
Desaparecieron los castillos en ruinas y los fértiles campos.
Inmensos glaciares bordeaban el camino; oímos el ruido atronador de un alud
desprendiéndose y observamos la neblina que dejó a su paso. El Mont Blanc se
destacaba dominante y magnífico entre los picos cercanos, y su imponente cima
dominaba el valle. Durante el viaje, a veces me unía a Elizabeth, y me esforzaba
por señalarle los puntos más hermosos del paisaje. A menudo obligaba a mi mula
a rezagarse para así poder entregarme a la tristeza de mis pensamientos. Otras
veces espoleaba al animal para que adelantara a mis compañeros, y así
olvidarme de ellos, del mundo y casi de mí mismo. Cuando los dejaba muy
atrás, me tumbaba en la hierba, vencido por el horror y la desesperación. Llegué
a Chamonix a las ocho de la noche. Mi padre y Elizabeth se hallaban muy
cansados; Ernest, que también había venido, estaba entonado y alegre, y su
estado de ánimo sólo se veía turbado por el viento sureño que prometía traer
consigo lluvia al día siguiente.
Nos retiramos pronto, mas no para dormir; al menos y o no pude. Permanecí
largas horas asomado a la ventana, contemplando los pálidos relámpagos que
jugueteaban por encima del Mont Blanc, y escuchando el rumor del Arve, que
corría bajo mi ventana.
Capítulo 2
El día siguiente, contra los pronósticos de nuestros guías, amaneció hermoso
aunque nublado. Visitamos el nacimiento del Arveiron[57] , y paseamos a caballo
por el valle hasta el atardecer. Este paisaje, tan sublime y magnífico, me
proporcionó el may or consuelo que en esos momentos podía recibir. Me elevó
por encima de las pequeñeces del sentimiento y aunque no me libraba de la
tristeza sí me la amainaba y calmaba. Hasta cierto punto, también me desviaba
la atención de aquellos sombríos pensamientos a los que me había entregado
durante los últimos meses. Por la tarde regresé, cansado, pero triste, y conversé
con mi familia con may or animación de lo que había solido hacer últimamente.
Mi padre estaba contento y Elizabeth encantada.
—Querido primo —me dijo—, ¿ves cuánta felicidad contagias cuando estás
alegre? ¡No recaigas de nuevo!
La mañana siguiente amaneció con una lluvia torrencial, y una espesa niebla
ocultaba las cimas de las montañas. Me levanté temprano, pero me sentía
melancólico. La lluvia me deprimía; volvió mi acostumbrado estado de ánimo, y
me sentí apesadumbrado.
Sabía lo que este cambio brusco apenaría a mi padre y preferí evitarlo, hasta
haberme recobrado lo suficiente como para poder disimular estos sentimientos
que me dominaban. Supuse que pasarían el día en el albergue, y dado que y o
estaba acostumbrado a la lluvia, la humedad y el frío, decidí ir solo a la cima del
Montanvert[58] . Recordaba la impresión que el inmenso glaciar en constante
movimiento me había causado la primera vez que lo vi.
Entonces me había llenado de un éxtasis que prestaba alas al espíritu,
permitiéndole despegarse del mundo de tinieblas y remontarse hasta la luz y la
felicidad. La contemplación de todo lo que de majestuoso y sobrecogedor hay en
la naturaleza siempre ha tenido la virtud de ennoblecer mis sentimientos y me ha
hecho olvidar las efímeras preocupaciones de la vida. Decidí ir solo, pues
conocía bien el camino, y la presencia de otro hubiera destruido la grandiosa
soledad del paraje.
El ascenso es pronunciado, pero el sendero zigzagueante permite escalar la
enorme perpendicularidad de la montaña. Es un paraje de terrible desolación.
Múltiples lugares muestran el rastro de aludes invernales; hay árboles tronchados
esparcidos por el suelo; unos están totalmente destrozados, otros se apoy an en
rocas protuberantes o en otros árboles. A medida que se asciende más, el sendero
cruza varios heleros, por los cuales caen sin cesar piedras desprendidas. Uno de
entre ellos es especialmente peligroso, pues el más mínimo ruido —una palabra
dicha en voz alta— produce una conmoción de aire suficiente para provocar una
avalancha. Los pinos no son enhiestos ni frondosos, sino sombríos, y añaden un
aire de severidad al panorama.
Miré el valle a mis pies. Sobre los ríos que lo atraviesan se levantaba una
espesa niebla, que serpenteaba en espesas columnas alrededor de las montañas
de la vertiente opuesta, cuy as cimas se escondían entre las nubes. Los negros
nubarrones dejaban caer una lluvia torrencial que contribuía a la impresión de
tristeza que desprendía todo lo que me rodeaba. ¿Por qué presume el hombre de
una sensibilidad may or a la de las bestias cuando esto sólo consigue convertirlos
en seres más necesitados? Si nuestros instintos se limitaran al hambre, la sed y el
deseo, seríamos casi libres. Pero nos conmueve cada viento que sopla, cada
palabra al azar, cada imagen que esa misma palabra nos evoca.
Descansamos; una pesadilla puede envenenar nuestro sueño.
Despertamos; un pensamiento errante nos empaña el día.
Sentimos, concebimos o razonamos, reímos o lloramos.
Abrazamos una tristeza querida o desechamos nuestra pena;
Todo es igual; pues ya sea alegría o dolor,
el sendero por el que se alejará está abierto.
El ayer del hombre no será jamás igual a su mañana.
¡Nada es duradero salvo la mutabilidad! [59]
Era casi mediodía cuando llegué a la cima. Permanecí un rato sentado en la
roca que dominaba aquel mar de hielo. La neblina lo envolvía, al igual que a los
montes circundantes. De pronto, una brisa disipó las nubes y descendí al glaciar.
La superficie es muy irregular, levantándose y hundiéndose como las olas de un
mar tormentoso, y está surcada por profundas grietas. Este campo de hielo tiene
casi una legua de anchura, y tardé cerca de dos horas en atravesarlo. La
montaña del otro extremo es una roca desnuda y escarpada. Desde donde me
encontraba, Montanvert se alzaba justo enfrente, a una legua, y por encima de él
se levantaba el Mont Blanc, en su tremenda majestuosidad. Permanecí en un
entrante de la roca admirando la impresionante escena. El mar, o mejor dicho: el
inmenso río de hielo, serpenteaba por entre sus circundantes montañas, cuy as
altivas cimas dominaban el grandioso abismo. Traspasando las nubes, las heladas
y relucientes cumbres brillaban al sol. Mi corazón, repleto hasta entonces de
tristeza, se hinchó de gozo y exclamé:
—Espíritus errantes[60] , si en verdad existís y no descansáis en vuestros
estrechos lechos, concededme esta pequeña felicidad, o llevadme con vosotros
como compañero vuestro, lejos de los goces de la vida.
No bien hube pronunciado estas palabras, cuando vi en la distancia la figura
de un hombre que avanzaba hacia mí a velocidad sobrehumana saltando sobre
las grietas del hielo, por las que y o había caminado con cautela. A medida que se
acercaba, su estatura parecía sobrepasar la de un hombre. Temblé, se me nubló
la vista y me sentí desfallecer; pero el frío aire de las montañas pronto me
reanimó. Comprobé, cuando la figura estuvo cerca —odiada y aborrecida visión
—, que era el engendro que había creado. Temblé de ira y horror, y resolví
aguardarlo y trabar con él un combate mortal. Se acercó. Su rostro reflejaba una
mezcla de amargura, desdén y maldad, y su diabólica fealdad hacían imposible
el mirarlo, pero apenas me fijé en esto. La ira y el odio me habían enmudecido,
y me recuperé tan sólo para lanzarle las más furiosas expresiones de desprecio y
repulsión.
—Demonio —grité—, ¿osas acercarte? ¿No temes que desate sobre ti mi
terrible venganza? Aléjate, ¡insecto despreciable! Mas no, ¡detente! ¡Quisiera
pisotearte hasta convertirte en polvo, si con ello, con la abolición de tu miserable
existencia, pudiera devolverles la vida a aquellos que tan diabólicamente has
asesinado!
—Esperaba este recibimiento —dijo el demoníaco ser—. Todos los hombres
odian a los desgraciados. ¡Cuánto, pues, se me debe odiar a mí que soy el más
infeliz de los seres vivientes! Sin embargo, vos, creador mío[61] , me detestáis y
me despreciáis, a mí, vuestra criatura, a quien estáis unido por lazos que sólo la
aniquilación de uno de nosotros romperán. Os proponéis matarme. ¿Cómo os
atrevéis a jugar así con la vida? Cumplid vuestras obligaciones para conmigo, y
y o cumpliré las mías para con vos y el resto de la humanidad. Si aceptáis mis
condiciones, os dejaré a vos y a ellos; pero si rehusáis, llenaré hasta saciarlo el
buche de la muerte con la sangre de tus amigos.
—¡Aborrecible monstruo!, ¡demonio infame!, los tormentos del infierno son
un castigo demasiado suave para tus crímenes. ¡Diablo inmundo!, me reprochas
haberte creado; acércate, y déjame apagar la llama que con tanta imprudencia
encendí.
Mi cólera no tenía límites; salté sobre él, impulsado por todo lo que puede
inducir a un ser a matar a otro. Me esquivó fácilmente y dijo:
—¡Serenaos! Os ruego me escuchéis antes de dar rienda suelta a vuestro
odio. ¿Acaso no he sufrido bastante que buscáis aumentar mi miseria? Amo la
vida, aunque sólo sea una sucesión de angustias, y la defenderé. Recordad: me
habéis hecho más fuerte que vos; mi estatura es superior y mis miembros más
vigorosos. Pero no me dejaré arrastrar a la lucha contra vos. Soy vuestra obra, y
seré dócil y sumiso para con mi rey y señor, pues lo sois por ley natural. Pero
debéis asumir vuestros deberes, los cuales me adeudáis. Oh Frankenstein, no seáis
ecuánime con todos los demás y os ensañéis sólo conmigo, que soy el que más
merece vuestra justicia e incluso vuestra clemencia y afecto. Recordad que soy
vuestra criatura. Debía ser vuestro Adán, pero soy más bien el ángel caído a
quien negáis toda dicha. Doquiera que mire, veo felicidad de la cual sólo y o
estoy irrevocablemente excluido. Yo era bueno y cariñoso; el sufrimiento me ha
envilecido. Concededme la felicidad, y volveré a ser virtuoso.
—¡Aparta! No te escucharé. No puede haber entendimiento entre tú y y o;
somos enemigos. Apártate, o midamos nuestras fuerzas en una lucha en la que
sucumba uno de los dos.
—¿Cómo podré conmoveros?; ¿no conseguirán mis súplicas que os apiadéis
de vuestra criatura, que suplica vuestra compasión y bondad? Creedme,
Frankenstein: y o era bueno; mi espíritu estaba lleno de amor y humanidad, pero
estoy solo, horriblemente solo. Vos, mi creador, me odiáis. ¿Qué puedo esperar
de aquellos que no me deben nada? Me odian y me rechazan. Las desiertas
cimas y desolados glaciares son mi refugio. He vagado por ellos muchos días.
Las heladas cavernas, a las cuales únicamente y o no temo, son mi morada, la
única que el hombre no me niega. Bendigo estos desolados parajes, pues son para
conmigo más amables que los de tu especie. Si la humanidad conociera mi
existencia haría lo que tú, armarse contra mí. ¿Acaso no es lógico que odie a
quienes me aborrecen? No daré treguas a mis enemigos. Soy desgraciado, y
ellos compartirán mis sufrimientos. Pero está en tu mano recompensarme, y
librarles del mal, que sólo aguarda que tú lo desencadenes. Una venganza que
devorará en los remolinos de su cólera no sólo a ti y a tu familia, sino a millares
de seres más. Deja que se conmueva tu compasión y no me desprecies. Escucha
mi relato, y cuando lo hay as oído, maldíceme o apiádate de mí, según lo que
creas que merezco. Pero escúchame. Las ley es humanas permiten que los
culpables, por malvados que sean, hablen en defensa propia antes de ser
condenados. Escúchame, Frankenstein. Me acusas de asesinato; y sin embargo
destruirías, con la conciencia tranquila, a tu propia criatura. ¡Loada sea la eterna
justicia del hombre! Pero no pido que me perdones; escúchame y luego, si
puedes, y si quieres, destruy e la obra que creaste con tus propias manos.
—¿Por qué me traes a la memoria hechos que me hacen estremecer, y de
los cuales soy autor y causa? ¡Maldito sea el día, abominable diablo, en el cual
viste la luz! ¡Malditas sean —aunque me maldigo a mí mismo— las manos que te
dieron forma! Me has hecho más desgraciado de lo que me es posible expresar.
¡No me has dejado la posibilidad de ser justo contigo! ¡Aparta!, ¡libra mis ojos
de tu detestable visión!
—Así lo haré, creador mío —dijo, tapándome los ojos con sus odiosas manos,
que aparté con violencia—. Así os libraré de la visión que aborrecéis. Pero aún
podéis seguir escuchándome, y otorgarme vuestra compasión. Os lo exijo, en
nombre de las virtudes que una vez poseí. Escuchad mi historia, es larga y
extraña. Pero subid a la choza de la montaña, pues la temperatura de este lugar
no es apropiada a vuestra constitución. El sol está aún muy alto; antes de que
descienda y se oculte tras aquellas cimas nevadas para alumbrar otro mundo,
habrás oído mi relato y podrás decidir. De ti depende el que abandone para
siempre la compañía de los hombres y lleve una existencia inofensiva o me
convierta en el azote de tus semejantes y el autor de tu pronta ruina.
Empezó a atravesar el hielo mientras terminaba de hablar. Yo lo seguí. Tenía
el corazón oprimido y no le contesté. Mientras caminaba, sopesé los argumentos
que había utilizado y decidí escuchar su relato. En parte me impulsaba a ello la
curiosidad, y la compasión me terminó de decidir. Hasta el momento lo había
considerado el asesino de mi hermano, y esperaba ansiosamente que me
confirmara o desmintiera esta idea. Por primera vez experimenté lo que eran las
obligaciones del creador para con su criatura, y comprendí que antes de
lamentarme de su maldad debía posibilitarle la felicidad. Estos pensamientos me
indujeron a acceder a su súplica. Cruzamos el hielo, por tanto, y escalamos la
roca del fondo. El aire era frío, y empezaba a llover de nuevo. Entramos en la
choza; el villano con aire satisfecho, y o apesadumbrado y desanimado, pero
decidido a escucharlo. Me senté cerca del fuego que mi odioso acompañante
había encendido, y comenzó su relato.
Capítulo 3[62]
Recuerdo con gran dificultad el primer período de mi existencia; todos los
sucesos se me aparecen confusos e indistintos. Una extraña multitud de
sensaciones se apoderaron de mí y empecé a ver, sentir, oír y oler, todo a la vez.
Tardé mucho tiempo en aprender a distinguir las características de cada sentido.
Recuerdo que, poco a poco, una luminosidad cada vez más fuerte oprimía mis
nervios y tuve que cerrar los ojos. Me sumergí entonces en la oscuridad, y eso
me turbó. Pero apenas había notado esto cuando descubrí que, al abrir los ojos, la
luz me volvía a iluminar. Comencé a andar, y creo que bajé unas escaleras, pero
de pronto sentí un enorme cambio. Hasta el momento, me habían rodeado
cuerpos opacos y oscuros, insensibles a mi tacto o mi vista. Pero ahora descubrí
que podía moverme con entera libertad, que no había obstáculos que no pudiera
evitar o vencer. La luz se me hacía más y más intolerable; el calor me
incomodaba sobremanera, así que caminé buscando un lugar sombreado. Llegué
hasta el bosque de Ingolstadt, donde me tumbé a descansar cerca de un
riachuelo, hasta que el hambre y la sed me atormentaron y desperté del sopor en
que había caído. Comí algunas bay as que encontré en los árboles o esparcidas
por el suelo, calmé mi sed en el riachuelo y me volví a dormir.
Era de noche cuando me desperté. Sentía frío, y un miedo instintivo al
hallarme tan solo. Antes de abandonar tu habitación, como tuviera frío, me había
tapado con algunas prendas que eran insuficientes para protegerme de la
humedad de la noche. Era una pobre criatura, indefensa y desgraciada, que ni
sabía ni entendía nada. Lleno de dolor me senté y comencé a llorar.
Poco después, una tenue luz iluminó el cielo, dándome una sensación de
bienestar. Me levanté, y vi emerger una brillante esfera de entre los árboles. La
observé admirado. Se movía con lentitud, pero su luz alumbraba lo que había
alrededor, y volví a salir en busca de bay as. Aún tenía frío, cuando debajo de un
árbol encontré una enorme capa, con la que me cubrí, y me senté de nuevo. No
tenía ninguna idea clara, todo estaba confuso. Era sensible a la luz, al hambre, a
la sed y a la oscuridad; me llegaban incontables sonidos y múltiples olores. Lo
único que distinguía con claridad era la brillante luna, en la que fijé mis ojos con
agrado.
Se sucedieron varios cambios de días y noches, y la esfera nocturna había
menguado considerablemente cuando empecé a distinguir mis sensaciones una
de la otra. Paulatinamente, comencé a percibir con claridad el cristalino arroy o
que me proporcionaba agua, y los árboles que me protegían con su follaje. Me
sentí muy contento cuando por primera vez descubrí que el armonioso sonido que
con frecuencia regalaba mis oídos procedía de las gargantas de los pequeños
animalillos alados que a menudo me habían interceptado la luz. Empecé también
a observar, con may or precisión, las formas que me rodeaban, y a percibir los
límites de la brillante bóveda de luz que se extendía sobre mí. A veces intentaba
imitar el agradable trino de los pájaros, pero no podía. Otras quería expresar mis
sentimientos a mi modo, pero los rudos y extraños ruidos que producía me hacían
enmudecer de susto.
La luna había desaparecido, y retornado más pequeña, y y o seguía en el
bosque. Mis sensaciones eran y a claras, y cada día asimilaba nuevas ideas. Mis
ojos se habían acostumbrado a la luz y a distinguir bien los objetos. Diferenciaba
un insecto de un tallo de hierba y, poco a poco, las distintas clases de plantas entre
sí. Comprobé que los gorriones tenían un trinar áspero, mientras que el canto del
mirlo y de los zorzales era grato y atray ente.
Un día, en que el frío arreciaba, encontré un fuego que algún vagabundo
habría encendido, y experimenté una gran emoción al ver el calor que
desprendía. Lleno de júbilo toqué las brasas con la mano, pero la retiré de
inmediato con un grito de dolor. ¡Qué raro, pensé, que la misma causa produzca
efectos tan contrarios! Examiné la composición de la hoguera y descubrí
satisfecho que era leña. Recogí algunas ramas pero estaban húmedas y no
prendieron. Esto me turbó y me senté de nuevo a contemplar el fuego. La leña
húmeda que había dejado cerca del calor se secó, y empezó a arder. Esto me
hizo pensar. Descubrí la razón al tocar las distintas ramas, y me puse de nuevo a
reunir una gran cantidad de ellas para ponerlas a secar y tener reservas. Al llegar
la noche, y con ella el sueño, mi miedo era que se apagara el fuego. Lo tapé
cuidadosamente con hojarasca y ramas secas, poniendo después leña húmeda
encima. Luego extendí la capa en el suelo y me eché a dormir.
Era y a de día cuando desperté, y mi primer pensamiento fue ver cómo iba el
fuego. Lo destapé, y un ligero airecillo lo avivó enseguida. Esto me indujo a
construir con ramas una especie de abanico que me permitía encender las brasas
cuando parecían a punto de extinguirse. Cuando de nuevo cay ó la noche,
descubrí gozoso que el fuego, aparte de dar calor, también daba luz. Descubrí que
también podía utilizar el fuego para mi alimentación, gracias a los restos de
comida que algún viajero dejó abandonados. Vi que éstos estaban asados y que
eran más sabrosos que las bay as que recogía. Intenté, pues, hacer lo mismo con
mis alimentos y descubrí que, así, las bay as se estropeaban pero que las nueces y
raíces tenían un sabor mucho más agradable.
Pronto empezaron a escasear los alimentos, y a menudo pasaba un día entero
buscando en vano algunas bellotas con las que calmar mi hambre. Entonces
resolví abandonar el lugar donde había habitado hasta aquel momento y buscar
otro en el cual pudiera satisfacer mis necesidades con may or facilidad. Lo que
más lamentaba de esta emigración era la pérdida del fuego, que tan casualmente
había encontrado y que no sabía cómo encender. Pasé varias horas pensando en
el problema, pero me vi obligado a abandonar todo intento de reproducirlo. Así
que, envuelto en mi capa, empecé a cruzar el bosque en dirección al sol poniente.
Anduve durante tres días antes de llegar al campo abierto. La noche anterior
había caído una gran nevada, y los campos aparecían uniformemente blancos. El
panorama era desconsolador, y noté que la húmeda sustancia fría que cubría el
suelo me helaba los pies.
Eran cerca de las siete de la mañana, y quería encontrar cobijo y comida.
Por fin divisé en un montículo una pequeña cabaña que sin duda era la morada
de algún pastor. Esto era nuevo para mí. La examiné con gran curiosidad y, al
observar que la puerta se abría, entré. Sentado junto al fuego, en el cual se
preparaba el desay uno, se hallaba un anciano. Se volvió al oír el ruido; y,
viéndome, salió de la cabaña gritando, y cruzó los campos a una velocidad
apenas imaginable en persona tan debilitada. Me sorprendieron su huida y su
aspecto, distinto a todo lo que hasta entonces había visto. Pero estaba encantado
con la cabaña: aquí no podía entrar ni la nieve ni la lluvia; el suelo estaba seco, y
me pareció un refugio tan delicioso y exquisito como les debió parecer el
Pandemonio[63] a los demonios del infierno después de sus sufrimientos en el
lago de fuego. Ávidamente devoré los restos del desay uno del pastor: pan, queso,
leche y vino, pero este último no me gustó. Luego, vencido por el cansancio, me
tumbé en un montón de paja y me dormí.
Era mediodía cuando me desperté; y, atraído por el calor del sol, que hacía
brillar la nieve, me decidí a reemprender mi viaje; metí lo que quedaba del
desay uno en un zurrón que encontré, y emprendí camino campo a través durante
algunas horas, hasta que al anochecer llegué a una aldea. ¡Qué hermosa me
pareció! Las cabañas, las casitas más limpias y las haciendas atrajeron por turno
mi atención. Las verduras en los huertos, y la leche y queso colocados en las
ventanas, me abrieron el apetito. Entré en una de las mejores casas; pero apenas
si había puesto el pie en el umbral cuando unos niños empezaron a chillar, y una
mujer se desmay ó. Todo el pueblo se alborotó; unos huy eron, otros me atacaron
hasta que, magullado por las piedras y otros objetos arrojadizos, escapé al
campo. Me refugié temerosamente en un cobertizo de techo bajo, vacío, que
contrastaba poderosamente con los palacios que había visto en el pueblo. Este
cobertizo, sin embargo, estaba adosado a una casa de aspecto bonito y aseado,
pero tras mi reciente y desafortunada experiencia no me atreví a entrar en ella.
Mi refugio era de madera, pero de techo tan bajo, que apenas podía permanecer
sentado sin tener que agachar la cabeza. No había madera en el suelo, que era de
tierra, pero estaba seco; y aunque el viento se filtraba por numerosas rendijas,
encontré que era un asilo agradable para protegerme de la nieve y la lluvia.
Aquí, pues, me metí y me tumbé, contento de haber encontrado un lugar, por
pobre que fuera, que me protegía de las inclemencias del tiempo y, sobre todo,
de la barbarie del hombre.
No bien hubo amanecido, salí de mi cubil para observar la casa ady acente y
ver si me era posible seguir en mi refugio recién encontrado. Estaba adosado a la
parte posterior de la casa y lo cerraban una pocilga y un estanque de agua clara.
El otro lado, por el que había entrado, quedaba abierto. Procedí a tapar con
piedras y leña todos los orificios por los cuales pudieran verme, pero de tal forma
que me fuera posible apartarlas para salir. La única luz que entraba procedía de
la pocilga, pero era suficiente para mí.
Tras haber arreglado así mi vivienda, y haberla alfombrado con paja limpia,
me oculté, pues divisé en la distancia la figura de un hombre y recordaba
demasiado bien el tratamiento recibido la noche anterior como para
encomendarme a él. Afortunadamente tenía comida para ese día, pues había
robado una hogaza y una taza, que me servía mejor que las manos para beber el
agua cristalina que corría cerca de mi refugio. El suelo estaba algo levantado, de
manera que permanecía seco y, por encontrarse cerca de la chimenea de la
casa, era moderadamente caliente.
Así provisto, me dispuse a permanecer en esta choza hasta que ocurriera algo
que modificara mi decisión. Comparada con mi anterior morada, el desangelado
bosque donde las ramas goteaban lluvia y el suelo estaba mojado, era en verdad
un paraíso. Desay uné con fruición, y me disponía a levantar un madero para
sacar agua cuando escuché pasos y vi, por una rendija, a una muchacha que,
balanceando un cubo en la cabeza, pasaba por delante de mi cobertizo. Era joven
y de aspecto dulce, distinta de lo que más tarde he comprobado que son los
labriegos y los criados de las granjas. Iba vestida humildemente, con una tosca
falda azul y una chaqueta de paño. Sus cabellos rubios estaban trenzados pero no
llevaba adornos. Sus facciones revelaban resignación, pero su aspecto era triste.
La perdí de vista, pero transcurridos unos quince minutos reapareció con el
mismo recipiente, que ahora estaba medio lleno de leche. Mientras andaba,
claramente incómoda por el peso, un joven de rostro aún más deprimido se
dirigió a su encuentro. Con aire melancólico intercambiaron algunas palabras, y
cogiéndole el cubo se lo llevó hasta la casa. Al poco tiempo vi reaparecer al
joven con unas herramientas en la mano y cruzar el campo que había detrás de
la casa. Asimismo, la joven también estaba ocupada, a veces dentro de la casa y
otras en el patio.
Explorando mi refugio, descubrí que una de las ventanas de la casa había
dado anteriormente al cobertizo, si bien ahora el hueco se encontraba tapado por
planchas de madera. Una de estas planchas tenía una diminuta rendija por la cual
se podía ver una pequeña habitación, encalada y limpia, pero muy desprovista de
muebles. En un rincón, cerca del fuego, estaba sentado un anciano, con la cabeza
entre las manos en actitud abatida. La joven estaba ocupada arreglando la
estancia. De pronto, sacó algo del cajón que tenía entre las manos y se sentó
cerca del anciano, el cual, tomando un instrumento, empezó a tocar y a arrancar
de él sones más dulces que el cantar del mirlo o el ruiseñor. Incluso para un
desgraciado como y o, que nunca antes había percibido nada hermoso, era un
bello cuadro. El cabello plateado y el aspecto bondadoso del anciano ganaron mi
respeto, y los modales dulces de la joven despertaron mi amor. Tocó una
tonadilla dulce y triste, que conmovió a su dulce acompañante, a quien el hombre
parecía haber olvidado hasta que oy ó su llanto. Pronunció entonces algunas
palabras y la muchacha, dejando su tarea, se arrodilló a sus pies. El la levantó y
la sonrió con tal afecto y ternura, que una sensación peculiar y sobrecogedora
me recorrió el cuerpo. Era una mezcla de dolor y gozo que hasta entonces no me
habían producido ni el hambre ni el frío, ni el calor, ni ningún alimento. Incapaz
de soportar por más tiempo esta emoción, me retiré de la ventana.
Al poco rato regresó el chico llevando un haz de leña al hombro. La joven lo
recibió en la puerta y lo ay udó con el fardo, del cual escogió algunas ramas que
echó al fuego. Luego, se fueron los dos a una esquina de la habitación, y él
mostró un gran pan y un trozo de queso. Ella pareció alegrarse, y salió al jardín
en busca de plantas y raíces, las metió en agua y después al fuego. Luego
prosiguió su labor, y el joven se fue al jardín, donde se puso diligentemente a
cavar y a arrancar raíces. Al cabo de una hora, la muchacha salió a buscarlo, y
juntos entraron en la casa. Entretanto, el anciano había estado pensativo; pero, al
ver a sus compañeros, adoptó un aire más alegre, y se sentaron a comer. El
almuerzo acabó pronto. La joven volvió a ocuparse de las tareas caseras, en tanto
que el anciano, apoy ado en el brazo del joven, paseaba al sol por delante de la
casa. No puede haber nada más bello que el contraste de aquellos dos seres. El
uno era muy may or, con el cabello plateado, y su rostro reflejaba bondad y
cariño, el otro era esbelto y muy apuesto y tenía las facciones modeladas con la
may or simetría. Sin embargo, su mirada y actitud denotaban una gran tristeza y
depresión. El anciano volvió a la casa y el muchacho se encaminó a los campos,
portando herramientas distintas de las de la mañana.
Pronto cay ó la noche; pero, ante mi gran asombro, vi que los habitantes de
aquella casa tenían un modo de prolongar la luz, por medio de bastones de cera,
y me alegró que la puesta de sol no pusiera fin al gozo que experimentaba
observando a mis vecinos. Durante la velada, la joven y su compañero se
dedicaron a diversas ocupaciones que no comprendí; y el anciano volvió a tomar
el instrumento que producía aquellos divinos sonidos que tanto me habían
complacido por la mañana. En cuanto hubo finalizado, el joven comenzó no a
tocar, sino a articular una serie de sonidos monótonos que no se asemejaban ni a
la armonía del instrumento del anciano ni al canto de los pájaros. Más tarde supe
que leía en voz alta, pero en aquellos momentos nada sabía de la ciencia de las
letras ni de las palabras.
Tras permanecer así ocupados durante un breve tiempo, la familia apagó las
luces y se retiró, presumo que a descansar.
Capítulo 4
Me tumbé en la paja, pero no conseguí dormir. Repasaba los sucesos del día.
Lo que más me chocaba eran los modales cariñosos de aquellas gentes.
Recordaba muy bien el trato de los salvajes aldeanos la noche anterior, y decidí
que, cualquiera que fuese la actitud que adoptara en el futuro, por el momento
permanecería en mi cobertizo, observando e intentando descubrir las razones que
motivaban sus actos.
Mis vecinos se levantaron al día siguiente antes de que amaneciera. La joven
arregló la casa, y preparó la comida; el joven salió después del desay uno.
El día transcurrió de manera igual al anterior. El muchacho trabajaba fuera
de la casa y la chica en diversas tareas domésticas. El anciano, que pronto me di
cuenta de que era ciego, pasaba las horas meditando o tañendo su instrumento.
Nada podría superar el cariño y respeto que los jóvenes demostraban para con su
venerable compañero. Le prestaban todos los servicios con gran dulzura y él los
recompensaba con su sonrisa bondadosa.
Pero no eran del todo dichosos. El joven y su compañera con frecuencia se
retiraban, y parecían llorar. No comprendía la causa de su tristeza; pero me
afectaba profundamente. Si seres tan hermosos eran desdichados, no era de
extrañar que y o, criatura imperfecta y solitaria, también lo fuera. Pero ¿por qué
eran infelices aquellas gentes tan bondadosas? Tenían una agradable casa (pues
así me parecía) y todas las comodidades; tenían un fuego para calentarlos del
frío y deliciosa comida con que saciar su hambre; vestían buenos trajes, y, lo que
es más, disfrutaban de su mutua compañía y conversación, intercambiando a
diario miradas de afecto y bondad. ¿Qué significaba su llanto? ¿Expresaban sus
lágrimas dolor? No podía, al principio, responderme a estas preguntas, pero el
tiempo y una sostenida observación me explicaron muchas cosas que a primera
vista parecían enigmáticas.
Pasó bastante tiempo antes de que descubriera que la pobreza, que padecían
en grado sumo, era uno de los motivos de intranquilidad de esta buena familia. Su
sustento sólo consistía en verduras del huerto y leche de su vaca, muy escasa
durante el invierno, época en la que sus dueños apenas podían alimentarla. Creo
que a menudo pasaban mucho hambre, en especial los jóvenes, pues en varias
ocasiones los vi privarse de su propia comida para dársela al anciano. Este gesto
de bondad me conmovió mucho. Yo solía, durante la noche, robarles parte de su
comida para mi sustento, pero cuando advertí que esto los perjudicaba me
abstuve, contentándome con bay as, nueces y raíces que recogía de un bosque
cercano.
Descubrí también otro medio para ay udarlos. Había observado que el joven
dedicaba gran parte del día a recoger leña para el fuego; y, durante la noche, a
menudo y o cogía sus herramientas, que pronto aprendí a utilizar, y les traía a
casa leña suficiente para varios días.
Recuerdo la sorpresa que la joven demostró, la primera vez que hice esto, al
abrir la puerta por la mañana y encontrar un montón de leña fuera. Dijo algunas
palabras en voz alta, y el joven salió y expresó a su vez su asombro. Observé,
con alegría, que aquel día no fue al bosque, y lo pasó reparando la casa y
cultivando el jardín.
Poco a poco hice un descubrimiento de aún may or importancia. Me di cuenta
de que aquellos seres tenían un modo de comunicarse sus experiencias y
sentimientos por medio de sonidos articulados. Observé que las palabras que
utilizaban producían en los rostros de los oy entes alegría o dolor, sonrisas o
tristeza. Esta sí que era una ciencia sobrehumana y deseaba familiarizarme con
ella. Pero todos mis intentos a este respecto eran infructuosos. Hablaban con
rapidez y las palabras que decían, al no tener relación aparente con los objetos
tangibles, me impedían resolver el misterio de su significado. Sin embargo, a
base de grandes esfuerzos, y cuando y a había pasado en mi cobertizo varias
lunas, aprendí el nombre de algunos de los objetos más familiares como fuego,
leche, pan y leña. También aprendí los nombres de mis vecinos. La joven y su
hermano tenían ambos varios nombres, pero el anciano sólo tenía uno, padre. A
la muchacha la llamaban hermana o Agatha y al joven Félix, hermano o hijo. No
puedo expresar la alegría que sentí cuándo comprendí las ideas correspondientes
a estos sonidos Y pude pronunciarlos. Distinguía otras palabras, que ni entendía ni
podía emplear, tales como bueno, querido, triste…
De esta manera transcurrió el invierno. La bondad y hermosura de estas
personas me hicieron encariñarme mucho con ellas; cuando se encontraban
tristes, y o estaba desanimado; cuando eran felices, y o participaba de su alegría.
Veía a pocos seres humanos, aparte de ellos; y si por casualidad alguno iba a la
casa, sus toscos modales y brusco caminar hacían resaltar la superioridad de mis
amigos. Noté que el anciano a menudo se esforzaba por animar a sus hijos, como
a veces les llamaba, para que desecharan su tristeza. Solía entonces hablar en
tono alegre, con una expresión de bondad en el rostro que incluso a mí me
producía placer. Agatha lo escuchaba con respeto, y con frecuencia se le
llenaban los ojos de lágrimas, que intentaba disimular; pero observé que, por lo
general, había más animación en su rostro y tono de voz tras haber escuchado a
su padre. No así Félix. Siempre era el más triste del grupo; e incluso y o, con mi
inexperiencia, me daba cuenta de que parecía haber sufrido más que los otros.
Pero si sus facciones reflejaban may or tristeza, su tono de voz era más alegre
que el de su hermana, en especial cuando se dirigía a su padre.
Podría dar muchos ejemplos, que, aunque nimios, reflejan la disposición de
aquellas buenas gentes. En medio de la pobreza y la necesidad, Félix, satisfecho,
le llevó a su hermana la primera florecilla blanca que asomó entre la nieve. Por
la mañana temprano, antes de que ella se levantara, limpiaba la nieve que cubría
el sendero hasta el establo, sacaba agua del pozo, y le llevaba leña al otro
cobertizo, donde, con gran asombro, encontraba las reservas que una mano
invisible iba reponiendo. Creo que durante el día trabajaba para un granjero
vecino, porque a menudo salía y no regresaba hasta la noche, pero no traía leña.
Otras veces trabajaba en el huerto, pero, como en invierno había poco que hacer
allí, solía pasar muchos ratos ley éndoles al anciano y a Agatha.
Estas lecturas me habían extrañado mucho en un principio, pero poco a poco
descubrí que al leer pronunciaba con frecuencia los mismos sonidos que cuando
hablaba. Supuse, por tanto, que encontraba en el papel signos de expresión que
comprendía. ¡Cómo deseaba y o aprenderlos! Pero ¿cómo iba a hacerlo si ni
siquiera entendía los sonidos que representaban? Sin embargo, progresé en esta
materia, aunque a pesar de mis esfuerzos aún no podía seguir ninguna
conversación. Comprendía claramente que aunque deseaba dirigirme a mis
vecinos no debía hacerlo hasta no dominar su lenguaje, conocimiento que me
permitiría hacerles olvidar lo deforme de mi aspecto, de lo cual me había hecho
consciente a través del contraste.
Admiraba las perfectas proporciones de mis vecinos, su gracia, hermosura y
delicada tez. ¡Cómo me horroricé al verme reflejado en el estanque
transparente! En un principio salté hacia atrás aterrado, incapaz de creer que era
mi propia imagen la que aquel espejo me devolvía. Cuando logré convencerme
de que realmente era el monstruo que soy, me embargó la más profunda
amargura y mortificación. ¡Ay !, desconocía entonces las fatales consecuencias
de esta deformación.
A medida que el sol empezaba a calentar más, y el día se alargaba,
desapareció la nieve, y vi aparecer los árboles desnudos y la oscura tierra. A
partir de este momento, Félix estuvo más ocupado, y los angustiosos envites del
hambre desaparecieron. Como descubrí más tarde, su alimentación era tosca
pero sana y suficiente. Crecieron en el huerto nuevos tipos de plantas, que
cocinaban, y estas muestras de bienestar aumentaban día a día así que avanzaba
la primavera.
Apoy ado en su hijo, el anciano solía pasear un poco al mediodía cuando no
llovía, pues tal era el nombre que daban al agua que desprendía el firmamento.
Estas lluvias eran frecuentes, pero los fuertes vientos pronto secaban la tierra, y
el tiempo se hizo mucho más agradable de lo que había sido.
En el cobertizo mi ritmo de vida era uniforme. Contemplaba los movimientos
de mis vecinos durante la mañana, y dormía cuando sus quehaceres en el
exterior les dispersaban. El resto del día lo pasaba de modo similar. Cuando se
retiraban a descansar, si había luna o la noche era estrellada, y o salía al bosque
en busca de comida para mí y leña para mis vecinos. Cuando se hacía necesario,
quitaba la nieve del sendero, y realizaba las tareas que había visto hacer a Félix.
Más tarde supe que estas tareas, que llevaba a cabo una mano invisible, les
sorprendían grandemente. Incluso en alguna ocasión les oí mencionar a este
respecto las palabras espíritu bueno y maravilloso, pero no entendía entonces el
significado de estos términos.
Mi cerebro se hacía cada día más activo, y deseaba más que nunca descubrir
los impulsos y sentimientos de estas hermosas criaturas. Sentía curiosidad por
saber el motivo de la congoja de Félix y la pena de Agatha. Pensaba, ¡infeliz de
mí!, que estaría en mi mano el devolverles a estas criaturas la felicidad que tanto
merecían. Cuando dormía o me ausentaba, se me aparecía la imagen del padre
ciego, la dulce Agatha y el buen Félix. Los consideraba seres superiores, árbitros
de mi futuro destino. Trataba de imaginarme, de mil maneras distintas, el día en
que me presentaría ante ellos y el recibimiento que me harían. Suponía que, tras
una primera repulsión, mi buen comportamiento y palabras conciliadoras me
ganarían su simpatía, y más tarde su afecto.
Estos pensamientos me exaltaban y espoleaban con renovado vigor a
aprender el arte de la expresión. Tenía las cuerdas vocales endurecidas pero
flexibles, y aunque mi tono de voz distaba mucho de tener la musicalidad del
suy o, podía pronunciar con relativa facilidad aquellas palabras que comprendía.
Era como el asno y el perrillo faldero[64] ; aunque bien merecía el dócil burro,
cuy as intenciones eran buenas a pesar de su rudeza, mejor trato que los golpes e
insultos que le daban.
Las suaves lluvias y el calor de la primavera cambiaron mucho el aspecto del
terreno. Los hombres, que parecían haber estado escondidos en cuevas, se
dispersaron por doquier y se dedicaban a los más diversos cultivos. Los pájaros
trinaban con may or alegría, y las hojas empezaron a despuntar en las ramas.
¡Gozosa, gozosa tierra!, digna morada de los dioses y que aún ay er aparecía
insana, húmeda y desolada. Este resurgimiento de la naturaleza me elevó el
espíritu; el pasado se me borró de la memoria, el presente era tranquilo y el
futuro me daba esperanza y promesas de alegría.
Capítulo 5
Me aproximo ahora a la parte más conmovedora de mi narración. Contaré
los sucesos que me han convertido, de lo que era, en lo que soy [65] .
La primavera avanzaba con rapidez. El tiempo mejoró, y las nubes
desaparecieron del cielo. Me sorprendió ver cómo lo que hacía poco había sido
tan sólo desierto y tristeza nos regalara ahora las más preciosas flores y verdor.
Gratificaban y refrescaban mis sentidos miles de aromas deliciosos y escenas
bellas.
Fue uno de esos días, en los que mis vecinos reposaban de su trabajo —el
anciano tocaba su guitarra y los jóvenes lo escuchaban—, cuando observé que
Félix parecía más melancólico todavía que de costumbre y suspiraba con
frecuencia. En un momento su padre interrumpió la música, y deduje, por sus
gestos, que le preguntaba a su hijo la razón de su tristeza. Félix respondió con tono
alegre, y el anciano se disponía a reemprender su música, cuando alguien llamó
a la puerta.
Era una señora a caballo, acompañada de un campesino que le servía de
guía. La dama vestía un traje oscuro, y un tupido velo negro le cubría el rostro.
Agatha le hizo una pregunta, a la cual la desconocida respondió pronunciando con
dulzura tan sólo el nombre de Félix. Su voz era melodiosa, pero diferente de la de
mis amigos. Al oír su nombre, Félix se acercó apresuradamente a la dama, que
al verlo se levantó el velo, dejando ver un rostro de belleza y expresión angelical.
Su brillante pelo negro estaba curiosamente trenzado; tenía los ojos oscuros y
vivos pero amables, las facciones bien proporcionadas, la tez hermosísima y las
mejillas suavemente sonrosadas.
Félix parecía traspuesto de alegría al verla; todo rasgo de tristeza desapareció
de su rostro, que al instante expresó un júbilo del cual apenas lo creía capaz; le
brillaban los ojos y se le encendieron de placer las mejillas, y en aquel momento
me pareció tan hermoso como la extranjera. Ella a su vez experimentaba
diversos sentimientos; secándose las lágrimas de sus hermosos ojos, le tendió la
mano a Félix, que la besó embelesado mientras le llamaba, según pude entender,
su dulce árabe. No parecía comprenderlo, pero sonrió. La ay udó a desmontar, y,
despidiendo al guía, la condujo al interior de la casa. Tuvo lugar una
conversación entre él y su padre. La joven extranjera se arrodilló a los pies del
anciano, y le hubiera besado la mano, si éste no se hubiera apresurado a
levantarla y abrazarla afectuosamente.
Pronto observé que aunque la joven emitía sonidos articulados, y parecía
tener un idioma propio, los demás no la comprendían, del mismo modo que ella
tampoco los comprendía. Hicieron muchos gestos que y o no entendí, pero vi que
su presencia llenaba la casa de alegría, y disipaba su tristeza del mismo modo
que el sol disipa las brumas matinales. Félix se mostraba especialmente feliz, y
atendía a su árabe con radiantes sonrisas. Agatha, la dulce Agatha, cubría de
besos las manos de la extranjera, y, señalando a su hermano, parecía querer
indicarle por señas lo triste que había estado antes de su llegada. Así
transcurrieron algunas horas, en el curso de las cuales manifestaron una alegría,
cuy a razón y o no alcanzaba a comprender. De pronto descubrí, por la frecuente
repetición de un sonido, que la extranjera trataba de imitar, que intentaba
aprender su lengua. Al instante se me ocurrió que y o, con el mismo fin, podía
valerme de la misma enseñanza. La extranjera aprendió unas veinte palabras en
esta primera lección, la may oría de las cuales y o y a conocía.
Al caer la noche, Agatha y la muchacha árabe se retiraron pronto a
descansar. Cuando se separaron, Félix besó la mano de la extranjera y dijo:
—Buenas noches, dulce Safie.
Él permaneció despierto largo rato, conversando con su padre. Por las
numerosas veces que repetían su nombre supuse que hablaban de la hermosa
huésped. Me hubiera gustado entenderlos, y presté gran atención, pero me resultó
del todo imposible.
A la mañana siguiente Félix marchó a su trabajo; y, cuando terminaron las
tareas cotidianas de Agatha, la muchacha árabe se sentó a los pies del anciano, y,
cogiendo su guitarra, tocó unos aires de tan conmovedora belleza, que al punto
me hicieron derramar lágrimas de tristeza y admiración. Cantó, y su voz era
modulada y rica en cadencias, como la del ruiseñor.
Cuando hubo terminado, le dio la guitarra a Agatha, que en un principio se
mostró reacia a tomarla. Luego tocó una sencilla tonadilla. También cantó, con
dulce voz, pero muy distinta de la maravillosa modulación de la extranjera. El
anciano estaba embelesado, y dijo algo que Agatha intentó explicarle a Safie.
Parecía quererle decir que con su música le producía un gran placer.
Los días pasaban ahora con la misma tranquilidad que antes, con la sola
diferencia de que la alegría había sustituido a la tristeza en el rostro de mis
amigos. Safie estaba siempre alegre y contenta. Ambos progresamos en la
lengua con rapidez, de modo que al cabo de dos meses empecé a entender la
may oría de las cosas que decían mis protectores.
Entretanto, la oscura tierra se iba cubriendo de verdor, salpicado de
innumerables flores de dulce aroma y maravillosa vista, como estrellas que
brillaban con delicado color a la luz de la luna. El sol fue calentando más, y las
noches se hicieron claras y suaves. Mis paseos nocturnos me causaban enorme
placer, a pesar de que se vieron acortados por las tardías puestas de sol y el
temprano amanecer. Nunca me atrevía a salir durante el día, temeroso de recibir
el mismo trato que en la primera aldea en la que estuve.
Pasaban los días prestando la máxima atención, para poder dominar el
idioma con la may or brevedad posible. Puedo presumir de que aprendía a más
velocidad que la muchacha árabe, que entendía muy poco y hablaba con acento
entrecortado, mientras que y o comprendía todo y podía reproducir casi todas las
palabras.
El libro con el cual Félix enseñaba a Safie era Las Ruinas, o Meditación sobre
la Revolución de los Imperios, de Volney [66] . No hubiera entendido la intención
del libro, de no ser porque Félix, al leerlo, daba minuciosas explicaciones. Había
elegido esta obra, dijo, porque su estilo declamatorio imitaba el de autores
orientales. A través de este libro, obtuve una panorámica de la historia y algunas
nociones acerca de los imperios que existían en el mundo actual. Me dio una
visión de las costumbres, gobiernos y religiones que tenían las distintas naciones
de la Tierra. Oí hablar de los indolentes asiáticos, de la magnífica genialidad y
actividad intelectual de los griegos, de las guerras y virtudes de los romanos, de
su degeneración posterior y de la decadencia de ese poderoso imperio; del
nacimiento de las órdenes de caballería, la cristiandad, los rey es. Supe del
descubrimiento del hemisferio americano y lloré con Safie la desdichada suerte
de sus indígenas.
Estas maravillosas narraciones me llenaban de extraños sentimientos. ¿Sería
en verdad el hombre un ser tan poderoso, virtuoso, magnífico y a la vez tan lleno
de bajeza y maldad? Unas veces se mostraba como un vástago del mal; otras,
como todo lo que de noble y divino se puede concebir. El ser un gran hombre
lleno de virtudes parecía el may or honor que pudiera recaer sobre un ser
humano, mientras que el ser infame y malvado, como tantos en la historia, la
may or denigración, una condición más rastrera que la del ciego topo o inofensivo
gusano. Durante mucho tiempo no podía comprender cómo un hombre podía
asesinar a sus semejantes, ni entendía siquiera la necesidad de ley es o gobiernos;
pero cuando supe más detalles sobre crímenes y maldades, dejé de
asombrarme, y sentí asco y disgusto.
Ahora, cada conversación de mis vecinos me descubría nuevas maravillas.
Fue escuchando las instrucciones que Félix le daba a la joven árabe como
aprendí el extraño sistema de la sociedad humana. Supe del reparto de riquezas,
de inmensas fortunas y tremendas miserias; de la existencia del rango, el linaje y
la nobleza.
Las palabras me indujeron a reflexionar sobre mí mismo. Aprendí que las
virtudes más apreciadas por mis semejantes eran el rancio abolengo
acompañado de riquezas. El hombre que poseía sólo una de estas cualidades
podía ser respetado; pero si carecía de ambas se le consideraba, salvo raras
excepciones, como a un vagabundo, un esclavo destinado a malgastar sus fuerzas
en provecho de los pocos elegidos. ¿Y qué era y o? Ignoraba todo respecto de mi
creación y creador, pero sabía que no poseía ni dinero ni amigos ni propiedad
alguna; y, por el contrario, estaba dotado de una figura horriblemente deformada
y repulsiva; ni siquiera mi naturaleza era como la de los otros hombres. Era más
ágil, y podía subsistir a base de una dieta más tosca; soportaba mejor el frío y el
calor; mi estatura era muy superior a la suy a. Cuando miraba a mi alrededor, ni
veía ni oía hablar de nadie que se pareciese a mí. ¿Era, pues, y o verdaderamente
un monstruo, una mancha sobre la Tierra, de la que todos huían y a la que todos
rechazaban?
No puedo describir la angustia que estos pensamientos me causaban.
Intentaba desecharlos, pero la tristeza me aumentaba a medida que me iba
instruy endo. ¡Por qué no me habría quedado en mi bosque, donde ni conocía ni
experimentaba otras sensaciones que las del hambre, la sed y el calor!
¡Qué extraña naturaleza la del saber! Se aferra a la mente, de la cual ha
tomado posesión, como el liquen a la roca. A veces deseaba desterrar de mí todo
pensamiento, todo afecto; pero aprendí que sólo había una manera de imponerse
al dolor y ésa era la muerte, estado que me asustaba aunque aún no lo entendía.
Admiraba la virtud y los buenos sentimientos, y me gustaban los modales dulces
y amables de mis vecinos; pero no me era permitida la convivencia con ellos,
salvo sirviéndome de la astucia, permaneciendo desconocido y oculto, lo cual,
más que satisfacerme, aumentaba mi deseo de convertirme en uno más entre
mis semejantes. Las tiernas palabras de Agatha y las sonrisas animadas de la
gentil árabe no me estaban destinadas. Los apacibles consejos del anciano y la
alegre conversación del buen Félix tampoco me estaban destinados. Desgraciado
e infeliz engendro.
Otras lecciones se me grabaron con may or profundidad aún. Supe de la
diferencia de sexos, del nacer y crecer de los hijos; cómo disfruta el padre con
las sonrisas de su pequeño, y las alegres correrías de los hijos más may ores;
cómo todos los cuidados y razón de ser de la madre se concentran en esa
preciada carga; cómo la mente del joven se va desarrollando y enriqueciendo;
supe de hermanos, de hermanas, y los vínculos que unen a los humanos entre sí
con lazos mutuos.
Pero ¿dónde estaban mis amigos y parientes? Ningún padre había vigilado mi
niñez, ninguna madre me había prodigado sus cariños y sonrisas, y, en caso de
que hubiera ocurrido, mi vida pasada se había convertido para mí en un borrón,
un vacío en el que no distinguía nada. Me recordaba desde siempre con la misma
estatura y proporción. No había visto aún ningún ser que se me pareciera o que
me exigiera tener con él alguna relación. ¿Qué era entonces? La pregunta surgía
una y otra vez sin que pudiera responder a ella más que con lamentaciones.
Pronto explicaré hacia dónde me llevaron estos pensamientos. Pero por el
momento continuaré con mis vecinos, cuy a historia me produjo sentimientos
encontrados de indignación, alegría y asombro, pero que terminaron todos en un
may or respeto y amor hacia mis protectores (pues así me gustaba llamarles con
un inocente y casi doloroso deseo de engañarme).
Capítulo 6
Pasó algún tiempo hasta que conocí la historia de mis amigos. Era de tal
naturaleza, que no podía por menos de grabárseme profundamente en la
memoria, al revelar una serie de circunstancias muy interesantes y maravillosas
para un ser ingenuo como y o era entonces.
El anciano se llamaba De Lacey. Descendía de una buena familia de Francia,
país en el que había vivido muchos años, rico, respetado por sus superiores y
estimado por sus iguales. Educó a su hijo para servir a la patria, y Agatha trataba
con las damas de la más alta alcurnia. Unos meses antes de mi llegada vivían en
una gran ciudad llamada París, rodeados de amigos y disfrutando de todo lo que
la virtud, la cultura, el gusto y una considerable riqueza pueden proporcionar.
El padre de Safie había sido el causante de su desgracia. Era un mercader
turco, y llevaba viviendo muchos años en París, cuando, por alguna razón que no
logré saber, cay ó en desgracia ante el gobierno. Fue aprehendido y encarcelado
el mismo día en que Safie llegaba de Constantinopla para reunirse con él. Se le
juzgó y condenó a muerte. La injusticia de esta sentencia era flagrante. Todo
París estaba indignado, pues consideraba que sus riquezas y su religión, más que
el crimen que se le imputaba, habían sido la causa de su condena.
Félix había estado presente en el juicio, y su ira al escuchar la sentencia fue
incontenible. Hizo al instante una promesa solemne de liberarlo, e inició de
inmediato la búsqueda del medio que le permitiera llevar a cabo su juramento.
Tras muchos infructuosos intentos de penetrar en la prisión, encontró en un ala
poco vigilada del edificio una ventana enrejada, que iluminaba la mazmorra del
infortunado mahometano, que, doblegado bajo el peso de las cadenas, aguardaba
lleno de desesperación el cumplimiento de la bárbara sentencia. Por la noche, a
través de la ventana, Félix comunicó al prisionero sus intenciones de ay udarlo.
Sorprendido y encantado, el turco intentó espolear el entusiasmo de su liberador
con promesas de grandes riquezas. Félix rechazó la oferta con desprecio, mas
cuando vio a la bella Safie, a quien permitieron visitar a su padre y que por señas
le mostraba su agradecimiento, no pudo por menos de pensar que el cautivo
poseía un tesoro que compensaría con creces todo esfuerzo y peligro.
El turco pronto advirtió la impresión que Safie había producido en el
muchacho, y quiso asegurarse más su celo prometiéndosela en matrimonio en
cuanto fuera conducido a un lugar seguro. Félix era demasiado cortés como para
aceptar la oferta, pero sabía que aquella probabilidad constituía su máxima
esperanza.
Durante los días siguientes, mientras se preparaba la huida del mercader, el
entusiasmo de Félix se vio incrementado por varias cartas que recibió de la
hermosa joven, que encontró el medio de expresarse en el idioma de su amado
gracias a la ay uda de un viejo criado de su padre, que sabía francés. En ellas le
agradecía efusivamente la ay uda que intentaba prestarles, a la par que
lamentaba discretamente su propia suerte.
Tengo copias de estas cartas, pues mientras viví en el cobertizo pude hacerme
con útiles de escribir; y Félix o Agatha a menudo tuvieron las cartas en sus
manos. Antes de partir te las enseñaré; probarán la veracidad de mi relato. De
momento, sólo podré resumírtelas, y a que el sol comienza a declinar.
Safie contó que su madre era una árabe convertida, a la cual habían
capturado y esclavizado los turcos; destacando por su hermosura, había
conquistado el corazón del padre de Safie, que la tomó por esposa. La muchacha
hablaba en términos muy elogiosos de su madre, que, nacida en libertad,
despreciaba la sumisión a la que se veía reducida. Instruy ó a su hija en las
normas de su propia religión, y la exhortó a aspirar a un nivel intelectual y una
independencia de espíritu prohibidos para las mujeres mahometanas. Esta mujer
murió, pero sus enseñanzas estaban muy afianzadas en la mente de Safie, que
enfermaba ante la idea de volver a Asia y encerrarse en un harén[67] , con
autorización solamente para entregarse a diversiones infantiles, poco acordes con
la disposición de su espíritu, acostumbrado ahora a una may or amplitud de
pensamientos y a la práctica de la virtud. La idea de desposar a un cristiano y
vivir en un país donde las mujeres podían ocupar un lugar en la sociedad la
llenaba de alegría.
Se fijó el día para la ejecución del turco, pero, la noche antes, se escapó de la
prisión, y por la mañana se hallaba a muchas leguas de París. Félix se había
procurado salvoconductos a nombre suy o, de su padre y hermana.
Anteriormente le había comunicado su plan a su padre, que colaboró en la fuga
abandonando su casa, bajo excusa de un viaje, pero ocultándose con su hija en
una apartada zona de París.
Félix condujo a los fugitivos a través de Francia hasta Ly on, y luego por el
Monte Cenis hasta Livorno, donde el mercader había decidido aguardar una
oportunidad favorable para pasar a alguna parte del territorio turco.
Safie decidió quedarse con su padre hasta el momento de la partida, y éste
renovó su promesa de otorgar la mano de su hija a su salvador. Félix permaneció
con ellos a la espera del acontecimiento. Mientras tanto, disfrutaba de la
compañía de la joven árabe, que le mostraba el más sincero y dulce afecto.
Conversaban por medio de un intérprete, aunque a veces les bastaba el
intercambio de miradas, o Safie le cantaba las maravillosas melodías de su país.
El turco permitía que esta intimidad creciera y alentaba las esperanzas de los
jóvenes enamorados. Mas había concebido para su hija otros planes. Odiaba la
idea de verla unida a un cristiano, pero temía la reacción de Félix, caso de
demostrar sus verdaderos sentimientos, pues sabía que todavía estaba en manos
de su liberador y que éste aún podía entregarlo a las autoridades italianas.
Maquinó mil planes que le permitieran prolongar el engaño mientras fuera
preciso, y en secreto llevarse a su hija con él cuando se fuera. Estos proy ectos se
vieron muy pronto favorecidos por las noticias que llegaron de París.
La huida del turco había provocado gran indignación en el gobierno francés,
que estaba dispuesto a no ahorrar esfuerzos para detectar y aprisionar al
liberador. Pronto se descubrió el plan de Félix, y De Lacey y Agatha fueron
encarcelados. La noticia despertó a Félix de su idílico sueño. Su anciano padre
ciego y su dulce hermana estaban prisioneros en una repugnante celda mientras
él disfrutaba de la libertad y la compañía de la mujer a quien amaba. Esta idea lo
atormentaba. Acordó con el turco que si, antes de que Félix pudiera regresar a
Italia, encontraba la oportunidad de partir, Safie lo esperaría en un convento de
Livorno. Despidiéndose de la bella árabe, se dirigió a París con la may or rapidez
y se entregó a las autoridades esperando conseguir así la libertad de De Lacey y
Agatha.
No fue así. Hubieron de permanecer cinco meses en la cárcel antes de que
tuviera lugar el juicio que les arrebataría toda su fortuna y les condenaría al
destierro.
Hallaron un triste refugio en Alemania, en la casa donde y o los encontré.
Félix pronto se enteró de que el innoble turco, a causa del cual él y su familia
habían sufrido tan tremenda desgracia, había traicionado los buenos sentimientos
y el honor al descubrir la miseria en la que se hallaba sumido su liberador y, con
su hija, había abandonado Italia. A Félix, insultantemente, le envió una ridícula
cantidad de dinero para ay udarlo, según dijo, a conseguir algún medio de
subsistencia.
Estos eran los tristes sucesos que azotaban el corazón de Félix cuando lo
conocí y que hacían de él el más desdichado de su familia. Hubiera podido
sobrellevar la pobreza, e incluso vanagloriarse de ella, de ver que esta desgracia
fortalecía su espíritu; pero la ingratitud del turco y la pérdida de su amada Safie
eran golpes más duros e irreparables. Ahora, la llegada de la joven árabe le
infundía nuevo valor.
Cuando se supo en Livorno que a Félix se le había desposeído de sus bienes y
su rango, el turco ordenó a su hija que se olvidara de su pretendiente y que se
dispusiera a volver con él a su país. La naturaleza bondadosa de Safie se rebeló
contra esta orden, e intentó razonar con su padre, el cual, negándose a
escucharla, reiteró su tiránica orden.
Pocos días más tarde, el turco entró en la habitación de su hija y,
atropelladamente, le comunicó que tenía razones para creer que su presencia en
Livorno había sido descubierta y que estaba a punto de ser entregado a las
autoridades francesas. En consecuencia había fletado un navío que, rumbo a
Constantinopla, zarparía en pocas horas. Pensaba dejar a su hija al cuidado de un
criado fiel, para que, con más tranquilidad, le siguiera con el resto de los bienes
que aún no habían llegado a Livorno.
Cuando Safie se vio sola, reflexionó sobre el plan de acción que mejor
convenía seguir en esta situación de emergencia. Odiaba la idea de vivir en
Turquía; sus sentimientos y religión se oponían a ello. Por algunos documentos de
su padre que cay eron en sus manos, supo del exilio de su prometido y el nombre
del lugar donde residía. Durante algún tiempo estuvo indecisa, pero finalmente
tomó una determinación. Cogiendo algunas joy as que le pertenecían y una
pequeña suma de dinero, abandonó Italia, acompañada de una sirvienta, natural
de Livorno, que sabía turco, y se dirigió a Alemania.
Llegó sin dificultad a una ciudad que distaba unas veinte leguas de la casa de
los De Lacey, donde la criada cay ó gravemente enferma. Pese a los cuidados de
Safie, la joven murió, y la hermosa árabe se encontró sola en un país cuy a
lengua y costumbres desconocía. Por fortuna había caído en buenas manos. La
italiana había mencionado el nombre del lugar hacia el cual se dirigían, y, tras su
muerte, la dueña de la casa en la que se habían alojado se cuidó de que Safie
llegara con bien a casa de su prometido.
Capítulo 7
Esta era la historia de mis queridos vecinos. Me impresionó profundamente,
y, de los aspectos de la vida social que encerraba, aprendí a admirar sus virtudes
y condenar los vicios de la humanidad.
Todavía consideraba el crimen como algo muy ajeno a mí; admiraba y tenía
siempre presentes la bondad y la generosidad que infundían en mí el deseo de
participar activamente en un mundo donde encontraban expresión tantas
cualidades admirables. Pero al narrar la progresión de mi mente, no debo omitir
una circunstancia que tuvo lugar ese mismo año, a principios del mes de agosto.
Durante una de mis acostumbradas salidas nocturnas al bosque, donde me
procuraba alimentos para mí y leña para mis protectores, encontré una bolsa de
cuero llena de ropa y libros. Cogí ansiosamente este premio y volví con él a mi
cobertizo. Por fortuna los libros estaban escritos en la lengua que había adquirido
de mis vecinos. Eran El paraíso perdido, un volumen de Las vidas paralelas de
Plutarco y Las desventuras del joven Werther de Goethe [68] .
La posesión de estos tesoros me proporcionó un inmenso placer. Con ellos
estudiaba y me ejercitaba la mente, mientras mis amigos realizaban sus
quehaceres cotidianos.
Apenas si podría describirte la impresión que me produjeron estas obras.
Despertaron en mí un cúmulo de nuevas imágenes y sentimientos, que a veces
me extasiaban, pero que con may or frecuencia me sumían en una absoluta
depresión. En el Werther, aparte de lo interesante que me resultaba la sencilla
historia, encontré manifestadas tantas opiniones y esclarecidos tantos puntos hasta
ese momento oscuros para mí, que se convirtió en una fuente inagotable de
asombro y reflexión. Las tranquilas costumbres domésticas que describe, unidas
a los nobles y generosos pensamientos expresados, estaban en perfecto acuerdo
con la experiencia que y o tenía entre mis protectores y con las necesidades que
tan agudamente sentía nacer en mí. Werther me parecía el ser más maravilloso
de todos cuantos había visto o imaginado. Su personalidad era sencilla, pero
dejaba una profunda huella. Las meditaciones sobre la muerte y el suicidio
parecían calculadas para llenarme de asombro. Sin pretensiones de juzgar el
caso, me inclinaba por las opiniones del héroe, cuy o suicidio lloré, aunque no
comprendía bien.
En el curso de mi lectura iba efectuando numerosas comparaciones con mis
propios sentimientos y mi triste situación. Encontraba muchos puntos en común,
y, a la vez, curiosamente distintos, entre mí mismo y los personajes acerca de los
cuales leía y de cuy as conversaciones era observador. Los compartía y en parte
comprendía, pero aún tenía la mente demasiado poco formada. Ni dependía de
nadie ni estaba vinculado a nadie. « La senda de mi partida estaba abierta» , y
nadie me lloraría. Mi aspecto era nauseabundo y mi estatura gigantesca. ¿Qué
significaba esto? ¿Quién era y o? ¿Qué era? ¿De dónde venía? ¿Cuál era mi
destino? Constantemente me hacía estas preguntas a las que no hallaba respuesta.
El volumen de Las vidas paralelas de Plutarco narraba la vida de los primeros
fundadores de las antiguas repúblicas, Grecia y Roma [69] , y me produjo un
efecto muy distinto del de Werther. De éste aprendí lo que era el abatimiento y la
tristeza; pero Plutarco me enseñó a elevar el pensamiento, a sacarlo de la
reducida esfera de mis reflexiones personales, a admirar y a querer a los héroes
de la antigüedad. Mucho de lo que leía rebasaba mi experiencia y mi
comprensión. Tenía un conocimiento muy confuso acerca de lo que eran los
imperios, los grandes territorios, los ríos majestuosos y la inmensidad del mar.
Pero respecto a ciudades y grandes agrupaciones humanas, lo ignoraba
absolutamente todo. La casa de mis protectores había sido la única escuela donde
pude estudiar la naturaleza humana; pero este libro me abrió horizontes
desconocidos y may ores campos de acción. Por él supe de hombres dedicados a
gobernar o a aniquilar a sus semejantes. Sentí que se reafirmaba en mí una
tremenda admiración por la virtud y un inmenso odio por el crimen, en la
medida en que entendía el alcance de esos términos, que en aquel entonces se
refería tan sólo al placer y al dolor. Influido por estos sentimientos, fui, pues,
aprendiendo a admirar a los estadistas pacíficos, Numa, Solón y Licurgo más que
a Rómulo y Teseo[70] . La vida patriarcal de mis protectores colaboraba a que
estos sentimientos arraigaran en mí. Quizá de haber venido mi presentación a la
humanidad de la mano de un joven soldado ávido de batallas y gloria, mi manera
de ser fuera ahora otra.
Pero El paraíso perdido despertó en mí emociones distintas y mucho más
profundas. Lo leí, al igual que los libros anteriores que había encontrado, como si
fuera una historia real. Conmovió en mí todos los sentimientos de asombro y
respeto que la figura de un Dios omnipotente guerreando con criaturas es capaz
de suscitar. Me impresionaba la coincidencia de las distintas situaciones con la
mía, y a menudo me identificaba con ellas. Como a Adán, me habían creado sin
ninguna aparente relación con otro ser humano, aunque en todo lo demás su
situación era muy distinta a la mía. Dios lo había hecho una criatura perfecta,
feliz y confiada, protegida por el cariño especial de su creador; podía conversar
con seres de esencia superior a la suy a y de ellos adquirir may or saber. Pero y o
me encontraba desdichado, solo y desamparado. Con frecuencia pensaba en
Satanás como el ser que mejor se adecuaba a mi situación, pues como en él, la
dicha de mis protectores a menudo despertaba en mí amargos sentimientos de
envidia.
Otro hecho reforzó y afianzó estos sentimientos. Poco después de llegar al
cobertizo, encontré algunos papeles en el bolsillo del gabán que había cogido de tu
laboratorio. En un principio los había ignorado; pero ahora que y a podía descifrar
los caracteres en los cuales se hallaban escritos, empecé a leerlos con presteza.
Era tu diario de los cuatro meses que precedieron a mi creación. En él describías
con minuciosidad todos los pasos que dabas en el desarrollo de tu trabajo, e
insertabas incidentes de tu vida cotidiana. Sin duda recuerdas estos papeles. Aquí
los tienes. En ellos se encuentra todo lo referente a mi nefasta creación, y
revelan con precisión toda la serie de repugnantes circunstancias que la hicieron
posible. Dan una detallada descripción de mi odiosa y repulsiva persona, en
términos que reflejan tu propio horror y que convirtieron el mío en algo
inolvidable. Enfermaba a medida que iba ley endo. « ¡Odioso día en el que recibí
la vida! —exclamé desesperado—. ¡Maldito creador! ¿Por qué creaste a un
monstruo tan horripilante, del cual incluso tú te apartaste asqueado? Dios, en su
misericordia, creó al hombre hermoso y fascinante, a su imagen y semejanza.
Pero mi aspecto es una abominable imitación del tuy o, más desagradable todavía
gracias a esta semejanza. Satanás tenía al menos compañeros, otros demonios
que lo admiraban y animaban. Pero y o estoy solo y todos me desprecian» .
Estas eran las reflexiones que me hacía durante las horas de soledad y
desesperación. Pero cuando veía las virtudes de mis vecinos, su carácter amable
y bondadoso, me decía a mí mismo que cuando supieran la admiración que
sentía por ellos se apiadarían de mí y disculparían mi deformidad. ¿Podían
cerrarle la puerta a alguien, por monstruoso que fuera, que pedía su amistad y
compasión? Decidí al menos no desesperar, sino prepararme para un encuentro
con ellos, del cual dependería mi destino. Retrasé aún unos meses esta tentativa,
pues la importancia que para mí tenía el que resultara un éxito me llenaba de
temor ante el posible fracaso.
Además, mis conocimientos se ampliaban tanto con la experiencia diaria, que
prefería esperar a que unos meses me proporcionaran may or sabiduría.
Mientras tanto, varios cambios tuvieron lugar en la casa. La presencia de
Safie llenaba de felicidad a sus habitantes; y también comprobé que gozaban de
una may or abundancia. Félix y Agatha pasaban más tiempo conversando, y
tenían criadas que les ay udaban en sus quehaceres. No parecían ricos, pero se les
veía satisfechos y felices. Estaban tranquilos y serenos, mientras que y o cada día
me encontraba más inquieto. Cuanto más aprendía más cuenta me daba de mi
lamentable inadaptación. Cierto es que abrigaba una esperanza, pero ésta
desaparecía cuando veía mi figura reflejada en el agua o mi sombra a la luz de
la luna, desaparecía con la misma rapidez que se desvanecen esa temblorosa
imagen y esa juguetona sombra.
Me esforzaba por alejar de mí estos temores, e intentaba fortalecerme para
la prueba a la que me había emplazado para unos meses después. A veces
permitía que mis pensamientos descontrolados vagaran por los jardines del
paraíso, y llegaba a imaginar que amables y hermosas criaturas comprendían
mis sentimientos y consolaban mi tristeza, mientras sus rostros angelicales
sonreían alentadoramente. Pero todo era un sueño. Ninguna Eva calmaba mis
pesares ni compartía mis pensamientos —¡estaba solo!—. Recordaba la súplica
de Adán a su creador [71] . Pero ¿dónde estaba el mío? Me había abandonado y,
lleno de amargura, lo maldecía.
Así transcurrió el otoño. Vi, con pesar y sorpresa, cómo las hojas
amarillearon y cay eron, y cómo la naturaleza volvía a tomar el aspecto triste y
desolado que tenía cuando por primera vez vi los bosques y la hermosa luna. Mas
no me incomodaban los rigores del tiempo; por mi constitución me adaptaba
mejor al frío que al calor. Pero me entristecía perder las flores, los pájaros y
todo el engalanamiento que trae consigo el verano, y que había supuesto para mí
un gran motivo de placer. Cuando me vi privado de esto, me dediqué con may or
atención a mis vecinos. El fin del verano no hizo disminuir su felicidad. Se
querían, se comprendían, y sus alegrías, que provenían sólo de sí mismos, no se
veían afectadas por las circunstancias fortuitas que tenían lugar a su alrededor.
Cuanto más los veía, may ores deseos tenía de ganarme su simpatía y protección,
de que estas amables criaturas me conocieran y quisiesen; que sus dulces
miradas se detuvieran en mí con afecto se había convertido en mi aspiración
máxima. No me atrevía a pensar que apartaran de mí su mirada con desdén y
repulsión. Nunca despedían a los mendigos que llegaban hasta su puerta. Sé que
pedía tesoros más valiosos que un simple lugar para reposar o un poco de
comida; solicitaba cariño y amabilidad, pero no me creía del todo indigno de ello.
Avanzaba el invierno; todo un ciclo de estaciones había transcurrido desde que
había despertado a la vida. Por entonces, todo mi interés se centraba en idear un
plan que me permitiera entrar en la casa de mis protectores. Di vueltas a muchos
proy ectos; pero aquel por el que finalmente me decidí consistía en entrar en su
morada cuando el anciano ciego estuviera solo. Tenía la suficiente astucia como
para saber que la fealdad anormal de mi persona era lo que principalmente
desencadenaba el horror en aquellos que me contemplaban. Mi voz, aunque ruda,
no tenía nada de terrible. Por tanto pensé que, si en ausencia de sus hijos
conseguía despertar la benevolencia y atención del anciano De Lacey, lograría
con su intervención que mis jóvenes protectores me aceptaran.
Cierto día, en que el sol iluminaba las hojas rojizas que alfombraban el suelo
y contagiaba alegría, si bien no calor, Safie, Agatha y Félix salieron a dar un
largo paseo por el campo mientras que el anciano prefirió quedarse en la casa.
Cuando los jóvenes se hubieron marchado, cogió la guitarra y tocó algunas
melancólicas pero dulces tonadillas, más dulces y melancólicas de lo que jamás
hasta entonces le había oído tocar. Al principio su rostro se iluminó de placer,
pero a medida que proseguía tañendo fue adquiriendo un aspecto apesadumbrado
y absorto; finalmente, dejando el instrumento a un lado, se sumió en la reflexión.
Mi corazón latía con violencia. Había llegado el momento de mi prueba, el
momento que afianzaría mis esperanzas o confirmaría mis temores. Los criados
habían ido a una feria vecina. La casa y sus alrededores se hallaban en silencio;
era la ocasión perfecta, mas, cuando quise ponerme en pie, me fallaron las
piernas y caí al suelo. De nuevo me levanté y, haciendo acopio de todo mi valor,
retiré las maderas que había colocado delante del cobertizo para ocultar mi
escondite. El aire fresco me animó, y con renovado valor me acerqué a la puerta
de la casa y llamé con los nudillos.
—¿Quién es? —preguntó el anciano, añadiendo en seguida—: ¡Adelante!
Entré.
—Perdóneme usted —dije—, soy un viajero en busca de un poco de reposo.
Me haría un gran favor si me permitiera disfrutar del fuego unos minutos.
—Pase, pase —dijo De Lacey —, y veré a ver cómo puedo atender a sus
necesidades. Desgraciadamente, mis hijos no están en casa y, como soy ciego,
temo que me será difícil procurarle algo de comer.
—No se preocupe, buen hombre; tengo comida —dije—, no necesito más
que calor y un poco de descanso.
Me senté y se hizo un silencio. Sabía que cada minuto era precioso para mí,
pero estaba indeciso acerca de cómo debía empezar la entrevista. De pronto el
anciano se dirigió a mí:
—Por su acento extranjero deduzco que somos compatriotas. ¿Es usted
francés?
—No, no lo soy, pero me educó una familia francesa, y no entiendo otra
lengua. Ahora voy a solicitar la protección de unos amigos, a quienes amo
tiernamente y en cuy a ay uda confío.
—¿Son alemanes?
—No, son franceses. Pero cambiemos de conversación. Soy una criatura
desamparada y sola; miro a mi alrededor y no encuentro bajo la capa del cielo
amigo o pariente alguno. Estas bondadosas gentes hacia quienes me dirijo saben
poco de mí y ni siquiera me conocen. Estoy lleno de temores, pues, si me fallan,
me convertiré en un desgraciado para el resto de mi vida.
—No desespere. Cierto que es una desgracia el hallarse sin amigos, pero el
corazón de los hombres, cuando el egoísmo no los ciega, está repleto de amor y
caridad. Confíe y tenga esperanza, y si sus amigos son bondadosos y caritativos,
no tiene nada que temer.
—Son muy amables; no puede haber personas mejores en el mundo, pero
por desgracia recelan de mí aunque mis intenciones son buenas. Nunca he hecho
daño a nadie, por el contrario, siempre he tratado de aportar mi ay uda. Pero un
prejuicio fatal los obnubila, y en lugar de ver en mí a un amigo lleno de
sensibilidad me consideran un monstruo detestable.
—Eso es lamentable. Pero, si está usted exento de culpa, ¿no les podría
convencer?
—Estoy a punto de iniciar esa tarea, y es justamente por ello por lo que siento
tantos temores. Tengo un gran cariño por estos amigos. Durante muchos meses, y
sin que ellos lo sepan, les he venido prestando cotidianamente algunos pequeños
servicios, no obstante piensan que quiero perjudicarlos. Es precisamente ese
prejuicio el que quiero vencer.
—¿Dónde viven sus amigos?
—Cerca de este lugar.
El anciano hizo una pausa y continuó:
—Si usted quisiera confiarse a mí, quizá y o pudiera ay udarlo a vencer el
recelo de sus amigos. Soy ciego y no puedo opinar acerca de su aspecto, pero
hay algo en sus palabras que me inspira confianza. Soy pobre y estoy en el
exilio, pero me será muy grato poder servir de ay uda a otro ser humano.
—¡Es usted muy bueno! Agradezco y acepto su generosidad. Con su bondad
me infunde nuevos ánimos. Confío en que, con su ay uda, no me veré privado de
la compañía y afecto de sus congéneres.
—¡No lo quiera Dios! Ni aunque fuera usted de verdad un malvado, pues eso
sólo lo llevaría a la desesperación y no le instigaría a la virtud. Sepa que y o
también soy desgraciado. Aunque inocentes, y o y mi familia hemos sido
injustamente condenados; y, por tanto, puedo comprender muy bien cómo se
siente.
—¿Cómo puedo agradecerle estas palabras? Es usted mi único y mejor
bienhechor; de sus labios oigo las primeras frases amables dirigidas a mí, y
jamás podré olvidarlo. Su humanidad me asegura que tendré éxito entre aquellos
amigos a quienes estoy a punto de conocer.
—¿Cómo se llaman sus amigos? ¿Dónde viven?
Guardé silencio. Pensé que éste era el momento decisivo, el momento en que
mi felicidad se confirmaría o se vería destruida para siempre. En vano luché por
encontrar el suficiente valor para responderle, pero el esfuerzo acabó con las
pocas energías que me quedaban, y sentándome en la silla comencé a sollozar.
En aquel momento oí los pasos de mis jóvenes protectores. No tenía un segundo
que perder y cogiendo la mano del anciano grité:
—¡Ha llegado el momento! ¡Sálveme! ¡Sálveme y protéjame! Usted y su
familia son los amigos que busco. No me abandonen en el momento decisivo.
—¡Dios mío! —exclamó el anciano—, ¿quién es usted?
En aquel instante se abrió la puerta de la casa, y entraron Félix, Safie y
Agatha. ¿Quién podría describir su horror y desesperación al verme? Agatha
perdió el conocimiento, y Safie, demasiado impresionada para poder auxiliar a
su amiga, salió de la casa corriendo. Félix se abalanzó sobre mí, y con una fuerza
sobrenatural me arrancó del lado de su padre, cuy as rodillas y o abrazaba. Loco
de ira, me arrojó al suelo y me azotó violentamente con un palo. Podía haberlo
destrozado miembro a miembro con la misma facilidad que el león despedaza al
antílope. Pero el corazón se me encogió con una terrible amargura y me
contuve. Vi cómo Félix se disponía a golpearme de nuevo, cuando, vencido por el
dolor y la angustia, abandoné la casa y, al amparo de la confusión general, entré
en el cobertizo sin que me vieran.
Capítulo 8
¡Maldito, maldito creador! ¿Por qué tuve que vivir? ¿Por qué no apagué en
ese instante la llama de vida que tú tan inconscientemente habías encendido? No
lo sé; aún no se había apoderado de mí la desesperación; experimentaba sólo
sentimientos de ira y venganza. Con gusto hubiera destruido la casa y sus
habitantes, y sus alaridos y su desgracia me hubieran saciado.
Cuando cay ó la noche, salí de mi refugio y vagué por el bosque; y ahora, que
y a no me frenaba el miedo a que me descubrieran, di rienda suelta a mi dolor,
prorrumpiendo en espantosos aullidos. Era como un animal salvaje que hubiera
roto sus ataduras; destrozaba lo que se cruzaba en mi camino, adentrándome en
el bosque con la ligereza de un ciervo. ¡Qué noche más espantosa pasé! Las frías
estrellas parecían brillar burlonamente, y los árboles desnudos agitaban sus
ramas; de cuando en cuando el dulce trino de algún pájaro rompía la total
quietud. Todo, menos y o, descansaba o gozaba. Yo, como el archidemonio,
llevaba un infierno en mis entrañas; y, no encontrando a nadie que me
comprendiera, quería arrancar los árboles, sembrar el caos y la destrucción a mi
alrededor, y sentarme después a disfrutar de los destrozos.
Pero era una sensación que no podía durar; pronto el exceso de este esfuerzo
corporal me fatigó, y me senté en la hierba húmeda, sumido en la impotencia de
la desesperación. No había uno de entre los millones de hombres en la Tierra que
se compadeciera de mí y me auxiliara. ¿Debía y o entonces sentir bondad hacia
mis enemigos? ¡No! Desde aquel momento declararía una guerra sin fin contra
la especie, y en particular contra aquel que me había creado y obligado a sufrir
esta insoportable desdicha.
Salió el sol. Al oír voces, supe que me sería imposible volver a mi refugio
durante el día. De modo que me escondí entre la maleza, con la intención de
dedicar las próximas horas a reflexionar sobre mi situación.
El cálido sol y el aire puro me devolvieron en parte la tranquilidad; y cuando
repasé lo sucedido en la casa, no pude por menos de llegar a la conclusión de que
me había precipitado. Obviamente había actuado con imprudencia. Estaba claro
que mi conversación había despertado en el padre un interés por mí, y y o era un
necio por haberme expuesto al horror que produciría en sus hijos.
Debí haber esperado hasta que el anciano De Lacey estuviera familiarizado
conmigo, y haberme presentado a su familia poco a poco, cuando estuvieran
preparados para mi presencia. Pero creí que mi error no era irreparable y, tras
mucho meditar, decidí volver a la casa, buscar al anciano y ganarme su apoy o
exponiéndole sinceramente mi situación.
Estos pensamientos me calmaron, y por la tarde caí en un profundo sueño;
pero la fiebre que me recorría la sangre me impidió dormir tranquilo.
Constantemente me venía a los ojos la escena del día anterior; en mis sueños veía
cómo las mujeres huían enloquecidas, y Félix, ciego de ira, me arrancaba del
lado de su padre. Desperté exhausto; y, al ver que y a era de noche, salí de mi
escondite en busca de algo que comer.
Cuando hube satisfecho mi hambre, me encaminé hacia el sendero que tan
bien conocía y que llevaba hasta la casa. Allí reinaba la paz. Penetré con sigilo en
el cobertizo, Y aguardé en silenciosa expectación la hora en que la familia solía
levantarse. Pero pasó esa hora; el sol estaba y a alto en el cielo, y mis vecinos no
se dejaban ver. Me puse a temblar con violencia, temiéndome alguna desgracia.
El interior de la vivienda estaba oscuro y no se oía ningún ruido. No puedo
describir la agonía de esta espera.
De pronto se acercaron dos campesinos que, deteniéndose cerca de la casa,
comenzaron a discutir, gesticulando violentamente. No entendía lo que decían,
pues hablaban el idioma del país, que era distinto del de mis protectores. Poco
después llegó Félix con otro hombre, lo cual me sorprendió, pues sabía que no
había salido de la casa aquella mañana. Aguardé con impaciencia a descubrir,
por sus palabras, el significado de estas insólitas imágenes.
—¿Ha pensado usted —decía el acompañante— que tendrá que pagar tres
meses de alquiler, y que perderá la cosecha de su huerto? No quiero
aprovecharme injustamente y le ruego, por tanto, que recapacite sobre su
decisión algunos días más.
—Es inútil —contestó Félix—, no podemos seguir viviendo en su casa. La vida
de mi padre corre grave peligro, debido a lo que le acabo de contar. Mi mujer y
mi hermana tardarán en recobrarse del susto. No insista, se lo suplico. Recupere
su casa y déjeme huir de este lugar.
Félix temblaba mientras decía estas palabras. Entró en la casa con su
acompañante, donde permanecieron algunos minutos, y luego salieron. No volví
a ver a ningún miembro de la familia De Lacey.
Permanecí en el cobertizo el resto del día, en un estado de completa
desesperación. Mis protectores se habían ido, y con ellos el único lazo que me
ataba al mundo. Por primera vez noté que sentimientos de venganza y odio se
apoderaban de mí y que no intentaba reprimirlos; dejándome arrastrar por la
corriente, permití que pensamientos de muerte y destrucción me invadieran.
Cuando pensaba en mis amigos, en la mansa voz de De Lacey, la mirada tierna
de Agatha y la belleza exquisita de la joven árabe, desaparecían estos
pensamientos, y hallaba en el llanto que me producían un cierto alivio; pero
cuando de nuevo pensaba en que me habían abandonado y rechazado, me volvía
la ira, una ira ciega y brutal. Incapaz de dañar a los humanos, volví mi cólera
contra las cosas inanimadas. Avanzada la noche, coloqué alrededor de la casa
diversos objetos combustibles; y, tras destruir todo rastro de cultivo en la huerta,
esperé con forzada impaciencia la desaparición de la luna para empezar mi
tarea.
Así que avanzaba la noche, se levantó un fuerte viento desde el bosque, y
pronto se dispersaron las nubes que cubrían el cielo. La ventolera fue
aumentando hasta que pareció una imponente avalancha, y produjo en mí una
especie de demencia que arrasó los límites de la razón. Prendí fuego a una rama
seca, y comencé una alocada danza alrededor de la casa, antes tan querida, los
ojos fijos en el oeste, donde la luna comenzaba a rozar el horizonte. Parte de la
esfera finalmente se ocultó y blandí mi rama; desapareció por completo, y, con
un aullido, encendí la paja, los matorrales y arbustos que había colocado. El
viento avivó el fuego, y pronto la casa estuvo envuelta en llamas que la lamían
ávidamente con sus destructoras y puntiagudas lenguas de fuego[72] .
En cuanto me hube convencido de que no había forma de que se salvara
parte alguna de la vivienda, abandoné el lugar, y me adentré en el bosque para
buscar cobijo.
Ahora que el mundo se abría ante mí, ¿a dónde debía dirigir mis pasos?
Decidí huir lejos del lugar de mis infortunios; pero para mí, ser odiado y
despreciado, todos los países serían igualmente hostiles. Finalmente, pensé en ti.
Sabía por tu diario que eras mi padre, mi creador, y ¿a quién podía dirigirme
mejor que a aquel que me había dado la vida? Entre las enseñanzas que Félix le
había dado a Safie se incluía también la geografía. De ella había aprendido la
situación de los distintos países de la Tierra. Tú mencionabas Ginebra como tu
ciudad natal y, por tanto, allí decidí encaminarme.
Mas ¿cómo había de orientarme? Sabía que debía viajar en dirección suroeste
para llegar a mi destino, pero el sol era mi único guía. Desconocía el nombre de
las ciudades por las cuales tenía que pasar, y no podía preguntarle a nadie; pero,
no obstante, no desesperé. Sólo de ti podía y a esperar auxilio, aunque no sentía
por ti otro sentimiento que el odio. ¡Creador insensible y falto de corazón! Me
habías dotado de sentimientos y pasiones para luego lanzarme al mundo, víctima
del desprecio y repugnancia de la humanidad. Pero sólo de ti podía exigir piedad
y reparación, y de ti estaba dispuesto a conseguir esa justicia que en vano había
intentado buscarme entre los demás seres humanos.
Mi viaje fue largo, y muchos los sufrimientos que padecí. Era a finales de
otoño cuando abandoné la región en la cual había vivido tanto tiempo. Viajaba
sólo de noche, temeroso de encontrarme con algún ser humano. La naturaleza se
marchitaba a mi alrededor y el sol y a no calentaba; tuve que soportar lluvias
torrenciales y copiosas nevadas; vi caudalosos ríos que se habían helado. La
superficie de la Tierra se había endurecido, y estaba gélida y desnuda. No
encontraba dónde resguardarme. ¡Ay !, ¡cuántas veces maldije la causa de mi
existencia! Desapareció la apacibilidad de mi carácter, y todo mi ser rezumaba
amargura y hiel. Cuanto más me aproximaba al lugar donde vivías, más
profundamente sentía que el deseo de venganza se apoderaba de mi corazón.
Empezaron las nevadas y las aguas se helaron, pero y o continuaba mi viaje.
Algunas indicaciones ocasionales me guiaban y tenía un mapa de la región, pero
a menudo me desviaba de mi camino. La angustia de mis sentimientos no
cejaba; no había incidente del cual mi furia y desdicha no pudieran sacar
provecho; pero un suceso que tuvo lugar cuando llegué a la frontera suiza, cuando
y a el sol volvía a calentar y la tierra a reverdecer, confirmó de manera muy
especial la amargura y horror de mis sentimientos.
Solía descansar por el día y viajar de noche, cuando la oscuridad me protegía
de cualquier encuentro. Sin embargo, una mañana, viendo que mi ruta cruzaba
un espeso bosque, me atreví a continuar mi viaje después del amanecer; era uno
de los primeros días de la primavera, y la suavidad del aire y la hermosa luz
consiguieron animarme. Sentí revivir en mí olvidadas emociones de dulzura y
placer que creía muertas. Medio sorprendido por la novedad de estos
sentimientos, me dejé arrastrar por ellos; olvidé mi soledad y deformación, y me
atreví a ser feliz. Ardientes lágrimas humedecieron mis mejillas, y alcé los ojos
hacia el sol agradeciendo la dicha que me enviaba.
Seguí avanzando por las caprichosas sendas del bosque, hasta que llegué a un
profundo y caudaloso río que lo bordeaba y hacia el que varios árboles
inclinaban sus ramas llenas de verdes brotes. Aquí me detuve, dudando sobre el
camino que debía seguir, cuando el murmullo de unas voces me impulsó a
ocultarme a la sombra de un ciprés. Apenas había tenido tiempo de esconderme,
cuando apareció una niña corriendo hacia donde y o estaba, como si jugara a
escaparse de alguien. Seguía corriendo por el escarpado margen del río, cuando
repentinamente se resbaló y cay ó al agua. Abandoné precipitadamente mi
escondrijo, y, tras una ardua lucha contra la corriente, conseguí sacarla y
arrastrarla a la orilla. Se encontraba sin sentido; y o intentaba por todos los medios
hacerla volver en sí, cuando me interrumpió la llegada de un campesino, que
debía ser la persona de la que, en broma, huía la niña. Al verme, se lanzó sobre
mí, y arrancándome a la pequeña de los brazos se encaminó con rapidez hacia la
parte más espesa del bosque. Sin saber por qué, lo seguí velozmente; pero,
cuando el hombre vio que me acercaba, me apuntó con una escopeta que llevaba
y disparó. Caí al suelo mientras él, con renovada celeridad, se adentró en el
bosque.
¡Esta era, pues, la recompensa a mi bondad! Había salvado de la destrucción
a un ser humano, en premio a lo cual ahora me retorcía bajo el dolor de una
herida que me había astillado el hueso. Los sentimientos de bondad y afecto que
experimenté pocos minutos antes se transformaron en diabólica furia y rechinar
de dientes. Torturado por el daño, juré odio y venganza eterna a toda la
humanidad. Pero el dolor me vencía; sentí como se me paraba el pulso, y perdí
el conocimiento.
Durante unas semanas llevé en el bosque una existencia mísera, intentando
curarme la herida que había recibido. La bala me había penetrado en el hombro,
e ignoraba si seguía allí o lo había traspasado; de todos modos no disponía de los
medios para extraerla. Mi sufrimiento también se veía aumentado por una
terrible sensación de injusticia e ingratitud. Mi deseo de venganza aumentaba de
día en día; una venganza implacable y mortal, que compensara la angustia y los
ultrajes que y o había padecido.
Al cabo de algunas semanas la herida cicatrizó, y proseguí mi viaje. Ni el sol
primaveral ni las suaves brisas podrían y a aliviar mis pesares; la felicidad me
parecía una burla, un insulto a mi desolación, y me hacía sentir más agudamente
que el gozo y el placer no se habían hecho para mí.
Pero y a mis sufrimientos estaban llegando a su fin, y dos meses después me
encontraba en los alrededores de Ginebra.
Llegué al anochecer, y busqué cobijo en los campos cercanos, para
reflexionar sobre el modo de acercarme a ti. Me azotaba el hambre y la fatiga, y
me sentía demasiado desdichado como para poder disfrutar del suave airecillo
vespertino o la perspectiva de la puesta de sol tras los magníficos montes de Jura.
En ese momento un ligero sueño me alivió del dolor que me infligían mis
pensamientos. Me desperté de repente con la llegada de un hermoso niño que,
con la inocente alegría de la infancia, entraba corriendo en mi escondrijo. De
pronto, al verlo, me asaltó la idea de que esta criatura no tendría prejuicios y de
que era demasiado pequeña como para haber adquirido el miedo a la
deformidad. Por tanto, si lo cogiera, y lo educara como mi amigo y compañero,
y a no estaría tan solo en este poblado mundo.
Azuzado por este impulso, cogí al niño cuando pasó por mi lado, y lo atraje
hacia mí. En cuanto me miró, se tapó los ojos con las manos y lanzó un grito. Con
fuerza le destapé la cara y dije:
—¿Qué significa esto? No voy a hacerte daño; escúchame.
—¡Suélteme! —dijo debatiéndose con violencia—. ¡Monstruo! ¡Ser
repulsivo! Quiere cortarme en pedazos y comerme. ¡Es un ogro! ¡Suélteme, o se
lo diré a mi padre!
—Nunca más volverás a ver a tu padre; vendrás conmigo.
—¡Horrendo monstruo! ¡Suélteme! Mi padre es juez; es el señor
Frankenstein, y lo castigará. No se atreverá a llevarme con usted.
—¡Frankenstein! Perteneces a mi enemigo, a aquel de quien he jurado
vengarme. ¡Tú serás mi primera víctima!
La criatura seguía forcejeando y lanzándome insultos que me llenaban de
desesperación. Lo cogí por la garganta para que se callara, y al momento cay ó
muerto a mis pies.
Contemplé mi víctima, y mi corazón se hinchó de exultación y diabólico
triunfo. Palmoteando exclamé:
—Yo también puedo sembrar la desolación; mi enemigo no es invulnerable.
Esta muerte le acarreará la desesperación, y mil otras desgracias lo
atormentarán y destrozarán.
Mientras miraba a la criatura, vi un objeto que le brillaba sobre el pecho. Lo
cogí; era el retrato de una hermosísima mujer. A pesar de mi maldad, me
ablandó y me sedujo. Durante unos instantes contemplé los ojos oscuros,
bordeados de espesas pestañas, los hermosos labios; pero pronto volvió mi cólera:
recordé que me habían privado de los placeres que criaturas como aquella
podían proporcionarme; y que la mujer que contemplaba, de verme, hubiera
cambiado ese aire de bondad angelical por una expresión de espanto y
repugnancia.
¿Te sorprende que semejantes pensamientos me llenaran de ira? Me pregunto
cómo, en ese momento, en vez de manifestar mis sentimientos con
exclamaciones y lamentos, no me arrojé sobre la humanidad, muriendo en mi
intento de destruirla.
Poseído de estos pensamientos, abandoné el lugar donde había cometido el
asesinato, y buscaba un lugar más resguardado para esconderme cuando vi a una
mujer que pasaba cerca de mí. Era joven, ciertamente no tan hermosa como
aquella cuy o retrato sostenía, pero de aspecto agradable, y tenía el encanto y
frescor de la juventud. « He aquí —pensé— una de esas criaturas cuy as sonrisas
recibirán todos menos y o; no escapará. Gracias a las lecciones de Félix, y a las
ley es crueles de la especie humana, he aprendido a hacer el mal» . Me acerqué
a ella sigilosamente, e introduje el retrato en uno de los pliegues de su traje.
Vagué durante algunos días por los lugares donde habían sucedido estos
acontecimientos. A veces deseaba encontrarte, otras estaba decidido a abandonar
para siempre este mundo y sus miserias. Por fin me dirigí a estas montañas, por
cuy as cavidades he deambulado, consumido por una devoradora pasión que sólo
tú puedes satisfacer. No podemos separarnos hasta que no accedas a mi petición.
Estoy solo, soy desdichado; nadie quiere compartir mi vida, sólo alguien tan
deforme y horrible como y o podría concederme su amor. Mi compañera deberá
ser igual que y o, y tener mis mismos defectos. Tú deberás crear este ser.
Capítulo 9
La criatura terminó de hablar, y me miró fijamente esperando una respuesta.
Pero y o me hallaba desconcertado, perplejo, incapaz de ordenar mis ideas lo
suficiente como para entender la transcendencia de lo que me proponía.
—Debes crear para mí una compañera, con la cual pueda vivir
intercambiando el afecto que necesito para poder existir. Esto sólo lo puedes
hacer tú, y te lo exijo como un derecho que no puedes negarme.
La parte final de su narración había vuelto a reavivar en mí la ira que se me
había ido calmando mientras contaba su tranquila existencia con los habitantes de
la casita. Cuando dijo esto no pude contener mi furor.
—Pues sí, me niego —contesté—, y ninguna tortura conseguirá que acceda.
Podrás convertirme en el más desdichado de los hombres, pero no lograrás que
me desprecie a mí mismo. ¿Crees que podría crear otro ser como tú, para que
uniendo vuestras fuerzas arraséis el mundo? ¡Aléjate! Te he contestado; podrás
torturarme, ¡pero jamás consentiré!
—Te equivocas —contestó el malvado ser—; pero, en vez de amenazarte,
estoy dispuesto a razonar contigo. Soy un malvado porque no soy feliz; ¿acaso no
me desprecia y odia toda la humanidad? Tú, mi creador, quisieras destruirme, y
lo llamarías triunfar. Recuérdalo, y dime, pues, ¿por qué debo tener y o para con
el hombre más piedad de la que él tiene para conmigo? No sería para ti un
crimen, si me pudieras arrojar a uno de esos abismos, y destrozar la obra que
con tus propias manos creaste. ¿Debo, pues, respetar al hombre cuando éste me
condena? Que conviva en paz conmigo, y y o, en vez de daño, le haría todo el
bien que pudiera, llorando de gratitud ante su aceptación. Mas no, eso es
imposible; los sentidos humanos son barreras infranqueables que impiden nuestra
unión. Pero mi sometimiento no será el del abatido esclavo. Me vengaré de mis
sufrimientos; si no puedo inspirar amor, desencadenaré el miedo; y
especialmente a ti, mi supremo enemigo, por ser mi creador, te juro odio eterno.
Ten cuidado: me dedicaré por entero a la labor de destruirte, y no cejaré hasta
que te seque el corazón, y maldigas la hora en que naciste.
Una ira demoníaca lo dominaba mientras decía esto; tenía la cara contraída
con una mueca demasiado horrenda como para que ningún ser humano le
pudiera contemplar. Al rato se calmó, y prosiguió.
—Tengo la intención de razonar contigo. Esta rabia me es perjudicial, pues tú
no entiendes que eres el culpable. Si alguien tuviera para conmigo sentimientos
de benevolencia, y o se los devolvería centuplicados; conque existiera este único
ser, sería capaz de hacer una tregua con toda la humanidad. Pero ahora me
recreo soñando dichas imposibles. Lo que te pido es razonable y justo; te exijo
una criatura del otro sexo, tan horripilante como y o[73] : es un consuelo bien
pequeño, pero no puedo pedir más, y con eso me conformo. Cierto es que
seremos monstruos, aislados del resto del mundo, pero eso precisamente nos hará
estar más unidos el uno al otro. Nuestra existencia no será feliz, pero sí
inofensiva, y se hallará exenta del sufrimiento que ahora padezco. ¡Creador
mío!, hazme feliz; dame la oportunidad de tener que agradecer un acto bueno
para conmigo; déjame comprobar que inspiro la simpatía de algún ser humano;
no me niegues lo que te pido.
Me convenció. Sentía escalofríos al pensar en las posibles consecuencias que
se derivarían si accedía a su petición, pero pensaba que su argumento no estaba
del todo falto de justicia. Su narración, y los sentimientos que ahora expresaba,
demostraban que era una criatura de sentimientos elevados, y ¿no le debía y o,
como su creador, toda la felicidad que pudiera proporcionarle? El advirtió el
cambio que experimentaban mis sentimientos y continuó:
—Si accedes, ni tú ni ningún otro ser humano nos volverá a ver. Me iré a las
enormes llanuras de Sudamérica. Mi alimento no es el mismo que el del hombre;
y o no destruy o al cordero o al cabritillo para saciar mi hambre; las bay as y las
bellotas son suficiente alimento para mí. Mi compañera será idéntica a mí, y
sabrá contentarse con mi misma suerte. Hojas secas formarán nuestro lecho; el
sol brillará para nosotros igual que para los demás mortales, y madurará nuestros
alimentos. La escena que te describo es tranquila y humana, y debes admitir que,
si te niegas, mostrarías una deliberada crueldad y tiranía. Despiadado como te
has mostrado hasta ahora conmigo, veo sin embargo un destello de compasión en
tu mirada; déjame aprovechar este momento favorable, para arrancarte la
promesa de que harás lo que tan ardientemente deseo.
—Te propones —le contesté— abandonar los lugares donde habita el hombre,
y vivir en parajes inhóspitos donde las bestias serán tus únicas compañeras.
¿Cómo podrás soportar tú este exilio, tú que ansías el cariño y la comprensión de
los hombres? Volverás de nuevo, en busca de su afecto, y te volverán a
despreciar; renacerá en ti la maldad, y entonces tendrás una compañera que te
ay udará en tu labor destructora. No puede ser; deja de insistir porque no puedo
acceder.
—¡Qué inestables son tus sentimientos! Hace sólo un momento te sentías
conmovido, ¿por qué de nuevo ahora te vuelves atrás y te endureces contra mis
súplicas? Te juro, por esta tierra en la que habito, y por ti, mi creador, que si me
das la compañera que te pido, abandonaré la vecindad de los hombres, y para
ello habitaré, si es preciso, los lugares más salvajes de la Tierra. No habrá lugar
para instintos de maldad, pues tendré comprensión, mi vida transcurrirá tranquila
y, a la hora de la muerte, no tendré que maldecir a mi creador.
Sus palabras suscitaron en mí una sensación extraña. Le compadecía, y hasta
llegaba en algún momento a querer consolarlo; pero cuando lo miraba, cuando
veía esa masa inmunda que hablaba y se movía, me invadía la repugnancia, y
mis compasivos sentimientos se tornaban en horror y odio. Intentaba sofocar esta
sensación; pensaba que, y a que no podía tenerle ningún afecto, no tenía derecho
a denegarle la pequeña parte de felicidad que estaba en mi mano concederle.
—Juras —le dije— que no causarás más daños; ¿no has demostrado y a un
grado de maldad que debiera, con razón, hacerme desconfiar de ti? ¿No será esto
una trampa que aumentará tu triunfo, al otorgarte may ores posibilidades de
venganza?
—¿Pero cómo? Creí haberte conmovido, y, sin embargo, sigues negándote a
concederme lo único que amansaría mi corazón y me haría inofensivo. Si no
estoy ligado a nadie ni amo a nadie, el vicio y el crimen deberán ser,
forzosamente, mi objetivo. El cariño de otra persona destruiría la razón de ser de
mis crímenes, y me convertiría en algo cuy a existencia todos desconocerían. Mis
vicios son los vástagos de una soledad impuesta y que aborrezco; y mis virtudes
surgirían necesariamente cuando viviera en armonía con un semejante. Sentiría
el afecto de otro ser y me incorporaría a la cadena de existencia y sucesos de la
cual ahora quedo excluido.
Reflexioné un rato sobre todo lo que me había dicho y sobre los diversos
argumentos que había esgrimido. Pensé en la actitud prometedora de la que
había dado muestras al comienzo de su existencia, y en la degradación posterior
que habían sufrido sus cualidades a causa del desprecio y odio que sus
protectores le demostraron. No olvidé en mis reflexiones su fuerza y sus
amenazas; un ser capaz de habitar en las cuevas de los glaciares, y de zafarse de
sus perseguidores entre las crestas de los abismos inaccesibles, poseía unas
facultades con las cuales sería inútil intentar competir. Tras un largo rato de
meditación, llegué al convencimiento de que acceder a lo que me pedía era algo
que les debía a él y a mis semejantes. Consecuentemente, volviéndome hacia él,
le dije:
—Accedo a la petición, bajo la solemne promesa de que abandonarás para
siempre Europa, y de que evitarás cualquier otro lugar que el hombre frecuente,
en cuanto te entregue la compañera que habrá de seguirte al exilio.
—¡Juro —gritó—, por el sol y por el cielo azul[74] , que si escuchas mis
súplicas jamás me volverás a ver mientras ellos existan! Parte hacia tu casa y
comienza tu labor; seguiré su proceso con inexpresable ansiedad. Y no temas;
cuando hay as concluido, y o estaré allí.
No bien hubo terminado de hablar cuando me abandonó, temeroso quizá de
que cambiara de nuevo mi decisión. Lo vi bajar por la montaña más rápido que
el vuelo de un águila, y pronto lo perdí de vista entre las ondulaciones del mar de
hielo. Su narración había durado todo el día, y el sol estaba a punto de ponerse
cuando se marchó. Sabía que debía apresurarme a emprender mi descenso hacia
el valle, pues pronto me envolvería la oscuridad, pero un gran peso me oprimía el
corazón y lastraba mis pasos. El esfuerzo que tenía que hacer para caminar por
los serpenteantes senderos de la montaña sin escurrirme me absorbía, aun con lo
turbado que estaba por los sucesos que se habían producido durante aquella
jornada. Ya muy entrada la noche, llegué al albergue situado a medio camino, y
me senté junto a la fuente. Las estrellas brillaban intermitentemente, cuando no
las ocultaban las nubes; los oscuros pinos se erguían ante mí, y aquí y allá se
veían troncos tendidos por el hielo; era una escena de imponente solemnidad, que
removió en mí extraños pensamientos. Lloré amargamente; y, juntando las
manos con desesperación, exclamé:
—¡Estrellas, nubes, vientos!, ¡os queréis burlar de mí!; si en verdad me
compadecéis, libradme de mis sensaciones y mis recuerdos; dejadme que me
hunda en la nada; si no, alejaos, alejaos y sumidme en las tinieblas.
Eran éstos pensamientos absurdos y desesperados, pero me es imposible
describir cuánto me hacía sufrir el centelleo de las estrellas, ni cómo esperaba
que cada ráfaga de viento fuera un aborrecible siroco que viniera a consumirme.
Amaneció antes de que y o llegara a la aldea de Chamonix; mi aspecto
cansado y extraño no contribuy ó a sosegar a mi familia, que había pasado la
noche en pie aguardando ansiosamente mi regreso.
Volvimos a Ginebra al día siguiente. La intención de mi padre al venir había
sido la de distraerme y devolverme la tranquilidad perdida, pero la medicina
había tenido resultados nefastos. Al no poder entender la gran tristeza que parecía
embargarme, se apresuró a organizar la vuelta a casa, confiando en que la paz y
la monotonía de la vida familiar aliviaran mis sufrimientos, cualesquiera que
fueran sus causas.
En cuanto a mí, permanecí al margen de todos sus preparativos; incluso el
dulce cariño de mi querida Elizabeth era insuficiente para sacarme del abismo de
mi desesperación. Pesaba sobre mí la promesa que le había hecho a aquel
demonio, como la capucha de hierro que llevaban los infernales hipócritas de
Dante. Todas las maravillas del cielo y de la tierra pasaban ante mí como un
sueño, y un único pensamiento constituía la realidad. ¿Es de sorprender, pues, que
a veces me invadiera un estado de demencia, o que continuamente viera a mi
alrededor una multitud de repugnantes animales que me infligían torturas
incesantes y a menudo me arrancaban horribles y amargos chillidos?
No obstante, poco a poco, estos sentimientos se fueron calmando. De nuevo
me incorporé a la vida cotidiana, si no con interés; sí al menos con cierto grado
de tranquilidad.
Volumen III
Capítulo 1
A mi vuelta a Ginebra pasaron muchos días y muchas semanas sin que
encontrara en mí valor suficiente para reemprender mi trabajo. Temía la
venganza del ser demoníaco si lo defraudaba, pero lograba vencer la
repugnancia que me inspiraba la tarea que me había impuesto. Me di cuenta de
que no podía crear una hembra sin de nuevo dedicar varios meses al estudio
profundo y a laboriosos experimentos. Tenía conocimiento de ciertos
descubrimientos llevados a cabo por un científico inglés, cuy as experiencias me
serían valiosas, y a veces pensaba en solicitar permiso de mi padre para ir a
Inglaterra con este fin; pero me aferraba a cualquier pretexto para no
interrumpir la incipiente tranquilidad que empezaba a sentir. Mi salud, muy
debilitada hasta el momento, comenzaba ahora a fortalecerse, y mi estado de
ánimo, cuando el triste recuerdo de la promesa hecha no lo empañaba, se
elevaba bastante. Mi padre observaba con agrado esta mejoría, y se afanaba por
buscar la mejor forma de borrar por completo la melancolía, que de vez en
cuando me retornaba y ensombrecía tenazmente la tenue luz que intentaba
abrirse paso en mí. Entonces buscaba refugio en la más absoluta soledad; pasaba
días enteros en el lago, tumbado en una barca, silencioso e indolente mirando las
nubes y escuchando el murmullo de las olas. El aire puro y el sol brillante solían
devolverme, al menos en parte, la compostura; y, a mi regreso, respondía a los
saludos de mis amigos con la sonrisa más presta y el corazón más ligero.
Fue a la vuelta de una de estas salidas cuando mi padre, llamándome aparte,
me dijo:
—Me satisface mucho, hijo, que vuelvas a tus antiguas distracciones y a ser
el mismo de antes. Sin embargo, sigues triste y aún esquivas nuestra compañía.
Durante algún tiempo he estado muy desorientado acerca de cuál podría ser la
razón de esto; pero ay er tuve una idea, y te ruego que, si estoy en lo cierto, me la
confirmes. Cualquier reserva a este respecto no sólo sería injustificada, sino que
aumentaría nuestras preocupaciones.
Al oír estas palabras me puse a temblar, pero mi padre continuó:
—Te confieso, hijo, que siempre he deseado tu matrimonio con tu prima,
considerándolo el centro de nuestra felicidad doméstica y el báculo de mis
postreros años. Os habéis sentido muy unidos desde niños; estudiabais juntos, y
parecíais, por gustos y aficiones, idóneos el uno al otro. Pero somos tan ciegos los
humanos, que las cosas que y o consideraba favorables a este proy ecto quizá
hay an sido precisamente las que lo hay an destruido por completo. Puede que tú
la consideres como una hermana [75] , y no tengas ningún deseo de que se
convierta en tu esposa. Es incluso posible que hay as conocido a otra mujer a la
cual ames y que, considerándote ligado a tu prima por razones de honor, te
debatas en una lucha que ocasiona la visible tristeza que te aflige.
—Querido padre, tranquilízate. Te aseguro que amo a Elizabeth tierna y
profundamente. No he conocido a ninguna mujer que me inspire, como ella,
tanta admiración y afecto. Mis esperanzas y deseos para el futuro se fundan en la
perspectiva de nuestra unión.
—Tus palabras, querido Víctor, me producen una alegría que no
experimentaba hacía mucho tiempo. Si esto es lo que sientes, nuestra felicidad
está asegurada, por mucho que sucesos recientes puedan entristecernos. Pero es
justo esta tristeza, que parece haberse adueñado de forma tan poderosa de ti, la
que quisiera disipar. Dime, pues, si tienes alguna objeción a que se celebre la
boda de inmediato. Hemos sido desdichados últimamente, y recientes sucesos
nos han robado la paz cotidiana que mi edad requiere. Tú eres joven; pero no
creo que, con la fortuna de que dispones, una boda precoz pueda interferir en los
planes de honor o provecho que te hay as podido trazar. No creas, empero, que
quiero imponerte la felicidad, o que una demora por tu parte me fuera a
ocasionar desazón. Interpreta bien mis palabras, y te ruego me contestes con
confianza y franqueza.
Escuché a mi padre en silencio, y durante algunos instantes no logré darle
respuesta. Por mi mente discurría un cúmulo de pensamientos que intentaba
ordenar para poder llegar a alguna conclusión. La idea de una inmediata unión
con mi prima me llenaba de horror y aflicción. Estaba atado por una solemne
promesa que aún no había cumplido y que no osaba romper, pues, de hacerlo,
¡qué desdichas no acarrearía para mí y mi afectuosa familia el incumplimiento
de mi palabra! No creo que pudiera entrar en este festejo con semejante peso
muerto atado del cuello, y doblegándome hacia el suelo. Debía llevar a cabo mi
compromiso, dejando al monstruo que partiera con su pareja, antes de
permitirme disfrutar de las delicias de un matrimonio del que esperaba la paz.
Recordé también la necesidad que tendría de viajar a Inglaterra, o de
comenzar una larga correspondencia con científicos de aquel país cuy os
conocimientos e investigaciones me eran imprescindibles en mi tarea. Esta
segunda manera de obtener la información que precisaba era lenta y poco
satisfactoria; además, cualquier cambio me serviría de distracción, y me
ilusionaba la idea de pasar un año o dos en otro lugar, cambiando de ocupación y
lejos de mi familia; durante este período podría ocurrir cualquier suceso que me
permitiese volver a ellos en paz y tranquilidad: quizá hubiera y a cumplido mi
promesa, y el monstruo hubiera desaparecido; o quizá algún accidente lo hubiera
destruido, poniendo así fin a mi esclavitud.
Estos sentimientos me dictaron la respuesta que le di a mi padre. Manifesté el
deseo de visitar Inglaterra; pero oculté mis verdaderas intenciones bajo el
pretexto de que quería viajar y ver mundo antes de asentarme para el resto de
mi vida en mi ciudad natal.
Le rogué insistentemente que me dejara partir y accedió con prontitud, pues
no existía en el mundo padre más indulgente y menos impositivo que él. Pronto
estuvieron arreglados los preparativos. Yo viajaría a Estrasburgo, donde me
reuniría con Clerval. Estaríamos una corta temporada en Holanda, pero la may or
parte del tiempo lo pasaríamos en Inglaterra. El regreso lo haríamos por Francia;
y acordamos que el viaje duraría dos años.
Mi padre se consolaba con el pensamiento de que mi boda con Elizabeth
tendría lugar en cuanto volviera a Ginebra.
—Estos dos años pasarán muy deprisa —dijo—, y será la última demora que
se interponga en el camino de tu felicidad. Espero con impaciencia la llegada del
momento en que estemos todos unidos y ningún temor altere nuestra paz familiar.
—Estoy de acuerdo con tu proy ecto —le contesté—. Dentro de dos años tanto
Elizabeth como y o seremos más maduros, y espero que más felices de lo que
ahora somos.
Suspiré; pero mi padre, delicadamente, se abstuvo de hacerme más preguntas
respecto de las causas de mi pesadumbre. Esperaba que el cambio de ambiente
y la distracción del viaje me devolvieran la tranquilidad.
Empecé, pues, a preparar mi marcha; pero me obsesionaba un pensamiento
que me llenaba de angustia y temor. Durante mi ausencia, mi familia seguiría
ignorando la existencia de su enemigo, y quedaría a merced de sus ataques caso
de que él, irritado por mi viaje, se lanzara contra ellos. Pero había prometido
seguirme donde quiera que fuera; así que ¿no vendría tras de mí a Inglaterra?
Este pensamiento era terrorífico en sí mismo, pero reconfortante, en cuanto que
suponía que los míos estarían a salvo. Me torturaba la idea de que sucediera lo
contrario de esto. Pero durante todo el tiempo que fui esclavo de mi criatura [76]
siempre me dejé guiar por los impulsos del momento; y en ese instante tenía la
seguridad de que me perseguiría, y, por tanto, mi familia quedaría libre del
peligro de sus maquinaciones.
Partí hacia mis dos años de exilio a finales de agosto. Elizabeth aprobaba los
motivos de mi marcha, y sólo lamentaba el no tener las mismas oportunidades
que y o para ampliar su campo de experiencia y cultivar su mente. Lloró al
despedirme, y me rogó que retornara feliz y en paz conmigo mismo.
—Todos confiamos en ti —dijo—; y si tú estás apenado, ¿cuál puede ser
nuestro estado de ánimo?
Me metí en el carruaje que debía alejarme de los míos, apenas sin saber
adónde me dirigía, e importándome poco lo que sucedía a mi alrededor. Sólo
recuerdo que, con inmensa amargura, pedí que empaquetaran el instrumental
químico que quería llevarme conmigo, pues había decidido cumplir mi promesa
mientras estaba en el extranjero y regresar, a ser posible, un hombre libre. Lleno
de sombríos pensamientos, atravesé hermosísimos lugares de majestuosa belleza;
pero tenía la mirada fija y abstraída. Sólo pensaba en la meta de mi viaje, y el
trabajo del cual debía ocuparme mientras durara.
Tras varios días de inquieta indolencia, durante los cuales recorrí muchas
leguas, llegué a Estrasburgo, donde tuve que aguardar durante dos días la llegada
de Clerval. Vino, y ¡qué inmensa diferencia había entre nosotros! El respondía
vivamente ante cualquier paraje nuevo; se emocionaba con las hermosas puestas
de sol, y aún más con el amanecer cuando se estrenaba un nuevo día; me
señalaba los cambios de colorido en el paisaje y el aspecto del cielo.
—¡Esto es lo que y o llamo vivir! —exclamaba—. ¡Cómo me gusta existir!
¿Pero por qué estás tú, querido Frankenstein, tan apenado y abatido?
Lo cierto es que me embargaban tristes pensamientos, y permanecía
indiferente ante el anochecer o el dorado amanecer reflejado en el Rin. Y usted,
amigo mío[77] , se divertiría mucho más con el diario de Clerval, gozoso y
sensible admirador del paisaje, que con las reflexiones de esta criatura
miserable, perseguido por una maldición que impedía toda posibilidad de dicha.
Habíamos decidido bajar en barco por el Rin desde Estrasburgo hasta
Rotterdam, donde embarcaríamos para Londres. Durante este tray ecto pasamos
muchas islas cubiertas de sauces, y vimos varias ciudades hermosas. Paramos un
día en Mannhein, y cinco días después de salir de Estrasburgo llegábamos a
Maguncia. A partir de aquí, el curso del Rin se hace mucho más pintoresco. El río
desciende velozmente, serpenteando entre colinas no muy altas pero sí
escarpadas y de formas muy bellas. Vimos numerosos castillos en ruinas, lejanos
e inaccesibles, que, rodeados de espesos y sombríos bosques, se alzaban al borde
de los despeñaderos. Esta parte del Rin ofrece un paisaje de singular variedad.
Pueden verse irregulares montañas, castillos en ruinas dominando tremendos
precipicios, a cuy os pies el sombrío Rin fluy e en precipitada carrera; y, de
repente, tras rodear un promontorio, el paisaje lo constituy en prósperos viñedos,
que cubren las verdes y ondulantes laderas, sinuosos ríos y pobladas ciudades.
Era la época de la vendimia, y, mientras viajábamos río abajo,
escuchábamos las canciones de los trabajadores. Incluso y o, a pesar de mi
ánimo decaído, y lleno como estaba de sombríos pensamientos, me sentía
contento. Tumbado en el fondo de la barca, miraba el límpido cielo azul, y
parecía imbuirme de una tranquilidad que hacía mucho no sentía. Si éstas eran
mis sensaciones, ¿cómo explicar las de Henry ? Se creía transportado a un país de
hadas, y sentía una felicidad poco común en el hombre.
—He visto —decía— los parajes más hermosos de mi país; conozco los lagos
de Lucerna y Uri, donde las nevadas montañas entran casi a pico en el agua,
proy ectando oscuras e impenetrables sombras que, de no ser por los verdes
islotes que alegran la vista, parecerían lúgubres y tenebrosos; he visto también
agitarse este lago con una tempestad, cuando el viento arremolinaba las aguas,
dando una idea de lo que puede ser una tromba marina en el inmenso océano; he
visto las olas estrellarse con furia al pie de las montañas, donde cay ó la
avalancha sobre el cura y su amante [78] , cuy as moribundas voces, se dice,
todavía se oy en cuando se acallan los vientos; he visto las montañas de Valais y
las del país de Vaud[79] , pero este país, Víctor, me gusta mucho más que todas
aquellas maravillas. Las montañas de Suiza son más majestuosas y extrañas;
pero hay un encanto especial en las márgenes de este río tan divino, que no es
comparable a nada. Mira ese castillo que domina aquel precipicio; y ese en
aquella isla, casi oculto por el follaje de los hermosos árboles; y ese grupo de
trabajadores que vienen de sus viñedos; y esa aldea medio oculta por los pliegues
de la montaña. Sin duda, los espíritus que habitan y cuidan de este lugar tienen un
alma más comprensiva para con el hombre que aquellos que pueblan el glaciar o
que se refugian en las cimas inaccesibles de las montañas de nuestro país.
¡Clerval!, ¡amigo del alma!, incluso ahora me llena de satisfacción recordar
tus palabras y dedicarte los elogios que tan merecidos tienes. Era un ser que se
había educado en « la poesía de la naturaleza» [80] . Su desbordante y entusiasta
imaginación se veía matizada por la gran sensibilidad de su espíritu. Su corazón
rezumaba afecto, y su amistad era de esa naturaleza fiel y maravillosa que la
gente de mundo se empeña en hacernos creer que sólo existe en el reino de lo
imaginario. Pero ni siquiera la comprensión y el cariño humanos bastaban para
satisfacer su ávida mente. El espectáculo de la naturaleza, que en otros despierta
simplemente admiración, era para él objeto de una pasión ardiente:
La sonora catarata
le obsesionaba como una pasión: la erguida roca,
la montaña, y el bosque sombrío y tupido,
sus formas y colores, eran para él
un deseo; un sentimiento, y un amor,
que no necesitaba de otros encantos remotos,
que el pensamiento puede proporcionar, u otro atractivo
que los ojos jamás vieron.[81]
¿Y dónde está ahora? ¿Se ha perdido para siempre este ser tan dulce y
hermoso? ¿Ha perecido esta mente tan repleta de pensamientos, de magníficas y
caprichosas fantasías que formaban un mundo cuy a existencia dependía de la
vida de su creador? ¿Existe ahora sólo en mi recuerdo? No, no puede ser; aquel
cuerpo, tan perfectamente modelado, que irradiaba hermosura, se ha
descompuesto, pero su espíritu sigue alentando y visitando a su desdichado
amigo.
Perdóneme usted este arranque de dolor; estas pobres palabras son tan sólo un
insignificante tributo a la inapreciable valía de Henry, pero calman mi corazón,
tan angustiado por su recuerdo. Continuaré mi relato.
Dejamos Colonia y descendimos a las llanuras de Holanda, donde decidimos
continuar por tierra el resto del viaje, pues el viento era desfavorable y la
corriente del río demasiado lenta para ay udarnos.
Aquí nuestro viaje perdió el interés que el magnífico paisaje había
proporcionado hasta ahora; pero a los pocos días llegamos a Rotterdam desde
donde proseguimos viaje a Inglaterra por mar. Era una límpida mañana, de
finales de diciembre, cuando vi por primera vez los blancos acantilados de Gran
Bretaña. Las orillas del Támesis ofrecían un nuevo paisaje; eran llanas pero
fértiles, y casi todas las ciudades se significaban por algún recuerdo histórico.
Vimos el fuerte Tilbury [82] , y recordamos la Armada Invencible; Gravesend,
Woolwich y Greenwich[83] , lugares de los que había oído hablar y a en mi país.
Por fin divisamos los innumerables campanarios de Londres, dominados
todos por la impresionante cúpula de San Pablo, y la Torre [84] , famosa en la
historia de Inglaterra.
Capítulo 2
Londres era nuestro lugar de asiento, y decidimos quedarnos algunos meses
en esta maravillosa y célebre ciudad. Clerval quería conocer a los hombres de
genio y talento que despuntaban entonces, pero para mí esto era secundario, pues
mi principal interés era la obtención de los conocimientos que necesitaba para
poder llevar a cabo mi promesa. A este fin, me apresuré a entregar a los más
distinguidos científicos las cartas de presentación que había traído conmigo.
Si este viaje hubiera tenido lugar en la época de mis primeros estudios,
cuando aún estaba lleno de felicidad, me habría proporcionado un inmenso
placer. Pero una maldición había ensombrecido mi existencia, y sólo visitaba a
estas personas con el afán de conseguir la información que me pudieran
proporcionar acerca del tema que, por motivos tan tremendos, tanto me
interesaba. La compañía de otras personas me resultaba molesta; cuando me
encontraba solo podía dejar vagar mi imaginación hacia cosas agradables; la voz
de Henry me apaciguaba, y así llegaba a engañarme y a conseguir una paz
transitoria. Pero los rostros gesticulantes, alegres y poco interesantes de los
demás me volvían a sumir en la desesperación. Veía alzarse una infranqueable
barrera entre mis semejantes y y o; barrera teñida con la sangre de William y
Justine; y el recuerdo de los sucesos relacionados con estos nombres me llenaba
de angustia.
En Clerval veía la imagen de lo que y o había sido[85] ; era inquisitivo y estaba
ansioso por adquirir sabiduría y experiencia. La diferencia de costumbres que
advertía era para él fuente inagotable de enseñanza y distracción. Estaba siempre
ocupado; y lo único que empañaba su felicidad era mi abatimiento y
pesadumbre. Yo, por mi parte, intentaba disimular mis sentimientos cuanto podía,
a fin de no privarle de los lógicos placeres que uno siente cuando, libre de tristes
recuerdos y agobios, encuentra nuevos horizontes en su vida. A menudo me
excusaba, alegando compromisos anteriores, para así no tener que acompañarlo,
y poder permanecer solo. Comencé a recabar por entonces los materiales que
necesitaba para mi nueva creación, lo que me suponía la misma tortura que para
los condenados el interminable goteo del agua sobre sus cabezas. Cada
pensamiento dedicado al tema me producía una tremenda angustia, y cada
palabra alusiva a ello hacía que me temblaran los labios y me palpitara el
corazón.
Cuando llevábamos unos meses en Londres, recibimos una carta de una
persona que vivía en Escocia y que nos había visitado en Ginebra. En ella se
refería a la belleza de su país natal y se preguntaba si esto no sería un motivo
suficiente para que nos decidiéramos a prolongar nuestro viaje hasta Perth,
donde él vivía. Clerval estaba ansioso por aceptar la invitación; y y o, aunque
detestaba la compañía de otras personas, quería ver de nuevo riachuelos y
montañas y todas las maravillas con las cuales la naturaleza adorna sus lugares
predilectos.
Habíamos llegado a Inglaterra a principios de octubre [86] y y a estábamos en
febrero, de modo que decidimos emprender nuestro viaje hacia el norte a finales
del mes siguiente. En este viaje no pensábamos seguir la carretera principal a
Edimburgo, pues queríamos visitar Windsor, Oxford, Matlock y los lagos de
Cumberland, esperando llegar a nuestro destino a finales de julio. Embalé, pues,
mis instrumentos químicos y el material que había conseguido, con la intención
de acabar mi tarea en algún lugar apartado de las montañas del norte de Escocia.
Dejamos Londres el 27 de marzo y nos quedamos unos días en Windsor,
paseando por su hermosísimo bosque. Este paisaje era completamente nuevo
para nosotros, habitantes de un país montañoso; los robles majestuosos, la
abundancia de caza y las manadas de altivos ciervos constituían una novedad
para nosotros.
Continuamos luego hacia Oxford. Al llegar a la ciudad, rememoramos los
sucesos que allí habían ocurrido hacía más de ciento cincuenta años. Fue allí
donde Carlos I reunió sus tropas. La ciudad le había permanecido fiel mientras
toda la nación abandonaba su causa y se unía al estandarte del parlamento y la
libertad. El recuerdo de aquel desdichado monarca y de sus compañeros, el
afable Falkland, el orgulloso Gower [87] , su reina y su hijo, daban un interés
especial a cada rincón de la ciudad, que se supone debieron habitar. El espíritu de
días pasados tenía aquí su morada y nos deleitaba perseguir sus huellas. Pero
aunque estos sentimientos no hubieran bastado para satisfacer nuestra
imaginación, la ciudad en sí era lo suficientemente hermosa como para despertar
nuestra admiración. La universidad es antigua y pintoresca; las calles, casi
magníficas; y el delicioso Isis[88] , que corre por entre prados de un exquisito
verde, se ensancha formando un tranquilo remanso de agua, donde se reflejan el
magnífico conjunto de torres, campanarios y cúpulas que asoman por entre los
viejos árboles.
Disfrutaba con este paisaje; pero veía turbado mi gozo tanto por el recuerdo
del pasado como por los acontecimientos del futuro. Había nacido para ser feliz.
Durante mi juventud nunca me había afligido la tristeza, y si en algún momento
me sentía abatido, contemplar las maravillas de la naturaleza o estudiar lo que de
sublime y excelente ha hecho el hombre siempre conseguía interesarme y
animarme. Pero no soy más que un árbol destrozado[89] , corroído hasta la
médula, y y a entonces presentí que sobreviviría hasta convertirme en lo que
pronto dejaré de ser: una miserable ruina humana, objeto de compasión para los
demás y de repugnancia para mí mismo.
Pasamos bastante tiempo en Oxford, recorriendo sus alrededores e intentando
localizar los lugares relacionados con la época más agitada de la historia de
Inglaterra. Nuestros pequeños viajes de investigación a menudo se veían
prolongados por los sucesivos descubrimientos que íbamos haciendo. Visitamos la
tumba del ilustre Hampden y el campo de batalla donde cay ó aquel patriota. Por
un momento mi espíritu logró olvidarse de sus miserables y denigrantes temores
al recordar las maravillosas ideas de libertad y sacrificio, de las cuales estos
lugares eran recuerdo y exponente. Por un instante conseguí librarme de mis
cadenas y mirar a mi alrededor con un espíritu libre y elevado, pero el hierro se
me había clavado profundamente, y, tembloroso y atemorizado, volví a
hundirme en la miseria.
Dejamos Oxford con pesar, y continuamos hacia Matlock, nuestro próximo
lugar de asiento. El campo que rodea este pueblo se parece en cierto modo al de
Suiza, pero todo a menor escala; las verdes colinas carecen del fondo que en mi
país natal proporcionan los distantes Alpes nevados, asomando siempre por detrás
de las montañas cubiertas de pinos. Visitamos la maravillosa gruta y las pequeñas
vitrinas dedicadas a las ciencias naturales, donde los objetos están dispuestos de la
misma manera que las colecciones de Servox y Chamonix. El mero nombre de
éste último lugar me hizo temblar cuando Henry lo pronunció, y me apresuré a
abandonar Matlock por la vinculación que tenía con aquel horrible sitio.
Desde Derby, y siguiendo hacia el norte, nos detuvimos dos meses en
Cumberland y Westmoreland[90] . Aquí sí que casi me pareció encontrarme
entre las montañas de Suiza. Las pequeñas extensiones de nieve que aún
quedaban en la ladera norte de las montañas, los lagos y el tumultuoso curso de
los rocosos torrentes me resultaban escenas familiares y queridas. Aquí también
hicimos nuevas amistades que casi consiguieron crearme la ilusión de felicidad.
La alegría que Clerval manifestaba era muy superior a la mía; él se crecía ante
hombres de talento, y descubrió que poseía may ores recursos y posibilidades de
lo que hubiera creído cuando frecuentaba la compañía de personas menos
dotadas intelectualmente que él. « Podría vivir aquí —decía—; y rodeado de
estas montañas apenas si añoraría Suiza o el Rin» .
Pero descubrió que la vida de un viajero incluy e muchos pesares entre sus
satisfacciones. El espíritu se encuentra siempre en tensión; y justo cuando
empieza a aclimatarse, se ve obligado a cambiar aquello que le interesa por
nuevas cosas que atraen su atención y que también abandonará en favor de otras
novedades.
Apenas habíamos visitado los lagos de Cumberland y Westmoreland, y
comenzado a sentir afecto por algunos de sus habitantes, cuando tuvimos que
partir, pues se aproximaba la fecha en que debíamos reunirnos con nuestro
amigo escocés. Yo, personalmente, no lo sentí. Estaba retrasando el
cumplimiento de mi promesa y temía las consecuencias del enojo de aquel ser
diabólico. Cabía la posibilidad de que se hubiera quedado en Suiza y se vengara
en mis familiares. Esta idea me perseguía y me atormentaba durante todos
aquellos momentos que de otra manera me hubieran proporcionado paz y
tranquilidad. Esperaba las cartas de mi familia con febril impaciencia; si se
retrasaban, me disgustaba y me atenazaban mil temores; y cuando llegaban, y
reconocía la letra de Elizabeth o de mi padre, apenas me atrevía a leerlas. A
veces imaginaba que el bellaco me perseguía, y que quizá pretendiera acelerar
mi indolencia asesinando a mi compañero. Cuando me venían estos
pensamientos, permanecía al lado de Henry constantemente, lo seguía como si
fuera su sombra para protegerlo de la imaginada furia de su destructor. Me sentía
como si y o mismo hubiera cometido algún tremendo crimen, cuy o
remordimiento me obsesionaba. Me sabía inocente, pero no obstante había
atraído una maldición sobre mí, tan fatal como la de un crimen.
Visité Edimburgo con espíritu distraído; y, sin embargo, esa ciudad hubiera
despertado el interés del ser más apático. A Clerval no le gustó tanto como
Oxford, pues le había atraído mucho la antigüedad de esta ciudad. Pero la belleza
y regularidad de la moderna Edimburgo, su romántico castillo y los alrededores,
los más hermosos del mundo, Arthur's Seat, Saint Bernard's Well y las colinas de
Portland, le compensaron el cambio y lo llenaron de alegría y admiración. Yo,
sin embargo, estaba intranquilo por llegar al término de nuestro viaje.
Salimos de Edimburgo al cabo de una semana, pasando por Coupar, Saint
Andrews y siguiendo la orilla del Tay hasta Perth, donde nos esperaba nuestro
amigo. Pero y o no me sentía con fuerzas para conversar y reír con extraños, o
para adaptarme a sus gustos y planes con la disposición propia de un buen
huésped, de manera que le dije a Clerval que visitaría solo el resto de Escocia.
—Diviértete —le dije—. Aquí nos encontraremos de nuevo. Puede que me
ausente un mes o dos; pero no te inquietes por mí, te lo ruego. Déjame un tiempo
en la paz y soledad que necesito; y cuando regrese, espero hacerlo con el
corazón más aligerado y más de acuerdo con tu estado de ánimo.
Henry trató de disuadirme; pero, al verme tan decidido, dejó de insistir. Me
rogó que le escribiera con frecuencia.
—Preferiría —dijo— acompañarte en tus excursiones solitarias que
quedarme con estos escoceses a quienes apenas conozco. Apresúrate a regresar,
querido amigo, para que de nuevo me sienta como en casa, cosa que me será
imposible durante tu ausencia.
Despidiéndome de mi amigo, decidí buscar algún apartado lugar de Escocia
donde concluir a solas mi labor. No tenía ninguna duda de que el monstruo me
seguía y de que, una vez hubiera terminado mi obra, se me presentaría para
recibir a su compañera.
Tomada esta resolución, atravesé las tierras altas del norte y elegí, como
lugar de trabajo, una de las islas Orcadas[91] , que eran las más alejadas. Era
éste un lugar idóneo para llevar a cabo mi tarea, pues era poco más que una roca
cuy os escarpados laterales batían las olas constantemente. El terreno era y ermo,
apenas sí ofrecía pasto para algunas escuálidas vacas y avena para sus cinco
habitantes, cuy os cuerpos esqueléticos y retorcidos daban prueba de su miserable
existencia. El pan y las verduras, cuando se permitían semejantes lujos, e incluso
el agua potable, venían del continente, que quedaba a unas cinco millas de allí.
En toda la isla no había más que tres míseras chozas, una de las cuales
encontré desocupada al llegar. La alquilé. Tenía sólo dos cuartos, que mostraban
la suciedad propia de las más absoluta indigencia. La techumbre, de ramas y
rastrojos, se estaba hundiendo; las paredes no estaban encaladas, y la puerta
colgaba, torcida, de uno de los goznes. Ordené que la repararan, compré algunos
muebles y me instalé, lo que sin duda hubiera ocasionado bastante sorpresa de no
ser porque la necesidad y la pobreza habían entumecido por completo las mentes
de estos habitantes. El hecho es que ni me molestaban ni curioseaban, y apenas sí
me agradecieron los víveres y ropas que les di, lo que demuestra hasta qué punto
el sufrimiento insensibiliza incluso los sentimientos más elementales del hombre.
En este retiro dedicaba las mañanas al trabajo; pero por la noche, cuando el
tiempo lo permitía, paseaba por la pedregosa play a y escuchaba el bramido de
las olas que rompían a mis pies. Era un paisaje monótono y a la vez siempre
cambiante. Me acordaba de Suiza y lo distinta que era de este lugar desolado y
atemorizante. Allí, las viñas cubren las colinas, y las casitas puntillean
tupidamente las llanuras. Sus hermosos lagos reflejan un cielo suave y azul; y
cuando los vientos los alteran, su efervescencia es como un juego de niños,
comparada con los bramidos del inmenso océano.
Así distribuí mi tiempo al llegar; pero a medida que avanzaba en mi labor, me
resultaba más molesta y repulsiva cada día. Había veces que me era imposible
entrar en mi laboratorio durante días enteros; otras, trabajaba día y noche sin
cesar para concluir cuanto antes. Realmente era una obra repugnante la que me
ocupaba. En mi primer experimento, una especie de frenético entusiasmo me
había impedido ver el horror de lo que hacía; estaba absorto por completo en mi
trabajo y ciego ante lo horrible de mi quehacer. Pero ahora lo llevaba a cabo a
sangre fría, y a menudo me asqueaba la labor.
En esta situación, dedicado como estaba a ocupación tan detestable, inmerso
en una soledad donde nada podía distraerme un solo momento de aquello a lo que
me aplicaba, empecé a desequilibrarme; y me volví inquieto y nervioso. A cada
momento temía encontrarme con mi perseguidor. A veces me quedaba sentado,
con los ojos fijos en el suelo, temeroso de levantar la vista y encontrar frente a
mí la criatura cuy a aparición tanto me espantaba. No me alejaba de mis vecinos
por miedo a que, viéndome solo, se me acercara para reclamarme su
compañera.
Empero seguía trabajando y tenía y a la labor muy avanzada. Aguardaba el
final con anhelante y trémula impaciencia, sobre la que no me quería interrogar,
pero que se entremezclaba con oscuros y siniestros presentimientos que me
hacían desfallecer.
Capítulo 3
Una noche me encontraba sentado en mi laboratorio; el sol se había puesto, y
la luna empezaba a asomar por entre las olas; no tenía suficiente luz para seguir
trabajando y permanecía ocioso, preguntándome si debía dar por terminada la
jornada o, por el contrario, hacer un esfuerzo y continuar mi labor y acelerar así
su final. Al meditar sobre esto, allí sentado, se me fueron ocurriendo otros
pensamientos y me hicieron considerar las posibles consecuencias de mi obra.
Tres años antes me encontraba ocupado en lo mismo, y había creado un
diabólico ser cuy a incomparable maldad me había destrozado el corazón y
llenado de amargos remordimientos. Y ahora estaba a punto de crear otro ser,
una mujer, cuy as inclinaciones desconocía igualmente; podía incluso ser diez mil
veces más diabólica que su pareja y disfrutar con el crimen por el puro placer de
asesinar. El había jurado que abandonaría la vecindad de los hombres, y que se
escondería en los desiertos, pero ella no; ella, que con toda probabilidad podría
ser un animal capaz de pensar y razonar, quizá se negase a aceptar un acuerdo
efectuado antes de su creación. Incluso podría ser que se odiasen; la criatura que
y a vivía aborrecía su propia fealdad, y ¿no podía ser que la aborreciera aún más
cuando se viera reflejado en una versión femenina? Quizá ella también lo
despreciara y buscara la hermosura superior del hombre; podría abandonarlo y
él volvería a encontrarse solo, más desesperado aún por la nueva provocación de
verse desairado por una de su misma especie.
Y aunque abandonaran Europa, y habitaran en los desiertos del Nuevo
Mundo, una de las primeras consecuencias de ese amor que tanto ansiaba el vil
ser serían los hijos. Se propagaría entonces por la Tierra una raza de demonios
que podrían sumir a la especie humana en el terror y hacer de su misma
existencia algo precario. ¿Tenía y o derecho, en aras de mi propio interés, a dotar
con esta maldición a las generaciones futuras? Me habían conmovido los
sofismas del ser que había creado; sus malévolas amenazas me habían nublado
los sentidos. Pero ahora por primera vez veía claramente lo devastadora que
podía llegar a ser mi promesa; temblaba al pensar que generaciones futuras me
podrían maldecir como el causante de esa plaga, como el ser cuy o egoísmo no
había tenido reparos en comprar su propia paz al precio quizá de la existencia de
todo el género humano.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo y me fallaban las fuerzas cuando, al
levantar la vista hacia la ventana, vi el rostro de aquel demonio a la luz de la luna.
Una horrenda mueca le fruncía los labios, al ver cómo llevaba a cabo la tarea
que él me había impuesto. Sí, me había seguido en mis viajes, había atravesado
bosques, se había escondido en cavernas o refugiado en los inmensos brezales
deshabitados; y venía ahora a comprobar mis progresos y a reclamar el
cumplimiento de mi promesa.
Al mirarlo, vi que su rostro expresaba una increíble malicia y traición.
Recordé con una sensación de locura la promesa de crear otro ser como él, y
entonces, temblando de ira, destrocé la cosa en la que estaba trabajando. Aquel
engendro me vio destruir la criatura en cuy a futura existencia había fundado sus
esperanzas de felicidad, y, con un aullido de diabólica desesperación y venganza,
se alejó.
Salí de la habitación, y, cerrando la puerta, me hice la solemne promesa de
no reanudar jamás mi labor. Luego, con paso tembloroso, me fui a mi
dormitorio. Estaba solo; no había nadie a mi lado para disipar mi tristeza y
aliviarme de la opresión de mis terribles reflexiones.
Pasaron varias horas, y y o seguía junto a la ventana, mirando hacia el mar,
que se hallaba casi inmóvil, pues los vientos se habían calmado y la naturaleza
dormía bajo la vigilancia de la silenciosa luna. Sólo unos cuantos barcos
pesqueros salpicaban el mar, y de vez en cuando la suave brisa me traía el eco
de las voces de los pescadores que se llamaban de una barca a otra. Sentía el
silencio, aunque apenas me daba cuenta de su temible profundidad; hasta que de
pronto oí el chapoteo de unos remos que se acercaban a la orilla, y alguien
desembarcó cerca de mi casa.
Pocos minutos después, oí crujir la puerta, como si intentaran abrirla
silenciosamente. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza; presentí quién sería,
y estuve a punto de despertar a un pescador que vivía en una barraca cerca de la
mía; pero me invadió esa sensación de impotencia que tan a menudo se
experimenta en las pesadillas, cuando en vano se intenta huir del inminente
peligro y los pies rehúsan moverse.
Al poco oí pisadas por el pasillo; se abrió la puerta y apareció el temido
engendro. La cerró, y, acercándoseme, me dijo con voz sorda:
—Has destruido la obra que empezaste; ¿qué es lo que pretendes? ¿Osas
romper tu promesa? He soportado fatigas y miserias; me marché de Suiza
contigo; gateé por las orillas del Rin, por sus islas de sauces, por las cimas de sus
montañas. He vivido meses en los brezales de Inglaterra y en los desérticos
parajes de Escocia. He padecido cansancio, hambre, frío; ¿te atreves a destruir
mis esperanzas?
—¡Aléjate! Efectivamente rompo mi promesa; jamás crearé otro ser como
tú, semejante en deformidad y vileza.
—Esclavo, antes intenté razonar contigo, pero te has mostrado inmerecedor
de mi condescendencia. Recuerda mi fuerza; te crees desgraciado, pero puedo
hacerte tan infeliz que la misma luz del día te resulte odiosa. Tú eres mi creador,
pero y o soy tu dueño: ¡obedece!
—La hora de mi debilidad ha pasado, y con ella la de tu poder. Tus amenazas
no me obligarán a cometer tamaña equivocación; más bien me confirman en mi
propósito de no crear una compañera para tus vicios. ¿Querrías que, a sangre
fría, infectara la Tierra con otro demonio que se complaciera con la muerte y la
desgracia? ¡Aléjate! Estoy decidido, y con tus palabras sólo acrecentarás mi
cólera.
El monstruo vio la determinación en mi rostro y rechinó los dientes con rabia
imponente.
—¿Encontrará todo hombre —gritó— esposa, todo animal su hembra
mientras y o he de permanecer solo? Tenía sentimientos de afecto, que el
desprecio y el odio anularon en mí. Mortal, podrás odiar, pero ¡ten cuidado!
Pasarás tus horas preso de terror y tristeza, y pronto caerá sobre ti el golpe que te
ha de robar para siempre la felicidad. ¿Acaso piensas que puedes ser feliz
mientras y o me arrastro bajo el peso de mi desdicha? Podrás destrozar mis otras
pasiones; pero queda mi venganza, una venganza que a partir de ahora me será
más querida que la luz o los alimentos. Podré morir, pero antes, tú, mi tirano y
verdugo, maldecirás el sol que alumbra tus desgracias. Ten cuidado; pues no
conozco el miedo y soy, por tanto, poderoso. Vigilaré con la astucia de la
serpiente, y con su veneno te morderé. ¡Mortal!, te arrepentirás del daño que me
has hecho.
—Calla, diablo, y no envenenes el aire con tus malvados ruidos. Te he
comunicado mi decisión, y no soy un cobarde al que puedas convencer con tus
amenazas. Déjame; soy implacable.
—Bien. Me iré; pero recuerda: estaré a tu lado en tu noche de bodas.
Abalanzándome sobre él, grité:
—¡Miserable! Antes de firmar mi sentencia de muerte asegúrate de que tú
estás a salvo.
Hubiera querido atacarlo; pero me esquivó, y salió de la casa con rapidez. Al
cabo de pocos instantes lo vi en la barca cruzando las aguas como una saeta, y
pronto se perdió entre las olas.
Volvió a reinar el silencio; pero sus palabras seguían resonando en mis oídos.
Me consumía el deseo de perseguir al asesino de mi tranquilidad y hundirlo en el
océano. Inquieto y preocupado paseaba de un lado a otro de la habitación,
mientras la imaginación me asediaba con mil ideas torturantes. ¿Por qué no lo
había perseguido y entablado con él un combate a muerte? Le había permitido
escapar y ahora se dirigía hacia el continente. Temblaba al pensar en quién sería
la próxima víctima sacrificada a su insaciable venganza. De pronto recordé sus
palabras: «Estaré a tu lado en tu noche de bodas». Esa, pues, era la fecha en la
que se cumpliría mi destino. Entonces moriría y, al tiempo, quedaría satisfecha y
extinguida su maldad. Esto no me asustaba; pero la imagen de mi querida
Elizabeth, derramando lágrimas de inconsolable dolor al ver que su marido le era
arrebatado cruelmente, me hizo, por primera vez en muchos meses, prorrumpir
en llanto, y decidí no sucumbir ante mi enemigo sin luchar.
Terminó la noche, y el sol se levantó por el horizonte. Empecé a
tranquilizarme, si se puede llamar tranquilidad a aquello en lo que nos sumimos
cuando la violencia de la ira deja paso a la desesperación. Abandoné la casa,
horrible escenario de la contienda de la pasada noche, y paseé por la orilla del
mar, que me parecía levantarse como una barrera insuperable entre mis
semejantes y y o; tuve entonces el deseo de que aquello se hiciera realidad.
Acaricié la idea de pasar el resto de mis días en aquella desnuda roca; sería una
existencia penosa, cierto, pero al menos se vería exenta del miedo a cualquier
repentina desgracia. Si me iba, era para morir asesinado, o para ver cómo
perdían la vida, a manos del diablo que y o mismo había creado, aquellos a
quienes más quería.
Vagué por la isla como un fantasma, alejado de todo lo que amaba, y
entristecido por esta separación. Hacia mediodía, cuando el sol estaba en su
cima, me tumbé en la hierba y me invadió un profundo sueño. No había dormido
la noche anterior, tenía los nervios alterados y los ojos irritados por el llanto y la
vigilia. El sueño en el cual me sumí me recuperó; y, al despertar, sentí de nuevo
como si perteneciera a una raza de seres humanos como y o. Me puse a
reflexionar con más serenidad, pero aún resonaban en mi oído, como un toque a
muerto, las palabras del malvado ser; parecían lejanas, como un sueño, pero
eran claras y apremiantes como la misma realidad.
El sol se encontraba y a muy bajo, y y o aún seguía en la play a, saciando el
apetito con unas galletas de avena, cuando vi atracar una barca no lejos de mí. Se
acercó uno de los hombres y me dio un paquete; contenía cartas de Ginebra y
una de Clerval en la que me rogaba me reuniera con él. Decía que hacía casi un
año que habíamos abandonado Suiza, y no habíamos visitado Francia. Me insistía,
por tanto, en que abandonara mi isla solitaria y me reuniera con él en Perth, al
cabo de una semana, y juntos hiciéramos planes para continuar nuestro viaje.
Esta carta me hizo, en parte, volver a la realidad, y decidí que me iría de la isla a
los dos días.
Pero, antes de partir, me esperaba una tarea que me producía escalofríos sólo
de pensar en ello: tenía que empaquetar mis instrumentos de química, para lo
cual era preciso que entrara en la habitación donde había llevado a cabo mi
odioso trabajo, y tenía que tocar aquellos instrumentos, cuy a simple vista me
producía náuseas. Cuando amaneció, al día siguiente, me armé de valor y abrí la
puerta del laboratorio. Los restos de la criatura a medio hacer que había destruido
estaban esparcidos por el suelo y casi tuve la sensación de haber mutilado la
carne viva de un ser humano. Me detuve para sobreponerme, y entré en el
cuarto. Con manos temblorosas saqué los instrumentos de allí; pero pensé que no
debía dejar los restos de mi obra, que llenarían de horror y sospechas a los
campesinos. Por tanto, los metí en una cesta, junto con un gran número de
piedras, y, apartándola, decidí arrojarla al mar aquella misma noche; en espera
de lo cual me fui a la play a a limpiar mi material.
Desde la noche en que apareciera aquel diablo, mis sentimientos habían
cambiado totalmente. Hasta entonces pensaba en mi promesa con profunda
desesperación y la consideraba como algo que debía cumplir, cualesquiera que
fueran las consecuencias. Pero ahora me parecía como si me hubieran quitado
una venda de delante de los ojos y que, por primera vez, veía las cosas con
claridad. Ni por un instante se me ocurrió reanudar mi tarea; la amenaza que
había oído pesaba en mi mente, pero no creía que un acto voluntario por mi parte
consiguiera anularla. Tenía muy presente que, de crear otro ser tan malvado
como el que y a había hecho, estaría cometiendo una acción de indigno y atroz
egoísmo, y apartaba de mis pensamientos cualquier idea que pudiera llevarme a
variar mi decisión.
La luna salió entre las dos y las tres de la madrugada; metí el cesto en un
bote, y me adentré en el mar unas millas. El lugar estaba completamente
solitario; unas cuantas barcas volvían hacia la isla, pero y o navegaba lejos de
ellas. Me sentía como si fuera a cometer algún terrible crimen y quería evitar
cualquier encuentro. De repente, la luna, que hasta entonces había brillado
clarísima, se ocultó tras una espesa nube, y aproveché el momento de tinieblas
para arrojar mi cesta al mar; escuché el gorgoteo que hizo al hundirse y me
alejé. El cielo se ensombreció; pero el aire era límpido aunque fresco, debido a
la brisa del noreste que se estaba levantando. Me invadió una sensación tan
agradable, que me animó y decidí demorar mi regreso a la isla; sujeté el timón
en posición recta, y me tumbé en el fondo de la barca. Las nubes ocultaban la
luna, todo estaba oscuro, y sólo se oía el ruido de la barca cuando la quilla
cortaba las olas; el murmullo me arrullaba, y pronto me quedé profundamente
dormido.
No sé el tiempo que transcurrió, pero cuando me desperté vi que el sol y a
estaba alto. Se había levantado un viento que amenazaba la seguridad de mi
pequeña embarcación. Venía del nordeste, y debía haberme alejado mucho de la
costa donde embarqué; traté de cambiar mi rumbo pero en seguida me di cuenta
de que zozobraría si lo intentaba de nuevo. No tenía más solución que intentar
navegar con el viento de popa. Confieso que me asusté. Carecía de brújula, y
estaba tan poco familiarizado con esta parte del mundo, que el sol no me servía
de gran ay uda. Podía adentrarme en el Atlántico, y sufrir las torturas de la sed y
del hambre, o verme tragado por las inmensas olas que surgían a mi alrededor.
Llevaba y a fuera muchas horas y la sed, preludio de may ores sufrimientos,
empezaba a torturarme. Observé el cielo cubierto de nubes que, empujadas por
el viento, iban a la zaga unas de otras; observé el mar que había de ser mi tumba.
—¡Villano! —Exclamé—, tu tarea está cumplida.
Pensé en Elizabeth, en mi padre, en Clerval; y me sumí en un delirio tan
horrendo y desesperante, que incluso ahora, cuando todo está a punto de terminar
para mí, tiemblo al recordarlo.
Así transcurrieron algunas horas, pero poco a poco, a medida que el sol
caminaba hacia el horizonte, el viento fue remitiendo hasta convertirse en una
suave brisa, y las olas se fueron calmando. Seguía habiendo una fuerte
marejada, me encontraba mal, y apenas podía sujetar el timón, cuando de
pronto divisé hacia el sur una franja de tierras altas. A pesar de lo agotado que
estaba por la fatiga y la terrible emoción que había soportado durante algunas
horas, esta repentina certeza de vida me llenó el corazón de cálida ternura, y las
lágrimas empezaron a correrme por las mejillas.
¡Qué mudables son nuestros sentimientos y que extraño el apego que tenemos
a la vida, incluso en los momentos de máximo sufrimiento! Con parte de mis
vestidos confeccioné otra vela, y me afané por poner rumbo a tierra firme. Tenía
un aspecto rocoso y salvaje, pero así que me acercaba vi claras muestras de
cultivo. Había embarcaciones en la play a, y de pronto me encontré devuelto a la
civilización. Recorrí las ondulaciones de la tierra y divisé al fin un campanario
que asomaba por detrás de una colina. A causa de mi estado de extrema
debilidad, decidí dirigirme directamente al pueblo como el lugar donde más
fácilmente encontraría alimento. Afortunadamente llevaba dinero conmigo. Al
doblar el promontorio vi ante mí un pequeño y aseado pueblo y un buen puerto
en el que entré con el corazón rebosante de alegría tras mi inesperada salvación.
Mientras me ocupaba en atracar la barca y arreglar las velas, varias personas
se aglomeraron a mi alrededor. Parecían muy sorprendidas por mi aspecto, pero
en lugar de ofrecerme su ay uda murmuraban entre ellos y gesticulaban de una
manera que, en otras circunstancias, me hubiera alarmado. Pero en aquel
momento sólo advertí que hablaban inglés, y, por tanto, me dirigí a ellos en ese
idioma.
—Buena gente —dije—, ¿tendrían la bondad de decirme el nombre de este
pueblo e indicarme dónde me encuentro?
—¡Pronto lo sabrá! —contestó un hombre con brusquedad—. Quizá hay a
llegado a un lugar que no le guste demasiado; en todo caso le aseguro que nadie
le va a consultar acerca de dónde querrá usted vivir.
Me sorprendió enormemente recibir de un extraño una respuesta tan áspera;
también me desconcertó ver los ceñudos y hostiles rostros de sus compañeros.
—¿Por qué me contesta con tanta rudeza? —le pregunté—: no es costumbre
inglesa el recibir a los extranjeros de forma tan poco hospitalaria.
—Desconozco las costumbres de los ingleses —respondió el hombre—; pero
es costumbre entre los irlandeses el odiar a los criminales.
Mientras se desarrollaba este diálogo la muchedumbre iba aumentando. Sus
rostros demostraban una mezcla de curiosidad y cólera, que me molestó e
inquietó. Pregunté por el camino que llevaba a la posada; pero nadie quiso
responderme. Empecé entonces a caminar, y un murmullo se levantó de entre la
muchedumbre que me seguía y me rodeaba. En aquel momento se acercó un
hombre de aspecto desagradable y, cogiéndome por el hombro, dijo:
—Venga usted conmigo a ver al señor Kirwin. Tendrá que explicarse.
—¿Quién es el señor Kirwin? ¿Por qué debo explicarme?, ¿no es éste un país
libre?
—Sí, señor; libre para la gente honrada. El señor Kirwin es el magistrado, y
usted deberá explicar la muerte de un hombre que apareció estrangulado aquí
anoche.
Esta respuesta me alarmó pero pronto me sobrepuse. Yo era inocente y podía
probarlo fácilmente; así que seguí en silencio a aquel hombre, que me llevó hasta
una de las mejores casas del pueblo. Estaba a punto de desfallecer de hambre y
de cansancio; pero, rodeado como me encontraba por aquella multitud, consideré
prudente hacer acopio de todas mis energías para que la debilidad física no se
pudiera tomar como prueba de mi temor o culpabilidad. Poco esperaba entonces
la calamidad que en pocos momentos iba a caer sobre mí, ahogando con su
horror todos mis miedos ante la ignominia o la muerte.
Aquí debo hacer una pausa, pues requiere todo mi valor recordar los terribles
sucesos que, con todo detalle, le narraré.
Capítulo 4
Pronto me llevaron ante la presencia del magistrado, un benévolo anciano de
modales tranquilos y afables. Me observó, empero, con cierta severidad, y luego,
volviéndose hacia los que allí me habían llevado, preguntó que quiénes eran los
testigos.
Una media docena de hombres se adelantaron; el magistrado señaló a uno de
ellos, que declaró que la noche anterior había salido a pescar con su hijo y su
cuñado, Daniel Nugent, cuando, hacia las diez, se había levantado un fuerte
viento del norte que les obligó a volver al puerto. Era una noche muy oscura,
pues la luna aún no había salido. No desembarcaron en el puerto sino, como
solían hacer, en una rada a unas dos millas de distancia. Él iba delante con los
aparejos de la pesca, y sus compañeros le seguían un poco más atrás. Andando
así por la play a, tropezó con algún objeto y cay ó al suelo. Sus compañeros se
apresuraron para ay udarlo, y a la luz de las linternas vieron que se había caído
sobre el cuerpo de un hombre que parecía muerto. En un principio supusieron
que era el cadáver de un ahogado que el mar habría arrojado sobre la play a;
pero al examinarlo descubrieron que no tenía las ropas mojadas y que el cuerpo
aún no estaba frío. Lo llevaron de inmediato a casa de una anciana que vivía
cerca e intentaron, en vano, devolverle la vida. Era un joven bien parecido de
unos veinticinco años. Parecían haberlo estrangulado, pues no se apreciaban
señales de violencia salvo la negra huella de unos dedos en la garganta.
La primera parte de esta declaración carecía de todo interés para mí; pero
cuando oí mencionar la huella de los dedos, recordé el asesinato de mi hermano,
y me inquieté en extremo; me temblaban las piernas y se me nubló la vista, de
manera que tuve que apoy arme en una silla. El magistrado me observaba con
atención, e indudablemente extrajo de mi actitud una impresión desfavorable.
El hijo corroboró la declaración de su padre; pero cuando llamaron a Daniel
Nugent juró solemnemente que, justo antes de que tropezara su cuñado, había
visto a poca distancia de la play a una barca en la que iba un hombre solo; y por
lo que había podido ver a la luz de las pocas estrellas, era la misma barca de la
cual y o acababa de desembarcar.
Una mujer declaró que vivía cerca de la play a, y que, una hora antes de
conocer el hallazgo del cadáver, se hallaba esperando a la puerta de su casa la
llegada de los pescadores, cuando vio una barca manejada por un solo hombre,
que se alejaba de aquella parte de la orilla donde luego se encontró el cadáver.
Otra mujer confirmó que, en efecto, los pescadores habían llevado el cuerpo
a su casa y que aún no estaba frío. Lo tendieron sobre una cama y lo
friccionaron, mientras Daniel iba al pueblo en busca del boticario, pero no
pudieron reanimarlo.
Preguntaron a varios otros hombres sobre mi llegada, y todos coincidieron en
que, con el fuerte viento del norte que había soplado durante la noche, era muy
probable que no hubiera podido controlar la barca y me hubiera visto obligado a
volver al mismo lugar de donde había partido. Además, afirmaron que parecía
como si hubiera traído el cuerpo desde otro lugar y que, al desconocer la costa,
me hubiera dirigido al puerto ignorando la poca distancia que separaba el pueblo
de… del sitio donde había abandonado el cadáver.
El señor Kirwin, al oír estas declaraciones, ordenó que se me condujera a la
habitación donde habían depositado el cadáver hasta que se enterrara. Quería
observar la impresión que me produciría el verlo. Probablemente esta idea se le
había ocurrido al observar la gran agitación que había demostrado cuando oí la
forma en que se había cometido el asesinato. Así pues, el magistrado y varias
otras personas me condujeron hasta la posada. No podía dejar de extrañarme
ante las numerosas coincidencias que habían tenido lugar esa fatídica noche;
pero, como recordaba que alrededor de la hora en que había sido descubierto el
cadáver había estado hablando con los habitantes de la isla en la que vivía, estaba
muy tranquilo en cuanto a las consecuencias que aquel asunto pudiera tener.
Entré en el cuarto donde estaba el cadáver y me acerqué al ataúd. ¿Cómo
describir mis sensaciones al verlo? Aún ahora el horror me hiela la sangre, y no
puedo recordar aquel terrible momento sin un temblor que me evoca vagamente
la angustia que sentí al reconocer el cadáver. El juicio, la presencia del
magistrado y los testigos, todo se me esfumó como un sueño cuando vi ante mí el
cuerpo inerte de Henry Clerval. Me faltaba el aliento y, arrojándome sobre su
cuerpo, exclamé:
—¿También a ti, mi querido Henry, te han costado la vida mis criminales
maquinaciones? Ya he destruido a dos; otras víctimas aguardan su destino, ¡pero
tú, Clerval, mi amigo, mi consuelo…!
No pude soportar más el tremendo sufrimiento, y preso de violentas
convulsiones me sacaron de la habitación.
A esto siguió una fiebre. Durante dos meses estuve al borde de la muerte.
Como supe más tarde, deliraba de forma terrible; me acusaba de las muertes de
William, Justine y Clerval. A veces suplicaba a los que me atendían que me
ay udaran a destruir al diabólico ser que me atormentaba; otras notaba los dedos
del monstruo en mi garganta y gritaba aterrorizado. Por fortuna, como hablaba
en mi lengua natal, sólo me entendía el señor Kirwin. Pero mis aspavientos y
gritos agudos bastaban para asustar a los demás.
¿Por qué no morí entonces? Era el más desdichado de los hombres, ¿por qué,
pues, no me hundí en el olvido y el descanso? La muerte arrebata a muchas
criaturas sanas, que son la única esperanza de sus embelesados padres: ¡cuántas
novias y jóvenes amantes estaban un día llenos de salud y esperanza y al
siguiente eran pasto de los gusanos y la descomposición! ¿De qué sustancia
estaba hecho y o para soportar tantas pruebas que, como el continuo girar de la
rueda, iban renovando las torturas?
Pero estaba condenado a vivir, y, pasados dos meses, me encontré, como si
saliera de un sueño, en la cárcel, tumbado en un miserable jergón y rodeado de
cancerberos, guardias y todo aquello que de siniestro acompaña a una
mazmorra. Recuerdo que desperté una mañana; había olvidado los detalles de lo
ocurrido, y tenía sólo el vago recuerdo de haber sufrido una tremenda desgracia.
Pero cuando miré a mi alrededor y vi las ventanas enrejadas y la miseria del
cuarto en que me hallaba, todo se me vino a la mente, y no pude reprimir un
amargo gemido.
El ruido despertó a una anciana que dormía en una silla junto a mí. Era una
enfermera contratada, esposa de uno de los cancerberos, y su rostro demostraba
todos los defectos que a menudo caracterizan a esas personas. Tenía las facciones
duras y toscas como aquellos que se han acostumbrado a ver la miseria sin
conmoverse. Su tono de voz denotaba una total indiferencia; me habló en inglés,
y me pareció reconocerla como la que había oído durante mi enfermedad.
—¿Está usted mejor? —me preguntó.
—Creo que sí —le contesté débilmente en inglés—. Pero si todo esto es cierto,
si no es una pesadilla, lamento volver a la vida para sufrir esta angustia y este
horror.
—Si se refiere a lo del hombre que asesinó —continuó la anciana—, creo que
sí, que más le valdría haber muerto, pues no tendrán ninguna compasión con
usted. Lo ahorcarán cuando lleguen las próximas sesiones. Pero eso no es asunto
mío. Me han encargado de cuidarlo y sanarlo, y tengo la conciencia tranquila
porque he cumplido con mi obligación. ¡Ojalá todos hicieran lo mismo!
Asqueado, volví el rostro ante las palabras de la mujer, que podía hablar tan
inhumanamente a alguien que acaba de escapar de la muerte. Pero estaba muy
débil y no podía reflexionar bien sobre todo lo que había sucedido. Mi vida entera
se me aparecía como una pesadilla; me preguntaba si todo aquello era cierto,
pues los hechos nunca conseguían imponérseme con la fuerza de la realidad.
A medida que las borrosas imágenes que me envolvían se iban haciendo más
precisas, me volvió la fiebre; estaba rodeado de una oscuridad que nadie disipaba
con la dulce voz del afecto; no tenía junto a mí a nadie que me tendiera una
mano. Vino el médico y me recetó unas medicinas, que la anciana se dispuso a
preparar; pero el rostro del primero reflejaba una expresión de total desinterés,
mientras que en el de la mujer se apreciaban claros síntomas de brutalidad ¿A
quién podría incumbirle la suerte de un asesino, salvo al verdugo que cobraría por
su trabajo?
Estos fueron mis primeros pensamientos; pero más tarde supe que el señor
Kirwin había mostrado gran amabilidad para conmigo. Había ordenado que se
me instalara en la mejor celda de la prisión (aunque bien sórdida era), y se había
encargado de procurarme el médico y la enfermera. Cierto que no solía venir a
visitarme; pues, aunque deseaba mitigar los sufrimientos de todo ser humano, no
quería presenciar las angustias y delirios de un asesino. Venía de vez en cuando,
para comprobar que no estaba desatendido; pero se quedaba poco, y espaciaba
mucho sus visitas.
Un día, cuando empezaba a recobrarme, me sentaron en una silla. Tenía los
ojos entornados y las mejillas pálidas, me invadían la tristeza y el abatimiento y
pensaba si no sería mejor buscar la muerte antes que permanecer encerrado o,
en el mejor de los casos, volver a un mundo repleto de desgracias. Consideré
incluso si no sería mejor declararme culpable y sufrir, con más razón que
Justine, el castigo de la ley. Me encontraba pensando en esto, cuando se abrió la
puerta y entró el señor Kirwin. Su rostro denotaba amabilidad y compasión.
Acercó una silla y me dijo en francés:
—Me temo que este lugar le resulte muy desagradable; ¿puedo hacer algo
para que se encuentre más cómodo?
—Se lo agradezco —respondí—; pero la comodidad no me preocupa; no hay
en toda la Tierra nada que me pueda hacer la vida más grata.
—Sé que la comprensión de un extraño poco puede ay udar a alguien hundido
por tan insólita desgracia. Pero confío en que pronto podrá abandonar este
lóbrego lugar, pues indudablemente se podrán aportar pruebas que le eximan de
culpa.
—Eso es algo que no me preocupa; debido a una extraña cadena de
acontecimientos, me he convertido en el más infeliz de los mortales. Perseguido
y atormentado como estoy, ¿existe alguna razón para que tema a la muerte?
—En efecto, pocas cosas habrá más desafortunadas y penosas que las
extrañas coincidencias que han ocurrido recientemente. De forma accidental
vino a parar a esta costa, famosa por su hospitalidad; fue detenido
inmediatamente y culpado de asesinato. La primera cosa que le obligamos a ver
fue el cadáver de su amigo, asesinado de forma inexplicable, y puesto en su
camino por algún criminal.
Esta observación del señor Kirwin, a pesar de la agitación que me produjo el
recuerdo de mis sufrimientos, me sorprendió considerablemente por la
información que parecía entrañar respecto a mí. Mi rostro debió reflejar esta
sorpresa, porque el señor Kirwin se apresuró a añadir:
—Hasta un par de días después de que cay era enfermo, no se me ocurrió
examinar sus ropas con el fin de descubrir algún dato que me permitiera enviar a
sus familiares noticias de su enfermedad. Encontré varias cartas, y entre ellas
una que, a juzgar por el encabezamiento, era de su padre. Escribí de inmediato a
Ginebra, y desde entonces han transcurrido casi dos meses. Pero está usted
enfermo; tiembla. Hay que evitarle cualquier emoción.
—Estas dudas son mil veces más horribles que la peor noticia. Dígame cuál
ha sido la siguiente muerte que ha habido y qué debo llorar.
—Su familia se encuentra bien —dijo el señor Kirwin con dulzura—; y
alguien, un amigo, ha venido a visitarlo.
No sé qué asociación de ideas me hizo pensar que el asesino había venido a
burlarse de mis desgracias y a utilizar la muerte de Clerval de señuelo para que
accediera a sus diabólicos deseos. Tapándome la cara con las manos, exclamé
con desesperación:
—¡Lléveselo! No quiero verlo. Por el amor de Dios, que no entre.
El señor Kirwin me miró sorprendido. No podía por menos de considerar mi
arrebato como prueba de mi culpabilidad, y con tono severo dijo:
—Joven, hubiera creído que la presencia de su padre lo agradaría, en lugar de
inspirarle tan violenta repugnancia.
—¡Mi padre! —exclamé, mientras sentía que cada músculo se relajaba, y en
mi alma la angustia se tornaba en alegría—. ¿Ha venido de verdad mi padre?
¡Qué felicidad! Pero ¿dónde está?, ¿por qué no entra?
El cambio sorprendió y agradó al magistrado; quizá atribuy ó mi anterior
exclamación a un momentáneo retorno del delirio, e instantáneamente recobró
su benevolencia. Levantándose, abandonó la celda con la enfermera, y al
momento entró mi padre.
En ese momento nada podría haberme alegrado más que su llegada.
Tendiendo hacia él los brazos, exclamé:
—¿Entonces estás a salvo?; ¿y Elizabeth?; ¿y Ernest?
Mi padre me tranquilizó, asegurándome que todos estaban bien, e intentó,
hablándome de estos temas tan entrañables para mí, levantarme el ánimo; pero
pronto se dio cuenta de que una cárcel no era el lugar más propicio para la
alegría.
—¡Qué sitio este para vivir, hijo mío! —dijo, observando con tristeza las
enrejadas ventanas y el aspecto siniestro del cuarto—. Partiste de viaje en busca
de distracciones; pero parece perseguirte la fatalidad. ¡Y el pobre Clerval…!
El oír el nombre de mi infeliz compañero fue demasiado para el estado en
que me hallaba, y prorrumpí en llanto.
—¡Padre! —respondí— un destino fatal pende sobre mi cabeza, y debo vivir
para cumplirlo; de no ser por esto, hubiera muerto y a sobre el ataúd de Henry.
No pudimos hablar mucho tiempo, pues mi delicada salud requería que se
tomaran todas las precauciones para asegurarme la tranquilidad. Entró el señor
Kirwin e insistió en que mis escasas fuerzas no admitían tanta emoción. Mas la
presencia de mi padre había sido para mí como la aparición del ángel bueno, y
gradualmente fui recobrándome.
Pero, a medida que mejoraba, me iba invadiendo una sombría melancolía
que nada lograba despejar. La espantosa imagen de Henry asesinado me
rondaba constantemente. Más de una vez la agitación que este recuerdo me
producía les hacía temer a mis amigos que sufriera una nueva recaída. ¿Por qué
se esforzaban en salvar una vida tan miserable y odiosa? Sin duda para
permitirme cumplir el destino del cual y a estoy cerca. Pronto, sí, muy pronto, la
muerte acallará estos latidos y me librará del terrible fardo de angustias que me
doblega hasta el suelo; y, cuando hay a hecho justicia, también y o podré
descansar y a. Pero entonces la muerte se hallaba aún muy lejos de mí, a pesar
de que el deseo de morir ocupaba todos mis pensamientos. A menudo
permanecía sentado, inmóvil y silencioso, esperando alguna inmensa catástrofe
que me aniquilaría a mí a la vez que a mi destructor.
Se acercaba el momento de las sesiones. Ya llevaba en la cárcel tres meses;
y aunque seguía estando muy débil y continuaba el peligro de una recaída, tuve
que viajar unas cien millas hasta la ciudad en la que se encontraba el tribunal. El
señor Kirwin se encargó de convocar a los testigos y de organizar mi defensa.
Me evitaron la vergüenza de aparecer en público como un asesino, puesto que no
llevaron el caso ante el tribunal de convictos de homicidio.
La acusación fue desestimada, al comprobarse que y o estaba en las islas
Orcadas cuando se halló el cadáver de mi amigo; y quince días después de
haberme trasladado a la capital estaba en libertad.
Mi padre tuvo una inmensa alegría al saberme absuelto del cargo de
asesinato, y de pensar que y a podía volver a respirar el aire libre y regresar a
nuestra patria. Yo no compartía estos sentimientos; las paredes de la cárcel no me
resultaban más odiosas que las de un palacio. Mi vida se había visto emponzoñada
para siempre; y, aunque el sol brillaba para mí igual que para aquellos cuy o
corazón rebosara de alegría, a mi alrededor no había más que densas y temibles
tinieblas, en las que la única luz que penetraba la proporcionaban dos ojos
clavados en mí. A veces eran los expresivos ojos de Henry, apagados por la
muerte, las negras órbitas casi ocultas por los párpados, bordeados de largas
pestañas oscuras; otras eran los acuosos ojos del monstruo, tal como los vi la
primera vez en mi cuarto de Ingolstadt.
Mi padre intentaba despertar en mí sentimientos de afecto. Hablaba de
Ginebra, donde pronto llegaríamos, de Elizabeth, de Ernest; pero la mención de
estos nombres sólo lograba arrancarme profundos suspiros. Había veces en que
deseaba ser feliz, y pensaba con melancólica dicha en mi hermosa prima; o
añoraba, con una desesperada nostalgia, ver de nuevo el lago azul y el veloz
Ródano que tanto había querido en mi juventud; pero mi estado general era de
apatía, y tanto me daba la cárcel como el más maravilloso paisaje de la
naturaleza; y estos ataques de pesimismo sólo se veían interrumpidos por el
paroxismo de la angustia y la desesperación. En aquellos momentos, con
frecuencia intentaba poner fin a esa existencia que tanto odiaba; y se precisaron
un cuidado y una vigilancia continuos para impedir que cometiera algún acto de
violencia.
Recuerdo que, al abandonar la cárcel, oí decir a uno de los hombres:
—Puede que sea inocente del crimen, ¡pero está claro que tiene mala
conciencia!
Estas palabras se me quedaron grabadas. ¡Mala conciencia!, era cierto.
William, Justine, Clerval habían muerto víctimas de mis infernales
maquinaciones.
—¿Y cuál será la muerte que ponga fin a esta tragedia? —grité—. Padre, no
permanezcamos más tiempo en este horrible país; llévame donde pueda
olvidarme de mí mismo, de mi propia existencia, del mundo entero.
Mi padre accedió gustoso a mis deseos; y, tras despedirnos del señor Kirwin,
partimos para Dublín. Me sentía como si me hubieran aligerado de un terrible
peso cuando, con viento favorable, la embarcación dejó Irlanda atrás, y
abandoné para siempre el país que había sido el escenario de tantas tristezas.
Era media noche. Mi padre dormía en el camarote, y y o estaba tumbado en
la cubierta, mirando las estrellas y escuchando el batir de las olas. Bendije la
oscuridad que borraba Irlanda de mi vista, y el pulso se me aceleró cuando pensé
que pronto vería Ginebra. El pasado se me antojó una horrible pesadilla; pero el
barco en el que navegaba, el viento que me alejaba de la odiada costa irlandesa
y el mar que me rodeaba, todo servía para indicar claramente que no estaba
engañado y que Clerval, mi queridísimo amigo y compañero, había caído
víctima mía y del monstruo de mi creación. Hice un repaso de toda mi vida: la
tranquila felicidad mientras viví en Ginebra con mi familia, la muerte de mi
madre y mi partida hacia Ingolstadt; recordé los escalofríos que me recorrieron
ante el alocado entusiasmo que me empujaba hacia la creación de mi horrendo
enemigo, y rememoré la noche en que vivió por primera vez. No pude continuar
el hilo de mis pensamientos; me oprimían mil angustias, y lloré amargamente.
Desde que me había repuesto de la fiebre me había acostumbrado a tomar
cada noche una pequeña cantidad de láudano, pues sólo con la ay uda de esta
droga conseguía obtener el descanso necesario para mantenerme con vida.
Torturado por el recuerdo de mis múltiples desgracias, tomé una doble dosis y
pronto me dormí profundamente. Pero el sueño no me liberó de mis
pensamientos ni de mi desgracia, y soñé con mil cosas que me atemorizaban.
Cerca del amanecer tuve una horrible pesadilla: sentí cómo el malvado ser me
oprimía la garganta; y o no me podía librar de su zarpa, y lamentos y alaridos
resonaban en mi cabeza. Mi padre, que velaba mi sueño, advirtió mi inquietud y,
despertándome, me señaló el puerto de Holy head, en el cual estábamos
entrando.
Capítulo 5
Habíamos decidido no pasar por Londres, sino cruzar directamente hacia
Portsmouth, desde donde embarcaríamos para El Havre. Yo prefería este plan,
porque temía volver a ver aquellos lugares en los que, con Clerval, había
disfrutado de algunos momentos de paz. Pensaba con horror en ver de nuevo a
aquellas personas a quienes habíamos visitado juntos, y que podrían hacer
preguntas sobre un suceso cuy o mero recuerdo hacía revivir en mí el dolor que
había sufrido al ver su cuerpo inerte en la posada de…
En cuanto a mi padre, todos sus esfuerzos se encaminaban hacia mi
recuperación y a que mi mente encontrara de nuevo la paz. Sus cuidados y
cariño no tenían límite; mi tristeza y pesadumbre eran tenaces, pero él no se daba
por vencido. A veces pensaba que me sentía avergonzado de verme inmiscuido
en un delito de asesinato, e intentaba convencerme de la inutilidad de la soberbia.
—Padre, ¡qué poco me conoces! —le dije—. Es verdad que el ser humano,
sus sentimientos y sus pasiones se verían humillados si un desgraciado como y o
pecara de soberbia. La pobre e infeliz Justine era tan inocente como y o, y fue
culpada de lo mismo; murió acusada de un acto que no había cometido; y o fui el
culpable, y o la asesiné. William, Justine y Henry …, los tres murieron a manos
mías.
Durante mi encarcelamiento, mi padre me había oído hacer esta afirmación
con frecuencia y, cuando me oía hablar así, a veces parecía desear una
explicación; otras, tomaba mis palabras como ocasionadas por la fiebre,
pensando que durante la enfermedad se me había ocurrido esta idea, cuy o
recuerdo mantenía incluso durante la convalecencia. Yo evitaba las
explicaciones, y guardaba silencio respecto del engendro que había creado. Tenía
el presentimiento de que me tacharía de loco, lo cual me impediría darle una
posible explicación, si bien hubiera dado un mundo por poder confiarle el funesto
secreto.
En esta ocasión, y con profunda sorpresa, mi padre me preguntó:
—¿Qué quieres decir, Víctor?, ¿estás loco? Mi querido hijo, te ruego que no
vuelvas a decir semejante cosa.
—No estoy loco —grité con vehemencia—. El sol y la luna, que han
presenciado mis operaciones, pueden atestiguar lo que digo. Soy el asesino de
esas víctimas inocentes; murieron a causa de mis maquinaciones. Mil veces
habría derramado mi propia sangre, gota a gota, si así hubiera podido salvar sus
vidas; pero no podía, padre, no podía sacrificar a toda la humanidad.
Mis últimas palabras convencieron a mi padre de que tenía las ideas
trastornadas, y al instante cambió el tema de nuestra conversación, intentando
desviar así mis pensamientos. Deseaba borrar de mi memoria las escenas que
habían tenido lugar en Irlanda, y ni aludía a ellas ni me permitía hablar de mis
desgracias. A medida que pasaba el tiempo me fui tranquilizando; la pesadumbre
seguía bien asentada en mi corazón, pero y a no hablaba de mis crímenes de
forma incoherente; me bastaba tener conciencia de ellos. Mediante la más atroz
represión, acallé la imperiosa voz de la amargura, que a veces ansiaba confiarse
al mundo entero. También mi comportamiento se hizo más tranquilo y moderado
de lo que había sido desde mi viaje al mar de hielo. Llegamos a El Havre el 8 de
may o, y proseguimos de inmediato a París, donde mi padre tenía que atender
unos asuntos que nos detuvieron unas semanas. En esta ciudad, recibí la siguiente
carta de Elizabeth.
A Víctor Frankenstein
Mi queridísimo amigo:
Me dio mucha alegría recibir de mi tío una carta fechada en París;
ya no estáis a una distancia tan tremenda y puedo abrigar la
esperanza de veros antes de quince días. ¡Mi pobre primo, cuánto
debes haber sufrido! Me figuro que vendrás aún más enfermo que
cuando te fuiste de Ginebra. El invierno ha sido triste, pues me
turbaba la angustia de la incertidumbre; no obstante espero verte
con el semblante tranquilo y el ánimo no del todo desprovisto de
paz y serenidad.
Temo, sin embargo, que aún existen en ti los mismos sentimientos
que tanto te atormentaban hace un año, quizá incluso avivados por
el tiempo. No quisiera importunarte en estos momentos, cuando
pesan sobre ti tantas desgracias; pero una conversación mantenida
con mi tío antes de su marcha hacen necesarias algunas
explicaciones antes de que nos veamos.
«¿Explicaciones?», te preguntarás. «¿Qué tendrá que explicar
Elizabeth?». Si esto es lo que realmente dices, habrás ya
respondido a mis preguntas y no me resta más que terminar la
carta y firmar tu querida prima. Pero estás muy lejos, y es posible
que temas pero que a la vez agradezcas esta explicación; y
existiendo la posibilidad de que éste sea el caso, no me atrevo a
permanecer más tiempo sin expresarte lo que, durante tu
ausencia, a menudo he querido decirte, sin que jamás haya
encontrado el valor para hacerlo.
Sabes bien, Víctor, que desde nuestra infancia tus padres han
acariciado la idea de nuestra unión. Nos la comunicaron siendo
nosotros muy jóvenes, y nos enseñaron a esperar esto como algo
que con toda seguridad se llevaría a cabo. Fuimos siempre buenos
compañeros de juegos durante nuestra niñez y creo que a medida
que crecimos nos convertimos, el uno para el otro, en estimados y
apreciados amigos. Pero ¿no podría ser el nuestro el mismo caso
que el de los hermanos que, aun cuando sienten un gran cariño, no
desean una unión más íntima entre sí? Dímelo, querido Víctor.
Contéstame, te lo ruego en nombre de nuestra mutua felicidad,
con franqueza: ¿quieres a otra mujer?
Has viajado; has pasado varios años de tu vida en Ingolstadt. Te
confieso, amigo mío, que cuando te vi tan apenado el otoño
pasado, en busca siempre de la soledad y rehuyendo la compañía
de todos, no pude por menos de suponer que quizá lamentaras
nuestra relación y te creyeras obligado por el honor a cumplir los
deseos de tus padres, aunque se opusieran a tus inclinaciones.
Pero es éste un razonamiento falso. Confieso, primo mío, que te
quiero, y que en mis etéreos sueños de futuro tú siempre has sido
mi constante amigo y compañero. Pero es tu felicidad la que deseo
tanto como la mía, cuando te digo que nuestro matrimonio me
haría desgraciada para siempre si no respondiera a tu propia
elección. Lloro de pensar que, abrumado como te encuentras por
tus cruelísimas desdichas, ahogaras, debido a tu idea del honor,
toda esperanza de amor y felicidad que son lo único que puede
hacer que te repongas. Quizá sea precisamente yo, que te amo
tanto, la que esté incrementando mil veces tus sufrimientos, al
ser obstáculo para la realización de tus deseos. Víctor, ten la
seguridad de que tu prima y compañera de juegos te quiere con
demasiada sinceridad como para que esta posibilidad no la
entristezca. Sé feliz, amigo mío; y si acatas ésta mi única
petición, ten la seguridad de que nada en el mundo perturbará mi
tranquilidad.
No dejes que esta carta te preocupe; no contestes ni mañana ni
pasado, ni siquiera antes de tu vuelta si ello te va a resultar
doloroso. Mi tío me informará de tu salud; y si al encontrarnos veo
en tus labios una sonrisa, que se deba a mi actual esfuerzo, no
pediré mayor recompensa.
ELIZABETH LAVENZA
Ginebra, 18 de marzo de 17…
Esta carta me trajo a la memoria algo que había olvidado: la amenaza del
bellaco: «Estaré a tu lado en tu noche de bodas». Esta era mi sentencia, y esa
noche aquel demonio desplegaría todas sus artes para destruirme y arrancarme
el atisbo de felicidad que prometía, en parte, compensar mis sufrimientos. Esa
noche había decidido terminar sus crímenes con mi muerte. ¡Que así fuera!;
tendría entonces lugar un combate a muerte, tras el cual, si él vencía, y o hallaría
la paz, y el poder que ejercía sobre mí acabaría. Si lo derrotaba, sería un hombre
libre. Pero, ¿qué libertad tendría?; la del campesino que, asesinada su familia ante
sus ojos, quemada su casa, destrozadas sus tierras, vaga sin hogar, sin recursos y
solo, pero libre. Tal sería mi libertad, sólo que en Elizabeth poseía un tesoro, por
desventura contrarrestado por los horrores del remordimiento que me
perseguirían hasta la muerte. ¡Dulce y adorable Elizabeth! Leí y releí su carta, y
noté cómo ciertos sentimientos de ternura se adueñaban de mi corazón y osaban
susurrarme idílicas promesas de amor y felicidad; pero la manzana había sido
mordida, y el brazo del ángel se armaba para privarme de toda esperanza. Sin
embargo, estaba dispuesto a morir por conseguir la felicidad de Elizabeth. Si el
monstruo llevaba a cabo su amenaza, la muerte sería inevitable. Recapacitaba
sobre el hecho de que mi matrimonio acelerara mi sino. Ciertamente mi
destrucción se adelantaría así algunos meses; pero, por otra parte, si mi verdugo
llegaba a sospechar que, influido por su amenaza, demoraba la ceremonia,
urdiría otro medio de venganza quizá aún más terrible. Había jurado estar a mi
lado en mi noche de bodas, pero esta amenaza no le obligaba a mantener
entretanto la paz. ¿Acaso no había asesinado a Clerval inmediatamente después
de nuestra conversación, como para indicarme que aún no estaba saciada su sed
de sangre?
Decidí, por tanto, que si el inmediato matrimonio con mi prima iba a suponer
la felicidad de Elizabeth y la de mi padre, las intenciones de mi adversario de
acabar con mi vida no lo retrasarían ni una hora.
En este estado de ánimo escribí a Elizabeth. Mi carta era afectuosa y serena.
« Temo, amada mía —escribí—, que no es mucha la felicidad que nos resta en
este mundo; sin embargo en ti se centra toda la que pueda un día disfrutar. Aleja
de tu pensamiento tus infundados temores; a ti, y sólo a ti consagro mi vida y mis
esperanzas de consuelo. Tengo un solo secreto, Elizabeth, un secreto tan terrible
que cuando te lo revele se te helará la sangre; entonces, lejos de sorprenderte
ante mis sufrimientos, te admirarás de que hay a podido soportarlos. Te
comunicaré esta historia de horrores y desgracias el día siguiente a nuestra boda,
pues debe reinar entre nosotros, mi queridísima prima, una absoluta confianza.
Pero hasta ese momento te ruego que no lo menciones o hagas alusión alguna a
ello. Te lo suplico de corazón, y confío en que así sea» .
Una semana después de recibida la carta de Elizabeth, llegábamos a Ginebra.
Mi prima me recibió con cálido afecto, mas los ojos se le llenaron de lágrimas al
advertir mi aspecto desmejorado y mis febriles mejillas. Ella también estaba
cambiada. Estaba más delgada y había perdido algo aquella deliciosa vivacidad
que tanto me cautivara antes; pero su dulzura y mirada suave llena de compasión
hacían de ella una compañera mucho más idónea para el ser hundido y
apesadumbrado en el que y o me había convertido.
La paz de la que ahora disfrutaba no duró. Los recuerdos me asaltaban de
nuevo, haciéndome enloquecer; y cuando pensaba en todo lo ocurrido perdía por
completo la razón. En ocasiones me poseía una terrible furia, otras me
encontraba abatido y desanimado. Ni hablaba ni miraba a nadie; permanecía
inmóvil, abrumado por el cúmulo de desgracias que se abatían sobre mí.
Sólo Elizabeth conseguía sacarme de estos momentos de depresión; su dulce
voz me serenaba cuando me poseía la cólera, y sabía despertar en mí
sentimientos humanos cuando la apatía hacía de mí su presa. Lloraba conmigo y
por mí. Cuando volvía en razón me regañaba, y se esforzaba por inculcarme
resignación. Mas, si bien los desdichados pueden aprender a resignarse, ¡no hay
paz posible para los culpables! Las torturas del remordimiento envenenan hasta la
tranquilidad que, a veces, procura una tristeza infinita.
Poco después de nuestra llegada, mi padre se refirió a mi próxima unión con
mi prima. Yo permanecía en silencio.
—¿Estás, acaso, enamorado de otra persona? —preguntó.
—En modo alguno —le respondí—. Quiero a Elizabeth, y deseo nuestra boda.
Por tanto, fijemos el día; en él me consagraré, vivo o muerto, a la felicidad de mi
prima.
—Mi querido Víctor, no hables así. Han caído sobre nosotros grandes
desgracias; pero esto debe servir para unirnos aún más a lo que nos queda, y
volcar sobre los que viven el amor que sentíamos por aquellos que y a no están
con nosotros. Nuestro círculo será reducido, pero fuertemente ceñido por los
lazos del afecto y los sufrimientos comunes. Y cuando el tiempo hay a limado tu
desesperación, nacerán nuevos y queridos seres que reemplazarán aquellos que
nos han sido arrebatados de forma tan cruel.
Estos eran los consejos de mi padre, pero no conseguía apartar de mí el
recuerdo de aquella amenaza. Tampoco es de extrañar que, omnipotente como
se había mostrado aquel infame demonio en sus sanguinarias acciones, y o lo
considerara casi invencible, y que, cuando pronunció las terribles palabras
«Estaré a tu lado en tu noche de bodas», considerara la amenaza como inevitable.
La muerte no hubiera supuesto para mi may or desgracia, de no ser porque
arrastraba la pérdida de Elizabeth y, por tanto, coincidí gozoso, incluso alegre, con
mi padre en que, si mi prima aceptaba, celebraríamos la ceremonia al cabo de
diez días; así creía sellar mi suerte.
¡Dios mío!; si por un instante hubiera imaginado las intenciones reales de mi
diabólico adversario, hubiera preferido exiliarme para siempre de mi tierra, y
errar en soledad por el mundo como un renegado, antes que consentir en tan
desdichada unión. Pero, como si posey era poderes mágicos, el monstruo me
había engañado respecto de sus verdaderas intenciones; y mientras creía que
estaba preparando mi propia muerte, lo que hacía era acelerar la de una víctima
muchísimo más querida.
A medida que se aproximaba la fecha de nuestra boda, no sé si debido a una
falta de valor o a algún presentimiento, me sentía más y más deprimido. Pero
ocultaba mis sentimientos bajo muestras de alborozo que llenaban de dicha el
rostro de mi padre, pero apenas si conseguían engañar la mirada más atenta de
Elizabeth. Mi prima esperaba nuestra unión con una serena alegría, no exenta del
temor despertado por las recientes desgracias, de que lo que ahora parecía una
felicidad tangible pudiera desaparecer como un sueño, sin dejar más huella que
un profundo y eterno pesar.
Se hicieron los preparativos para el acontecimiento; recibimos numerosas
visitas que, sonrientes, nos felicitaban. Yo disimulaba cuanto podía la ansiedad
que me corroía el corazón, y acepté con fingido ardor los planes de mi padre,
aunque sólo fueran a servir de decorado para mi tragedia. Se nos compró una
casa no lejos de Cologny [92] , que, por estar cerca de Ginebra, nos permitiría
disfrutar del campo y sin embargo visitar a mi padre cada día, pues él, con el fin
de que Ernest pudiera proseguir sus estudios en la universidad, seguiría viviendo
en la ciudad.
Entretanto, y o tomé todas las precauciones para garantizar mi defensa caso
de que mi enemigo me atacara abiertamente. Llevaba siempre conmigo un
puñal y un par de pistolas, y permanecía alerta para evitar cualquier posible
intento por su parte; de este modo conseguí una may or tranquilidad. Lo cierto es
que así la felicidad que esperaba de mi matrimonio se iba materializando, y al
hablar todos de nuestra unión como algo que ningún acontecimiento podría
impedir, la amenaza se difuminaba y hasta llegué a creerme que carecía de la
suficiente entidad como para alterar mi paz.
Elizabeth parecía contenta, pues mi aspecto sereno contribuía mucho a
calmarla. Pero el día en que se iban a cumplir mis deseos y que iba también a
sellar mi destino, estaba apesadumbrada, como si tuviera algún mal
presentimiento. Quizá también pensara en el terrible secreto que había prometido
contarle al día siguiente. Mi padre sin embargo rebosaba de felicidad y, con el
ajetreo de los últimos momentos, atribuy ó la melancolía de su sobrina al pudor
comprensible de una novia.
Después de la ceremonia, los numerosos invitados se reunieron en casa de mi
padre. Se había decidido que Elizabeth y y o pasaríamos la tarde y la noche en
Evian, y que a la mañana siguiente nos iríamos a Cologny. Hacía un día hermoso
y, y a que el viento era favorable, decidimos ir en barco.
Fueron esos los últimos momentos de mi vida durante los cuales me sentí
feliz. Navegábamos deprisa; el sol calentaba con fuerza, pero nos protegía un
pequeño toldo. Admiramos la belleza del paisaje, costeando las orillas del lago;
un lado nos ofrecía el monte Saléve, las orillas de Montalégre, el maravilloso
Mont Blanc, dominando a distancia el conjunto y las montañas coronadas de
nieve, que en vano intentaba competir con él. Al otro lado quedaba el majestuoso
Jura, con su sombría ladera, que parecía interponerse a la inquietud del que
quisiera abandonar el país y a la intrepidez del invasor que pretendiera
esclavizarlo.
—Estás triste, mi amor. ¡Ay !, si supieras lo que he sufrido y cuánto me queda
aún por pasar, harías que disfrutara de la paz y el sosiego que este día, al menos,
me depara.
—Alégrate, mi querido Víctor —respondió ella—; confío en que no tengas
motivos para entristecerte; y te aseguro que, aunque mi rostro no exprese mi
dicha, mi corazón rebosa de felicidad. Hay algo que me previene en contra de
poner demasiadas esperanzas en el futuro que hoy se abre ante nosotros; pero no
escucharé tan lóbrega voz. Mira la rapidez con que nos movemos y cómo las
nubes, que bien nos ensombrecen, bien rebasan la cima del Mont Blanc, hacen
aún más interesante este hermosísimo paisaje. Observa también los numerosos
peces que nadan en este agua, tan clara, que nos permite ver cada guijarro del
fondo. ¡Qué día tan precioso!; ¡qué tranquila y serena se muestra la naturaleza!
Elizabeth trataba así de alejar nuestros pensamientos de temas dolorosos.
Pero su humor fluctuaba; había instantes en que los ojos le brillaban con alegría,
pero ésta en seguida dejaba paso al ensimismamiento y la abstracción.
El sol comenzaba a declinar. Cruzamos el río Drance y vimos cómo
continuaba su curso por entre los barrancos y vallecillos de las colinas. Aquí los
Alpes se acercan bastante al lago, y poco a poco nos fuimos aproximando al
anfiteatro de montañas que lo cercan por el lado este. El campanario de Evian
brillaba recortado sobre el oscuro fondo de bosques que rodean la ciudad,
custodiada por la cordillera de altas cumbres.
Al anochecer, el viento, que hasta entonces nos había empujado con
asombrosa rapidez, se tornó en una suave brisa que apenas ondulaba las aguas y
movía los árboles suavemente. Nos acercábamos a la orilla desde la que nos
llegaba el más delicioso aroma de flores y heno. El sol se puso en el momento en
que desembarcamos; y al poner pie en tierra, sentí revivir en mí la ansiedad y el
temor, que tan pronto se iban a aferrar a mí para siempre.
Capítulo 6
Eran las ocho cuando desembarcamos. Paseamos unos momentos por la
orilla disfrutando del crepúsculo y luego nos dirigimos a la posada, desde donde
contemplamos la hermosa vista del lago, bosques y montañas, que, envueltas en
la oscuridad, aún mostraban sus negros perfiles.
El viento, que casi había cesado por el sur, se levantó ahora con gran
violencia desde el oeste. La luna, alcanzado su cénit, empezaba a descender; ante
ella, las nubes corrían, más veloces que el vuelo de los buitres, y nublaban sus
ray os; en las aguas del lago se reflejaba el atareado firmamento, de manera aún
más bulliciosa, pues las olas empezaban a crisparse. De pronto cay ó una fuerte
tormenta de agua.
Yo había permanecido tranquilo a lo largo de todo el día, pero, en cuanto la
noche difuminó la forma de las cosas, me asaltaron mil temores. Alerta y lleno
de ansiedad, empuñaba con la mano derecha una pistola que llevaba escondida
en el pecho; el más leve ruido me aterrorizaba; pero decidí que iba a vender cara
mi vida y que no abandonaría la lucha que se avecinaba hasta que o mi
adversario o y o cay éramos.
Elizabeth observó mi agitación en silencio durante algún tiempo. Por fin dijo:
—¿Qué te intranquiliza, mi querido Víctor? ¿Qué es lo que tanto temes?
—Paciencia, querida mía, paciencia —le respondí—. Pasada esta noche, el
peligro habrá acabado. Pero esta noche es terrible, muy terrible.
Transcurrió una hora en esta inquietud; de pronto, pensé en lo espantoso que
le resultaría a mi esposa el combate que esperaba de un momento a otro. Le
rogué que se acostara, dispuesto a no reunirme con ella en tanto no conociera las
intenciones de mi enemigo.
Me quedé solo, y continué durante algún tiempo paseando por los pasillos de
la casa y examinando cada rincón que pudiera servirle de escondrijo a mi
adversario. Pero no descubrí rastro alguno de él; y empezaba a pensar que
alguna providencial casualidad habría intervenido para impedirle llevar a cabo su
amenaza, cuando oí un grito agudo y estremecedor. Venía de la habitación donde
descansaba Elizabeth. Al oírlo comprendí la estremecedora verdad, y me quedé
paralizado; noté cómo la sangre me corría por las venas y me ardía en las puntas
de los dedos. Un instante después escuché un nuevo grito y corrí hacia la alcoba.
¡Dios mío!, ¿cómo no morí entonces? ¿Por qué me hallo aquí narrando la
destrucción de mi may or esperanza, y la muerte de la más pura criatura? Estaba
tendida en el lecho, inánime, la cabeza ladeada, las facciones pálidas y
convulsas, semiocultas por el cabello. Doquiera que vay a veo la misma imagen:
los brazos exangües y el cuerpo lacio, tirado sobre el tálamo nupcial por su
asesino. ¿Cómo pude ver esto y seguir viviendo? ¡Cuán tenaz es la vida, y cómo
se aferra a quienes más la desprecian! En un instante perdí el conocimiento, y
caí al suelo.
Cuando volví en mí, me encontré rodeado de la gente de la posada; sus rostros
demostraban un terror inenarrable; pero su espanto no era más que una parodia,
una sombra de los sentimientos que me oprimían a mí. Escapé hacia la
habitación donde y acía el cuerpo de Elizabeth, mi amor, mi esposa tan querida y
venerada, viva aún pocos momentos antes. No estaba y a en la posición en la que
la había encontrado; tenía ahora la cabeza recostada en un brazo, y el rostro y
cuello ocultos por un pañuelo, y se la podía creer dormida. Corrí hacia ella y la
abracé con ardor, pero la mortal quietud y la frialdad de sus miembros delataban
que lo que estrechaba entre mis brazos y a no era la Elizabeth a quien tanto había
adorado. En su garganta se veían las horrendas señales del diabólico ser, y ni el
menor aliento salía de sus labios.
Mientras con agonizante desesperación me inclinaba sobre ella, levanté la
vista. Me invadió una especie de pánico al ver que la pálida luz de la luna
iluminaba la habitación, pues las contraventanas que se habían cerrado
anteriormente ahora estaban abiertas. Con inexpresable horror vi asomarse a una
de las ventanas el aborrecido y repugnante rostro del monstruo. Esbozó una
mueca burlona mientras señalaba con su inmundo dedo el cadáver de mi esposa.
Me abalancé hacia la ventana y, extray endo del pecho una pistola, disparé; pero
esquivó la bala, y, huy endo del lugar a la velocidad del ray o, se zambulló en las
aguas del lago.
El ruido del disparo atrajo a la gente hacia la habitación. Indiqué el lugar por
donde había desaparecido, y lo seguimos con barcas; echamos incluso redes,
pero todo en vano. Regresamos desesperanzados después de varias horas, la
may oría de mis compañeros convencidos de que el fugitivo era fruto de mi
imaginación. Tras desembarcar, se dispusieron a registrar los alrededores,
organizando distintas patrullas, que se esparcieron por los bosques y viñedos.
No fui con ellos; me encontraba exhausto. Un velo me nublaba la vista, y la
piel me ardía con el calor de la fiebre. En este estado, apenas consciente de lo
que había ocurrido, me tendieron en una cama, desde donde recorría el cuarto
con la mirada en busca de algo que había perdido.
Recordé entonces que mi padre estaría esperando con ansiedad a que
Elizabeth y y o regresáramos, y que ahora debería volver solo. Este pensamiento
me trajo lágrimas a los ojos y di libre curso a mi llanto. Mis errantes
pensamientos iban de un punto a otro, centrándose en mis desgracias, y en lo que
las había ocasionado. Me envolvía una nube de incredulidad y horror. La muerte
de William, la ejecución de Justine, la muerte de Clerval y finalmente la de mi
esposa; ni siquiera sabía si el resto de mis familiares se encontraban a salvo de la
maldad del villano; quizá mi padre se agitaba y a entre las manos asesinas,
mientras Ernest y acía inerte a sus pies. Esta idea me hizo estremecer y me
devolvió a la realidad. Me levanté, y decidí volver a Ginebra de inmediato.
No había caballos disponibles, y tuve que hacer el viaje a través del lago,
aunque el viento no era favorable y llovía torrencialmente. Sin embargo, apenas
había amanecido y podía confiar en estar en casa por la noche. Contraté algunos
remeros, y y o mismo tomé uno de los remos, pues siempre había notado que el
ejercicio físico paliaba los sufrimientos del espíritu. Pero lo inmenso de mi pesar
y el exceso de agitación que había padecido me impedían cualquier esfuerzo.
Dejé el remo, y apoy ando la cabeza entre las manos me abandoné al dolor. Al
levantar la vista veía los parajes que me eran familiares de los tiempos lejanos
de mi felicidad, y que aún el día anterior había contemplado con la que ahora no
era sino una sombra y un recuerdo. Lloré amargamente. La lluvia había cesado
unos instantes, y vi los peces jugando en el agua igual que lo habían hecho pocas
horas antes bajo la mirada de Elizabeth. Nada hay tan doloroso para la mente
humana como un cambio brusco y profundo. Podía brillar el sol, o las nubes
ensombrecer el cielo; para mí y a nada podía volver a ser lo mismo que el día
anterior. Un infame me había arrebatado todas mis esperanzas de felicidad. No
habrá habido jamás criatura tan desgraciada como y o; suceso tan espeluznante
es único en la historia del hombre.
Pero para qué narrar los acontecimientos que siguieron a esta tragedia. El
horror ha llenado toda mi vida; había llegado al punto culminante del sufrimiento,
y lo que resta no puede más que aburrirle. Uno a uno me fueron arrebatados
aquellos a quienes amaba; y me quedé solo. No tengo y a fuerzas; y explicaré lo
que queda de mi horrenda narración en pocas palabras.
Llegué a Ginebra. Mi padre y Ernest aún vivían; pero el primero se hundió
ante la trágica nueva que traía. ¡Cómo le recuerdo!, ¡padre bondadoso y
amable!; la luz huy ó de sus ojos, pues habían perdido a aquella a quien adoraban:
Elizabeth, su sobrina, más que una hija para él, a la cual quería con todo el cariño
que siente un hombre que, próximo el fin de sus días, y teniendo pocos seres a
quienes dedicar su afecto, se aferra con may or intensidad a aquellos que le
quedan. ¡Maldito, maldito villano que llenó de tristeza sus canas y le hizo morir de
dolor! No podía vivir bajo el tormento de los horrores que se acumulaban en
torno suy o; sufrió una hemorragia cerebral, y murió en mis brazos al cabo de
unos días.
¿Qué fue entonces de mí? No lo sé; perdí la noción de todo, y me vi envuelto
en cadenas y tinieblas. Soñaba, a veces, que con los amigos de juventud vagaba
por alegres valles y prados llenos de flores; pero despertaba una y otra vez en la
misma celda. A esto seguía la melancolía, pero poco a poco fui cobrando una
idea exacta de mis aflicciones y de mi situación, y por fin me liberaron. Me
habían creído loco y, como supe más tarde, durante muchos meses estuve
encerrado en una celda solitaria.
Pero la libertad hubiera sido un fútil regalo, si al recobrar la razón no hubiera
recobrado a la vez un deseo de venganza. Así que iba recuperando el recuerdo de
mis desdichas, empecé a pensar en su causa: el monstruo que había creado, el
miserable demonio que, para mi ruina, había traído al mundo. Al pensar en él,
me invadía una enloquecedora furia y entonces, deseando que cay era en mis
manos, rezaba para que así fuera y pudiera desatar sobre su infame cabeza una
inmensa y mortal venganza.
Mi cólera no se satisfizo mucho tiempo con inútiles deseos; empecé a pensar
en cómo podía perseguirlo; a este fin, un mes después de puesto en libertad, me
dirigí a uno de los jueces de la ciudad, diciéndole que quería formular una
acusación; dije que conocía al asesino de mis familiares, y que le rogaba que
ejerciera toda su autoridad para que se le detuviera.
Me escuchó con benevolencia e interés.
—Esté usted seguro —dijo— de que no ahorraré esfuerzos para encontrar al
villano.
—Le quedo muy agradecido —respondí—. Escuche, pues, la declaración que
voy a hacer. Es en verdad una historia tan extraña que temería que usted no me
crey era, de no ser porque hay algo en las verdades, por insólitas que parezcan,
que fuerzan la convicción. Mi relato es demasiado coherente como para que
pueda tomarse por un sueño, y no tengo motivos para mentir.
De esta forma me dirigí a él, con voz tranquila pero seria; había decidido
perseguir a mi destructor hasta la muerte, y este propósito calmaba mi angustia y
me reconciliaba un poco con la vida. Narré mi historia brevemente, pero con
firmeza y precisión, dando fechas exactas y sin desviarme del tema para
lamentarme de los hechos.
Al principio, el magistrado demostraba una total incredulidad, pero a medida
que proseguía escuchó con may or atención e interés; hubo momentos en que lo
vi estremecerse, otros en que su rostro denotaba un vivo asombro, exento de
escepticismo[93] .
Al concluir mi relato, dije:
—Este es el ser al que acuso, y en cuy a detención y castigo le ruego ejerza
su máxima autoridad. Es su deber como magistrado, y creo y espero que sus
sentimientos como hombre no rehusarán cumplir con él en esta ocasión.
Estas últimas palabras provocaron un sensible cambio en la expresión del
magistrado. Había escuchado mi relato con ese tipo de credulidad que producen
las narraciones de fantasmas y sucesos sobrenaturales; pero cuando le requerí
que actuara de forma oficial, volvió a desconfiar. Sin embargo, me respondió
templadamente:
—Con gusto le ay udaría en lo que me fuera posible; pero el ser de quien usted
me habla parece estar dotado de unos poderes que harían inútiles todos mis
esfuerzos. ¿Quién puede perseguir a un animal capaz de atravesar el mar de
hielo, habitar en grutas y cavernas, donde ser humano jamás osaría entrar?
Además, han pasado algunos meses desde que cometió sus crímenes y es
imposible saber a dónde huy ó o en qué lugar se halla actualmente ahora.
—No dudo de que ronda el lugar en el que y o me encuentro. Y caso de
haberse refugiado en los Alpes, se le puede dar caza como si fuera una gamuza y
destruirlo como a una bestia feroz.
Pero leo su pensamiento; no cree mi relato, y no tiene la intención de
perseguir a mi enemigo y aplicarle el castigo que merece.
Al hablar, tenía los ojos encendidos de cólera, y el magistrado se asustó.
—Está usted equivocado —dijo—. Haré todo lo que esté en mi mano y, si
logro capturar al monstruo, sepa que será castigado de acuerdo con sus crímenes.
Pero temo, por lo que usted mismo ha descrito sobre su resistencia, que esto
resulte imposible, y que a la par que se toman las medidas necesarias, usted se
debería resignar al fracaso.
—Eso no es posible; pero nada de lo que diga puede servirme de mucho. Mi
venganza no es de su incumbencia; y sin embargo, aunque reconozca en ello un
vicio, le confieso que es la única y devoradora pasión de mi espíritu. Mi ira no
tiene límites, cuando pienso que el asesino, que lancé entre la sociedad, sigue con
vida. Me niega usted mi justa petición; me queda un único camino, y desde ahora
me dedicaré, vivo o muerto, a conseguir su destrucción.
Temblaba al decir esto; mi actitud debía rezumar aquel mismo frenesí y
altivo fanatismo que se dice tenían los antiguos mártires. Pero para un magistrado
ginebrino, cuy os pensamientos están muy lejos de los ideales y heroísmos, esta
grandeza de espíritu debía asemejarse mucho a la locura. Intentó apaciguarme
como haría una niñera con una criatura, y achacó mi relato a los efectos del
delirio.
—¡Mortal! —exclamé—, está endiosado con su sabiduría, mas cuánta
ignorancia demuestra. ¡Calle!; no sabe lo que dice.
Salí de la casa tembloroso e iracundo, y me retiré a pensar en otros medios
de acción.
Capítulo 7
Mi estado era tal que no lograba controlar voluntariamente el pensamiento.
Me inundaba la ira, y sólo el deseo de venganza me proporcionaba fuerza y
comedimiento, reprimía mis sentimientos y me permitía estar sereno y
calculador en momentos en que, de otro modo, me hubiera abandonado al delirio
y a la muerte. Mi primera decisión fue abandonar Ginebra para siempre; mis
desgracias hicieron que aborreciese la patria que tan intensamente había amado
cuando era feliz y querido. Me hice con una importante cantidad de dinero, y
algunas joy as que habían pertenecido a mi madre, y partí.
Y aquí empezó una peregrinación que sólo con mi muerte terminará. He
recorrido una inmensa parte del mundo, y he sufrido todas las penurias que
suelen tener que afrontar los viajeros en los desiertos y en las tierras salvajes.
Apenas sé cómo he sobrevivido; con frecuencia me he tendido desfallecido sobre
la arena, rogando que me sobreviniera la muerte. Pero las ansias de venganza
me mantenían vivo; no me atrevía a morir si mi enemigo continuaba con vida.
Al abandonar Ginebra, mi primer quehacer fue encontrar algún indicio que
me permitiera seguir los pasos de mi infame enemigo. Pero estaba desorientado,
y anduve por la ciudad durante muchas horas dudando sobre qué dirección
tomar. Cuando empezaba a anochecer, me encontré en el cementerio donde
reposaban William, Elizabeth y mi padre. Entré, y me acerqué a sus tumbas.
Reinaba el silencio, turbado tan sólo por el murmullo de las hojas que el viento
agitaba suavemente; era y a casi de noche, y la escena hubiera resultado solemne
y conmovedora incluso para un observador ajeno a ella. Los espíritus de mis
difuntos parecían rodearme, proy ectando una sombra invisible pero palpable en
torno a mi cabeza.
La honda tristeza que en un principio esta escena me había provocado pronto
dio paso a la ira y a la desesperación. Ellos estaban muertos, y sin embargo y o
vivía; también vivía su asesino, y para aniquilarlo debía y o continuar mi tediosa
existencia. Arrodillado en la hierba, besé la tierra y, con labios temblorosos, grité:
—Por la sagrada tierra en la que estoy postrado, por los espíritus que me
rodean, por el profundo y eterno dolor que siento, por ti, oh noche, y por los
fantasmas que te pueblan, juro perseguir a ese demonio, que ocasionó estas
desgracias, hasta que uno de los dos sucumba en un combate a muerte. A este fin
preservaré mi vida; para ejecutar esta cara venganza volveré a ver el sol y pisar
la verde hierba, de todo lo cual, de otro modo, prescindiría para siempre. Y y o os
conjuro, espíritus de los muertos, y a vosotros, errantes administradores de
venganza, a que me ay udéis y orientéis en mi tarea. ¡Que el maldito e infernal
monstruo beba de la copa de la angustia y sienta la misma desesperación que
ahora me atormenta!
Había comenzado el juramento en tono solemne, y con un fervor, que me
hizo pensar que los espíritus de mis familiares asesinados escuchaban y
aprobaban mi devoción; pero así que concluí, las Furias[94] se apoderaron de mí,
y la ira ahogaba mis palabras.
Desde la profunda quietud de la noche, me llegó entonces una estruendosa y
diabólica carcajada. Resonó en mis oídos larga y dolorosamente; los montes me
devolvieron su eco, y sentí que el infierno me rodeaba burlándose y riéndose de
mí. En aquel momento, de no ser porque aquello significaba que mi juramento
había sido escuchado y que me aguardaba la venganza, me hubiera dejado
dominar por el frenesí y hubiera acabado con mi existencia miserable [95] . La
carcajada se fue extinguiendo, y una voz, familiar y aborrecida, me susurró con
claridad, cerca del oído:
—¡Estoy satisfecho, miserable criatura! Has decidido vivir, y eso me
satisface.
Corrí hacia el lugar de donde procedía el sonido, pero aquel demonio me
eludió. De pronto salió la luna, iluminando su horrenda y deforme silueta, que se
alejaba con velocidad sobrenatural.
Lo perseguí; y desde hace varios meses ese es mi objetivo. Siguiendo una
vaga pista, recorrí el curso del Ródano, pero en vano; hasta llegar a las azules
aguas del Mediterráneo. Casualmente, una noche vi cómo el infame ser
abordaba y se escondía en un bajel con destino al Mar Negro. Zarpé en el mismo
barco; pero escapó, ignoro cómo.
Aunque continuaba esquivándome, seguí sus pasos por las estepas de Tartaria
y de Rusia. A veces, campesinos, atemorizados por su horrenda aparición, me
informaban de la dirección que había tomado; otras, él mismo, temeroso de que
si perdía toda esperanza me desesperara y muriera, dejaba tras de sí algún
indicio para que me guiara. Cuando cay eron las nieves, hallé en la llanura la
huella de su gigantesco pie. Para usted, que se encuentra comenzando la vida,
que desconoce el sufrimiento y el dolor, es imposible saber lo que he padecido y
aún padezco. El frío, el hambre y la fatiga eran los males menores que hube de
aguantar; me maldijo un demonio, y llevo un infierno dentro de mí; sin embargo,
algún espíritu bueno siguió y dirigió mis pasos, y me libraba de pronto de
dificultades aparentemente insalvables. A veces, cuando vencido por el hambre
me encontraba y a exhausto, encontraba en el desierto una comida reparadora
que me devolvía las energías y me prestaba de nuevo aliento; eran alimentos
toscos, del tipo que tomaban los campesinos de la región, pero no dudo de que los
había depositado allí el espíritu que había invocado en mi ay uda. Muchas veces,
cuando todo estaba seco, el cielo despejado y y o me encontraba sediento,
aparecía una pequeña nube en el firmamento que, tras dejar caer algunas gotas
para reavivarme, desaparecía.
Cuando podía, seguía el curso de los ríos; pero el infame engendro solía
evitarlos por ser los lugares más poblados por los habitantes del país. En los
lugares donde encontraba pocos seres humanos me alimentaba de los animales
salvajes que se cruzaban en mi camino. Tenía dinero, y me ganaba las simpatías
de los campesinos distribuy éndolo, o repartiendo, entre aquellos que me habían
permitido el uso de su fuego y utensilios de cocina, la caza que, tras separar la
porción que destinaba a mi alimento, me sobraba.
Esta vida me asqueaba, y únicamente mientras dormía saboreaba algo de
alegría. ¡Bendito sueño! A menudo, encontrándome en el límite de mi angustia,
me tendía a dormir, y los sueños me proporcionaban la ilusión de felicidad. Los
espíritus que velaban por mí me deparaban estos momentos, mejor dicho, estas
horas de felicidad, a fin de que pudiera retener las fuerzas suficientes para
proseguir mi peregrinación. De no ser por este respiro, hubiera sucumbido bajo
mis angustias. Durante el día, me mantenía y animaba la perspectiva de la
noche, pues en mis sueños veía a mis familiares, a mi esposa y a mi amado país;
veía de nuevo la bondadosa faz de mi padre, oía la cristalina voz de Elizabeth y
encontraba a Clerval rebosante de salud y juventud.
Muchas veces, extenuado por una caminata agotadora, intentaba
convencerme mientras andaba de que estaba soñando y que cuando llegara la
noche despertaría a la realidad en brazos de los míos. ¡Qué punzante cariño sentía
hacia ellos!; ¡cómo me aferraba a sus queridas siluetas, cuando a veces me
visitaban, incluso estando despierto, e intentaba convencerme de que aún estaban
con vida! En aquellos momentos, la venganza que me corroía el corazón se
aplacaba, y continuaba mi camino hacia la destrucción de aquel demonio más
como un deber impuesto por el cielo, como el impulso mecánico de un poder del
cual era inconsciente, que como el ardiente deseo de mi espíritu.
Desconozco los sentimientos de aquel a quien perseguía. A veces dejaba
cosas escritas en los troncos de los árboles o talladas en la piedra, que me guiaban
o avivaban mi cólera. « Mi reinado aún no ha acabado —estas eran las palabras
que se leían en una de las inscripciones—; sigues viviendo y mi poder es total.
Sígueme; voy hacia el norte en busca de las nieves eternas, donde padecerás el
tormento del frío y el hielo al que y o soy insensible. Si me sigues de cerca,
encontrarás no lejos de aquí una liebre muerta; come y recupérate. ¡Adelante,
enemigo!; aún nos queda luchar por nuestra vida; pero hasta entonces te esperan
largas horas de sufrimiento» .
¡Demonio burlón! De nuevo juro vengarme; de nuevo te condeno, miserable
criatura, a atormentarte hasta la muerte. Nunca abandonaré mi persecución
hasta que uno de los dos muera; y entonces, ¡con qué júbilo me reuniré con
Elizabeth y aquellos que y a me preparan la recompensa por mis fatigas y
sombrío peregrinaje!
A medida que avanzaba hacia el norte, la nieve aumentaba, y el frío era tan
intenso que apenas si podía soportarse. Los campesinos permanecían encerrados
en sus chozas, y sólo algunos de los más fornidos se aventuraban en busca de los
animales que el hambre forzaba a salir de sus guaridas. Los ríos se habían helado
y al no poder pescar me encontré privado de mi principal alimento.
La victoria de mi enemigo se consolidaba, así que aumentaban mis
dificultades. Otra inscripción que me dejó decía: « ¡Prepárate!: tus sufrimientos
no han hecho más que empezar. Abrígate con pieles, y aprovisiónate, pues pronto
iniciaremos una etapa en la que tus desgracias satisfarán mi odio eterno» .
Estas burlonas palabras reavivaron mi valor y perseverancia. Decidí no fallar
en mi resolución; e, invocando la ay uda de los cielos, continué con infatigable
ahínco cruzando aquella desértica región hasta que, en la lejanía, apareció el
océano, último límite en el horizonte. ¡Qué distinto de los azules mares del sur!
Cubierto de hielo, sólo se diferenciaba de la tierra por una may or desolación y
desigualdad. Los griegos lloraron de emoción al ver el Mediterráneo desde las
colinas de Asia [96] , y celebraron con entusiasmo el fin de sus vicisitudes. Yo no
lloré; pero me arrodillé y, con el corazón rebosante, agradecí a mis espíritus el
que me hubieran guiado sano y salvo hasta el lugar donde esperaba, pese a las
burlas de mi enemigo, poder enfrentarme con él.
Hacía algunas semanas que me había procurado un trineo y unos perros, lo
que me permitía cruzar la nieve a gran velocidad. Ignoraba si aquel infame ser
disfrutaba de la misma ventaja que y o; pero vi que, así como antes había ido
perdiendo terreno, ahora me iba acercando más a él; tanto es así, que cuando
divisé el océano sólo me llevaba un día de ventaja y esperaba poder alcanzarlo
antes de llegar a la orilla. Con renovado valor proseguí mi carrera, y al cabo de
dos días llegué a una miserable aldea de la costa. Pregunté a los habitantes por
aquel villano y me dieron datos precisos. Un gigantesco monstruo, dijeron, había
llegado la noche anterior, armado con una escopeta y varias pistolas, haciendo
huir, atemorizados ante su espantoso aspecto, a los habitantes de una solitaria
cabaña. Les había robado sus provisiones para el invierno, y las había puesto en
un trineo, al cual ató varios perros amaestrados que asimismo robó. Esa misma
noche, y ante el alivio de aquellas asustadas personas, había reanudado su viaje
sobre el helado océano en dirección a un punto donde no había tierra alguna;
suponían que pronto sería destruido por alguna de las grietas que con frecuencia
se abrían en el hielo, o que moriría de frío.
Al oír esto, sufrí un ataque momentáneo de desesperación. Había conseguido
escapar de mí; y y o debía ahora emprender un viaje peligroso e interminable a
través de las montañas de hielo del océano, bajo los rigores de un frío que pocos
indígenas podían soportar, y que y o, nativo de una tierra cálida y soleada, no
resistiría. Pero, ante la idea de que aquel engendro viviera y venciera, se me
avivó de nuevo la ira y el ansia de venganza y, cual poderoso alud, barrieron mis
otros sentimientos. Tras un breve descanso, durante el cual me visitaron los
espíritus de mis difuntos y me animaron a la venganza, me preparé para el viaje.
Cambié el trineo de tierra por uno adecuado a las irregularidades del océano
helado; y, después de comprar una buena cantidad de provisiones, abandoné
tierra firme tras de mí.
No puedo calcular los días que han pasado desde entonces; pero he padecido
torturas que, de no ser por el eterno sentimiento de una justa retribución que me
inflama el corazón, nada hubiera podido hacerme padecer. Con frecuencia
inmensas y escarpadas montañas de hielo me cerraban el camino, y muchas
veces oía rugir, amenazante, una mar gruesa. Pero las constantes heladas
garantizaban la solidez de las sendas del mar.
A juzgar por la cantidad de provisiones consumidas, debían haber transcurrido
tres semanas. Más de una vez, la continua demora en alcanzar lo que tanto deseo,
esperanza que me acompaña siempre, me arrancaba lágrimas de dolor. En una
ocasión la desesperación casi se adueñó de mí, y estuve a punto de sucumbir; los
pobres animales que me arrastraban habían alcanzado con esfuerzo increíble la
cima de una montaña, muriendo uno de ellos de fatiga, y y o contemplaba con
angustia la inmensidad del hielo ante mí, cuando de pronto divisé un minúsculo
punto oscuro en la distancia. Agudicé la vista para adivinar lo que era, y
prorrumpí en una jubilosa exclamación al distinguir un trineo y las deformes
proporciones de aquella figura tan conocida. ¡Con qué ardor volvió la esperanza a
mi corazón! Cálidas lágrimas brotaron de mis ojos, aunque las enjuagué con
rapidez para que no me hicieran perder de vista aquella infame criatura; pero las
ardientes gotas seguían nublándome la visión y, finalmente, bajo la emoción que
me embargaba, prorrumpí en llanto.
No era éste momento para entretenerme; desaté los arneses del perro
muerto, di de comer a los restantes en abundancia y, tras descansar una hora, lo
cual era imprescindible, aunque estaba inquieto por continuar, proseguí mi
camino. Aún veía el trineo en la lejanía; no volví a perderlo de vista, excepto
cuando algún saliente de las rocas de hielo lo ocultaba. Iba ganándole terreno; y
cuando, al cabo de dos días, me encontré a menos de una milla de mi enemigo,
temí que el corazón me estallara de alegría.
Pero, justo entonces, cuando estaba a punto de darle alcance, mis esperanzas
se vieron de pronto truncadas, y perdí todo rastro de él. Empecé a oír el bramido
del mar; las olas se abatían furiosamente bajo la capa de hielo, y notaba cómo se
henchían y se hacían más amenazadoras y terribles. En vano intenté proseguir. El
viento se levantó; el mar rugía; y, como con la tremenda sacudida de un
terremoto, se abrió el hielo con un ruido atronador. Pronto concluy ó todo; en
pocos minutos, un agitado mar me separó de mi enemigo, y me hallé flotando
sobre un témpano de hielo, que menguaba por momentos y me preparaba una
horrenda muerte.
Así pasaron horas terribles; murieron varios de mis perros; y y o estaba a
punto de sucumbir, cuando divisé su navío, que navegaba sujeto por el ancla y
me devolvió la esperanza de vivir. Ignoraba que los barcos se aventuraran tan al
norte y me sorprendió verlo; rápidamente destruí una parte de mi trineo para
hacer con él unos remos y así pude, con enorme esfuerzo, acercar mi
improvisada balsa hacia el barco. Había decidido que, caso de que ustedes se
dirigieran hacia el sur, me encomendaría a la clemencia de los mares antes que
desistir de mi propósito. Esperaba poder convencerlo de que me diera un bote
con el cual pudiera aún perseguir a mi enemigo. Pero iban hacia el norte. Me
subieron a bordo cuando mis fuerzas estaban y a agotadas, y cuando mis
múltiples desgracias me arrastraban hacia una muerte que aún no deseo, pues mi
tarea está inconclusa.
¿Cuándo me permitirán gozar del descanso que tanto anhelo los espíritus que
me guían hacia el infame ser?; ¿o es que y o debo morir y él sobrevivirme? Si así
fuere, júreme Walton, que no lo dejará escapar; júreme que usted lo acosará, y
llevará a cabo mi venganza dándole muerte. ¿Pero puedo pedirle que asuma mi
peregrinación, que sufra las penurias que y o he pasado? No; no soy tan egoísta.
Pero, cuando y o hay a muerto, si él apareciese, si los dioses de la venganza lo
condujeran ante usted, júreme que no vivirá; júreme que no triunfará sobre mis
desgracias, y que no podrá hacer a otro tan desgraciado como me hizo a mí. Es
elocuente y persuasivo; incluso una vez logró enternecerme el corazón; pero
desconfíe de él. Tiene el alma tan inmunda como las facciones, y repleta de
maldad y traición. No lo escuche; invoque a William, Justine, Clerval, Elizabeth,
mi padre y al infeliz Víctor, y húndale la espada en el corazón. Yo me encontraré
a su lado para dirigir el acero[97] .
Prosigue la narración de Walton:
26 de agosto de 17…
Has leído este extraño e impresionante relato, Margaret; ¿no sientes que,
como a mí aún ahora, se te hiela la sangre en las venas? Había veces en que el
sufrimiento lo vencía, y no podía continuar su narración; otras, con voz
entrecortada y conmovedora, pronunciaba con dificultad las palabras tan repletas
de dolor. A veces los ojos hermosos y expresivos le brillaban con indignación;
otras, el dolor los apagaba y llenaba de tristeza. A veces podía controlar sus
sentimientos y palabras y narraba los más horrendos sucesos con voz serena,
suprimiendo toda señal de agitación; pero de pronto, como un volcán en erupción,
su rostro tomaba una expresión de fiereza, y, lanzaba mil insultos contra su
perseguidor.
La historia es coherente y la ha contado con la naturalidad que da la verdad
más sencilla; pero te confieso que las cartas de Félix y Safie, que me enseñó, y la
visión del monstruo que tuvimos desde el barco, me convencieron más que todas
sus afirmaciones, por muy coherentes y convincentes que parecieran. No tengo
ninguna duda, pues, de que existe semejante monstruo; pero sin embargo estoy
lleno de asombro y admiración. He intentado que Frankenstein me cuente en
detalle la creación del ser; pero sobre este punto permaneció inescrutable.
—¿Está usted loco, amigo mío? —me contestó—. ¿Hasta dónde le va a llevar
su absurda curiosidad? ¿Es que quiere crear, también, un ser diabólico, enemigo
suyo y del mundo? Si no, ¿a dónde quiere ir a parar con sus preguntas? ¡No
insista! Aprenda de mis sufrimientos, y no se empeñe en aumentar los suyos.
Frankenstein observó que tomaba notas de su narración; quiso verlas, y él
mismo las corrigió y aumentó en muchos puntos; sobre todo en los diálogos con su
enemigo, a los que dotó de mayor autenticidad.
—Ya que ha anotado usted mi narración —dijo—, no quisiera que la posteridad
la heredara en forma mutilada.
Así ha transcurrido una semana, escuchando la historia más extraña que jamás
hubiera podido concebir imaginación alguna. El interés que siento por mi huésped,
y que ha despertado tanto su relato como la nobleza y dulzura de su carácter, me
ha seducido la mente y el alma por completo.
Quisiera ayudarlo; pero ¿cómo aconsejar que siga viviendo a alguien tan
infeliz y carente de toda esperanza? La única dicha de que puede gozar es la que
experimentará preparando su dolorida alma para la paz y la muerte. Disfruta,
empero, de algún consuelo, fruto de la soledad y el delirio: cree, cuando en
sueños conversa con los seres que le fueron queridos, y obtiene de esa
comunicación cierto alivio para su sufrimiento o ánimo para la venganza, no que
sean creaciones de su fantasía, sino que ciertamente son seres reales que, desde el
más allá, vienen a visitarlo. Esta fe da a sus delirios una solemnidad que hace que
me resulten casi tan imponentes e interesantes como la verdad misma.
Nuestras conversaciones no se limitan tan sólo a su historia y la de sus
desgracias. Demuestra poseer un gran conocimiento de la literatura, y una aguda
y rápida percepción. Su elocuencia cautiva y conmueve; hasta el punto de que,
cuando narra un episodio patético, o intenta provocar la piedad o el cariño, no
puedo escucharlo sin que los ojos se me llenen de lágrimas. ¡Qué magnífico
hombre debió ser en sus tiempos de felicidad para mostrarse tan noble aun en la
desgracia! Parece tener conocimiento de su propia valía, y de la magnitud de su
ruina.
—Cuando era joven —me dijo un día— sentía como si hubiera nacido para
llevar a cabo grandes cosas. Tengo una naturaleza sensible; pero poseía entonces
una serenidad de juicio que me capacitaba para triunfar. Este convencimiento de
mi valía me ha sostenido en situaciones en que otros hubieran sucumbido; pues me
parecía poco digno malgastar en vanas lamentaciones unos talentos que podían
ser de utilidad a mis semejantes. Cuando recuerdo lo que he conseguido, nada
menos que la creación de un ser racional y sensible, no me puedo considerar
simplemente como uno más entre el conjunto de científicos. Pero esta sensación,
que me sostenía al principio de mi carrera, ahora sólo sirve para hundirme más en
la miseria. Todas mis esperanzas y proyectos no son nada, y, como el arcángel que
aspiraba al poder supremo, me encuentro ahora encadenado en un infierno
eterno. Tenía una viva imaginación y a la vez una gran capacidad de análisis y
concentración; mediante la estrecha colaboración de estas dos cualidades
concebí la idea, y llevé a cabo la creación de un hombre. Incluso ahora no puedo
rememorar con serenidad las ilusiones que me invadían mientras no tuve
terminado el trabajo. Llegaba con la imaginación hasta las más altas esferas, a
veces exultante de júbilo ante mi poder, otras estremecido al pensar en las
consecuencias de mi investigación. Desde pequeño había concebido las mayores
ambiciones y esperanzas; ¡cómo me he hundido! Amigo mío, si me hubiera
conocido antaño, no me reconocería en mi actual estado de denigración.
Desconocía casi por completo lo que era el desánimo; parecía estar destinado a
un brillante porvenir, hasta que me hundí para siempre.
¿Habré, pues, de perder a tan admirable ser? He añorado la compañía de un
amigo; he buscado a alguien que me apreciara y comprendiera. Y he aquí que lo
encuentro en estos remotos mares; mas temo que sólo me valga para conocer su
valía, justo antes de que muera. Quisiera reconciliarlo con la vida, pero odia esta
idea.
—Le agradezco, Walton —dijo—, las buenas intenciones que demuestra hacia
alguien tan miserable como yo; pero, cuando habla usted de nuevos lazos, de
nuevos afectos, ¿piensa que hay alguno que pudiera sustituir jamás a aquellos que
ya he perdido? ¿Puede otro hombre significar para mí lo mismo que Clerval?;
¿qué mujer podría ser otra Elizabeth? Incluso cuando nuestro amor no viene
reforzado por cualidades superiores, los compañeros de niñez siempre ejercen
sobre nosotros una influencia que amigos posteriores raras veces suelen tener.
Conocen nuestras primeras inclinaciones, que, por mucho que después se
modifiquen, jamás se llegan a borrar; y en cuanto a la honestidad de nuestros
actos, son los que mejor pueden juzgar nuestros motivos. Un hermano no podrá
jamás sospechar que el otro lo engaña o traiciona, salvo que esta inclinación se
haya manifestado desde edad muy temprana, mientras que a un amigo, pese a que
su afecto sea inmenso, le puede invadir, incluso a pesar suyo, la desconfianza.
Pero he tenido amigos a los que he querido no sólo por costumbre o contacto, sino
por sus cualidades personales; y donde quiera que me encuentre, la apacible voz
de Elizabeth y la conversación de Clerval siempre susurrarán en mis oídos. Ellos
han muerto; y en mi soledad sólo hay un objetivo que pueda inducirme a
conservar la vida. Si me encontrara realizando una importante empresa que
revistiera utilidad para mis semejantes, podría seguir viviendo para concluirla.
Pero no es éste mi sino; debo perseguir y destruir al ser que creé; y entonces, sólo
entonces habré cumplido mi cometido en la tierra y podré morir.
2 de septiembre
Mi querida hermana:
Te escribo acechado por un grave peligro, e ignoro si el destino me permitirá
volver a ver mi querida Inglaterra y a los amigos que allí viven. Me cercan
montañas de nieve que impiden la salida y amenazan a cada momento con
aplastar el barco. Los valerosos hombres, a quienes convencí de que me
acompañaran, vienen a mí en busca de una solución; pero no tengo ninguna que
ofrecer. Hay algo terriblemente espantoso en nuestra situación, pero aún conservo
la confianza y el valor. Quizá sobrevivamos; y, si no, como Séneca, moriré con
buen ánimo.
¿Pero cuáles serán tus pensamientos, Margaret? No sabrás que he muerto, y
esperarás ansiosamente mi regreso. Pasarán los años, y vivirás momentos de
desesperación, pero siempre te atenazará la tortura de la esperanza. ¡Mi querida
hermana!, la horrible desilusión de tus esperanzas me resulta más terrible aún que
mi propia muerte. Pero tienes a tu marido y a tus hermosos hijos; y puedes ser
feliz. ¡Que el cielo te bendiga, y permita que lo seas!
Mi desdichado huésped me mira con la mayor compasión. Intenta devolverme
la esperanza; y habla de la vida como de un tesoro preciado. Me recuerda la
frecuencia con que estos accidentes les han ocurrido a otros navegantes que se
aventuraron hasta estos mares y, a pesar mío, me contagia la idea de buenas
perspectivas. Incluso los marineros notan el poder de su elocuencia; cuando él
habla vuelven a confiar; reaviva sus energías, y, mientras lo escuchan, llegan a
creer que estas gigantescas montañas de hielo son pequeños montículos, que
desaparecerán bajo la fuerza de la voluntad humana. Estos sentimientos son
pasajeros; cada día que transcurre, la frustración de sus esperanzas les llena de
espanto, y temo que el miedo les haga amotinarse.
5 de septiembre
Acaba de suceder algo tan insólito que, aunque es muy probable que nunca
llegues a leer estos papeles, no puedo por menos de narrarlo.
Seguimos rodeados de montañas de nieve, y en inminente peligro de que nos
aplasten. El frío es intensísimo, y muchos de mis desafortunados compañeros ya
han encontrado su tumba en este paraje desolador. La salud de Frankenstein
empeora día a día; le sigue brillando una luz febril en los ojos, pero está
extenuado, y si hace el menor esfuerzo, vuelve a caer en la total agonía.
Mencioné en la última carta el temor que tenía a que se produjera un motín.
Esta mañana, mientras contemplaba el ceniciento rostro de mi amigo —los ojos
entornados y los miembros inertes—, me interrumpieron media docena de
marineros, que querían entrar en el camarote. Les hice pasar y el que actuaba de
portavoz se dirigió a mí. Me dijo que él y sus compañeros habían sido elegidos por
el resto de la tripulación para que, a modo de delegación, me comunicaran una
petición, a la que en justicia no me podía negar. Estábamos cercados por el hielo,
y probablemente no lograríamos escapar; pero temían que, si acaso, como era
posible, el hielo cediera y se abriera un camino, yo fuera lo bastante imprudente
como para querer continuar mi viaje, y los condujera a nuevos peligros, después
de haber salvado éste felizmente. Pedían, pues, que me comprometiera bajo
solemne promesa a que, si el barco quedaba libre, me dirigiría de inmediato al sur.
Esta petición me perturbó. Aún no había perdido las esperanzas; ni siquiera
había pensado en regresar, caso de quedar libres del hielo. Sin embargo, ¿podría
yo, en justicia, oponerme a ello?; ¿tenía siquiera la posibilidad de hacerlo?[98]
Pensaba en estas preguntas antes de contestar, cuando Frankenstein, que en un
principio había permanecido callado y parecía no tener ni fuerzas para atender, se
incorporó; los ojos le brillaban y tenía las mejillas encendidas por un repentino
rubor. Dirigiéndose a los hombres, dijo:
—¿Qué significa esto? ¿Qué estáis pidiendo a vuestro capitán? ¿Tan pronto os
desanimáis? ¿No le llamabais a ésta la expedición gloriosa?, ¿por qué iba a ser
gloriosa?, ¿porque la ruta era fácil y apacible como un mar del sur? No; la
llamabais así porque estaba llena de peligros y acechanzas; porque a cada nueva
dificultad debíais renovar vuestro valor y fortaleza; porque os rodeaba el peligro y
la muerte y debíais vencer ambas. Por esto la llamabais gloriosa, porque era una
empresa digna. La posteridad os aclamaría como bienhechores de la humanidad;
se veneraría vuestro nombre, como el de aquellos hombres valerosos que se
enfrentaron con honor a la muerte en beneficio de la especie humana. ¡Y mirad
ahora!: con la primera impresión de peligro, o, si lo preferís, la primera gran
prueba, vuestro valor se desvanece y estáis dispuestos a pasar por hombres que no
tuvieron la fuerza suficiente para afrontar el frío y el peligro…; los pobres tenían
frío y volvieron junto a sus chimeneas. En verdad que para esto no se hubieran
requerido tantos preparativos; no teníais por qué haberos aventurado hasta aquí,
ni hacer pasar a vuestro capitán por la vergüenza del fracaso, para demostrar que
sois unos cobardes. ¡Sed hombres!, ¡sed más que hombres! Sed fieles a vuestros
propósitos, firmes como las rocas. Este hielo no está hecho del mismo material del
que podrían estar hechos vuestros corazones; es vulnerable, no puede venceros si
os empeñáis en que no lo haga. No volváis a vuestras familias con la frente
marcada por el estigma de la vergüenza. Regresad como héroes que lucharon y
vencieron y que desconocen lo que es darle la espalda a su enemigo.
A lo largo del discurso, su voz se había ido adaptando tan bien a los distintos
sentimientos que expresaba, y sus ojos brillaban tan llenos de heroísmo y sana
ambición, que no fue de extrañar que mis hombres se conmovieran. Se miraron
unos a otros, sin saber qué decir. Yo me dirigí a ellos, y les rogué que
recapacitaran sobre lo que habían oído; añadí que por mi parte no seguiría
avanzando hacia el norte en contra de su voluntad, pero que esperaba que, tras
considerarlo, recobraran el valor perdido.
Salieron, y me volví hacia mi amigo; pero se hallaba muy abatido y casi
privado de aliento.
Ignoro cómo concluirá todo esto; pero preferiría la muerte a regresar, cubierto
de vergüenza, sin haber podido alcanzar mis objetivos. Sin embargo, temo que ese
sea mi destino; sin el ánimo que les pudiera infundir la idea de la gloria y el honor,
mis hombres jamás se avendrán a proseguir sus actuales penurias.
7 de septiembre
¡La suerte está echada!, he accedido a nuestro regreso si los hielos nos lo
permiten. Veo truncadas mis esperanzas por la cobardía y la indecisión; regreso
desilusionado e ignorante. Necesitaría más tolerancia de la que me ha sido dada
para sufrir esta injusticia con paciencia.
12 de septiembre
Todo ha concluido; vuelvo a Inglaterra. He perdido mis esperanzas de gloria y
mi ansia de servir a la humanidad; y he perdido a mi amigo. Pero trataré, querida
hermana, de contarte con detalle estos tristes sucesos; no quiero navegar rumbo a
Inglaterra, y hacia ti, lleno de pesadumbre.
El diecinueve de septiembre [99] el hielo empezó a ceder, y en la distancia
escuchamos atronadores crujidos, así que las islas de hielo se resquebrajaban en
todas las direcciones. Corríamos enorme peligro; pero, puesto que nada podíamos
hacer, todo mi interés se centraba en mi infeliz huésped, cuya salud había
declinado hasta el punto de no poder levantarse de la cama. El hielo se rompió a
nuestras espaldas y fue empujado con rapidez en dirección norte; del oeste
comenzó a soplar una brisa y el día once el camino hacia el sur quedaba
despejado. Cuando los marineros vieron esto, y comprendieron que quedaba
asegurado su regreso a su país natal, prorrumpieron en continuos gritos de loca
alegría. Frankenstein, que se había adormilado, despertó, y preguntó la causa del
alboroto.
—Gritan —contesté—, porque pronto regresarán a Inglaterra.
—¿Regresa usted entonces?
—Sí —respondí—, no puedo oponerme a sus peticiones. No puedo conducirlos
hacia nuevos peligros contra su voluntad, y debo volver.
—Hágalo si quiere. Yo me quedo. Usted puede abandonar su objetivo; pero el
mío me lo fió el cielo, y no puedo renunciar. Estoy débil; pero confío en que los
espíritus que me ayudan en mi venganza me prestarán las fuerzas necesarias.
Al decir esto intentó saltar de la cama, pero el esfuerzo fue demasiado grande;
cayó y perdió el sentido.
Tardó mucho en volver en sí, y a menudo me pareció que había muerto.
Finalmente abrió los ojos; respiraba con dificultad, y no podía hablar. El médico le
dio un brebaje reconstituyente, y nos ordenó que no lo molestáramos. A mí me
advirtió que a mi amigo le restaban pocas horas de vida.
Se había pronunciado su sentencia, y a mí ya sólo me quedaba lamentarme y
tener paciencia. Permanecí sentado a la cabecera de su lecho, mirándolo; tenía
los ojos cerrados, y pensé que dormía. De pronto, con voz apagada, me llamó,
indicándome que me acercara, y dijo:
—Me abandonan las fuerzas en las que confiaba. Presiento que pronto habré
de morir, y él, mi enemigo y verdugo, está aún con vida. No piense, Walton, que en
mis últimos instantes mi alma rezuma todavía el punzante odio y la sed de
venganza que días pasados le manifesté, pero creo que estoy justificado al desear
la muerte de mi adversario. Durante estos días he meditado sobre mis acciones
pasadas y no hallo en ellas nada reprensible; en un ataque de loco entusiasmo
creé una criatura racional, y tenía para con él el deber de asegurarle toda la
felicidad y bienestar que me fuera posible darle. Esta era mi obligación, pero
había otra superior. Mis obligaciones para con mis semejantes debían tener
prioridad, puesto que suponían una mayor proporción de felicidad o desgracia.
Impulsado por esta creencia, me negué, e hice bien, a crearle una compañera al
primer ser. Dio pruebas entonces de una maldad y un egoísmo sin precedentes:
asesinó a mis seres más queridos; se consagró a la destrucción de personas llenas
de delicadeza, sabiduría y bondad; e ignoro dónde terminará esta sed de
venganza. Desgraciado como es, debe morir a fin de que no pueda hacer
desgraciados a los demás. La tarea de su destrucción me había sido encomendada
a mí, pero he fracasado. Empujado por motivos egoístas e insanos, le pedí a usted
que completara mi labor; ahora, empujado únicamente por la razón y la virtud, se
lo reitero.
»Sin embargo no puedo pedirle que renuncie a su país y a sus amigos para
llevar a cabo esta labor; y ahora, que regresa a Inglaterra, tendrá pocas
ocasiones de encontrarse con él. Pero dejo en sus manos el reflexionar sobre estos
puntos, y el determinar lo que usted considere que es su deber. La proximidad de
la muerte turba mis pensamientos y mi razón, y no me atrevo a pedirle que haga lo
que yo considero justo, pues puedo estar cegado por la pasión.
»Me inquieta el que siga con vida y sea un instrumento de maldad; y sin
embargo, esta hora, en la que aguardo que cada instante me traiga la liberación,
es la única en la que durante muchos años he sido feliz. Pasan ante mí los espíritus
de aquellos a los que tanto quise, y corro hacia ellos. ¡Adiós, Walton! Busque la
felicidad en la paz y evite la ambición, aun aquella inofensiva en apariencia, de
distinguirse por sus descubrimientos científicos. ¿Mas por qué hablo así?; yo he
visto truncadas mis esperanzas, pero otro puede triunfar.
La voz se le iba apagando a medida que hablaba; y finalmente, vencido por el
esfuerzo, se acalló del todo. Media hora más tarde intentó volver a hablar pero no
pudo; oprimió mi mano débilmente, y sus ojos se cerraron para siempre mientras
sus labios esbozaron una débil sonrisa.
Margaret, ¿qué puedo decir sobre la prematura muerte de esta magnífica
persona? ¿Qué puedo decir para que entiendas lo profundo de mi pesar? Todo lo
que dijera sería pobre e inadecuado. Las lágrimas abrasan mis mejillas; y una
nube de desilusión nubla mi mente. Pero navego rumbo a Inglaterra, y allí quizá
encuentre un consuelo.
Me interrumpen. ¿Qué significan estos ruidos? Es medianoche; la brisa sopla
suavemente y, en cubierta, los hombres de guardia no se mueven. De nuevo el
ruido; parece la voz de un hombre, pero mucho más ronca; viene del camarote
donde reposan los restos de Frankenstein. Debo levantarme a ver qué sucede.
Buenas noches, hermana mía.
¡Dios mío!, ¡qué escena acaba de tener lugar! Todavía estoy aturdido con el
recuerdo. Apenas sé si tendré fuerzas para contarla; mas el relato que he anotado
quedaría incompleto sin referir esta última y soberbia catástrofe.
Entré en el camarote donde yacían los restos de mi malhadado y admirable
amigo. Sobre él se inclinaba un ser para cuya descripción no tengo palabras; era
de estatura gigantesca, pero de constitución deforme y tosca. Agachado sobre el
ataúd, tenía el rostro oculto por largos mechones de pelo enmarañado; tenía
extendida una inmensa mano, del color y la textura de una momia. Cuando me oyó
entrar, dejó de proferir exclamaciones de pena y horror, y saltó hacia la ventana.
Jamás he visto nada tan horrendo como su rostro, de una fealdad repugnante y
terrible. Involuntariamente cerré los ojos e intenté recordar mis obligaciones
acerca de este destructivo ser. Le ordené que se quedara.
Se detuvo, y me miró sorprendido; y, volviéndose de nuevo hacia el cadáver
de su creador, pareció olvidar mi presencia; sus facciones y sus gestos parecían
animados por la furia de una pasión incontrolable.
—Esa es también mi víctima —exclamó—; con su muerte [100] consumo mis
crímenes. El horrible drama de mi existencia llega a su fin. ¡Frankenstein!,
¡hombre generoso y abnegado!, ¿de qué sirve que ahora implore tu perdón? A ti,
a quien destruí despiadadamente, arrebatándote todo lo que amabas. ¡Está frío!;
no puede contestarme.
Su voz se ahogaba; y mis primeros impulsos, que me inducían a la obligación
de cumplir el último deseo de mi amigo, y destrozar a aquel ser, se vieron frenados
por una mezcla de curiosidad y compasión. Me acerqué a esta extraña criatura;
no me atrevía a mirarlo, pues había algo demasiado pavoroso e inhumano en su
fealdad. Traté de hablar, pero las palabras se me quedaron en los labios. El
monstruo seguía profiriendo exaltadas y confusas recriminaciones. Por fin logré
dominarme y, aprovechando una pausa en su agitado monólogo, dije:
—Tu arrepentimiento es ya superfluo. Si hubieras escuchado la voz, de la
conciencia, y atendido a los dardos del remordimiento, antes de llevar tu diabólica
sed de venganza hasta este extremo, Frankenstein seguiría vivo.
—¿Imagina —respondió la infernal criatura— que era insensible al dolor y al
remordimiento? Él —continuó, señalando el cadáver—, él no ha sufrido nada con
la consumación del hecho; no ha sufrido ni la milésima parte de angustia que yo
durante el distendido proceso. Me impulsaba un terrible egoísmo, a la par que el
remordimiento me torturaba el corazón. ¿Piensa que los estertores de Clerval eran
música para mí? Tenía el corazón sensible al amor y la ternura; y cuando mis
desgracias me empujaron hacia el odio y la maldad, no soporté la violencia del
cambio sin sufrir lo que usted jamás podrá imaginar.
»Tras la muerte de Clerval regresé a Suma con el corazón destrozado. Sentía
compasión por Frankenstein, y mi piedad se fue tornando en horror, hasta tal punto
que me aborrecía a mí mismo. Pero al descubrir que él, el autor de mi existencia a
la vez que de mis atroces desdichas, se atrevía a esperar la felicidad; que,
mientras por su culpa se acumulaban sobre mí tormentos y aflicciones, él buscaba
la satisfacción de sus sentimientos y pasiones, satisfacción que a mí me estaba
vedada, una envidia incontrolable y una punzante indignación me atenazaron con
la insaciable sed de la venganza. Recordé mi amenaza y decidí llevarla a cabo.
Sabía que yo mismo me estaba preparando una terrible tortura; pero me
encontraba esclavo, no dueño, de un impulso que detestaba, pero no podía
desobedecer. Mas cuando ella murió, no experimenté ningún pesar. En lo inmenso
de mi desesperación, había conseguido desechar todos mis sentimientos y ahogar
todos mis escrúpulos. A partir de ahí, el mal se convirtió para mí en el bien.
Llegado a este punto ya no tenía elección; adapté mi naturaleza al estado que
había escogido voluntariamente. El cumplimiento de mi diabólico proyecto se
convirtió en una pasión dominante. Y ahora se ha terminado, ¡ahí yace mi última
víctima!
Al principio la narración de sus sufrimientos me conmovió, pero cuando
recordé lo que Frankenstein me había dicho respecto de su elocuencia y poder de
persuasión, y vi ante mí el cuerpo inanimado de mi amigo, sentí cómo revivía en
mí la indignación.
—¡Miserable! —grité—, ¿ahora vienes a lamentarte de la desolación que has
creado? Lanzas una antorcha encendida en medio de los edificios y, cuando han
ardido, te sientas a llorar entre las ruinas. ¡Engendro hipócrita!, si aún viviera éste
a quien lloras, volvería a ser el objeto de tu maldita venganza. ¡No es pena lo que
sientes!; sólo gimes porque la víctima de tu maldad escapó ya a tu poder.
—No; no es así —me interrumpió el engendro—. Aunque esa debe ser la
impresión que le causan mis actos. No intento despertar su simpatía; jamás
encontraré comprensión. Cuando primero traté de hallarla, quise compartir el
amor por la virtud, el sentimiento de felicidad y ternura que me llenaba el corazón.
Pero ahora que esa virtud es tan sólo un recuerdo, y la felicidad y ternura se han
convertido en amarga y odiosa desesperación, ¿dónde debo buscar comprensión?
Me avengo a sufrir en soledad, mientras duren mis desgracias; y acepto que,
cuando muera, el odio y el oprobio acompañen mi recuerdo. Tiempo atrás mi
imaginación se colmaba de sueños de virtud, fama y placer. Antaño esperé
ingenuamente encontrarme con seres que, obviando mi aspecto externo, me
quisieran por las excelentes cualidades que llevaba dentro de mí. Me nutría de
elevados pensamientos de honor y devoción. Pero ahora la maldad me ha
degradado, y soy peor que las más despreciables alimañas. No hay crimen,
maldad, perversidad, comparables a los míos. Cuando repaso la horrenda sucesión
de mis crímenes, no puedo creer que soy el mismo cuyos pensamientos estaban
antes llenos de imágenes sublimes y trascendentales, que hablaban de la
hermosura y la magnificencia del bien. Pero es así; el ángel caído se convierte en
pérfido demonio. Pero incluso ese enemigo de Dios y de los hombres tenía amigos
y compañeros en su desolación; yo estoy completamente solo.
»Usted, que llama a Frankenstein su amigo, parece tener conocimiento de mis
crímenes y sus desventuras. Pero, por muchos detalles que de ellos le diera, no
pudo contarle las horas y meses de miseria que he soportado, consumiéndome
bajo pasiones impotentes. Pues, aunque destruía sus esperanzas, no por ello
satisfacía mis propios deseos, que seguían ardientes e insatisfechos. Seguía
necesitando amor y compañía y continuaban rechazándome. ¿No era esto injusto?
¿Soy yo el único criminal, cuando toda la raza humana ha pecado contra mí? ¿Por
qué no odia usted a Félix, que arrojó de su casa, asqueado, a su amigo? ¿Por qué
no maldice al campesino que intentó matar a quien acababa de salvar a su hija?
Pero estos son seres virtuosos y puros. Yo, el infeliz, el proscrito, soy el aborto,
creado para que lo pateen, lo golpeen, lo rechacen. Incluso ahora me arde la
sangre bajo el recuerdo de esta injusticia.
»Pero es cierto que soy despreciable. He asesinado lo hermoso y lo indefenso;
he estrangulado a inocentes mientras dormían, y he oprimido con mis manos la
garganta de alguien que jamás me había dañado, ni a mí ni a ningún otro ser. He
llevado a la desgracia a mi creador, ejemplo escogido de todo cuanto hay digno de
amor y admiración entre los hombres; lo he perseguido hasta convertirlo en esta
ruina. Ahí yace, pálido y entumecido por la muerte. Usted me odia; pero su
repulsión no puede igualar la que yo siento por mí mismo. Contemplo las manos
con las que he llevado esto a cabo; pienso en el corazón que concibió su ruina, y
ansío que llegue el momento en que pueda mirarme a mí mismo, y mis
remordimientos no torturen más mi corazón.
»No tema, no volveré a cometer más crímenes. Mi tarea casi ha concluido. No
se necesita su muerte ni la de ningún otro hombre para consumar el drama de mi
vida, y cumplir aquello que debe cumplirse; sólo se requiere la mía. No piense que
tardaré en llevar a cabo el sacrificio. Me alejaré de su bajel en la balsa que me
trajo hasta él y buscaré el punto más alejado y septentrional del hemisferio; haré
una pira funeraria, donde reduciré a cenizas este cuerpo miserable, para que mis
restos no le sugieran a algún curioso y desgraciado infeliz la idea de crear un ser
semejante a mí. Moriré. Dejaré de padecer la angustia que ahora me consume, y
de ser la presa de sentimientos insatisfechos e insaciables. Ha muerto aquel que
me creó; y, cuando yo deje de existir, el recuerdo de ambos desaparecerá pronto.
Jamás volveré a ver el sol, ni las estrellas, ni a sentir el viento acariciarme las
mejillas. Desaparecerán la luz, las sensaciones, los sentimientos; y entonces
encontraré la felicidad. Hace algunos años, cuando por primera vez se abrieron
ante mí las imágenes que este mundo ofrece, cuando notaba la alegre calidez, del
verano, y oía el murmullo de las hojas y el trinar de los pájaros, cosas que lo
fueron todo para mí, hubiera llorado de pensar en morir; ahora es mi único
consuelo. Infectado por mis crímenes, y destrozado por el remordimiento, ¿dónde
sino en la muerte puedo hallar reposo?
»¡Adiós! Lo abandono. Usted será el último hombre que vean mis ojos. ¡Adiós,
Frankenstein! Si aún estuvieras vivo, y mantuvieras el deseo de satisfacer en mí tu
venganza, mejor la satisfarías dejándome vivir que dándome muerte. Pero no fue
así; buscaste mi aniquilación para que no pudiera cometer más atrocidades; mas
si, de forma desconocida para mí, aún no has dejado del todo de pensar y de sentir,
has de saber que para aumentar mi desgracia no debieras desear mi muerte.
Destrozado como te hallabas, mis sufrimientos eran superiores a los tuyos, pues el
zarpazo del remordimiento no dejará de hurgar en mis heridas hasta que la muerte
las cierre para siempre.
»Pero pronto —exclamó, con solemne y triste entusiasmo— moriré, y lo que
ahora siento ya no durará mucho. Pronto cesará este fuego abrasador. Subiré
triunfante a mi pira funeraria, y exultaré de júbilo en la agonía de las llamas. Se
apagará el reflejo del fuego, y el viento esparcirá mis cenizas por el mar. Mi
espíritu descansará en paz; o, si es que puede seguir pensando, no lo hará de esta
manera. Adiós.
Con estas palabras saltó por la ventana del camarote a la balsa que flotaba
junto al barco. Pronto las olas lo alejaron, y se perdió en la distancia y en la
oscuridad.
FIN
MARY SHELLEY. Mary Wollstonecraft Godwin (Londres, 30 de agosto de 1797
- Londres, 1 de febrero de 1851), conocida como Mary Shelley, fue una
novelista, escritora de historias cortas, dramaturga, ensay ista y biógrafa
británica, principalmente reconocida por su novela gótica Frankenstein o el
Moderno Prometeo (1818). También ha editado y promocionado las obras de su
esposo, el poeta romántico y filósofo Percy By sshe Shelley. Su padre fue el
filósofo político William Godwin, y su madre la filósofa feminista Mary
Wollstonecraft.
Hasta los años 1970s, Mary Shelley fue principalmente reconocida por sus
esfuerzos para publicar las obras de Percy Shelley y por su novela Frankenstein,
la cual sigue siendo ampliamente leída y ha inspirado varias adaptaciones en cine
y teatro. Recientemente, los historiadores han comenzado a estudiar más
detalladamente los logros de Mary Shelley. Los eruditos han mostrado un interés
creciente en su producción literaria, particularmente en sus novelas, las cuales
incluy en a la novela histórica Valperga (1823) y Perkin Warbeck (1830), la
novela apocalíptica The Last Man (1826), y sus dos últimas novelas, Lodore
(1835) y Falkner (1837). Los estudios de sus trabajos menos conocidos, como el
libro de viajes Rambles in Germany and Italy (1844) y su artículo biográfico de
Dionysius Lardner's Cabinet Cyclopaedia (1829-46) apoy an el punto de vista de
que Mary Shelley continuó siendo una política radical a lo largo de su vida. Las
obras de Mary Shelley a menudo argumentan que la cooperación y la
compasión, particularmente las practicadas por las mujeres en sus familias, son
las formas de reformar a la sociedad civil. Esta visión fue un desafío directo con
el romanticismo individual promovido por Percy Shelley y las teorías políticas
educacionales articuladas por su padre, William Godwin.
Notas
[1] Escrito íntegramente por Percy By sshe Shelley, marido de la autora, a quien
algunos atribuy eron inicialmente la obra. <<
[2] El médico inglés Érasmus Darwin (1731-1802), amigo de los Godwin y
abuelo del evolucionista Charles Darwin (1809-1882), fue uno de los científicos
más afamados de su época. <<
[3] Según la introducción de Mary Shelley al Frankenstein de 1831, había más de
dos amigos; lord By ron, Shelley, John W. Polidori, y Claire Clairmont,
hermanastra de la autora. <<
[4] Aunque en la edición de 1818 esta afirmación era cierta, hay que recordar
que en 1819 Polidori publica El Vampiro, un cuento; por tanto, esta afirmación no
será válida para la edición de 1831. <<
[4b] Señores Colbum y Bentley, 1831. <<
[5] Estructuralmente, Frankenstein sigue la forma epistolar tan popular en el siglo
XVIII. <<
[6] Afirmación un tanto exagerada, y a que en estas latitudes el día y la noche
alternan en períodos de seis meses. <<
[7] Esta curiosa idea de una región polar de aguas templadas no es invención de
Mary Shelley, sino legendaria, y George Best en su obra Hakluyt's Voyages
(Viajes de Hakluy t) (1589) hace una viva defensa de esta teoría. <<
[8] Aquí conocemos cuál de las famosas rutas es la que Walton piensa descubrir.
No será el primero en intentarlo; y a en 1533 y 1580 hubo dos exploraciones
inglesas que zarparon con este fin y regresaron sin éxito. <<
[9] Es decir, cuando tenía veintidós años. Más adelante sabremos que Walton
tiene ahora veintiocho, un año más que Víctor Frankenstein. <<
[10] Fundado en 1583 por los ingleses, este puerto sobre el mar Blanco fue
durante más de un siglo el único acceso de Rusia al comercio con Occidente. <<
[11] El frío y, en particular, el hielo son elementos de primordial importancia en
la obra. La historia comienza y termina en un paraje helado, y la escena
principal entre Víctor Frankenstein y la criatura que ha creado se desarrolla en un
glaciar de los Alpes suizos denominado « el mar de hielo» . <<
[12] Hay cierta imprecisión en cuanto a los mandos de la tripulación. Un poco
más adelante a Walton le llamarán « capitán» y unas líneas más atrás se nos ha
hablado del « lugarteniente» , rango militar a bordo de un barco civil. <<
[13] Referencia al poema del inglés Samuel T. Coleridge (1772-1834) The Rime
of the Ancient Mariner (La balada del viejo marinero), en el cual un marinero
mata a un albatros, acarreando devastadoras desgracias para toda la expedición.
<<
[14] Esta carta es la más larga, pues en ella queda incluido el resto de la obra,
aunque en el volumen III la forma epistolar se convierte en el diario de Walton.
<<
[15] Este intercambio de formulismos en pleno Ártico es la manera como Mary
Shelley nos demuestra que ambas son personas educadas y de gran sensibilidad,
cualidades muy apreciadas en la época romántica. <<
[16] El desarrollo de esta doble existencia, si bien no en el sentido en que la
interpreta Walton, es un tema importante en Frankenstein. <<
[17] El visitante lleva veinte días a bordo y, sin embargo, Walton sigue
refiriéndose a él como « el extranjero» . <<
[18] El final de la carta 4 cierra el prólogo temático y narrativo a lo que será la
narración central. Con el capítulo 1 empezamos la lectura de Frankenstein
propiamente dicho, relato que el extranjero le dicta a Walton durante una semana
(20 a 26 de agosto). <<
[19] En la edición de 1831 se mantiene está referencia al nacimiento de Víctor
en Ginebra, a pesar de que página y media más adelante leemos « Yo [Víctor],
su hijo may or, nací en Nápoles» . <<
[20] Históricamente, Ginebra gozó de cierta independencia hasta el 12 de
septiembre de 1814, fecha en que se une a Suiza. <<
[21] Con frecuencia se da la denominación de país a lo que actualmente
conocemos como cantones. <<
[22] Río que pasa por Lucerna. <<
[23] Orlando, héroe del Orlando furioso de Ariosto (1474-1533). Amadis, figura
principal de Amadís de Gaula, primera novela española de caballería, de
paternidad discutida. San Jorge, patrón de Inglaterra. Robin Hood, héroe
legendario inglés de la época de Juan Sin Tierra, en cuy as aventuras se inspiró
Walter Scott para su Ivanhoe. <<
[24] Lo que hoy se conoce por ciencias físicas. <<
[25] Antigua ciudad de Suiza, en la orilla sur del lago Ginebra. <<
[26] Heinrich Cornelius Agrippa von Nettesheim (1486-1535), filósofo, astrólogo
y alquimista alemán, gran aficionado en su juventud a la alquimia y a las
ciencias ocultas, fue un destacado defensor de la mujer, dato que debía revestir
un interés especial para M. Shelley. <<
[27] Esta es la primera vez que se menciona el nombre del protagonista. <<
[28] Los descubrimientos químicos más importantes de fines del siglo XVII
correspondían a un mejor conocimiento de la naturaleza de los gases. <<
[29] Paracelso (nombre con que se conoce a Theophrastus Bombastus von
Hohenheim) (1493-1541), médico suizo con reputación de alquimista, cuy as
teorías son una mezcla de la filosofía griega y la incipiente ciencia experimental.
San Alberto Magno (1193-1280), dominico alemán, maestro de Santo Tomás de
Aquino, junto con el cual introdujo la perspectiva aristotélica en el pensamiento
cristiano. <<
[30] Quizá Víctor esté pensando en la creencia de Alberto Magno de que había
una corriente de causalidad que, emanando de las estrellas, tocaba literalmente el
embrión humano y determinaba así su vida; quizá se refiera a la idea de
Paracelso de que el creador del mundo es una especie de alquimista divino, cuy o
trabajo consiste en separar de la informe materia prima las cosas del cielo y la
tierra. En cualquier caso, la obra de ambos autores no se consideraba loca en su
día. <<
[31] Para los alquimistas era dogma de fe que, de seguirse los procedimientos
adecuados, la materia se podía perfeccionar. A este fin postulaban la existencia
de una piedra filosofal, de la cual se decía que el que la posey era podría
transformar en oro los metales secundarios. El elixir de la vida supuestamente
confería la inmortalidad a la persona que lo destilara. <<
[32] El escocés James Watt (1736-1819) desarrolló en 1765 el condensador y el
regulador centrífugo que hicieron práctico y económico el empleo de la máquina
de vapor en la industria. <<
[33] Pequeño pueblo al sur del lago Ginebra. <<
[34] Cordillera que se extiende entre Francia y Suiza. <<
[35] Según la teoría del flogisto, del químico alemán Georg E. Stahl (1660-1734),
los relámpagos y la misma luz eran una especie de fluido que se desprendía a
consecuencia de la combustión. <<
[36] Plinio el Viejo (23-79) y G. L. Buffon (1707-1788), naturalistas romano y
francés, respectivamente, escribieron ambos una Historia Natural, obras bien
conocidas y admiradas por los Shelley. <<
[37] Universidad alemana fundada en 1410, tenía fama por su facultad de
Medicina. Era arriesgado mandar a esa universidad al joven Víctor de diecisiete
años, hijo de una tranquila familia burguesa. En Ingolstadt se fundó, en 1776, la
Sociedad de los Iluminados, que postulaba, entre otros puntos, la abolición de la
propiedad privada, la religión y el matrimonio. <<
[38] En esta edición de 1818, Elizabeth sufre una escarlatina leve, mientras que
en la edición de 1831 la enfermedad se presenta como un caso grave, resuelto
favorablemente gracias a los cuidados de la señora Frankenstein, que paga por
ello con su propia vida. Quizá el cambio obedezca a un deseo de acentuar el
paralelo entre Elizabeth y Mary Shelley, cuy a madre, como sabemos, murió al
dar a luz a la autora. <<
[39] Cita del poema del inglés Charles Lamb (1775-1843), The Old Familiar
Faces (Las viejas caras conocidas). <<
[40] Este logro espectacular nos llega tras una explicación en la que la autora,
con gran destreza, ha evitado dar cualquier detalle. Esta poca concreción no es de
sorprender si se tiene en cuenta que Víctor ha conseguido « lo que desde la
creación del mundo había sido motivo de afanes y desvelos por parte de los
sabios» . Bajo estas circunstancias se puede disculpar a Mary Shelley el que no
nos dé may ores explicaciones científicas. <<
[41] Referencia al « Cuarto viaje de Simbad» de Las mil y una noches. <<
[42] Pie: sistema británico de medidas. Un pie equivale a 30,48 cm. <<
[43] Es la primera vez que se emplea el término monstruo. Veremos cuánto
escasea este vocablo; a lo largo de toda la obra no aparece más de media docena
de veces, empleándose en su lugar términos como vil ser, villano, demonio. <<
[44] Cita de The Rime of the Ancient Mariner (Balada del viejo marinero) de
Samuel T. Coleridge, asiduo visitante de casa de los Godwin. <<
[45] Novela del inglés Oliver Goldsmith (1730-1774). <<
[46] En la edición de 1831 esta carta se modificó totalmente, eliminándose de
ella la cáustica visión del mundo de las ley es al hacer que Ernest piense seguir la
carrera militar en lugar de la de Derecho. <<
[47] Angélica es la heroína del Orlando furioso de Ariosto. <<
[48] Llanura arbolada al sur de Ginebra. <<
[49] Utiliza esta expresión en el sentido de pertenecer a una misma comunidad,
aquí, la familia de Víctor. <<
[50] Marcus Porcius Catón, filósofo estoico romano (95-46 a. C.). <<
[51] Cita del Childe Harold's Pilgrimage (La peregrinación de Childe Harold), de
lord By ron, cuy o manuscrito del canto III vieron los Shelley en 1816. <<
[52] Pueblecito al noroeste del lago Ginebra. <<
[53] Han pasado dos años (y muchas páginas) sin que se hay a hecho referencia
a este ser. <<
[54] La observación de Víctor es un reflejo directo de un aspecto de la tradición
europea sobre vampiros, que sostiene que la primera víctima de un vampiro es
alguien muy allegado a él. <<
[55] Sistema de voto secreto muy empleado en la pena de muerte. Las bolas
solían ser de marfil o de madera, y las negras, evidentemente, significaban un
veredicto negativo. <<
[56] Tanto Shelley como su mujer estaban en contra de la pena de muerte. <<
[57] Afluente del río Arve. <<
[58] Glaciar de unos cien kilómetros en el valle de Chamonix y donde se sitúa el
mar de hielo, lugar inhóspito y desolado. <<
[59] Cita del poema de Shelley Mutability (Mutabilidad), escrito en 1815. <<
[60] Es ésta una de las numerosas invocaciones a los espíritus que salpican la
obra. Es de destacar que ni Víctor ni su criatura invocan jamás a Dios
directamente; Elizabeth lo hace, pero sólo con expresiones convencionales.
Evidentemente, M. Shelley, aunque quería dotar a sus personajes de
trascendentalismo, no deseaba que admitieran la presencia de Dios en su mundo,
lo cual no es de extrañar en una joven que compartía totalmente el ateísmo de su
padre y su marido. <<
[61] Este es el primer diálogo que sostienen Víctor y la criatura, si bien no son las
primeras palabras que ésta ha pronunciado. La alternancia de tratamiento entre
el « vos» y el « tú» con que la criatura se dirige a Víctor es constante e
intencionada; se emplea el « vos» para acentuar la analogía Dios/Adán que
suby ace en la relación entre ambos. <<
[62] Aquí empieza la tercera narración de que se compone Frankenstein: la
autobiografía de la criatura. <<
[63] En El paraíso perdido de Milton, el Pandemonio era la ciudad edificada y
habitada por los ángeles caídos. <<
[64] Se refiere a la fábula del poeta francés La Fontaine (1621-1695), El asno y
el perrito (libro IV, fáb. 5). <<
[65] La criatura, siguiendo a Godwin, se nos presenta como « buena»
inicialmente. Su envilecimiento progresivo se debe a la hostilidad de la que es
víctima. <<
[66] Constantin Frangois de Chasseboeuf, conde de Volney (1757-1820), fue
apasionado defensor de las libertades humanas y de la Revolución francesa.
Gran estudioso del mundo árabe, realizó, siendo muy joven, un viaje de Egipto a
Siria, para el cual se preparó concienzudamente, al igual que Walton para el
suy o. <<
[67] Visión típicamente europea del harén turco, si bien incorrecta, si se tiene en
cuenta la obra del americano N. M. Penzer The Harem (El harén) (1937). En ella
se describe el harén como « un mundo en miniatura, gobernado con el máximo
cuidado por una mujer y no por un hombre. Cada miembro tenía unos deberes
específicos que cumplir y debía atenerse a unas reglas a menudo más estrictas y
severas que las de un convento» . <<
[68] La selección de libros que leerá el monstruo está hecha con un cuidado
exquisito. Cada título está pensado para nutrir un aspecto determinado de la
personalidad de la criatura. El Werther, del poeta alemán Johann W. Goethe
(1749-1832), le enseñará sobre el amor; Las vidas paralelas de Plutarco,
historiador griego (50-125), le abrirán los ojos a las responsabilidades cívicas, y
El paraíso perdido, de Milton, le ofrecerá una justificación de los designios de
Dios para con los hombres. <<
[69] La técnica de Plutarco de presentar paralelamente la vida de un griego y un
romano eminentes es de interés en Frankenstein, y a que M. Shelley también
presenta a sus protagonistas en grupos paralelos: Robert Walton y Víctor Fran-
kenstein, Víctor Frankenstein y Henry Clerval. Víctor Frankenstein y la criatura,
Justine y Elizabeth. <<
[70] Los cinco personajes se incluy en en Las vidas paralelas de Plutarco. Numa
Pompilio fue el segundo rey legendario de Roma, que gobernó durante los años
714-617 a. C., distribuy endo la tierra entre el pueblo. Solón, uno de los siete sabios
de Grecia, es famoso por reducir los impuestos de los atenienses más pobres.
Licurgo era un jurisconsulto espartano del siglo IX a. C. De Plutarco ha aprendido
la criatura a admirar a los jurisconsultos con preferencia sobre Rómulo y Teseo,
y la razón es evidente. Rómulo, además de fundador de Roma, fue el instigador
del rapto de las Sabinas; en cuanto a Teseo, parece que, aparte de matar al
Minotauro, consiguió una respetable fama como violador. <<
[71] Entre otras, la tomada de El paraíso perdido como epígrafe a Frankenstein.
<<
[72] En cierto sentido, la criatura por fin ha llegado al fondo de sí misma. Esta
extraña danza a la luz de la luna con la antorcha tiene todo el aspecto formal de
un atisbo de iniciación a una religión aún desconocida. Al sacrificar la casa, la
criatura abandona la posibilidad de creer en el Dios de De Lacey y se acepta a sí
mismo como un ser de la naturaleza primordial, cruel, atávico. <<
[73] Ante la pregunta de por qué, si Víctor es el brillante científico que se nos ha
presentado, no remodela las horrendas facciones de la criatura, hay una
respuesta clara: la fealdad de la criatura es la base psicológica sobre la que
descansa la obra. En primer lugar, es la metáfora para el aislamiento de la
criatura, y, en segundo lugar, es una pista sobre el origen de sus desgracias: nació
en « un laboratorio de repulsiva creación» . <<
[74] De nuevo observamos que, salvo interjecciones corrientes que incluy an el
vocablo Dios, los juramentos serios se hacen en nombre de aspectos del mundo
natural, como si Mary Shelley quisiera encuadrar constantemente a sus
personajes dentro del marco panteista. <<
[75] En la edición de 1831 Mary Shelley, para evitar precisamente la sugerencia
de una relación incestuosa entre Víctor y Elizabeth, convirtió a Elizabeth en una
expósita, encontrada por la madre de Víctor. <<
[76] Nos encontramos aquí con la afirmación más clara de la relación entre el
creador y su criatura. Hay varios otros ejemplos de intercambio de los papeles
de esclavo-amo entre Víctor y el monstruo. <<
[77] Se dirige a Walton que recordaremos está escuchando el relato de Víctor. <<
[78] Anécdota que Mary Shelley oy ó contar durante su viaje al Rin en 1814, y
que recoge en su History of a Six Weeks' Tour (Historia de una excursión de seis
semanas). <<
[79] Nueva denominación de país a lo que actualmente son cantones. <<
[80] Frase tomada del poema The Stary of Rimini (La historia de Rímini) del
inglés Leight Hunt (1784-1859), buen amigo de los Shelley. <<
[81] Tomado del poema del inglés W. Wordsworth (1770-1850) « Lines
Composed a Few Miles Above Tintern Abbey » . <<
[82] Punto estratégico de la batalla entre los ingleses y la Armada Invencible en
1588. <<
[83] Gravesend, ciudad inglesa en el estuario del Támesis. Woolwich Greenwich,
pueblecitos cercanos a Londres. Por este último pasa el meridiano 0, a partir del
cual se cuentan los husos horarios y se mide la longitud de las coordenadas
geográficas. <<
[84] Conocida prisión y lugar de ejecución en la historia de Inglaterra. <<
[85] Hemos visto cómo la criatura y Víctor son aspectos uno del otro. Ahora
Clerval se nos ofrece como parte de la ecuación psicológica. Para M. Shelley,
Clerval representa el lado más amable, menos diabólico, de Víctor. <<
[86] En el capítulo anterior se nos ha dicho: « Era una límpida mañana, de finales
de diciembre, cuando vi por primera vez los blancos acantilados de Gran
Bretaña» . El lector deberá decidir con cuál de las dos fechas quiere quedarse.
<<
[87] Errata por Goring; lord George Goring (1583-1663), estadista inglés al
servicio de Carlos I. <<
[88] Así se denomina al río Támesis a su paso por Oxford. <<
[89] Ya en el volumen I se nos ha preparado para esto, cuando Víctor vio cómo
un relámpago destruy ó el magnífico roble. Entonces se nos dijo que fue un
suceso que llevó directamente a su posterior interés por la ciencia. <<
[90] Condados ingleses, cerca de la frontera oeste con Escocia, conocidos como
el Distrito de los Lagos, donde vivieron o escribieron los poetas románticos
ingleses llamados « laquistas» : W. Wordsworth, S. T. Coleridge y R. Southey. <<
[91] Pequeño grupo de islas en la costa norte de Escocia. <<
[92] Pueblecito en la orilla sur del lago Ginebra. <<
[93] Sorprende el hecho de que Víctor, que hasta ahora no había confiado su
historia a nadie por temor a que se le considerara demente, acuda con ella al
magistrado. Quizá la locura en la que ha desembocado su enfermedad le hay a
hecho perder el miedo a esa palabra. <<
[94] La palabra furia se refiere aquí específicamente a las tres Euménides,
encargadas, según la mitología clásica, de vengar los crímenes que no se
castigaban. <<
[95] No se debe pasar por alto la importancia de este momento. La criatura se
ríe, demostrando así que ha oído el juramento de venganza de Víctor, y esta
risotada le salva la vida a Víctor, pues le indica que su reto ha sido aceptado. <<
[96] Referencia al momento cumbre de la famosa retirada de los Diez Mil desde
Persia a Grecia descrita por el historiador y filósofo griego Jenofonte (435-355 a.
C.) en su Anábasis. <<
[97] Aquí termina la narración de Víctor Frankenstein, que, inserta en la Carta 4
de Robert Walton a su hermana, ha incluido la de la criatura creada. Robert
Walton reanuda la carta, si bien a partir de este momento toma forma de
entradas en su diario. <<
[98] Aunque desde el principio de la narración parece claro que M. Shelley quiso
vincular a Walton y a Víctor temáticamente, sólo en este momento se puede
decir que sus vidas son en verdad parecidas. Walton, como vemos, es tan
responsable del destino de su tripulación como Víctor del de su criatura. <<
[99] Errata en el original por 9 de septiembre. <<
[100] Al igual que Víctor, la criatura quiere ser culpable. Víctor no fue asesinado;
murió de muerte natural provocada por su propia decisión de continuar la
venganza. <<