En 1943, Simone Weil se encontraba en Londres para trabajar en los
servicios de Francia Libre, la resistencia francesa, que se preparaba para
constituir un gobierno democrático en Francia cuando acabase aquella
guerra espantosa. El proyecto de fundación de un grupo de enfermeras que
actuarían en el frente de guerra socorriendo a caídos de ambos bandos, que
Simone Weil ya había concebido en Francia, antes de partir hacia los
Estados Unidos, y que había expuesto ante diversas personalidades
influyentes para que pudiese ser llevado a cabo, no pasó de ser un proyecto.
Simone se encontraba algo desesperada, constatando que bien poco podía
hacer ella —y menos aún le dejaban hacer— por su patria y por aquella
Europa desolada.
En Londres, el Consejo Nacional de la Resistencia, que sabía de su
inteligencia y espíritu lúcido, la contratan como redactora, para que deje por
escrito su visión de lo que tendría que ser la nueva Francia tras la
experiencia terrible de la guerra. Fue así como nació L’Enracinement, (Echar
raíces), un libro que quedaría inacabado, a pesar de que fue redactado casi
sin interrupción, con gran urgencia, por la cantidad de ideas que se
amontonaban en los adentros de su autora, convencida como estaba de que
debía ponerlas por escrito.
Aunque es posible también que esta prisa quisiera responder a algún
barrunto de la autora, a quien le quedaban sólo unos meses de vida.
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Simone Weil
Echar raíces
ePub r1.0
RLull 07.01.16
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Título original: L’Enracinement
Simone Weil, 1943
Traducción: Juan Carlos González Pont
Editor digital: RLull
ePub base r1.2
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Presentación
SIMONE WEIL O LA VISIÓN
DEL DESARRAIGO MODERNO
Juan Ramón Capella
Quien haya pasado por la experiencia de leer y reflexionar a partir del texto que se
publica en castellano con el título de Echar raíces convendrá en que se debe prevenir
al lector para que evite un juicio precipitado o sumario sobre él. En esto están de
acuerdo gentes tan dispares como T. S. Eliot y Manuel Sacristán. Éste calificaba
L’enracinement como «una de las obras políticas más difíciles de soportar para el
sentido común»; el primero, al presentar la temprana edición inglesa de la obra,
recomendaba al lector «refrenar los propios prejuicios y al mismo tiempo ser paciente
con los de Simone Weil». Vaya en primer lugar lo siguiente: no se debe abordar este
libro sin saber que fue escrito por una persona que desde muy temprano se identificó
siempre y hasta el fondo —espontánea y completamente, con desprendimiento y de
una manera práctica, traducida en actos— con quienes en cada caso llevaban la parte
peor: con los excluidos, si así puede decirse; con los humillados; con quienes
padecían la injusticia o cargaban con la desigualdad; con la multiforme humanidad
sufriente.
En mi opinión hay que proceder con estas páginas como si se practicara la
minería: como si quien lee fuera un buscador de oro, o de diamantes. Pues en ellas,
junto a no poca ganga sin valor aparente, se encuentran las proposiciones
fundamentales de una de las reflexiones filosófico-políticas más notables,
interesantes y significativas de este siglo. De un siglo que desemboca en la
contradictoria humanidad lanzada en regresión hacia la jungla —hacia la jungla
social— con todo el impulso de sus tecnopatías por si no bastara la violencia de la
injusta e irracional configuración de sus relaciones sociales.
Acaso ayude al lector que desde el principio queden apuntados algunos aspectos
de la «ganga sin valor aparente» de estas páginas. Cada uno los percibe desde su
punto de vista particular. Desde el mío, en último término, resultan insufribles un
platonismo que galopa desbocado, una concepción de la ciencia que comparte la
debilidad epistemológica —hereditaria; al parecer genética— de la filosofía francesa,
y, sobre todo, una noción de verdad esencialmente formal (aunque no consciente de
ello), extraída de la matemática pero aplicada a la historia, que tiene la consecuencia
de borrar la frontera entre lo verdadero y lo meramente verosímil, y que lleva a la
autora, como señaló precozmente Manuel Sacristán, a resolver bastantes problemas
con cierta violencia intelectual.
A esto hay que añadir, más esencialmente por estar en relación directa con la
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problemática político-social que el texto aborda, algo también apuntado por
Sacristán: la dificultad que experimenta un pensamiento político «personalista», para
el que únicamente Ja persona tiene un valor sustantivo, un valor ante la
trascendencia —aunque ese valor se encuentre ante todo en el otro, en la persona del
otro—, para esclarecer y caracterizar la naturaleza de las entidades de intermediación
entre los seres humanos.
Argumentar en términos de valor ante la trascendencia equivale a postular que
todo ser humano debe ser visto como sagrado. Una postulación que se sostiene en un
universo discursivo en el que tienen sentido palabras como dignidad, o esperanza, o
bondad —y que sabemos irreductible al mundo de la ciencia y de la técnica—. El
otro resulta esencial en este pensamiento por ser quien posibilita el perfeccionamiento
de cada uno al hacer transitivo el principio del amor, o —lo que para Simone Weil es
lo mismo— de la justicia. Pues para esta autora la verdad, la bondad y la belleza son
lo mismo: «El pecado de politeísmo no consiste en dejar que la imaginación juegue
con Apolo y con Diana, sino en creer que hay varios bienes distintos e independientes
entre sí, como la verdad, la belleza y la moralidad». Esta confusión del reino de los
hechos —el plano epistémico de la verdad— y el reino de los fines (donde pueden
hallar ubicación belleza y moralidad) refuerza la dificultad señalada respecto de la
consideración de las instituciones, las cuales son, justamente, lugares factuales de
composición de actividades sociales y, consiguientemente, en cierto modo, de
comunicación, contraste e intermediación de finalidades.
Y, efectivamente, algunos de los puntos más débiles, tributarios en parte de la
época en que fue escrito este «tratado político» (si se puede llamar así), tienen que
ver precisamente con esas estructuras de intermediación. Por ejemplo: Simone Weil
se pronuncia, con absoluto irrealismo, en favor de la eticidad de la ley penal, al dar
por sentado que en las platónicas manos de los funcionarios estatales, aplicando
penas justas —incluida la de muerte—, está la capacidad de «devolver la dignidad» a
quien ella supone que la pierde por transgredir la ley. Otro ejemplo: el interés y la
riqueza de su visión de los sindicatos, partidos y empresas desde una perspectiva
crítica se desvanecen cuando el punto de vista pasa a ser constructivo. Aquí muchos
de los materiales son «de época», de los años treinta y cuarenta; rebasaron hace
mucho su fecha de caducidad. La visión de Simone Weil de los sindicatos exige una
lectura histórica, comprensiva de la decepcionante e impotente experiencia del
gobierno de Frente Popular en Francia (en mi opinión pocas veces un tratamiento
temático ha estado tan cerca de lo que pretende combatir). Por otra parte, el Estado
propuesto por Simone Weil es tributario en amplísima medida nada menos que de La
República de Platón (incluyendo mismamente una versión sui generis de la platónica
proscripción de los poetas). Pese a todo esto, sin embargo, es preciso añadir
inmediatamente que la percepción del ámbito de lo político de Echar raíces capta un
espectro de realidad mucho más amplio que la mayoría de los coetáneos de la autora
y, por supuesto, que la estéril filosofía política académica que ha venido después[1].
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Sería completamente injusto no señalar que junto a la «ganga sin valor aparente»
hay también, en la obra de esta filósofa muerta —y parece imposible— a los treinta y
cuatro años, filones enteros de reflexión de primera magnitud. Manuel Sacristán —de
nuevo— señalaba la empatía manifiesta de los conceptos de renoncement y transfert
con la psicología de Juan de la Cruz. En mi opinión el emparentamiento que puede
trazarse entre ambos autores es incluso más de fondo: el uno es un escritor espiritual
que abre un espacio para la subjetividad moderna a partir de una «teología
negativa»[2]; Simone Weil intenta crear un espacio de subjetividad cuando la
modernidad culmina su obra de «desalmar» el mundo, y lo hace también a partir de
una teología negativa, de la ausencia de Dios. Que sabe, como Juan, expresar de un
modo pleno:
La creación no es un acto de poder por parte de Dios. Es una abdicación. Con
ella ha quedado establecido un reino distinto del reino de Dios. La realidad de
este mundo está constituida por el mecanismo de la materia y la autonomía de
las criaturas razonantes. Es un reino del que Dios se ha retirado, puesto que su
reino no es de este mundo. Dios ha renunciado a ser su rey y ya sólo puede
venir a él como mendigo.
Para mí resulta premonitorio que el impulso revolucionario de Simone Weil,
identificada desde tan temprano con la causa emancipatoria, la llevara finalmente a la
búsqueda de un espacio para la vida interior; a la búsqueda —dicho desde las
preocupaciones del presente— de un ámbito no colonizable por las propagandas, por
los productos de lo que se acabará viendo como la industria de manipulación de las
consciencias[3], y disponible en cambio para dar acogida al otro. La consecución y
preservación de un espacio así es una de las necesidades vitales contemporáneas de
cada uno de los miembros de la humanidad sufriente.
Otro de los filones de Echar Raíces es una excelente percepción de las
limitaciones de la concepción procedimental de la democracia. Esta concepción, que
excluye ver la democratización como un proceso inacabado de distribución del poder,
consiste en entender la democracia como un procedimiento (o un conjunto de
procedimientos) para la toma de decisiones. Una parte no desdeñable de la filosofía
política académica de la segunda mitad del siglo XX la ha hecho suya; y se ha
empecinado en determinar las condiciones o requisitos de los procedimientos
democráticos, dando por supuesto que tales procedimientos legitiman las decisiones
mismas. Simone Weil no padece este autoengaño:
La democracia y el poder de la mayoría no son bienes. Son medios para
conseguir el bien que acertada o equivocadamente se consideran eficaces. Si,
en vez de Hitler, la República de Weimar hubiera decidido por vías
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estrictamente parlamentarias y legales meter a los judíos en campos de
concentración y torturarles refinadamente hasta la muerte, las torturas no
tendrían ni un átomo de legitimidad más que la que ahora les falta.
Esto es: por sí mismo, el procedimiento «democrático» no legitima nada. La
objeción de cualquiera a las «democráticas» bombas de Hiroshima y Nagasaki no es
procedimental, sino de otra naturaleza. La democracia procedimental sólo tiene una
relevancia negativa. Hoy —y en nuestros ámbitos culturales— la ausencia de
procedimientos democráticos de toma de decisiones, por sí sola, deslegitima una
decisión dada; pero los procedimientos, por sí mismos, no son condición suficiente de
la legitimación. Simone Weil, leída en estos años de cambio secular, resulta
increíblemente avanzada porque repropone uno de los problemas agudos del presente.
No hay sistema político alguno que no precise construir una por una la legitimación
de las decisiones que produce. No hay legitimación puesta a priori de una vez para
siempre. Cada decisión ha de legitimarse en función de un proyecto social
suficientemente compartido. [Tal vez por esto mismo los poderes se insinúan ahora
cada vez más no tanto como buscadores de legitimación cuanto como configuradores
de la insensibilidad moral de las poblaciones.]
Por otra parte, para percibir la envergadura de la filosofía política de Simone Weil
—pues la magnitud de una reflexión se mide por los problemas con que se enfrenta—
me parece decisiva su recuperación de una temática prácticamente perdida por el
pensamiento político moderno; lo que ella llama «el problema de dar inspiración a un
pueblo»; esto es —dicho algo reductivamente—, el replanteamiento de la noción de
finalidad colectiva, de la necesidad de educación en la política y de idealidades
políticas, como problemas político-sociales básicos.
La desaparición de esta temática del pensamiento político de la modernidad tiene
que ver directamente con el desarraigo de las sociedades modernas. Unas sociedades
que tratan de subordinar todo vínculo entre seres humanos al que se establece al
comprar y vender; que han hecho un trabajo histórico de disolución de las
identidades grupales, nacionales y culturales, de disgregación de toda comunidad en
que sea posible el arraigar. En las sociedades de este tipo, los seres humanos,
realmente atravesados por innumerables influencias sociales sin las cuales ni siquiera
pueden explicarse a sí mismos, dar cuenta de sí, se autorrepresentan sin embargo
como individuos autónomos, como mónadas encapsuladas (lo que resulta
imprescindible para el mundo establecido), cuya socialidad primaria se configura, en
esta representación, como un conjunto de derechos. Simone Weil destaca
enérgicamente, en cambio, la primacía de la obligación. La prioridad de la obligación
sobre cualquier derecho. Que los seres humanos tienen deberes para con otros
miembros de la especie antes de que puedan empezar a exigirse recíproca o
institucionalmente derechos.
Nadie, ninguna persona puede afirmar que tiene un derecho salvo que otra distinta
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de ella tenga un deber a su respecto. Primero nacen los deberes; sólo a partir de los
deberes cabe llamar «derecho» a la capacidad de exigencia del deber ajeno.
Al admitir los propios deberes se adopta el punto de vista de quien reconoce
efectivamente al otro. Y desde esta perspectiva se desenmascara el carácter sectario,
parcial, hoy ya anticuado, de la autosatisfecha idea de tolerancia. Quien tolera al otro
—a los otros que no son como los demás— no se considera obligado hacia el otro,
sino sólo hacia sí mismo: hacia la propia —e intransitiva— perfección (o
superioridad) que le permite tratar al otro como si fuera un igual pese a que le
contempla como diferente. En un mundo sin universalización cultural posible resulta
inmoral —o arrogante, prepotente— y no democrático tolerar al diferente (esa
barbarie moral en que se complacen tantos bellalmados). Reconocer los propios
deberes hacia el otro/diferente es en cambio la base de la socialización en la igualdad;
o, dicho de otra manera, la base de agrupamientos sociales en los que cabe arraigar[4].
El centro de este texto de Simone Weil es un diagnóstico certero y problemático
de nuestro desarraigo y de nuestra necesidad de echar raíces.
El lector debe saber que lo que tiene entre las manos no es una obra acabada. Es
la edición de un manuscrito al que la autora no puso punto final. Lo encabeza la
inscripción Preludio a una declaración de los deberes hacia el ser humano; el título
L’enracinement, al que responde Echar raíces en la presente traducción española, se
debe a Albert Camus, quien tuvo a su cargo la edición francesa junto con la madre de
la autora (que mecanografió el manuscrito).
También se debe a A. Camus la división tripartita, la denominación de cada una
de las partes y ciertos titulillos escandidos en el texto. Éste, continuado, no muestra
divisiones; y los titulillos del tex to impreso —no siempre afortunados— son en el
manuscrito meras cifras sucesivas, primero romanas y luego árabes. Hay pues cierto
trabajo del editor para facilitar la lectura que se conserva en la traducción castellana,
aunque con las indicaciones pertinentes en notas a pie de página (las llamadas con
asterisco, en cambio, remiten a términos del Glosario que figura al final del libro,
elaborado por los traductores).
Probablemente nunca se sabrá si las últimas páginas del texto impreso —
separadas de las precedentes por un espacio en blanco—, que comienzan con la frase
«El trabajo físico aceptado es, después de la aceptación de la muerte, la forma más
perfecta de la virtud de la obediencia», forman parte del manuscrito. No aparecen en
la primera edición, pues fueron añadidas a partir de 1950. Son sin duda
contemporáneas a la redacción de L’enracinement y se hallan temáticamente
emparentadas con él. Pero ciertos rasgos físicos (calidad del papel, distancia
interlinear, ausencia de numeración de SW) podrían indicar también que se trata de
un texto distinto. Su continuidad con lo que antecede en la edición francesa es una
falsa apariencia, pues el manuscrito prosigue con unos pocos párrafos (que parecen
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algo erráticos al estar inconclusos) omitidos por los editores. En realidad, existe otro
texto[5] que también se inicia con la frase antes entrecomillada. Se mire como se
mire, el manuscrito que conocemos como L’enracinement está inacabado. En éste
como en otros casos, entre los «papeles de Londres» de Simone Weil conservados en
la Biblioteca Nacional Francesa hay desarrollos temáticos que corren paralelos a los
de L’enracinement sin que se puedan considerar borradores de éste, que ya es él
mismo un borrador.
Un borrador plena y fácilmente legible que presenta correcciones manuscritas de
Simone Weil de dos tipos distintos: de una parte, Pentimenti, claramente establecidos;
de otra, una corrección «aclaratoria», en algún caso estilística, que parece
encaminarse sobre todo a facilitar la lectura por el destinatario del manuscrito y por
quien, eventualmente, haya de mecanografiarlo[6].
Creo que Simone Weil no habría aceptado nunca la publicación de su manuscrito
tal como lo conocerá el lector. Justificar esta afirmación exige esclarecer las
circunstancias de la redacción de un texto que la autora empezó escribiendo para un
lector determinado y que al final proseguía, en mi opinión, casi sólo para sí misma.
Tras lograr viajar a Nueva York con su familia en 1942, Simone Weil intentó
incorporarse como combatiente al movimiento de la resistencia francesa. En Nueva
York, mientras mandaba una carta tras otra con este objetivo[7], trataba también de
intervenir en la prensa norteamericana en favor de la Francia Libre[8]. Finalmente M.
Schumann la recomendó a André Philip, «Comisario de Interior y de Trabajo» en el
Comité Nacional de la Francia Libre, que iba a viajar a América. Philip habló con
Simone y le facilitó el viaje a Londres para que colaborara con él.
Simone Weil llegó finalmente a Londres a finales de 1942. Su pretensión de
integrarse como combatiente de la resistencia en territorio francés fue considerado
una locura: obtuvo un rechazo enérgico y completo; hubo de resignarse a colaborar
con André Philip[9], y, en términos más cotidianos, con su jefe de gabinete, Louis
Closon[10].
Los «papeles de Londres» que se han conservado muestran de qué se ocupaba
Simone Weil en la oficina de Hill Street, donde estaba el comisariado francés del
interior en cuya plantilla figuraba como «redactora»: le pedían informes como «Bases
para un estatuto de las minorías francesas no cristianas y de origen extranjero»,
«Esquema de la constitución hitleriana francesa» o «Las bases de la reforma
constitucional». En uno de los originales conservados de sus «Remarques sur le
Nouveau projet de Constitution», se lee escrito en tinta roja lo siguiente: M. Philip.
Note de Simone Weil. Philip le encargó escribir sobre ciertas cuestiones puntuales.
Por ejemplo: sobre los juicios por colaboración con el enemigo y cómo moderar los
ánimos de venganza; sobre los sindicatos; sobre proyectos de constitución, sobre
proyectos sobre el modo de hacer proyectos de constitución, etc. Ni que decir tiene
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que SW simultaneaba esta actividad con su escritura personal, de experiencia
espiritual. André Philip era una persona de visión amplia; por eso la encargó
principalmente —y el lector podrá ver más adelante, de todos modos, en qué términos
lo hizo— que pusiera por escrito sus ideas acerca de lo que los franceses de Londres
podían hacer para ganar la guerra y sobre todo acerca de lo que habría que hacer
después.
Nació así L’enracinement. En teoría se ocupa del programa a seguir por la Francia
Libre durante la guerra e inmediatamente después de la liberación. No se
autoconcebía como un trabajo puramente teórico. Hay que leerlo en relación con los
textos coetáneos, sobre todo los reunidos en Écrits de Londres et demiéres lettres[10].
Su destinatario era obviamente André Philip; al menos, Simone creyó que Philip
quería hacer algo a partir de sus ideas. Un buen manojo de las páginas iniciales
fueron efectivamente leídas por él, pues hay huellas de lápiz rojo en zonas de interés
profesional suyo por su ocupación en la Facultad de Derecho y en el Comisariado: las
páginas sobre sindicatos y relaciones laborales; hay además expresivos signo de
interrogación y admiración —o más bien lo contrario— apostillando las ideas de SW
en materia de derecho penal. Es evidente que Philip comprendió, junto a la amplitud
y el alcance de la reflexión que Simone Weil desarrollaba en su oficina, que un
abismo la separaba del juego real de las fuerzas políticas. Philip reconocía su impulso
ético y a su manera animaba a Simone a proseguir; pero al mismo tiempo debió
parecerle enteramente desprovista de sentido práctico. La segunda mitad del
manuscrito de L’enracinment está libre de huellas del lápiz rojo.
Bien debió advertir Simone Weil el escaso interés que suscitaba su trabajo en una
época de problemas prácticos terribles. Como también advirtió, a medida que
transcurría 1943, la —digamos— politicidad de muchas de las gentes que la
rodeaban; esto es: al lado de la generosidad y el desprendimiento del impulso
antinazi, el tacticismo del Consejo de Londres; por otra parte parece haber presentido
o empezado a presenciar también la carrera por los cargos que forzosamente iba a
desencadenarse a la hora de instalar en Francia un gobierno provisional y un nuevo
sistema político. Simone no tenía nada en común con eso. En su cuartito de Hill
Street seguía escribiendo cosas tan ciertas como terribles:
La matanza de la Comuna, sorprendente tanto por la cantidad de las víctimas
como por su ferocidad, inculcó permanentemente en los obreros la idea de ser
los parias, los excluidos de la nación; y en los burgueses, a consecuencia de su
mala conciencia, una especie de temor físico a los obreros. Eso pudo
advertirse aún en junio de 1936, y el hundimiento de junio de 1940 es en
cierto sentido una consecuencia directa de aquella guerra civil de 1871. […]
Así se convirtió Francia en una nación como las demás, que sólo pensaba en
conseguir del mundo su ración de carne amarilla y negra y en lograr la
hegemonía en Europa.
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Palabras que parecen hacer eco a la premonición de Rimbaud sobre la
«democracia» republicana tras el aplastamiento sangriento de la Comuna de París:
Aux centres nous alimenterons la plus cynique prostitution. Nous
massacrerons les révoltes logiques. Aux pays poivrés et détrempés! —au
service des plus monstrueuses exploitations industrielles Oíl militaires. Ali
revoir ici, n’importe oú. Conscrits du bon vouloir, nous aurons la philosophie
féroce; ignorants pour la science, roués pour le confort; la crevaison pour le
monde que va. C’est la vraie marche. En avant, route!
Al tiempo que la tuberculosis minaba a Simone (antes de la difusión de los
antibióticos), el texto de su manuscrito pierde tensión histórico-política y crece en la
reflexión directamente espiritual, del todo inusual en un «tratado político». Por
ejemplo:
En el plano de los acontecimientos, la noción de conformidad a la voluntad de
Dios es idéntica a la noción de realidad. En el plano del bien y del mal puede
haber conformidad o disconformidad con Ja voluntad de Dios según la
relación al bien y al mal. La fe en una providencia consiste en estar seguro de
que el universo en su totalidad es conforme a la voluntad de Dios no sólo en
el primer sentido sino también en el segundo; esto es, que en este universo el
bien predomina sobre el mal.
Lo cual puede ser, a mi juicio, una excelente definición de la fe incluso para
quienes carecemos de ella. Aunque no siempre explícita, la reflexión espiritual tiene
también, sin embargo, su vertiente política:
Un saco de trigo siempre se puede sustituir por otro. El alimento que una
colectividad suministra al alma de sus miembros no tiene equivalente en todo
el universo. Además, por su duración, la colectividad penetra en el futuro. Es
alimento no sólo para las almas de los vivos, sino también para las de los aún
no nacidos, que llegarán al mundo en los siglos venideros.
La filosofía política tiende a transformarse al final de L’enracinement, por esta
inyección creciente de reflexión espiritual, en pura filosofía —o teología— de la
historia. El manuscrito se llena de referencias a la religiosidad pre-cristiana; de lírica
estoica e himnos que traduce del griego, o del sánscrito una persona a quien no se le
permite consumar su voluntad y su capacidad de sacrificio. Pero es preferible que sea
la propia Simone Weil quien finalmente dé cuenta de las angustiosas condiciones en
que fue escrito L’enracinement. Encontramos sus palabras en una carta escrita a su
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amigo y compañero de trabajo François-Louis Closon cuando ya estaba internada en
el hospital de Middlesex, de donde pasó al Grosvenor Sanatorium de Ashford para
morir el 24 de agosto de 1943:
Lunes, 26 de julio de 1943
Querido amigo:
Olvidé preguntarte, en nuestro último encuentro, si ha informado a Philip
de mi situación actual, de dimitida mantenida en las nóminas de Hill Street
sólo como enferma y a título filantrópico.
Si no es así, le encargo que se lo diga tan pronto como le vea, en Argel o
aquí.
Aunque rechazara su proposición de un intercambio de cartas, como cosa
inadecuada para nuestra amistad, mi decisión era tan definitiva como si le
hubiera dado expresión escrita y oficial.
No ha habido ningún cambio al respecto, y tampoco preveo que lo haya en
el futuro.
Si algún día pudiera reunirme con mis padres en África del Norte, y si me
tomaran a su cargo (cosa que harían, evidentemente), exigiría ser borrada
efectivamente de las nóminas del Ministerio del Interior. Al mismo tiempo
solicitaría ser readmitida en las plantillas de Instrucción Pública (de las que
Vichy me expulsó) y que se me concediera un permiso sin sueldo.
El Comisariado del Interior se ocupa de la resistencia francesa. Sólo hay
un modo en que yo pueda ocuparme de la resistencia francesa, y en una sola
porción del globo terrestre. Usted ya sabe lo que quiero decir.
Cuando desde hace 4 meses una oscila entre los 38° y los 38,5° estas ideas
se dejan en un rincón hasta nueva orden. Por mi parte espero que Francia se
desembarace de sus bacilos (al menos los que llevan uniforme verde) tan
deprisa que no pueda alcanzarla.
Además, me han dicho una y otra vez que ni siquiera hallándome en
perfecto estado de salud habría ninguna posibilidad para mí.
Excluido este supuesto, no puedo tener ninguna relación directa o
indirecta, ni siquiera muy indirecta, con la resistencia francesa.
Y siendo así, en ningún caso puede haber plaza alguna para mí en los
servicios de Interior.
No me diga que si todo el mundo tuviera esta actitud no haríamos nada.
De hecho no es éste el caso, y no hay peligro alguno al respecto. Las personas
difieren por su temperamento, su carácter, sus capacidades; por el objetivo
que le asignan a su vida; por su vocación. Yo sólo hablo por mí. Que los
demás se las apañen por su lado cada uno como pueda, consigo mismos y con
el universo.
En cuanto a la postguerra, deseo esencialmente, en el momento de la
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liberación del territorio francés, no tener vínculo oficial alguno, por indirecto
o lejano que sea, con los cargos del gobierno.
Si recupero alguna vez cierta capacidad de trabajo, y si en ese momento
Philip —suponiendo que aún esté «en funciones»— necesita consumir mi
papel garabateado, sólo tendrá que hacer que cualquier centro de estudios me
dé una beca de «investigación». Sería un modo de remuneración mucho más
normal para un trabajo como el que he realizado aquí que inscribirme en la
plantilla de un ministerio.
Pero tal cosa me sorprendería mucho. Su fórmula, repetida a menudo, de
«¡Vomite!» (lo que parece implicar: luego estará usted disponible para las
cosas serias), y su pregunta «¿Por qué no se dedica a las cosas concretas, a los
problemas sindicales, en vez de quedarse en las generalidades?», no parecían
revelar gran interés.
Aparte de esto, no hay nada, nada en absoluto, que pueda hacer para él.
De las 3 proposiciones de trabajo que me ha hecho durante los 4 meses
que he pasado en Hill Street, una era tan vaga que ni me daba el menor
vislumbre de lo que quería («brain’s trust», «escombrado doctrinal»), y las
otras dos imposibles para mí («plan» preciso sobre el sindicalismo francés -
estudio de la situación sindical y obrera inglesa).
Las dos últimas habrían sido enteramente adecuadas para gentes —y las
hay altamente eminentes en su género— que, con conocimiento de causa o no
—casi siempre no— tienen el arte de escribir brillantemente acerca de lo que
ignoran.
Philip se ha equivocado de persona.
En cierta ocasión se quejó a Schumann de que no podía «utilizar mi
inteligencia». Efectivamente, no puede. Pero esto es fácil de arreglar. En el
mercado abundan las inteligencias utilizables. La mía —le aseguro que hablo
sinceramente y que sé muy bien lo que digo— no tiene nada de excepcional.
Siempre ha sido una inteligencia media.
Las inteligencias entera y exclusivamente abandonadas y entregadas a la
verdad no son utilizables por ningún ser humano, incluido aquél en quien
residen. Yo carezco de la posibilidad de utilizar mi propia inteligencia; ¿cómo
podría ponerla a la disposición de Philip? Es ella la que me utiliza a mí, y ella
misma obedece sin reservas —al menos confío en que así es— a lo que le
parece ser la luz de la verdad. Obedece día a día, segundo a segundo, y mi
voluntad jamás ejerce sobre ella acción alguna.
La gente que es así no tiene realmente nada que hacer, creo, junto a los
ministros —ni siquiera junto a un ministro como Philip.
De modo que no puedo prestar ninguna clase de servicio, ni al
Comisariado como tal ni a Philip personalmente.
Por último, deseo señalar de pasada que desapruebo el mantenimiento —
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confirmado por De Gaulle en una entrevista— de algo denominado «el
movimiento de la Francia Combatiente»; esté donde esté, considero que yo no
formo parte de eso.
Le encargo formalmente que comunique a Philip el contenido de esta
carta. Muéstresela si le parece bueno. Creo que es lo mejor.
Usted conoce mis sentimientos hacia Philip; y creo que él los conoce
también. No creo que esta carta pueda suscitar, a este respecto, un
malentendido. Aunque le conozca tan poco, simpatizo de veras con su amistad
hacia él; y eso es decir bastante.
Una carta así, en mi estado, es una locura. Pero debía ser escrita. Espero
que no turbe su descanso.
Besos, afectuosos y sin bacilos, para Zette y Daniel. Saludos.
Simone Weil.
PS. No pierden ustedes gran cosa.
Lo que voy a decir expresa un convencimiento antiguo (pero cada vez más
fuerte, sobre todo, evidentemente, desde hace unos meses), meditado y
permanente. No es consecuencia de una depresión física o moral.
Estoy acabada, rota, más allá de cualquier posibilidad de reparación, y ello
independientemente de los bacilos de Koch. Éstos sólo se han aprovechado de
la falta de resistencia y, naturalmente, trabajan un poco más en la demolición.
En la hipótesis más favorable (por hablar como todo el mundo; para mí
todo está igualmente bien) tal vez el objeto pueda ser no ya reparado pero sí
reajustado provisionalmente, de modo que aún pueda funcionar parcialmente
unos años suplementarios. Unos poquitos años.
Esto es realmente en mi opinión —tan segura como puede serlo una
opinión en este ámbito— el límite extremo de las posibilidades. Si
generalmente no me expreso así es porque me parece inútil, y no porque
alguna vez llegue a pensar de otro modo.
Creo, casi estoy persuadida de ello, que incluso este reajuste provisional
sólo puede ser realizado por mis padres y no de otro modo. Si llega a
producirse consagraré el poco de energía y de vida así concedido ya sea a
reflexionar y a redactar lo que tengo en el vientre (incluso aunque no haya
ningún consumidor), ya a una actividad de tipo carne de cañón; espero que
sienta lo que quiero decir.
No perderé el tiempo en una actividad más o menos política sabiendo que
la cantidad de energía correspondiente a un mínimo de eficacia en política
está tan fuera de mi alcance como la indispensable para explorar el Everest.
Eso es.
Tome buena nota de esto: si algunas palabras de mi carta parecieran
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implicar una condena indirecta para usted, eso sería una falsa interpretación.
Hasta nueva orden, no tengo nada que desaprobar en su posición o su
actividad. Usted se desenvuelve en la vida a su manera; yo, a la mía.
Nuevos saludos.
S. W.
[en vertical, al MARGEN] Si tiene ocasión, muestre esta carta a
Schumann (P. S. incluido). Y consérvela.
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PRIMERA PARTE
—LAS NECESIDADES DEL ALMA—
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La noción de obligación prima sobre la de derecho, que está subordinada a ella y es
relativa a ella. Un derecho no es eficaz por sí mismo, sino sólo por la obligación que
le corresponde. El cumplimiento efectivo de un derecho no depende de quien lo
posee, sino de los demás hombres, que se sienten obligados a algo hacia él. La
obligación es eficaz desde el momento en que queda establecida. Pero una obligación
no reconocida por nadie no pierde un ápice de la plenitud de su ser. Un derecho no
reconocido por nadie no es gran cosa.
Carece de sentido decir que los hombres tienen, por un lado, derechos, y por otro,
deberes. Esas palabras sólo expresan puntos de vista diferentes. Su relación es la del
objeto y el sujeto. En sí mismo, un hombre sólo tiene deberes, entre los que se
cuentan algunos para consigo mismo; los demás, desde su punto de vista, sólo tienen
derechos. A su vez, hay derechos cuando a ese hombre se le considera desde el punto
de vista de los demás, obligados para con él. Un hombre solo en el universo no
tendría ningún derecho pero sí tendría obligaciones.
La noción de derecho, al ser de orden objetivo, no se puede separar de las
nociones de existencia y de realidad. Aparece cuando la obligación desciende al
ámbito de los hechos; entraña siempre, por tanto, en cierta medida, que se tomen en
consideración supuestos de hecho y situaciones particulares. Los derechos siempre
están sujetos a condiciones determinadas. La obligación sólo puede ser
incondicionada. Se sitúa en un ámbito que está más allá de toda condición porque
está más allá de este mundo.
Los hombres de 1789 no reconocían tal ámbito. Sólo admitían el de las cosas
humanas. Por ello partieron de la noción de derecho. Pero quisieron instaurar
principios absolutos. Esa contradicción les hizo caer en una confusión de lenguaje y
de ideas aún presente en la confusión política y social actual. El ámbito de lo eterno,
lo universal y lo incondicionado es distinto del ámbito de las condiciones de he cho; y
en él habitan nociones diferentes, ligadas a la parte más secreta del alma humana.
La obligación sólo vincula a los seres humanos. No hay obligaciones para las
colectividades como tales. Pero sí las hay para todos los individuos que componen
una colectividad, la sirven, la dirigen o Ja representan, tanto en la parte de su vida
sujeta a la colectividad como en la que es independiente de ella.
Idénticas obligaciones vinculan a todos los hombres, aunque corresponden a actos
diferentes según las situaciones. Ningún ser humano puede sustraerse a sus
obligaciones en circunstancia alguna sin cometer un crimen, salvo en el caso de que
al ser incompatibles dos obligaciones reales se vea forzado a incumplir una de ellas.
La imperfección de un orden social se mide por la cantidad de situaciones de ese
tipo que entraña.
En este caso, habrá crimen cuando la obligación abandonada sea, además, negada.
El objeto de la obligación, en el ámbito de las cosas humanas, es siempre el
hombre como tal. Hay obligación hacia todo ser humano por el mero hecho de serlo,
sin que intervenga ninguna otra condición, e incluso aunque el ser humano mismo no
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reconozca obligación alguna.
Esta obligación no se basa en ninguna situación de hecho, ni en la jurisprudencia,
ni en las costumbres, ni en la estructura social, ni en las relaciones de fuerza, ni en la
herencia del pasado, ni en el supuesto sentido de la historia. Pues ninguna situación
de hecho puede funda mentar una obligación.
Esta obligación no se basa en una convención. Todas las convenciones son
modificables por voluntad de los pactantes, mientras que ningún cambio en la
voluntad de los hombres puede modificar lo más mínimo esta obligación.
Esta obligación es eterna. Responde al destino eterno del ser humano. Sólo el ser
humano tiene un destino eterno. Las colectividades humanas no. Respecto de ellas no
hay, por tanto, obligaciones directas que sean eternas. Sólo es eterno el deber hacia el
ser humano como tal.
Esta obligación es incondicionada. Si se basa en algo, ese algo no es de este
mundo. No está basada en nada de este mundo. Es la única obligación relativa a las
cosas humanas no sujeta a ninguna condición.
Esta obligación halla verificación, que no fundamento, en el acuerdo de la
conciencia universal. Está expresada en algunos de los textos más antiguos que se
conservan. Se la reconoce en todos los casos particulares en que no se la combate por
el interés o las pasiones. El progreso se mide por relación a ella.
El reconocimiento de esta obligación se halla expresado de forma confusa e
imperfecta —más o menos imperfecta según los casos— en los llamados derechos
positivos. En la medida en que los derechos positivos entran en contradicción con ella
quedan afectados de ilegitimidad.
Aunque esa obligación eterna responde al destino eterno del ser humano, tal
destino no es su objeto directo. El destino eterno de un ser humano no puede ser
objeto de obligación alguna porque no está subordinado a acciones exteriores.
El hecho de que un ser humano posea un destino universal sólo impone una
obligación: el respeto. La obligación sólo se cumple cuando tal respeto se manifiesta
efectivamente, de forma real y no ficticia; y únicamente puede manifestarse a través
de las necesidades terrenas del hombre.
La consciencia humana nunca ha variado en este punto. Hace miles de años los
egipcios creían que un alma no puede justificarse después de la muerte si no es capaz
de decir: «No dejé a nadie pasar hambre». Los cristianos saben que se exponen a que
el propio Cristo les diga un día: «Tuve hambre y no me diste de comer». Todo el
mundo concibe el progreso, principalmente, como el paso a un estadio de la sociedad
en que las gentes no pasen hambre. Si la cuestión se plantea en términos generales,
nadie considerará inocente a un hombre que teniendo alimento en abundancia y
encontrando ante su puerta a alguien medio muerto de hambre pase por su lado sin
darle nada.
Es pues una obligación eterna hacia el ser humano no dejarle pasar hambre
cuando se le puede socorrer. Al ser ésta la obligación más evidente, debe servir de
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modelo para elaborar la lista de los deberes eternos hacia todo ser humano. Para
confeccionar dicha lista con el máximo rigor hay que proceder por analogía a partir
de este primer ejemplo.
Así, la lista de las obligaciones hacia el ser humano debe corresponder con la de
las necesidades humanas vitales análogas al hambre.
Algunas de estas necesidades son físicas, como el hambre. Son bastante fáciles de
enumerar. Atañen a la protección contra la violencia, al alojamiento, al vestido, al
calor, a la higiene, a los cuidados en caso de enfermedad.
Hay otras necesidades, en cambio, que no tienen relación con la vida física sino
con la vida moral. Pero también son terrenas, como las primeras, y tampoco tienen
una relación directa accesible a nuestra inteligencia con el destino eterno del hombre.
Son, como las necesidades físicas, necesidades de la vida de aquí abajo. Es decir: si
no se satisfacen el hombre cae poco a poco en un estado más o menos análogo a la
muerte, más o menos próximo a una vida meramente vegetativa.
Estas necesidades son mucho más difíciles de reconocer y enumerar que las del
cuerpo. Pero todo el mundo admite que existen. Cuantas atrocidades pueda cometer
un conquistador sobre las poblaciones sometidas —masacres, mutilaciones,
hambruna organizada, reducción a la esclavitud o deportaciones masivas— son
generalmente consideradas como medidas de la misma especie, aunque la libertad o
el país natal no sean necesidades físicas. Todo el mundo es consciente de que hay
crueldades que atentan contra la vida del hombre sin atentar contra su cuerpo. Son las
que le privan de cierto alimento necesario para la vida del alma.
Las obligaciones —incondicionadas o relativas, eternas o cambiantes, directas o
indirectas respecto de las cosas humanas se derivan sin excepción de las necesidades
vitales del ser humano. Las que no conciernen a tal o cual ser humano determinado
tienen por objeto cosas que desempeñan, en relación con los hombres, un papel
análogo al del alimento.
A un campo de trigo no se le debe respeto por sí mismo, sino por ser alimento
para los seres humanos.
Análogamente, a una colectividad, sea la que sea —patria, familia u otra
cualquiera—, no se le debe respeto por sí misma, sino como alimento de cierto
número de almas.
Esta obligación impone en la práctica actitudes o actos diferentes según las
situaciones. Pero considerada en sí misma es absolutamente idéntica para todos.
En particular, es absolutamente idéntica para quienes están en el extranjero.
El grado del respeto debido a las colectividades humanas es muy elevado, por
varias consideraciones.
En primer lugar, cada una es única, y si se la destruye no puede ser reemplazada.
Un saco de trigo siempre se puede sustituir por otro. El alimento que una colectividad
suministra al alma de sus miembros no tiene equivalente en todo el universo.
Además, por su duración, la colectividad penetra en el futuro. Es alimento no sólo
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para las almas de los vivos, sino también para las de los aún no nacidos que vendrán
al mundo en los próximos siglos.
Por último, por su duración misma, la colectividad hunde sus raíces en el pasado.
Constituye el único órgano de conservación de los tesoros espirituales juntados por
los muertos, el único órgano de transmisión mediante el cual los muertos pueden
hablar a los vivos. Y la única cosa terrena que tiene una relación directa con el
destino eterno del hombre es la irradiación —transmitida de generación en
generación— de aquellos que tuvieron plena conciencia de tal destino.
A causa de todo ello, bien puede ocurrir que la obligación para con una
colectividad en peligro llegue incluso al sacrificio total. Sin embargo, de ello no se
deriva que la colectividad esté por encima del ser humano. Pues también sucede que
la obligación de socorrer a un ser humano en peligro deba llegar hasta el sacrificio
total, sin que esto implique superioridad alguna por parte del socorrido.
Un campesino, en determinadas condiciones, puede tener que exponerse, para
cultivar su campo, al agotamiento, a la enfermedad e incluso a la muerte. Pero
siempre tiene presente que en definitiva se trata únicamente de pan.
De forma análoga, incluso en el momento del sacrificio total, a ninguna
colectividad se le debe más que un respeto análogo al que se debe al alimento.
Sin embargo, muy a menudo se invierten los papeles.
Ciertas colectividades, en vez de servir de alimento, devoran a las almas. Hay en
tal caso enfermedad social, y la primera obligación es intentar un tratamiento; en
determinadas circunstancias puede ser necesario inspirarse en los métodos
quirúrgicos.
También en este punto la obligación es la misma tanto para quienes están dentro
de la colectividad como para quienes están fuera.
Puede ocurrir también que una colectividad proporcione a las almas de sus
miembros un alimento insuficiente. En ese caso es necesario mejorarla.
Por último, hay colectividades muertas que, sin llegar a devorar a las almas,
tampoco las alimentan. Si es seguro que están completamente muertas, que no se trata
de un letargo pasajero, hay que aniquilarlas.
El primer estudio a realizar es el de las necesidades que son a la vida del alma lo
que las necesidades de alimento, de sueño y de calor son a la vida del cuerpo. Hay
que intentar enumerarlas y definirlas.
No se las debe confundir nunca con los deseos, los caprichos, las fantasías o los
vicios. También es preciso discernir lo esencial de lo accidental. El hombre no tiene
necesidad de arroz o de patatas, sino de alimento; ni de madera o de carbón, sino de
calefacción. Igualmente, para las necesidades del alma se debe reconocer las
satisfacciones diferentes, aunque equivalentes, que responden a las mismas
necesidades. También hay que distinguir los alimentos del alma de los venenos que,
durante algún tiempo, puede parecer que sustituyen al alimento.
La falta de un estudio de este tipo lleva a los gobiernos, cuando tienen buenas
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intenciones, a dar palos de ciego.
He aquí algunas indicaciones.
El orden[1]
La primera necesidad del alma humana, la más próxima a su destino universal, es
el orden: un tejido de relaciones sociales tal que nadie se vea forzado a violar
obligaciones rigurosas para cumplir otras obligaciones. Únicamente en este caso el
alma sufre violencia espiritual por parte de las circunstancias exteriores. Pues quien
deja de cumplir una obligación sólo por amenaza de muerte o de sufrimiento puede
desinteresarse de ello y sólo su cuerpo quedará lastimado. Pero a quien las
circunstancias le hagan incompatibles los actos prescritos por varias obligaciones
estrictas, ése, sin que tenga la posibilidad de defenderse, quedará herido en su amor al
bien.
Hoy día hay un grado muy elevado de desorden y de incompatibilidad entre
obligaciones.
Quien actúa en el sentido de aumentar esa incompatibilidad es un factor de
desorden. Quien lo hace en el sentido de disminuirla es un factor de orden. Quien
niega determinadas obligaciones para simplificar los problemas ha concertado en su
corazón una alianza con el crimen.
Desgraciadamente no se dispone de método alguno para aminorar esta
incompatibilidad. Ni siquiera se tiene la certeza de que la idea de un orden donde
todas las obligaciones fueran compatibles no sea más que una ficción. Cuando el
deber desciende al plano de los hechos entra en juego un número tan grande de
relaciones independientes que la incompatibilidad parece bastante más probable que
la compatibilidad.
Sin embargo, diariamente tenemos ante los ojos el ejemplo del universo, donde
una infinidad de acciones mecánicas independientes concurre para constituir un orden
que permanece fijo a través de la variación. Por eso amamos la belleza del mundo,
pues tras ella sentimos la presencia de algo análogo a la sabiduría que desearíamos
poseer para saciar nuestro deseo de bien.
En un plano inferior, las obras de arte verdaderamente bellas ofrecen ejemplos de
conjuntos en los que, de un modo imposible de comprender, determinados factores
independientes concurren para constituir una belleza única.
Por último, el sentimiento de las diversas obligaciones procede siempre de un
deseo de bien único, fijo e idéntico en todo hombre, desde el nacimiento hasta la
muerte. Este deseo, que arde perpetuamente en el fondo de nosotros, impide que nos
resignemos a las situaciones de incompatibilidad entre obligaciones. O recurrimos a
la mentira para olvidar que existen, o nos debatimos ciegamente para escapar a la
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incompatibilidad.
La contemplación de auténticas obras de arte, y más aún la de la belleza del
mundo, e, incluso mucho más aún, la contemplación del bien desconocido al que
aspiramos, puede afirmarnos en el esfuerzo de pensar continuamente acerca del orden
humano que debe ser nuestro primer objeto de atención.
Los grandes fautores de violencia se han enardecido contemplando la fuerza
mecánica ciega que es soberana en el universo entero.
Si contemplamos el mundo mejor que ellos hallaremos mayor estímulo al
considerar que las innumerables fuerzas ciegas son limitadas, que se combinan en
equilibrio y concurren en una unidad en virtud de algo que no comprendemos, pero
que amamos, y a lo que llamamos belleza.
Si tenemos siempre presente la idea de un orden humano verdadero; si pensamos
en él como en un objeto al que se debe un sacrificio total si se presenta la ocasión,
estaremos en la situación de un hombre que camina de noche sin guía pero sin dejar
de pensar en la dirección que desea seguir. Para tal caminante hay una esperanza
grande.
El orden es la primera necesidad; está incluso por encima de las necesidades
propiamente dichas. Para poder pensarlo hay que conocer las demás necesidades.
La primera característica que distingue las necesidades de los deseos, las fantasías
o los vicios, y los alimentos de las golosinas o de los venenos, es que las necesidades
son limitadas, al igual que los alimentos que les corresponden. Un avaro nunca tiene
oro suficiente, pero a todo hombre, si se le da pan a discreción, llegará un momento
en que le baste. El alimento suscita la saciedad. Lo mismo ocurre con los alimentos
del alma.
La segunda característica, relacionada con la primera, es que las necesidades se
ordenan por parejas de contrarios y deben combinarse en equilibrio. El hombre tiene
necesidad de alimento, pero también de un intervalo entre las comidas; tiene
necesidad de calor y frescor, de reposo y ejercicio. Igual ocurre con las necesidades
del alma.
Lo que suele llamarse justo medio consiste en realidad en la no satisfacción ni de
una ni de otra de las necesidades contrarias. Constituye una caricatura del verdadero
equilibrio, en virtud del cual las necesidades contrarias se satisfacen ambas
plenamente.
La libertad[2]
Un alimento indispensable para el alma humana es la libertad. En sentido estricto
consiste en la posibilidad de elección. Se trata, desde luego, de una posibilidad real.
Donde hay vida en común resulta inevitable que las reglas impuestas por la utilidad
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común limiten la elección.
Pero la libertad no es menor o mayor según que los límites sean más o menos
estrechos. Su plenitud no tiene lugar en condiciones tan fácilmente mensurables.
Las reglas deben ser suficientemente razonables y simples para que cualquiera
que lo desee y disponga de una capacidad de atención media pueda comprender, por
un lado, la utilidad a la que corresponden y, por otro, las necesidades de hecho que las
han impuesto[3]. Deben emanar de una autoridad que no sea vista como extraña ni
como enemiga, sino que sea amada como perteneciente a los dirigidos por ella. Las
reglas deben ser suficientemente estables, poco numerosas y lo bastante generales
para que el pensamiento pueda asimilarlas de una vez por todas y no tope con ellas
cada vez que haya de tomar una decisión.
En tales condiciones, la libertad de los hombres de buena voluntad, aunque de
hecho limitada, es total en la conciencia. Pues, al estar las reglas incorporadas a su
mismo ser, las posibilidades prohibidas no se presentan a su pensamiento y por tanto
no han de ser rechazadas. Así, el hábito de no comer cosas repugnantes o peligrosas
imprimido por educación no es sentido por un hombre normal como un límite a su
libertad en el ámbito de la alimentación. Sólo el niño lo siente así.
Quienes carecen de buena voluntad o siempre siguen siendo infantiles jamás son
libres, en ningún estado de la sociedad.
Cuando las posibilidades de elección son tan amplias que resultan nocivas para la
utilidad común los hombres no disfrutan de la libertad. O se refugian en la
irresponsabilidad, la puerilidad y la indiferencia, donde sólo hallan tedio, o se sienten
continuamente abrumados de responsabilidad por temor a perjudicar a los demás. En
este caso, creyendo erróneamente que poseen la libertad y sintiendo que no gozan de
ella, llegan a pensar que la libertad no es un bien.
La obediencia[4]
La obediencia es una necesidad vital del alma humana. Es de dos tipos:
obediencia a las reglas establecidas y obediencia a los seres humanos vistos como
jefes. Implica el consentimiento, no a cada una de las órdenes recibidas, sino de una
vez para siempre, con la única salvedad llegado el caso de las exigencias de la
conciencia. Debe ser generalmente admitido, y en primer lugar por los jefes, que es el
consentimiento, y no el temor al castigo o el incentivo de la recompensa, lo que
constituye en realidad el móvil principal de la obediencia, al objeto de que la
sumisión no sea jamás sospechosa de servilismo. También es preciso saber que
quienes mandan obedecen a su vez; y toda la jerarquía ha de estar orientada hacia un
objetivo cuyo valor y cuya grandeza sean sentidos por todos, desde el primero hasta
el último.
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Por ser la obediencia un alimento necesario del alma[5], quien esté
definitivamente privado de ella es un enfermo. Así, toda colectividad regida por un
jefe soberano no responsable ante nadie se halla en manos de un enfermo.
Por ello, cuando un hombre es situado de por vida a la cabeza de la organización
social, ha de ser un símbolo y no un jefe, como ocurre con el rey de Inglaterra;
además, es preciso que las formas sociales limiten su libertad más estrechamente que
la de cualquier hombre del pueblo. De esa forma, los jefes efectivos, aunque sean
jefes, tienen a alguien por encima de ellos; por otro lado, para no romper la
continuidad, también pueden ser sustituidos, y así recibir cada uno de ellos su
indispensable ración de obediencia.
Quienes someten a las masas humanas por la violencia y la crueldad las privan a
un tiempo de dos alimentos vitales: la libertad y la obediencia; pues pierden su poder
de acordar consentimiento interior a la autoridad que padecen. Quienes favorecen un
estado de cosas tal que el incentivo del beneficio sea el móvil principal para los
hombres sustraen a éstos a la obediencia, pues el consentimiento, su principio, no es
algo que se pueda vender.
Multitud de signos muestran que los hombres de nuestra época están desde hace
tiempo hambrientos de obediencia. Pero se ha aprovechado la ocasión para darles la
esclavitud.
La responsabilidad[6]
La iniciativa y la responsabilidad, la sensación de ser útil, e incluso indispensable,
son necesidades vitales del alma humana. La privación completa de ambas se da en el
parado, aunque perciba un subsidio que le permita comer, vestirse y alojarse. El
parado no es nadie en la vida económica, y la papeleta de voto que constituye su
participación en la vida política carece de sentido para él. El peón apenas si está en
mejor situación. La satisfacción de la necesidad de responsabilidad exige que un
hombre tome con frecuencia decisiones en los problemas, grandes o pequeños, que
afectan a intereses que no son los suyos propios, pero con los que se siente
comprometido. También es necesario que tenga que aportar su esfuerzo
continuamente. Por último, debe poder abarcar intelectualmente la obra entera de la
colectividad de la que es miembro, incluidos los ámbitos en que nunca tiene decisión
que tomar o consejo que dar. Para ello es indispensable que se le dé a conocer esa
obra, que se le exija tomar interés, que se le haga percibir su valor, su utilidad y,
llegado el caso, su grandeza; y que se le haga comprender claramente el papel que
desempeña en ella. Toda colectividad, del tipo que sea, que no proporcione estas
satisfacciones a sus miembros está deteriorada y debe ser transformada. En toda
personalidad un poco fuerte la necesidad de iniciativa llega hasta la necesidad de
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mando. Una vida local y regional intensa y una multitud de obras educativas y de
movimientos juveniles deben dar a todo el que no sea incapaz la ocasión de mandar
durante algunos períodos de su vida.
La igualdad[7]
La igualdad es una necesidad vital del alma humana. Consiste en el
reconocimiento público, general y efectivo, expresado por las instituciones y las
costumbres, de que a todo ser humano se le debe la misma cantidad de respeto y de
consideración; porque el respeto se le debe al ser humano como tal, y en esto no hay
gradaciones.
Por tanto, las inevitables diferencias entre los hombres jamás deben implicar un
diferente grado de respeto. Para que no se vivan con esta significación es necesario
que haya cierto equilibrio entre la igualdad y la desigualdad.
Una combinación determinada de la igualdad y la desigualdad está constituida por
la igualdad de posibilidades. Si cualquiera puede alcanzar el rango social
correspondiente a la función que es capaz de desempeñar, y si la educación está lo
bastante extendida para que nadie se vea privado de ninguna capacidad por el mero
hecho de su nacimiento, la esperanza es la misma para todos los niños. Así cada
hombre es igual en esperanza a cualquier otro, por su propia cuenta cuando es joven,
y por cuenta de sus hijos después.
Sin embargo, cuando esta combinación aparece sola y no como un factor entre
otros, no constituye en modo alguno un equilibrio, sino que, por el contrario, encierra
grandes peligros.
En primer lugar, para quien se halle en una situación inferior y sufra por ello,
saber que tal situación se debe a su incapacidad y que todos lo saben no constituye un
consuelo sino que redobla su amargura; según los caracteres, unos pueden deprimirse
y otros verse lle vados al crimen.
Además, de esta forma se crea inevitablemente en la vida social una especie de
bomba aspirante hacia arriba. De ello resulta una enfermedad social si un movimiento
descendente no restablece el equilibrio con el ascendente. En la medida en que el hijo
de un mozo de granja pueda llegar algún día a ser ministro, un hijo de ministro debe
poder llegar a ser mozo de granja. El grado de esta segunda posibilidad no puede ser
relevante sin un grado muy peligroso de coerción social.
Este tipo de igualdad, si actúa sola y sin límites, da a la vida social un grado de
fluidez que la descompone.
Hay métodos menos groseros para combinar la igualdad y la diferencia. El
primero es la proporción. La proporción se define como la combinación de igualdad y
de desigualdad, y es el único factor de equilibrio en todo el universo.
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Aplicada al equilibrio social, la proporción impondría a cada hombre cargas
correspondientes al poder o bienestar que posee, y, recíprocamente, los riesgos
correspondientes en caso de incapacidad o de falta. Por ejemplo, un patrón incapaz o
culpable de una falta para con sus obreros tendría que sufrir más en su alma y en su
carne que un obrero incapaz o culpable de falta para con su patrón. Además, todos los
obreros tendrían que saber que ello es así. Esto implica, por un lado, una cierta
organización de los riesgos y, por otro, en derecho penal, una concepción del castigo,
en la que el rango social constituyera siempre una circunstancia agravante en la
determinación de la pena. Con mayor razón, el ejercicio de altas funciones públicas
debe implicar graves riesgos personales.
Otra forma de hacer compatibles igualdad y diferencia consiste en quitarles a las
diferencias, siempre que sea posible, todo carácter cuantitativo. Donde sólo hay
diferencia de naturaleza y no de grado no hay ninguna desigualdad.
Al hacer del dinero el estímulo único o casi único de todos los actos, la medida
única o casi única de todas las cosas, el veneno de la desigualdad se ha diseminado
por todas partes. Cierto que se trata de una desigualdad móvil, no vinculada a las
personas, pues el dinero se gana y se pierde; pero no por ello la desigualdad es menos
real.
Hay dos tipos de desigualdad, a los que corresponden dos estímulos diferentes. La
desigualdad más o menos estable, como la de la antigua Francia, suscita la idolatría
de los superiores —no sin una mezcla de odio contenido— y la sumisión a sus
órdenes. La desigualdad móvil, fluida, suscita el deseo de ascender. Y no está más
próxima a la igualdad que la primera, amén de ser igualmente dañina. La Revolución
de 1789, al dar prioridad a la igualdad, no hizo en realidad más que consagrar la
sustitución de una forma de desigualdad por otra.
Cuanta mayor igualdad hay en una sociedad menor es la acción de los dos
estímulos vinculados a estas dos formas de desigualdad, requiriéndose por tanto
estímulos distintos.
La igualdad será tanto mayor cuanto que cada una de las diferentes condiciones
humanas no sean vistas como más o menos que las demás, sino simplemente como
condiciones distintas. Cuando las profesiones de minero y de ministro sean sólo dos
vocaciones distintas, como las de poeta y de matemático. Cuando la dureza material
que va unida a la condición de minero sea tenida como un honor de quienes la
padecen.
En tiempo de guerra, si un ejército tiene el espíritu que debe tener, un soldado
debe sentirse contento y orgulloso de estar en primera línea y no en el cuartel general;
y un general debe sentirse igualmente feliz y orgulloso de que la suerte de la batalla
se base en su pensamiento; al mismo tiempo, el soldado admirará al general y el
general al soldado. Un equilibrio semejante constituye una igualdad. Habría, pues,
igualdad en las condiciones sociales si hubiera este equilibrio entre ellas.
Esto implica, para cada rango, las muestras de consideración que le corresponden,
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sin mentiras.
La jerarquía[8]
La jerarquía es una necesidad vital del alma humana. Está constituida por una
cierta veneración, por una cierta devoción hacia los superiores, considerados no en
sus personas ni en el poder que ejercen, sino como símbolos. Símbolos de ese ámbito
que está por encima de los hombres y cuya expresión en este mundo son las
obligaciones de cada uno para con sus semejantes. Una verdadera jerarquía implica
que los superiores tengan consciencia de esta función de símbolo y de que ésa
constituye el único objeto legítimo de devoción por parte de sus subordinados. La
verdadera jerarquía tiene la consecuencia de llevar a cada uno a instalarse
moralmente en el lugar que ocupa.
El honor[9]
El honor es una necesidad vital del alma humana. El respeto debido a cada ser
humano como tal, aunque le sea dispensado efectivamente, no basta para satisfacer
esta necesidad, pues dicho respeto es idéntico para todos, e inmutable, mientras que
el honor no se relaciona simplemente con el ser humano como tal sino con éste
considerado en su entorno social. La necesidad de honor queda plenamente satisfecha
cuando cada una de las colectividades de las que es miembro un ser humano le ofrece
una parte en la tradición de grandeza contenida en su pasado y públicamente
reconocida desde fuera.
Por ejemplo, para que en la vida profesional se satisfaga la necesidad de honor es
preciso que a cada profesión le corresponda alguna colectividad realmente capaz de
conservar vivo el recuerdo de los tesoros de grandeza, de heroísmo, de probidad, de
generosidad y de genio empleados en el ejercicio de tal profesión.
Toda opresión acarrea la insatisfacción de esta necesidad, ya que las tradiciones
de grandeza de los oprimidos no se reconocen, por falta de prestigio social.
Tal es siempre la consecuencia de la conquista. Vercingetórix[*] no fue un héroe
para los romanos. Si los ingleses hubieran conquistado Francia en el siglo XV, Juana
de Arco habría sido olvidada completamente, incluso en buena medida por nosotros.
Hoy les hablamos de ella a los annamitas y a los árabes, pero ellos saben que entre
nosotros no se habla de sus héroes ni de sus santos; por eso, la situación en que les
mantenemos constituye un atentado a su honor.
La opresión social tiene idénticas consecuencias. Guynemer[*] y Mermoz[*] son
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conocidos por la opinión pública merced al prestigio social de la aviación; el
heroísmo en ocasiones increíble desplegado por mineros o pescadores apenas si tiene
resonancia en los ambientes de esos mismos oficios.
El grado extremo de privación de honor lo constituye la ausencia total de
consideración infligida a determinadas categorías de seres humanos. Tales son, en
Francia, en sus diversas modalidades, las prostitutas, los condenados, los policías, el
subproletariado de inmigrados y de indígenas coloniales… Tales categorías no deben
existir.
Sólo el crimen debe privar de consideración social a quien lo ha cometido; y el
castigo debe devolvérsela.
El castigo[10]
El castigo es una necesidad vital del alma humana. Puede ser de dos tipos:
disciplinario y penal. Los del primer tipo ofrecen una seguridad contra el
desfallecimiento, luchar contra el cual sería demasiado agotador de no existir un
apoyo externo. Pero el castigo más indispensable para el alma es el del crimen. Con
el crimen un hombre se sitúa a sí mismo al margen de la red de obligaciones eternas
que vinculan a cada ser humano con todos los demás. No se le puede reintegrar a ella
más que por el castigo; de forma plena si hay consentimiento por su parte, y, si no,
imperfectamente. Del mismo modo que la única manera de respetar al que pasa
hambre es darle de comer, igualmente el único medio de respetar al que se ha situado
fuera de la ley es reintegrarlo a ella sometiéndole al castigo que dicha ley prescriba.
La necesidad de castigo no queda satisfecha cuando, como suele ocurrir, el código
penal sólo es un procedimiento de coerción por medio del terror.
La satisfacción de esta necesidad exige en primer lugar que cuanto concierna al
derecho penal tenga un carácter solemne y sagrado; que la majestad de la ley se
transmita al tribunal, a la policía, al acusado, al condenado, y ello incluso en los
delitos de poca importancia, siempre que puedan implicar la privación de la libertad.
Es preciso que el castigo constituya un honor; que no solamente sirva para borrar el
oprobio del crimen sino que además sea visto como una educación suplementaria que
obligue a mayor grado de entrega al bien público. Igualmente es necesario que la
dureza de las penas corresponda al carácter de las obligaciones violadas y no a los
intereses de la seguridad de la sociedad.
La falta de consideración de la policía, la ligereza de los magistrados, el régimen
de las prisiones, el desclasamiento de los condenados, la escala de las penas, que
contempla una punición mucho más cruel para diez robos menores que para una
violación o ciertos asesinatos, y que incluso prevé castigos para la simple desgracia,
todo ello impide que exista entre nosotros algo que merezca el nombre de castigo.
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Tanto para las faltas como para los delitos, el grado de impunidad no debe
aumentar cuando se asciende en la escala social sino cuando se desciende en ella. De
lo contrario, los sufrimientos infligidos se experimentan como coerciones e incluso
como abusos de poder, y no constituyen castigos. Sólo hay castigo cuando el
sufrimiento va acompañado en algún momento, aunque sea con posterioridad, en el
recuerdo, de un sentimiento de justicia. Así como el músico despierta el sentimiento
de belleza a través de los sonidos, de la misma manera el sistema penal debe saber
despertar el sentido de la justicia en el criminal a través del dolor, e incluso, en el
peor caso, con la muerte. Al igual que se dice del aprendiz herido que el oficio le
entra en el cuerpo, así el castigo es un método para hacer entrar la justicia en el alma
del criminal mediante el sufrimiento de la carne.
La cuestión acerca del procedimiento mejor para impedir que arriba de todo se
forme una conspiración para tener impunidad es uno de lo problemas políticos más
difíciles de resolver. No se podrá resolver más que si uno o más hombres tienen como
cometido impedir una conspiración semejante y se hallan en una situación tal que no
puedan tener la tentación de unirse a ella.
La libertad de opinión[11]
A la libertad de opinión y a la libertad de asociación se las menciona
generalmente juntas. Es un error. Salvo en el caso de las agrupaciones naturales, la
asociación no es una necesidad, sino un expediente de la vida práctica.
La libertad de expresión total, ilimitada, para toda opinión, cualquiera que sea, sin
ninguna restricción o reserva, es una necesidad absoluta para la inteligencia.
Consiguientemente, es una necesidad del alma, ya que cuando la inteligencia se
encuentra a disgusto el alma entera está enferma. La naturaleza y los límites de la
satisfacción de esta necesidad están inscritos en la estructura misma de las diferentes
facultades del alma. Pues una misma cosa puede ser limitada e ilimitada, de igual
modo que se puede prolongar indefinidamente la longitud de un rectángulo sin que
deje de estar limitado en su anchura.
En un ser humano, la inteligencia se puede ejercer de tres maneras. Puede trabajar
sobre problemas técnicos, es decir, hallar los medios para llegar a un fin dado de
antemano. Puede aportar luz cuando se trata de una deliberación de la voluntad en la
elección de una orientación. Puede finalmente operar sola, separada de las demás
facultades, en una especulación puramente teórica de la que se haya descartado
provisionalmente toda preocupación por la acción.
En un alma sana, la inteligencia se ejerce alternativamente de las tres maneras,
con grados diferentes de libertad. En su primera función es una sirvienta. En la
segunda es destructiva y debe ser reducida al silencio cuando empiece a dar
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argumentos a la parte del alma que, en todo aquel que no se halla en estado de
perfección, se pone siempre del lado del mal. Pero cuando opera sola y separada
conviene que disponga de una libertad soberana. De lo contrario le falta al ser
humano algo esencial.
Ocurre lo mismo en una sociedad sana. Por ello sería deseable constituir una
reserva de libertad absoluta en el ámbito de la edición, pero quedando convenido que
las obras publicadas en ese ámbito reservado no comprometen en grado alguno a los
autores y no contienen ningún consejo para los lectores. Ahí se podría exponer con
toda su fuerza argumentos en favor de causas malignas. Es bueno y saludable que se
expongan. Cualquiera podría hacer el elogio de lo que más reprobase. Sería público y
notorio que el objeto de tales obras no es definir la posición de los autores acerca de
los problemas de la vida, sino contribuir, por medio de investigaciones preliminares,
a la enumeración completa y correcta de los datos relativos a cada problema. La ley
impediría que su publicación entrañara cualquier tipo de riesgo para el autor.
Por el contrario, las publicaciones destinadas a influir en lo que se llama la
opinión, es decir, en el gobierno de la vida, constituyen actos, y se deben someter a
las mismas restricciones que todos los actos. Dicho de otra forma: no deben causar
ningún perjuicio ilegítimo en ningún ser humano, y, sobre todo, jamás deben contener
negación alguna, explícita o implícita, de las obligaciones eternas hacia el ser
humano, a partir del momento en que tales obligaciones han sido solemnemente
reconocidas por la ley.
La distinción de los dos ámbitos, el que queda fuera de la acción y el que forma
parte de ella, es imposible de formular sobre el papel en lenguaje jurídico. Pero ello
no impide en absoluto que dicha distinción quede perfectamente clara. La separación
de ámbitos es fácil de establecer de hecho sólo con que la voluntad de llevarla a cabo
sea suhcientemente firme.
Está claro, por ejemplo, que Ja prensa diaria y semanal se halla enteramente en el
segundo ámbito. También las revistas, pues todas ellas constituyen un foco de
irradiación de determinada manera de pensar; sólo las que renunciaran a dicha
función podrían aspirar a la libertad total.
Lo mismo en lo que respecta a la literatura. Sería una solución para el debate
recientemente sostenido sobre moral y literatura, oscurecido por el hecho de que
todas las personas de talento, por solidaridad profesional, se hallaban de un lado, y
los imbéciles y los cobardes del otro.
Sin embargo, la posición de los imbéciles y de los cobardes no dejaba de ser en
gran medida razonable. Los escritores tienen una forma inadmisible de jugar a dos
barajas. Nunca como en nuestra época habían aspirado a la función de directores de
conciencia ni la habían ejercido. De hecho, en los años que precedieron a la guerra,
sólo los sabios se la disputaron. El puesto en otro tiempo ocupado por los curas en la
vida moral del país era ocupado ahora por físicos y novelistas, lo que basta para
medir el valor de nuestro progreso. Sin embargo, si alguien pidiera cuentas a los
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escritores acerca de la orlentación de su influencia, se refugiarían indignados en el
privilegio sagrado del arte por el arte.
No cabe duda, por ejemplo, de que Gide supo siempre que libros como Les
Nourritures terrestres o Les Caves du Vatican influyen en el comportamiento práctico
de cientos de jóvenes, y se enorgullecía de ello. A partir de este momento no hay,
pues, motivo alguno para situar tales libros tras la barrera intocable del arte por el
arte, ni tampoco para encarcelar a un joven que arroje a alguien de un tren en marcha.
Se podría reclamar igualmente los privilegios del arte por el arte en favor del crimen.
Los surrealistas no anduvieron lejos de ello. Lo que tantos imbéciles han repetido
hasta la saciedad sobre la responsabilidad de los escritores en nuestra derrota es, por
desgracia, absolutamente cierto.
A un escritor que, gracias a la libertad total concedida a la inteligencia pura,
publicara escritos contrarios a los principios morales reconocidos por la ley, y que
luego se convirtiera en un foco de influencia público y notorio, sería fácil preguntarle
si está dispuesto a admitir públicamente que tales escritos no expresan su posición. Si
así no fuera, resultaría fácil castigarle. Si mintiese, sería fácil deshonrarle. Además,
debe quedar establecido que un escritor, a partir del momento en que ocupa una
posición influyente en la dirección de la opinión pública, no puede aspirar ya a una
libertad ilimitada. También aquí es imposible una definición jurídica, pero los hechos
no son difíciles de discernir. No hay por qué limitar la soberanía de la ley al ámbito
de las cosas expresables en fórmulas jurídicas, pues dicha soberanía se ejerce
asimismo mediante los juicios de equidad.
Además, la necesidad misma de libertad, esencial a la inteligencia, exige una
protección contra la sugestión, la propaganda, la influencia por obsesión. Pues
constituyen formas de coerción: de una coerción particular que no va acompañada de
miedo o de dolor físico pero que no por ello es menos violenta. La técnica moderna la
provee de instrumentos extremadamente eficaces. Por naturaleza, dicha coerción es
colectiva, y sus víctimas son las almas humanas.
El Estado se vuelve criminal si emplea tal coerción, salvo en caso de imperiosa
necesidad pública. Además, debe prohibir su uso. La publicidad, por ejemplo, debe
estar rigurosamente limitada por ley; su volumen ha de reducirse muy
considerablemente y debe estar rigurosamente prohibido que aborde temas que
pertenezcan al ámbito del pensamiento.
Por otro lado, puede haber represión contra la prensa, las emisiones radiofónicas
y demás no sólo cuando atenten contra los principios de moralidad públicamente
reconocidos, sino también cuando hagan uso de la bajeza de tono y de pensamiento,
del mal gusto, de la vulgaridad, y contribuyan a crear una atmósfera moral
solapadamente corruptora. Dicha represión puede llevarse a cabo sin afectar lo más
mínimo a la libertad de opinión. Por ejemplo, un diario puede ser suprimido sin que
los miembros de la redacción pierdan el derecho a publicar donde mejor les parezca
o, incluso, en los casos menos graves, a seguir agrupados para mantener el mismo
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diario bajo otro nombre. Sólo que dicho diario habrá sido acusado públicamente de
infamia y correrá el riesgo de volver a serlo. La libertad de opinión se debe
exclusivamente y con reservas al periodista, no al periódico, ya que sólo el periodista
tiene capacidad de formar opinión.
De manera general, todos los problemas que conciernen a la libertad de expresión
quedan aclarados si se conviene que tal libertad constituye una necesidad de la
inteligencia, y que la inteligencia reside únicamente en el ser humano considerado
solo. El ejercicio colectivo de la inteligencia no existe. En consecuencia, ningún
grupo puede aspirar legítimamente a la libertad de expresión, pues no la necesita para
nada.
Por el contrario, la protección de la libertad de pensar exige que la ley prohíba a
todo grupo la posibilidad de expresar una opinión. Pues cuando un grupo afirma tener
opiniones tiende inevitablemente a imponerlas a sus miembros. Tarde o temprano se
impide a los individuos, de forma más o menos rigurosa, sostener opiniones opuestas
a las del grupo en una cantidad de problemas más o menos amplia, a menos que lo
abandonen. Pero la ruptura con el grupo del que se es miembro entraña siempre
sufrimientos, cuando menos de carácter sentimental. Y mientras que el riesgo y la
posibilidad de sufrimiento son elementos sanos y necesarios en la acción, resultan en
cambio perjudiciales en el ejercicio de la inteligencia. Un temor, incluso leve,
provoca siempre, según el grado de valor, sumisión o rigidez, y esto basta para
desajustar ese instrumento de precisión extremadamente delicado y frágil que
constituye la inteligencia. También la amistad es, en este sentido, un gran peligro. La
inteligencia está derrotada a partir del momento en que la expresión del pensamiento
va precedida, explícita o implícitamente, de la palabra «nosotros». Y cuando la luz de
la inteligencia se ofusca, al cabo de un tiempo harto breve se extravía el amor al bien.
La solución práctica inmediata consiste en la abolición de los partidos políticos.
La lucha de partidos, tal como se daba en la Tercera República[*], resulta intolerable;
el partido único, que es por otro lado su consecuencia inevitable, constituye el grado
extremo del mal; no queda otra posibilidad, pues, que una vida pública sin partidos.
Hoy tamaña idea puede parecer nueva y atrevida. Tanto mejor, puesto que precisamos
algo nuevo. Aunque en realidad se trata simplemente de la tradición de 1789.
Desde la perspectiva de las gentes de 1789, no había siquiera otra posibilidad; una
vida pública como la nuestra en el último medio siglo les habría parecido una
pesadilla horrible; no habrían considerado admisible que un representante del pueblo
pudiera abdicar de su dignidad hasta el punto de convertirse en miembro disciplinado
de un partido.
Rousseau mostró claramente que la lucha de partidos aniquila automáticamente la
República. Había predicho sus consecuencias. En este momento sería bueno fomentar
la lectura de El Contrato Social. Pues hoy donde ha habido partidos políticos la
democracia está muerta. De todos es sabido que los partidos ingleses tienen una
tradición, un espíritu y una función tales que los hacen incomparables a los demás.
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Asimismo, los equipos concurrentes en Estados Unidos no son propiamente partidos
políticos. Una democracia en que la vida pública esté constituida por la lucha de
partidos es incapaz de impedir la formación de uno que tenga como fin declarado
destruirla. Si promulga leyes de excepción, asfixiará la democracia. Si no lo hace,
estará tan segura como un pájaro ante una serpiente.
Habría que distinguir entre dos tipos de agrupaciones, a saber: de un lado, los
grupos de intereses, donde la organización y la disciplina estarían en cierta medida
autorizadas; de otro, los grupos de ideas, donde estarían rigurosamente prohibidas. En
la situación presente es bueno permitir que las personas se agrupen en defensa de
intereses tales como salarios y similares, que se les deje actuar dentro de límites muy
estrechos y bajo la supervisión permanente de los poderes públicos. Pero no debe
permitirse que toquen las ideas. Los grupos donde se debaten ideas no han de ser
tanto grupos cuanto medios más o menos fluidos. Cuando se diseña una acción, no
hay razón alguna para que sea ejecutada por personas diferentes de quienes la
aprueban.
En el movimiento obrero, por ejemplo, una distinción semejante pondría fin a una
intrincada confusión. En el período anterior a la guerra tres orientaciones reclamaban
la atención de todos los obreros y tironeaban constantemente de ellos. En primer
lugar, la lucha por los salarios; en segundo lugar, los restos cada vez más débiles pero
siempre vivos del viejo espíritu sindicalista de antaño, idealista y más o menos
libertario; por último, los partidos políticos. Con frecuencia, en el curso de una
huelga, los obreros que sufrían y luchaban eran absolutamente incapaces de discernir
si se trataba de salarios, de un impulso del viejo espíritu sindical o de una operación
política dirigida por un partido; y tampoco podía saberse desde fuera.
Una situación así es imposible. Cuando estalló la guerra en Francia los sindicatos
estaban muertos o casi muertos, a pesar de los millones de afiliados o por causa de
ellos. Tras un prolongado letargo, recobraron un embrión de vida con ocasión de la
resistencia al invasor. Pero esto no prueba que sean viables. Es del todo evidente que
habían sido aniquilados, o casi, por dos venenos, cada uno de los cuales, por
separado, era mortal.
Los sindicatos no pueden vivir si los obreros están tan preocupados por los
salarios como lo están mientras trabajan a destajo en la fábrica. En primer lugar,
porque de ello resulta esa especie de muerte moral causada siempre por la obsesión
del dinero. Y también porque, en las condiciones sociales actuales, el sindicato, al ser
un factor de actuación permanente en la vida económica del país, acaba por
transformarse inevitablemente en una organización profesional única, obligatoria y
asimilada a la vida oficial. Pasa así al estado de cadáver.
Por otro lado, es igualmente evidente que el sindicato no puede vivir junto a los
partidos políticos. Hay en ello una imposibilidad del orden de las leyes mecánicas.
Análogamente, el partido socialista no puede vivir junto al partido comunista, ya que
el segundo posee la cualidad de partido, si puede decirse así, en un grado mucho más
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elevado.
Además, la obsesión por los salarios refuerza la influencia comunista, porque las
cuestiones de dinero, al afectar tan vivamente a todo el mundo, imponen al mismo
tiempo en todos un tedio tan mortal que resulta indispensable, como compensación,
la perspectiva apocalíptica de la revolución en su versión comunista. Si los burgueses
no sienten la misma necesidad de apocalipsis es porque las cifras elevadas cobran una
poesía y un prestigio que atenúa en parte el hastío ligado al dinero, mientras que
cuando éste se cuenta por perras chicas ese hastío se da en su estado puro. Por otro
lado, la inclinación de los burgueses grandes y pequeños hacia el fascismo muestra
que, pese a todo, también ellos se hastían.
El gobierno de Vichy creó en Francia organizaciones profesionales únicas y
obligatorias para los obreros. Es de lamentar que se les haya dado, como está de
moda actualmente, el nombre de corporación, nombre que en realidad designa algo
muy diferente y muy bello. Sin embargo, por fortuna esas organizaciones muertas
están ahí para asumir la parte muerta de la actividad sindical. Sería peligroso
suprimirlas. Es preferible que carguen con la acción cotidiana de los salarios y de las
reivindicaciones inmediatas. Por lo que hace a los partidos políticos, si todos
estuviesen rigurosamente prohibidos en un clima general de libertad, es de esperar
que su existencia clandestina fuese cuando menos difícil[12]. En tal caso, los
sindicatos obreros, si aún tuviesen un destello de vida, podrían convertirse poco a
poco en expresión del pensamiento obrero, en el órgano del honor de los trabajadores.
Se interesarían —como es tradición en el movimiento obrero francés, que se ha
sentido siempre responsable de todo el universo— por todo lo concerniente a la
justicia, incluidas, llegado el caso, las cuestiones de salarios, aunque muy de vez en
cuando y para librar a los seres humanos de la miseria.
Naturalmente, deberían poder influir en las organizaciones profesionales según
las modalidades definidas por la ley.
Tal vez sólo se cosecharían ventajas si se prohibiera a las organizaciones
profesionales declarar una huelga permitiéndolo en cambio a los sindicatos; pero
habría que establecer algunas limitaciones; a saber: hacer corresponder ciertos riesgos
a dicha responsabilidad, prohibir toda coerción y proteger la continuidad de la vida
económica.
Respecto del lock-out[*], no hay motivo alguno para no prohibirlo absolutamente.
La autorización de las agrupaciones de ideas debería estar su jeta a dos
condiciones. Primera, que no existiese excomunión. El reclutamiento se realizaría
libremente por vía de afinidad, sin que pudiera obligarse a nadie a adherirse a un
conjunto de afirmaciones cristalizadas en fórmulas escritas. Un miembro ya admitido
sólo podría ser excluido por falta contra el honor o por propaganda política, delito
que implicaría una organización ilegal y expondría por tanto a un castigo mayor.
Ello constituiría verdaderamente una medida de salud pública, pues la experiencia
muestra que los Estados totalitarios los establecen partidos totalitarios, partidos que
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se forjan a golpes de exclusión por delito de opinión.
La otra condición podría ser que realmente hubiera circulación de ideas y pruebas
tangibles de la misma en forma de folletos, revistas o boletines donde se estudiaran
problemas de orden general. Una excesiva uniformidad de opiniones haría
sospechoso al grupo.
Por lo demás, todas las agrupaciones de ideas estarían autorizadas a actuar como
mejor les pareciera, a condición de no violar la ley ni imponer a sus miembros
disciplina alguna.
Respecto de los grupos de intereses, su vigilancia debería implicar ante todo una
distinción; la palabra interés unas veces expresa la necesidad y otras algo
completamente distinto. Si se trata de un obrero pobre, interés quiere decir alimento,
alojamiento, calefacción. Para un patrón significa otra cosa. Cuando la palabra está
tomada en su primer sentido, la acción de los poderes públicos debería consistir en
estimular, apoyar y proteger la defensa de estos intereses. En el caso contrario, la
actividad de los grupos de intereses debe estar continuamente controlada, limitada, y
reprimida por los poderes públicos siempre que proceda. Ni que decir tiene que los
límites más estrechos y los castigos más dolorosos deben corresponder a los que por
naturaleza son más poderosos.
Lo que se ha llamado libertad de asociación ha significado en realidad la libertad
de las asociaciones. Ahora bien: las asociaciones no tienen por qué ser libres; son
instrumentos, y, como tales, deben estar sujetas. La libertad sólo corresponde al ser
humano.
En cuanto a la libertad de pensamiento, es cierto que sin ella no hay pensamiento.
Pero aún es más cierto que cuando el pensamiento no existe tampoco es libre. En los
últimos años ha habido mucha libertad de pensamiento, pero no pensamiento. Algo
así como el niño que, no teniendo comida, pide sal para sazonarla.
La seguridad[13]
La seguridad es una necesidad esencial del alma. Significa que no está bajo el
peso del miedo o del terror salvo como consecuencia de un concurso de
circunstancias accidentales y por breves y escasos momentos. El miedo o el terror,
como estados duraderos del alma, son venenos casi mortales, ya sea su causa la
posibilidad de despido, la represión policial, la presencia de un conquistador
extranjero, la espera de una invasión probable o cualquier otra desgracia que
sobrepase las fuerzas humanas.
Los señores romanos exponían un látigo en el vestíbulo, a la vista de los esclavos,
sabiendo que esta visión provocaba en sus almas un estado de semi-muerte
indispensable para la esclavitud. De otro lado, para los egipcios, el justo debe poder
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decir después de la muerte: «A nadie he causado temor».
El miedo permanente, incluso en estado latente —cuando sólo raramente produce
sufrimiento—, constituye siempre una enfermedad. Es una hemiplejía del alma.
El riesgo[14]
El riesgo es una necesidad esencial del alma. Su ausencia suscita una especie de
tedio que paraliza de forma diferente que el miedo pero casi tanto como él. Por otro
lado, hay situaciones que al implicar una angustia difusa sin riesgos precisos
transmiten ambas enfermedades a la vez.
El riesgo es un peligro que provoca una reacción refleja, es decir, que no excede
los recursos del alma hasta llegar a aplastarla bajo el miedo. En ciertos casos contiene
un elemento de juego; en otros, cuando una obligación concreta impele al hombre a
hacerle frente, constituye el mayor estímulo posible.
La protección de los hombres contra el miedo y el terror no implica la supresión
del riesgo; por el contrario, exige la presencia permanente de cierta dosis de riesgo en
todos los aspectos de la vida social, pues su ausencia debilita el ánimo hasta dejar al
alma, llegado el caso, sin la menor defensa interior contra el miedo. Únicamente es
necesario que aparezca en condiciones tales que no se transforme en sensación de
fatalidad.
La Propiedad privada[15]
La propiedad privada es una necesidad vital del alma. El alma está aislada,
perdida, si no está rodeada de objetos que sean para ella como una prolongación de
los miembros del cuerpo. Todo hombre tiende inevitablemente a apropiarse con el
pensamiento de cuanto ha usado continua y prolongadamente en el trabajo, en el
placer o en las necesidades de la vida. Así, un jardinero, al cabo de cierto tiempo,
siente que el jardín es suyo. Pero cuando el sentimiento de apropiación no coincide
con la propiedad jurídica, el hombre se ve permanentemente amenazado de
despojamientos muy dolorosos.
Que la propiedad privada sea reconocida como una necesidad implica para todos
la posibilidad de poseer algo más que los objetos de consumo corriente. Las
modalidades de tal necesidad varían según las circunstancias; sin embargo, sería
deseable que la mayoría de la gente fuese propietaria de su vivienda, de un poco de
tierra alrededor y, cuando no sea imposible técnicamente, de sus instrumentos de
trabajo. La tierra y el ganado figuran entre los instrumentos del trabajo campesino.
El principio de propiedad privada queda violado cuando una tierra la trabajan
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obreros agrícolas y mozos de granja bajo las órdenes de un administrador, pero la
poseen rentistas que viven en la ciudad. Porque, de cuantos entran en relación con esa
tierra, no hay ninguno que, de una forma u otra, no sea extraño a ella. No se la
despilfarra desde el punto de vista del grano, sino desde la perspectiva de la
satisfacción que podría proveer a la necesidad de propiedad.
Entre ese caso extremo y el límite contrario del campesino que cultiva con su
familia la tierra que posee se dan muchas situaciones intermedias en que la necesidad
de apropiación que tienen los hombres es más o menos ignorada.
La Propiedad colectiva[16]
La participación en los bienes colectivos, participación consistente no tanto en el
goce material cuanto en un sentimiento de propiedad, constituye una necesidad
igualmente importante. Se trata más de un estado de ánimo que de una disposición
jurídica. Donde hay realmente vida cívica cada uno se siente personalmente
propietario de los monumentos públicos, de los jardines, de la magnificencia
desplegada en las ceremonias; el lujo que desean casi todos los seres humanos se
concede así incluso a los más pobres. Pero el Estado no es el único que debe procurar
tal satisfacción, sino cualquier clase de colectividad.
Una gran fábrica moderna constituye un derroche por lo que se refiere a la
necesidad de propiedad. Ni los obreros; ni el director, que está a sueldo de un consejo
de administración; ni los miembros de ese consejo, que no la ven jamás; ni los
accionistas, que ignoran su existencia, pueden hallar en ella la más mínima
satisfacción de esa necesidad.
Cuando las modalidades de intercambio y de adquisición provocan el despilfarro
del alimento material y moral deben ser transformadas.
No hay ningún vínculo natural entre la propiedad y el dinero. La conexión
establecida hoy en día es solamente obra de un sistema que ha concentrado en el
dinero la fuerza de todos los móviles posibles. Y, puesto que se trata de un sistema
malsano, hay que operar la disociación inversa.
El verdadero criterio, en lo referente a la propiedad, es que es legítima en la
medida en que es real. O, más exactamente: las leyes relativas a la propiedad serán
tanto mejores cuanto mejor se aprovechen las posibilidades contenidas en los bienes
de este mundo para la satisfacción de la necesidad de propiedad común a todos los
hombres.
Por consiguiente, las modalidades actuales de adquisición y de posesión deben
transformarse en nombre del principio de propiedad. Toda forma de posesión que no
satisfaga en nadie la necesidad de propiedad privada o colectiva puede
razonablemente considerar se nula.
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Ello no significa que haya que transferirla al Estado, sino más bien que hay que
tratar de convertirla en una verdadera propiedad.
La Verdad[17]
La necesidad de verdad es la más sagrada de todas. Sin embargo nunca se habla
de ella. Cuando se percibe la cantidad y la enormidad de falsedades materiales
expuestas sin vergüenza incluso en los libros de los autores más reputados da miedo
leer. Pues se lee como se bebería el agua de un pozo dudoso.
Hombres que trabajan ocho horas diarias hacen el gran esfuerzo de leer por la
noche para instruirse. Como no pueden ir a las grandes bibliotecas a verificar lo que
han leído, creen todo lo que figura en los libros. No hay derecho a que se les dé de
comer algo falso. ¿Qué sentido tiene alegar que los autores van de buena fe? Ellos no
hacen ocho horas diarias de trabajo físico. La sociedad les alimenta para que
dispongan de tiempo libre y se tomen la molestia de evitar el error. Un guardagujas
culpable de un descarrilamiento que alegara buena fe no sería precisamente bien
visto.
Con mayor razón resulta vergonzoso que se tolere la existencia de diarios de los
que todo el mundo sabe que ningún colaborador podría permanecer en el cargo si a
veces no aceptara alterar conscientemente la verdad.
El público recela de los diarios, pero esa desconfianza no le protege. Como sabe
que un diario contiene verdades y mentiras, reparte las noticias entre las dos rúbricas,
pero al azar, según sus preferencias. De este modo sigue expuesto al error.
Todo el mundo sabe que cuando el periodismo se confunde con la organización
de la mentira constituye un crimen. Pero se considera un delito impunible. ¿Qué
impide castigar una actividad cuando ha sido reconocida como criminal? ¿De dónde
proviene esta extraña idea de crímenes no punibles? Se trata de una de las
deformaciones más monstruosas del espíritu jurídico.
¿No es hora ya de proclamar que todo crimen es punible, y que llegado el caso se
está dispuesto a castigar todos los delitos?
Algunas sencillas medidas de salud pública podrían proteger a la población de los
atentados contra la verdad.
La primera podría consistir en crear tribunales especiales de gran honorabilidad
compuestos por magistrados especialmente elegidos y preparados. Se encargarían de
castigar con la reprobación pública todo error evitable, y podrían infligir penas de
cárcel en caso de frecuente reincidencia agravada con manifiesta mala fe.
Por ejemplo, un amante de la Grecia antigua que leyera en el último libro de
Maritain: «los mayores pensadores de la antigüedad no pensaron en condenar la
esclavitud», citaría a Maritain[*] ante uno de estos tribunales. Aportaría el único texto
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importante que nos ha llegado sobre la esclavitud, el de Aristóteles. Haría leer a los
magistrados la siguiente frase: «algunos afirman que la esclavitud es absolutamente
contraria a la naturaleza y a la razón». Haría observar que nada permite suponer que
entre esos «algunos» no estén los más grandes pensadores de la antigüedad. El
tribunal censuraría a Maritain por haber impreso una afirmación falsa cuando le era
tan fácil evitar el error, que constituye, aunque sea involuntariamente, una calumnia
atroz contra toda una civilización. Todos los periódicos diarios, semanales o de otro
tipo, las revistas y la radio estarían obligadas a poner en conocimiento del público la
censura del tribunal y, en su caso, la respuesta de Maritain. En este caso concreto
difícilmente podría darla.
Cuando Gringoire[*] publicó in extenso un discurso atribuido a un anarquista
español anunciado como orador en una reunión parisina pero que en el último
momento no había podido salir de España, un tribunal semejante no habría estado de
más. Siendo en ese caso la mala fe más evidente que dos y dos son cuatro, la cárcel
quizá no habría sido demasiado severa.
En un sistema así se permitiría llevar la acusación ante los tribunales a cualquiera
que detectase un error evitable en un texto impreso o en una emisión de radio.
La segunda medida consistiría en prohibir absolutamente la propaganda de todo
tipo en la radio o en la prensa diaria. A estos dos instrumentos sólo se les permitiría
servir información no tendenciosa.
Los tribunales en cuestión velarían para que no lo fuese.
Respecto de los órganos de información, deberían poder juzgar no únicamente las
afirmaciones erróneas, sino también las omisiones voluntarias o tendenciosas.
Los medios de circulación de ideas que deseasen darlas a conocer sólo tendrían
derecho a órganos semanales, quincenales o mensuales. No es en absoluto necesaria
una periodicidad mayor si lo que se pretende es hacer pensar y no embrutecer.
La corrección de los medios de persuasión quedaría garantizada por la vigilancia
de esos mismos tribunales, que estarían autorizados a suprimir un órgano en caso de
alteración excesivamente frecuente de la verdad. Si bien los redactores podrían hacer
reaparecer la publicación bajo otro nombre.
Todo esto no supondría el más mínimo perjuicio a las libertades públicas. Se
satisfaría la más sagrada necesidad del alma humana: la protección contra la
sugestión y el error.
Pero ¿quién garantizaría la imparcialidad de los jueces?, se objetará. La única
garantía, aparte de su total independencia, consiste en que procedan de medios
sociales diferentes, que estén dotados naturalmente de una inteligencia amplia, clara y
precisa, y que hayan sido formados en una escuela donde no se les dé una educación
jurídica sino principalmente espiritual y secundariamente intelectual. Es necesario
que se acostumbren a amar la verdad.
No hay posibilidad alguna de satisfacer en un pueblo la necesidad de verdad si
para ello no pueden encontrarse hombres que la amen.
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SEGUNDA PARTE
—EL DESARRAIGO[1]—
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Echar raíces quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana.
Es una de las más difíciles de definir. Un ser humano tiene una raíz en virtud de su
participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad que conserva
vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos de futuro. Participación
natural, esto es, inducida automáticamente por el lugar, el nacimiento, la profesión, el
entorno. El ser humano tiene necesidad de echar múltiples raíces, de recibir la
totalidad de su vida moral, intelectual y espiritual en los medios de que forma parte
naturalmente.
Los intercambios de influencias entre diferentes medios son tan indispensables
como el arraigo en el entorno natural. Ahora bien, un medio determinado no debe
recibir la influencia externa como una aportación, sino como un estímulo que haga
más intensa su propia vida. No debe alimentarse de las aportaciones externas más que
después de haberlas digerido, y los individuos que lo componen sólo deben recibirlas
a través de él. Cuando un pintor de auténtica valía entra en un museo queda
confirmada su originalidad. Lo mismo ha de ser para las diversas poblaciones del
globo terrestre y para los diferentes medios sociales.
Hay desarraigo siempre que tiene lugar una conquista militar; en este sentido, la
conquista constituye casi siempre un mal. El desarraigo es mínimo cuando los
conquistadores son inmigrantes que se instalan en el país, se mezclan con la
población y echan raíces. Tal fue el caso de los helenos en Grecia, de los celtas en la
Galla, de los árabes en España. Pero cuando el conquistador sigue siendo extranjero
en el territorio que ha pasado a ser suyo, entonces el desarraigo es una enfermedad
casi mortal para las poblaciones sometidas. Que alcanza su mayor intensidad cuando
se producen deportaciones masivas, como en la Europa ocupada por Alemania, en la
curva del Níger, o siempre que se da una supresión brutal de todas las tradiciones
locales, como en las posesiones francesas de Oceanía (si hay que creer a Gauguin y a
Alain Gerbault).
Aun sin conquista militar, el poder del dinero y la dominación económica pueden
imponer una influencia extraña hasta el punto de llegar a provocar la enfermedad del
desarraigo.
Por último, las relaciones sociales en el interior de un mismo país pueden ser
factores de desarraigo muy peligrosos. En nuestro ámbito, en nuestros días, aparte de
la conquista, hay dos venenos que propagan esta enfermedad. Uno es el dinero. El
dinero destruye las raíces por doquier, reemplazando los demás móviles por el deseo
de ganancia. Vence sin dificultad a cualquier otro móvil porque exige un esfuerzo de
atención mucho menor. Nada tan claro y simple como una cifra.
Desarraigo obrero[2]
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Una condición social entera y perpetuamente subordinada al dinero es la de
asalariado, sobre todo a partir del momento en que el salario a destajo obliga a cada
obrero a fijar en todo momento su atención en la cuenta de lo que gana. En esta
condición es donde la enfermedad del desarraigo es más aguda. Bernanos[*] ha escrito
que al menos nuestros obreros no son inmigrados como los de Ford[*]. La principal
dificultad social de nuestra época procede del hecho de que en cierto sentido sí lo
son. Aunque no se hayan movido geográficamente, se les ha desarraigado
moralmente, se les ha exiliado y admitido de nuevo, como por tolerancia, a título de
carne de trabajo. El paro es, de seguro, un desarraigo a la segunda potencia. Pues los
desempleados no se sienten en casa en las fábricas ni en sus viviendas, ni tampoco en
los partidos y sindicatos que se dicen hechos para ellos, ni en los lugares de placer, ni
en la cultura intelectual cuando se proponen asimilarla.
El segundo factor de desarraigo es la instrucción tal como se la concibe hoy. El
Renacimiento provocó en todas partes una escisión entre las gentes cultivadas y la
masa; pero, aunque separó cultura y tradición nacional, al menos sumergió a la
cultura en la tradición griega. Más tarde, sin haberse renovado los lazos con las
respectivas tradiciones nacionales, también Grecia fue olvidada. De ello resultó una
cultura desarrollada en un ámbito muy restringido, separado del mundo, en una
atmósfera cerrada; una cultura considerablemente orientada a la técnica e influida por
ella, muy teñida de pragmatismo, extremadamente fragmentada por la especialización
y del todo privada de contacto con este universo de aquí abajo y de apertura al otro
mundo.
En nuestros días un hombre puede pertenecer a los medios llamados cultivados
sin tener, por un lado, idea alguna relativa al destino humano, y sin saber, por otro,
por ejemplo, que no todas las constelaciones pueden verse en cualquier estación. Se
suele creer que un pequeño campesino de hoy, alumno de la escuela primaria, sabe
más que Pitágoras porque recita dócilmente que la tierra gira alrededor del sol. Pero,
de hecho, ya no contempla las estrellas. El sol del que se le habla en clase no tiene
para él ninguna relación con el que ve. Se le arranca del universo que le circunda de
la misma forma que se arranca a los pequeños polinesios de su pasado obligándoles a
repetir: «Nuestros antepasados los galos tenían el cabello rubio».
Lo que hoy llamamos instrucción de masas consiste en tomar esta cultura
moderna elaborada en un ámbito así de cerrado, de viciado, de indiferente a la
verdad, quitarle cuanto aún pueda contener de oro puro, operación denominada
vulgarización, y hornear el residuo tal cual en la memoria de los desgraciados que
desean aprender, a la manera que se da alpiste a los pájaros.
De otro lado, el deseo de aprender por aprender se ha vuelto muy raro. El
prestigio de la cultura se ha vuelto casi exclusivamente social, tanto en el campesino
que sueña con tener un hijo maestro o el maestro un hijo universitario cuanto en las
gentes adineradas que adulan a los científicos y a los escritores famosos.
Los exámenes ejercen sobre los jóvenes estudiantes el mismo poder obsesivo que
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el dinero sobre los obreros que trabajan a destajo. Un sistema social está
profundamente enfermo cuando un campesino trabaja la tierra con la idea de que es
campesino porque no es lo bastante inteligente para llegar a ser maestro.
La mezcla de ideas confusas y más o menos falsas conocida bajo el nombre de
marxismo, mezcla en la que desde Marx no han participado prácticamente más que
intelectuales burgueses mediocres, constituye asimismo para los obreros un aporte
completamente extraño inasimilable, y, por otro lado, despojado de valor nutritivo,
pues se le ha vaciado de casi toda la verdad contenida en los escritos de Marx. A
veces se le añade una vulgarización científica de calidad aun inferior. La suma de
todo ello sólo lleva el desarraigo de los obreros a su culminación.
El desarraigo constituye con mucho la enfermedad más peligrosa de las
sociedades humanas, pues se multiplica por sí misma. Los seres desarraigados tienen
sólo dos comportamientos posibles: o caen en una inercia del alma casi equivalente a
la muerte, como la mayoría de los esclavos en tiempos del Imperio romano, o se
lanzan a una actividad tendente siempre a desarraigar, a menudo por los métodos más
violentos, a quienes aún no lo están o sólo lo están en parte.
Los romanos eran un puñado de fugitivos aglomerados artificialmente en una
ciudad; hasta tal punto privaron a los pueblos mediterráneos de su vida propia, de su
patria, de sus tradiciones y de su pasado que la posteridad los ha tomado, según sus
propios testimonios, por los fundadores de la civilización en esos territorios. Los
hebreos eran esclavos evadidos que exterminaron o redujeron a servidumbre a todos
los pueblos de Palestina. Los alemanes, en el momento en que Hitler se adueñó de
ellos, no eran más, como repetía Hitler sin cesar, que una nación de proletarios, esto
es, de desarraigados; la humillación de 1918, la inflación, la industrialización a
ultranza y sobre todo la extrema gravedad de la crisis de desempleo habían llevado en
ellos la enfermedad moral al grado de agudeza que entraña la más absoluta
irresponsabilidad. Los españoles e ingleses que a partir del siglo XVI masacraron o
sojuzgaron a los pueblos de color eran aventureros sin apenas contacto con la vida
profunda de su país. Lo mismo ocurre con una parte del imperio francés, constituido
por otra parte en un período en que la vitalidad de la tradición francesa estaba
debilitada. Quien está desarraigado desarraiga. Quien está arraigado no desarraiga.
Bajo el nombre único de revolución, y a menudo bajo consignas y temas de
propaganda idénticos, se ocultan dos concepciones absolutamente opuestas. Una
consiste en transformar la sociedad para que los obreros puedan echar raíces; la otra,
en extender a toda la sociedad la enfermedad del desarraigo infligida a los obreros. Ni
que decir tiene que la segunda operación jamás puede ser un preludio de la primera.
Son direcciones opuestas, sin convergencia posible.
La segunda concepción es hoy mucho más frecuente que la primera, tanto entre
los militantes como entre la masa de los obreros. Y tiende a serlo cada vez más, a
medida que el desarraigo se extiende y sus estragos aumentan. Es fácil comprender
que un día u otro el mal pueda llegar a ser irreparable.
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Del lado de los conservadores se produce un equívoco análogo. Unos pocos de
ellos desean realmente que los obreros vuelvan a echar raíces; sólo que ese deseo va
acompañado de imágenes que en su mayor parte, en vez de referirse al futuro, están
tomadas de un pasado por otro lado parcialmente ficticio. Los demás desean pura y
simplemente mantener o agravar la condición de material humano a que se ha
reducido al proletariado.
Así pues, quienes desean realmente el bien, además de ser pocos, se debilitan aún
más al dividirse en dos campos hostiles que nada tienen en común.
El hundimiento de Francia, que ha sorprendido a todo el mundo, sólo ha mostrado
hasta qué punto estaba desarraigado el país. Un árbol cuyas raíces casi están podridas
del todo cae al primer golpe. Si Francia ha dado un espectáculo más penoso que
cualquier otro país de Europa es porque la civilización moderna, con sus venenos, se
había instalado en Francia mucho antes que en otros lugares, salvo Alemania. Pero en
Alemania el desarraigo adoptó una forma agresiva, mientras que en Francia ha
tomado la del letargo y el estupor. La diferencia depende de causas más o menos
ocultas, algunas de las cuales podría determinarlas una investigación. Inversamente,
el país que ha resistido mejor ante la primera oleada de terror alemán es de lejos
aquel cuya tradición es la más viva y la mejor preservada: Inglaterra.
En Francia, el desarraigo de la condición proletaria redujo a una gran parte de los
obreros a un estado de estupor inerte y arrojó a otra parte de ellos a una actitud de
guerra hacia la sociedad. El mismo dinero que había cortado brutalmente las raíces en
los medios obreros las había podrido en los ambientes burgueses, pues la riqueza es
cosmopolita; el poco afecto al país que podía quedar intacto en ellos se vio superado,
sobre todo a partir de 1936, por el miedo y el odio a los obreros. También los
campesinos estaban casi desarraigados desde la guerra de 1914, desmoralizados por
su papel de carne de cañón, por el dinero, que tenía en sus vidas un papel cada vez
mayor, y por los contactos excesivamente frecuentes con la corrupción de las
ciudades. La inteligencia, por su parte, estaba casi apagada.
Esta enfermedad general del país adoptó la forma de una especie de sueño que fue
lo único que impidió la guerra civil. Francia ha odiado la guerra que amenazaba con
impedirle dormir. Medio apaleada por el terrible golpe de mayo y junio de 1940, se
arrojó en brazos de Pétain para poder seguir durmiendo en una seguridad ficticia.
Después, la opresión enemiga transformó este sueño en una pesadilla tan dolorosa
que ahora se agita y espera angustiosamente los auxilios exteriores que la despierten.
Por efecto de la guerra la enfermedad del desarraigo ha alcanzado en toda Europa
una intensidad tal que se puede estar legítimamente horrorizado. El único indicador
que da alguna esperanza es que el sufrimiento ha devuelto cierta vida a recuerdos casi
muertos hasta hace poco, como los de 1789 en Francia.
En cuanto a los países de Oriente —que desde hace siglos, pero sobre todo desde
los cincuenta últimos años, padecen la enfermedad del desarraigo que han llevado los
blancos—, Japón muestra suficientemente la agudeza que toma en ellos la forma
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activa de la enfermedad. Indochina es un ejemplo de la forma pasiva. La India, con
una tradición aún viva, está lo bastante contaminada para que los mismos que
defienden públicamente la tradición sueñen con establecer en su territorio una nación
de tipo occidental y moderno. China es muy misteriosa. Rusia, medio europea y
medio oriental, también lo es; pues no se sabe si la energía que la llena de gloria
procede, como en el caso de los alemanes, de un desarraigo de tipo activo —cosa que
sugeriría la historia de los últimos veinticinco años—, o por el contrario se trata de la
vida profunda del pueblo surgida del fondo de los tiempos y mantenida
subterráneamente casi intacta.
En cuanto al continente americano, y puesto que su poblamiento está fundado
desde hace varios siglos en la inmigración, la influencia dominante que de seguro
ejercerá agrava extraordinariamente el peligro.
En esta situación ciertamente desesperada sólo se puede encontrar auxilio en los
islotes de pasado conservados vivos sobre la Tierra. No es que haya que aprobar que
Mussolini se adorne con el imperio romano e intentar hacer lo mismo con Luis XIV.
Las conquistas territoriales no son vida: son muerte desde el momento mismo en que
se producen. Lo que hay que preservar con celo en todas partes son las gotas de
pasado vivo, indistintamente en París o en Tahití, pues no hay mucho en todo el
globo.
Sería vano apartarse del pasado y no pensar más que en el futuro. Es una ilusión
peligrosa incluso creer que hay en ello una posibilidad. La oposición entre pasado y
futuro es absurda. El futuro no nos aporta nada, no nos da nada; somos nosotros
quienes, para construirlo, hemos de dárselo todo, darle nuestra propia vida. Ahora
bien: para dar es necesario poseer, y nosotros no tenemos otra vida, otra savia, que los
tesoros heredados del pasado y digeridos, asimilados, recreados por nosotros mismos.
De todas las necesidades del alma humana, ninguna más vital que el pasado.
El amor por el pasado nada tiene que ver con una orientación política
reaccionaria. La revolución, como cualquier actividad humana, toma todo su vigor de
una tradición. Marx así lo comprendió cuando, al hacer de la lucha de clases el único
principio de explicación histórica, hundió esa tradición en los tiempos más lejanos. A
principios de este siglo pocas cosas en Europa estaban más cerca de la Edad Media
que el sindicalismo francés, único reflejo entre nosotros del espíritu de los gremios.
Los débiles restos de este sindicalismo son las chispas que con más urgencia hay que
avivar.
Desde hace varios siglos los hombres de raza blanca han destruido el pasado por
doquier, estúpida y ciegamente, dentro y fuera de sus países. Si a pesar de ello ha
habido en cierto sentido progreso verdadero durante este período no ha sido a causa
de tales estragos, sino a pesar de ellos, bajo el impulso del poco pasado conservado
vivo.
El pasado destruido no se recupera jamás. La destrucción del pasado quizá sea el
mayor de los crímenes. Hoy la conservación de lo poco que queda debería convertirse
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casi en una idea fija. Es preciso detener el desarraigo terrible que provocan siempre
los métodos coloniales de los europeos, incluso en sus formas menos crueles. Habría
que abstenerse, tras la victoria, de castigar al enemigo vencido desarraigándolo aún
más; desde el momento en que no es posible ni deseable exterminarlo, agravar su
locura sería estar más loco que él. También hay que tener en perspectiva, ante todo,
en cualquier innovación política, jurídica o técnica susceptible de repercutir
socialmente, un acuerdo que permitiera a los seres humanos recuperar sus raíces.
Ello no supone confinar a los seres humanos. Por el contrario, nunca ha resultado
más indispensable la aireación. El arraigo y la multiplicación de los contactos son
complementarios. Por ejemplo, si, allí donde la técnica lo permitiera —y con un poco
de esfuerzo en esa dirección lo permitiría ampliamente—, los obreros vivieran
dispersos y fuese cada uno propietario de una casa, de una parcela de tierra y de una
máquina; y si además se resucitara para los jóvenes la Vuelta a Francia[*] de antes,
incluso a escala internacional si fuera preciso; si los obreros pudiesen pasar
frecuentemente temporadas en el taller de montaje donde las piezas que fabrican ellos
se combinan con las de los demás o ayudando a formar a los aprendices; junto con
una protección eficaz de los salarios, lo desdichado de la condición proletaria
desaparecería.
No se acabará con la condición proletaria a través de medidas jurídicas, sean éstas
la nacionalización de las industrias clave, la supresión de la propiedad privada, el
reconocimiento de poderes a los sindicatos para la conclusión de convenios
colectivos, o con delegados de taller o el control del empleo. Todas las medidas que
se propongan, ya lleven la etiqueta revolucionaria o la reformista, son puramente
jurídicas, y no es en el plano jurídico donde se sitúan la desdicha de los obreros y el
remedio a tal desdicha. Marx lo habría comprendido perfectamente si hubiese tenido
la probidad suficiente respecto de su propio pensamiento, pues es una evidencia que
se manifiesta en las mejores páginas de El Capital.
No se puede buscar en las reivindicaciones de los obreros el remedio a su
desgracia. Pues con el cuerpo y el alma —incluida la imaginación— hundidos en la
desdicha, ¿cómo pueden imaginar algo que no lleve inscrita su marca? Si hacen un
violento esfuerzo por distanciarse, caen en sueños apocalípticos o buscan
compensación en un imperialismo obrero no más encomiable que el imperialismo
nacional.
Lo que puede hallarse en sus reivindicaciones es el signo de sus sufrimientos.
Ahora bien, todas o casi todas sus reivindicaciones re flejan el dolor del desarraigo.
Si reclaman el control del empleo y la nacionalización es porque están obsesionados
por el miedo al desarraigo total: el paro. Si desean abolir la propiedad privada es
porque están hartos de que se les admita a un puesto de trabajo como inmigrantes a
quienes se permite entrar de favor. Ése es también el resorte psicológico de las
ocupaciones de fábricas de junio de 1936. Durante varios días experimentaron la
alegría pura de sentirse en ellas como en casa; una alegría de niño que no quiere
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pensar en el mañana. Y es que nadie podía creer razonablemente que el mañana fuera
bueno.
El movimiento obrero francés surgido de la Revolución ha sido esencialmente un
grito, menos de revuelta que de protesta, ante la dureza despiadada del destino para
con todos los oprimidos. Relativamente a lo que puede esperarse de un movimiento
colectivo, había en él mucha pureza. Llegó a su fin en 1914; desde entonces, sólo han
quedado sus ecos; los venenos de la sociedad circundante han corrompido incluso el
sentido de la desgracia. Es necesario reencontrarse con la tradición; pero no se puede
desear resucitarla. Por bella que pueda ser la entonación de un grito de dolor, no se
puede desear seguir oyéndolo; es más humano desear curar el dolor.
La lista concreta de los dolores de los obreros constituye la de las cosas a
modificar. Para empezar, hay que suprimir el choque que sufre el adolescente de doce
o trece años que deja la escuela y entra en la fábrica. Algunos obreros serían
enteramente felices si ese choque no les hubiera dejado para siempre una herida
dolorosa; pero ni siquiera ellos saben que sus sufrimientos proceden del pasado. En la
escuela, fuera buen o mal alumno, era un ser cuya existencia estaba reconocida, al
que se intentaba desarrollar, a cuyos mejores sentimientos se apelaba. De la noche a
la mañana se convierte en el suplemento de la máquina, en poco menos que una cosa
que a nadie preocupa con tal de que obedezca, aunque lo haga bajo el impulso de los
móviles más bajos. La mayoría de los obreros han experimentado, cuando menos en
este momento de su vida, esa impresión de no existir acompañada de una especie de
vértigo interior que intelectuales o burgueses, aun en los mayores sufrimientos,
raramente han tenido la ocasión de conocer. Este primer choque, recibido tan
temprano, a menudo imprime una marca imborrable. Puede imposibilitar
definitivamente el amor al trabajo.
Hay que cambiar el régimen de atención durante las horas de trabajo, la
naturaleza de los estímulos que impulsan a vencer la pereza o el agotamiento —
estímulos que hoy no son otros que el miedo y los cuartos—, la naturaleza de la
obediencia, la componente tan exigua de iniciativa, de habilidad y de reflexión
requerida de los obreros, la imposibilidad en que se hallan de participar con el
pensamiento y el sentimiento en el conjunto del trabajo de la empresa, la ignorancia a
veces total del valor, la utilidad social y el destino de las cosas que fabrican, la
completa escisión de la vida de trabajo y de la vida familiar. Y se podría prolongar la
lista.
Dejando de lado el deseo de reformas, tres tipos de factores intervienen en el
régimen de la producción: técnicos, económicos y militares. Hoy, la importancia de
los factores militares en la producción corresponde a la de la producción en la
conducción de la guerra; dicho de otro modo, es harto considerable.
Desde el punto de vista militar, la concentración de millares de obreros en
inmensas prisiones industriales, donde los trabajadores verdaderamente cualificados
son una minoría, es un absurdo doble. Las condiciones militares actuales exigen, de
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una parte, que la producción militar se disperse, y, de otra, que en tiempos de paz la
gran mayoría de los obreros sean profesionales instruidos, a cuyas órdenes pueda
ponerse inmediatamente una multitud de mujeres, de jóvenes o de hombres mayores,
en caso de crisis internacional o de guerra, con el fin de aumentar el volumen de la
producción. Nada ha contribuido más a paralizar la producción de guerra inglesa que
la falta de obreros cualificados.
Y como no es posible confiar a profesionales altamente cualificados la función de
ser peones de las máquinas, dicha función debe ser suprimida salvo en caso de
guerra.
Tan raro es que las necesidades militares estén de acuerdo con las mejores
aspiraciones humanas, y no en contradicción con ellas, que hay que aprovecharse de
ello.
Desde un punto de vista técnico, la relativa facilidad de transporte de energía en
forma de electricidad permite ciertamente un amplio grado de descentralización.
Las máquinas, por su parte, no están preparadas para una transformación del
régimen de la producción; sin embargo, los atisbos que se advierten en las máquinas
automáticas reglables actualmente en uso proporcionarían sin duda una solución a
base de esfuerzo, si se llevara realmente a cabo tal esfuerzo.
En términos generales, una reforma de importancia social infinitamente mayor
que todas las medidas inscritas bajo el rótulo de socialismo sería una transformación
en la concepción misma de las investigaciones técnicas. Hasta el momento nunca se
ha imaginado que un ingeniero ocupado en investigaciones técnicas relativas a
nuevos tipos de máquinas pudiese tener en mente otra cosa que un doble objetivo: por
un lado, aumentar los beneficios de la empresa que le ha encargado dichas
investigaciones; por otro, servir a los intereses de los consumidores. Pero cuando se
habla de los intereses de la producción de lo que se trata es de producir más y menos
caro; es decir: tales intereses son en realidad los del consumo. Y es que estos dos
términos se emplean sin cesar el uno por el otro.
Nadie piensa en los obreros que aplicarán sus fuerzas a las máquinas. Nadie
piensa ni siquiera que sea posible pensar en ello. De vez en cuando se prevén, a lo
sumo, vagos mecanismos de seguridad, aunque sean harto frecuentes los dedos
cercenados y las escaleras de fábrica cotidianamente húmedas de sangre fresca.
Pero este pequeño signo de atención es lo único que hay. No sólo no se piensa en
el bienestar moral de los obreros, lo que exigiría un gran esfuerzo de imaginación,
sino que tampoco se piensa en no castigar su carne. De lo contrario, se habría
inventado para el trabajo en las minas algo distinto de ese horrible martillo neumático
que somete al hombre enganchado a él a ocho horas de sacudidas ininterrumpidas.
Tampoco se pregunta nadie si la nueva máquina, al aumentar la inmobilización
del capital y la rigidez de la producción, agravará quizá el riesgo general de
desempleo.
¿De qué les sirve a los obreros obtener a fuerza de lucha un aumento salarial y
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una suavización de la disciplina mientras los ingenieros de cualquier gabinete de
estudios inventan, sin mala intención, máquinas que agotan su cuerpo y su alma o
agravan las dificultades económicas? ¿De qué les serviría la nacionalización parcial o
total de la economía si el espíritu de dichos gabinetes no cambiase? Pues hasta el
momento, que se sepa, no ha cambiado donde ha habido nacionalización. Ni siquiera
la propaganda soviética ha pretendido nunca que Rusia haya encontrado un tipo
radicalmente nuevo de máquina digno de ser empleado por un proletariado dictador.
Sin embargo, si una certeza aparece con fuerza irresistible en los estudios de
Marx, es que un cambio en la relación de clases será pura ilusión si no va
acompañado de un transformación de la técnica, transformación cristalizada en
nuevas máquinas. Desde el punto de vista obrero, una máquina necesita tener tres
cualidades. Antes que nada, debe poder ser manejada sin agotar ni los músculos, ni
los nervios ni ningún otro órgano —y sin cortar ni desgarrar la carne, salvo en casos
muy excepcionales.
En segundo lugar, en relación con el riesgo general de desempleo, el aparato
productivo en su conjunto debe ser lo más flexible posible para poder acomodarse a
las variaciones de la demanda. Por consiguiente, una misma máquina debe ser
susceptible de usos múltiples, lo más variados posible y en cierta medida
indeterminados. Eso es también una necesidad militar, de cara a una transición más
cómoda del estado de paz al de guerra. Por último, es un factor que favorece el goce
en el trabajo, pues así se puede evitar esa monotonía tan temida por los obreros a
causa del tedio y la aversión que engendra.
En tercer lugar, debe implicar un trabajo de profesional cualificado. Ésa es
también una necesidad militar, indispensable, por otro lado, para la dignidad y el
bienestar moral de los trabajadores. Una clase obrera constituida casi enteramente por
buenos profesionales no es un proletariado.
Un gran desarrollo de la máquina automática, reglable y de usos múltiples
satisfaría en buena medida estas necesidades. Las primeras realizaciones en dicho
ámbito ya existen, y ciertamente hay grandes posibilidades en esta dirección. Tales
máquinas suprimen la condición de peón de máquina. En una gran empresa como la
Renault pocos obreros tienen un semblante feliz cuando trabajan; entre los
privilegiados se hallan los que se ocupan de las operaciones automatizadas.
Lo esencial es la idea de plantear en términos técnicos los problemas relativos a
las repercusiones de las máquinas en el bienestar moral de los obreros. Una vez
planteados, los técnicos sólo tienen que solventarlos. Ya han resuelto muchos otros.
Sólo tienen que querer hacerlo. Para ello es necesario que los lugares donde se
elaboran las nuevas máquinas no estén sumergidos íntegramente en la red de los
intereses capitalistas. Es natural que el Estado los controle mediante las
subvenciones. ¿Y por qué no han de hacerlo las organizaciones obreras por medio de
primas? Todo ello dejando de lado otros mecanismos de influencia y de presión. Si
los sindicatos obreros estuvieran verdaderamente vivos debería haber contactos
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permanentes entre ellos y los gabinetes de estudios donde se diseñan las nuevas
técnicas.
Una forma de preparar tales contactos podría ser creando una atmósfera favorable
a los obreros en las escuelas de ingenieros.
Hasta ahora los técnicos sólo han tenido en mente las necesidades de la
fabricación. Si intentasen tener siempre presente en su espíritu las necesidades de
quienes fabrican, poco a poco se transformaría la técnica de la producción entera.
Ello debería ser materia de enseñanza en las escuelas de ingenieros y en todas las
escuelas técnicas —de una enseñanza que tuviera una sustancia real.
Poner en marcha ya estudios sobre ese tipo de problemas no tendría más que
ventajas.
El tema de tales estudios sería fácil de definir. Un papa ha dicho: «La materia sale
ennoblecida de la fábrica; los trabajadores, envilecidos». Marx expresó exactamente
la misma idea en términos aún más vigorosos. Se trata de que cuantos intentan
introducir progresos técnicos tengan continuamente fijada en la mente la certeza de
que, de todas las carencias de cualquier tipo que es posible señalar en el estado actual
de la fabricación, la más imperiosamente urgente de remediar es ésta; que no hay que
hacer nada que pueda agravarla y sí todo lo posible por disminuirla. Esta idea debería
formar parte en adelante del sentimiento de la obligación profesional, del honor
profesional, de cualquiera que tenga responsabilidades en la industria. Si los
sindicatos obreros fueran capaces de cumplirlo, hacer penetrar esta idea en la
consciencia universal sería una sus tareas esenciales.
Si la mayoría de los obreros fueran profesionales altamente cualificados que a
menudo tuviesen que dar muestra de ingenio e iniciativa, responsables de su
producción y de su máquina, la disciplina actual del trabajo no tendría razón de ser.
Algunos obreros podrían trabajar en sus casas; otros, en pequeños talleres que
podrían organizarse en forma cooperativa. En nuestros días la autoridad se ejerce más
intolerablemente en las fábricas pequeñas que en las grandes, y así ocurre porque
aquéllas copian a éstas. Dichos talleres no serían fábricas pequeñas, sino organismos
industriales de nuevo tipo, donde se podría respirar un nuevo espíritu; aunque
pequeños, establecerían entre ellos vínculos orgánicos lo bastante fuertes para formar
en conjunto una gran empresa. A pesar de sus taras, en la gran empresa hay una
poesía particular que gusta a los obreros de hoy.
El salario por piezas no tendría mayor inconveniente una vez abolido el
acuartelamiento de los trabajadores. Pues ya no implicaría la obsesión de la rapidez a
toda costa. Sería la forma normal de remuneración por un trabajo realizado
libremente. La obediencia no sería ya sumisión segundo a segundo. Un obrero o un
grupo de obreros podría tener cierto número de pedidos a realizar en un plazo dado, y
libre elección en la organización del trabajo. Sería algo completamente diferente que
saber que debe repetirse indefinidamente el mismo gesto, impuesto por una orden,
hasta el preciso instante en que una nueva orden impondrá un gesto nuevo de
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ignorada duración. Hay cierta relación temporal adecuada a las cosas inertes y otra
propia de las criaturas pensantes. Se cae en un error cuando se las confunde.
Cooperativos o no, dichos talleres no serían cuarteles. Un obrero podría en
ocasiones mostrar a su mujer el lugar donde trabaja, su máquina, como hicieron con
tanta alegría en junio de 1936 durante la ocupación de fábricas. Los niños irían
después de clase a buscar a su padre y aprenderían a trabajar a esa edad en que el
trabajo es con mucho el más apasionante de los juegos. Más tarde, cuando entrasen
como aprendices, estarían casi en posesión de un oficio, y podrían elegir libremente
entre perfeccionarse en ése o iniciarse en otro. El trabajo, gracias a esos asombros
infantiles, estaría teñido de poesía para el resto de sus vidas en vez de cobrar tintes de
pesadilla debido al choque de las primeras experiencias.
Si en la desmoralización actual los campesinos tienen bastante menos necesidad
que los obreros de ser azuzados continuamente con estímulos ello se debe, tal vez, a
esta diferencia. En el campo un niño puede ser ya un desgraciado a los nueve o diez
años, pero casi siempre ha habido un momento en que el trabajo ha sido para él un
juego maravilloso reservado a los mayores.
Si la mayoría de los obreros fuese más o menos feliz muchos problemas
aparentemente esenciales y angustiosos quedarían abolidos. Sin que llegaran a ser
resueltos, se olvidaría que fueron planteados alguna vez. La desgracia es un caldo de
cultivo de falsos problemas pues suscita obsesiones. El medio de aplacarlas no
consiste en atender a lo que exigen, sino en hacer desaparecer la desgracia. Si un
hombre tiene sed por una herida en el vientre, no hay que darle de beber, sino curar la
herida.
Por desgracia, sólo es modificable el destino de los jóvenes. Habrá que realizar un
gran esfuerzo para la formación de la juventud obrera, ante todo en su aprendizaje. El
Estado estará obligado a cargar con esa responsabilidad, pues ningún otro elemento
de la sociedad puede hacerlo.
Nada muestra mejor la carencia esencial de la clase capitalista que la negligencia
de los patronos respecto del aprendizaje. Es, como la llaman en Rusia, una
negligencia criminal. Nunca se insistirá lo bastante en ello, en difundir públicamente
esta verdad tan simple, fácil de entender, indiscutible. Los patronos, desde hace
veinte o treinta años, han olvidado pensar en la formación de buenos profesionales.
La falta de obreros cualificados contribuyó como cualquier otro factor a la ruina del
país. En 1934 y 1935, el momento más agudo de la crisis de desempleo, cuando la
producción estaba en punto muerto, las fábricas mecánicas y de aviación buscaban
buenos profesionales y no los encontraban. Los obreros se quejaban de que las
pruebas eran demasiado difíciles; pero no habían sido formados para superarlas. En
estas condiciones, ¿cómo habríamos podido tener armamento suficiente? Por otro
lado, aun sin guerra, la carencia de profesionales, agravada con los años, habría
acabado por hacer imposible la vida económica misma.
Hay que proclamar de una vez por todas al país entero y a los mismos interesados
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que los patronos se han mostrado incapaces de afrontar las responsabilidades que el
sistema capitalista les encomienda. Tienen una función que desempeñar, pero no ésta,
pues la experiencia ha enseñado que es demasiado pesada y grande para ellos. Una
vez entendido esto, ya no se les tendrá miedo, y los patronos, por su parte, dejarán de
oponerse a las reformas necesarias; permanecerán dentro de los límites modestos de
su función natural. Es su única oportunidad de salvación; pues es por el miedo que se
les tiene que a menudo se piensa en librarse de ellos.
Cuando los patronos acusaban de imprevisión al obrero que se tomaba un
aperitivo, su sabiduría no alcanzaba a prever que, si no se forman aprendices, al cabo
de veinte años no hay obreros, por lo menos obreros que merezcan tal nombre. Parece
que los patronos son incapaces de pensar con más de dos o tres años de previsión. De
otro lado, en virtud de una secreta inclinación, preferían tener en sus fábricas un
rebaño de desgraciados, de seres desarraigados y sin derecho a consideración alguna.
No saben que si la sumisión de los esclavos es mayor que la de los hombres libres, su
revuelta es también mucho más terrible. Hicieron la experiencia, pero sin
comprenderla.
Desde otro punto de vista, las carencias de los sindicatos obreros respecto del
problema del aprendizaje son asimismo escandalosas. Los sindicatos no tenían que
preocuparse del futuro de la producción; siendo la defensa de la justicia su única
razón de ser, deberían haberse conmovido con el desamparo moral de los
adolescentes. De hecho, la parte verdaderamente miserable de la población de las
fábricas —los adolescentes, las mujeres, los obreros inmigrados, extranjeros o
coloniales— estaba abandonada. La suma entera de su dolor contaba mucho menos
en la vida sindical que la cuestión de un aumento salarial de las categorías ya
holgadamente retribuidas.
Nada muestra mejor cuán difícil es que un movimiento colectivo esté realmente
orientado hacia la justicia y verdaderamente protegidos los desventurados. Éstos no
pueden defenderse por sí mismos porque se lo impide su desventura; y desde fuera no
se les defiende porque la naturaleza humana tiende a no prestar atención a los
desgraciados.
Sólo la JOC[*] se ha ocupado de la desventura de los obreros adolescentes; la
existencia de una organización así quizá sea el único signo cierto de que el
cristianismo no está muerto entre nosotros.
Al igual que los capitalistas han traicionado su vocación desatendiendo
criminalmente no sólo los intereses del pueblo y de la nación, sino además los suyos
propios, los sindicatos han traicionado su vocación desatendiendo la protección de los
más desventurados entre los obreros para volcarse en la defensa de los intereses.
También sería bueno proclamar esto, con la vista puesta en el día en que puedan tener
la responsabilidad y la tentación de cometer abusos de poder. El frenazo a los
sindicatos, transformados en organizaciones únicas y obligatorias, era la
consecuencia natural, inevitable, de ese cambio de espíritu. En el fondo, la acción del
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gobierno de Vichy en este sentido ha sido prácticamente nula. La CGT[*] no ha sido
objeto de violación por él. Hace ya tiempo que no podía serlo.
El Estado no está particularmente cualificado para asumir la defensa de los
desventurados. Por otro lado, es prácticamente incapaz de ello a menos que esté
obligado a hacerlo por una necesidad de salud pública urgente, evidente, y empujado
por la opinión pública.
En lo que concierne a la formación de la juventud obrera, la necedad de salud
pública no puede ser más evidente y urgente. En cuan to al empuje de la opinión, hay
que suscitarlo ya desde ahora, sirviéndose de los embriones de organismos sindicales
auténticos, de la JOC, de los grupos de estudios y de los movimientos juveniles,
incluso los oficiales.
Los bolcheviques rusos lograron apasionar a su pueblo al proponerle la
construcción de una gran industria. ¿No podríamos nosotros hacer lo mismo con el
nuestro proponiéndole la construcción de una población trabajadora de nuevo tipo?
Un objetivo así estaría en consonancia con el genio de Francia.
La formación de una juventud obrera ha de ir más allá de la formación puramente
profesional. Debe comportar una educación; y para ello es deseable que el
aprendizaje no se lleve a cabo en las escuelas, donde siempre se hace mal, sino que se
impregne inmediatamente de la producción misma. Tampoco se le puede confiar a las
fábricas. Debe hacerse un esfuerzo de invención. Se precisaría algo que combinara
las ventajas de la escuela profesional, las del aprendizaje en la fábrica, de los actuales
talleres de compañeros y muchas otras más.
Pero la formación de una juventud obrera, sobre todo en un país como Francia,
implica asimismo una instrucción, una participación en la cultura intelectual. Es
necesario que los obreros jóvenes se sien tan en el mundo del pensamiento como en
casa.
Pero ¿qué participación?, y ¿qué cultura? Es un debate vigente desde hace
tiempo. En ciertos medios, en otra época, se hablaba mucho de cultura obrera. Otros
decían que no hay cultura obrera y no obrera, sino cultura a secas. Esto ha tenido el
efecto, sobre todo, de dar a los obreros más inteligentes y ávidos de aprender el
mismo trato que se da a los escolares medio estúpidos. A veces las cosas han ido algo
mejor, pero globalmente ha funcionado el principio de la vulgarización, tal como se
entiende en nuestra época. La palabra es tan vergonzosa como la cosa misma. Cuando
tengamos algo más satisfactorio habrá que buscar otra palabra.
Ciertamente la verdad es una, pero el error es múltiple; y en toda cultura, salvo en
el caso de la perfección, que para el hombre no es más que un caso límite, hay mezcla
de verdad y de error. Si nuestra cultura estuviera próxima a la perfección se situaría
por encima de las clases sociales. Pero, como es mediocre, es en gran medida una
cultura de intelectuales burgueses y más especialmente, desde hace algún tiempo, una
cultura de intelectuales funcionarios.
Si se quisiera llevar más lejos el análisis en este sentido veríamos que en ciertas
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ideas de Marx hay más verdad de lo que parece a primera vista; pero no serán los
marxistas quienes lleven a cabo tal análisis: primero tendrían que mirarse en un
espejo, operación harto penosa para la que sólo las virtudes específicamente
cristianas proporcionan suficiente valor.
Nuestra cultura es tan difícil de transmitir al pueblo no porque sea demasiado
elevada sino porque es demasiado baja. Se adopta un remedio singular al degradarla
aún más antes de dársela a pequeñas dosis.
Dos obstáculos dificultan el acceso del pueblo a la cultura. Uno es la falta de
fuerzas y de tiempo. El pueblo tiene poco tiempo libre para dedicarlo a un esfuerzo
intelectual, y la fatiga pone un límite a la intensidad del esfuerzo.
Este obstáculo no tiene ninguna importancia. Al menos, no la tendría si no se
cometiera el error de dársela. La verdad ilumina el alma en proporción a su pureza y
no por alguna especie de cantidad. No es la cantidad de metal lo que importa, sino el
grado de aleación. En este ámbito, un poco de oro puro equivale a mucho oro puro.
Un poco de verdad pura equivale a mucha verdad pura. Del mismo modo, una estatua
griega perfecta contiene tanta belleza como dos estatuas griegas perfectas.
El pecado de Niobe consistió en ignorar que la cantidad carece de relación con el
bien y se la castigó con la muerte de sus hijos. Nosotros cometemos el mismo pecado
todos los días y se nos castiga de la misma manera.
Si un obrero, en un año de esfuerzos ávidos y perseverantes, aprende unos pocos
teoremas de geometría, le habrá entrado en el alma tanta verdad como a un estudiante
que durante el mismo tiempo se haya empleado con el mismo fervor en asimilar una
parte de la matemática superior.
Ciertamente, esto no es muy creíble, y quizá no sea fácil de demostrar. Pero al
menos debería ser artículo de fe para los cristianos, si recordaran que la verdad está
entre los bienes puros que el Evangelio compara al pan, y que a quien pide pan no se
le dan piedras.
Los obstáculos materiales —falta de tiempo libre, fatiga, carencia de talento
natural, enfermedad, dolor físico— son una dificultad para la adquisición de los
elementos inferiores o medios de la cultura, no para la de los bienes más preciosos
que contiene.
El segundo obstáculo para la cultura obrera es que a la condición obrera, como a
cualquier otra, le corresponde una disposición particular de la sensibilidad. En
consecuencia, hay algo extraño en lo que ha sido elaborado por otros y para otros.
Un remedio para esto podría ser un esfuerzo de traducción. No de vulgarización
sino de traducción, lo cual es muy diferente.
No se trata de tomar las verdades, ya muy pobres, contenidas en la cultura de los
intelectuales para degradarías, mutilarlas y vaciarlas de su sabor; sino simplemente de
expresarlas en toda su plenitud por medio de un lenguaje que, en palabras de Pascal,
las haga sensibles al corazón de gentes cuya sensibilidad está modelada por la
condición obrera.
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El arte de transponer las verdades es uno de los más esenciales menos conocidos.
Lo que lo hace difícil es que para practicarlo hay que haberse situado en el centro de
una verdad y haberla poseído en su desnudez tras la forma particular bajo la que por
azar se halla expuesta.
Por otra parte, la transposición es un criterio de verdad. Lo que no se puede
transponer no es una verdad; de igual modo que lo que no cambia de apariencia según
el punto de vista no es un objeto sólido sino una ilusión óptica. También en el
pensamiento hay un espacio de tres dimensiones.
La indagación de las formas de transposición adecuadas para transmitir la cultura
al pueblo sería más saludable aún para la cultura que para el pueblo. Constituiría para
ella un estimulante infinitamente valioso. De ese modo saldría de la atmósfera
irrespirable en que está encerrada. Dejaría de ser un objeto de especialistas. Pues
actualmente es algo de especialistas, de arriba abajo, además de degradada a medida
que se desciende. De igual forma que se trata a los obreros como si fueran escolares
un poco estúpidos, se trata a los escolares como si fueran estudiantes
considerablemente fatigados y a los estudiantes como profesores que hubieran sufrido
amnesia y hubiera que reeducar. La cultura es un instrumento manejado por
profesores para fabricar profesores que fabricarán profesores a su vez.
De las formas actuales de la enfermedad del desarraigo, el desarraigo de la cultura
no es el menos alarmante. La primera consecuencia de dicha enfermedad es
generalmente, en todos los ámbitos, que, al haber cortado las relaciones, cada cosa es
considerada como un fin en sí mismo. El desarraigo engendra idolatría.
Un ejemplo de la deformación de nuestra cultura: la preocupación —plenamente
legítima— por conservar el carácter de necesidad de los razonamientos geométricos
hace que la geometría se presente a los escolares como algo carente de toda relación
con el mundo. Éstos sólo se interesarán en ella como un juego o para obtener buenas
notas. ¿Cómo pueden ver en ella la verdad?
La mayoría ignorará siempre que casi todas nuestras acciones, simples o
sabiamente combinadas, son aplicaciones de nociones geométricas; que el universo
en que habitamos es un tejido de relaciones geométricas, y que la necesidad
geométrica es la misma a la que nosotros estamos de hecho sometidos, como
criaturas circunscritas en el espacio y en el tiempo. La necesidad geométrica suele
presentarse de tal forma que parece arbitraria. ¿Hay algo más absurdo que una
necesidad arbitraria? Por definición, las necesidades se imponen.
Además, cuando se quiere vulgarizar la geometría y aproximarla a la experiencia
se omiten las demostraciones. Entonces quedan sólo unas cuantas recetas carentes de
interés. La geometría ha perdido su sabor, su esencia. Su esencia consiste en ser un
estudio que tiene por objeto la necesidad, esa misma necesidad que, de hecho, es
soberana aquí abajo.
Ambas deformaciones pueden evitarse fácilmente. No hay por qué optar entre
demostración y experiencia. Con la madera o el hierro se puede demostrar tan
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fácilmente como con la tiza.
Habría una manera sencilla de introducir la necesidad geométrica en una escuela
profesional: asociando estudio y taller. Se les diría a los muchachos: «Aquí tenéis
unas cuantas tareas que realizar (fabricar objetos satisfaciendo tales o cuales
condiciones). Unas son posibles, otras no. Ejecutad las posibles; respecto de las otras,
demostradme que son imposibles». A través de tal grieta podría introducirse en el
trabajo toda la geometría. La ejecución es una prueba suficiente de la posibilidad;
para la imposibilidad no hay prueba empírica: es necesaria la demostración. La
imposibilidad es la forma concreta de la necesidad.
Respecto del resto de la ciencia, todo lo que corresponde a la ciencia clásica —
pues no se puede integrar en la cultura obrera a Einstein y los quanta— procede
principalmente de un método analógico, consistente en transportar a la naturaleza las
relaciones que dominan el trabajo humano. Por consiguiente, es naturalmente más
apropiado para los trabajadores, si se les sabe presentar, que para los estudiantes de
bachillerato.
Con mayor razón también ocurre así respecto de la parte de la cultura
comprendida bajo la rúbrica de «Letras». Pues su objeto consiste siempre en la
condición humana, y es el pueblo quien tiene la experiencia más real, más directa, de
la condición humana.
En general, y salvo excepciones, las obras de segundo orden e inferiores son más
apropiadas para la élite; las de primer orden, para el pueblo.
Por ejemplo: ¡qué intensidad de comprensión nacería de un contacto entre el
pueblo y la poesía griega, cuyo objeto es casi siempre la desdicha! Sólo habría que
saber traducirla y presentarla. Así, un obrero con la angustia del desempleo clavada
en la médula de los huesos comprendería el estado de Filoctetes cuando le quitan su
arco, la desesperación con la que contempla sus manos impotentes. También
comprendería que Electra tenga hambre, algo que un burgués, salvo en el momento
presente, es absolutamente incapaz de comprender —incluidos los editores de la
edición Budé[*].
Hay un tercer obstáculo para la cultura obrera: la esclavitud. El pensamiento es
por esencia libre y soberano cuando se ejerce realmente. Ser libre y soberano, en
calidad de hombre pensante, durante una hora o dos, y esclavo el resto de la jornada
es un descuartizamiento tan desgarrador que resulta casi imposible, para sustraerse a
él, no renunciar a las formas más elevadas del pensamiento.
Si se pusieran en marcha algunas reformas eficaces tal obstáculo desaparecería
poco a poco. Además, el recuerdo de la esclavitud reciente y los restos de esclavitud
en curso de desaparición constituirían un poderoso estímulo para el pensamiento
durante el proceso de liberación.
Una cultura obrera tiene por condición la mezcla entre eso que se llama los
intelectuales —nombre horrible, mas no merecen hoy otro más bello— y los
trabajadores. Es difícil que tal mezcla se realice. Pero la situación actual es favorable
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para ello. Gran cantidad de jóvenes han sido enviados a la esclavitud en las fábricas y
los campos de Alemania. Otros se han mezclado con jóvenes obreros en los «campos
de compañeros». Pero sobre todo los primeros han tenido una experiencia valiosa.
Muchos habrán quedado destruidos por ella o, cuando menos, harto debilitados de
cuerpo y alma. Pero otros quizá hayan sido verdaderamente instruidos.
Esta experiencia tan preciosa corre el riesgo de perderse a causa de la tentación
casi irresistible de olvidar la humillación y la desgracia cuando se ha escapado a ellas.
Ya desde ahora habría que acercarse a los prisioneros que han regresado, hacer que se
comprometieran a continuar los contactos con los trabajadores iniciados bajo la
coacción, a repensar para ellos su experiencia reciente con vistas a una reconciliación
de la cultura y el pueblo, a una nueva orientación de la cultura.
Las organizaciones sindicales de resistencia podrían en este momento constituir la
ocasión de tales acercamientos. Pero, en términos generales, si tiene que haber vida
del pensamiento en los sindicatos obreros éstos habrán de tener con los intelectuales
contactos diferentes de los consistentes en agruparlos en la CGT en organizaciones
profesionales para la defensa de sus altos salarios. Éste fue el último de los absurdos.
La relación natural podría ser que un sindicato admitiera en calidad de miembros
de honor, pero con prohibición de intervenir en las deliberaciones sobre la acción, a
los intelectuales que se pusieran gratuitamente a su servicio para la organización de
cursos y bibliotecas.
Sería muy deseable que de la generación que, debido a su juventud, ha escapado
al contacto con los trabajadores en la coerción de la cautividad, surgiese una corriente
análoga a la que se produjo entre los estudiantes rusos hace cincuenta años, aunque
con las ideas más claras, y que los estudiantes pasaran períodos voluntarios y
prolongados como obreros, anónimamente confundidos con la masa, en los campos y
las fábricas.
En resumen: la supresión de la condición proletaria, definida ante todo por el
desarraigo, pasa por la constitución de una producción industrial y de una cultura del
espíritu en que los obreros estén y se sientan como en su casa.
Ni que decir tiene que los obreros mismos tendrían una importante participación
en tal construcción. Aunque por la naturaleza de las cosas esa participación será
inevitablemente mínima mientras se hallen bajo el dominio de la desgracia, irá en
aumento a medida que se lleve a cabo su liberación real.
El problema de la construcción de una condición obrera realmente nueva es
urgente y debe ser examinado sin dilación. La orientación tiene que decidirse
inmediatamente. Pues tan pronto como acabe la guerra se construirá en el sentido
literal del término. Se construirán casas y edificios. Y lo que se construya ya no se
derribará, salvo que estalle una nueva guerra, y la vida se irá adaptando a ello. Sería
una paradoja dejar al azar el ensamblaje de las piedras que determinará, posiblemente
para muchas generaciones, toda la vida social. Por consiguiente, habrá que disponer
de antemano de una idea clara respecto de la organización de las empresas
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industriales en el próximo futuro.
Si nos sustrajéramos a dicha exigencia por temor a posibles divisiones ello
significaría simplemente que no estamos cualificados para intervenir en los destinos
de Francia.
Es por tanto urgente examinar un plan de re-arraigo obrero, del que aquí hay,
resumido, un posible esbozo.
Se abolirían las grandes fábricas. Una gran empresa estaría constituida por un
taller de montaje conectado a un gran número de pequeños talleres, de uno o varios
obreros cada uno, dispersos por el campo. Serían estos obreros, y no los especialistas,
quienes fuesen por turnos a trabajar al taller central de montaje, y tales períodos
constituirían fiestas. El trabajo sólo duraría media jornada; el resto se dedicaría a
cultivar la camaradería, a la eclosión de un patriotismo de empresa, a conferencias
técnicas para que cada obrero comprendiera la función exacta de las piezas que
fabrica y los obstáculos que otros han tenido que superar en su trabajo; a conferencias
geográficas en que se les explicase adónde van a parar los productos que contribuyen
a fabricar, qué seres humanos los utilizan, en qué tipo de medio, de vida cotidiana y
de atmósfera humana tienen su sitio, y cuál es éste. A ello se añadiría una cultura
general. Junto a cada taller central de montaje habría una universidad popular con
estrechos vínculos con la dirección de la empresa, aunque no sería propiedad de ésta.
Las máquinas no pertenecerían a la empresa, sino a los minúsculos talleres
dispersos, y éstos, a su vez, serían individual o colectiva mente propiedad de los
obreros. Además, cada obrero poseería una casa y un poco de tierra.
Esta triple propiedad —máquina, casa y tierra— le sería conferida mediante
donación por el Estado en el momento de su matrimonio, y a condición de que
superase con éxito una prueba técnica difícil acompañada de un examen que evaluase
la inteligencia y la cultura general.
La elección de la máquina dependería, por un lado, de las preferencias y
conocimientos del obrero; y, por otro, de las necesidades generales de la producción.
Y debe ser, por supuesto, siempre que posible, una máquina automática reglable y de
usos múltiples.
Esta triple propiedad no podría transmitirse por herencia, ni venderse o enajenarse
de cualquier otra forma. (Sólo en ciertos casos podría cambiarse la máquina.) Quien
la disfrutase sólo tendría la facultad de renunciar pura y simplemente. En tal caso, le
debería resultar difícil, por no decir imposible, obtener más adelante el equivalen te
en otra parte.
Cuando un obrero muere, esa propiedad retorna al Estado, quien debe asegurar,
llegado el caso, un bienestar igual a la mujer y a los hijos. Si la mujer es capaz de
ejecutar el trabajo, conserva la propiedad.
Todas estas donaciones se financiarían con impuestos, ya directos, sobre los
beneficios de las empresas, ya indirectos, sobre la venta de los productos. Serían
gestionados por una administración compuesta de funcionarios, patronos de
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empresas, sindicalistas y diputados.
El derecho de propiedad puede ser retirado por incapacidad profesional mediante
sentencia de un tribunal. Ello implica, por supuesto, que se prevean medidas penales
análogas para castigar, en su caso, la incapacidad profesional de un patrono de
empresa.
Un obrero que deseara convertirse en patrono de un pequeño taller debería
obtener la autorización de un organismo profesional encargado de otorgarla con
discernimiento; sólo entonces, no antes, se le darían facilidades para comprar dos o
tres máquinas.
El obrero que no superara la prueba seguiría en la condición de asalariado. Pero
podría realizar nuevos intentos durante toda su vida, sin límite de edad. También a
cualquier edad podría solicitar las veces que fueran pasar un período gratuito de
varios meses en una escuela profesional.
Los asalariados por incapacidad trabajarían o bien en los pequeños talleres no
cooperativos o bien como ayudantes de un obrero que trabajase en su casa, o bien
como peones en los talleres de montaje. Pero sólo a unos pocos debería dejárseles
entrar en la industria. La mayoría iría a cubrir las tareas de peones o de chupatintas
indispensables en los servicios públicos y el comercio.
Hasta la edad del matrimonio y de instalar su casa para toda su vida —esto es,
según caracteres, hasta los veintidós, veinticinco o treinta años—, a un obrero joven
se le considerará siempre en período de aprendizaje.
En su infancia, la escuela deberá dejarle suficiente tiempo libre para que pueda
pasar horas y horas ensayando junto a su padre mientras éste esté trabajando. Luego,
la semi-escolaridad —varias horas de estudios, varias de trabajo— deberá
prolongarse bastante. Más adelante se requerirá un modo de vida harto variado —
viajes del tipo «Vuelta a Francia», estancia y trabajo ya en casa de obreros que
trabajen individualmente, ya en pequeños talleres, ya en talleres de montaje de
diferentes empresas, ya en agrupaciones juveniles como «Chantiers» o
«Compagnons»; estancias en colegios obreros que según preferencias y capacidades
podrán repetirse varias veces por períodos oscilantes entre algunas semanas y dos
años. Además, dichas estancias, bajo ciertas condiciones, deberán ser posibles a
cualquier edad. Serían completamente gratuitas y no implicarían ventaja social
alguna.
Cuando el joven obrero, saciado y harto de variedad, pensase en fijar su
residencia, estaría ya maduro para echar raíces. Una mujer, hijos, una casa, una huerta
que le proveyera de gran parte de su sustento, un trabajo que le uniera a una empresa
amada de la que estaría orgulloso y que constituiría para él una ventana abierta al
mundo, bastan para la dicha terrena de un ser humano.
Ni que decir tiene que semejante concepción de la juventud obrera implica un
cambio total en la vida cuartelaría. En cuanto a los salarios, habrá que evitar ante todo
que sean bajos hasta el punto de arrojar a la miseria —lo cual no sería muy de temer
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en tales condiciones—, pues en este caso absorben el espíritu e impiden el apego del
obrero a la empresa.
Los organismos corporativos, de arbitraje, etc., habrán de estar concebidos
únicamente para ello —funcionar de forma que cada obrero piense en las cuestiones
de dinero sólo raramente.
La profesión de jefe de empresa, como la de médico, tendrá que figurar entre las
que el Estado autoriza a ejercer, por interés público, únicamente con ciertas garantías,
relacionadas no sólo con la capacidad, sino también con la altura moral.
Los capitales invertidos serán bastante más pequeños que en la actualidad. Un
sistema de crédito podrá facilitar a un joven pobre con capacidad y vocación
convertirse en jefe de empresa.
De esta forma llegaría una empresa a ser individual.
Respecto de las sociedades anónimas, no habrá inconveniente alguno, arbitrando
un sistema de transición, en abolirlas y declararlas prohibidas.
La variedad de las empresas seguramente exigirá el estudio de modalidades muy
variadas. El plan aquí esbozado sólo puede resultar después de grandes esfuerzos,
entre los cuales los de invención técnica serán indispensables.
En cualquier caso, tal modo de vida social no sería ni capitalista ni socialista.
Pues aboliría la condición proletaria, mientras que lo que recibe el nombre de
socialismo tiende, en realidad, a precipitar en ella a todos los hombres.
No tendría por orientación, según la fórmula que tiende hoy a convertirse en
moda, el interés del consumidor —que no puede ser más que groseramente material
—, sino la dignidad del hombre en el trabajo, que es un valor espiritual.
El inconveniente de semejante concepción social es que no tiene oportunidad
alguna de trascender el ámbito de las palabras sin un cierto número de hombres libres
de voluntad ardiente e inquebrantable que la lleven a cabo. Y no es seguro que tales
hombres se puedan encontrar o suscitar.
Sin embargo, al margen de ella, bien parece que no hay elección más que entre
formas diferentes y casi igualmente atroces de desgracia.
Y aunque su realización sea a largo plazo, la reconstrucción de la postguerra
habrá de tomar inmediatamente por norma la dispersión del trabajo industrial.
El desarraigo campesino[3]
El problema del desarraigo campesino no es menos grave que el del desarraigo
obrero. Aunque la enfermedad esté menos avanzada, en ella hay algo aún más
escandaloso, pues que cultiven la tierra seres desarraigados va contra natura. Hay que
prestar la misma atención a los dos problemas.
Además, no debe darse una señal pública de atención a los obreros sin dar otra
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simétrica a los campesinos. Pues son muy suspicaces, muy sensibles, y están siempre
atormentados por la idea de que se les tiene olvidados. Cierto que, en medio de los
sufrimientos actuales, hallan consuelo en la certeza de que se piensa en ellos. Hay
que confesar que pensamos mucho más en ellos cuando hay hambre que cuando se
come a discreción; y ello vale incluso para las personas que creían que su
pensamiento se situaba en un plano muy superior al de las necesidades físicas.
Los obreros tienen una tendencia —que no hay que estimular— a creer que,
cuando se habla del pueblo, se trata únicamente de ellos. No hay absolutamente
ningún motivo legítimo para que sea así, salvo que se considere tal a que hacen más
ruido que los campesinos. Han llegado a persuadir en este punto a los intelectuales
proclives al pueblo. De ahí ha nacido, en los campesinos, una especie de odio hacia lo
que en política se llama la izquierda —excepto donde han caído bajo la influencia
comunista, donde el anticlericalismo es la pasión principal, y seguramente también en
otros casos.
En Francia, la división entre campesinos y obreros data de antiguo. Hay una queja
de finales del siglo XIV en que los campesinos enumeran, en tono desgarrador, las
crueldades de que son objeto por parte de todas las clases sociales, incluidos los
artesanos.
En la historia de los movimientos populares franceses no ha ocurrido casi nunca,
salvo error, que obreros y campesinos hayan ido juntos. Incluso en 1789,
posiblemente se trató más de una coincidencia que de otra cosa.
En el siglo XIV los campesinos eran con mucho los más miserables. Pero incluso
cuando materialmente son más afortunados —y cuando así ocurre no se dan mucha
cuenta, pues los obreros que van al pueblo de vacaciones suelen sucumbir a la
tentación de las jactancias—, les atormenta el sentimiento de que todo ocurre en las
ciudades, de que están out of it.
Por supuesto que tal estado de ánimo se agrava con la instalación en los pueblos
del telégrafo, de cines, y con la circulación de publicaciones como Confidences[*] y
Marie-Claire[*], al lado de los cuales la cocaína es un producto inocuo.
En tal situación, ante todo es preciso inventar y poner en práctica algo que les
confiera desde ahora la sensación de estar in it.
Posiblemente sea lamentable que en los textos oficiales de Londres se haga
siempre mucha más mención de los obreros que de los campesinos. Cierto es que
tienen una participación muchísimo menor en la resistencia. Pero quizá sea una razón
de más para que se les dé pruebas reiteradas de que sabemos que existen.
Hemos de tener bien presente que no podemos decir que el pueblo francés está de
parte del movimiento cuando eso no es así en la mayoría de los campesinos.
Se debería tener por norma no prometer nunca nada nuevo o mejor a los obreros
sin prometer otro tanto a los campesinos. La gran habilidad del partido nazi antes de
1933 fue presentarse a los obreros como un partido específicamente obrero, a los
campesinos como un partido específicamente campesino, a los pequeño-burgueses
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como un partido específicamente pequeño-burgués, etc. Le fue fácil, pues les mintió a
todos. Tendríamos que hacer lo mismo pero sin mentir a nadie. Es difícil, pero no
imposible.
En los últimos años el desarraigo campesino ha sido para el país un peligro tan
mortal como el desarraigo obrero. Uno de sus peores síntomas fue, hace siete u ocho
años, el despoblamiento de los cam pos, que prosiguió en plena crisis de desempleo.
El despoblamiento de los campos llevado al límite desemboca evidentemente en
la muerte social. Puede decirse que no se llegará a esa situación. Pero no sabemos
nada. Hasta el momento no se percibe nada que pueda detenerlo.
A propósito de este fenómeno, hay que destacar dos cosas.
Una: que los blancos lo llevan adonde van. La enfermedad ha alcanzado incluso
al África negra, pese a ser desde hace miles de años un continente de aldeas. Esas
gentes, cuando nadie iba a masacrarlas, a torturarlas o reducirlas a la esclavitud,
sabían vivir felices en sus tierras. Nuestro contacto con ellas está haciéndoles perder
esa capacidad. Esto podría hacernos dudar acerca de si los negros de África, aun
siendo los más primitivos de los colonizados, en resumidas cuentas no tienen más que
enseñarnos a nosotros que nosotros a ellos. Los servicios que les hemos prestado se
parecen a los que presta el financiero al zapatero remendón. Nada en el mundo
compensa la pérdida de la alegría en el trabajo.
La otra cosa a destacar es que los recursos aparentemente ilimitados del Estado
totalitario se muestran impotentes contra este mal. En Alemania se han reiterado
muchas veces declaraciones oficiales y formales en tal sentido. En cierto modo eso
está bien, pues así lo podemos hacer mejor que ellos.
La destrucción de las reservas de trigo durante la crisis encolerizó a la opinión
pública con razón; pero, si bien se mira, el abandono de los campos en un período de
crisis industrial es más escandaloso aún. Está claro que no hay esperanza alguna de
resolver el problema obrero al margen de este otro. No hay posibilidad de que la clase
obrera deje de ser un proletariado si constantemente la engrosa un flujo de
campesinos en ruptura con su vida pasada.
La guerra ha mostrado el grado de intensidad de la enfermedad entre los
campesinos. Pues los soldados eran campesinos jóvenes. En septiembre de 1939 se
les oía decir: «Vale más vivir alemán que morir francés». ¿Qué les habíamos hecho
para que no creyeran tener nada que perder?
Hay que tomar consciencia de una de las mayores dificultades de la política. Si
los obreros sufren cruelmente por sentirse exiliados en esta sociedad, los campesinos,
por el contrario, creen que sólo los obreros se hallan en su casa en ella. A ojos de los
campesinos, los intelectuales defensores de los obreros no aparecen como defensores
de los oprimidos, sino de los privilegiados. Los intelectuales ni sospechan tal estado
de ánimo.
El complejo de inferioridad en el campo es tal que no es raro ver a campesinos
millonarios considerar natural que pequeño-burgueses retirados los traten con la
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altivez característica de los colonizadores para con los indígenas. Tal complejo de
inferioridad tiene que ser muy fuerte para no verse eclipsado por el dinero.
Por tanto, cuantas más satisfacciones morales se proponga dar a los obreros,
tantas más habrá que procurar a los campesinos. De lo contrario el desequilibrio
creado sería peligroso para la sociedad y, consiguientemente, para los obreros
mismos.
La necesidad de arraigo, en los campesinos, adopta principalmente la forma de la
sed de propiedad. Es en verdad una sed para ellos, una sed sana y natural. Seguro que
se conmueven si se les da esperanzas en este sentido; y no hay razón alguna para no
hacerlo a partir del momento en que se considera que es sagrada la necesidad de
propiedad y no los títulos jurídicos que determinan sus modalidades. Hay muchas
disposiciones legales capaces de transferir poco a poco a manos de los campesinos las
tierras que aún no poseen. Nada puede legitimar el derecho de propiedad de un
urbanita sobre la tierra. La gran propiedad agrícola sólo es justificable en ciertos
casos y por razones técnicas, y para tales casos se puede concebir que los campesinos
cultiven intensivamente legumbres o similares cada uno en su trozo de tierra, al
tiempo que apliquen métodos de explotación extensiva, con utillaje moderno, a
grandes espacios poseídos en común por ellos en forma cooperativa.
Una medida que conmovería a los campesinos sería aquella en virtud de la cual la
tierra fuese considerada un medio de trabajo y no riqueza para ser repartida en
herencia. De esta forma dejaríamos de asistir al escandaloso espectáculo de un
campesino endeudado de por vida con un hermano funcionario que trabaja menos y
gana más.
Las pensiones de jubilación, incluso pequeñas, tendrían mucha fuerza. Pues
pensión es, desgraciadamente, una palabra mágica que atrae a las ciudades a los
campesinos jóvenes. En el campo, los viejos se sienten a menudo muy humillados; un
poco de dinero entregado de forma honrosa les daría prestigio.
Una estabilidad demasiado grande tiene por contraste en los campesinos
consecuencias desarraigantes. Un pequeño campesino empie za a trabajar solo hacia
los catorce años; el trabajo entonces, aunque sus fuerzas apenas si bastan, constituye
una poesía, una embriaguez.
Unos años más tarde ese entusiasmo infantil está agotado; conoce el oficio y las
fuerzas físicas desbordan de lejos el trabajo a realizar, y no tiene otra cosa que hacer
que lo que ha hecho uno y otro día durante años. Entonces empieza a pasar la semana
soñando en lo que hará el domingo. A partir de este momento está perdido.
Habría que consagrar el primer contacto completo del pequeño campesino con el
trabajo, a la edad de catorce años, con una fiesta solemne que hiciera penetrar esa
primera embriaguez para siempre en el fondo de su alma. Dicha fiesta, en los pueblos
más cristianos, debería tener un carácter religioso.
Asimismo, tres o cuatro años después, habría que procurar alimento a la sed que
de nuevo le embargase. Para un joven campesino no hay más que un alimento: viajar.
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Todos deberían poder hacerlo gratuitamente, pero no por las ciudades sino por los
campos de Francia y aun del extranjero. Ello implicaría organizar para los
campesinos algo análogo a la «Vuelta a Francia». Podrían añadírsele actividades de
educación y de instrucción. Pues los mejores, tras haber experimentado una especie
de violencia, con trece años, al abandonar la escuela para lanzarse al trabajo, a
menudo vuelven a sentir ganas de instruirse hacia los dieciocho años. Esto también
les pasa a los obreros jóvenes. Un sistema de intercambio permitiría incluso viajar a
los jóvenes indispensables en sus familias. Por descontado que tales viajes serían
voluntarios. Y los padres no tendrían derecho a impedírselos.
No podemos imaginar la fuerza que tendría la idea de viaje entre los campesinos,
y la importancia moral que tal reforma adquiriría incluso ya en forma de promesa,
antes de realizarse, y aun muchísimo más cuando pasara a ser una costumbre. El
joven que hubiese rodado por el mundo durante varios años sin haber dejado nunca
de ser un campesino volvería a su casa, con sus inquietudes ya sosegadas, para fundar
un hogar.
Para las jóvenes se requeriría algo análogo; algo que reemplazara a Marie-Claire;
no se las puede abandonar a Marie-Claire.
Los cuarteles han constituido un terrible factor de desarraigo de los jóvenes
campesinos. En este aspecto la instrucción militar ha tenido un efecto contrario a su
objetivo; los jóvenes aprendían el ejercicio, pero estaban menos preparados para el
combate que antes pues era antimilitarista todo el que salía del cuartel. He aquí la
prueba experimental de que no se puede, en el interés mismo de la máquina militar,
permitir a los militares disponer soberanamente de dos años de una vida, o siquiera de
uno. Del mismo modo que no puede confiarse al capitalismo la formación profesional
de la juventud, tampoco puede confiarse al Ejército su formación militar. Las
autoridades civiles deben intervenir para que ésta constituya una educación y no una
corrupción.
El contacto entre jóvenes urbanos y rurales en el servicio militar no es muy
deseable. Los primeros tratan de dejar pasmados a los segundos y ello es negativo
para unos y otros. Tales contactos no suscitan auténticos acercamientos. Sólo
aproxima la acción común; y, por definición, no hay acción común en los cuarteles,
ya que se prepara para la guerra en tiempo de paz.
No hay razón alguna para instalar cuarteles en las ciudades. Para uso de los
jóvenes rurales podrían perfectamente localizarse lejos de cualquier ciudad.
Cierto es que los dueños de los burdeles saldrían perdiendo. Pero es inútil idear
cualquier tipo de reforma si no estamos absolutamente decididos a poner fin a la
colusión de los poderes públicos con esa gente y a abolir una institución que es una
de las vergüenzas de Francia.
Dicho sea de pasada, esa vergüenza nos ha costado muy cara. La prostitución,
establecida como institución oficial según el régimen propio de Francia, ha
contribuido a corromper ampliamente al ejército y por completo a la policía, lo cual
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había de conducir a la ruina de la democracia. Pues una democracia no puede
subsistir cuando la policía, que representa la ley a los ojos de los ciudadanos, es
abiertamente objeto del desprecio público. Los ingleses no aciertan a comprender que
pueda haber democracia donde no se profesa a la policía un tierno respeto. Pero su
policía no dispone de un rebaño de prostitutas para distraerse.
Si se pudieran calcular con exactitud los factores de nuestro desastre, quizá se
vería que todas nuestras cosas vergonzosas —como ésa, los apetitos coloniales o el
trato dispensado a los extranjeros— han repercutido efectivamente en nuestra derrota.
Muchas cosas pueden decirse de nuestra desgracia, pero no que sea inmerecida.
La prostitución es un ejemplo típico de la capacidad de propagación a la segunda
potencia que posee el desarraigo. La condición de prostituta profesional constituye el
grado extremo del desarraigo; y, respecto de esta enfermedad, un puñado de
prostitutas tiene gran poder de contagio. Es evidente que no habrá un campesinado
sano mientras el Estado siga obstinado en procurar él mismo el acercamiento entre
los jóvenes rurales y las prostitutas. Y mientras el campesinado no esté sano, la clase
obrera tampoco puede estarlo, ni tampoco el resto del país.
Por otra parte, nada será más popular entre los campesinos que el proyecto de
reformar el régimen del servicio militar en atención a su bienestar moral.
El problema de la cultura del espíritu se plantea tanto para los campesinos como
para los obreros. También ellos precisan de una traducción apropiada; no debe ser la
de los obreros.
En cuanto concierne a las cosas del espíritu, los campesinos han sido brutalmente
desarraigados por el mundo moderno. Antes poseían, bajo una forma que les era
propia, todo lo que un ser humano necesita en arte y en pensamiento, y de la mejor
calidad. Al leer lo que Restif de la Bretonne[*] escribió sobre su infancia debe
concluirse que los más desgraciados campesinos de entonces tenían una suerte
infinitamente preferible a la de los más afortunados de hoy. Sin embargo, aunque tan
próximo, este pasado no se puede recuperar. Hay que inventar métodos para impedir
que los campesinos sigan siendo extraños a la cultura del espíritu que se les ofrece.
La ciencia debe presentarse a campesinos y a obreros de forma harto diferente.
Para los obreros es natural que todo esté dominado por la mecánica. Para los
campesinos todo debería tener por centro el maravilloso circuito a través del cual la
energía solar que les llega a las plantas, fijada por la clorofila, concentrada en los
granos y en los frutos, entra en el hombre que come o bebe, pasa a sus músculos y se
consume en el cuidado de la tierra. Lo relativo a la ciencia puede disponerse en torno
a ese circuito, pues la noción de energía está en el centro de todo. Si penetrara en el
espíritu de los campesinos la idea de tal circuito envolvería su trabajo de poesía.
En términos generales, el objeto esencial de toda instrucción en las áreas rurales
debería consistir en aumentar la sensibilidad a la belleza del mundo, a la belleza de la
naturaleza. Los turistas, ciertamente, han descubierto que los campesinos no se
interesan por el paisaje. Pero si se comparte con ellos jornadas de trabajo extenuantes,
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única forma de que abran su corazón, se oye a algunos lamentarse de que su trabajo
sea tan duro que no les permite gozar de la belleza de la naturaleza.
Por supuesto, aumentar la sensibilidad ante la belleza del mundo no se consigue
diciendo: «¡Mirad qué bello!». No es tan fácil.
El movimiento surgido recientemente en ambientes cultos de aproximación al
folklore debería ayudar a restituir en los campesinos la idea de que en el pensamiento
humano están en su casa. El sistema actual les presenta todo lo relativo al
pensamiento como propiedad exclusiva de las ciudades, de la que se les concede una
parte ínfima pues carecen de capacidad para concebir una mayor.
Es la mentalidad colonial, sólo que en grado menos agudo. E igual que un
indígena de las colonias con un leve barniz de cultura europea desprecia a su pueblo
más que un europeo culto, lo mismo ocurre con un maestro hijo de campesinos.
La primera condición de un re-arraigo moral del campesinado consiste en que el
oficio de maestro rural sea algo específico, cuya formación difiera no sólo parcial
sino totalmente de la de un maestro de ciudad. Es el colmo del absurdo fabricar en un
mismo molde maestros para Belleville y para una pequeña aldea: uno más de los
muchos absurdos de una época dominada por la estupidez.
La segunda condición consiste en que los maestros rurales conozcan a los
campesinos y no les menosprecien, objetivo que no se conseguirá simplemente
reclutándolos entre ellos. Será necesario dedicar gran parte de su enseñanza al
folklore de todos los países, presentándoselo no como un objeto curioso sino como
algo grande; hablarles de la participación de los pastores en las primeras
especulaciones del pensamiento humano: tanto sobre los astros como —así lo
muestran las comparaciones que aparecen por doquier en los textos antiguos— sobre
el bien y el mal; hacerles leer la literatura campesina: Hesíodo, Pier the Ploughman,
las quejas de la Edad Media, las varias obras contemporáneas auténticamente
campesinas. Todo ello, desde luego, sin perjuicio de la cultura general. Después de tal
preparación se les podría enviar a servir un año como mozos de granja,
anónimamente, a otra provincia; luego, volverles a congregar en las escuelas
normales para ayudarles a discernir sus propias experiencias. Lo mismo para los
maestros de los barrios obreros respecto de las fábricas. Sólo esas experiencias les
preparan moralmente; sin tal preparación se suscita en ellos el desprecio o la
repulsión en lugar de la compasión y el amor.
También sería muy conveniente que las Iglesias hicieran de la condición de cura o
pastor de pueblo algo específico. Resulta escandaloso que en un pueblo francés
enteramente católico la religión pueda estar ausente de la vida cotidiana y reservada a
unas horas del domingo cuando se piensa en la predilección de Cristo por la vida del
campo como tema de sus parábolas. Sin embargo, muchas de estas parábolas no
figuran en la liturgia, y las que aparecen no llaman la atención. De la misma manera
que las estrellas y el cielo de los que habla el maestro, que están en los cuadernos y
en los libros, no tienen relación alguna con el cielo, tampoco la viña, el trigo o las
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ovejas a las que se alude el domingo en la iglesia tienen nada en común con los que
hay en el campo y en los que dejan cada día un poco de su vida. Los campesinos
cristianos están desarraigados también en su vida religiosa. La idea de representar un
pueblo sin iglesia en la Exposición de 1937 no era tan absurda como muchos dijeron.
Al igual que se exaltan los jóvenes de la juventud obrera católica al pensar a
Cristo obrero, así debieran los campesinos enorgullecerse del papel que en las
parábolas del Evangelio se da a la vida del campo, y de la función sagrada del pan y
el vino, y extraer la idea de que el cristianismo es algo suyo.
Las polémicas en torno de la laicidad han sido una de las principales fuentes de
intoxicación de la vida campesina en Francia. Por desgracia, aún no están prontas a
su fin. Resulta imposible evitar tomar posición en tal problema, y en principio parece
casi imposible dar con una no muy mala.
En verdad que la neutralidad es mentira. El sistema laico no es neutro; transmite a
los niños una filosofía de una parte muy superior a la religión del tipo San Sulpicio[*]
y de otra muy inferior al cristianismo auténtico. Pero éste, hoy día, es harto raro.
Muchos maestros tienen por tal filosofía un fervor religioso.
La libertad de enseñanza no es una solución. Esta expresión está vacía de
contenido. La formación espiritual de un niño no le pertenece a nadie; ni al niño, pues
no se halla en situación de decidir; ni a los padres; ni al Estado. El tan frecuentemente
invocado derecho de las familias es sólo una máquina de guerra. Un sacerdote que,
teniendo una ocasión natural para hacerlo, se abstuviera de hablar de Cristo a un niño
de familia no cristiana sería un sacerdote sin mucha fe. Mantener la escuela laica tal
cual y permitir e incluso favorecer, junto a ella, la concurrencia de la escuela
confesional es absurdo desde el punto de vista teórico y práctico. Las escuelas
privadas, confesionales o no, no deben autorizarse en virtud del principio de libertad,
sino por motivos de utilidad pública en los casos en que dichas escuelas sean buenas,
y bajo la reserva de un control.
No es solución darle al clero una parte en la enseñanza pública. Aunque fuese
posible —y en Francia no lo es sin guerra civil—, no sería deseable.
Que se ordene a los maestros hablar de Dios a los niños, como hizo durante
algunos meses el gobierno de Vichy por iniciativa del señor Chevalier[*], es una
broma de pésimo gusto.
Mantener el estatuto oficial de la filosofía laica constituiría una medida arbitraria,
injusta —por cuanto no responde a la escala de valores—, y que nos arrojaría
directamente en el totalitarismo. Pues, aunque la laicidad ha provocado cierto grado
de fervor casi religioso, se trata, por la naturaleza de las cosas, de un grado débil, y
vivimos en una época de entusiasmos al rojo vivo. El único obstáculo para la idolatría
del totalitarismo consiste en una vida espiritual auténtica. Si no se acostumbra a los
niños a pensar en Dios, se harán fascistas o comunistas por necesidad de consagrarse
a algo.
Una vez reemplazada la noción de derecho por la de obligación vinculada a la
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necesidad puede discernirse claramente qué exige la justicia en este ámbito. Un alma
joven que despierta al pensamiento necesita el tesoro acumulado por la especie
humana a lo largo de los siglos. A un niño se le perjudica cuando se le educa en un
cristianismo estrecho que le incapacite por siempre para reparar en los tesoros de oro
puro contenidos en las civilizaciones no cristianas. La educación laica aún causa un
daño mayor, pues disimula esos tesoros, principalmente los del cristianismo.
La única actitud legítima y prácticamente posible que pueda adoptar, en Francia,
la enseñanza pública respecto del cristianismo es la de considerarlo un tesoro del
pensamiento humano entre tantos otros. Es el colmo del absurdo que un bachiller
francés tenga conocimiento de los poemas de la Edad Media, de Polyeucte, de
Athalie, de Phèdre, de Pascal, de Lamartine[*], de doctrinas filosóficas impregnadas
de cristianismo como las de Descartes y Kant, de la Divina Comedia o El Paraíso
Perdido, y jamás haya abierto la Biblia.
Tan sólo habrá que decir a los futuros maestros y profesores que la religión ha
desempeñado siempre y en cualquier país, salvo recientemente en algunos lugares de
Europa, un papel dominante en el desarrollo de la cultura, del pensamiento y de la
civilización humana.
Una instrucción en la que no se trate nunca de religión es absurda. Por otro lado,
así como en historia se habla a menudo de Francia a los niños franceses, también es
natural que, estando en Europa, cuando se hable de religión se aluda ante todo al
cristianismo.
En consecuencia, habría que incluir en todos los niveles de la enseñanza media
cursos que podrían rotularse, por ejemplo, historia religiosa. Se daría a leer a los
niños pasajes de las Escrituras y, sobre todo, del Evangelio. Y se comentarían de
acuerdo con el espíritu mismo del texto, como hay que hacer siempre.
Se hablaría del dogma como de algo que ha desempeñado un papel de primera
importancia en nuestros países, y en el que hombres de la mayor valía han creído
siempre con toda el alma; tampoco se debería ocultar que muchas crueldades han
hallado un pretexto en él; pero, ante todo, se intentaría sensibilizar a los niños en la
belleza que contiene. Si preguntasen si es cierto, habría que responder: «Es tan bello
que contiene ciertamente mucha verdad. Respecto de saber si es absolutamente
verdad o no, tratad de ser capaces de descubrirlo cuando seáis mayores». Estaría
rigurosamente prohibido añadir a los comentarios algo que implicase una negación o
una afirmación del dogma. Cualquier maestro o profesor con los conocimientos y el
talento pedagógico necesarios podría, si lo desease, hablar a sus alumnos no sólo del
cristianismo, sino también, aunque abundando mucho menos, de otras corrientes de
pensamiento religioso auténtico. Un pensamiento religioso es auténtico cuando tiene
una orientación universal. (No es el caso del judaísmo, vinculado a una noción de
raza.)
De llevarse a cabo tal solución, cabe esperar que la religión dejaría poco a poco
de ser algo en pro o en contra de lo cual se toma partido, como ocurre en la política.
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De este modo se abolirían los dos campos, el del maestro y el del cura, que tienen a
tantos pueblos franceses metidos en una especie de guerra civil latente. El contacto
con la belleza cristiana, presentada simplemente como belleza a saborear,
impregnaría insensiblemente de espiritualidad a la masa del país (siempre y cuando el
país aún tenga capacidad para ello) mucho más eficazmente que una enseñanza
dogmática de las creencias religiosas.
La palabra belleza no implica en absoluto que haya que considerar las cosas
religiosas desde el punto de vista de los estetas. Pues este punto de vista es sacrílego
tanto en materia de religión como de arte: consiste en entretenerse con la belleza
mirándola y manipulándola. La belleza es algo que se come; es alimento. Si al pueblo
se le presentase la belleza cristiana simplemente como belleza, sería como una
belleza nutritiva.
En la escuela rural, la lectura atenta, a menudo repetida, comentada, retomada una
y otra vez, de los textos del Nuevo Testamento donde se trata de la vida del campo
podría hacer mucho por devolverle a ésta la poesía perdida. Si de un lado toda la vida
espiritual y de otro todos los conocimientos científicos sobre el universo material
están orientados hacia el acto del trabajo, éste ocupa su lugar justo en el pensamiento
de un hombre. En lugar de ser una especie de prisión, se convierte en contacto con
este mundo y el otro.
¿Por qué un campesino, en el acto de sembrar, no ha de tener presente, en el
fondo de su pensamiento, sin voz interior siquiera, por una parte ciertas
comparaciones de Cristo?: «Si el grano no muere…», «La simiente es la palabra de
Dios…», «El grano de mostaza es la más pequeña de las semillas…», y, por otra, el
doble mecanismo del crecimiento: uno, la semilla, consumiéndose a sí misma con la
ayuda de las bacterias, emerge hasta la superficie del suelo; dos: la energía solar que
desciende en la luz, tras ser captada por lo verde del tallo, emprende un movimiento
ascendente irresistible. La analogía que hace de los mecanismos de aquí abajo un
espejo de los mecanismos sobrenaturales, si puede usarse esta expresión, resulta
fulgurante, y la fatiga del trabajo, según el dicho popular, la hace entrar en el cuerpo.
El penar, siempre más o menos ligado al esfuerzo del trabajo, se convierte en el dolor
que hace penetrar en el centro mismo del ser humano la belleza del mundo.
Un método análogo puede llenar con una significación análoga el trabajo obrero.
Y es igualmente fácil de concebir.
Sólo así la dignidad del trabajo estaría plenamente fundada. Pues, yendo al fondo
de las cosas, no hay verdadera dignidad que no tenga una raíz espiritual y, por tanto,
de orden sobrenatural.
El cometido de la escuela popular consiste en dignificar el trabajo inyectándole
pensamiento, no en hacer del trabajador algo compartimentado que por un lado
trabaja y por otro piensa. Desde luego que un campesino en tareas de sementera debe
atender a esparcir el grano como es debido y no a recordar lecciones aprendidas en la
escuela. Pero el objeto de la atención no constituye todo el contenido del
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pensamiento. Una muchacha joven, feliz, encinta por primera vez, que cose una
canastilla, piensa en coser como es debido, pero no olvida ni por un momento al niño
que lleva dentro de sí. Al mismo tiempo, en algún rincón de un taller carcelario, una
condenada también cose pensando en hacerlo como es debido, pero por miedo a ser
castigada. Podría imaginarse que ambas mujeres están haciendo lo mismo y que
tienen la atención ocupada por la misma dificultad técnica. Sin embargo, un abismo
separa uno y otro trabajo. Todo el problema social consiste en hacer pasar a los
trabajadores de una de estas situaciones a la otra.
Sería necesario que este mundo y el otro, en su doble belleza, estuvieran presentes
y fueran asociados al acto del trabajo como el niño que tiene que nacer a la costura de
la canastilla. Esta asociación puede realizarse mediante una presentación de las ideas
que las ponga en relación directa con los gestos y las operaciones particulares de cada
actividad, con una asimilación lo suficientemente profunda para que penetren en la
sustancia misma del ser, y con un hábito impreso en la memoria que vincule esas
ideas a los movimientos del trabajo. Hoy en día no somos capaces ni intelectual ni
espiritualmente de operar semejante transformación. Ya sería mucho si lo fuéramos
para empezar a prepararla. Por supuesto que la escuela no sería suficiente. Deberían
participar todos los ámbitos en que subsiste algo parecido al pensamiento —las
Iglesias, los sindicatos, los medios literarios y científicos. Apenas si cabe mencionar
en esta categoría a los ambientes políticos.
Nuestra época tiene por misión propia, por vocación, la constitución de una
civilización fundada en la espiritualidad del trabajo. Las ideas relativas al
presentimiento de tal vocación, diseminadas en Rousseau, George Sand, Tolstoi,
Proudhon, Marx, las encíclicas de los papas, etc., son las únicas originales de nuestro
tiempo, las únicas W que no hemos tomado de los griegos. Por no haber estado a la
altura de esa cosa grande que estaba siendo engendrada por nosotros nos hemos
lanzado al abismo de los sistemas totalitarios. Pero si Alemania es derrotada quizá
nuestra ruina no sea definitiva. Tal vez tengamos todavía una oportunidad. En este
punto, es imposible no angustiarse: si la tenemos, ¿cómo nos las apañaremos para no
marrarla, con lo mediocres que somos?
Esta vocación es lo único lo bastante grande que proponer a los pueblos en vez
del ídolo totalitario. Si no se les presenta de forma que puedan percibir su grandeza
quedarán bajo la influencia del ídolo; éste se pintará de rojo y no de pardo. A los
hombres, si se les da a elegir entre cañones y mantequilla, una fatalidad misteriosa les
constriñe a elegir lo primero aunque prefieran con creces la última. La mantequilla es
demasiado carente de poesía —por lo menos cuando se dispone de ella, porque en
caso contrario sí la tiene. Preferir la mantequilla es inconfesable.
En la actualidad los aliados, principalmente los americanos, se pasan el tiempo
diciéndoles a los hambrientos pueblos de Europa: os daremos mantequilla con
nuestros cañones. Esto sólo suscita como reacción la idea de que no se dan mucha
prisa. Cuando se les dé la mantequilla, las gentes se les echarán encima; e
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inmediatamente después acudirán a quienes les muestren hermosos cañones
convenientemente empaquetados en la ideología que sea. Que nadie se imagine que
por estar agotados no pedirán más que bienestar. La fatiga nerviosa causada por una
desgracia reciente impide instalarse en el bienestar. Induce, por el contrario, a buscar
el olvido, ya sea en una borrachera de placeres exasperados —como ocurrió después
de 1918—, ya en algún fanatismo sórdido. La mordedura profunda de la desgracia
suscita la inclinación a precipitar en ella a uno mismo y a los demás. Alemania es un
ejemplo.
Las poblaciones desgraciadas del continente europeo tienen más necesidad de
grandeza que de pan, y sólo hay dos tipos de grandeza: la auténtica —de orden
espiritual—, y la vieja mentira de la conquista del mundo. La conquista es el ersatz
de la grandeza.
La forma contemporánea de la auténtica grandeza es la de una civilización
constituida por la espiritualidad del trabajo. Se puede proponer esta idea sin correr el
riesgo de desunión ninguna. El término «espiritualidad» no implica ninguna afiliación
particular. Los comunistas, en la atmósfera actual, seguro que no lo rechazarían. Pues
sería fácil hallar en Marx citas en que se censura la falta de espiritualidad de la
sociedad capitalista, de lo cual se infiere que debe estar presente en la nueva
sociedad. Los conservadores tampoco se atreverían a rechazar esta fórmula. Ni los
medios radicales, laicos o francmasones. Los cristianos la harían suya con júbilo. Tal
idea podría suscitar la unanimidad.
Pero no es posible referirse a semejante fórmula sin temblar. ¿Como alcanzarla
sin mancillarla, sin hacer de ella una mentira? Nuestra época está tan intoxicada de
mentira que convierte en mentira todo lo que toca. Y nosotros somos de esta época;
no tenemos, pues, razón alguna para creernos mejores que ella.
El descrédito de palabras así como consecuencia de lanzarlas al dominio público
sin tomar infinitas precauciones conllevaría un daño irreparable; significaría matar
cualquier resto de esperanza que pudiera hacer concebir la realidad correspondiente.
No deben estar vinculadas ni a una causa, ni a un movimiento, ni a un régimen, ni
tampoco a una nación. No hay que hacerles el daño que hizo Pétain a las palabras
«Trabajo, Familia, Patria», o la III República a «Libertad, Igualdad, Fraternidad». No
deben ser una consigna.
Si se las propone en público, debe hacerse únicamente como expresión de una
idea que trasciende con creces a los hombres y a las colectividades de hoy, y con el
compromiso humilde de tenerla presente en el espíritu como guía en todas las cosas.
Poco importa que esta modestia resulte menos poderosa para atraer a las masas que
otras actitudes más vulgares. Más vale fracasar que triunfar haciendo el mal.
No es necesario lanzar esa idea con gran alharaca para que impregne poco a poco
los espíritus, ya que responde a inquietudes generales en el momento presente. Todo
el mundo repite, en términos que difieren levemente, que padecemos un desequilibrio
debido al desarrollo meramente material de la técnica. Este desequilibrio sólo se
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puede corregir mediante un desarrollo espiritual en su mismo ámbito: el del trabajo.
La única dificultad reside en la desconfianza dolorosa y desgraciadamente harto
legítima de las masas, que ven cualquier fórmula un poco elevada como una trampa
tendida para engañarlas.
Una civilización basada en la espiritualidad del trabajo sería el grado más elevado
de arraigo del hombre en el universo, y, consiguientemente, el opuesto al estado en
que nos encontramos, consistente en un desarraigo casi total. Ésa es, por naturaleza,
la aspiración que corresponde a nuestro sufrimiento.
Desarraigo y nación[4]
Hay que estudiar otro tipo de desarraigo para tener un conocimiento sumario de
nuestra principal enfermedad. Es el desarraigo que podríamos llamar geográfico, esto
es, el relacionado con las colectividades que corresponden a los territorios. El sentido
mismo de estas colectividades casi ha desaparecido salvo en un único caso: la nación.
Pero hay, y hubo en tiempos, muchas otras. Algunas más pequeñas, a veces
pequeñísimas: la ciudad, o un conjunto de pueblos, la provincia, la región, y aun otras
que englobaban varias naciones o varios fragmentos de naciones.
Pero todas han sido sustituidas por la nación, o sea, por el Estado; pues no puede
hallarse otra definición del término nación que la del conjunto de territorios que
reconocen la autoridad de un mismo Estado. Se puede decir que en nuestra época el
dinero y el Estado han sustituido a todos los demás vínculos.
Sólo la nación, y desde hace ya bastante tiempo, desempeña el papel que
constituye la misión por excelencia de la colectividad respecto del ser humano, a
saber: garantizar la conexión entre el pasado y el futuro a través del presente. En este
sentido puede afirmarse que la nación es la única colectividad existente en la
actualidad. La familia no existe. Lo que se conoce con este nombre es un minúsculo
grupo de seres humanos en torno a cada uno; padre y madre, marido o mujer, hijos;
hermanos y hermanas ya algo lejanos. En estos últimos tiempos, en medio del
desamparo general, este pequeño grupo ha cobrado una fuerza de atracción casi
irresistible, hasta el punto de hacer olvidar en ocasiones cualquier otro tipo de deber;
pero así ha sido porque, en medio del gélido frío que de golpe nos ha caído encima,
sólo ahí podía hallarse un poco de calor vivo. Era una reacción casi animal.
Sin embargo, hoy nadie piensa ya en sus antepasados muertos hace cincuenta
años, o siquiera veinte, o diez antes de nacer uno, como tampoco en los descendientes
que nacerán cincuenta, o veinte o diez años después de nuestra muerte. Por
consiguiente, desde el punto de vista de la colectividad y de la función que le es
propia, la familia no cuenta para nada.
Desde ese punto de vista tampoco cuenta la profesión. La corporación artesana
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era un vínculo entre los muertos, los vivos y los aún no nacidos en el marco de un
trabajo determinado. Hoy día no hay nada orientado siquiera levemente en semejante
sentido. El sindicalismo francés quizá mostró hacia 1900 algunas veleidades al
respecto, olvidadas rápidamente.
Por último, también el pueblo, la ciudad, la comarca, la región y todas las
unidades geográficas inferiores a la nación han dejado de contar prácticamente. Lo
mismo ocurre con las que engloban varias naciones o fragmentos de naciones. Unos
siglos atrás, hablar, por ejemplo, de «la cristiandad» tenía una resonancia afectiva
muy distinta de la que hoy día tiene Europa.
En suma: el bien más precioso del hombre en el orden temporal, su continuidad
más allá de los límites de su existencia, en los dos sentidos, ha sido enteramente
confiada al Estado.
Y, sin embargo, es precisamente en este período en que la nación es lo único que
subsiste cuando hemos asistido a su descomposición instantánea, vertiginosa. Esto
nos ha dejado aturdidos, hasta el punto de que resulta extraordinariamente difícil
reflexionar sobre ello.
El pueblo francés, en junio y julio de 1940, no ha sido un pueblo al que unos
timadores, ocultos en la sombra, le robaran su patria repentinamente y por sorpresa.
Ha sido un pueblo que ha abierto la mano y ha dejado que su patria cayera por los
suelos. Posteriormente —pero tras un largo intervalo— se ha consumido en esfuerzos
desesperados por recuperarla, pero alguien le había puesto encima el pie.
Ahora el sentir nacional ha vuelto. Las palabras «morir por Francia» han
recobrado unos acentos que no tenían desde 1918. Sin embargo, en el movimiento de
rechazo que ha sublevado al pueblo francés, el hambre, el frío, la presencia ominosa
de soldados extranjeros con plenos poderes de mando, la separación de las familias y
para algunos el exilio y el cautiverio, todos esos sufrimientos han desempeñado un
papel muy grande, probablemente decisivo. La mejor prueba de ello es la diferencia
de talante que separa la zona ocupada de la otra. Pues por naturaleza no hay más
patriotismo al norte del Loira que al sur. La diferencia de situaciones ha suscitado
diferentes estados de ánimo. El ejemplo de la resistencia inglesa y la esperanza de la
derrota alemana han sido también factores importantes.
Hoy Francia no tiene más realidad que el recuerdo y la esperanza. La República
nunca fue tan bella como bajo el Imperio; la patria nunca es tan bella como bajo la
opresión de un conquistador si se tiene la esperanza de volver a verla intacta. No hay
que juzgar por la intensidad actual del sentimiento nacional la eficacia real que
tendrá, tras la liberación, para la estabilidad de la vida pública.
El desmoronamiento instantáneo de ese sentimiento en junio de 1940 es un
recuerdo tan cargado de vergüenza que se prefiere no pensar en él, dejarlo de lado,
centrarse sólo en su restablecimiento ulterior. También en la vida privada todo el
mundo está siempre tentado de poner sus propias debilidades de algún modo entre
paréntesis, de arrinconarlas en algún trastero, de hallar un modo de calcular en virtud
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del cual no tengan ningún valor. Ceder a esta tentación es arruinar el alma; es la
tentación que por excelencia tenemos que vencer.
Todos hemos sucumbido a ella a causa de esa vergüenza pública, tan profunda
que a cada uno de nosotros le ha herido en el sentimiento íntimo de su propio honor.
Sin esta tentación, las reflexiones acerca de un hecho tan extraordinario ya habrían
conducido a una nueva doctrina, a una nueva concepción de la patria.
Desde el punto de vista social, en particular, no nos libraremos de la necesidad de
pensar la noción de patria. No de pensarla de nuevo, sino por primera vez, pues, salvo
error, nunca ha sido pensada. ¿No es cosa singular, a propósito de una idea que ha
desempeñado y desempeña un papel semejante? Eso muestra el lugar que el
pensamiento ocupa realmente entre nosotros.
En el último cuarto de siglo, la noción de patria había perdido todo su crédito
entre los obreros franceses. Los comunistas volvieron a poner en circulación la idea
de patria en 1934 con gran acompañamiento de banderas tricolores y cánticos de La
Marsellesa. Pero no tuvieron el menor reparo en volver a sumirla en el letargo poco
antes de la guerra. No iniciaron la acción de la resistencia en nombre de la patria.
Habían pasado casi tres cuartos de año después de la derrota cuando volvieron a
adoptarla. Y poco a poco lo han hecho íntegramente. Pero sería muy ingenuo ver en
ello una auténtica reconciliación entre la clase obrera y la patria. Cierto que los
obreros mueren por la patria. Pero vivimos una época tan sumida en la mentira que ni
siquiera la virtud de la sangre voluntariamente sacrificada basta para restablecernos
en la verdad.
Durante años se les dijo a los obreros que el internacionalismo era el más sagrado
de los deberes y el patriotismo el más vergonzoso prejuicio burgués. De ahí se pasó a
enseñarles que el patriotismo era un deber sagrado y faltar a él una traición. Estando
así las cosas, ¿cómo no van a responder más que a reacciones elementales y a la
propaganda?
No habrá movimiento obrero sano si no tiene a su disposición una doctrina que
asigne un lugar a la noción de patria; y además un lugar determinado, esto es,
limitado. Por otra parte esta necesidad es si cabe más evidente para los ambientes
obreros porque en ellos el problema de la patria se ha discutido una y otra vez desde
hace mucho. Pero es una necesidad común a todo el país. Resulta inadmisible que la
palabra que hoy se empareja casi continuamente con la de deber no haya sido objeto
casi nunca de estudio alguno. En general, no puede citarse al respecto más que una
mediocre página de Renan[*].
La nación es un hecho reciente. En la Edad Media la fidelidad se refería al señor o
a la ciudad, o a los dos, y más allá de eso a unos territorios nada determinados. El
sentimiento que hoy llamamos patriotismo existía, y a veces en grado muy intenso;
pero su objeto no estaba territorialmente definido. Abarcaba superficies de tierra
variables según las circunstancias.
A decir verdad, el patriotismo ha existido siempre, por lejos que nos remontemos
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en la historia. Vercingetórix murió ciertamente por la Galia; las tribus españolas que
se resistieron a la conquista romana, llegando a veces hasta el exterminio, murieron
por España, y eso lo sabían y lo decían; los muertos de Maratón y de Salamina
cayeron por Grecia; en la época en que este último país, no reducido aún a provincia
romana, tenía con Roma la misma relación que la Francia de Vichy con Alemania, los
niños de las ciudades griegas tiraban piedras a los colaboradores y les llamaban
traidores con indignación igual a la que nosotros sentimos hoy.
Lo que nunca había existido hasta una época reciente era un objeto cristalizado,
propuesto permanentemente al sentimiento patriótico. El patriotismo era difuso,
errático, y se ampliaba o estrechaba según las afinidades y los peligros. En él se
mezclaban lealtades diferentes, ya dirigidas a hombres, señores o reyes, ya a
ciudades. Su conjunto constituía algo muy confuso, pero también muy humano. Para
expresar el sentimiento de obligación que cada cual tenía por su país se aludía casi
siempre a «lo público», al «bien público», expresión que tanto podía designar un
pueblo, una ciudad, una provincia, Francia, la cristiandad o el género humano.
También se hablaba del reino de Francia. En esta expresión se mezclaban el
sentimiento de deber hacia el país y de fidelidad hacia el rey. Pero dos obstáculos
impidieron que ese doble sentimiento llegase a ser puro, incluso en tiempos de Juana
de Arco. No hay que olvidar que el pueblo de París estaba contra ella. El primer
obstáculo fue que, después de Carlos V[*], Francia, si usamos la terminología de
Montesquieu, dejó de ser una monarquía para convertirse en un despotismo, del cual
no salió hasta el siglo XVIII. Hoy consideramos tan natural el pago de impuestos al
Estado que no podemos imaginar el trastorno moral que en su momento ocasionó tal
medida. En el siglo XIV pagar impuestos, salvo las contribuciones excepcionales para
sufragar la guerra, era considerado un deshonor, Una humillación reservada a los
países conquistados, el signo visible de la esclavitud. Podemos encontrar tal
sentimiento en el Romancero español y también en Shakespeare: «Esta tierra… se ha
conquistado vergonzosamente a sí misma».
Carlos VI niño, ayudado por sus tíos, obligó al pueblo de Francia, mediante la
corrupción y la más atroz crueldad, a aceptar un impuesto absolutamente arbitrario,
renovable a voluntad, que sumía a los pobres literalmente en el hambre y era
malgastado por los señores. Ésa es la razón por la que los ingleses de Enrique V[*]
fueran recibidos como libertadores, en un momento en que los armañaques eran el
partido de los ricos y los borgoñones el de los pobres.
Doblegado brutalmente y de golpe, desde entonces hasta el siglo XVIII el pueblo
francés sólo tuvo espasmos de independencia. Durante este período los demás
europeos le veían como el pueblo esclavo por excelencia, que estaba a la merced de
su soberano como si fuera ganado.
Pero al mismo tiempo, en lo más hondo del corazón de ese pueblo, creció un odio
contenido y cada vez más amargo hacia el rey, un odio cuya tradición no se extinguió
jamás. Se advierte ya en la desgarradora queja de los campesinos de la época de
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Carlos VI. Seguramente tuvo que ver con la misteriosa popularidad de la Liga en
París. Tras el asesinato de Enrique IV, un niño de doce años fue ejecutado por decir
en público que le haría lo mismo al pequeño Luis XIII. Richelieu inició su carrera
con un discurso en el que le pedía al clero que proclamara la condenación eterna de
todos los regicidas; aducía que a quienes abrigaban tal designio les animaba un
entusiasmo demasiado fanático para que pudiera refrenarlo una pena temporal.
Este odio alcanzó la más intensa exasperación a finales del reinado de Luis XIV.
Reprimido por un terror de igual intensidad, estalló, de acuerdo con la desconcertante
costumbre de la historia, con ochenta años de retraso, golpeando a aquel pobre Luis
XVI. Ese mismo odio impidió una auténtica restauración de la monarquía en 1815.
Aún hoy sigue impidiendo que el Conde de París pueda ser aceptado libremente por
el pueblo francés pese a la adhesión de un hombre como Bernanos. En cierto sentido
es una lástima, pues muchos problemas se podrían resolver así; pero esto es lo que
hay.
Otra fuente de veneno en el amor de los franceses por el reino de Francia lo
constituye que en cada época algunos de los territorios sometidos al rey de Francia se
sentían como países conquistados y eran tratados como tales. Cabe reconocer que los
cuarenta reyes que en mil años hicieron Francia a menudo dedicaron a esa tarea una
brutalidad digna de nuestro tiempo. Si hay correspondencia natural entre el árbol y
los frutos, no debe sorprendernos que el fruto diste mucho de la perfección.
A título de ejemplo: en la historia de la humanidad puede hallarse una atrocidad
semejante pero no mayor —tal vez con muy raras excepciones— que la conquista por
los franceses de los territorios situados al sur del Loira a principios del siglo XIII. Esos
territorios, donde había un elevado nivel de cultura, de tolerancia, de libertad y de
vida espiritual, estaban animados por un intenso patriotismo hacia lo que llamaban su
«lengua», palabra con la que designaban la patria. Los franceses eran para ellos
extranjeros, bárbaros, como los alemanes para nosotros. Para imponer
inmediatamente el terror, los franceses empezaron por exterminar a toda la ciudad de
Béziers y logra ron el efecto buscado. Cuando quedó conquistado el país instauraron
la Inquisición. Una sorda inquietud siguió incubándose entre esas poblaciones y las
impulsó posteriormente a abrazar el protestantismo, del que Aubigné afirma, a pesar
de las enormes diferencias doctrinales, que procede directamente de los albigenses.
Una prueba de lo intenso del odio de esos países hacia el poder central la tenemos en
el fervor religioso mostrado en Toulouse a los despojos del duque de
Montmorency[*], decapitado por sublevarse contra Richelieu. La misma protesta
latente les lanzó entusiasmados a Ja Revolución Fran cesa. Luego se hicieron
socialistas radicales, laicos, anticlericales; bajo la III República ya no odiaban el
poder central, pues en gran medida se habían adueñado de él y lo explotaban.
Cabe señalar que su protesta tuvo el carácter de un desarraigo cada vez más
intenso y un nivel de espiritualidad y de pensamiento cada vez más bajo, y también
que desde que fueron conquistados su aportación a la cultura francesa ha sido
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bastante débil, cuando antes eran poblaciones de gran brillantez. El pensamiento
francés debe más a los albigenses y a los trovadores del siglo XII, que no eran
franceses, que a todo lo que esos territorios han producido en los siglos posteriores.
El condado de Borgoña albergaba una cultura original y extremadamente brillante
que no le sobrevivió. Las ciudades de Flandes, a finales del siglo XIV, tenían
relaciones fraternales y clandestinas con París y Ruán; pero los flamencos heridos
preferían morir a ser curados por los soldados de Carlos VI. Esos soldados, en una
expedición de saqueo por Holanda, se apoderaron de burgueses ricos a los que se
decidió matar; un impulso de piedad les llevó a ofrecer perdonarles la vida si
aceptaban ser súbditos del rey de Francia; les respondieron que aun muertos sus
huesos se negarían, si pudieran, a someterse a la autoridad del rey de Francia. Un
historiador catalán de la misma época, al relatar la historia de las Vísperas sicilianas,
escribe: «Los franceses, que allí donde dominan son lo más crueles que se puede
ser…».
Los bretones desesperaron cuando Ana, su soberana, fue obligada a casarse con el
rey de Francia. Si aquellos hombres reaparecieran hoy, o más bien hace unos años,
¿tendrían alguna razón poderosa para creer que se habían equivocado? Por
desacreditado que esté el autonomismo bretón por las personas que lo dirigen y los
fines inconfesables que persigue, lo cierto es que esa propaganda responde a algo real
tanto en los hechos como en los sentimientos de esas poblaciones. Ese pueblo alberga
tesoros latentes que no han podido desarrollarse. La cultura francesa no es adecuada
para él, y la suya no puede germinar; por eso ha permanecido enteramente en los
bajos fondos de las categorías sociales inferiores. Los bretones proporcionan una
parte importante de los soldados analfabetos, y las bretonas, según se dice, lo mismo
respecto de las prostitutas de París. La autonomía no sería un remedio, pero esto no
significa que no exista la enfermedad.
El Franco Condado, libre y feliz bajo la distante soberanía de los españoles,
combatió en el siglo XVII para no convertirse en francés. Las gentes de Estrasburgo se
echaron a llorar cuando vieron a las tropas de Luis XIV entrar en su ciudad en pleno
estado de paz, sin declaración previa alguna, con una violación de la palabra dada
digna de Hitler.
Paoli[*], el último héroe corso, empleó su heroísmo en tratar de impedir que su
país cayera en manos francesas. Hay un monumento en su honor en una iglesia de
Florencia, pero en Francia apenas si se habla de él. Córcega es un ejemplo del peligro
de contagio inherente al desarraigo. Tras haber conquistado, colonizado y corrompido
a la gente de esa isla, los hemos sufrido bajo la forma prefectos de policía, policías,
vigilantes, soplones y otras funciones semejantes, merced a las cuales trataban a su
vez a los franceses como a un pueblo más o menos conquistado. También han
contribuido a que Francia, ante muchos indígenas de las colonias, se granjeara una
reputación de brutalidad y crueldad.
Se exalta a los reyes de Francia por haber asimilado los países conquistados, pero
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la verdad es más bien que en amplia medida los han desarraigado. Se trata de un
método de asimilación fácil, al alcance de cualquiera. Cuando a las gentes se les quita
su cultura, o se quedan sin ninguna u obtienen unas migajas de la que se les quiere
transmitir. En ambos casos no parecen diferentes, sino asimilados. Lo maravilloso es
asimilar a pueblos que conserven viva, aunque modificada, su cultura. Pero es una
maravilla harto rara.
Bajo el Antiguo Régimen hubo ciertamente una consciencia francesa muy intensa
en todos los momentos de gran esplendor del país: en el siglo XIII, cuando Europa
acudía a la Universidad de París; en el XVI, cuando el Renacimiento, ya finalizado o
no iniciado aún en otros lugares, tenía su sede en Francia; a comienzos del reinado de
Luis XIV, cuando al prestigio de las armas se le unió el de las letras. Pero no es
menos cierto que no fueron los reyes quienes ensamblaron esos territorios tan
dispares. Fue la Revolución.
Ya en el siglo XVIII había en ámbitos muy diferentes de Francia, junto a una
corrupción espantosa, una llama viva y pura de patriotismo. Un testimonio lo
constituye aquel joven campesino tan brillante, hermano de Restif de la Bretonne,
que se hizo soldado siendo casi un niño por amor del bien público y al que mataron a
los diecisiete años. Pero era ya la Revolución la que suscitaba ese sentimiento: una
Revolución presentida, esperada y deseada a lo largo de todo el siglo.
Ésta fundió a los pueblos sometidos a la corona de Francia en una masa única
gracias a la embriaguez de la soberanía nacional. Los que habían sido franceses a la
fuerza pasaron a serlo por libre consentimiento; muchos de los que no lo eran
deseaban serlo. Pues, a partir de ese momento, ser francés significaba ser nación
soberana. Si todos los pueblos se hicieran soberanos, Francia seguiría conservando la
gloria de ser la primera. Las fronteras perdieron su importancia: únicamente eran
extranjeros quienes seguían siendo esclavos de tiranos; a los extranjeros de alma
republicana se les admitía gustosamente como franceses a título honorífico.
Así, en Francia se ha dado esa paradoja de un patriotismo no fundado en el amor
del pasado, sino en una ruptura violenta con él. Y, sin embargo, la Revolución tenía
un pasado más o menos subterráneo en la historia de Francia: todo lo relativo a la
emancipación de los siervos, a las libertades de las ciudades, a las luchas sociales; las
revueltas del siglo XIV, el inicio del movimiento de los borgoñones, la Fronda; y
escritores como Aubigné[*], Théophile de Viau[*] o Retz[*]. En tiempos de Francisco I
se rechazó un proyecto de milicia popular debido a las objeciones de los señores, que
expresaban su temor a que los nietos de los milicianos llegasen a ser señores y siervos
los suyos propios. Tal era la fuerza ascendente que sublevaba soterradamente al
pueblo.
Pero la influencia de los enciclopedistas, intelectuales desarraigados obsesionados
por la idea de progreso, impidió que se evocara la tradición revolucionaria. Además,
el prolongado terror del reinado de Luis XIV creó un vacío difícil de salvar. Por ello,
pese a los esfuerzos de Montesquieu en sentido contrario, la corriente de liberación
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del siglo XVIII se encontró sin raíces históricas. 1789 fue verdadera mente una ruptura.
El sentimiento llamado patriotismo tenía únicamente por objeto el presente y el
futuro. Consistía en el amor por la nación soberana, fundado en gran media en el
orgullo de formar parte de ella. La condición de francés parecía ser más un acto de
voluntad que un hecho, como hoy día la afiliación a un partido o a una Iglesia.
En cuanto a los apegados al pasado de Francia, su adscripción adoptó la forma de
la fidelidad personal y dinástica al rey. No tuvieron ningún reparo en buscar el auxilio
de las armas de reyes extranjeros. No eran traidores. Permanecieron fieles a aquéllo a
lo que creían deber fidelidad, exactamente igual que los hombres que hicieron morir a
Luis XVI.
En esa época, los únicos patriotas según el sentido que adoptó más tarde el
término fueron los que aparecían a ojos de sus contemporáneos y de la posteridad
como los traidores por excelencia, a saber, gente como Talleyrand[*], que no
sirvieron, como frecuentemente se ha dicho, a todos los regímenes, sino a Francia por
encima de todos ellos. Para ésos Francia no era ni la nación soberana ni el rey; era el
Estado francés. Los acontecimientos posteriores les han dado la razón.
Pues cuando la ilusión de la soberanía nacional se manifestó efectivamente como
tal ilusión ya no podía servir de objeto al patriotismo; por otra parte, la realeza era
como una de esas plantas cortadas que no se pueden reimplantar; por ello el
patriotismo tuvo que cambiar de significado y volverse hacia el Estado. A partir de
ese momento dejó de ser popular, ya que el Estado no era una creación de 1789:
databa de principios del siglo XVII y concitaba una parte importante del odio
profesado por el pueblo a la realeza. Así, por una paradoja histórica a primera vista
sorprendente, el patriotismo cambió de clase social y de campo político; había sido de
izquierdas y se tornó de derechas.
Dicho cambio se consumó tras la Comuna y los comienzos de la III República. La
masacre de mayo de 1871 fue un golpe del que los obreros franceses quizá no se han
recuperado moralmente. Pues no queda muy lejos. Un obrero que hoy tenga
cincuenta años puede haber sabido de aquellos hechos terribles por boca de su padre
entonces niño. El ejército del siglo XIX era una creación específica de la Revolución
Francesa. Los soldados a las órdenes de los Borbones, de Luis Felipe o de Napoleón
III aún debían ejercer sobre sí una violencia extrema a la hora de disparar sobre el
pueblo. En 1871, por primera vez desde la Revolución —salvo el breve interludio de
1848—, Francia disponía de un ejército republicano. Este ejército, integrado por
valientes muchachos de los campos de Francia, masacró a los obreros con un
desbordamiento inaudito de sádica alegría. Por fuerza eso había de producir un
choque.
La razón principal fue sin duda la exigencia de compensar la humillación de la
derrota, exigencia que indujo poco más tarde a conquistar a los desdichados
annamitas. Los hechos muestran que, salvo actuación sobrenatural de la gracia, no
hay crueldad o vileza de la que las buenas gentes no sean capaces a partir del
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momento en que se activan los mecanismos psicológicos correspondientes.
La III República constituyó un segundo choque. Puede creerse en la soberanía
nacional mientras reyes o emperadores malvados la tienen amordazada; pues se
piensa: si no fuera por ellos… Pero cuando ya no están; cuando, instaurada la
democracia, el pueblo sigue no obstante sin ser soberano, el desconcierto es entonces
inevitable.
1871 fue el último año de ese patriotismo francés singular nacido en 1789. El
príncipe imperial alemán Federico —el futuro Federico III— hombre humano,
razonable e inteligente, quedó vivamente asombrado por la intensidad de tal
patriotismo, omnipresente en todo el país. No acertaba a comprender cómo los
alsacianos, que apenas conocían el francés y hablaban un dialecto muy cercano al
alemán, y por otra parte habían sido conquistados brutalmente no hacía mu cho, no
querían ni oír hablar de Alemania. Comprobó que el motivo era su orgullo de
pertenecer al país de la Revolución Francesa, a la nación soberana. Su anexión y
consiguiente separación de Francia tal vez sea lo que les hizo conservar parcialmente
esa actitud hasta 1918.
La Comuna de París al principio no fue un movimiento social, sino una explosión
de patriotismo y de chauvinismo. A lo largo del siglo XIX el sesgo agresivo del
patriotismo francés había inquietado a Europa; su consecuencia directa fue la guerra
de 1870; Francia no había preparado esa guerra, pero no por ello dejó de declararla
sin motivo razonable alguno. Los sueños de conquista imperial habían permanecido
vivos en el pueblo durante todo el siglo, al tiempo que se brindaba por la
independencia del mundo. La conquista y la liberación del mundo son dos formas de
gloria incompatibles en la realidad, pero que se concilian muy bien en la fantasía.
Toda esa efervescencia de sentimiento popular sucumbió después de 1871. Con
todo, dos causas han mantenido una aparente continuidad patriótica. En primer lugar,
el resentimiento por la derrota. Y, ciertamente, no había motivo razonable para estar
resentidos con los alemanes: no agredieron; se abstuvieron más o menos de cometer
atrocidades; y nosotros tuvimos el mal gusto de reprocharles la violación del derecho
de los pueblos en relación con Alsacia-Lorena, población mayoritariamente
germánica, a partir de nuestras primeras incursiones en Annam. Pero les
guardábamos rencor por habernos vencido, como si hubieran violado un derecho
divino, eterno e imprescriptible, de Francia a la victoria.
En nuestro odio actual, que por desgracia tiene tantas causas legítimas, también
entra en parte ese sentimiento singular. También constituyó el móvil de algunos de
los primeros colaboracionistas: que Francia esté en el campo de la derrota, pensaban,
sólo podía ser un error, un equívoco; su lugar natural está en el campo de la victoria;
el procedimiento más fácil, menos penoso, menos doloroso, para operar la
rectificación indispensable consiste en cambiar de bando. Tal actitud predominaba en
ciertos ambientes de Vichy en julio de 1940.
Sin embargo, lo que impidió principalmente que el patriotismo francés
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desapareciera durante la III República, después de perder casi toda su substancia, fue
que no quedaba ninguna otra cosa. Los franceses no tenían más objeto de fidelidad
que Francia; cuando lo perdieron momentáneamente, en junio de 1940, se vio cuán
terrible y lamentable puede llegar a ser el espectáculo de un pueblo sin vínculo de
fidelidad alguno. Por ello volvieron a aferrarse a Francia poco después. Pero si el
pueblo francés recupera lo que se conoce como soberanía, volverá a presentarse la
misma dificultad que antes de 1940: que la realidad designada por la palabra Francia
es principalmente un Estado.
El Estado es algo frío que no puede ser amado, pero que mata y extingue todo lo
que sí lo podría ser; por eso se está obligado a amarlo: no hay nada fuera de él. Tal es
el suplicio moral de nuestros con temporáneos.
Quizá ahí resida la verdadera causa de ese fenómeno del jefe surgido en todas
partes y que ha provocado la sorpresa de tanta gente. Actualmente, en todos los
países y en todas las causas, hay un hombre al que se orientan todas las fidelidades a
título personal. La necesidad de abrazar el frío metálico del Estado ha provocado en
las gentes, por contraste, el hambre de amar algo hecho de carne y de sangre. Por
desastrosas que hayan sido sus consecuencias, ese fenómeno está lejos de llegar a su
fin, y aún puede reservarnos sorpresas muy desagradables; pues el arte, bien conocido
en Hollywood, de fabricar vedettes a partir de cualquier material humano hace a
cualquiera capaz para ser propuesto a la adoración de las masas.
Salvo error, la noción de Estado como objeto de fidelidad apareció por primera
vez en Francia y en Europa con Richelieu. Antes de él se hablaba, en un tono de
afecto religioso, del bien público, del país, del rey, del señor. Richelieu fue el primero
en adoptar el principio en virtud del cual cualquiera que desempeñe una función
pública debe entera fidelidad no ya a la cosa pública ni al rey sino únicamente al
Estado. Resulta difícil definir el Estado de manera rigurosa. Sin embargo, y por
desgracia, no cabe ninguna duda de que tal término designa una realidad.
Richelieu, con una claridad intelectual frecuente en su época, definió
luminosamente la diferencia entre moral y política, problema en torno al cual se ha
sembrado tanta confusión después. Más o menos vino a decir: debemos guardarnos
de aplicar las mismas reglas para la salud del Estado y la del alma; pues la de ésta se
obra en el otro mundo, mientras que la del Estado tiene lugar exclusivamente en éste.
Eso es cruelmente cierto. Un cristiano sólo podría extraer una conclusión:
mientras que a la causa de la salud del alma —esto es, a Dios—, se le debe fidelidad
total, absoluta e incondicionada, a la salud del Estado se le debe una fidelidad
limitada y condicional.
Y aunque Richelieu se creía cristiano —y sin duda sinceramente—, su conclusión
fue muy distinta: el responsable de la salud del Estado y sus subordinados deben
emplear para tal fin todos los medios eficaces sin excepción alguna, sacrificando si
fuera preciso a sus propias personas, a su soberano, al pueblo, a los países extranjeros
y cualquier otra obligación.
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Se trata, aunque con una grandeza mucho mayor, de la doctrina de Maurras[*]:
«La política ante todo». Pero Maurras, lógicamente, es ateo. Aquel cardenal, al
establecer como absoluto algo cuya entera realidad radica aquí abajo, cometió un
crimen de idolatría. Por otro lado, el metal, la piedra y la madera no son peligrosos.
El objeto del auténtico crimen de idolatría es siempre una cosa análoga al Estado. Es
el crimen que el demonio propuso a Cristo cuando le ofreció los reinos de este
mundo. Cristo renunció. Richelieu aceptó y tuvo su recompensa. Pero él creyó
siempre obrar sólo por fidelidad, y en cierto sentido era verdad.
Su fidelidad al Estado desarraigó Francia. Su política consistió en eliminar
sistemáticamente cualquier signo de vida espontánea en el país a fin de impedir toda
oposición al Estado. Si su acción en ese sentido parece ser limitada es porque tuvo la
suficiente habilidad para proceder gradualmente. Basta leer las dedicatorias de
Corneille para darse cuenta del grado de servilismo innoble al que supo degradar los
espíritus. Más tarde, para preservar de la humillación a nuestras glorias nacionales, se
ha afirmado que tal era el lenguaje de cortesía de la época. Pero es mentira. Para
persuadirse no hay más que leer los escritos de Théophile de Viau. Y mientras que
éste murió prematuramente como consecuencia de un encarcelamiento arbitrario,
Corneille vivió hasta edad muy avanzada.
La literatura sólo tiene interés como signo, y, en ese sentido, no engaña. El estilo
servil de Corneille muestra que Richelieu quería sojuzgar incluso a los espíritus. No a
su persona, pues en su abnegación posiblemente fuera sincero, sino al Estado por él
representado. Su concepción del Estado era ya totalitaria. Sometió al país, en la
medida que le permitieron los medios de su tiempo, a un régimen policial. De esa
forma aniquiló gran parte de su vida moral. Y si Francia asintió a semejante asfixia
fue porque los nobles la habían asolado de tal forma con sus absurdas y atroces
guerras internas que aceptó pagar ese alto precio por la paz civil.
Tras el estallido de la Fronda[*] —que en sus comienzos, en muchos aspectos,
anunciaba 1789—, Luis XIV se instaló en el poder con un espíritu más de dictador
que de soberano legítimo. Lo expresa bien su frase: «El Estado soy yo». Ése no es el
pensar de un rey. Montesquieu lo explicó muy bien con palabras encubiertas. Pero lo
que no pudo aún advertir en su época es que hubo dos etapas en la decadencia de la
monarquía francesa. Después de Carlos V degeneró en un despotismo personal.
Richelieu la transformó en una maquinaria estatal con tendencias totalitarias que,
como dijo Marx, además de sobrevivir a todos los cambios de régimen, se acrecentó
y perfeccionó en cada uno de ellos.
Durante la Fronda y con Mazarino, a pesar de la aflicción pública, Francia aún
respiraba moralmente. Luis XIV la encontró llena de brillantes genios a los que
reconoció y apoyó. Pero prosiguió al mismo tiempo la política de Richelieu con
intensidad mucho mayor. De ese modo redujo el país en poco tiempo a un desierto
moral, por no hablar de su atroz miseria material.
Si se lee a Saint-Simon[*] no por curiosidad literaria o histórica sino como
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documento de la vida real de ciertos seres humanos, a uno le aterra y repugna tal
grado de tedio y de bajeza generalizada del alma, del corazón y de la inteligencia.
Leídos con ese espíritu, La Bruyére[*], las cartas de Liselotte, todos los textos, en
suma, de la época, producen la misma impresión. Remontándonos incluso un poco
más atrás, se debería reparar, por ejemplo, en que Moliére no escribió El Misántropo
para entretenerse.
El régimen de Luis XIV era ya ciertamente totalitario. El terror y las denuncias
hacían estragos en el país. La idolatría del Estado, representada por el soberano,
estaba organizada con una impudicia que constituía un desafío para todas las
conciencias cristianas. La técnica de la propaganda era de sobras conocida, como lo
muestra la ingenua confesión del jefe de la policía a Liselotte en relación con la orden
de no permitir la aparición de ningún libro sobre tema alguno que no contuviera un
elogio exagerado del rey.
Bajo este régimen, el desarraigo de las provincias francesas y la destrucción de la
vida local alcanzaron un nivel mucho mayor. El siglo XVIII fue un período de calma
momentánea. La sustitución del rey por la soberanía nacional operada por la
Revolución sólo tenía un inconveniente: que la soberanía nacional no existía. Como
en el caso del asno de Rolando, su único defecto era ése. De hecho no había
procedimiento conocido alguno para suscitar algo real que correspondiera a esas
palabras. Por eso quedaba sólo el Estado, en cuyo beneficio giraba, naturalmente, el
fervor de unidad —«unidad o muerte»— surgido en torno a la creencia en la
soberanía nacional. A partir de eso en el ámbito de la vida local hubo aún más
destrucción. El Estado, mediante la guerra —la guerra es el resorte de toda esta
historia desde el principio—, bajo la Convención y el Imperio, se volvió cada vez
más totalitario.
Luis XIV degradó a la Iglesia francesa al asociarla al culto de su persona y al
imponerle obediencia hasta en materia de religión. Esa servidumbre de la Iglesia
respecto del soberano fue en buena medida causa del anticlericalismo del siglo
siguiente.
Pero cuando la Iglesia cometió el irreparable error de asociar su destino al de las
instituciones monárquicas se separó de la vida pública. Nada pudo contribuir mejor a
las aspiraciones totalitarias del Estado. Ello desembocó en el sistema laico, preludio
de la adoración declarada al Estado como tal que hoy está en vigor.
Los cristianos se hallan indefensos ante el espíritu laico. O se consagran
enteramente a una acción política, de partido, al objeto de depositar el poder temporal
en manos de una clerecía o de su entorno, o bien se resignan a la irreligiosidad en
toda la parte profana de su propia vida, cosa que ocurre generalmente hoy día en
grado mucho mayor del que suponen los mismos interesados. En ambos casos se ha
abandonado la función propia de la religión, que consiste en impregnar con su luz
toda la vida profana, pública y privada, sin llegar a dominarla en ningún caso.
En el siglo XIX, los ferrocarriles hicieron importantes estragos en el sentido del
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desarraigo. George Sand[*] aún conoció en el Berry[*] costumbres con varios milenios
de antigüedad, cuya memoria habría desaparecido de no ser por las breves notas que
tomara.
La pérdida del pasado, individual o colectivo, es la gran tragedia humana;
nosotros nos hemos desprendido del nuestro como un niño que deshoja una rosa. Los
pueblos se resisten desesperadamente a la conquista principalmente para evitar esta
pérdida.
Una de las características constitutivas del totalitarismo del Estado consiste en
que los poderes públicos conquistan a los pueblos que están bajo su autoridad, sin
ahorrarles las desgracias que suelen acompañar a tal conquista, para contar con un
instrumento mejor para la invasión externa. Así sucedió antaño en Francia y más
recientemente en Alemania, por no hablar de Rusia.
Sin embargo, el desarrollo del Estado agota al país. Pues devora su substancia
moral, vive y engorda a costa de ella hasta que el alimento se acaba, lo que le lleva al
decaimiento por hambre. Francia había llegado a esa fase. En Alemania, por el
contrario, la centralización estatal es muy reciente, de forma que el Estado posee toda
la agresividad que confiere una superabundancia de alimento de alta calidad
energética. Por lo que respecta a Rusia, su vida popular tiene tamaño grado de
intensidad que uno se pregunta si no será finalmente el pueblo quien se coma al
Estado o, más bien, quien acabe reabsorbiéndolo.
La III República francesa era harto singular. Uno de sus rasgos más peculiares era
que toda su estructura, salvo el juego mismo de la vida parlamentaria, provenía del
Imperio. La proclividad de los franceses por la lógica abstracta los hace muy fáciles
de engatusar con etiquetas. Los ingleses tienen una monarquía de contenido
republicano; nosotros, una república de contenido imperial. Y el Imperio, a su vez,
entronca, por encima de la Revolución, sin solución de continuidad, con la
monarquía; pero no con la antigua monarquía francesa, sino con la monarquía
totalitaria y policial del siglo XVII.
El personaje de Fouché[*] es un símbolo de esa continuidad. El aparato represivo
del Estado francés ha perdurado ininterrumpida e imperturbablemente a través de
todos los cambios, y con una capacidad de acción constantemente acrecentada.
Así, el Estado se había convertido en Francia en objeto de repulsión, de rencores
y de odios excitados antaño por una realeza transmutada en tiranía. Nosotros hemos
vivido la paradoja —tan extraña que nos impedía tomar consciencia de ella— de una
democracia todas cuyas instituciones públicas eran odiadas y despreciadas
abiertamente por el pueblo.
Ningún francés tenía el menor escrúpulo en robar o estafar al Estado en materia
de aduanas, de impuestos, de subvenciones o de cualquier otra cosa. Habría que
exceptuar a algunos ámbitos funcionariales, que, por otro lado, formaban parte de la
maquinaria pública. Que los burgueses llegaran más lejos que el resto del país en
actividades de este tipo se debe a que dispusieron de muchas más ocasiones. En
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Francia la policía es objeto de tamaño desprecio que para muchos franceses ese
sentimiento es un componente de la estructura moral eterna del hombre honrado.
Guignol forma parte del auténtico folklore francés, que se remonta al Antiguo
Régimen, pero no ha envejecido. Llamar «policía» a alguien constituye en francés
una de las injurias más sangrantes; sería curioso averiguar si eso tiene equivalentes en
otras lenguas. Ahora bien, la policía no es otra cosa que un órgano de acción de los
poderes públicos. Los sentimientos del pueblo francés respecto a ella siguen siendo
los de la época en que los campesinos se veían obligados, como señala Rousseau, a
ocultar que tenían un poco de jamón.
De igual forma, el conjunto de las instituciones políticas era igualmente objeto de
rechazo, de escarnio y de menosprecio. La propia palabra «política» estaba cargada
de una significación peyorativa de intensidad increíble en una democracia. «Es un
político», «eso es la política»; frases como ésas expresaban condenas inapelables. A
ojos de una parte de los franceses, la profesión misma de parlamentario —pues era
una profesión— tenía algo de infamante. Algunos estaban orgullosos de abstenerse
de todo contacto con lo que llamaban «la política» salvo el día de las elecciones y a
veces incluso en ése; otros consideraban a su diputado como una especie de criado,
un ser creado y arrojado al mundo para servir a sus intereses particulares. El único
sentimiento que temperaba el desprecio por los asuntos públicos era el espíritu de
partido, al menos entre los contaminados por esa enfermedad.
Sería vano buscar un aspecto de la vida pública que haya suscitado en los
franceses el más ligero sentimiento de lealtad, de gratitud o de afecto. En los buenos
tiempos del entusiasmo laico estaba la enseñanza; sin embargo, desde hace mucho
tiempo, a ojos de padres e hijos, la enseñanza no es más que una máquina que
proporciona títulos, es decir, buenas posiciones. En cuanto a las leyes sociales, el
pueblo francés siempre las ha visto, cuando han sido satisfactorias, como concesiones
arrancadas mediante una presión violenta a la mala voluntad de los poderes públicos.
Ningún otro interés ocupaba el lugar del ausente interés por los asuntos públicos.
Los sucesivos regímenes, al destruir la vida local y regional a un ritmo cada vez más
rápido, acabaron por hacerla desaparecer. Francia era como uno de esos enfermos
cuyos miembros están ya fríos y en los que únicamente palpita el corazón. No había
pulsación de vida casi en ninguna parte salvo en París; a partir de los suburbios que
circundan la ciudad empezaba a dejarse notar la muerte moral.
En la época aparentemente tranquila de antes de la guerra el tedio de las capitales
de provincia francesas constituía una crueldad tan real como las mayores atrocidades.
Que seres humanos estén condenados a pasar sus únicos e irreemplazables años entre
la cuna y la tumba en un tedio sombrío, ¿no es tan terrible como el hambre o las
matanzas? Richelieu fue el primero en extender sobre Francia esa bruma de tedio, y
desde entonces se ha hecho cada vez más irrespirable. En el momento de la guerra
había llegado al grado de la asfixia.
El Estado, además de aniquilar moralmente cualquier ente menor que él, en
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términos de territorio, también transformó las fronteras nacionales en muros de
prisión para confinar las ideas. Si se examina de cerca la historia, dejando de lado los
manuales, maravilla ver que ciertas épocas casi desprovistas de medios materiales de
comunicación aventajaban a la nuestra en riqueza, variedad, fecundidad e intensidad
de vida en los intercambios de ideas a través de los más vastos territorios. Tal fue el
caso de la Edad Media, de la antigüedad pre-romana o del período inmediatamente
anterior a los tiempos históricos. En nuestros días, a pesar de la radio, de la aviación,
del desarrollo general de los transportes, de la imprenta o de la prensa, el fenómeno
moderno de la nación encierra en pequeños compartimentos estancos hasta algo tan
naturalmente universal como la ciencia. Por supuesto, las fronteras no son
infranqueables; pero, así como a la hora de viajar hay que pasar por una infinidad de
formalidades molestas y penosas, de igual modo todo contacto con un pensamiento
extranjero, en cualquier ámbito, exige un esfuerzo mental para cruzar la frontera. Se
trata de un esfuerzo considerable, y muchos no están dispuestos a realizarlo. E
incluso entre quienes lo hacen, el hecho de que tal esfuerzo resulte indispensable
impide que puedan trabarse vínculos orgánicos por encima de las fronteras.
Es cierto que existen Iglesias y partidos internacionales. Sin embargo, por lo que
hace a las Iglesias, éstas ofrecen el intolerable escándalo de sacerdotes y fieles
pidiendo al mismo tiempo a Dios, con los mismos ritos, las mismas palabras y
seguramente con fe y pureza de corazón idénticas, la victoria militar para uno u otro
de los dos bandos enfrentados. Dicho escándalo data de antiguo; pero la vida
religiosa está en nuestro siglo más subordinada que nunca a la nación. Los partidos,
por su parte, o bien son ficticiamente internacionales o bien su internacionalismo
adopta la forma de la subordinación total a una nación determinada.
Por último, el Estado también ha suprimido todos los vínculos que, más allá de la
vida pública, podían dar una orientación a la fidelidad. La Revolución francesa, al
abolir las corporaciones, favoreció el progreso técnico, pero al mismo tiempo causó
un daño moral, o cuando menos consagró y consumó un daño ya parcialmente
realizado. No nos cansaremos de repetir que hoy día, cuando empleamos este
término, en el ámbito que sea, la realidad a la que corresponde no tiene nada en
común con las corporaciones.
Cuando desaparecieron las corporaciones el trabajo se convirtió, en la vida
individual de los hombres, en un medio cuyo fin era el dinero. En algún pasaje de los
textos constituyentes de la Sociedad de Naciones se afirmaba que el trabajo dejaría de
ser una mercancía. Era una broma de pésimo gusto. Vivimos en un siglo en que gran
número de gentes valiosas, que se creían muy lejos de lo que Lévy-Bruhl ha llamado
la mentalidad pre-lógica, ha prestado mucho más crédito a la eficacia mágica de la
palabra que cualquier aborigen de la Australia profunda. Cuando se retira de la
circulación comercial un producto indispensable, suele preverse para él otra forma de
distribución. Pero eso no ha ocurrido con el trabajo, que ni que decir tiene que sigue
siendo una mercancía.
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Desde la desaparición de las corporaciones la consciencia profesional consiste
simplemente en una modalidad de la probidad comercial. En una sociedad fundada en
los intercambios, el mayor peso del rechazo social cae sobre el robo o la estafa, y
principalmente sobre la estafa del comerciante que vende mercancía defectuosa con
la garantía de que es buena. Así, cuando uno vende su trabajo, la probidad le exige
que entregue una mercancía cuya calidad corresponda al precio. Pero probidad no es
fidelidad. Una gran distancia separa ambas virtudes.
Hay un vigoroso elemento de fidelidad en la camaradería obrera que ha sido
durante mucho tiempo el móvil dominante de la vida sindical. Pero varios obstáculos
han impedido que dicha fidelidad constituyese un soporte sólido de la vida moral. Por
un lado, el mercantilismo de la vida social se ha extendido también al movimiento
obrero, colocando en primer plano las cuestiones salariales; y cuanto más predomina
la preocupación por el dinero, más desaparece el espíritu de lealtad. Por otro lado, en
la medida en que el movimiento obrero es revolucionario, escapa a este
inconveniente, pero incurre en las debilidades inherentes a toda rebelión.
Richelieu, algunas de cuyas observaciones son prodigiosamente lúcidas, dijo
haber comprobado por experiencia que en igualdad de condiciones los rebeldes son
siempre la mitad de fuertes que los defensores del poder oficial. Incluso cuando se
cree defender una buena causa, el sentimiento de estar en rebeldía debilita. Sin un
mecanismo psicológico así no podría haber estabilidad alguna en las sociedades
humanas. Dicho mecanismo explica el dominio del partido comunista. Los obreros
revolucionarios se sienten dichosos al tener tras ellos un Estado —que proporciona a
su acción ese carácter oficial, esa legitimidad, esa realidad que sólo el Estado
confiere, y que, por otro lado, se halla demasiado distante geográficamente para
desagradarles—. Asimismo, los enciclopedistas, profundamente contrariados por
hallarse en conflicto con su propio soberano, estaban sedientos del favor de los
monarcas de Prusia o de Rusia. Por esta analogía puede comprenderse que militantes
obreros más o menos revolucionarios, que habían resistido al prestigio de Rusia, no
hayan podido menos que sucumbir al de Alemania.
Dejando de lado a los que se han consagrado por entero al partido comunista, los
obreros río pueden encontrar en la fidelidad a su clase un objeto lo bastante preciso,
lo bastante claramente delimitado como para adquirir estabilidad interior. Pocas
nociones son tan indeterminadas como la de clase social. Marx, que hizo descansar en
ella todo su sistema, nunca intentó definirla ni estudiarla. La única información que
puede extraerse de sus obras en relación a las clases sociales es la de que son entes
que luchan. No es suficiente, pues ésta no es una de esas nociones que sin poder
definirse en palabras resultan claras al pensamiento: es aún más difícil concebirla o
comprenderla sin definición que definirla.
La fidelidad que implica una filiación religiosa, por singular que sea, tiene
igualmente poco valor en la vida moderna. A pesar de sus evidentes y considerables
diferencias, el sistema inglés de Iglesia nacional produce un efecto en cierto sentido
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análogo al del sistema francés de separación entre las iglesias y el Estado. Sólo que el
segundo parece más destructor.
Se ha proclamado que la religión es un asunto privado. Según los hábitos
mentales actuales, ello no quiere decir que resida en el secreto del alma, en ese lugar
profundamente oculto donde ni siquiera penetra la consciencia de cada uno. Significa
que es una cuestión de elección, de opinión, de preferencia, casi de capricho, algo así
como la opción por un partido político o la elección de una corbata; o también que es
un asunto de familia, de educación, de entorno. Al convertirse en algo privado, pierde
el carácter obligatorio reservado a las cosas públicas y, por consiguiente, no tiene ya
un derecho indiscutible a la fidelidad.
Muchas expresiones revelan que así es. Muchas veces, por ejemplo, se oye repetir
el siguiente lugar común: «Católicos, protestantes, judíos o librepensadores, todos
somos franceses», exactamente igual que si se tratara de pequeñas fracciones
territoriales del país, a saber: «Marselleses, lioneses o parisinos, todos somos
franceses». En los tex tos que emanan del papa puede leerse: «No sólo desde el punto
de vista cristiano, sino más generalmente desde el punto de vista huma no…»; como
si el punto de vista cristiano, que o bien no tiene ningún sentido o bien pretende
abarcar todas las cosas de este mundo y del otro, tuviese un grado de generalidad
menor que el punto de vista humano. No es posible concebir una confesión de fracaso
más terrible. Ése es el precio de los anathema sit. En suma, la religión, relegada a la
categoría de asunto privado, queda reducida a la elección de un lugar donde pasar una
o dos horas el domingo por la mañana.
Lo que todo esto tiene de cómico es que la religión, es decir, la relación del
hombre con Dios, no es vista hoy como algo demasiado sagrado para la intervención
de cualquier autoridad exterior, sino que figura entre las cosas que el Estado deja al
capricho de cada uno, como irrelevante para los asuntos públicos. Por lo menos, así
ha sido en un pasado reciente. Ése es el significado actual del término «tole rancia».
Así, no queda nada fuera del Estado a lo que pueda aferrarse la fidelidad. Ésa es
la razón por la que no se le ha negado hasta 1940. Pues el hombre siente que una vida
sin fidelidad es repugnante. A pesar de la degradación general de todas las palabras
del léxico francés relativas a las nociones morales, las de traidor y traición no han
perdido ni un ápice de su fuerza. Además, el hombre se siente nacido para el
sacrificio, y no se concebía en la imaginación pública otra forma de sacrificio que la
militar, esto es, la brindada al Estado.
Se trataba exclusivamente del Estado. La ilusión de la Nación, según el sentido
que tenía para los hombres de 1789 o de 1792, que les hacía derramar lágrimas de
alegría, pertenecía a un pasado completamente abolido. El mismo término de nación
había cambiado de sentido. En nuestro siglo ya no designa al pueblo soberano, sino al
conjunto de poblaciones que reconocen la autoridad de un mismo Estado; se refiere a
la arquitectura constituida por un Estado y el país por él dominado. Cuando hoy se
habla de soberanía de Ja nación se alude únicamente a la soberanía del Estado. En un
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diálogo entre un contemporáneo nuestro y un hombre de 1792 se producirían
malentendidos muy cómicos. Pero, además, el Estado en cuestión no sólo no es el
pueblo soberano, sino que es el mismo Estado inhumano, burocrático, policial, legado
por Richelieu a Luis XIV, por éste a la Convención, por ésta al Imperio y por éste a la
III República. Cuanto más lo es, más instintivamente es conocido y odiado como tal.
De ese modo asistimos al extraño espectáculo de un Estado objeto de odio, de
repulsión, de burla, de desprecio y de temor que, bajo el nombre de patria, exigió
fidelidad absoluta, entrega total y el sacrificio supremo; y los obtuvo, de 1914 a 1918,
hasta un punto que superó toda previsión. Se erigió en un absoluto aquí abajo, en
objeto de idolatría; y así se le aceptó, sirvió, y honró con una cantidad espantosa de
sacrificios humanos. Una idolatría sin amor, ¿puede haber algo más monstruoso y
más triste?
Cuando una persona lleva su sacrificio más allá de lo que su ánimo le inspira se
produce la inevitable consecuencia de una reacción violenta, de una suerte de
convulsión en los sentimientos. Ello se observa con frecuencia en las familias en que
un enfermo requiere de cuidados que exceden el afecto que suscita, y al que se guarda
un rencor reprimido por inconfesable, aunque presente en todo momento como un
veneno secreto.
Lo mismo ocurrió entre los franceses y Francia después de 1918: le dieron
demasiado a Francia; más de lo que les permitía su corazón.
Toda la corriente de ideas antipatrióticas, pacifistas e internacionalistas
posteriores a 1918 ha buscado su legitimidad en los caídos en la guerra y en los ex-
combatientes; y procedía realmente en amplia medida de estos medios. Es cierto que
también había asociaciones de antiguos combatientes profundamente patrióticas. Pero
la expresión de su patriotismo sonaba a hueca y carecía totalmente de fuerza de
persuasión. Se parecía al lenguaje de quienes, después de sufrir mucho, sienten
continuamente la necesidad de recordar que no lo han hecho en vano. Pues los
sufrimientos excesivos en relación con los impulsos del corazón pueden tener como
consecuencia una u otra actitud: o se experimenta un rechazo violento por aquello a
lo que uno se ha entregado en demasía o bien uno se aferra a ello con una especie de
desesperación.
Nada ha perjudicado tanto al patriotismo como la evocación, repetida hasta la
saciedad, del papel desempeñado por la policía en la retaguardia. Tampoco había
nada que pudiera herir más a los franceses, pues les obligaba a comprobar la
existencia, por detrás de la patria, de dicho Estado policial objeto tradicional de su
odio. Además, los extractos de la prensa extravagante anterior a 1918, releídos a
destiempo y a disgusto, y comparados con ese nuevo papel de la policía, les creaban
la impresión de haber sido engañados. Y eso es algo que un francés nunca puede
perdonar. Habiendo caído en descrédito las palabras mismas en que se expresaba el
sentimiento patriótico, éste pasó de alguna manera a la categoría de los sentimientos
inconfesables. Hubo un tiempo, no muy lejano, en que la expresión del sentimiento
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patriótico en ambientes obreros, o cuando menos en algunos de ellos, habría parecido
una infracción a las conveniencias.
Testimonios concordantes afirman que, en 1940, los más valientes han sido los
antiguos combatientes de la guerra anterior. Únicamente se debe concluir de ello que
sus reacciones tras de 1918 tuvieron una influencia más profunda en el alma de los
niños que les rodeaban que en la suya propia. Es un fenómeno muy frecuente y fácil
de comprender. Los que tenían dieciocho años en 1914 habían formado su carácter en
los años precedentes.
Se ha dicho que la escuela de principios de siglo forjó una juventud para la
victoria y la de después de 1918 una generación de vencidos. Hay en ello mucho de
cierto. Los maestros de los tiempos posteriores a 1918 eran ex-combatientes. Muchos
niños con diez años entre 1920 y 1930 tuvieron maestros que habían hecho la guerra.
Que en Francia haya sido mayor que en otros países el efecto de esa reacción se
debe a un desarraigo mucho más profundo, como corresponde a una centralización
estatal mucho más antigua e intensa, al efecto desmoralizador de la victoria y a la
licencia concedida a todas las propagandas.
También ha habido una ruptura del equilibrio, y compensación por ruptura en
sentido inverso, en torno a la noción de patria en el ámbito del pensamiento puro.
Dado que el Estado era, en medio de Km un vacío total, lo único cualificado para
exigir del hombre la fidelidad y el sacrificio, la idea de patria se presentaba al
pensamiento como una noción absoluta. La patria estaba más allá del bien y del mal.
Es lo que expresa el proverbio inglés right or wrong, my country. Aunque a menudo
se va más lejos: no se admite que la patria pueda equivocarse.
Por poco propensos que sean los hombres de toda condición a los esfuerzos de
examen crítico, un absurdo manifiesto, aunque no lo reconozcan como tal, les coloca
en una situación de malestar que debilita el alma. Nada hay más entreverado a la vida
humana corriente y cotidiana que la filosofía, pero se trata de una filosofía implícita.
Concebir la patria como un absoluto al que el mal no puede mancillar es un
absurdo que salta a la vista. La patria es otro nombre de la nación; y la nación es un
conjunto de territorios y de pueblos reunidos por unos acontecimientos históricos en
que el azar desempeña un papel importante, por lo que puede juzgar la inteligencia
humana, y donde siempre están mezclados el bien y el mal. La nación es un hecho, y
un hecho no es un absoluto. Es un hecho entre otros hechos análogos. Hay muchas
naciones sobre la faz de la Tierra. La nuestra es, ciertamente, única, pero cualquier
otra, considerada en sí misma y con amor, lo es igualmente.
Antes de 1940 estaba de moda hablar de la «Francia eterna». Esa expresión
constituye una blasfemia. Y lo mismo debe decirse de todas las páginas de los
grandes escritores católicos franceses acerca de la vocación de Francia, de su
salvación eterna y otros temas semejantes. Richelieu tuvo una lucidez mucho mayor
al afirmar que la salvación de los Estados se opera aquí abajo. Francia es temporal,
terrena. Salvo error, nunca se ha dicho que Cristo muriera para salvar a las naciones.
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La idea de una nación llamada por Dios en tanto que nación es propia de la ley
antigua.
La antigüedad que llamamos pagana no habría incurrido jamás en una confusión
tan tosca. Los romanos se creían elegidos, pero sólo para llevar a cabo una
dominación terrestre. El otro mundo no les interesaba. No figura en ninguna parte que
una ciudad o un pueblo de esa antigüedad se haya creído elegido para un destino
sobrenatural. Los Misterios, que constituían de alguna manera el método oficial de
salvación, como hoy las Iglesias, eran instituciones locales, pero estaba comúnmente
admitido que eran equivalentes entre sí. Platón describe cómo el hombre auxiliado
por la gracia sale de la caverna del mundo, pero en ningún momento dice que una
ciudad pueda salir de ella. Antes al contrario, representa a la colectividad como una
especie de animal que impide la salvación del alma.
A menudo se acusa a la antigüedad de no haber sabido reconocer más que valores
colectivos. En realidad, este error sólo lo cometieron los romanos, que eran ateos, y
los hebreos hasta su exilio en Babilonia. Por otro lado, así como nos equivocamos al
atribuir dicho error a la antigüedad precristiana, también lo hacemos al no admitir que
nosotros caemos en él continuamente, corrompidos como estamos por la doble
tradición romana y hebrea que con excesiva frecuencia se sobrepone a la pura
inspiración cristiana.
A los cristianos les molesta admitir hoy que si se le da todo su sentido a la palabra
patria, su sentido último, un cristiano sólo tiene una patria que no es de este mundo.
Pues no hay más que un padre, y no habita en este mundo. «Amasad tesoros en el
cielo… allí donde esté el tesoro de un hombre estará su corazón». Tener el corazón en
la tierra está pues prohibido.
A los cristianos de hoy no les gusta plantearse la cuestión de los derechos
respectivos que Dios y su país tienen sobre su alma. Los obispos alemanes
terminaban una de sus más valerosas protestas manifestando que se negaban a tener
que escoger entre Dios y Alemania. Pero ¿por qué se negaban? Siempre pueden darse
circunstancias que impliquen una elección entre Dios y cualquier cosa terrena,
elección en la que no cabe la duda. Pero los obispos franceses han empleado el
mismo lenguaje. La popularidad de Juana de Arco en el último cuarto de siglo no fue
del todo sana; constituía un recurso cómodo para olvidar que entre Francia y Dios
hay una diferencia. Con todo, esa cobardía interior ante el prestigio de la idea de
patria no ha vuelto más enérgico al patriotismo. Durante los horribles días en que los
franceses abandonaron a Francia, la estatua de Juana de Arco estaba colocada de
modo que atrajera las miradas en todas las iglesias del país.
«Si el que viene a mí no aborrece a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a
sus hermanos y hermanas, además de su propia alma, no puede ser discípulo mío». Si
está prescrito aborrecer todo eso en cierto sentido de la palabra aborrecer, está
igualmente prohibido amar al país en cierto sentido de la palabra amar. Pues el objeto
propio del amor es el bien, y «sólo Dios es bueno».
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Todas ésas son evidencias que, por algún extraño sortilegio, permanecen
complemente ignoradas en nuestro siglo. De otro modo habría sido imposible que un
hombre como el padre de Foucauld, que escogió por caridad ser testimonio de Cristo
entre poblaciones no cristianas, se creyese con el derecho de facilitar información
sobre esas mismas poblaciones al Departamento de Espionaje.
Sería saludable para nosotros meditar las terribles palabras que le dirigió el
demonio a Cristo mientras le mostraba todos los reinos del mundo: «Todo el poder
me ha sido entregado». Sin ninguna excepción.
Lo que no ha afectado a los cristianos ha afectado a los obreros. Una tradición
muy reciente aún para estar del todo muerta hace del amor a la justicia la inspiración
central del movimiento obrero francés. En la primera mitad del siglo XIX era un amor
vivo, que hacía causa común con los oprimidos del mundo entero.
Mientras la patria era el pueblo constituido en nación soberana no se planteaba
problema alguno en torno a su relación con la justicia. Pues quedaba convenido —del
todo arbitrariamente, y por una interpretación harto superficial de El Contrato Social
— que una nación soberana no comete injusticias ni con sus miembros ni con sus
vecinos, y que las causas de la injusticia van unidas a la falta de soberanía.
Sin embargo, a partir del momento en que tras de la patria se alza el viejo Estado,
la justicia está ausente. En la formulación del patriotismo moderno ya no se trata la
cuestión de la justicia, y, sobre todo, no se dice nada que aluda a las relaciones entre
patria y justicia. Nadie se atreve a afirmar que ambas nociones sean equivalentes; y,
aun con mayor razón, nadie se atrevería a decírselo a los obreros, que sienten el frío
metálico del Estado a través de la opresión social y advierten confusamente que ese
mismo frío debe de reinar en las relaciones internacionales. Cuando se habla mucho
de patria se habla poco de justicia; y el sentimiento de la justicia es tan poderoso
entre los obreros —incluidos los materialistas— a consecuencia de la impresión
permanente de estar privados de ella que una forma de educación moral en que no
figure la justicia ha de dejarles casi indiferentes. Cuando mueren por Francia,
necesitan sentir siempre que mueren al mismo tiempo por algo mucho más grande,
que participan en la lucha universal contra la injusticia. A ellos, según una expresión
célebre, la patria no les basta.
Lo mismo ocurre siempre que arde una llama, una chispa siquiera imperceptible,
de vida espiritual auténtica: la patria no basta. A quienes les falte dicho ardor, el
patriotismo, por el contrario, en sus supremas exigencias, resulta demasiado elevado;
entonces sólo pueden encontrar un estímulo lo bastante vigoroso en la forma del más
ciego fanatismo nacional.
Lo cierto es que los hombres son capaces de dividir su alma en compartimentos,
en cada uno de los cuales habita una idea sin relación con las demás. No aman ni el
esfuerzo crítico ni el esfuerzo de síntesis, y no se los imponen sin violencia.
Pero cuando sobrevienen el miedo y la angustia, cuando la carne retrocede ante la
muerte, ante el sufrimiento y el peligro excesivos, surge en el alma de todo hombre,
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incluso en la del más inculto, un fabricador de razonamientos que elabora pruebas
que demuestren lo legítimo y lo bueno de sustraerse a dicha muerte, a dicho
sufrimiento, a dicho peligro. Pruebas que pueden ser buenas o malas según los casos.
Pero a las que el desconcierto de la carne y de la sangre confiere una intensidad de
fuerza persuasiva que ningún orador ha logrado jamás.
Hay personas a quienes no les ocurre eso. Ya sea porque su naturaleza les sustrae
al miedo, porque su carne, su sangre y sus entrañas son insensibles a la presencia de
la muerte o del dolor, ya porque hay un grado tal de unidad en su alma que impide
trabajar a ese fabricador de razonamientos. En otras, aunque trabaje, aunque deje
sentir su persuasión, es sin embargo acallado. Y ello debido a un alto grado de unidad
interior o a poderosos estímulos externos.
La genial observación de Hitler sobre la propaganda, a saber que la fuerza bruta
no puede vencer por sí sola a las ideas, pero sí puede hacerlo si va acompañada de
algunas ideas de calidad ínfima, proporciona la clave de la vida interior. Los tumultos
de la carne, por violen tos que sean, no pueden vencer en el alma a un pensamiento
por sí solos. Pero su victoria es cómoda si transmiten su poder persuasivo a otro
pensamiento, por muy malo que sea. Eso es lo importante. Ningún pensamiento es
demasiado mediocre para la función de aliado de la carne. Pero ésta necesita a aquél
por aliado.
Por ello, mientras que normalmente incluso las personas cultas viven sin malestar
alguno con las mayores contradicciones internas, en momentos de crisis suprema la
menor falla en el sistema interior adquiere tanta importancia como si el filósofo más
lúcido estuviese maliciosamente dispuesto a aprovecharse de ello en alguna parte; y
lo mismo pasa con todo hombre, por ignorante que sea.
En los momentos supremos, que no son necesariamente los de mayor peligro sino
aquellos en que el hombre se halla, ante el tumulto de las entrañas, de la sangre y de
la carne, solo y sin estímulos externos, los únicos que resisten son aquellos cuya vida
interior procede enteramente de una misma idea. Es por ello que los sistemas
totalitarios forman hombres a prueba de todo.
La patria sólo puede constituir esa idea única en un régimen como el hitleriano.
Ello podría probarse hasta en sus últimos detalles, pero sería inútil debido a su gran
evidencia. Si la patria no es esta idea, y si a pesar de todo ocupa un lugar, entonces o
bien hay incoherencia interior y una insuficiencia escondida en el alma, o bien tiene
que haber otra idea dominante, en relación a la cual la patria ocupa un lugar
reconocido muy claramente, un lugar limitado y subalterno.
No fue ése el caso de nuestra III República, en ningún ámbito. La incoherencia
moral estaba por todas partes. También el fabricante interior de razonamientos trabajó
activamente en los espíritus entre 1914 y 1918. La mayoría resistió con la mayor
firmeza, debido a esa reacción que a menudo induce a las gentes a arrojarse
ciegamente, por temor a perder el honor, del lado opuesto a aquél al que les empuja el
miedo. Sin embargo, el alma, cuando se expone al dolor y al peligro únicamente bajo
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el efecto de ese impulso, se desgasta muy rápidamente. Esos razonamientos
alimentados por la angustia, que no han podido influir en los modos de actuar, atacan
muy profundamente en los abismos del alma y dejan sentir su influencia mucho
después. Eso es lo que pasó con posterioridad a 1918. Quienes no habían dado nada y
se avergonzaban de ello estaban dispuestos, por otros motivos, a experimentar el
contagio. Tal es el ambiente que rodeaba a los niños a quienes se les iba a pedir, unos
años más tarde, marchar hacia la muerte.
De la enorme magnitud de la desagregación interior de los franceses podemos
darnos cuenta si pensamos que aun en la actualidad la idea de la colaboración con el
enemigo no ha perdido todo su prestigio. Por otra parte, si quiere buscarse un
consuelo en el espectáculo de la resistencia, y si se afirma que los resistentes no han
tenido dificultades para inspirarse a la vez en el patriotismo y en otra multitud de
motivos, hay que decirse una y otra vez, al mismo tiempo, que Francia como nación
está esta vez del lado de la justicia, del bienestar general, y cosas así, es decir: en la
categoría de las bellas cosas inexistentes. Pero la victoria aliada la sacará de esta
categoría, la volverá a meter en el ámbito de los hechos; y entonces reaparecerán
muchas dificultades que hoy parecen descartadas. En cierto sentido la desdicha lo
simplifica todo. El hecho de que Francia se haya incorporado a la resistencia más
despacio y más tarde que el resto de países ocupados demuestra que estaríamos en un
error si no sintiéramos inquietud por el futuro.
Puede verse claramente hasta dónde llegó la incoherencia moral de nuestro
régimen cuando pensamos en la escuela. La moral formaba parte del programa, e
incluso los maestros que no gustaban convertirla en objeto de una enseñanza
dogmática la enseñaban inevitablemente de manera difusa. La noción central de la
moral es la justicia y las obligaciones que ésta impone para con el prójimo.
Sin embargo, cuando se habla de historia ya no interviene la moral. De las
obligaciones de Francia en el extranjero no se habla jamás. En ocasiones se llama a
Francia justa y generosa, como si en ello hubiera algo de más, como una pluma en el
sombrero o una coronación gloriosa. Puede haber dudas si acaso acerca de las
conquistas que Francia hizo y perdió, como las de Napoleón, pero nunca de las que
conservó. El pasado es sólo la historia del desarrollo de Francia, y se acepta que ese
desarrollo constituye siempre un bien en todos los sentidos. Nadie se ha preguntado
nunca si ese desarrollo ha sido destructor. Examinar si ese desarrollo ha destruido
algo valioso parecería la más atroz blasfemia. Bernanos dice que la gente de la
Acción Francesa[*] ve a Francia como a un chico a quien sólo se le exige crecer y que
coma carne. Pero ésos no están solos. Es el pensamiento general lo que, sin
explicitarse, está siempre implícito en la forma de considerar el pasado del país. Por
otro lado, la comparación con un chico resulta demasiado honrosa. Los seres a
quienes sólo se les exige que coman son los conejos, los puercos y los pollos. Platón
emplea una expresión más apropiada cuando compara la colectividad a un animal. Y
aquéllos a quienes su prestigio deslumbra, esto es, todos los hombres excepto los
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predestinados, «llaman justas y bellas a las cosas necesarias, incapaces como son de
discernir y de mostrar la distancia que hay entre la esencia de la necesidad y la del
bien».
Se hace todo lo posible para que los niños sientan —y por supuesto así lo sienten
— que lo relativo a la patria, a la nación, al desarrollo de ésta, posee un grado de
importancia que lo sitúa aparte. Y precisamente respecto de esto, de la justicia, de las
consideraciones con los otros, de las obligaciones rigurosas que establecen límites a
las ambiciones y a los apetitos, de toda la moral, en suma, a la que se intenta someter
la vida de los niños, no se habla jamás.
¿Qué hemos de concluir de todo ello, como no sea que la moral es algo de menor
importancia; que pertenece, como la religión, el oficio, la elección de un médico o de
un proveedor, al ámbito inferior de la vida privada?
Ahora bien, aunque la moral propiamente dicha queda degradada de ese modo, no
la sustituye un sistema distinto. Pues el prestigio superior de la nación va unido a la
evocación de la guerra. Y no proporciona móviles en tiempo de paz, salvo en los
regímenes que constituyen una preparación permanente de la guerra, como es el caso
del régimen nazi. Excepto en tales regímenes, resultaría peligroso recordar
excesivamente que la otra cara de esa patria que demanda la vida de sus hijos es el
Estado, con sus impuestos, sus aduanas, su policía. Por ello todo el mundo se abstiene
cuidadosamente de hacerlo; y de esa forma a nadie se le ocurre pensar que odiar a la
policía y defraudar en materia de aduanas y de impuestos sea faltar al patriotismo.
Inglaterra constituye en cierto sentido una excepción, por su tradición milenaria de
libertad garantizada por los poderes públicos. Así, la dualidad de la moral en tiempo
de paz debilita la autoridad de la moral eterna sin que nada ocupe su lugar.
Dicha dualidad está presente siempre y en todas partes, no sólo en la escuela.
Pues casi a diario, cualquier francés, cuando lee el periódico o discute en familia o en
la taberna, se encuentra pensando por Francia, en nombre de Francia. A partir de ese
momento, y hasta que vuelve a su vida privada, se olvida de las virtudes que de forma
más o menos vaga y abstracta le suscitan obligaciones. Cuando se ocupa de sí mismo,
o incluso de su familia, está más o menos admitido que uno no debe ensalzarse en
exceso, que hay que desconfiar de los propios juicios cuando se es a la vez juez y
parte, que hay que preguntarse si los demás no tienen parte de razón aun en contra de
uno mismo, que no hay que querer destacar demasiado, que no hay que pensar
exclusivamente en uno mismo; en una palabra: que hay que poner límites al egoísmo
y al orgullo. Pero en materia de egoísmo nacional, de orgullo nacional, no sólo existe
una licencia ilimitada sino que se impone el mayor grado posible de egoísmo y de
orgullo por algo parecido a una obligación. Las atenciones para con los demás, el
reconocimiento de los propios errores, la modestia, la limitación voluntaria de los
deseos, se convierten en crímenes, en sacrilegios. De las muchas palabras sublimes
que el Libro de los Muertos pone en boca del justo después de la muerte, las más
conmovedoras quizá sean éstas: «Nunca me hice el sordo a las palabras justas y
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verdaderas». Sin embargo, en el plano internacional, todo el mundo considera un
deber sagrado hacerse el sordo a las palabras justas y verdaderas si son contrarias al
interés de Francia. O se admite que las palabras contrarias al interés de Francia no
pueden ser justas ni verdaderas, lo que vendría a ser lo mismo.
Hay faltas contra el buen gusto que la buena educación, ya que no la moral,
impide cometer en la vida privada, y que parecen absolutamente naturales en el plano
nacional. Hasta las más odiosas presidentas de congregación vacilarían en reunir a
sus protegidos para exponerles en un discurso la grandeza de los favores concedidos
y el reconocimiento que se les debe a cambio. Sin embargo, un gobernador francés de
Indochina no duda lo más mínimo en emplear ese mismo lenguaje en nombre de
Francia, incluso tras los actos represivos más atroces o las más escandalosas
hambrunas, y espera, impone, respuestas adecuadas.
Es una costumbre heredada de los romanos. Éstos jamás cometían crueldades ni
otorgaban favores sin proclamar en ambos casos su generosidad y su clemencia.
Nadie que fuera a pedirles cualquier cosa, incluido el mero alivio de la más horrible
opresión, era recibido si no se presentaba con elogios idénticos. Así, al imponerle la
mentira y la adulación, deshonraron la súplica, honrosa antes de ellos. En La Ilíada,
jamás un troyano arrodillado ante un griego e implorando por su vida introduce en su
lenguaje el menor matiz de adulación.
Nuestro patriotismo procede directamente de los romanos. Por eso se anima a los
franceses a inspirarse en Corneille. Se trata de una virtud pagana, si estas dos
palabras son compatibles. Cuando se aplica a Roma, el término de pagano adquiere
legítimamente el significado cargado de horror que le atribuían los primeros
polemistas cristianos. Ciertamente era un pueblo ateo e idólatra; pero no de estatuas
de piedra o de bronce, sino de sí mismo. Y nos ha legado esa idolatría bajo el nombre
de patriotismo.
La doble moral es un escándalo mucho mayor si en vez de tener ante los ojos la
moral laica, se piensa en la virtud cristiana, de la cual la moral laica es, por lo demás,
una mera edición para un público amplio, una solución diluida. La esencia, el sabor
específico de la virtud cristiana, consiste en la humildad, en el movimiento
libremente consentido hacia abajo. Por ella los santos se asemejan a Cristo.
«Teniendo la condición de Dios, no pretendió igualarse con ÉL. se vació… Aun
siendo el Hijo, lo que sufrió le enseñó la obediencia».
Sin embargo, según la concepción actual, cuando un francés piensa en Francia, el
orgullo es para él un deber; la humildad constituiría una traición. Esa traición es lo
que se reprocha con tanta amargura al gobierno de Vichy. Y con razón, pues su
humildad es de mala calidad: es la del esclavo que miente y adula para librarse de los
golpes. Pero en ese ámbito una humildad de buena calidad es algo desconocido entre
nosotros. Ni siquiera concebimos su posibilidad, para la cual necesitaríamos realizar
un esfuerzo de invención enorme.
En un alma cristiana, la virtud pagana del patriotismo actúa como disolvente.
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Pasó de Roma a nuestras manos sin ser bautizada. Suscita extrañeza que los bárbaros,
o los así llamados, se bautizaran sin apenas dificultad en la época de las invasiones y
que la herencia de la Roma antigua nunca fuera en cambio bautizada; pero es que no
podía serlo, pese a que el Imperio romano hiciera del cristianismo una religión de
Estado.
Por otro lado sería difícil imaginar una injuria mayor. Y respecto de los bárbaros,
no es extraño que los godos abrazaran el cristianismo si, como creían sus coetáneos,
eran de la familia de los getes, los más justos de los tracios, que Herodoto llamaba
inmortalizadores a causa de la intensidad de su fe en la vida eterna. El legado de los
bárbaros se fundió con el espíritu cristiano para formar ese producto único,
inimitable, perfectamente homogéneo, que conocemos como el espíritu de caballería.
En cambio, nunca hubo fusión entre el espíritu de Roma y el de Cristo. De haber sido
posible tal fusión, el Apocalipsis habría mentido al representar a Roma como la mujer
sentada sobre la bestia, la mujer llena de nombres blasfemos.
El Renacimiento consistió primeramente en una resurrección del genio griego y,
en segundo lugar, del romano. Sólo en su segunda etapa actuó como disolvente del
cristianismo. En ella surgió la forma moderna de la nacionalidad, del patriotismo.
Corneille acertó al dedicar su Horace a Richelieu y al hacerlo en términos en que la
bajeza es tan delirante que casi resulta trágica. Tal bajeza y tal orgullo son
inseparables, como puede verse hoy claramente en Alemania. Corneille constituye un
excelente ejemplo de la asfixia que sufre la virtud cristiana en su contacto con el
espíritu romano. Su Polyeucte nos parecería cómico si no estuviésemos deformados
por la costumbre. Bajo la pluma de Corneille, Polyeucte es un hombre que de repente
cae en la cuenta de que hay un territorio mucho más glorioso de conquistar que los
reinos terrestres, y una técnica particular para lograrlo; inmediatamente se dispone a
partir para tal conquista sin tener en cuenta nada más, y con la misma actitud con que
antes guerreaba al servicio del emperador. Se dice que Alejandro lloraba por no tener
otra cosa que conquistar que el globo terráqueo. Corneille creyó que Cristo había
venido a la tierra para colmar esa laguna.
Si en tiempo de paz el patriotismo actúa invisiblemente como un disolvente de la
virtud, tanto cristiana como laica, en tiempo de guerra sucede lo contrario, y es muy
natural que así ocurra. Cuando hay dualidad moral siempre resulta dañada la virtud
exigida por las circunstancias. La tendencia a la facilidad da ventaja, naturalmente, al
tipo de virtud que de hecho no tiene razón de ser: a la moral de guerra en tiempo de
paz, a la moral de paz en tiempo de guerra.
En tiempo de paz, a la justicia y la verdad, debido a la clausura estanca que las
separa del patriotismo, se las degrada a la categoría de virtudes exclusivamente
privadas, como por ejemplo la cortesía; pero cuando la patria exige el sacrificio
supremo, esa misma separación priva al patriotismo de la plena legitimidad, lo único
capaz de suscitar el esfuerzo total.
Cuando se ha adquirido el hábito de considerar como un bien absoluto y libre de
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dudas el proceso durante el cual Francia devoró y digirió tantos territorios, ¿cómo no
ha de infiltrarse en un rincón del alma una propaganda inspirada en la misma idea,
pero en la que se sustituye el nombre de Francia por el de Europa? El patriotismo
actual consiste en una ecuación entre un bien absoluto y una colectividad
correspondiente a un espacio territorial, a saber Francia; cualquiera que cambie el
término territorial de la ecuación, ya colocando una unidad más pequeña, como
Bretaña, ya otra más grande, como Europa, es visto como un traidor. ¿Por qué? Eso
es totalmente arbitrario. La costumbre nos impide darnos cuenta de hasta qué punto
lo es. Sin embargo, en el momento supremo, esa arbitrariedad da pie al fabricante
interior de sofismas.
Los colaboracionistas actuales tienen respecto de la nueva Europa que surgiría de
la victoria alemana la misma actitud que se exige a los provenzales, a los bretones, a
los alsacianos, a las gentes del Franco Condado, respecto de la conquista de su país
por el rey de Francia en el pasado. ¿Por qué épocas diferentes modifican el bien y el
mal? Entre 1918 y 1919 a menudo se oía decir a las buenas gentes que esperaban la
paz: «Antaño había guerra entre provincias, luego se unieron formando naciones. Del
mismo modo, las naciones se unirán en continentes; después, en el mundo entero; y
ése será el fin de las guerras». Era un lugar común muy extendido; procedía de ese
razonamiento por extrapolación tan frecuente en el siglo XIX y aun en el nuestro. Las
buenas gentes que así hablaban conocían a grandes rasgos la historia de Francia, pero
en el momento de decir eso no paraban mientes en que la unidad nacional se había
realizado casi exclusivamente a través de las más brutales guerras de conquista. Y si
lo recordaron en 1939, también se acordaron de que tales conquistas siempre se les
habían aparecido como un bien. Cuán sorprendente que al menos una parte de su
alma se preguntara: «Por el progreso, para la realización de la Historia, quizá haya
que pasar por eso». Tal vez se respondieron: «Francia obtuvo la victoria en 1918,
pero no pudo llevar a cabo la unidad de Europa; ahora lo intenta Alemania: no la
entorpezcamos». Cierto es que las crueldades del sistema alemán debieran haberles
desanimado. Pero quizá no tenían noticia de ellas, o las creían invención de la
propaganda mentirosa, o las juzgaban de poca importancia por haberlas cometido con
pueblos inferiores. ¿Es más difícil ignorar las crueldades de los alemanes con los
judíos o los checos que las de los franceses con los annamitas?
Péguy[*] decía que felices los muertos en una guerra justa. De ello debe inferirse
que quienes los matan injustamente son desdichados. Si los soldados franceses de
1914 murieron en una guerra justa, entonces igual ocurrió, por lo menos en el mismo
grado, con Vercingetórix. Si se piensa así, ¿qué sentir hacia el hombre que lo tuvo
seis años encadenado en un calabozo completamente oscuro para después exponerlo
en espectáculo a los romanos y hacerlo degollar? Pero Péguy era un ferviente
admirador del Imperio romano. Y si se admira al Imperio romano, ¿por qué tenerle
rencor a Alemania, que intenta reconstruirlo en un territorio aun más vasto y con
métodos casi idénticos? Tal contradicción no impidió a Péguy morir en 1914. Pero
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esa contradicción, aunque no formulada ni reconocida, es lo que impidió a muchos
jóvenes ir al frente en 1940 con el mismo estado de ánimo que Péguy.
O la conquista es siempre un mal; o es siempre un bien; o es ya un bien, ya un
mal. En este último caso hace falta un criterio de discriminación. Proponer como
criterio que la conquista constituye un bien cuando acreciente la nación a la que se
pertenece por el azar del nacimiento, y un mal siempre que la disminuye, es algo tan
contrario a razón que sólo puede ser aceptable para gentes que, habiendo tomado
partido de una vez por todas, se han despedido de la razón, como es el caso de
Alemania. Alemania puede hacerlo, sin embargo, pues tiene una tradición romántica.
Francia, en cambio, no, ya que la adscripción a la razón forma parte de su patrimonio
nacional. Una parte de los franceses puede declararse hostil al cristianismo; pero
tanto antes como después de 1789 todos los movimientos de pensamiento surgidos en
este país han proclamado su carácter racional. Francia no puede sacrificar la razón en
nombre de la patria.
Por ello Francia, pese a haber inventado el patriotismo moderno en el siglo XVIII,
se siente tan incómoda en el suyo. No se debe creer que la llamada vocación
universal de Francia haga a los franceses más fácil que a otros pueblos conciliar el
patriotismo con los valores universales. Antes al contrario, a los franceses les es más
difícil, pues no les resulta posible suprimir el segundo término de la contradicción ni
separar los dos términos en compartimentos estancos. La contradicción está en el
interior mismo de su patriotismo; por eso están obligados a inventar uno nuevo. Si lo
hacen, desempeñarán la que de alguna manera ha sido la función de Francia en el
pasado, a saber: pensar en lo que necesita el mundo. El mundo necesita en este
momento un patriotismo nuevo. Y ese esfuerzo de invención debe hacerse ahora,
cuando tanta sangre se está derramando por causa del patriotismo. No hay que
esperar a que vuelva a ser algo de lo que se habla en los salones, en las Academias o
en las terrazas de los cafés.
Es fácil decir, como Lamartine: «Mi patria está allí donde brilla Francia… Mi
país es la verdad». Desgraciadamente, ello tendría sentido sólo si Francia y verdad
fueran términos equivalentes. Pero ha ocurrido ya, sigue ocurriendo, y ocurrirá, que
Francia mienta y sea injusta; pues Francia no es Dios: entre Dios y Francia hay una
gran distancia. Sólo Cristo ha podido afirmar: «Yo soy la verdad». A nada más sobre
la tierra le está permitido decirlo; ni a hombres ni a colectividades, pero mucho
menos a éstas. Pues es posible que un hombre alcance un grado tal de santidad que ya
no sea él, sino Cristo quien viva en él. Por el contrario, ninguna nación es santa.
Antiguamente hubo una nación que se creyó santa, lo que le resultó muy mal; y al
respecto resulta muy extraño pensar que en esa nación los resistentes eran los fariseos
y los colaboracionistas los publicanos, y recordar cuáles eran las relaciones de Cristo
con unos y con otros.
Ello parece obligarnos a pensar que nuestra resistencia constituiría una posición
espiritualmente peligrosa, e incluso perjudicial, si entre los móviles que la animan no
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sabemos situar en sus justos límites el móvil patriótico. Es el mismo peligro que
expresan, en el lenguaje extremadamente vulgar de nuestra época, quienes dicen
temer, sinceramente o no, que este movimiento derive en el fascismo; pues éste va
siempre unido a determinada variedad de sentimiento patriótico.
Salvo que se mienta, la vocación universal de Francia no puede ser evocada con
orgullo sin más. Si se miente, se la traiciona en los mismos términos por los que se la
evoca; si no se falta a la verdad, hay que combinar siempre la vergüenza con el
orgullo, pues en todos los ejemplos históricos que puedan proponerse existe algo
entorpecedor. En el siglo XIII, Francia era un foco para la cristiandad entera. Pero a
principios de ese mismo siglo destruyó para siempre una civilización naciente de gran
esplendor al sur del Loira; y durante esa operación militar, y en conexión con ella, se
instauró por primera vez la Inquisición. Ésa es una mancha importante. Fue en el
siglo XIII cuando se sustituyó el románico por el gótico, el canto gregoriano por la
música polifónica, y, en teología, la inspiración platónica por las construcciones
derivadas de Aristóteles; desde ese momento puede ponerse en duda que la influencia
francesa en ese siglo haya constituido un progreso. En el siglo XVII, Francia volvió a
brillar en Europa. Pero el prestigio militar unido a ello se logró por métodos
inconfesables, al menos para quienes aman la justicia. Por lo demás, la concepción
francesa clásica produjo obras maravillosas en lengua francesa y ejerció a la vez una
influencia destructiva en el extranjero. En 1789, Francia se convirtió en la esperanza
de los pueblos. Pero tres años después partió para la guerra y, tras las primeras
victorias, sustituyó las expediciones de liberación por las de conquista. Sin Inglaterra,
Rusia y España acaso hubiera impuesto en Europa una unidad casi tan asfixiante
como la preludiada hoy por Alemania. En la segunda mitad del siglo pasado, cuando
se paró mientes en que Europa no era el mundo y que había otros continentes en el
planeta, Francia volvió a aspirar nuevamente a una misión universal. Pero sólo llegó a
fabricar un imperio colonial imitado del británico y, en el corazón de buen número de
hombres de color, su nombre está ligado a sentimientos en los que resulta intolerable
pensar.
Así, la contradicción inherente al patriotismo francés se muestra también a lo
largo de su historia. De ello no se debe concluir que, por haber vivido tanto tiempo en
esa contradicción, Francia pueda seguir igual. En primer lugar, cuando se admite una
contradicción es vergonzoso tolerarla. Por otro lado, Francia ha estado a punto de
morir debido a una crisis de su patriotismo. Todo conduce a creer que estaría muerta
si el patriotismo inglés no fuese, felizmente, de calidad más sólida. Pero no se le
puede transportar a Francia. Es nuestro patriotismo el que hay que rehacer. Y eso es
aún asunto pendiente. Vuelve a mostrar signos de vitalidad porque los soldados
alemanes en nuestro país son agentes propagandísticos incomparables del patriotismo
francés, pero no permanecerán siempre aquí.
En ello hay una responsabilidad terrible. Pues se trata de rehacer el alma de un
país; y constituye una tentación tan fuerte hacerlo a golpe de mentiras o de verdades
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parciales que es necesario algo más que heroísmo para consagrarse a la verdad.
La crisis del patriotismo ha sido doble. Sirviéndose del vocabulario político,
puede decirse que ha habido una crisis en la izquierda y otra en la derecha.
En la derecha, la separación de patriotismo y moral, junto a otras causas, había
desacreditado completamente toda moralidad entre la juventud burguesa y el
patriotismo apenas si tenía más prestigio. El espíritu de las palabras «la política ante
todo» había llegado mucho más lejos que la propia influencia de Maurras. Pero esa
consigna expresa un absurdo, pues la política sólo es una técnica, una compilación de
procedimientos. Es como si alguien dijera: «la mecánica ante todo». La pregunta que
se plantea inmediatamente es la siguiente: ¿política con vistas a qué? Richelieu
respondería: para la grandeza del Estado. ¿Y por qué para este fin y no otro? Esto no
tiene respuesta.
Es la pregunta que no hay que formular. La política llamada realista, transmitida
de Richelieu a Maurras no sin haberse deteriorado en el camino, sólo tiene sentido
cuando no se le hace esa pregunta. Hay una condición simple para no hacerla.
Cuando el mendigo dijo a Talleyrand: «señor, es muy necesario que yo viva», éste
respondió: «no veo la necesidad». Pero el mendigo la veía claramente. Igualmente,
Luis XIV veía claramente la necesidad de que se sirviera al Estado con una
abnegación total, porque el Estado era él. Richelieu sólo pensaba en ser su primer
servidor; sin embargo, en cierto sentido, poseía el Estado y por eso se identificaba
con él. La concepción política de Richelieu sólo tiene sentido para quienes individual
o colectivamente se sienten dueños de su país o capaces de llegar a serlo.
Desde 1924, la juventud burguesa ya no podía creer que Francia fuera de su
propiedad. Los obreros hacían demasiado ruido. Por otra parte, padecía ese
agotamiento misterioso que se abatió sobre Francia después de 1918, y cuyas causas
eran sin duda en gran parte físicas. Sea el alcoholismo, el estado nervioso de los
padres al echar al mundo y criar a esa juventud, o cualquier otra cosa, lo cierto es que
la juventud francesa muestra desde hace tiempo evidentes signos de fatiga. La
alemana de 1932, aun cuando los poderes públicos no se ocupaban de ella, era de una
vitalidad incomparablemente mayor, pese a las duras y prolongadas privaciones que
hubo de pasar.
Esa fatiga impidió a la juventud burguesa de Francia sentirse con capacidad para
adueñarse del país. Desde entonces, a la pregunta «¿política con vistas a qué?», se
imponía la respuesta siguiente: «para ser instalados por otros en el poder de este
país». Por otros, es decir, por el extranjero. Nada había en el sistema moral de esos
jóvenes que pudiese impedir tal deseo. El choque de 1936 hizo que entrara en ellos a
una profundidad irreparable. Nadie les hizo ningún daño, pero pasaron miedo: fueron
humillados —crimen imperdonable a sus ojos— por aquellos a quienes veían como
inferiores. En 1937 la prensa italiana citó un artículo publicado en una revista de
estudiantes francesa en que una joven expresaba su deseo de que Mussolini
encontrara tiempo, entre sus muchas ocupaciones, para venir a restablecer el orden en
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nuestro país.
Por poco simpáticos que sean estos ambientes, y por criminal que haya sido su
actitud, se trata de seres humanos, y de seres humanos desdichados. En relación a
ellos, el problema se plantea en los siguientes términos: ¿cómo reconciliarles con
Francia sin entregársela?
En la izquierda, sobre todo entre los obreros y los intelectuales que están de su
lado, hay dos corrientes completamente distintas, que a veces, aunque no siempre,
coexisten en el mismo ser. La primera es la nacida de la tradición obrera francesa, que
se remonta claramente al siglo XVIII, cuando tantos trabajadores leían a Rousseau,
aunque quizá llegue soterradamente hasta los primeros movimientos de liberación de
las comunas. Los inspirados únicamente en esta corriente se consagran por entero al
pensamiento de la justicia. Por desgracia, eso es hoy bastante raro en los obreros y
extremadamente raro entre los intelectuales.
Gente de esta clase la hay en todos los ambientes llamados de izquierda:
cristianos, sindicalistas, anarquistas, socialistas, y particularmente entre los obreros
comunistas, ya que su propaganda habla mucho de la justicia. En ello sigue las
enseñanzas de Lenin y de Marx, por extraño que pueda parecer a quienes no se han
adentrado en los pliegues de su doctrina.
Todos estos hombres son profundamente internacionalistas en tiempo de paz
porque saben que la justicia no tiene nacionalidad. También, mientras no haya
derrota, suelen serlo en tiempo de guerra. Pero cuando su país es humillado surge en
lo más profundo de su corazón un patriotismo perfectamente sólido y puro. Éstos se
reconciliarán permanentemente con la patria si se les propone una concepción del
patriotismo que esté subordinado a la justicia.
La otra corriente es una réplica de la actitud burguesa. El marxismo, al ofrecer a
los obreros la certeza pretendidamente científica de que en breve serán soberanos del
globo terrestre, ha suscitado un imperialismo obrero muy parecido a los
imperialismos nacionales. Rusia ha aportado una apariencia de verificación
experimental de ello, y además se confía en que se hará cargo de la parte más difícil
de la acción que conducirá a la caída del poder.
Para los seres moralmente exiliados e inmigrados, en contacto sobre todo con el
lado represivo del Estado, que por una tradición secular están en los confines de las
categorías sociales, objeto de caza de la policía y que son tratados como tales siempre
que el Estado se inclina por la reacción, hay en todo esto una tentación irresistible.
Un Estado soberano, grande, poderoso, que gobierna un territorio mucho mayor que
su país, les dice: «Yo os pertenezco, soy vuestro bien, vuestra propiedad. Sólo existo
para ayudaros, y muy pronto os haré dueños absolutos de vuestro país».
Por su parte rechazar esa proposición sería casi tan fácil como rechazar un vaso
de agua cuando no se ha bebido en dos días. Algunos de ellos, que hubieron de
realizar un gran esfuerzo sobre sí mismos para lograrlo, se debilitaron de tal modo en
ese esfuerzo que sucumbieron sin combate ante las primeras presiones de Alemania.
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Otros sólo resisten en apariencia, aunque en realidad simplemente se mantienen
aparte, por miedo de los riesgos que entraña la acción a la que uno se compromete
desde el momento de su adhesión. Ésos, numerosos o no, nunca constituyen una
fuerza.
Fuera de Rusia, la URSS es ciertamente la patria de los obreros. Para percibirlo
no había más que ver los ojos de los obreros franceses cuando leían en los kioskos de
prensa los titulares que anunciaban las primeras derrotas rusas. No era la idea de las
repercusiones que tendrían en las relaciones franco-alemanas lo que ponía la
desesperanza en sus ojos, pues las derrotas inglesas nunca les afectaron de ese modo.
Sentían la amenaza de perder algo más que Francia. Su estado de ánimo era más o
menos el que habrían tenido los primeros cristianos si alguien les hubiese aportado
pruebas materiales de que la resurrección de Cristo era sólo una ficción. En general
hay sin duda gran semejanza entre el estado de ánimo de los primeros cristianos y el
de muchos obreros comunistas. También ellos esperan una catástrofe próxima,
terrestre, que instaure de una vez para siempre aquí abajo el bien absoluto y su propia
gloria al mismo tiempo. El martirio era más fácil para los primeros cristianos que
para los de los siglos posteriores, e infinitamente más fácil que para las gentes del
entorno de Cristo, para quienes había sido imposible en el momento supremo. Del
mismo modo, el sacrificio es hoy más fácil para un comunista que para un cristiano.
Al ser la URSS un Estado, su patriotismo contiene las mismas contradicciones
que cualquier otro. Pero no debilita de la misma forma. Al contrario. La existencia de
una contradicción, cuando es percibida aunque sea sordamente, corroe el sentimiento;
cuando no lo es, el sentimiento se vuelve más intenso ya que se beneficia al mismo
tiempo de móviles incompatibles. Así, la URSS tiene todo el prestigio de un Estado,
de la fría brutalidad que impregna la política de un Estado, sobre todo totalitario, al
tiempo que todo el prestigio de la justicia. Que no se perciba la contradicción se debe
por una parte a su lejanía y por otra a que promete todo el poder a quienes le aman.
Una esperanza así no atenúa la necesidad de justicia, pero la vuelve ciega. Como
cualquiera se cree capaz de justicia, cualquiera cree también que un sistema en el que
tuviera poder sería bastante justo. Es la tentación que el demonio impuso a Cristo.
Los hombres sucumben a ella continuamente.
Aunque estos obreros, llenos de imperialismo obrero, sean muy diferentes de los
jóvenes burgueses fascistas y constituyan una variedad humana más bella, se plantea
respecto a ellos un problema análogo. ¿Cómo hacer que amen suficientemente a su
país sin entregárselo? No se les puede entregar, ni siquiera concederles una posición
privilegiada; se cometería con ello una injusticia escandalosa con respecto al resto de
la población, particularmente con los campesinos.
La actitud actual de estos obreros para con Alemania no debe cegarnos acerca de
la gravedad del problema. Alemania es enemiga de la URSS. Antes de serlo, ya había
agitación entre ellos, aunque es una necesidad vital del partido comunista mantener
siempre la agitación. Esa agitación se dirigía «contra el fascismo alemán y el
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imperialismo inglés». De Francia no se decía nada.
Por otro lado, durante un año decisivo, del verano de 1939 al verano de 1940, la
influencia comunista en Francia fue enteramente contraria al país. No será fácil
conseguir que esos obreros vuelvan su corazón hacia él.
En el resto de la población la crisis del patriotismo no fue tan aguda; no llegó a
consistir en renegar del país en favor de otra cosa, sino que simplemente se extinguió.
Entre los campesinos ello fue debido sin duda a la sensación de no contar más que
como carne de cañón para intereses ajenos a los suyos; entre los pequeño-burgueses,
la extinción del patriotismo fue debida sobre todo al aburrimiento.
A todas las causas particulares de desafección se añadió una más general que es
como el reverso de la idolatría. El Estado había dejado de ser, bajo el nombre de
nación o de patria, un bien infinito, esto es, un bien al que servir con abnegación. Por
el contrario, se había convertido a ojos de todos en un bien de consumo ilimitado.
Una vez desaparecida la idolatría, el absoluto unido a ella se mantuvo, aunque
adoptando esta nueva forma. El Estado parecía un cuerno de abundancia inagotable
que distribuía riqueza proporcionalmente a las presiones que se dejaban sentir sobre
él. Y se le reprochaba no dar más, de modo que parecía negar todo lo que no daba.
Cuando pedía algo, parecía una exigencia paradójica. Cuando imponía algo, se
trataba de una coerción intolerable. La actitud de la gente para con el Estado no era
como la de los hijos con los padres, sino como la de unos niños con unos adultos a
los que no aman ni temen; piden sin cesar, pero no quieren obedecer.
¿Cómo pasar de golpe de esa actitud al sacrificio sin límites exigido por la
guerra? Pues incluso durante la guerra los franceses han creído que el Estado tenía la
victoria encerrada en alguno de sus cofres, junto a otros tesoros que no se molestaba
en sacar. Se hizo de todo para estimular esa opinión, como muestra el eslogan:
«Venceremos porque somos los más fuertes».
La victoria liberará un país en el que todo el mundo habrá estado ocupado casi
exclusivamente en desobedecer por razones más o menos elevadas. Se ha escuchado
la radio de Londres, se han leído y distribuido papeles prohibidos, se han hecho viajes
de contrabando, ocultado trigo, trabajado lo peor posible, comprado y vendido en el
mercado negro, y todo ello ha sido motivo de vanagloria entre los amigos y en
familia. ¿Cómo hacer comprender a la gente que se acabó, que en lo sucesivo habrá
que obedecer?
También se habrá pasado unos años soñando en el apaciguamiento. Son fantasías
de mendigos, en el sentido de que no se piensa más que en recibir beneficios sin
contrapartida alguna. En realidad los poderes públicos asegurarán la distribución;
¿cómo evitar en ese caso que tal actitud de mendigo insolente, que ya antes de la
guerra era la de los ciudadanos con el Estado, se acentúe infinitamente? Si tomara por
objeto a un país extranjero, por ejemplo Norteamérica, el peligro sería mucho mayor.
Un segundo sueño muy extendido es el de matar. Pero no matar en nombre de
elevados motivos, sino de forma ruin, sin riesgos. Ya sea que el Estado sucumba al
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contagio de ese terrorismo difuso, como es de temer, ya que intente limitarlo, en
ambos casos el lado represivo y policial del Estado, tan odiado y despreciado
tradicionalmente en Francia, estará en primer plano.
El gobierno que surja en Francia tras la liberación del territorio deberá enfrentarse
al triple peligro causado por la afición a la sangre, el complejo de mendicidad y la
incapacidad de obedecer.
Remedio para ello no hay más que uno: dar a los franceses algo que amar. En
primer lugar, darles a amar Francia: concebir la realidad correspondiente a su nombre
de tal manera que pueda ser amada tal cual es, en su verdad, con toda el alma.
El centro de la contradicción inherente al patriotismo consiste en que la patria es
algo limitado cuyas exigencias son ilimitadas. En los momentos de peligro extremo lo
exige todo. ¿Por qué darlo todo por algo limitado? Además, no dárselo todo en caso
de necesidad significa abandonarla enteramente, ya que no se puede garantizar su
conservación a un precio menor. En consecuencia, parece que nunca se acierta en lo
que se le debe, sea por exceso o por defecto; si se le da en exceso, por reacción se le
da más tarde tanto más en defecto.
La contradicción es sólo aparente. O, más exactamente, es real, pero contemplada
en su verdad se resuelve en una de esas contradicciones fundamentales de la situación
humana que hay que reconocer, aceptar y utilizar como escalera para elevarse por
encima de lo humano. En este universo las dimensiones de una obligación y de su
objeto nunca son iguales. La obligación es infinita, pero su objeto no. Tal
contradicción pesa en la vida cotidiana de todos los hombres sin excepción, incluso
en la de los incapaces de formularla siquiera confusamente. Cuantos procedimientos
han creído hallar los hombres para salir de ella son mentiras.
Uno de esos procedimientos consiste en admitir obligaciones sólo hacia lo que no
es de este mundo. Una variante de él la constituye la falsa mística, la falsa
contemplación. Otra, la práctica de obras buenas realizada con un determinado
espíritu, «por el amor de Dios», como suele decirse, sin que los desdichados
socorridos sean más que la materia de la acción, una ocasión anónima de manifestarle
benevolencia a Dios. En ambos casos hay mentira, pues «quien no ama a su hermano,
a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ve?». Sólo a través de las cosas y de
los seres de aquí abajo puede el amor humano penetrar en lo que habita detrás de
ellos.
Otro procedimiento consiste en admitir que aquí abajo hay uno o varios objetos
que contienen ese absoluto, ese infinito, esa perfección esencialmente unidas a la
obligación como tal. Es la mentira de la idolatría.
El tercer procedimiento consiste en negar toda obligación. No puede probarse el
error en el que así se incurre mediante una demostración geométrica, ya que la
obligación pertenece a un orden de certeza muy superior a aquél en el que habitan las
pruebas. En realidad, tal negación es imposible. Constituye un suicidio espiritual. Y
el hombre está hecho de tal modo que su muerte espiritual va acompañada de
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enfermedades psicológicas igualmente mortales. De hecho, el instinto de
conservación impide que el alma haga algo más que aproximarse a semejante estado;
e incluso así, le sobrecoge un tedio que la transforma en desierto. Casi siempre, o
mejor casi ciertamente siempre, quien niega toda obligación miente a los demás y se
miente a sí mismo; y en realidad lo sabe. No hay hombre que a veces no emita juicios
sobre el bien y el mal, aunque sólo sea para censurar a los demás.
Debemos aceptar la situación dada que nos somete a obligaciones absolutas para
con cosas relativas, limitadas e imperfectas. Para discernir cuáles son estas cosas y
cómo podemos cumplir las exigencias que nos imponen tan sólo hay que discernir
claramente en qué consiste su relación con el bien.
Por lo que hace a la patria, las nociones de arraigo y de medio vital bastan al
respecto. No es necesario que sean demostradas mediante pruebas, pues desde hace
algún tiempo su verificación se realiza experimentalmente. Así como hay medios de
cultivo de determinados animales microscópicos y terrenos indispensables para
ciertas plantas, de igual modo una cierta parte del alma de cada uno, y determinadas
formas de pensar y de actuar circulando de unos a otros, sólo pueden existir en el
medio nacional, y desaparecen cuando el país es destruido.
Hoy todos los franceses saben qué les ha faltado a partir del momento en que
Francia se hundió. Lo saben del mismo modo que saben lo que falta cuando no se
come. Saben que una parte de su alma está tan apegada a Francia que cuando se les
quita Francia esa parte de su alma queda pegada a ella, como la piel a un objeto
ardiendo, y les es arrancada también. Hay pues una cosa a la que está pegada el alma
de cada francés: la misma para todos, única, real pese a ser impalpable, pero tan real
como las cosas que se pueden tocar. A partir de este momento lo que amenaza a
Francia de destrucción —y en ciertas circunstancias una invasión constituye una
amenaza de destrucción— equivale a una amenaza de mutilación física de todos los
franceses, de sus hijos, de sus nietos y de su descendencia hasta perderse de vista. Y
es que hay pueblos que cuando son conquistados no se recuperan jamás.
Ello es suficiente para que la obligación hacia la patria se imponga como una
evidencia. Esa obligación coexiste con otras; por eso no obliga a darlo todo siempre
por la patria, sino a darlo todo alguna vez. Igual que un minero debe darlo todo en
determinadas ocasiones, como cuando ha habido un accidente en la mina y algunos
de sus compañeros están en peligro de muerte. Ello es de todos admitido y
reconocido. De la misma manera la obligación hacia la patria es del todo evidente
desde el momento que la patria es sentida concretamente como una realidad. La
realidad de Francia se ha hecho sensible a todos los franceses por su ausencia.
Sólo se ha osado negar el deber para con la patria negando la realidad de la patria.
El pacifismo radical según la doctrina de Gandhi no es una negación de esa
obligación, sino un método particular de cumplirla. Que se sepa, dicho método nunca
ha sido aplicado; en particular, no lo ha sido por Gandhi, que es demasiado realista.
Si se hubiera empleado en Francia los franceses no habrían opuesto arma alguna al
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invasor, pero no habrían consentido hacer nada en ámbito alguno para ayudar al
ejército ocupante; por el contrario, habrían hecho todo lo posible para obstaculizarlo,
persistiendo indefinida e inflexiblemente en esa actitud. Claro que habrían muerto en
número mucho mayor y más dolorosamente. Es la imitación de la pasión de Cristo a
escala nacional.
Si una nación en su conjunto estuviese lo bastante próxima a la perfección como
para proponerle imitar la pasión de Cristo, ciertamente que valdría la pena. Podría
desaparecer, pero su desaparición sería infinitamente preferible a la supervivencia
más gloriosa. Ninguna lo está, sin embargo. Y muy probablemente, casi con toda
certeza, no pueda estarlo. Únicamente el alma, en lo más secreto de su soledad, es
capaz de orientarse hacia una perfección así.
Pero si hay hombres cuya vocación sea testimoniar tal perfección imposible, los
poderes públicos están obligados a autorizarles, a facilitarles los medios. Inglaterra
reconoce la objeción de conciencia.
Pero no basta. Para esas personas habría que idear algo que sin constituir una
participación directa o indirecta en las operaciones estratégicas supusiera una
presencia en la guerra propiamente dicha; y una presencia mucho más penosa y
peligrosa que la de los mismos soldados.
Sería el único remedio a los inconvenientes de la propaganda pacifista. Pues
permitiría, sin injusticia alguna, deshonrar a quienes profesando un pacifismo integral
o casi integral rehusaran un testimonio de esa naturaleza. El pacifismo sólo puede ser
perjudicial cuando se crea confusión entre dos repugnancias: la repugnancia a matar y
la repugnancia a morir. La primera es honrosa, aunque muy débil; la segunda
inconfesable, pero muy fuerte; su mezcla forma un móvil de gran energía y no
inhibido por la vergüenza pero en el que únicamente actúa la segunda. A los
pacifistas franceses de los últimos años les repugnaba morir, pero en absoluto matar;
de lo contrario no se habrían precipitado a la colaboración con Alemania en julio de
1940. Los pocos de entre ellos con auténtica aversión a matar fueron tristemente
engañados.
Si se separan ambas repugnancias se elimina todo inconveniente. La influencia de
la aversión a matar no es peligrosa; en primer lugar, es buena, pues procede del bien;
por otro lado, es débil, y desgraciadamente no hay ninguna posibilidad de que deje de
serlo. En relación a los débiles ante la muerte, conviene que sean objeto de
compasión, pues todo ser humano, si no está fanatizado, es en determinados
momentos susceptible de tal debilidad; no obstante, si hacen de su debilidad una
opinión a propagar, se convierten en criminales, y entonces es necesario y fácil
deshonrarlos.
Al definir a la patria como un determinado medio vital se evitan las
contradicciones y mentiras que corroen al patriotismo. Es un determinado medio
vital, pero hay otros. Ha sido producido por una maraña de causas donde se mezclan
el bien y el mal, lo justo y lo injusto; y, como consecuencia de ello, no es el mejor
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medio posible. Quizá se ha constituido a expensas de otra combinación más rica en
efluvios vitales, y en caso de que así fuera sería legítimo lamentarse; pero los
acontecimientos pasados, pasados están; un medio existe, y tal cual es debe
preservarse como un tesoro a causa del bien que contiene.
Las poblaciones conquistadas por los soldados del rey de Francia han padecido un
mal en muchos casos. Pero en el transcurso de los siglos han crecido tantos vínculos
orgánicos que recurrir a un remedio quirúrgico no hará más que añadir a ese mal otro
mal nuevo. El pasado sólo puede repararse parcialmente, y únicamente a través de
una vida local y regional alentada sin reservas por los poderes públicos en el marco
de la nación francesa. La desaparición de la nación francesa, por otro lado, lejos de
reparar el daño causado por la conquista pasada, lo renovaría con una gravedad
considerablemente mayor; si hace algunos siglos esas poblaciones sufrieron una
pérdida de su vitalidad como consecuencia de las armas francesas, una nueva herida
infligida por las armas alemanas acabaría de matarlas moralmente. Únicamente en
ese sentido resulta acertado el lugar común según el cual no hay incompatibilidad
entre el amor de la patria chica y el de la grande. Así, una persona de Toulouse puede
lamentar apasionadamente que su ciudad se hiciera antaño francesa, que se
destruyeran tantas maravillosas iglesias románicas para erigir en su lugar un mediocre
gótico de importación, que la Inquisición pusiera fin a la expansión espiritual, y
prometerse más apasionadamente todavía que jamás aceptará que su ciudad se haga
alemana.
Lo mismo con el exterior. Si a la patria se la considera un medio vital, sólo debe
ser sustraída a las influencias externas en la medida necesaria para que siga siéndolo,
y no en términos absolutos. El Estado ya no es por derecho divino el dueño absoluto
de los territorios que tiene a su cargo; una autoridad razonable y limitada en estos
territorios, que emanase de organismos internacionales y tuviese por objeto
problemas esenciales cuyos datos fuesen asimismo internacionales, dejaría de
aparecer como un crimen de lesa majestad. Igualmente podrían crearse ambientes
para la circulación de ideas más vastos que Francia y que la englobasen, o bien que
enlazasen ciertos territorios franceses con otros no franceses. ¿No sería natural, por
ejemplo, que en un determinado ámbito la Bretaña, el País de Gales, Cornualles e
Irlanda se sintieran partes de un mismo ambiente?
Cuanto más apego se les tiene a esos medios no nacionales, tanto más desea
conservarse la libertad nacional, pues tales relaciones por encima de las fronteras no
se cumplen para las poblaciones esclavizadas. Así, por ejemplo, los intercambios de
cultura entre países mediterráneos fueron incomparablemente más intensos y vivos
antes de la conquista romana que después, momento en que aquéllos, reducidos al
miserable estado de provincias, cayeron en una sombría uniformidad. Sólo hay
intercambio cuando cada uno conserva su genio propio, y ello no es posible sin
libertad.
De manera general, aunque se reconozca un gran número de medios portadores de
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vida, y siendo la patria sólo uno entre ellos, cuando ésta se halla en peligro de
desaparición las obligaciones implicadas por la fidelidad a todos esos medios
convergen en la obligación única de socorrer a la patria. Pues los miembros de una
población sometida a un Estado extranjero están privados de todos los medios a la
vez, no sólo del nacional. Consiguientemente, cuando una nación se encuentra en tal
grado de peligro la obligación militar se convierte en la expresión única de todas las
fidelidades de aquí abajo. Ello también vale para los objetores de conciencia, si se
hace el esfuerzo de buscarles un equivalente al acto de guerra.
Una vez admitido esto, de ello deberían resultar ciertas modificaciones en la
manera de considerar la guerra cuando hubiese peligro para la nación. En primer
lugar, la distinción entre militares y civiles, que ya casi ha borrado la presión de los
hechos, debe ser abolida completamente. Pues en gran parte fue lo que provocó la
reacción posterior a 1918. Mientras no se haya alejado el peligro cada individuo de la
población debe al país la totalidad de sus fuerzas, de sus recursos y hasta de su vida.
Es de desear que los sufrimientos y los riesgos se repartan entre todas las categorías
de la población, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, acomodados y no acomodados,
en la medida de las posibilidades técnicas e incluso un poco más allá de esto. El
honor está tan vinculado al cumplimiento de esa obligación y la coacción externa es
tan contraria al honor, que a quienes lo deseasen se les debería autorizar a sustraerse a
ella; se les castigaría con la pérdida de la nacionalidad, además de o bien la expulsión
con prohibición de regresar jamás al país o bien la imposición de humillaciones
permanentes como marca pública de su deshonor.
Resulta chocante que las faltas al honor se castiguen del mismo modo que el robo
o el asesinato. Quienes no quieran defender su patria no deben perder ni la vida ni la
libertad, sino pura y simplemente la patria.
Si el estado del país es tal que eso fuera un castigo insignificante para muchos,
entonces también carece de eficacia el código militar. No podemos ignorarlo.
Si en determinados momentos la obligación militar engloba todas las fidelidades
terrenas, paralelamente el Estado tiene en todo momento el deber de preservar
cualesquiera ámbitos de dentro o de fuera del territorio donde una parte pequeña o
grande de la población obtiene vida para el alma.
El más evidente deber del Estado consiste en velar eficaz y permanentemente por
la seguridad del territorio nacional. Seguridad no significa ausencia de peligro, pues
en este mundo siempre hay peligro, sino una posibilidad razonable de salir adelante
en caso de crisis. Pero ése tan sólo es el más elemental de los deberes del Estado. No
hará nada si únicamente se dedica a él, pues limitándose exclusivamente a dicho
deber no hay posibilidad alguna de cumplirlo.
También tiene la obligación de hacer de la patria, en la mayor medida posible,
una realidad. En 1939 para muchos franceses no lo era. Volvió a serlo por la
privación. Debe seguir siéndolo en la posesión, pero para ello es necesario que
realmente sea portadora de vida: tierra donde echar raíces. Y también que sea un
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marco que favorezca la participación y la fidelidad hacia todos los demás medios.
Hoy los franceses, al tiempo que han recuperado el sentimiento de la realidad de
Francia, son mucho más conscientes que antaño de las diferencias locales. La
partición en trozos de Francia, la censura de la correspondencia que limita a un
pequeño territorio los intercambios de ideas, sirven para algo; y, paradójicamente, el
intercambio forzado de la población también ha contribuido mucho. Hoy se tiene más
acusadamente que antes el sentimiento de ser bretón, lorenés, provenzal o parisino.
Hay en él un matiz hostil que debe ser suprimido, como también urge acabar con la
xenofobia. Sin embargo, en sí mismo, tal sentimiento no ha de ser desalentado sino
todo lo contrario. Resultaría desastroso declararlo hostil al patriotismo. En medio de
la miseria, del desconcierto, de la soledad, del desarraigo en que se hallan los
franceses, todas las fidelidades, todos los vínculos deben ser conservados como
tesoros infinitamente raros y preciosos, cuidándolos como si de plantas enfermas se
tratara.
No importa que el gobierno de Vichy haya proclamado una doctrina regionalista.
Su único error consiste en no haberla aplicado. Antes que volver del revés todas sus
consignas, hemos de mantener muchas de las ideas lanzadas por la propaganda de la
Revolución Nacional, aunque convirtiéndolas en verdades.
Por otro lado, en su aislamiento, los franceses han caído en la cuenta de que
Francia es pequeña; de que confinado en su interior uno se asfixia; de que hace falta
algo más. La idea de Europa, de la unidad europea, contribuyó en gran medida al
éxito de la propagan da colaboracionista en los primeros tiempos. También ese
sentimiento debería ser alentado. Sería desastroso oponerlo a la patria.
Por último, habría que estimular la creación de ambientes intelectuales que no
constituyesen engranajes de la vida pública; pues únicamente a condición de que así
sea no se convertirán en cadáveres. Es lo que ocurre a los sindicatos cuando no tienen
responsabilidades cotidianas en la organización económica. Es también el caso de los
ambientes cristianos, protestantes o católicos, y particularmente de organizaciones
como la JOC; sin embargo, por poco que el Estado cediera a veleidades clericales, las
mataría de seguro. Así pasó con los colectivos surgidos tras la derrota: oficiales,
como los Chantiers de Jeunesse o Compagnons[*], o clandestinos, como los grupos de
resistencia. Los primeros, a pesar de su carácter oficial, aún conservan algo de vida
debido a una concurrencia excepcional de circunstancias; no obstante, si mantuvieran
dicho carácter, morirían. Los segundos nacieron de la lucha contra el Estado; si se les
confiriera una existencia oficial en la vida pública, se los arruinaría moralmente.
Por otra parte, los medios de este tipo, cuando están al margen de la vida pública,
dejan de existir. Es necesario, pues, que ni formen parte ni estén tampoco al margen
de ella. Una medida en tal sentido podría ser, por ejemplo, que el Estado designase
frecuentemente a personas de esos medios para misiones especiales a título temporal.
Aunque sería preciso, por un lado, que el Estado llevase a cabo la elección de esas
personas, y, por otro, que sus camaradas hallasen en ello un motivo de orgullo. Tal
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medida podría institucionalizarse.
Abundando en lo anterior, aun cuando intenten impedirse los odios, deben
alentarse las diferencias. Jamás la efervescencia de ideas podrá perjudicar a un país
como el nuestro. Por el contrario, lo que resulta mortal para él es la inercia mental.
El deber estatal de asegurar al pueblo algo que sea realmente una patria no puede
ser condición para la obligación militar de la población en caso de peligro nacional.
Pues aunque el Estado falte a su cometido, aunque la patria se marchite, mientras
subsista la independencia nacional hay esperanza de resurrección; si se observa con
atención el pasado de todos los países pueden advertirse, en épocas a veces próximas,
hundimientos y resurgimientos harto sorprendentes. Pero si el país es sojuzgado por
las armas extranjeras no hay nada que esperar, salvo en el caso de una rápida
liberación. Sólo por conservar la esperanza, aun cuando no haya nada más, vale la
pena morir.
Así, aunque la patria sea un hecho y, como tal, sujeto a condiciones externas, a
circunstancias casuales, no por ello es menos incondicionada la obligación de
socorrerla en caso de peligro. Aunque es evidente que la población lo hará tanto más
apasionadamente cuanto más sentida sea la realidad de la patria.
Así definida, la noción de patria es incompatible con la concepción actual de la
historia del país, con la concepción actual de la grandeza nacional, y, sobre todo, con
la manera en que se habla actualmente del Imperio.
Francia tiene un Imperio, y consiguientemente, cualquiera que sea la posición de
principio que se adopte al respecto, de ello se derivan problemas fácticos que son
muy complejos y muy distintos según las localidades. Pero no hay que mezclado
todo. Ante todo se plantea una cuestión de principios; e incluso algo menos preciso
aún, una cuestión de sentimientos. En general, ¿tiene un francés motivos para sentirse
dichoso de que Francia tenga un Imperio, para pensar y hablar de él con alegría, con
orgullo, con el tono de un propietario legítimo?
Sí, si es un patriota a la manera de Richelieu, Luis XIV o Maurras. No si la
inspiración cristiana y el pensamiento de 1789 están indisolublemente ligados a la
substancia misma de su patriotismo. En rigor, cualquier otra nación tenía derecho a
forjar un Imperio, pero no Francia; y ello por la misma razón que la soberanía
temporal del papa apareció como un escándalo a ojos de la cristiandad. Cuando,
como hizo Francia en 1789, se asume la función de pensar por el universo, de definir
por él la justicia, uno no se hace propietario de carne humana. Aunque fuera cierto
que de no haberlo hecho nosotros otros se habrían adueñado de esos desgraciados y
les habrían tratado peor aún, ello no es un motivo legítimo; en conjunto, el mal
resultante habría sido menor. Los motivos de este tipo son casi siempre siniestros. Un
cura no se hace regente de una casa de citas porque piense que un chulo tratará peor a
las mujeres. Francia no tenía por qué perderse el respeto a sí misma por compasión.
Cosa que, por otra parte, no hizo. Nadie osaría afirmar seriamente que esas
poblaciones fueran conquistadas para impedir que otras naciones las maltratasen.
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Tanto menos cuanto que en gran medida fue Francia la que en el siglo XIX tomó la
iniciativa de volver a poner de moda las aventuras coloniales.
Entre los que sojuzgó, algunos lamentan muy vivamente lo escandaloso de que
haya sido ella la que hiciera esto; su rencor hacia nosotros lo agrava una especie de
estupefacción y de terriblemente dolorosa amargura.
Posiblemente Francia esté hoy obligada a escoger entre el apego a su Imperio y la
necesidad de recuperar el alma. O, más en general, entre un alma y la concepción
romana, corneliana, de grandeza.
Como escoja mal, como la impulsemos a escoger mal —lo que es harto probable
—, no tendrá ni una cosa ni la otra, sino sólo la más horrible desgracia, que padecerá
sorprendida sin que nadie pueda discernir su causa. Y cuantos son capaces de hablar,
de manejar una pluma, tendrán para siempre la responsabilidad de ese crimen.
Bernanos lo ha comprendido y ha dicho que el hitlerismo supone el retorno de la
Roma pagana. Pero ¿acaso se olvidó, o nos hemos olvidado, de la influencia que ha
tenido en nuestra historia, en nuestra cultura y todavía hoy en nuestras ideas? Si por
horror a una forma de mal determinada tomamos la terrible decisión de hacer la
guerra con todas las atrocidades que implica, ¿se nos perdonará que hagamos en
nuestra propia alma una guerra menos despiadada a esta forma de mal? Si la grandeza
de tipo corneliano nos seduce por el prestigio del heroísmo, también puede
seducirnos Alemania, ya que sus soldados son ciertamente «héroes». En la actual
confusión de ideas y de sentimientos en torno al concepto de patria, ¿tenemos alguna
garantía de que el sacrificio de un soldado francés en África responda a una
inspiración más pura que el de un soldado alemán en Rusia? No, ninguna. Si no
comprendemos la terrible responsabilidad que resulta de ello no podemos sentirnos
inocentes en medio de este desenfreno de crímenes a través del mundo.
Si hay algo por lo que haga falta despreciarlo todo por amor de la verdad, es eso.
Se nos llama a todos en nombre de la patria. ¿Qué somos? ¿Qué desprecio no
mereceremos si al pensar en la patria hay el menor rastro de mentira?
Pero si no son los sentimientos de tipo corneliano los que animen nuestro
patriotismo, ¿por qué móvil los sustituiremos?
Hay uno no menos enérgico, absolutamente puro y que responde por completo a
las circunstancias actuales: la compasión por la patria. Tiene un glorioso precedente.
Juana de Arco decía sentir lástima del reino de Francia.
Pero aun puede alegarse una autoridad infinitamente mayor. En el Evangelio no
hay rastro alguno de que Cristo sintiera por Jerusalén y Judea algo parecido al amor,
sino sólo el amor que contiene la compasión. Nunca mostró por su país otro tipo de
afecto. Sin embargo mostró compasión más de una vez. Al prever, como era fácil en
esa época, la destrucción que pronto se abatiría sobre su ciudad, lloró por ella. O le
habló como a una persona: «Jerusalén, Jerusalén, cuántas veces quise…». Aun
cargando con la cruz le testimonió su compasión.
Que nadie piense que la compasión por la patria no contiene energía guerrera.
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Enardeció a los cartagineses en una de las más portentosas hazañas de su historia.
Tras ser vencidos y casi aniquilados por Escipión el Africano, sufrieron durante
cincuenta años un proceso de desmoralización respecto del cual la capitulación de
Francia en Múnich apenas si tiene importancia. Quedaron expuestos sin recursos a
todas las injurias de los númidas y, después de renunciar por un tratado a la libertad
de emprender la guerra, en vano imploraron a Roma permiso para defenderse.
Cuando finalmente lo hicieron sin autorización, su ejército fue exterminado. Tuvieron
entonces que pedir perdón a los romanos. Aceptaron entregar trescientos niños nobles
y todas sus armas. Luego sus delegados recibieron la orden de evacuar total y
definitivamente la ciudad para que fuese arrasada. Los legados prorrumpieron en
gritos de indignación y luego en lágrimas. «Llamaban a su patria por el nombre y,
hablándole como a una persona, le decían las cosas más desgarradoras». Después
rogaron a los romanos que, si lo que querían era hacerles daño, exterminasen a toda la
población, pero preservasen la ciudad, las piedras, los monumentos y los templos, a
los que nada se podía reprochar; añadieron que eso sería menos vergonzoso para los
romanos y harto preferible para el pueblo de Cartago. Al mantenerse inflexibles los
romanos, la ciudad, aun sin recursos, se sublevó, y Escipión el Africano, a la cabeza
de un gran ejército, tardó tres años en tomarla y destruirla.
Ese sentimiento de punzante ternura por una cosa bella, preciosa, frágil y
perecedera, tiene un calor distinto al de la grandeza nacional. La energía de la que
procede es muy intensa y perfectamente pura. ¿Acaso un hombre no es capaz de
heroísmo para proteger a sus hijos o a sus padres ancianos, los cuales no se asocian
comúnmente al prestigio de la grandeza? Un amor perfectamente puro hacia la patria
tiene afinidades con los sentimientos que le inspiran a un hombre sus hijos, sus
padres ya mayores o una mujer amada. La idea de la debilidad puede inflamar el
amor tanto como la de la fuerza, pero se trata de una llama con una muy distinta
pureza. La compasión por la fragilidad va siempre unida al amor de la auténtica
belleza, pues sentimos vivamente que las cosas verdaderamente bellas deberían tener
asegurada, y no la tienen, una existencia eterna.
Se puede amar a Francia por la gloria que parece asegurarle una existencia
desplegada a lo largo del tiempo y el espacio. O como a algo que, por ser terreno,
puede ser destruido, y cuyo valor es por ello tanto mayor.
Son dos amores distintos; quizá, probablemente, incompatibles, aunque el
lenguaje los confunda. Aquellos cuyo corazón está modelado para sentir el segundo
pueden, por la fuerza de la costumbre, emplear un lenguaje apropiado únicamente
para el primero.
Sólo el segundo amor es legítimo para un cristiano, pues sólo él tiene el color de
la humildad cristiana. Sólo éste corresponde a esa clase de amor que puede recibir el
nombre de caridad. Que nadie piense que tal amor únicamente puede tener como
objeto un país desdichado.
La dicha es objeto de compasión con el mismo derecho que la desgracia, porque
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es terrena, esto es: incompleta, frágil y pasajera. Por otra parte, en la vida de un país
siempre hay un cierto grado de desgracia.
Que nadie piense tampoco que tal amor ignoraría o desdeñaría la grandeza
auténtica y pura que hay en el pasado, en el presente y en las aspiraciones de Francia.
Muy al contrario. La compasión es tanto más tierna y tanto más punzante cuanto
mayor sea el bien discernible en el ser que constituye su objeto; además, la
compasión predispone a discernir el bien. Cuando un cristiano se representa a Cristo
en la cruz, la compasión por él no queda disminuida por la idea de la perfección, ni
tampoco lo contrario. Pero, por otro lado, ese amor puede abrir los ojos, sin disimulos
ni reticencias, a las injusticias, las crueldades, los errores, las mentiras, los crímenes y
las vergüenzas contenidas en el pasado, el presente y los apetitos del país sin verse
disminuido por ello; simplemente, se ha tornado más doloroso. Para la compasión el
crimen mismo es una razón no ya para el alejamiento sino para la aproximación; para
compartir no ya la culpabilidad sino la vergüenza. Los crímenes humanos no han
disminuido la compasión de Cristo. Así, la compasión abre los ojos al bien y al mal, y
halla en ambos razones para amar. Es el único amor verdadero y justo de aquí abajo.
En este momento es también el único amor adecuado para los franceses. Si los
acontecimientos que acabamos de atravesar no bastan para advertirnos de que ha de
cambiar nuestra manera de amar a la patria, ¿qué podrá aleccionarnos? ¿Puede haber
algo que despierte más la atención que un mazazo en la cabeza?
La compasión por la patria es el único sentimiento que no suena a falso en este
momento; que es apropiado al estado en que se hallan las almas y la carne de los
franceses; el único que tiene a la vez la humildad y la dignidad adecuadas en la
desdicha, y también la simplicidad que ésta exige por encima de todo. Evocar en este
momento la grandeza histórica de Francia, sus glorias pasadas y futuras, el esplendor
que ha rodeado su existencia, no es posible sin una especie de rigidez interior que da
al tono un no sé qué de forzado. Nada parecido al orgullo conviene a los desdichados.
Para los franceses que sufren, evocar la grandeza entra en la categoría de las
compensaciones. La búsqueda de compensaciones en la desgracia constituye un mal.
Esa evocación, de repetirse demasiado a menudo, de convertirse en la única fuente de
consuelo, puede causar un daño ilimitado. Los franceses están hambrientos de
grandeza. Pero a los desdichados no es la grandeza romana lo que les hace falta; o les
parece burla, o les emponzoña el alma, como ocurrió en Alemania.
La compasión por Francia no constituye una compensación, sino una
espiritualización de los sufrimientos padecidos; es capaz de transfigurar incluso los
sufrimientos más carnales, como el hambre y el frío. Quien pase frío y hambre y esté
tentado de sentir lástima de sí mismo puede, en lugar de eso, y a través de su propia
carne aterida dirigir su lástima hacia Francia; entonces el frío y la sangre harán entrar
el amor de Francia por medio de la carne hasta el fondo del alma. Y tal compasión
puede franquear sin problemas las fronteras, extenderse a todos los países
desdichados, a todos los países sin excepción; pues todas las poblaciones humanas
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están sometidas a las miserias de nuestra condición. Mientras que el orgullo de la
grandeza nacional es por naturaleza excluyente e intransferible, la compasión es por
naturaleza universal; únicamente es más virtual para las cosas lejanas y extranjeras y
más real, más carnal, más cargada de sangre, de lágrimas y de energía eficaz para las
cosas próximas.
El orgullo nacional está lejos de la vida cotidiana. En Francia sólo puede hallar
expresión en la resistencia; sin embargo, muchos no tienen ocasión de participar
efectivamente en ella o no le dedican todo su tiempo. La compasión por Francia
constituye un móvil cuando menos tan enérgico como él para la acción de resistencia,
pero además puede expresarse cotidiana e ininterrumpidamente en cualquier ocasión,
incluso en las más corrientes, por un acento de fraternidad en las relaciones entre
franceses. La fraternidad germina fácilmente en la compasión por una desgracia que,
aun imponiendo a cada uno su porción de sufrimiento, pone en peligro algo mucho
más precioso que el bienestar de cada cual. El orgullo nacional, ya sea en la
prosperidad, ya en la desgracia, es incapaz de suscitar una fraternidad real, cálida.
Entre los romanos no la hubo. Ignoraban los sentimientos de ternura.
Un patriotismo inspirado en la compasión confiere a la parte más pobre del
pueblo un lugar moral privilegiado. La grandeza nacional sólo constituye un
estimulante para las capas sociales inferiores en los momentos en que cada uno puede
esperar, al tiempo que la gloria del país, una porción personal en esa gloria tan grande
como desee. Así sucedió en los comienzos del reinado de Napoleón. Cualquier
muchacho de Francia, de cualquier suburbio, tenía derecho a albergar en su corazón
cualquier sueño respecto a su futuro; ninguna ambición era demasiado grande como
para llegar a ser absurda. Se sabía que no todas las ambiciones se cumplirían, pero
cada una en particular tenía posibilidades de cumplirse, y muchas podían cumplirse
parcialmente. Un singular documento de la época afirma que la popularidad de
Napoleón se debía menos a la devoción de los franceses por su persona que a las
posibilidades de ascenso, de hacer carrera, que les ofrecía. Ése es exactamente el
sentimiento que aparece en El Rojo y el Negro. Los románticos fueron niños
contrariados por no tener ante ellos perspectivas de ascenso social ilimitado.
Persiguieron la gloria literaria como un sustitutivo de esas perspectivas.
Pero ese estímulo sólo se da en momentos de desorden. Y no puede decirse que
vaya dirigido al pueblo como tal; pues todo hombre que lo experimenta sueña con
salir del pueblo, con abandonar el anonimato que define a la condición popular. Esa
ambición, cuando está ampliamente extendida, es consecuencia de un estado social
turbado y causa de desórdenes mayores, pues la estabilidad social supone un
obstáculo para ella. Aunque constituya un estímulo, no puede decirse que sea cosa
sana ni para el alma ni para el país. Es posible que tal estímulo ocupe un lugar
importante en el actual movimiento de resistencia; pues, por cuanto respecta al futuro
de Francia, se acepta fácilmente la ilusión, y, en cuanto al porvenir personal,
cualquiera que haya dado muestras de su valor en la adversidad puede esperar lo que
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sea en el estado de revolución latente que vive el país. Ahora bien: si es así, se trata
de un peligro terrible de cara al período de reconstrucción, por lo que urge dar con
otro estímulo.
En tiempos de estabilidad social, cuando —salvo excepción— quienes se hallan
en el anonimato permanecen más o menos en él y ni siquiera sueñan con
abandonarlo, el pueblo no puede sentirse a gusto en un patriotismo fundamentado en
el orgullo y la gloria. Se siente tan extraño como en los salones de Versalles, que, por
otro lado, constituyen su expresión. La gloria es lo contrario del anonimato. Si a las
glorias militares se añaden las literarias, las científicas y demás, seguirá sintiéndose
extraño. Saber que algunos de esos gloriosos franceses surgieron del pueblo no le
aportará ningún consuelo en período de estabilidad; pues, por surgir de él, dejaron de
pertenecer a él.
Por el contrario, si la patria se les presenta como algo bello, precioso, pero por un
lado imperfecto y por otro muy frágil, expuesto a la desgracia, que hay que amar y
preservar, se sentirá más próximo a ella que el resto de clases sociales. Pues el pueblo
tiene el monopolio de un conocimiento, quizá el más importante: el conocimiento de
la realidad de la desgracia. Por ello comprende mucho más vivamente cuán preciosas
son las cosas que merecen ser sustraídas a la desgracia, cuán obligado está cada uno a
amarlas, a protegerlas. El melodrama refleja ese estado de la sensibilidad popular. Por
qué sea una forma literaria tan mala es algo que valdría la pena estudiar. Pero pese a
ser un falso género, en cierto sentido está muy próximo a la realidad.
Si se estableciera entre la patria y el pueblo una relación así, el pueblo ya no
sentiría sus propios sufrimientos como crímenes de la patria hacia él sino como males
sufridos por la patria en él. La diferencia es inmensa. Aunque desde otro punto de
vista es pequeña, y bastaría poca cosa para salvarla. Pero poca cosa que procede de
otro mundo. Ello implica una disociación entre la patria y el Estado, sólo posible si es
abolida la grandeza de tipo corneliano. Pero se iría a la anarquía si, en compensación,
el Estado no hallase medio de conseguir por sí mismo que aumentara el respeto hacia
él.
Para ello no debe retornar a las viejas modalidades de la vida parlamentaria y de
la lucha de partidos. Lo más importante quizá sea la refundación total de la policía.
Sería interesante estudiar a este respecto la policía inglesa. En todo caso, cabe esperar
que la liberación del territorio conlleve la liquidación del personal de policía, salvo
quienes hayan actuado personalmente contra el enemigo. En su lugar habrá que
colocar a hombres que gocen de consideración pública; pero como desgraciadamente
hoy en día la fuente principal de tal consideración son el dinero y los títulos, habrá
que exigir ya a partir de los agentes e inspectores un grado de instrucción harto
elevado, superior a los títulos más serios, y retribuirles ampliamente. Asimismo, si
persiste en Francia la moda de las grandes Écoles —lo que acaso no sea deseable—
será necesaria una para la policía a la que se acceda por concurso. Cierto que se trata
de procedimientos toscos, pero es indispensable hacer algo así. Además, y aún más
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importante, es necesario que categorías sociales tales como las prostitutas y los ex-
presidiarios dejen de tener existencia oficial como ganado para diversión de la policía
y como proveedores de víctimas y de cómplices a la vez; pues el contacto deshonra a
las dos partes, resultando de ello una doble contaminación. Es preciso que ambas
categorías queden jurídicamente abolidas.
Asimismo, el delito de falta de probidad hacia el Estado por parte de los hombres
públicos debe ser castigado efectivamente con más severidad que el robo a mano
armada.
En su función administrativa, el Estado ha de aparecer como el intendente de los
bienes de la patria; un intendente mejor o peor del que razonablemente debe esperarse
que en general sea más malo que bueno, pues su cometido es difícil y realizado en
condiciones moralmente adversas. La obediencia no es menos obligatoria, pero no
porque el Estado tenga un derecho a mandar, sino porque es indispensable para la
conservación y la tranquilidad de la patria. Hay que obedecer al Estado, sea el que
sea, a la manera de niños afectuosos que por amor a sus padres obedecen a una niñera
mediocre a quienes los hubieran confiado aquéllos durante un viaje. Si el Estado no
es mediocre, tanto mejor; por otra parte, es necesario que se ejerza la presión de la
opinión pública como estímulo para inducirle a salir de la mediocridad; ahora bien,
sea o no mediocre, el deber de obediencia es el mismo.
Ni que decir tiene que no es ilimitado, aunque no puede tener otro límite que la
rebelión de la conciencia. No es válido ningún otro criterio para establecer sus
límites; incluso es imposible que cada uno se señale el propio de una vez por todas.
Cuando se siente que no se puede seguir obedeciendo, se desobedece. En todo caso,
una condición necesaria, aunque no suficiente, para poder desobedecer sin cometer
un delito es la de verse empujado por una obligación tan imperiosa que haya que
despreciar todos los riesgos sin excepción. Si uno se siente inclinado a desobedecer,
pero no lo hace por la magnitud del peligro en que incurriría haciéndolo, comete una
falta imperdonable, según el caso, bien por haber pensado en desobedecer o bien por
no haberlo hecho. Por lo demás, siempre que no se está rigurosamente obligado a
desobedecer, se está rigurosamente obligado a obedecer. Un país no puede tener
libertad si no se admite que la desobediencia a las autoridades públicas, cuando no
procede de un sentimiento imperioso del deber, deshonra más que el robo. Dicho de
otra forma: el orden público debe ser tenido por más sagrado que la propiedad
privada. Los poderes públicos pueden difundir ese modo de ver a través de la
enseñanza y de otras medidas oportunas que se trataría de inventar.
Pero sólo la compasión por la patria, la angustiosa y tierna preocupación por
evitarte la desgracia, puede darle a la paz, y particularmente a la paz civil, lo que la
guerra civil o exterior tiene desgraciadamente por sí misma: algo entusiasmante,
conmovedor, poético, sagrado. Sólo esa compasión puede hacernos recuperar el
sentimiento perdido tanto tiempo ha —y, por otro lado, tan raramente experimentado
a lo largo de nuestra historia— que expresaba Théophile[5] en aquel hermoso verso:
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«La santa majestad de las leyes».
El momento en que escribió ese verso quizá fue el último en que tal sentimiento
fuera profundamente experimentado en Francia. Luego vino Richelieu, después la
Fronda, Luis XIV y todo lo demás. Vanamente intentó Montesquieu, por medio de un
libro, hacerlo penetrar de nuevo en el pueblo. Los hombres de 1789 lo invocaron,
pero no lo tenían en el fondo de su corazón o de lo contrario el país no se habría
deslizado tan fácilmente hacia la guerra civil y exterior a la vez.
Desde entonces, incluso nuestra lengua se ha vuelto inadecuada para expresarlo.
No obstante, ése es el sentimiento —o su réplica más incolora— que se intenta
evocar cuando se habla de legitimidad. Pero nombrar un sentimiento no es
procedimiento suficiente para suscitarlo. Ésa es una verdad fundamental que
olvidamos con frecuencia.
¿Por qué engañarse? En 1939, antes de la guerra, bajo el régimen de los decretos-
ley, la legitimidad republicana brillaba por su ausencia. Se había ido como la
juventud de Villon —«qui son partement m’a celé»—, sin hacer ruido, sin avisar, y
sin que nadie hiciera gesto alguno ni dijera una palabra por retenerla. En cuanto al
sentimiento de legitimidad, estaba del todo muerto. Que ahora reaparezca en el
pensamiento de los exiliados, que ocupe un lugar, junto a otros sentimientos
realmente incompatibles con él, en los sueños de curación de un pueblo enfermo, no
significa nada o casi nada. Si era nulo en 1939, ¿cómo podría volver a ser eficaz
inmediatamente después de años de desobediencia sistemática?
Por otra parte, la Constitución de 1875 no puede volver a ser un fundamento de la
legitimidad tras haberse ido a pique en 1940 en medio de la indiferencia o el
menosprecio general, tras haber sido abandonada por el pueblo de Francia. Pues el
pueblo francés la abandonó. Ni los grupos de resistencia ni los franceses de Londres
pueden hacer nada. Si se dejó oír una sombra de pesar, ésta no procedía de una parte
del pueblo, sino de los parlamentarios, en quienes su profesión mantenía vivo cierto
interés por las instituciones republicanas muertas en cualquier otra parte. Por otro
lado, apenas tiene importancia que mucho después haya vuelto a reaparecer un poco.
Hoy el hambre confiere a la III República[*] toda la poesía de una época en la que
había pan. Pero es una poesía fugaz, pues al mismo tiempo el sinsabor experimentado
durante años y que alcanzó su grado extremo en 1940 persiste aún. (Además, a la III
República se la ha condenado en un texto dimanante oficialmente de Londres; a partir
de este momento difícilmente puede ser tomada como fundamento de legitimidad.)
No obstante es cierto que a medida que desaparezcan las cosas de Vichy, mientras
no surjan instituciones revolucionarias y tal vez comunistas se producirá un retorno
de las estructuras de la III República. Aunque sea simplemente porque se creará un
vacío y algo será necesario. Pero eso será necesidad; no legitimidad. A algo así no le
corresponde fidelidad alguna en el pueblo, sino una triste resignación. Por el
contrario, 1789 despierta ecos muy profundos; pero responden sólo a una inspiración,
no a unas instituciones determinadas.
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Puesto que en nuestra historia reciente se ha producido una ruptura de la
continuidad, la legitimidad ya no puede tener un carácter histórico: debe proceder de
la fuente eterna de toda legitimidad. Es necesario que las personas que se propongan
para gobernar al país admitan públicamente ciertas obligaciones correspondientes a
las aspiraciones esenciales del pueblo, eternamente inscritas en el fondo de las almas.
Es necesario también que el pueblo confíe en su palabra y en su capacidad y obtenga
los medios de atestiguarlo; y, por último, es necesario que el pueblo sienta que al
aceptar a los gobernantes se compromete a obedecerles.
La obediencia del pueblo a los poderes públicos, por ser una necesidad de la
patria, constituye una obligación sagrada y les da a los poderes públicos mismos, por
constituir su objeto, el mismo carácter sagrado. Esto no es una idolatría hacia el
Estado propia de un patriotismo a la romana sino lo contrario. El Estado no es
sagrado a la manera de un ídolo, sino como los objetos del culto, como la piedra del
altar, el agua del bautismo o cualquier otra cosa semejante. De todos es sabido que se
trata únicamente de materia. Pero de materia vista como sagrada porque sirve a un
objeto sagrado. Ése es el tipo de majestad que conviene al Estado.
Si no se sabe insuflar al pueblo de Francia una inspiración así, sólo habrá
alternativa entre el desorden y la idolatría. Ésta puede adoptar la forma comunista.
Probablemente así será. También puede adoptar la forma nacional. Verosímilmente
tendrá por objeto la pareja tan característica de nuestra época constituida por un
hombre aclamado como jefe y la máquina de acero del Estado. La publicidad puede
fabricar tales jefes; pero si las circunstancias conducen a tal función a un hombre de
auténtica valía inmediatamente se convertirá en prisionero de su papel de ídolo.
Dicho en lenguaje moderno, la ausencia de una inspiración pura no dejará al pueblo
francés otras posibilidades que el desorden, el comunismo o el fascismo.
Algunos hay, por ejemplo en América, que se preguntan si los franceses de
Londres no se inclinarán hacia el fascismo. Está muy mal plantear la cuestión. Por sí
mismas, las intenciones tienen muy poca importancia, salvo cuando se encaminan
directamente al mal, pues para el mal siempre hay recursos al alcance de la mano.
Pero las buenas intenciones sólo tienen valor unidas a los recursos correspondientes.
San Pedro no tenía en modo alguno intención de negar a Cristo; pero lo hizo porque
no disponía de la gracia que le hubiera permitido abstenerse. Además, la energía y el
tono categórico empleados para afirmar la intención contraria contribuyeron a
privarle de dicha gracia. Es un ejemplo que vale la pena meditar en todas las pruebas
a que nos somete la vida.
El problema consiste en saber si los franceses de Londres disponen de los medios
necesarios para impedir que el pueblo de Francia sucumba al fascismo, al tiempo de
retenerle en su caída en el comunismo o el desorden. No siendo el fascismo, el
comunismo y el desorden más que expresiones apenas distintas, equivalentes, de un
mal único, se trata de saber si tienen remedio para él.
Si no lo tienen, su razón de ser, la conservación de Francia en la guerra, se agota
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por completo con la victoria, que en este caso debe volverlos a sumir en la multitud
de sus compatriotas. Si lo poseen, deben empezar a aplicarlo en gran medida y
eficazmente antes de la victoria. Pues un tratamiento semejante no puede iniciarse en
medio de los trastornos nerviosos que acompañarán en cada individuo y en las masas
a la liberación del país. Menos aún podrá iniciarse cuando los nervios estén calmados,
si es que tal calma llega algún día; sería demasiado tarde y ni siquiera constituiría ya
un tratamiento.
Lo importante no es que afirmen ante el extranjero su derecho a gobernar Francia;
de la misma forma que para un médico lo importante no es afirmar su derecho a curar
a un enfermo. Lo esencial es haber establecido un diagnóstico, concebido una terapia,
escogido los medicamentos y verificado que estén a disposición del enfermo. Cuando
un médico es capaz de todo ello —no sin riesgo de error, aunque con razonables
probabilidades de acierto—, entonces, si se le quiere impedir desempeñar su función
para poner en su lugar a un charlatán, tiene el deber de oponerse con todas sus
fuerzas. Pero si en un lugar sin médicos varios ignorantes se agitan alrededor de un
enfermo cuyo estado exige los cuidados más precisos e ilustrados, ¿qué importa en
manos de cuál de ellos se halle si ha de morir o salvarse únicamente por azar? En tal
caso es preferible que esté en manos de quienes le aman. Pues éstos no le impondrán
el sufrimiento de una batalla devastadora en su cabecera salvo que se sepan en
posesión de un método que lo pueda salvar.
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TERCERA PARTE[1]
—ECHAR RAÍCES—
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El problema de hallar un método que permita dotar de inspiración a todo un
pueblo es enteramente nuevo. Platón, en el Político y en otros lugares, hizo alusiones
sueltas al asunto, y sin duda había enseñanzas al respecto en el saber secreto de la
Antigüedad pre-romana, un saber que ha desaparecido por completo. Tal vez hubo
quien se ocupara todavía de este problema y de otros parecidos en los ambientes de
los Templarios y de los primeros francmasones. Montesquieu —salvo error mío— lo
ignoró. Rousseau, que tenía una penetrante inteligencia, admitió claramente la
existencia del problema pero no fue mucho más allá de eso. No parece que los
hombres de 1789 barruntaran siquiera su existencia. Y en 1793, sin que nadie se
hubiera molestado en plantear el asunto y menos todavía en estudiarlo, se
improvisaron soluciones a toda prisa: las fiestas del Ser supremo, las de la Diosa
Razón. Resultaron ridículas, odiosas. En el siglo XIX el nivel de las inteligencias
había caído muy por debajo del ámbito en que se plantean semejantes cuestiones.
En nuestro propio tiempo se ha estudiado y se ha profundizado en el problema de
la propaganda. Hitler, en particular, ha aportado al respecto una contribución duradera
al patrimonio del pensamiento humano. Pero se trata de un problema completamente
distinto. La propaganda no va encaminada a suscitar una inspiración: la propaganda
cierra, clausura, todos los orificios por los que la inspiración pudiera surgir; llena de
fanatismo el alma entera. Los procedimientos propagandísticos no son adecuados
para un objetivo que es todo lo contrario de ése. Y no se trata de adoptar los
procedimientos opuestos: la relación de causalidad no es tan simple.
Tampoco hay que pensar que la inspiración de un pueblo es un misterio reservado
únicamente a Dios, y que, por consiguiente, escapa a cualquier método. El grado
supremo y perfecto de la contemplación mística es algo infinitamente más misterioso
que eso, y no obstante san Juan de la Cruz ha escrito unos tratados sobre el modo de
alcanzarla que, por su precisión científica, superan a todo lo escrito por los psicólogos
o pedagogos de nuestra época. Si creyó que su deber era escribirlos, sin duda tenía
razón, pues era competente; la belleza de su obra es un indicio suficientemente
evidente de autenticidad. A decir verdad, desde una indeterminada antigüedad, muy
anterior al cristianismo, hasta la segunda mitad del Renacimiento, siempre se admitió
universalmente que existe un método para todo lo que tiene que ver con el bien del
alma y respecto de las cosas espirituales. El dominio cada vez más metódico que los
hombres ejercen sobre la materia desde el siglo XVI les ha inducido a creer, por
contraste, que las cosas del alma son o bien arbitrarias o bien están abandonadas a
una magia, a la eficacia inmediata de las intenciones y de las palabras.
No es así. En la creación todo está sometido a un método, incluidos los puntos de
intersección entre este mundo y el otro. Eso es lo que señala la palabra Logos, que
más que palabra quiere decir relación. Simplemente, el método es distinto cuando es
distinto el ámbito. A medida que se asciende crece en rigor y en precisión. Muy
extraño sería que el orden de las cosas materiales reflejara mejor la sabiduría divina
que el orden de las cosas del alma. Lo cierto es lo contrario.
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Para nosotros resulta penoso que este problema, sobre el cual —salvo error— no
hay nada que pueda guiarnos, sea precisamente el problema que hoy tenemos que
resolver urgentemente, corriendo el riesgo no tanto de desaparecer como de no haber
existido jamás.
Además, si Platón, por ejemplo, hubiera formulado al respecto una solución
general, para salir adelante estudiarla no nos bastaría, pues estamos ante una situación
respecto de la cual de poco nos sirve la historia. No nos habla de ningún país que se
haya encontrado en una situación parecida siquiera de lejos a la situación en que
podrá hallarse Francia en caso de derrota alemana. Y, por otra parte, ignoramos
incluso cómo será esa situación. Sólo sabemos que carecerá de precedentes. Así,
incluso si supiéramos cómo se insufla una inspiración a un país, no por eso sabríamos
el modo de proceder en lo que respecta a Francia.
Por otra parte, puesto que se trata de un problema práctico, conocer una solución
general no es indispensable para un caso particular. Cuando una máquina se para, un
obrero, un encargado de taller o un ingeniero pueden hallar un procedimiento para
volver a ponerla en marcha sin tener un conocimiento general acerca de la reparación
de máquinas. En un caso así lo primero que se hace es mirar la máquina. Sin
embargo, para mirarla útilmente hay que tener en la cabeza la noción de las
relaciones mecánicas.
Análogamente, mirando día a día la cambiante situación de Francia, hay que tener
en la cabeza la noción de la acción pública como modo de educación del país.
Haber entendido esta noción, haber puesto atención en ella y haberla
comprendido tampoco basta: hay que instalarla permanentemente en el alma, de
modo que esté presente en ella incluso cuando la atención se vuelve hacia otro
asunto.
El esfuerzo que hay que hacer es tanto mayor cuanto que se trata de una reflexión
enteramente nueva para nosotros. Desde el Renacimiento la actividad pública jamás
se ha contemplado desde este punto de vista, sino sólo como un medio para establecer
una forma de poder considerada deseable desde tal o cual perspectiva.
La educación —tenga por objeto a niños, a adultos, a individuos, a todo un
pueblo o a uno mismo— consiste en suscitar móviles. Señalar lo que es ventajoso, lo
que es obligatorio o lo que está bien corresponde a la enseñanza. La educación se
ocupa de los móviles para la ejecución efectiva. Pues nunca se realiza acción alguna
si faltan móviles capaces de proporcionarle la cantidad de energía indispensable.
Tratar de conducir a criaturas humanas —a otro o a uno mismo— hacia el bien
señalando tan solo la dirección, sin haber velado por garantizar la presencia de los
móviles correspondientes, es como si se quisiera hacer andar un auto sin gasolina
pisando el acelerador. O como si se quisiera encender una lámpara de aceite sin haber
echado aceite. Este error ha sido denunciado en un texto bastante célebre, bastante
leído, releído y citado desde hace veinte siglos. Pero se vuelve a cometer una y otra
vez.
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Se puede clasificar bastante fácilmente los medios de educación incluidos en la
acción pública.
Ante todo, la esperanza y el temor, suscitados mediante promesas y mediante
amenazas.
La sugestión.
La expresión, oficial o aprobada por una autoridad oficial, de una parte de los
pensamientos que, ya antes de haber sido expresados, se hallaban realmente en el
corazón de las multitudes, o en el corazón de algunos elementos activos de la nación.
El ejemplo.
Las modalidades mismas de la acción y de las organizaciones forjadas para ella.
El primero de los medios es el más grosero, y el que se emplea siempre. El
segundo es hoy empleado por todos: se trata del medio cuyo manejo ha sido
estudiado genialmente por Hitler.
Los otros tres se ignoran.
Hay que tratar de concebirlos en relación con las tres formas sucesivas que puede
tener nuestra acción pública: la forma actual, el acto de la toma del poder en el
momento de la liberación del territorio, y el ejercicio del poder a título provisional
durante los meses siguientes.
En la actualidad sólo disponemos de dos intermediarios: la radio y el movimiento
clandestino. Para la mayoría de los franceses, la radio es casi lo único que cuenta.
El tercero de los cinco procedimientos enumerados no debe confundirse en modo
alguno con el segundo. La sugestión, como ha comprendido Hitler, es un secuestro.
Constituye una coerción. La repetición, por una parte, y, por otra, la fuerza de que
dispone el grupo del que emana o que se propone conquistar, le proporcionan gran
parte de su eficacia.
La eficacia del tercer procedimiento es de un tipo completamente distinto. Su
fundamento está en la estructura oculta de la naturaleza humana.
Pues sucede que un pensamiento, a veces formulado interiormente, o a veces ni
formulado siquiera, trabaja sordamente el alma y no obstante actúa, aunque
débilmente, sobre ella.
Si se escucha la formulación de este pensamiento fuera de uno mismo, en boca de
otra persona, de alguien a cuyas palabras se presta atención, la idea obtiene una
fuerza centuplicada y a veces puede suscitar una transformación interior.
Ocurre también que, conscientemente o no, se puede tener la necesidad de
escuchar determinadas palabras; y si tales palabras se pronuncian efectivamente, y
además proceden de alguien de quien se espera naturalmente el bien, entonces
confortan, inyectan energía y procuran algo así como un alimento.
En la vida privada los amigos o los guías naturales cumplen estas dos funciones
que puede desempeñar la palabra; funciones que, de hecho, se dan muy raramente.
Pero hay circunstancias en que el drama público se sobrepone tanto a las
situaciones particulares, en la vida personal de cada uno, que muchos pensamientos
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sordos y necesidades sordas de este tipo resultan ser los mismos para casi todos los
seres humanos que componen un pueblo.
Esto suscita la posibilidad de una acción que, pese a tener por objeto a todo un
pueblo, sigue siendo esencialmente una acción no ya colectiva sino personal. Y así,
lejos de ahogar los recursos profundos ínsitos en el secreto de cada alma —ahogo que
por la naturaleza de las cosas produce toda acción colectiva por elevados que sean los
objetivos perseguidos—, este tipo de acción los despierta, los excita y los hace crecer.
Pero ¿quién puede realizar semejante acción?
En las circunstancias habituales tal vez no haya lugar alguno en que pueda
realizarse. Obstáculos muy poderosos impiden que la pueda acometer un gobierno,
aunque sea parcialmente. Y otros obstáculos oponen un impedimento similar a que
sea realizada en un ámbito diferente del estatal.
Pero las circunstancias en que se encuentra actualmente Francia son maravillosas,
providencialmente favorables al respecto.
Desde muchos otros puntos de vista ha sido desastroso que Francia no haya
tenido un gobierno regular en Londres, como tantos otros países. Pero desde la
perspectiva que nos ocupa eso es algo excepcionalmente afortunado, y también lo es
que la cuestión del Norte de África no haya transformado el Comité Nacional en un
gobierno regular.
El odio al Estado, que en Francia existe de manera latente, sorda y muy profunda
desde Carlos VI, impide que unas palabras que emanen directamente de un gobierno
puedan ser acogidas por cada francés como la voz de un amigo.
Y además el general de Gaulle, rodeado de quienes le han seguido, es un símbolo.
El símbolo de la fidelidad de Francia a sí misma, concentrada por un momento casi
únicamente en él. Y es sobre todo el símbolo de cuanto hay en el hombre de rechazo
a la baja adoración de la fuerza.
Cuanto se dice en su nombre posee la autoridad que se le presta a un símbolo.
Consiguientemente, quienquiera que hable en su nombre puede a voluntad, y según lo
que parezca preferible en tal o cual momento particular, buscar la inspiración al nivel
de los sentimientos y los pensamientos que de hecho fermentan en el espíritu de los
franceses, o a un nivel más elevado, en este caso tan alto como se quiera; y en
ocasiones nada impide buscarla en la región situada por encima del cielo. Lo que
sería un grave inconveniente para palabras procedentes de un gobierno, manchado
por la necesidad de las bajezas ligadas al ejercicio del poder, es en sentido contrario
conveniente para palabras procedentes de un símbolo, que representa lo más elevado
a ojos de cada uno.
Un gobierno que utiliza palabras o pensamientos que están muy por encima de él
desacredita las ideas y se vuelve él mismo ridículo en vez de obtener cierto consenso.
Eso es lo que se produjo durante la Tercera República con los principios de 1789 y
con la fórmula «Libertad, Igualdad, Fraternidad». Y lo que ha pasado con las
palabras, en sí mismas de nivel muy elevado, de la pretendida Revolución
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Nacional[*]. En este último caso cierto es que la vergüenza de la traición acarreó el
descrédito con la velocidad del rayo. Pero casi seguro que en otro caso habría
ocurrido lo mismo aunque menos rápidamente.
El movimiento francés de Londres tiene actualmente, acaso por poco tiempo, el
privilegio extraordinario de que al ser en amplia medida simbólico le está permitido
irradiar las inspiraciones más elevadas sin descrédito y sin que ello signifique un
inconveniente para él.
Así, de la irrealidad misma que afecta a este movimiento desde su origen —
debida al aislamiento inicial de quienes lo lanzaron—, puede conseguir, si sabe hacer
uso de ella, una plenitud de realidad mucho mayor.
«La eficacia se vuelve perfecta en la debilidad», dice san Pablo. En una situación
llena de tan maravillosas posibilidades, una ceguera singular ha engendrado el deseo
de descender a la situación trivial y vulgar de un gobierno de emigrados. Que este
deseo no se haya cumplido resulta providencial.
Por lo demás, las ventajas de la situación son análogas respecto del extranjero.
Desde 1789 Francia ha ocupado una posición única entre las demás naciones. Eso
es cosa reciente, pues 1789 no queda lejos. Desde finales del siglo XIV, la época de la
feroz represión de Carlos VI niño en las villas flamencas y francesas, hasta 1789,
Francia sólo había representado a ojos del extranjero, desde el punto de vista político,
la tiranía del absolutismo y el servilismo de los súbditos. Cuando Du Bellay[*]
escribía: «Francia, madre de las artes, de las armas y de las leyes», la última palabra
estaba de más. Como mostró muy bien Montesquieu —y había explicado antes Retz
con lucidez genial—, desde la muerte de Carlos VI[*] no hubo leyes en Francia. De
1715 a 1789 Francia se puso a aprender de Inglaterra con un fervor lleno de
humildad. En aquella época los ingleses parecían los únicos hombres dignos del
nombre de ciudadanos en medio de poblaciones esclavas. Pero a partir de 1792,
cuando Francia, tras haber conmovido a todos los oprimidos, se vio envuelta en una
guerra en la que tenía por enemigo a Inglaterra, todo el prestigio de las ideas de
justicia y de libertad se concentró en ella. De ahí se derivó para el pueblo francés, en
el curso del siglo siguiente, una especie de exaltación desconocida para los demás
pueblos, cuya irradiación recibieron de Francia.
La Revolución francesa ha correspondido —desgraciadamente, por lo demás— a
un corte tan violento con el pasado en todo el continente europeo que una tradición
que se remonta a 1789 equivale en la práctica a una tradición antigua.
La guerra de 1870 mostró lo que era Francia a ojos del mundo. En esta guerra los
agresores fueron los franceses, pese a la astucia de la valija de Ems; la astucia misma
prueba que la agresión provino del lado francés. Los alemanes, desunidos y
temerosos aún por el recuerdo de Napoleón, creían que iban a ser invadidos.
Quedaron muy sorprendidos al penetrar en Francia como si fuera de mantequilla.
Pero aun más sorprendidos quedaron al ser contemplados con horror por los europeos
cuando su única culpa consistía en haberse defendido victoriosamente. Sin embargo,
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la vencida fue Francia; y, a pesar de Napoleón, bastaba 1789 para que los vencedores
suscitaran horror.
En el diario íntimo del príncipe imperial Federico puede advertirse qué dolorosa
sorpresa causó en los mejores alemanes esa censura europea, para ellos
incomprensible.
De ahí nace tal vez el complejo de inferioridad de los alemanes, la mezcla
aparentemente contradictoria de mala conciencia y convencimiento de ser objeto de
una injusticia, y su feroz reacción. En cualquier caso, a partir de aquel momento el
prusiano sustituyó a lo que hasta entonces había parecido el prototipo del alemán, es
decir, el músico soñador de ojos azules, gutmütig, fumador de pipa y bebedor de
cerveza, completamente inofensivo, que se encuentra todavía en Balzac. Y Alemania
empezó a parecerse cada vez más a su nueva imagen.
Francia ha padecido un prejuicio moral apenas menor. Se admira su recuperación
después de 1871. Pero no se percibe a qué precio se logró. Francia se volvió realista.
Dejó de creer en sí misma. La matanza de la Comuna, sorprendente tanto por la
cantidad de las víctimas como por su ferocidad, inculcó permanentemente en los
obreros la idea de ser los parias, los excluidos de la nación; y en los burgueses, a
consecuencia de su mala conciencia, una especie de temor físico a los obreros. Eso
pudo advertirse aún en junio de 1936, y el hundimiento de junio de 1940 es en cierto
sentido una consecuencia directa de aquella guerra civil de 1871, tan breve y tan
sangrienta, que ha perdurado sordamente durante tres cuartos de siglo. Desde
entonces la amistad entre los jóvenes de las universidades y el pueblo, amistad de la
que todo el siglo XIX obtuvo una especie de alimentación, se convirtió en un mero
recuerdo. Por otra parte, la humillación de la derrota orientaba el pensamiento de la
juventud burguesa, por reacción, hacia la más mediocre de las concepciones de la
grandeza nacional. Obsesionada por los territorios que había perdido, Francia no se
sentía capaz de una vocación más alta que la de la conquista.
Así se convirtió Francia en una nación como las demás, que sólo pensaba en
conseguir del mundo su ración de carne amarilla y negra y en conseguir la hegemonía
en Europa.
Tras una vida de exaltación tan intensa, la caída a un nivel tan bajo no podía
producirse sin un profundo malestar, cuyo punto extremo ha sido junio de 1940.
Hay que decirlo porque es cierto: la primera reacción de Francia tras el desastre
ha consistido en vomitar su propio pasado, su pasado más próximo. Ello no fue
consecuencia de la propaganda de Vichy. Por el contrario, fue la causa que al
principio dio a la Revolución Nacional una apariencia de éxito. Y fue una reacción
sana y legítima. El único aspecto del desastre que puede ser visto como un bien
consistió en vomitar un pasado cuya culminación había sido justamente el desastre
mismo. Un pasado en el que Francia no había hecho más que reclamar los privilegios
de una misión de la que había renegado porque ya no creía en ella.
En el extranjero el hundimiento de Francia sólo ha suscitado emoción donde el
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espíritu de 1789 había aportado algo.
La aniquilación momentánea de Francia como nación puede permitirle volver a
ser lo que ha sido para las naciones y lo que durante tanto tiempo se ha esperado que
volviera a ser: una inspiración. Y para que Francia vuelva a ser grande en el mundo
—una grandeza indispensable para la propia salud de su vida interior— es preciso
que se convierta en una inspiración antes de que se convierta otra vez, con la derrota
de sus enemigos, en una nación. Después de eso, seguramente, le resultaría imposible
serlo por varias razones.
También en esto el movimiento francés de Londres está en la mejor situación que
pudiera soñarse, si sabe utilizarla. Es justamente tan oficial como hay que serlo para
hablar en nombre de un país. Al no tener sobre los franceses una autoridad
gubernamental siquiera nominal, o siquiera ficticia, y al obtenerlo todo del libre
consentimiento, posee algo de la naturaleza de un poder espiritual. La fidelidad
incorruptible en los momentos más sombríos y la sangre que a diario se vierte
libremente en su nombre le conceden el derecho a emplear con libertad las palabras
más bellas del lenguaje. Está situado justamente como debe estarlo para hacer oír al
mundo el lenguaje de Francia. Un lenguaje cuya autoridad no procede del poder, que
ha sido aniquilado por la derrota, ni de la gloria, que ha quedado borrada por la
vergüenza, sino, ante todo, de una altura de ideas exigida por la tragedia presente, tras
una tradición espiritual grabada en el corazón de los pueblos.
Resulta fácil definir la doble misión de este movimiento. Ayudar a Francia a
hallar, en el fondo de su desdicha, una inspiración adecuada a su genio y a las
necesidades actuales de las gentes en la aflicción. Y difundir esta inspiración, cuando
haya sido encontrada o al menos entrevista, por todo el mundo.
Si se emprende esta misión doble, muchas cosas de orden menos elevado nos
serán dadas por añadidura. Pero si primero son perseguidas estas últimas, por esta
razón misma nos serán negadas.
Como es natural, no se trata de una inspiración verbal. Toda inspiración real pasa
a los músculos y se exterioriza en acciones; y hoy las acciones de los franceses sólo
pueden ser las que contribuyan a expulsar al enemigo.
No obstante, no sería justo pensar que el movimiento francés de Londres sólo
tiene por misión la de elevar al mayor grado de intensidad posible la energía de los
franceses en la lucha contra el enemigo.
Su misión consiste en ayudar a Francia a volver a encontrar una inspiración
auténtica; una inspiración que por su misma autenticidad se desborde naturalmente en
un despliegue de esfuerzo y de heroísmo para la liberación del país.
Y esto no es lo mismo.
Ya que es necesario realizar una misión de un orden tan elevado, los medios
vulgares y eficaces de las amenazas, de las promesas y de la sugestión no pueden
bastar.
Al contrario: el empleo de palabras que respondan a pensamientos sordos y a
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necesidades sordas de los seres humanos que componen el pueblo francés es un
procedimiento maravillosamente adecuado para la tarea que se trata de realizar,
siempre que se ponga en práctica como es debido.
Para ello es necesario ante todo un organismo receptor en Francia. Esto es: gentes
cuya primera tarea, cuya primera preocupación, sea discernir esos pensamientos
sordos, esas necesidades sordas, y comunicarlos a Londres.
Para esta tarea es indispensable un interés apasionado por los seres humanos,
cualesquiera que sean, y por su alma: la capacidad de ponerse en el lugar del otro y
de prestar atención a los signos de los pensamientos no expresados; cierto sentido
intuitivo de la historia en curso de realización, y la facultad de expresar por escrito
matices delicados y relaciones complejas.
Dada la amplitud y la complejidad de la cosa a observar, esos observadores
deberían ser muchos, aunque en realidad eso es imposible. Pero lo urgente es al
menos emplear de este modo a quienquiera que se pueda emplear así, sin
excepciones.
Suponiendo que en Francia hay un órgano receptor, insuficiente —no puede
menos que serlo— pero real, la segunda operación, con mucho la más importante,
tiene lugar en Londres. Consiste en escoger. Esa operación es la que puede modelar el
alma del país.
El conocimiento de las palabras que pueden tener eco en el corazón de los
franceses, como respondiendo a algo que ya está en su corazón, en tanto que
conocimiento es sólo una cuestión de hecho. No contiene ninguna indicación acerca
del bien, y la política, como cualquier actividad humana, es una actividad dirigida
hacia un bien.
El estado del corazón de los franceses es simplemente un hecho. En principio ello
no es bueno ni malo; en realidad está compuesto de una mezcla de bien y de mal, en
unas proporciones que pueden variar mucho.
Ésta es una verdad evidente, pero merece la pena repetirla porque la
sentimentalidad naturalmente relacionada con el exilio podría hacerla olvidar.
Entre cuantas palabras pueden despertar eco en el corazón de los franceses hay
que elegir aquéllas para las cuales es bueno que se despierte eco; repetirlas unas y
otra vez, y callar las otras para provocar la extinción de lo que conviene que
desaparezca.
¿Cuáles son los criterios de la elección?
Cabe concebir dos. Uno, el bien, en el sentido espiritual de la palabra. El otro, la
utilidad. Es decir, naturalmente, la utilidad en relación con la guerra y los intereses
nacionales de Francia.
A propósito del primer criterio, ante todo hay que examinar un postulado. Hay
que medirlo muy atenta y largamente, en el alma y en conciencia, y luego adoptarlo o
rechazarlo de una vez para siempre.
Un cristiano únicamente puede adoptarlo.
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Se trata del postulado según el cual lo que espiritualmente está bien, está bien
desde todos los puntos de vista, en todas las relaciones y en cualquier momento y
lugar, en todas las circunstancias.
Eso es lo que expresa Cristo con las palabras: «¿Acaso se cogen racimos maduros
en los espinos o higos en los cardos? Así, todo árbol bueno da buenos frutos, y el
árbol malo da frutos malos. Un buen árbol no puede dar mal fruto, ni fruto bueno un
árbol podrido».
El sentido de estas palabras es como sigue. Por encima del ámbito terrestre,
carnal, en el que se mueven de ordinario nuestros pensamientos, y que en todas partes
es una mezcla inseparable de bien y de mal, hay otro ámbito, el espiritual, en el que el
bien es únicamente bien, e incluso en el ámbito inferior no produce más que bien; y
un ámbito en el que el mal es únicamente mal y no produce más que mal.
Ello es una consecuencia directa de la fe en Dios. El bien absoluto no sólo es el
mejor de todos los bienes —pues en tal caso sólo sería un bien relativo— sino el bien
único, total, que comprende en sí en grado eminente todos los bienes, incluso los
buscados por los hombres que se apartan de él.
Todo bien puro salido directamente de él posee una propiedad análoga a ésta.
Así, entre la lista de los ecos susceptibles de ser excitados por Londres en el
corazón de los franceses, hay que escoger ante todo lo que es pura y auténticamente
un bien, sin consideración de oportunidad alguna, sin más examen que el de la
autenticidad; y es preciso devolverles a los franceses todo eso, haciéndolo con
frecuencia, incansablemente, por medio de palabras tan sencillas como se pueda.
Naturalmente, cuanto sea únicamente mal, odio y bajeza debe ser rechazado
igualmente sin consideración de oportunidad.
Quedan los móviles intermedios, que son inferiores al bien espiritual sin ser por sí
mismos necesariamente malos, y para los que sí se plantea la cuestión de la
oportunidad.
En el caso de cada uno de éstos, hay que examinar, enteramente si es posible,
recorriéndolos de verdad por completo, todos los efectos que puede producir desde tal
y cual punto de vista y en tal y cual conjunto de circunstancias.
Si no se hace así, se puede provocar por error lo que no se quiere producir en vez
de lo que sí se quiere.
Por ejemplo: los pacifistas, después de 1918, creyeron que para ser escuchados
más fácilmente debían apelar al deseo de seguridad y de comodidad. Esperaban
lograr así suficiente influencia para dirigir la política exterior del país. Y creían que
llegado el caso la dirigirían de tal modo que la paz quedaría asegurada.
No se preguntaron qué efectos tendrían los móviles suscitados y fomentados por
ellos en el caso de que la influencia obtenida, pese a ser grande, no fuera la suficiente
para lograr dirigir la política exterior.
Sólo si se hubieran planteado la cuestión habrían percibido, y además claramente,
la respuesta. En un caso así, los móviles suscitados de ese modo no podían impedir la
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guerra ni retrasarla, sino sólo hacerla ganar en el terreno más agresivo y más
belicoso, y deshonrar así por mucho tiempo el propio amor por la paz.
Dicho de pasada: el funcionamiento mismo de las instituciones democráticas, tal
como lo entendemos, es una invitación perpetua a esta especie de negligencia
criminal y fatal.
Para evitar cometerla, hay que preguntarse a propósito de cada móvil: este móvil,
¿puede producir efectos en tal y tal medio, y en tal otro más?, ¿puede producir efectos
en tal y cual ámbito, y en tal otro? Se pueden producir las situaciones tal y tal; ¿y cuál
más? En cada una de ellas, ¿qué efectos podría producir en cada medio, en cada
ámbito, y hacerlo inmediatamente, y más tarde, y aun luego?, ¿desde qué
perspectivas cada uno de estos efectos posibles sería ventajoso y desde cuáles
dañino?, ¿cuál parece el grado de probabilidad de cada posibilidad?
Hay que considerar atentamente cada uno de estos puntos y todos ellos en su
conjunto; hay que suspender por unos momentos toda inclinación hacia una opción, y
luego decidir. Y correr, como en toda decisión humana, el riesgo del error.
Cuando se ha tomado una decisión, hay que someterla a la prueba de la
aplicación; y, naturalmente, el aparato registrador situado en Francia se esforzará por
discernir progresivamente los resultados.
Pero la expresión verbal es sólo un comienzo. La acción es un útil más poderoso
que ella para el modelado de las almas.
Respecto de los móviles, tiene una propiedad dual. Ante todo, un móvil no es
verdaderamente real en el alma hasta que ha provocado una acción ejecutada por el
cuerpo.
No basta fomentar tales o cuales móviles ya existentes, o en embrión, en el
corazón de los franceses, contando con éstos para dar salida a sus propios móviles en
forma de acciones.
Además, en la mayor medida posible, lo más continuadamente posible, con el
mayor número posible de detalles y por todos los medios adecuados, sean la radio u
otros, Londres tiene que señalar las acciones.
En cierta ocasión un soldado, relatando su propio comportamiento durante una
campaña, decía: «Obedecí todas las órdenes, pero sentía que para mí hubiera
resultado imposible, hubiera estado infinitamente por encima de mi valor, correr
hacia el peligro voluntariamente y sin órdenes».
Esta observación contiene una verdad muy profunda. Una orden es un estimulante
de eficacia increíble. Contiene en sí misma, en determinadas circunstancias, la
energía indispensable para la acción que señala.
Dicho de pasada: estudiar en qué consisten estas circunstancias, lo que las define,
cuáles son sus variedades y elaborar la lista completa de todas ellas sería conseguir la
llave para la solución de los problemas más esenciales y más urgentes de la guerra y
de la política.
La responsabilidad claramente admitida, que impone obligaciones precisas y muy
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estrictas, lleva hacia el peligro igual que una orden. Sólo se presenta cuando se está
comprometido en la acción, y como consecuencia de tales y cuales circunstancias
determinadas de la acción. La aptitud para reconocerla es tanto mayor cuanto más
clara es la inteligencia, pero depende más, incluso, de la honestidad intelectual, virtud
infinitamente preciosa que impide mentirse a sí mismo para evitar las dificultades.
Los que son capaces de exponerse al peligro sin la presión de una orden o de una
responsabilidad precisa pueden dividirse en tres clases. Están los que por naturaleza
tienen mucho ánimo, un temperamento en gran medida extraño al miedo, una
imaginación poco proclive a la pesadilla: éstos a menudo corren hacia el peligro con
ligereza, con espíritu aventurero, sin prestar gran atención al hecho de haber optado
por el peligro. También están aquéllos para quienes resulta difícil tener valor, pero
que consiguen energía por móviles impuros. El deseo de honores o de venganza, o el
odio, son ejemplos de este tipo de móviles. Hay muchas gentes así, y son muy
diferentes según los caracteres y las circunstancias. Y están, por último, los que
obedecen a una orden particular y directa procedente de Dios.
Este último caso es menos raro de lo que suele creerse; pues cuando existe suele
ser un secreto, e incluso a menudo un secreto para el propio interesado. Pues quienes
se hallan en este caso a veces son de los que creen que no creen en Dios. No obstante,
aunque menos raro de lo que se cree, desgraciadamente no es muy frecuente.
A las otras dos categorías les corresponde un valor que, pese a que
frecuentemente es muy espectacular y se le honra con el nombre de heroísmo, es muy
inferior en calidad humana al del soldado que obedece las órdenes de sus jefes.
El movimiento francés de Londres tiene justamente el grado de carácter oficial
adecuado para que las directivas que envíe contengan el estimulante de las órdenes
sin oscurecer por ello la especie de ebriedad lúcida y pura que acompaña al libre
consentimiento y al sacrificio.
De ello se derivan para él posibilidades y responsabilidades inmensas.
Cuanto más haya en Francia acciones realizadas por órdenes suyas y gentes que
actúen a sus órdenes, más posibilidades tendrá Francia de recuperar un alma que le
permita un regreso triunfal en la guerra —triunfal no sólo en sentido militar, sino
espiritual— y una reconstrucción de la patria en la paz.
Además de la cantidad, el problema de la elección de las acciones es capital.
Es capital desde varios puntos de vista, algunos de los cuales son de una altura y
una importancia tan elevadas que hay que considerar desastrosa la
compartimentación que pone este ámbito enteramente en manos de los técnicos de la
conspiración.
De un modo enteramente general, en cualquier tipo de ámbito, resulta inevitable
que predomine el mal dondequiera que la técnica resulte ser enteramente o casi
enteramente soberana.
Los técnicos siempre tienden a convertirse en soberanos porque saben que
dominan su asunto, y eso es legítimo en ellos. La responsabilidad del mal que es su
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inevitable consecuencia cuando llegan a ser soberanos incumbe exclusivamente a los
que les han dejado actuar. Cuando se les deja hacer, siempre se debe sólo a que se
tiene en cuenta únicamente una concepción clara y precisa de los fines particulares a
los que tal o cual técnica debe estar subordinada.
La dirección dada por Londres a la acción desarrollada en Francia debe responder
a varios fines.
El más evidente es el fin militar inmediato, en lo relativo a las informaciones y a
los sabotajes.
Desde este punto de vista, los franceses de Londres no pueden ser otra cosa que
intermediarios entre las necesidades de Inglaterra y la buena voluntad de los
franceses de Francia.
La extrema importancia de estas cosas es evidente cuando se advierte que cada
vez está más claro que serán las comunicaciones más que las batallas las que
decidirán la guerra. La pareja locomotoras-sabotaje es simétrica a la pareja barco-
submarino. La destrucción de las locomotoras equivale a la de los submarinos. La
relación entre estas dos especies de destrucción es la que hay entre la ofensiva y la
defensiva.
No menos esencial es la desorganización de la producción. El volumen y la
cantidad de nuestra influencia sobre la acción desarrollada en Francia dependen
principalmente de los medios materiales que los ingleses ponen a nuestra disposición.
Nuestra influencia en Francia, la que tenemos y aun más la que podemos conseguir,
puede ser de preciosa utilidad para los ingleses. Existe pues una necesidad mutua,
pero la nuestra es mucho mayor al menos en lo inmediato, que harto a menudo es lo
único que cuenta.
En esta situación, si entre ellos y nosotros no se dan relaciones no sólo buenas,
sino cálidas, realmente amistosas y en cierto sentido íntimas, se trata de algo
intolerable y que debe terminar. Cuando unas relaciones humanas no son como deben
ser generalmente es culpa de los dos lados. Pero siempre resulta más útil pensar en
las culpas propias, para ponerles fin, que en las del otro. Además, la necesidad es
mucho mayor por nuestra parte, cuando menos la inmediata. Por otro lado, nosotros
somos emigrados que ellos han acogido, y existe una deuda de gratitud. Por último,
es notorio que los ingleses no tienen la capacidad salir de sí mismos y ponerse en el
lugar del otro; sus mejores cualidades y su propia función en el planeta son casi
incompatibles con esa capacidad. La cual, de hecho, es por desgracia bastante rara
también entre nosotros; pero pertenece por la naturaleza de las cosas a lo que se llama
la vocación de Francia. Por todos esos motivos nos corresponde a nosotros hacer el
esfuerzo de llevar las relaciones al grado conveniente de calor. Por nuestra parte es
necesario que un sincero deseo de comprensión, libre, naturalmente, de cualquier
matiz de servilismo, traspase su reserva y llegue a la verdadera capacidad de amistad
que ésta disimula.
Los sentimientos personales desempeñan en los grandes acontecimientos del
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mundo un papel que nunca se vislumbra en toda su extensión. Que haya o no amistad
entre dos hombres, entre dos medios sociales, puede resultar decisivo en ciertos casos
para el destino del género humano.
Ello es enteramente comprensible. Una verdad sólo aparece en el espíritu de un
ser humano particular. ¿Cómo puede éste comunicarla? Si trata de exponerla, no será
escuchado, pues los demás, al no conocer tal verdad, no la reconocerán como tal; no
sabrán que lo que está a punto de decir es verdad, y no le concederán la atención
suficiente para apercibirse de ello pues no tendrán motivo alguno para realizar ese
esfuerzo de atención.
Pero la amistad, la admiración, la simpatía o cualquier otro sentimiento
benevolente les dispondrá naturalmente a cierto grado de atención. Un hombre que
tiene algo nuevo que decir —pues no es necesaria atención ninguna para los lugares
comunes— sólo puede ser escuchado al principio por los que le quieren.
Por tanto la circulación de las verdades entre los hombres depende enteramente
del estado de los sentimientos; y así ocurre para todas las especies de verdades. Entre
exiliados que no olvidan su país —y quienes lo olvidan están perdidos— el corazón
está tan irresistiblemente vuelto hacia la patria desgraciada que quedan pocos
recursos afectivos para la amistad respecto del país en que se habita. Esta amistad
sólo puede germinar y crecer realmente en su corazón si se hacen una especie de
violencia. Pero esta violencia es una obligación. Los franceses que están en Londres
no tienen obligación más imperiosa hacia el pueblo francés, que vive con los ojos
puestos en ellos, que hacer de modo que entre ellos y la élite de los ingleses exista
una amistad real, viva, cálida, íntima y eficaz. Aparte de la utilidad estratégica, otras
consideraciones deben pesar en la elección de las acciones. Tienen mucha más
importancia, pero vienen en segundo lugar porque la utilidad estratégica es una
condición para que la acción sea real; cuando aquélla falta hay agitación pero no
acción, y la virtud indirecta de la acción, que es su mérito principal, falta igualmente.
Esta virtud indirecta es, una vez más, doble. La acción otorga plena realidad a los
móviles que la producen. La expresión de estos móviles, entendida desde fuera, no
les da más que una semi-realidad. La acción tiene una virtud completamente distinta.
En el corazón pueden coexistir muchos sentimientos. La elección de los que, tras
haberlos discernido en el corazón de los franceses, hay que llevar al grado de
existencia que confiere la expresión oficial, es una elección ya limitada por
necesidades materiales. Si, por ejemplo, se habla a los franceses un cuarto de hora
cada noche, si es necesario repetirse a menudo porque las interferencias impiden
tener la seguridad de haber sido oído, y cuando de todas maneras la repetición es una
necesidad pedagógica, sólo puede decirse un número limitado de cosas. Cuando se
pasa al ámbito de la acción los límites son más estrechos aún. Hay que realizar una
nueva elección, según los criterios esbozados ya. Hay que estudiar el modo en que un
móvil se convierte en un acto. Un mismo acto puede ser producido por tal, cual o
incluso tal otro móvil, o por una mezcla de ellos; o, por el contrario, cierto móvil no
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puede suscitarlo.
Para llevar a las gentes no sólo a realizar determinada acción, sino a realizarla
bajo el impulso de un móvil dado, el mejor procedimiento, y acaso el único, parece
consistir en la asociación establecida por medio de la palabra. Esto es: cada vez que
la radio aconseja una acción, el consejo debe ir acompañado de la expresión de uno o
algunos móviles; y cuantas veces se repita el consejo hay que expresar de nuevo el
móvil.
Cierto es que las instrucciones necesarias se comunican por una vía distinta de la
radio. Pero todas deberían estar dobladas de incitaciones transmitidas por radio,
relativas al mismo objeto, designándolo tan solo en la medida en que lo permita la
prudencia, sustrayendo precisiones pero adicionando la expresión de los móviles.
En lo que a los móviles respecta, la acción posee una segunda virtud. No sólo
confiere realidad a unos móviles que antes sólo existían en estado semifantasmal.
También hace surgir en el alma móviles y sentimientos que antes no existían en
absoluto.
Esto se produce cuantas veces el adiestramiento o la coerción de las
circunstancias impulsa la acción más allá de la suma de energía contenida en el móvil
que la ha producido.
Este mecanismo —cuyo conocimiento es esencial tanto para la gobernación de la
propia vida cuanto para la acción sobre los demás— también puede suscitar el mal o
el bien.
Por ejemplo: frecuentemente ocurre que un enfermo crónico, cuidado con ternura
en una familia por obra de un afecto sincero, termine haciendo nacer entre los suyos
una hostilidad sorda, inconfesada, porque se han visto obligados a dedicarle más
energía que la contenida en el afecto.
Entre las gentes sencillas, en quienes tales obligaciones, añadidas a las fatigas
habituales, son tan gravosas, a veces surge una apariencia de insensibilidad, o incluso
de crueldad, incomprensible desde fuera. Por eso, como señalaba en cierta ocasión
caritativamente Gringoire, el caso de los niños mártires se da entre las gentes
sencillas más que entre otras gentes.
Una maravillosa historia budista ilustra los recursos de este mecanismo para
producir el bien.
Cierta tradición budista cuenta que Buda ha prometido hacer subir al cielo,
consigo, a cualquiera que diga su nombre con el deseo de que le salve. En esta
tradición se basa la práctica llamada «La recitación del nombre del Señor». Consiste
en repetir cierto número de veces unas sílabas sánscritas, chinas o japonesas que
significan: «Gloria al Señor de Luz».
Un joven monje budista estaba inquieto por la salvación eterna de su padre, un
viejo avaro que no pensaba más que en el dinero. El prior del convento hizo llamar al
viejo y le prometió una moneda por cada vez que practicara la recitación del nombre
del Señor; si acudía cada noche a decir lo que se le debía, se le pagaría. El viejo,
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contento, consagró todos sus momentos disponibles a esta práctica. Cada noche
acudía a cobrar al convento. Y de pronto dejó de ir. Al cabo de una semana el prior
envió al joven monje a saber de su padre. Se supo así que el viejo estaba ahora
absorbido por la recitación del nombre del señor hasta el punto de no poder contar al
mismo tiempo las veces que la practicaba, y eso era lo que le impedía ir a buscar su
dinero. El prior le dijo al joven monje que había que esperar sin hacer nada. Algún
tiempo después el viejo llegó al convento con los ojos radiantes y contó que había
tenido una iluminación.
A fenómenos de este tipo alude el precepto de Cristo: «Acumulad tesoros en el
cielo, pues donde esté vuestro tesoro estará vuestro corazón».
Esto significa que hay acciones que tienen la virtud de llevar de la tierra al cielo
una parte del amor que hay en el corazón de un ser humano.
Un avaro no es un avaro cuando empieza a atesorar. Le estimula primero, sin
duda, la idea de los goces que procura el dinero. Pero los esfuerzos y las privaciones
que se impone diariamente producen una exaltación. Cuando el sacrificio supera con
mucho el impulso inicial, el tesoro, objeto del sacrificio, se convierte para él en un fin
en sí mismo, al que subordina la propia persona. La manía del coleccionista descansa
en un mecanismo análogo, y se podrían citar muchos otros ejemplos.
Así, cuando los sacrificios hechos por un objeto superan en mucho el impulso que
los ha causado se deriva de ello, respecto del objeto, o bien un movimiento de
rechazo o una vinculación de un tipo nuevo y más intenso, extraña al impulso
original.
En el segundo caso, hay bien o hay mal según la naturaleza del objeto.
Si en el caso del enfermo a menudo hay rechazo, es porque este tipo de esfuerzo
carece de futuro; a la acumulación interior de la fatiga no corresponde nada exterior.
El avaro, en cambio, ve crecer su tesoro.
Por otra parte, hay situaciones y combinaciones de caracteres tales que un
enfermo puede inspirar en una familia, por el contrario, un afecto fanático.
Estudiando suficientemente todo esto sin duda sería posible discernir las leyes que lo
gobiernan. Pero incluso un conocimiento sumario de estos fenómenos puede
proporcionarnos reglas prácticas. Para evitar el efecto de rechazo hay que prever el
agotamiento posible de los móviles; de vez en cuando hay que dar la autoridad de la
expresión oficial a móviles nuevos para las mismas acciones: unos móviles que
respondan a lo que haya podido germinar espontáneamente en el secreto de los
corazones. Y, sobre todo, hay que procurar que el mecanismo de transferencia que
vincula al avaro a su tesoro funcione de modo que produzca el bien y no el mal; hay
que evitar o en todo caso reducir al mínimo estricto todo el mal que pudiera suscitarse
de este modo.
Resulta fácil comprender cómo.
El mecanismo en cuestión consiste en lo siguiente: una acción, tras haber sido
realizada con esfuerzo por motivos exteriores a ella, se convierte en objeto de afecto
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por sí misma. De ello se deriva el bien o el mal según que la acción sea en sí misma
buena o mala.
Si se mata a soldados alemanes para servir a Francia, y al cabo de algún tiempo
gusta matar a seres humanos, está claro que es un mal. Si se ayuda a obreros que
escapan de ser deportados a Alemania para servir a Francia, y al cabo de algún
tiempo gusta ayudar a seres humanos, está claro que es un bien.
No todos los casos son tan claros, pero todos pueden ser examinados de esta
manera.
En igualdad de condiciones, hay que escoger siempre los modos de acción que
contienen en sí mismos un adiestramiento hacia el bien. Hay que hacerlo muy
frecuentemente cuando por otra parte no hay igualdad de condiciones. Hay que
hacerlo no sólo por el bien, lo cual ya es de por sí bastante, sino también, por
añadidura, por la utilidad.
El mal es un móvil que actúa mucho más fácilmente que el bien, pero una vez que
el puro bien se ha convertido en el móvil actuante en el fondo de un alma, es la fuente
de un impulso inagotable e invariable, lo cual nunca ocurre con el mal.
Es fácil convertirse en agente doble por patriotismo, para servir mejor al propio
país engañando al enemigo. Pero si los esfuerzos que se realizan en esta actividad
superan la energía del móvil patriótico, y si además se toma el gusto por la actividad
misma, casi inevitablemente llega un momento en que uno mismo no sabe a quién
sirve y a quién engaña, o se está dispuesto a servir o a engañar a cualquiera.
Por el contrario, si por patriotismo alguien se ve llevado a realizar acciones que
hacen germinar y crecer el amor por un bien superior a la patria, el alma adquiere el
temple que convierte a las personas en mártires y la patria se beneficia de ello.
La fe es más realista que la política realista. Quien no tiene esa certidumbre
carece de fe.
Por consiguiente, hay que examinar y sopesar muy de cerca cada uno de los
modos de acción que constituyen la resistencia ilegal en Francia, recorriendo todo el
problema cada vez.
Resulta indispensable al respecto una atenta observación en el lugar mismo de los
hechos realizada únicamente desde este punto de vista.
Tampoco hay que excluir que se puedan inventar formas de acción nuevas
teniendo en cuenta a la vez estas consideraciones y los objetivos inmediatos.
(Por ejemplo, emprender inmediatamente una amplia conspiración para destruir
documentos oficiales referentes al control de los individuos por el Estado, destrucción
que puede realizarse por procedimientos muy variados, como incendios, etc.; eso
reportaría ventajas inmediatas y distantes inmensas.)
Un grado de realidad superior incluso al de la acción es el constituido por la
organización que coordina las acciones; cuando una organización así no ha sido
fabricada artificialmente, sino que ha crecido como una planta en medio de las
necesidades cotidianas, y al mismo tiempo ha sido modelada por una vigilancia
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paciente de acuerdo con una visión clara del bien, tiene tal vez el grado de realidad
más alto posible.
En Francia hay organizaciones. Pero también hay —lo que es de mayor interés
incluso— embriones, gérmenes, esbozos de organizaciones en vías de crecimiento.
Hay que estudiarlas, contemplarlas in situ, y emplear la autoridad que reside en
Londres como un útil para modelarlas discreta y pacientemente, como un escultor que
adivina la forma contenida en el bloque de mármol para sacarla a la luz.
Este modelado debe guiarse por consideraciones a la vez inmediatas y no
inmediatas.
Cuanto se ha dicho antes a propósito de la palabra y de la acción es también
aplicable aquí.
Una organización que cristalice y capte las palabras lanzadas oficialmente, que
traduzca su inspiración en palabras diferentes y propias, que las realice en acciones
coordinadas para las cuales constituya una garantía siempre creciente de eficacia, que
sea un ambiente vivo, cálido, lleno de intimidad, de fraternidad y de ternura: he aquí
la tierra abonada en que los desgraciados franceses, desarraigados por el desastre,
pueden vivir y hallar la salvación para la guerra y para la paz.
Esto hay que hacerlo ahora. Después de la victoria, al desencadenarse
irresistiblemente los apetitos individuales de bienestar o de poder, será absolutamente
imposible iniciar nada.
Hay que hacerlo inmediatamente. Es indescriptiblemente urgente. Errar el
momento sería incurrir en una responsabilidad acaso equivalente a un crimen.
La única fuente de salvación y de grandeza para Francia consiste en recuperar el
contacto con su genio en el fondo de su desgracia. Eso ha de hacerse ahora, en
seguida; cuando la desgracia es aplastante; cuando Francia tiene ante sí, en el futuro,
la posibilidad de hacer real la primera luz de consciencia de su genio recuperado,
expresándolo a través de una acción guerrera.
Tras la victoria esta ocasión habrá pasado y la paz no ofrecerá otra posibilidad
equivalente. Pues es infinitamente más difícil imaginar y concebir una acción de paz
que una acción de guerra; para que una inspiración pase a través de una acción de paz
debe tener ya un grado elevado de consciencia, de luz, de realidad. Y éste sólo será el
caso de Francia en el momento de la paz únicamente si el último período de la guerra
ha producido tal efecto. Es preciso que la guerra sea la institutriz que desarrolle y
alimente la inspiración, y para ello es preciso que en plena guerra surja una
inspiración profunda y auténtica: una verdadera luz.
Es preciso que Francia esté de nuevo plenamente presente en la guerra y participe
en la victoria a costa de su sangre. Pero esto no bastaría. Pues podría producirse en
las tinieblas, y el provecho real sería entonces escaso.
Es necesario además que el alimento de su energía guerrera no sea otra cosa que
su auténtico genio, recobrado en las profundidades de la desgracia, aunque con una
grado de consciencia inevitablemente débil al principio, después de semejante noche.
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La guerra misma puede entonces convertirlo en una llama.
La verdadera misión del movimiento francés de Londres es, debido a las
circunstancias políticas y militares, una misión espiritual antes de ser una misión
política y militar.
Podría definirse como la dirección de la consciencia a la escala de todo un país.
El modo de acción política aquí esbozado exige que cada opción vaya precedida
de la contemplación simultánea de varias consideraciones de muy diferente especie.
Esto implica un grado de atención elevado, casi del mismo orden que el exigido por
el trabajo creador en el arte y en la ciencia. Pero ¿por qué la política, que decide sobre
el destino de los pueblos y tiene por objeto la justicia, ha de exigir una atención
menor que el arte y la ciencia, que tienen por objeto lo bello y lo verdadero? La
política tiene una afinidad muy estrecha con el arte; con artes como la poesía, la
música o la arquitectura. La composición simultánea en distintos planos es la ley de
la creación artística, y lo que constituye su dificultad.
Un poeta, en la disposición de las palabras y en la elección de cada una de ellas,
debe tener en cuenta al menos cinco o seis planos de composición. Las reglas de la
versificación —número de sílabas y rimas— en la forma del poema que ha adoptado;
la coordinación gramatical de las palabras; su coordinación lógica respecto del
desarrollo del pensamiento; la sucesión puramente musical de los sonidos contenidos
en las sílabas; el ritmo material, por decirlo así, constituido por los cortes, las pausas,
la duración de cada sílaba y de cada grupo de sílabas; la atmósfera que crean en torno
a cada palabra las posibilidades de sugestión que encierra y el paso de una atmósfera
a otra a medida que se suceden las palabras; el ritmo psicológico constituido por la
duración de las palabras que corresponden a tal atmósfera o a tal movimiento del
pensamiento; los efectos de la repetición y de la novedad; muchas otras cosas, sin
duda, y una intuición única de belleza que dé unidad a todo esto.
La inspiración es una tensión de las facultades del alma que hace posible el grado
de atención indispensable para la composición en planos múltiples.
Quien no es capaz de tal atención llegará a obtener capacidad para ella si se
obstina con humildad, perseverancia y paciencia y si le empuja un deseo inalterable y
violento.
Si no es presa de semejante deseo no resulta indispensable que haga versos.
También la política es un arte gobernado por la composición en múltiples planos.
Quienquiera que llegue a tener responsabilidades políticas, si tiene hambre y sed de
justicia, debe desear recibir esta facultad de composición en planos múltiples, y por
tanto debe recibirla infaliblemente andando el tiempo.
Sólo que hoy el tiempo apremia. Las necesidades son urgentes.
El método de acción política esbozado aquí supera las posibilidades de la
inteligencia humana, al menos en la medida en que esas posibilidades son conocidas.
Pero eso es precisamente lo que vale la pena. No hay que preguntarse si se es o no
capaz de aplicarlo. La respuesta siempre sería negativa. Hay que concebir esa acción
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de un modo perfectamente claro; contemplarla prolongada y frecuentemente; hundirla
para siempre en ese lugar del alma donde arraigan los pensamientos y hacer que esté
presente en todas las decisiones. Tal vez haya entonces una probabilidad de que las
decisiones, aunque imperfectas, sean buenas.
Quien compone versos deseando conseguir unos tan bellos como los de Racine
jamás hará un buen verso. Menos aún si ni siquiera tiene esta esperanza.
Para producir versos en los que haya alguna belleza hay que haber deseado
igualar mediante la disposición de las palabras la belleza pura y divina de la que
Platón afirma que está al otro lado del cielo.
Una de las verdades fundamentales del cristianismo es que un progreso hacia una
imperfección menor no lo produce el deseo de una imperfección menor. Sólo el deseo
de perfección tiene la virtud de destruir en el alma una parte del mal que la mancilla.
De ahí el mandato de Cristo: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es
perfecto».
Al igual que el lenguaje humano está lejos de la belleza divina, también las
facultades sensibles e intelectuales de los hombres están lejos de la verdad y las
necesidades de la vida social lejos de la justicia. Por consiguiente, no es posible que
la política necesite menos esfuerzos de invención creadora que el arte y la ciencia.
Por esto la casi totalidad de las opiniones políticas y de las discusiones en que se
oponen es tan extraña a la política como el choque de las opiniones estéticas en los
cafés de Montmartre es extraño al arte. El hombre político en un caso y el artista en el
otro sólo pueden encontrar en eso un cierto estimulante, que sólo deben tomar en
leves dosis.
Casi nunca se considera la política como un arte de especie tan elevada. Pero es
que durante siglos nos hemos acostumbrado a considerarla sólo, o en todo caso
principalmente, como la técnica de la adquisición y de la conservación del poder.
Pero el poder no es un fin. Por su naturaleza, por su esencia, por definición, es
exclusivamente un medio. Es para la política lo que un piano para la composición
musical. Un compositor que necesite un piano para inventar melodías se las verá
negras en una aldea donde no haya uno. Pero si se lo proporcionan, la cuestión
consistirá entonces en componer.
Desgraciados como somos, habíamos confundido la fabricación de un piano con
la composición de una sonata.
Un método de educación no es gran cosa si no tiene por inspiración la concepción
de una cierta perfección humana. Cuando se trata de la educación de un pueblo esta
concepción debe ser la de una civilización. No hay que buscarla en el pasado, que
sólo contiene lo imperfecto. Menos aún en nuestros sueños de futuro, que
necesariamente son tan mediocres como nosotros mismos, y por tanto muy inferiores
al pasado. Hay que buscar la inspiración para una educación así, al igual que el
método mismo, entre las verdades eternamente inscritas en la naturaleza de las cosas.
He aquí algunas indicaciones al respecto.
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Nos separan, principalmente, cuatro obstáculos de una civilización susceptible de
tener algún valor. Nuestra falsa concepción de la grandeza; la degradación del
sentimiento de la justicia; nuestra idolatría del dinero, y la ausencia en nosotros de
inspiración religiosa. Cabe expresarse en primera persona del plural sin vacilar, pues
es dudoso que en el presente instante haya un solo ser humano en toda la superficie
del globo que escape a esta cuádruple tara, y más dudoso aún que haya uno solo de
raza blanca. Pero si algunos hay, como hay que esperarlo pese a todo, están ocultos.
Nuestra concepción de la grandeza es la tara más grave, y no tenemos consciencia
de ella como tara. Al menos, como tara en nosotros mismos; en nuestros enemigos
nos sorprende, pero, pese a la advertencia contenida en las palabras de Cristo sobre la
paja y la viga, ni pensamos en reconocerla como tara nuestra.
Nuestra concepción de la grandeza es la misma que ha inspirado toda la vida de
Hitler. Cuando la denunciamos sin el menor atisbo de reproche para nosotros mismos
los ángeles deben llorar o reír, en el supuesto de que haya ángeles interesados en
nuestra propaganda.
Parece que tan pronto como fue ocupada Tripolitania se puso fin a la enseñanza
fascista de la historia. Muy bien. Pero sería interesante saber, en lo que respecta a la
Antigüedad, en qué difería la enseñanza fascista de la historia de la enseñanza de la
República francesa. La diferencia debía ser escasa, pues Carcopino[*], la gran
autoridad de la Francia republicana en materia de historia antigua, daba en Roma
conferencias sobre la Roma antigua y la Galla muy apropiadas para el lugar y muy
bien acogidas.
Hoy los franceses de Londres tienen algunos reproches que hacerle a Carcopino,
pero no sobre sus concepciones históricas. Otro historiador de la Sorbona, en enero
de 1940, le decía a alguien que había escrito algo bastante duro sobre los romanos:
«Si Italia se vuelve contra nosotros habrá tenido usted razón». Como criterio de juicio
histórico, eso es insuficiente.
Los vencidos se benefician a menudo de una sentimentalidad que a veces es
incluso injusta, pero sólo los vencidos provisionalmente. La desgracia es un prestigio
inmenso cuando se le añade el prestigio de la fuerza. A la desgracia de los débiles ni
siquiera se le presta atención, y eso cuando no es objeto de rechazo. Cuando los
cristianos llegaron al convencimiento sólido de que Cristo, pese a haber sido
crucificado, había resucitado después y volvería próximamente en la gloria para
recompensar a los suyos y castigar a todos los demás, ya no les aterrorizó suplicio
alguno. Pero antes, cuando Cristo era sólo un ser absolutamente puro, fue
abandonado cuando le alcanzó la desgracia. Quienes le amaban no fueron capaces de
encontrar en su corazón la fuerza necesaria para correr riesgos por él. Los suplicios
están por encima del valor cuando para afrontarlos no existe la esperanza de un
desquite. No es necesario que el desquite sea personal; un jesuita martirizado en
China se ve sostenido por la grandeza temporal de la Iglesia aunque personalmente
no pueda esperar socorro alguno. Aquí abajo no hay más fuerza que la fuerza. Esto
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podría servir de axioma. En cuanto a la fuerza que no es de aquí abajo, el contacto
con ella no puede comprarse a un precio menor que el paso por una especie de
muerte.
Aquí abajo no hay más fuerza que la fuerza, y esto es lo que da fuerza a los
sentimientos, incluida la compasión. Se podría citar cien ejemplos. ¿Por qué los
pacifistas de 1918 se enternecieron más por Alemania que por Austria? ¿Por qué la
necesidad de vacaciones pagadas le pareció a tanta gente un axioma geométricamente
evidente en 1936 y no en 1935? ¿Por qué hay mucha más gente que se interesa por
los obreros industriales que por los trabajadores del campo? Etcétera.
Lo mismo ocurre en la historia. Se admira la resistencia heroica de los vencidos
cuando la sucesión de los tiempos trae un cierto desquite, y no de otro modo. No hay
compasión para las cosas totalmente destruidas. ¿Quién la siente por Jericó, por Gaza,
por Tiro, por Sidón, por Cartago, por Numancia, por la Sicilia griega o el Perú
precolombino?
Se objetará: ¿cómo llorar la desaparición de cosas de las que, por decirlo así, nada
se sabe? No se sabe nada de ellas porque han desaparecido. Quienes las destruyeron
no creyeron que debían convertirse en conservadores de su cultura.
De manera general, los errores más graves, los que falsean todo el pensamiento,
los que extravían el alma, dejándola al margen de lo verdadero y del bien, son
indiscernibles. Pues tienen por causa el hecho de que ciertas cosas escapan a la
atención. Si escapan a la atención, ¿cómo atender a ellas por esfuerzos que se hagan?
Por esta razón la verdad es, por esencia, un bien sobrenatural.
Lo mismo ocurre en lo que respecta a la historia. Los vencidos escapan a su
atención. La historia es la sede de un proceso darwiniano más despiadado incluso que
el que gobierna la vida animal y vegetal. Los vencidos desaparecen. No son nada.
Se dice que los romanos civilizaron la Galla. No había arte antes del galo-
romano; tampoco pensamiento antes de que los gatos tuvieran el privilegio de leer los
escritos filosóficos de Cicerón, etc.
Sobre la Galla, por decirlo así, no sabemos nada, pero los casi nulos indicios que
tenemos prueban suficientemente que todo eso es mentira.
El arte galo no puede ser objeto de memoriales de nuestros arqueólogos porque su
materia era la madera. Pero la villa de Bourges era una maravilla de belleza tan pura
que los galos perdieron su última campaña porque no tuvieron el valor de destruirla
ellos mismos. Naturalmente, César la destruyó, matando al mismo tiempo a la
totalidad de los cuarenta mil seres humanos que había en ella.
Por César se sabe que los estudios de los druidas duraban veinte años y consistían
en aprender de memoria poemas relativos a la divinidad y al universo. La poesía gala
contenía pues, en todo caso, una cantidad tal de poemas religiosos y metafísicos que
constituía la materia de veinte años de estudios. Al lado de la increíble riqueza
sugerida por este solo indicio, la poesía latina, a pesar de Lucrecio, es cosa miserable.
Diógenes Laercio dice que cierta tradición atribuía a la sabiduría griega diversos
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orígenes extranjeros, entre ellos los druidas de la Galla. Otros textos indican que el
pensamiento de los druidas estaba emparentado con el de los pitagóricos.
Así, en este pueblo había un mar de poesía sacra cuya inspiración sólo nos la
permiten representar las obras de Platón.
Todo esto desapareció cuando los romanos exterminaron a la totalidad de los
druidas por el crimen de patriotismo.
Cierto es que los romanos pusieron fin a los sacrificios humanos que, según
dicen, se practicaban en la Galla. Nada sabemos acerca de lo que eran, acerca del
modo y el espíritu en que se practicaban, ni si era un modo de ejecutar a criminales o
la muerte de inocentes, ni, en este último caso, si se hacía con consentimiento o sin
él. El testimonio de los romanos es muy vago y no puede admitirse sin desconfianza.
Pero lo que sí sabemos a ciencia cierta es que los romanos instituyeron en la Galla y
en todas partes la muerte de inocentes no para honrar a los dioses sino para divertir a
las multitudes. Era ésta la institución romana por excelencia, la que llevaban a todas
partes: ellos, a los que osamos considerar como civilizadores.
Pese a todo, sonaría absurdo que se dijera públicamente que la Galla anterior a la
conquista era mucho más civilizada que Roma.
Se trata simplemente de un ejemplo característico. Aunque a la Galla le haya
sucedido en el mismo territorio una nación que es la nuestra; aunque el patriotismo
tenga entre nosotros, como en todas partes, una fuerte tendencia a expandirse hacia el
pasado; y aunque los pocos documentos conservados constituyan un testimonio
irrecusable, la derrota de las armas galas es un obstáculo insuperable para que
reconozcamos la elevada calidad espiritual de esa civilización destruida.
Ha habido incluso en favor de ello intentos como el de Camille Juñían; pero, al no
haber sido nunca el territorio de Troya el asentamiento de una nación, ¿quién se ha
tomado la molestia de discernir la verdad, que se manifiesta del modo más evidente
en la Ilíada, en Herodoto, o en el Agamenón de Esquilo, o sea, que Troya se hallaba a
un nivel de civilización, de cultura y de espiritualidad muy superior al de quienes la
atacaron injustamente y la destruyeron, y que su desaparición ha sido un desastre en
la historia de la humanidad?
Con anterioridad a junio de 1940 se podía leer en la prensa francesa, a modo de
incitación patriótica, artículos que comparaban el conflicto franco-alemán con la
guerra de Troya; en ellos se explicaba que esta guerra era ya una lucha de la
civilización contra la barbarie y que los bárbaros eran los troyanos. Pues bien: no hay
sombra de motivo para este error, a excepción de la derrota de Troya.
Si es imposible impedir este error a propósito de los griegos, que quedaron llenos
de remordimientos por el crimen cometido y prestaron testimonio en favor de las
víctimas, ¿cómo no va a serlo a propósito de las demás naciones, cuya invariable
práctica consiste en calumniar a los muertos por ellas?
La historia se basa en documentos. Un historiador se veda profesionalmente a sí
mismo las hipótesis no basadas en nada. Esto es, aparentemente, muy razonable,
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aunque en realidad muy deficiente. Pues como la documentación tiene lagunas, el
equilibrio del pensamiento exige tener presentes hipótesis sin fundamento, a
condición de que ello se haga explicitando que carecen de fundamento y siempre que
haya varias hipótesis respecto de cada cuestión.
Con mayor razón, es necesario leer los documentos entre líneas, trasladarse uno
enteramente, con olvido total de sí mismo, a los acontecimientos evocados, dedicar
atención durante mucho tiempo a los pequeños detalles significativos, y discernir en
ellos todo su significado. Pero el respeto por el documento y el espíritu profesional
del historiador no disponen a la reflexión para este tipo de ejercicio. El llamado
espíritu histórico no llega a atravesar el papel para encontrar la carne y la sangre; ese
espíritu consiste en la subordinación de la reflexión al documento.
Pero por la naturaleza misma de las cosas los documentos proceden de los
poderosos, de los vencedores. La historia no es más que una compilación de las
declaraciones de los asesinos acerca de sus víctimas y sobre sí mismos.
Lo que se llama el tribunal de la historia, así informado, sólo puede juzgar como
el tribunal de los Animales malades de la peste.
Respecto de los romanos, no se dispone absolutamente de nada más que de los
escritos de los romanos mismos y de sus esclavos griegos. Éstos, los desgraciados,
entre sus reticencias serviles, dijeron bastante al respecto, si se hace el esfuerzo de
leerles con verdadera atención. Pero ¿por qué hay que hacer ese esfuerzo? No hay
móvil alguno para ello. No son los cartagineses los que deciden sobre los premios de
la Academia ni sobre las cátedras de la Sorbona.
De la misma manera, ¿por qué hacer el esfuerzo de poner en cuestión las
informaciones dadas por los hebreos sobre las poblaciones de Canaan que
exterminaron o esclavizaron? Quienes hacen los nombramientos para el Instituto
católico no son las gentes de Jericó.
Por una de las biografías de Hitler se sabe que uno de los libros que ejercieron
mayor influencia en su juventud fue una obra de décima fila sobre Sila. ¿Qué importa
que la obra fuera de décima fila? Reflejaba la actitud de lo que se denomina la élite.
¿Quién escribiría sobre Sila con desprecio? Que Hitler haya deseado para sí la
grandeza que veía glorificada en ese libro y en todas partes no ha sido un error suyo.
Ciertamente, es esa grandeza la que ha alcanzado; esa misma grandeza ante la que
todos nos inclinamos con bajeza cuando volvemos los ojos hacia el pasado.
Nos limitamos a la baja sumisión del espíritu a su respecto, pero no hemos
intentado, como Hitler, alcanzarla con nuestras manos. Sin embargo, en esto él vale
más que nosotros. Si se reconoce algo como un bien hay que tratar de alcanzarlo. No
hacerlo es una cobardía.
Imagínese a ese adolescente miserable, desarraigado, vagando por las calles de
Viena sediento de grandeza. Por su parte, estar sediento de grandeza estaba bien. ¿De
quién es la culpa de que no haya discernido otro modo de grandeza que el criminal?
Desde que el pueblo sabe leer y carece de tradiciones orales son las gentes capaces de
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manejar la pluma las que proporcionan al público las concepciones de lo que es
grande y los ejemplos susceptibles de ilustrarlas.
El autor de ese mediocre libro sobre Sila, y cuantos al escribir sobre Sila o sobre
Roma han hecho posible la atmósfera en que ha sido escrito ese libro, y, más en
general, todos los que, teniendo autoridad para manejar la palabra o la pluma, han
contribuido al ambiente de pensamiento en que creció el adolescente Hitler, son tal
vez más culpables que Hitler de los crímenes que comete. La mayoría de esos autores
ha muerto, pero los de hoy son iguales que sus antecesores, y el azar de una fecha de
nacimiento no les hace más inocentes que ellos.
Se habla de castigar a Hitler. Pero a Hitler no se le puede castigar. Hitler deseaba
una sola cosa y la tiene: entrar en la historia. Aunque se le mate, se le torture, se le
encarcele o se le humille, la historia estará siempre ahí para proteger su alma de que
la alcance el sufrimiento y la muerte. Lo que se le inflija será inevitablemente muerte
histórica, sufrimiento histórico: historia. De la misma manera que para quien ha
alcanzado el amor perfecto de Dios todo acontecimiento es un bien porque procede
de Dios, también para este idólatra de la historia es bueno todo lo que es histórico. Y,
además, él tiene una ventaja, pues el puro amor de Dios habita el centro del alma y
deja la sensibilidad expuesta a los golpes: no constituye una armadura. La idolatría es
en cambio una armadura; impide que el dolor penetre en el alma. Sea lo que sea lo
que se le haga a Hitler, nada la impedirá considerarse un ser grandioso. Y, sobre todo,
nada impedirá que, dentro de veinte, cincuenta, cien o doscientos años un muchachito
soñador y solitario, alemán o no, piense que Hitler fue alguien grandioso, que tuvo de
punta a cabo un destino grandioso, y desee con todas sus fuerzas alcanzar un destino
parecido. Desgraciados sus contemporáneos si ocurre tal cosa.
El único castigo que se puede infligir a Hitler y que puede alejar de su ejemplo a
los muchachos sedientos de grandeza de los siglos futuros es una transformación tan
completa del sentido de lo que es grande que excluya por completo a Hitler.
Es quimérico creer, debido a la ceguera de los odios nacionales, que se puede
excluir a Hitler de la grandeza sin una transformación total, en los hombres de hoy, de
la concepción y el sentido de lo que es grande. Para contribuir a esta transformación
hay que haberla realizado en uno mismo. En este mismo momento cada uno puede
empezar a castigar a Hitler en el interior de su propia alma modificando la
distribución del sentimiento de la grandeza. Esto dista de ser fácil, pues se opone a
ello una presión tan fuerte y envolvente como la del ambiente. Para conseguirlo hay
que excluirse espiritualmente de la sociedad. Por eso decía Platón que la capacidad de
discernir el bien sólo existe en almas predestinadas que han recibido una educación
directa por parte de Dios.
Carece de sentido investigar hasta dónde llegan las semejanzas y las diferencias
entre Hitler y Napoleón. El único problema que tiene interés consiste en saber si se
puede excluir legítimamente a uno de ellos de la grandeza sin excluir también al otro;
si sus títulos para ser admirados son análogos o esencialmente distintos. Y si, tras
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haber planteado claramente la cuestión y haberla contemplado de frente durante
mucho tiempo, uno se desliza en la mentira, está perdido.
Marco Aurelio venía a decir, a propósito de Alejandro y de César: si no han sido
justos, nada me obliga a imitarles. De la misma manera: a nosotros nada nos obliga a
admirarles.
Nada nos obliga a ello, salvo la influencia soberana de la fuerza.
¿Es posible admirar sin amar? Y, si la admiración es un amor, ¿cómo nos
atrevemos a admirar otra cosa que el bien?
Bastaría hacer con uno mismo el pacto de admirar en la historia únicamente las
acciones y las vidas a través de las cuales irradia el espíritu de verdad, de justicia y de
amor; y, además, muy por debajo de esto, aquéllas en cuyo interior cabe discernir en
acción un presentimiento real de este espíritu.
Esto excluye, por ejemplo, al mismo san Luis, debido al vergonzoso consejo que
dio a sus amigos: que hundieran su espada en el vientre de quien mantuviera en su
presencia opiniones manchadas de herejía o de incredulidad.
Cierto que se puede alegar, para excusarle, que tal era el espíritu de su época, que
al situarse siete siglos antes de nuestro tiempo se hallaba obnubilado en igual
proporción. Pero esto es mentira. Poco antes de san Luis, los católicos de Béziers, en
vez de hundir su espada en el cuerpo de los heréticos de la villa, murieron todos antes
que entregarles. La Iglesia ha olvidado colocarles entre los mártires, honor que en
cambio concede a inquisidores castigados con la muerte por sus víctimas. Los
amantes de la tolerancia, de las luces y del laicismo, durante los tres últimos siglos,
apenas si han conmemorado su memoria. Una forma tan heroica de la virtud a la que
dan el necio nombre de tolerancia parece resultarles embarazosa.
Pero incluso aunque fuera cierto que la crueldad del fanatismo hubiera dominado
todas las almas de la Edad Media, la única conclusión posible es que en esa época no
había nada que admirar ni que amar. Y esto no acercaría a san Luis ni siquiera un
milímetro al bien. El espíritu de verdad, de justicia y de amor no tiene absolutamente
nada que ver con las distancias milimétricas; es eterno; el mal es la distancia que
separa de él a las acciones y a los pensamientos; una crueldad del siglo X es
exactamente igual de cruel que una crueldad del siglo XIX, ni más ni menos.
Para discernir una crueldad hay que tener en cuenta las circunstancias, las
significaciones variables relacionadas con los actos y las palabras, el lenguaje
simbólico propio de cada ambiente; pero cuando se ha reconocido indiscutiblemente
una acción como cruel, tal acción es horrible cualesquiera que sean su lugar y su
fecha.
Eso estaría irresistiblemente claro si se amara como a uno mismo a todos los
desgraciados que padecieron la crueldad de sus semejantes hace dos o tres mil años.
Entonces no se podría escribir, como hace Carcopino, que la esclavitud se suavizó
en Roma bajo el Imperio dado que raramente se aplicaba a los esclavos un castigo
que fuera más allá del látigo.
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La superstición moderna del progreso es un subproducto de la mentira por la cual
el cristianismo se convirtió en la religión oficial romana; está vinculada a la
destrucción de los tesoros espirituales de los países conquistados por Roma, a la
ocultación de la continuidad perfecta entre esos tesoros y el cristianismo; a una
concepción histórica de la Redención, que la convierte en una operación temporal y
no eterna. La idea de progreso se volvió laica posteriormente; ahora es el veneno de
nuestra época. Al plantear que la falta de humanidad era algo grande y bueno en el
siglo XIV pero un horror en el siglo XIX, ¿se podía impedir a un jovencito del siglo XX,
amante de las lecturas históricas, que se dijera: «Advierto en mí mismo que la época
en que la humanidad era una virtud está ahora acabada, que vuelve la época de la
inhumanidad»? ¿Qué impide imaginar una sucesión cíclica en vez de una línea
continua? El dogma del progreso deshonra al bien al convertirlo en una cuestión de
modas.
Por otra parte, este dogma parece corresponderse con los hechos sólo porque el
espíritu histórico consiste en creer en la palabra de los asesinos. Cuando en algún
momento el horror consigue atravesar la sensibilidad espesa de un lector de Tito
Livio, se tranquiliza diciéndose que «Eran las costumbres de la época». Sin embargo,
es evidente en los historiadores griegos que la brutalidad de los romanos horrorizó y
paralizó a sus contemporáneos exactamente igual que ocurre hoy con la de los
alemanes.
Salvo error, entre todos los hechos relativos a los romanos que se encuentran en la
historia antigua sólo hay un ejemplo de bien perfectamente puro. Bajo el triunvirato,
durante las proscripciones, los personajes consulares, los cónsules y pretores cuyos
nombres figuraban en la lista abrazaban las rodillas de sus propios esclavos e
imploraban su ayuda proclamándoles sus dueños y salvadores; el orgullo romano no
se mantenía en la desgracia. Los esclavos, con razón, les rechazaban. Sin embargo un
romano, sin haber tenido que humillarse, fue ocultado por sus esclavos en su propia
casa. Los soldados, que le habían visto entrar, torturaron a los esclavos para
obligarles a entregar a su dueño. Los esclavos lo padecieron todo sin doblegarse. Pero
el amo, desde su escondite, veía la tortura. No pudo soportar el espectáculo, se
entregó a los soldados y fue muerto inmediatamente.
Quien tenga el corazón en su sitio, si tuviera que escoger entre varios destinos,
optaría por ser, indiferentemente, ese amo o uno de sus esclavos, y no uno de los
Escipiones, o César, Cicerón, Augusto, Virgilio o incluso alguno de los Gracos.
He aquí un ejemplo de lo que es legítimo admirar. En la historia hay pocas cosas
perfectamente puras. La mayoría se refiere a personas cuyo nombre ha desaparecido,
como ese romano o como los habitantes de Béziers a principios del siglo xjji. Si se
busca nombres que evoquen la pureza se encontrarán pocos. En la historia griega
apenas si se podría mencionar a Arístides, a Dion, el amigo de Platón, y a Agis, el
joven rey socialista de Esparta, asesinado a los veinte años. En la historia de Francia,
¿hay más nombres que el de Juana de Arco? No es seguro.
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Pero eso importa poco. ¿Qué es lo que obliga a admirar muchas cosas? Lo
esencial es admirar únicamente lo que se puede admirar con toda el alma. ¿Quién
puede admirar con toda el alma a Alejandro, como no tenga bajeza de alma?
Hay gente que propone eliminar la enseñanza de la historia. Cierto es que habría
que eliminar la absurda costumbre de sacar lecciones de la historia, al margen de un
esqueleto de datos y puntos de referencia tan magro como sea posible, y dedicarle a
la historia el mismo tipo de atención que a la literatura. Pero suprimir el estudio de la
historia sería desastroso. Se percibe demasiado bien en los Estados Unidos qué es un
pueblo carente de la dimensión del tiempo.
Hay quien propone enseñar la historia dejando las guerras en el último plano. Eso
sería mentir. Bien advertimos hoy, y es igual de evidente en lo que se refiere al
pasado, que para los pueblos no hay nada más importante que la guerra. De la guerra
hay que hablar tanto o más que hoy, pero es preciso hacerlo de otra manera.
Para conocer el corazón humano no hay más procedimiento que el estudio de la
historia unido a la experiencia de la vida, de modo que se iluminen mutuamente.
Existe la obligación de proporcionar este alimento a los espíritus de los adolescentes
y de los hombres. Pero es necesario que sea un alimento de verdad. No sólo que los
hechos sean tan exactos como se pueda controlar, sino que además sean mostrados en
su verdadera perspectiva en relación con el bien y el mal.
La historia es un tejido de bajezas y crueldades donde de tarde en tarde brillan
unas gotas de pureza. Ocurre así ante todo porque entre los hombres hay poca pureza,
y además porque la mayor parte de esa poca pureza permanece oculta. Hay que
buscarla, si se puede, a partir de testimonios indirectos. Las iglesias románicas y el
canto gregoriano sólo pudieron surgir entre poblaciones en las que había mucha más
pureza que en los siglos posteriores.
Para amar a Francia hay que sentir que tiene un pasado, pero no hay que amar el
envoltorio histórico de este pasado. Hay que amar la parte muda, anónima,
desaparecida.
Es absolutamente falso que un mecanismo providencial transmita lo mejor de
cada época a la memoria de la posteridad. Por la naturaleza de las cosas, lo que se
transmite es la falsa grandeza. Hay un mecanismo providencial, pero sólo opera
mezclando un poco de grandeza auténtica a mucha falsa grandeza; a nosotros nos
corresponde discernirlas. Sin eso estaríamos perdidos.
La transmisión de la falsa grandeza a través de los siglos no es algo específico de
la historia. Es una ley general. También gobierna, por ejemplo, las letras y las artes.
Hay un cierto predominio del talento literario a través de los siglos que responde al
predominio espacial del talento político; se trata de predominios que tienen la misma
naturaleza, temporal en ambos casos, y que pertenecen los dos al ámbito de la materia
y de la fuerza, igualmente bajos. De modo que pueden ser objeto de trato y de
cambio.
Ariosto no se sonrojó al decirle a su señor, el duque de Este, en su poema, algo
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parecido a lo siguiente: Estoy en tu poder a lo largo de mi vida, y de ti depende que
sea rico o pobre. Pero tu nombre está en mi poder para el futuro, y de mí depende que
dentro de trescientos años no se hable para nada de ti, y que se hable bien o se hable
mal. Nos conviene entendernos. Dame tú favor y riqueza, y tu elogio lo haré yo.
Virgilio tenía un sentido de las conveniencias demasiado agudo para exponer
públicamente un trato de este género. Pero en realidad tal es el trato que hizo con
Augusto. Sus versos resultan con frecuencia deliciosos, pero a pesar de ello habría
que encontrar para él y para los que son como él un nombre que no fuera el de poeta.
La poesía no se vende. Dios sería injusto si la Eneida, compuesta en estas
condiciones, tuviera tanto valor como la Ilíada. Pero Dios es justo, y la Eneida dista
infinitamente de tener ese valor.
No sólo en el estudio de la historia: en todos los estudios propuestos a los niños se
desprecia el bien; y, cuando llegan a hombres, sólo encuentran en el alimento que se
ofrece a sus espíritus motivos para encallecerse en tal desprecio.
Es evidente, es una verdad que se ha convertido en lugar común entre los niños y
entre los hombres, que el talento no tiene nada que ver con la moralidad. Pero a la
admiración de los niños únicamente se propone el talento en todos los ámbitos. En
todas las manifestaciones del talento, cualesquiera que sean, ven desplegarse con
impudicia la ausencia de las virtudes que se les recomienda practicar. ¿Qué hay que
concluir, como no sea que la virtud es propia de la mediocridad? Este convencimiento
ha penetrado tanto que la propia palabra virtud, en otro tiempo cargada de sentido, es
ahora ridícula, al igual que las palabras honradez y bondad. Los ingleses están más
próximos a su pasado que los demás países, de modo tal que hoy no hay en la lengua
francesa palabra alguna que pueda traducir good y wicked.
Un niño que ve glorificar en las clases de historia la crueldad y la ambición; en
las de literatura, el egoísmo, el orgullo, la vanidad y el ansia por destacar; en las de
ciencia, todos los descubrimientos que han trastocado la vida de los hombres, sin
tener en cuenta el método del descubrimiento ni los efectos de esa transformación,
¿cómo puede aprender a admirar el bien? Todo lo que intenta ir contra esta corriente
tan general —por ejemplo, los elogios a Pasteur— suena a falso. En la atmósfera de
la falsa grandeza resulta inútil querer recuperar lo verdadero. Hay que despreciar la
falsa grandeza.
Cierto es que el talento no tiene que ver con la moralidad; pero ocurre que en el
talento no hay grandeza alguna. Es falso que no haya vínculos entre la belleza
perfecta, la verdad perfecta y la justicia perfecta; hay algo más que vínculos: hay una
misteriosa unidad, pues uno es el bien.
Existe un punto de grandeza donde el genio creador de belleza, el genio revelador
de verdad, el heroísmo y la santidad son indiscernibles. En los aledaños de ese punto
se advierte que los géneros de grandeza tienden a confundirse. No es posible discernir
en Giotto el genio del pintor y el espíritu franciscano; ni en los cuadros y los poemas
de la secta Zen en China el genio del pintor o del poeta y el estado de iluminación
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mística; ni tampoco, cuando Velázquez pinta en el lienzo reyes y mendigos, es
posible discernir el genio del pintor y el amor ardiente e imparcial que traspasa el
fondo de las almas. La Ilíada, las tragedias de Esquilo y las de Sófocles llevan el
sello evidente de que los poetas que las compusieron se hallaban en estado de
santidad. Desde el punto de vista puramente poético, sin tener en cuenta nada más, es
infinitamente preferible haber compuesto el Cántico de san Francisco de Asís, esa
joya de belleza perfecta, que toda la obra de Víctor Hugo. Racine escribió la única
obra de toda la literatura francesa que puede colocarse al lado de las grandes obras
maestras griegas en un momento en que su alma se veía atravesada por la conversión.
Estaba lejos de la santidad cuando escribió sus otras obras, pero tampoco se
encuentra en ellas esa belleza desgarradora. Una obra como King Lear es el fruto
directo del puro espíritu de amor. La santidad resplandece en las iglesias románicas y
en el canto gregoriano. Monteverdi, Bach y Mozart fueron seres puros tanto en su
vida como en su obra.
Si hay genios en los que el genio es puro hasta el punto de estar manifiestamente
cerca de la grandeza propia de los santos más perfectos, ¿por qué perder el tiempo
admirando a otros? A los otros se les puede emplear, buscar en ellos conocimiento y
placer, pero ¿por qué amarles? ¿Por qué entregar el alma a otra cosa que el bien?
En la literatura francesa hay una indiscernible corriente de pureza. En la poesía
hay que empezar por Villon[*], el primero y el más grande de todos. Nada sabemos de
sus culpas, ni siquiera si las tuvo; pero la pureza del alma se manifiesta a través de la
expresión desgarradora de la desdicha. El último, o casi, de esta corriente es Racine,
por su Phèdre y los Cantiques spirituels; entre ambos se puede citar a Maurice
Scève[*], a d’Aubigné y a Théophile de Viau, que fueron tres grandes poetas y tres
personas raramente elevadas. En el siglo XIX todos los poetas fueron más o menos
gentes de letras, lo que mancilla vergonzosamente la poesía; Lamartine y Vigny[*]
aspiraron al menos a algo puro y auténtico. En Gérard de Nerval[*] hay poca poesía
auténtica. Hacia el final del siglo Mallarmé fue admirado como una especie de santo
tanto como poeta, y había en él dos grandezas indiscernibles la una de la otra.
Mallarmé es un poeta auténtico.
En la prosa hay quizá una pureza misteriosa en Rabelais, en quien, por lo demás,
es misterioso todo. También la hay, ciertamente, en Montaigne, pese a sus abundantes
carencias, porque siempre estaba habitado por la presencia de un ser puro sin el cual
se habría quedado en la mediocridad: me refiero a La Boétie[*]. En el siglo XVII se
puede pensar en Descartes, en Retz, en Port-Royal[*] y sobre todo en Moliére. En el
XVIII están Montesquieu y Rousseau. Y quizá eso es todo.
Suponiendo que en esta enumeración haya cierta exactitud, eso no significa que
no haya que leer lo demás, sino que hay que leerlo sin creer encontrar en ello el genio
de Francia. Éste sólo reside en lo que es puro.
Tienen toda la razón quienes dicen que el genio de Francia es un genio cristiano y
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helénico. Por ello sería legítimo, en la educación y en la cultura de los franceses,
atribuir un papel mucho menor a las cosas específicamente francesas que al arte
románico, al canto gregoriano, a la poesía litúrgica y al arte, a la poesía y a Ja prosa
de los griegos de la buena época. Ahí puede beberse a cubos belleza absolutamente
pura desde todos los puntos de vista.
Es triste que el griego sea visto como una materia erudita para especialistas. Si se
dejara de subordinar el estudio del griego al del latín y se intentara únicamente que un
niño fuera capaz de leer fácilmente y con gusto un texto griego fácil con una
traducción enfrentada se podría difundir un ligero conocimiento del griego muy
ampliamente, incluso fuera de la enseñanza secundaria. Cualquier niño mínimamente
dotado podría entrar en contacto directo con la civilización de la que hemos obtenido
las nociones mismas de belleza, de verdad y de justicia.
Nunca se encenderá en los corazones de toda la población el amor al bien, tal
como lo necesita la salvación del país, mientras se crea que la grandeza, en cualquier
ámbito, puede ser consecuencia de algo distinto del bien.
Por eso dijo Cristo: «Un buen árbol da frutos buenos; un árbol malo da frutos
podridos». O una obra de arte perfectamente bella es un fruto podrido o la inspiración
que la produce está cerca de la santidad.
Si el bien puro jamás fuera capaz de producir aquí abajo auténtica grandeza en el
arte, en la ciencia, en la especulación teórica o en la acción pública, y si en todos
estos ámbitos no hubiera más que falsa grandeza, si en todos ellos todo fuera
miserable y por tanto condenable, no habría esperanza alguna para la vida profana.
No habría iluminación posible de este mundo por el otro.
Pero no ocurre así, y por ello es indispensable discernir la grandeza verdadera de
la falsa y proponer al amor sólo la primera. La auténtica grandeza es el fruto bueno
que crece en el árbol bueno, y el árbol bueno es una disposición del alma que está
cerca de la santidad. Las demás supuestas grandezas deben ser examinadas fríamente,
como si se tratara de curiosidades naturales. Y aunque en realidad la división en estas
dos rúbricas puede implicar errores, no es menos esencial insertar en lo más profundo
del corazón el principio mismo de la división.
La concepción moderna de la ciencia, al igual que la de la historia y la del arte, es
responsable de las monstruosidades actuales, y también ella debe ser transformada
antes de que se pueda esperar que despunte una civilización mejor.
Esto es tanto más importante cuanto que, pese a que la ciencia es asunto
estrictamente de especialistas, el prestigio de la ciencia y de los sabios en todos los
espíritus es inmenso, y en los países no totalitarios supera con mucho cualquier otro.
Al estallar la guerra era tal vez el único prestigio que subsistía en Francia; nada era
objeto de mayor respeto. En la atmósfera del Palais de la Découverte, en 1937, había
algo a la vez de publicitario y de espíritu religioso, si se toma esta última expresión
en su sentido más grosero. La ciencia, con la técnica, que no es más que la aplicación
de la primera, es el único título de orgullo de ser occidentales, gentes de raza blanca,
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modernos.
Un misionero que convence a un polinesio de que abandone sus tradiciones
ancestrales, tan poéticas y tan bellas, sobre la creación del mundo, para tomar las del
Génesis, impregnadas de una poesía muy parecida, obtiene su fuerza de persuasión en
la conciencia que tiene de su superioridad de hombre blanco, conciencia basada en la
ciencia. No obstante, personalmente es tan extraño a la ciencia como el polinesio,
pues un no especialista es en realidad extraño a la ciencia. Un maestro de aldea que se
burla del cura, y cuya actitud aleja a los niños de ir a misa, saca su fuerza de
convicción de la conciencia que tiene de su superioridad de hombre moderno sobre
un dogma medieval, conciencia fundamentada en la ciencia. Sin embargo, en lo que
se refiere a las posibilidades de control, la teoría de Einstein es al menos tan poco
fundada y tan contraria al sentido común como la tradición cristiana relativa a la
concepción y el nacimiento de Cristo.
En Francia se duda de todo y no se respeta nada; hay gentes que desprecian la
religión, la patria, el Estado, los tribunales, la propiedad, el arte o, en una palabra,
todo, pero su desprecio se detiene ante la ciencia. El más grosero cientificismo no
tiene adeptos más fervientes que los anarquistas. Su gran hombre es Le Dantec[*]. Los
«bandidos trágicos» de Bonnot[*] encuentran inspiración en él, y el que más pasaba
por héroe ante sus camaradas llevaba el apodo de «Raymond La Ciencia». En el otro
extremo, hay sacerdotes o religiosos tan absorbidos por la vida religiosa que
desprecian todos los valores profanos, aunque su desprecio desaparece al llegar a la
ciencia. En todas las polémicas en que religión y ciencia parecen entrar en conflicto
hay, por parte de la Iglesia, una inferioridad intelectual casi cómica, pues se debe no
ya a la fuerza de los argumentos contrarios, generalmente muy mediocres, sino
únicamente a un complejo de inferioridad.
Hoy no hay incrédulos ante el prestigio de la ciencia. Esto les da a los sabios, y
también a los filósofos y escritores en la medida en que escriben a propósito de la
ciencia, una responsabilidad semejante a la que tenían los sacerdotes en el siglo XIII.
Tanto los unos como los otros son seres humanos a quienes la sociedad alimenta para
que tengan la tranquilidad necesaria para investigar, hallar la verdad y comunicarla.
En el siglo XX, como en el siglo XIII, el pan gastado en esto es por desgracia pan
desperdiciado, y quizá algo peor.
La Iglesia del siglo XIII tenía a Cristo pero también a la Inquisición. La ciencia del
siglo XX no tiene Inquisición, pero tampoco tiene a Cristo, ni nada que se le parezca.
La carga asumida hoy por los sabios y por cuantos escriben acerca de la ciencia es
un peso tal que también ellos, como los historiadores e incluso más, son tal vez más
culpables de los crímenes de Hitler que el propio Hitler. He aquí lo que aparece en un
pasaje de Mein Kampf:
El hombre jamás debe caer en el error de creer que es dueño y señor de la
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naturaleza… Si lo hace advertirá que en un mundo en que los planetas y los
soles siguen trayectorias circulares, en que las lunas giran en torno a los
planetas, en que la fuerza reina en todas partes sola y como dueña sobre la
debilidad, que obliga a servirla dócilmente o a ser aplastado, el hombre no
puede depender de leyes especiales.
Estas líneas expresan de modo irreprochable la única conclusión que se puede
obtener razonablemente de la concepción del mundo encerrada en nuestra ciencia.
Toda la vida de Hitler no es más que la puesta en práctica de esta conclusión. ¿Quién
puede reprocharle que ponga en práctica lo que ha creído reconocer como verdadero?
Los que, siendo portadores de los fundamentos de la misma creencia, no han tomado
consciencia de ella y no la han traducida en acciones, sólo han escapado al crimen
por no tener cierta especie de valor que en cambio tiene él.
Una vez más: no es justo acusar al adolescente abandonado, vagabundo
miserable, de alma sedienta, sino a quienes le han dado mentiras para comer. Quienes
le han dado a comer mentiras son nuestros mayores, y nosotros somos semejantes a
ellos.
En la catástrofe de nuestro tiempo, verdugos y víctimas son unos y otros, ante
todo, los involuntarios portadores de un testimonio sobre la miseria atroz en cuyo
fondo yacemos.
Para tener derecho a castigar a los culpables tendríamos primero que purificarnos
de su crimen, guardado en nuestra propia alma con toda suerte de disfraces. Pero si
conseguimos realizar esta operación, cuando lo hayamos logrado ya no tendremos
deseo alguno de castigar, y, si nos creemos obligados a hacerlo, lo haremos lo menos
posible y con extremo dolor.
Hitler ha visto muy bien el absurdo de la concepción del siglo XVIII todavía hoy
en vigor, y que por lo demás tiene sus raíces en Descartes. Desde hace dos o tres
siglos se cree a la vez que la fuerza es el dueño único de todos los fenómenos de la
naturaleza y que los hombres pueden y deben fundamentar en la justicia, reconocida
por medio de la razón, sus relaciones mutuas. He aquí un absurdo manifiesto. No
puede concebirse que en el universo absolutamente todo esté sometido al imperio de
la fuerza y que el hombre pueda sustraerse a ella, cuando está hecho de carne y de
sangre y su pensamiento vaga al azar de las impresiones sensibles.
Sólo hay una alternativa. O bien percibir actuante en el universo, al lado de la
fuerza, un principio distinto de la fuerza misma, o bien reconocer a la fuerza como
dueña única y soberana también de las relaciones entre los hombres.
En el primer caso, se entra en oposición radical con la ciencia moderna tal como
fue fundada por Galileo, Descartes y otros, proseguida en el siglo XVIII, especialmente
por Newton, en el XIX y en el XX. En el segundo caso, se entra en oposición radical
con el humanismo que surgió en el Renacimiento, triunfó en 1789 y que, en forma
bastante degradada, ha servido de inspiración a toda la III República.
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La filosofía que ha inspirado el espíritu laico y la política radical está basada a la
vez en esta ciencia y en este humanismo, los cuales son, como se ve, manifiestamente
incompatibles. No se puede decir que la victoria de Hitler sobre Francia en 1940 ha
sido la victoria de una mentira sobre una verdad. Una mentira incoherente ha sido
vencida por una mentira coherente. Por eso, además de las armas, han flaqueado los
espíritus.
En el curso de los últimos siglos se ha advertido confusamente la contradicción
entre la ciencia y el humanismo, aunque nunca se ha tenido el valor intelectual de
mirarla de frente. Se ha intentado resolver esa contradicción sin haberla expuesto
primero a la vista de todos. Esta falta de probidad de la inteligencia se castiga
siempre con el error.
El utilitarismo ha sido fruto de uno de tales intentos. Se trata de la suposición de
un pequeño mecanismo maravilloso por medio del cual la fuerza, al entrar en la
esfera de las relaciones humanas, se convierte automáticamente en productora de
justicia.
El liberalismo económico de los burgueses del siglo XIX descansa enteramente en
la creencia en tal mecanismo. La única restricción consistía en que, para tener la
propiedad de producir automáticamente justicia, la fuerza debe tener la forma del
dinero, con exclusión de todo uso tanto de las armas como del poder político.
El marxismo no es más que la creencia en otro mecanismo de este tipo. Ahí la
fuerza es bautizada con el nombre de historia; su forma es la lucha de clases; la
justicia se relega a un futuro que debe ir precedido de una especie de catástrofe
apocalíptica.
También Hitler, tras un momento de valor intelectual y de clarividencia, ha caído
en la creencia en ese pequeño mecanismo. Pero necesitaba un modelo de máquina
inédito. Ha carecido de gusto y de capacidad de invención intelectual, fuera de
algunos relámpagos de intuición genial. De modo que ha tomado prestado su modelo
de máquina a las gentes que le obsesionaban de continuo por la repulsión que le
inspiraban. Ha tomado simplemente por máquina la noción de raza elegida, la raza
destinada a dominarlo todo y a establecer entre sus esclavos a continuación la especie
de justicia adecuada a la esclavitud.
Todas estas concepciones aparentemente distintas y tan parecidas en el fondo sólo
tienen un inconveniente, siempre el mismo. Y es que son mentiras.
La fuerza no es una máquina que pueda crear automáticamente la justicia. Es un
mecanismo ciego del que salen al azar, indiferentemente, efectos justos e injustos,
pero casi siempre injustos por el juego de las probabilidades. El curso del tiempo no
añade nada; no aumenta en el funcionamiento de este mecanismo la ínfima
proporción de efectos conformes por azar a la justicia.
Si la fuerza es absolutamente soberana la justicia es absolutamente irreal. Pero no
lo es. Lo sabemos experimentalmente. Es real en el fondo del corazón de los
hombres. La estructura de un corazón humano es una realidad entre las realidades de
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este universo; tiene el mismo título de realidad que la trayectoria de un astro.
Está fuera del alcance del poder de los hombres excluir absolutamente toda
especie de justicia de los fines asignados a sus acciones. Ni los propios nazis han
podido hacerlo. Si estuviera en poder de los hombres, sin duda ellos hubieran podido
conseguirlo.
(Dicho sea de pasada: su concepción del orden justo que debe a fin de cuentas
resultar de sus victorias se basa en la idea de que, para todos aquellos que son
esclavos por naturaleza, la servidumbre es la condición a la vez más justa y más feliz.
Se trata del pensamiento del propio Aristóteles, su gran argumento para la apología
de la esclavitud. Santo Tomás, aunque no aprobaba la esclavitud, consideraba a
Aristóteles como la mayor autoridad para todos los temas de estudio accesibles a la
razón humana, entre los cuales está el de la justicia. Consiguientemente, la existencia
de una corriente tomista en el cristianismo contemporáneo constituye un vínculo de
complicidad —desgraciadamente entre otros muchos— entre el campo nazi y el
campo adversario. Pues, aunque rechacemos esta idea de Aristóteles, en nuestra
ignorancia nos vemos llevados forzosamente a admitir otras que arraigan en ella. Un
hombre que se toma el trabajo de elaborar una apología de la esclavitud no ama la
justicia. Nada importa el siglo en que viva. Aceptar como autoridad a un hombre que
no ama la justicia constituye una ofensa a la justicia, castigada inevitablemente con la
disminución del discernimiento. Que santo Tomás cometiera esta ofensa no nos
obliga a repetirla a nosotros.)
Si la justicia es imborrable del corazón del hombre posee realidad en este mundo.
Quien se equivoca, entonces, es la ciencia.
No la ciencia, si hay que hablar con precisión, sino la ciencia moderna. Los
griegos tenían una ciencia que es el fundamento de la nuestra. Incluía la aritmética, la
geometría, el álgebra en una forma propia suya, la astronomía, la mecánica, la física y
la biología. La cantidad de conocimientos acumulados era naturalmente mucho
menor que en nuestra ciencia. Pero por su carácter científico, en el significado que
tiene para nosotros esta palabra, según criterios válidos para nosotros, esa ciencia
igualaba y superaba a la nuestra. Era más exacta, más precisa, más rigurosa. El uso de
la demostración y del método experimental se concebían con perfecta claridad.
Si esto no está generalmente admitido es sólo porque el tema mismo es poco
conocido. A poca gente, como no sea empujada por una vocación particular, se le
ocurrirá sumergirse en la atmósfera de la ciencia griega como si se tratara de algo
actual y vivo. Quienes lo han hecho no han tenido dificultades en reconocer la
verdad.
La generación de matemáticos que ronda ahora por los cuarenta años ha admitido
que, tras un prolongado desfallecimiento del espíritu científico en el desarrollo de la
matemática, está en vías de producirse el retorno al rigor indispensable para los
sabios mediante el uso de métodos casi idénticos a los de los geómetras griegos.
En cuanto a las aplicaciones técnicas, si la ciencia griega no produjo muchas no
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fue por ser incapaz de ello, sino porque los sabios griegos no las querían. Aquellas
gentes, visiblemente muy atrasadas respecto de nosotros, como corresponde a
hombres de hace veinticinco siglos, temían las consecuencias de invenciones técnicas
susceptibles de ser utilizadas por tiranos y conquistadores. Así, en vez de entregar al
público el mayor número posible de descubrimientos técnicos y de venderlos al mejor
postor, conservaban rigurosamente en secreto las que conseguían para divertirse; y
verosímilmente seguían siendo pobres. Arquímedes puso una vez en práctica su saber
técnico para defender a su patria. Pero lo puso en práctica él mismo, sin recelar a
nadie secreto alguno. El relato de las maravillas que supo realizar es todavía hoy en
gran parte incomprensible. Y tuvo tanto éxito que los romanos sólo lograron entrar en
Siracusa mediante una semi-traición.
Pues bien: esta ciencia, tan científica o más que la nuestra, no era nada
materialista. Es más: no era un estudio profano. Los griegos la consideraban como un
saber religioso.
Los romanos mataron a Arquímedes. Poco después mataron a Grecia como los
alemanes habrían matado a Francia de no ser por Inglaterra. La ciencia griega
desapareció por completo. En la civilización romana no quedó nada de ella. Si su
memoria llegó a la Edad Media fue por el llamado pensamiento gnóstico, en
ambientes iniciáticos, Pero incluso en este caso parece claro que sólo hubo
conservación, y no continuación creadora, salvo tal vez en lo que respecta a la
alquimia, de la que se sabe muy poco.
Sea como fuere, en el ámbito público la ciencia griega sólo resucitó a principios
del siglo XVI (salvo error de fecha) en Italia y en Francia. En seguida cobró un
prodigioso impulso e invadió toda la vida de Europa. Hoy la casi totalidad de nuestras
ideas, de nuestras costumbres, de nuestras reacciones y de nuestro comportamiento
lleva la marca impresa por su espíritu o por sus aplicaciones.
Esto es más particularmente cierto en lo que respecta a los intelectuales, incluso
los que no son de los llamados «científicos», y más aún de los obreros, que pasan
toda su vida en un universo artificial constituido por las aplicaciones de la ciencia.
Sin embargo, como en algunos cuentos, esta ciencia que había despertado tras un
letargo de casi dos mil años ya no era la misma. Había cambiado. Era otra distinta,
absolutamente incompatible con todo espíritu religioso.
Por eso la religión sólo es hoy cosa del domingo por la mañana. El resto de la
semana está dominado por el espíritu científico.
Los no creyentes, que le entregan toda la semana, tienen un triunfal sentimiento
de unidad interior. Pero se engañan, pues su moral está tan en contradicción con la
ciencia como la religión de los demás. Hitler lo ha comprendido claramente. Y lo
muestra, además, a muchas gentes, en cualquier parte donde se advierte la presencia o
la amenaza de las SS, e incluso más lejos. Hoy casi únicamente la adhesión sin
reservas a un sistema totalitario pardo, rojo o de otro color puede proporcionar una
ilusión sólida, por decirlo así, de unidad interior. Por ello constituye una tentación tan
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fuerte para tantas almas en zozobra.
Entre los cristianos, la absoluta incompatibilidad entre el espíritu religioso y el
espíritu científico, los cuales obtienen ambos adhesión, infunde permanentemente en
el alma un malestar sordo e inconfesado. Puede ser casi inadvertido; se percibe más o
menos según los casos, y, naturalmente, es casi siempre inconfesado. Impide la
cohesión interior. Se opone a que la luz cristiana impregne todos los pensamientos.
Como consecuencia indirecta de su presencia continua, los cristianos más fervientes
emiten cada hora de su vida juicios y opiniones en los que aplican sin darse cuenta
criterios contrarios al espíritu del cristianismo. Pero la más funesta consecuencia de
este malestar es que hace imposible que se ejerza en su plenitud la virtud de la
probidad intelectual.
El fenómeno moderno de la irreligiosidad del pueblo se explica casi enteramente
por la incompatibilidad entre la ciencia y la religión. Se ha desarrollado cuando se
empezó a instalar al pueblo de las ciudades en un universo artificial, cristalización de
la ciencia. En Rusia la transformación se ha visto apresurada por una propaganda que
para desarraigar la fe se apoyaba casi enteramente en el espíritu de la ciencia y de la
técnica. Y en todas partes, una vez que la población de las ciudades se ha vuelto
irreligiosa, la población del campo, influenciable por su complejo de inferioridad
respecto de las ciudades, la ha seguido, aunque en grado menor.
Como consecuencia del abandono de las iglesias por el pueblo la religión quedó
situada automáticamente a la derecha; se convirtió en algo burgués, en cosa de
bienpensantes. Pues una religión instituida está obligada a apoyarse en quienes
acuden a la iglesia. No puede apoyarse en los que se quedan fuera. Cierto es que
desde antes de esta deserción el servilismo de la clerecía respecto de los poderes
temporales la hizo cometer faltas graves. Pero sin esta deserción se hubiera podido
repararlas. Aunque en parte la provocaron, esa parte fue menor. Lo que ha vaciado las
iglesias ha sido casi únicamente la ciencia.
Si un sector de la burguesía se ha visto menos dificultado en su piedad que la
clase obrera es en primer lugar porque tiene un contacto menos permanente y menos
carnal con las aplicaciones de la ciencia. Pero sobre todo porque carece de fe. Quien
no tiene fe no puede perderla. Con algunas excepciones, la práctica de la religión ha
sido para la burguesía una cuestión de conveniencia. La concepción científica del
mundo no impide observar las conveniencias.
De modo que el cristianismo, de hecho, y con la excepción de algunos focos de
luz, es una cuestión de conveniencia relativa a los intereses de quienes explotan al
pueblo.
No puede sorprender que desempeñe un papel en definitiva muy mediocre, en
este momento, contra la forma actual del mal.
Y ello tanto más cuanto que, incluso en los ambientes y en los corazones en los
que la vida religiosa es más sincera e intensa, con harta frecuencia hay en su centro
mismo un principio de impureza debido a una insuficiencia del espíritu de verdad. La
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existencia de la ciencia da mala conciencia a los cristianos. Pocos de ellos se atreven
a estar convencidos de que, si partieran de cero y consideraran todos los problemas
anulando sus preferencias, en el espíritu de un examen absolutamente imparcial, el
dogma cristiano se les aparecería total y manifiestamente como la verdad.
Esta incertidumbre debería hacer más laxos sus vínculos con la religión; no
ocurre así, y lo que lo impide es que la vida religiosa les proporciona algo que
necesitan. Sienten más o menos confusamente que están vinculados a la religión por
una necesidad. Pero la necesidad no es un vínculo legítimo del hombre a Dios. Como
dijo Platón, hay gran distancia entre la naturaleza de la necesidad y la naturaleza del
bien. Dios se da al hombre gratuitamente y por añadidura, pero el hombre no debe
desear recibirle. Debe entregarse totalmente, incondicionalmente, y por el motivo
único de que tras haber errado de ilusión en ilusión en la búsqueda ininterrumpida del
bien, está seguro de haber discernido la verdad volviéndose hacia Dios.
Dostoievski profirió la peor de las blasfemias cuando dijo: «Si Cristo no es la
verdad, prefiero estar con Cristo lejos de la verdad». Cristo dijo: «Yo soy la verdad».
También dijo que era pan, que era bebida; pero dijo: «Yo soy el verdadero pan, la
verdadera bebida», es decir, el pan sólo de la verdad, la bebida sólo de la verdad. Hay
que desearle primero como verdad, y sólo a continuación como alimento.
Sin duda estas cosas se han olvidado por completo, pues se ha considerado
cristiano a Bergson; Bergson creía ver en la energía de los místicos la forma acabada
de ese impulso vital que convirtió en ídolo. Cuando en el caso de los místicos y de los
santos lo maravilloso no es que tengan más vida que los demás, o que tengan una
vida más intensa, sino que en ellos la verdad se haya convertido en vida. En este
mundo la vida, el impulso vital tan caro a Bergson, no es más que mentira, y sólo la
muerte es verdadera. Pues la vida obliga a creer que se necesita creer para vivir; tal
servidumbre se ha convertido en doctrina bajo el nombre de pragmatismo, y la
filosofía de Bergson es una forma de pragmatismo. Pero quienes pese a su carne y a
su sangre han traspasado interiormente un límite equivalente a la muerte obtienen del
más allá otra vida; una vida que en primer lugar no es vida: que en primer lugar es
verdad. Verdad vuelta vida. Verdadera como la muerte y viva como la vida. Una vida,
como dicen los cuentos de Grimm, blanca como la nieve y roja como la sangre. La
vida que es el aliento de la verdad, el Espíritu divino.
Ya Pascal cometió el crimen de falta de probidad en la búsqueda de Dios.
Habiendo formado su inteligencia en la práctica de la ciencia, no se atrevió a esperar
que si daba vía libre a esa inteligencia encontraría una certidumbre en el dogma
cristiano. Y tampoco se atrevió a correr el riesgo de tener que prescindir del
cristianismo. Emprendió una búsqueda intelectual decidiendo de antemano adónde
debía llevarle. Para evitar cualquier riesgo de ir a parar a otro lado se sometió a una
sugestión consciente y deseada. Tras de lo cual buscó pruebas. En el ámbito de las
probabilidades, de las indicaciones, percibió cosas muy fuertes. Pero en lo que se
refiere a pruebas propiamente dichas, las que apuntó eran miserables: el argumento
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de la apuesta, las profecías, los milagros. Y lo que es más grave para él es que jamás
alcanzó la certidumbre. Nunca obtuvo la fe, y ello porque trató de procurársela.
La mayoría de quienes acuden al cristianismo o que, habiendo nacido en su seno
y sin haberlo abandonado nunca, se unen a un movimiento auténticamente sincero y
ferviente, se ven empujados y mantenidos en ello por una necesidad del corazón. No
podrían prescindir de la religión. O, al menos, no podrían prescindir de ella sin
experimentar una especie de degradación. Pues para que el sentimiento religioso
proceda del espíritu de verdad hay que estar totalmente dispuesto a abandonar la
propia religión, aunque se perdiera por ello toda razón de vivir, en el caso de que
fuera algo distinto de la verdad. De otra manera ni siquiera se puede plantear
rigurosamente el problema.
Dios no puede ser para el corazón humano una razón de vivir como lo es el tesoro
para el avaro. Harpagon y Grandet amaban su tesoro; se habrían hecho matar por él;
habrían muerto de desdicha por su causa; habrían realizado por él maravillas de valor
y de energía. Es posible amar a Dios así. Pero no se debe. O, más bien, sólo a
determinada parte del alma le está permitida esta especie de amor, puesto que no es
capaz de experimentar ninguna otra; pero debe quedar sometida y abandonada a la
parte del alma que vale aún más.
Puede afirmarse sin temor a exagerar que hoy el espíritu de verdad está casi
ausente de la vida religiosa.
Esto se echa de ver, entre otras cosas, por la naturaleza de los argumentos
aportados en favor del cristianismo. Algunos de ellos son del tipo de la publicidad de
las pastillas Pink. Así ocurre con Bergson y con todo lo que se inspira en él. La fe
aparece en Bergson como una pastilla Pink de tipo superior, que proporciona un
grado prodigioso de vitalidad. Lo mismo ocurre con la argumentación histórica.
Consiste en decir: «¡Ved qué mediocres eran los hombres antes de Cristo! Vino
Cristo, y ya veis que los hombres, pese a sus debilidades, han sido luego en su
conjunto algo bueno». Esto es absolutamente contrario a la verdad. Pero, aunque
fuera verdadero, en todo caso es llevar la apologética al nivel de los anuncios de
especialidades farmacéuticas que muestran al enfermo antes y después. Eso es medir
la eficacia de la Pasión de Cristo, que si no es ficticia es necesariamente infinita,
según una consecuencia histórica, temporal y humana que, aunque fuera real —lo que
no es el caso—, sería algo necesariamente finito.
El pragmatismo ha invadido y ensuciado la concepción misma de la fe.
Si el espíritu de verdad está casi ausente de la vida religiosa resultaría muy
singular que estuviera presente en la vida profana. Sería la vuelta del revés de una
jerarquía eterna. Pero no es así.
Los sabios exigen del público que conceda a la ciencia el respeto religioso que se
debe a la verdad y el público les cree. Pero se le engaña. La ciencia no es un fruto del
Espíritu de verdad, y esto resulta evidente en cuanto se pone un poco de atención.
Pues el esfuerzo de la investigación científica, tal como ha sido entendido desde
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el siglo XVI hasta nuestros días, no puede tener por móvil el amor a la verdad.
Hay para esto un criterio cuya aplicación es universal y segura; consiste, para
apreciar una cosa cualquiera, en tratar de discernir la proporción de los bienes
contenidos no en la cosa misma sino en los móviles del esfuerzo que la ha suscitado.
Pues en la cosa misma habrá tanto bien como haya en el móvil y no más. Así lo
garantiza la palabra de Cristo sobre los árboles y los frutos.
Cierto que únicamente Dios discierne los móviles en el secreto de los corazones.
Pero la concepción que domina una actividad, que generalmente no es secreta, es
compatible con determinados móviles y no con otros; hay algunos que quedan
necesariamente excluidos por la naturaleza misma de las cosas.
Se trata pues de un análisis que conduce a apreciar el producto de una actividad
humana particular por el examen de los móviles compatibles con la concepción que
preside esa actividad.
De este análisis se desprende un método para el mejoramiento de los hombres —
de los pueblos, de los individuos y de uno mismo para empezar— modificando las
concepciones de modo que entren en juego los móviles más puros.
La certidumbre de que toda concepción incompatible con móviles auténticamente
puros está a su vez contaminada por el error es el primero de los artículos de la fe. La
fe es ante todo la certidumbre de que el bien es uno. Lo que constituye el pecado de
politeísmo no es dejar que la imaginación juegue con Apolo y Diana, sino creer que
hay varios bienes distintos e independientes entre sí, como la verdad, la belleza y la
moralidad.
Al aplicar este método al análisis de la ciencia de los tres o cuatro últimos siglos
obligado es admitir que el bello nombre de verdad está infinitamente por encima de
ella. Los sabios, en el esfuerzo que aportan día tras día a lo largo de toda su vida, no
pueden ser empujados por el deseo de poseer la verdad. Pues obtienen simplemente
conocimientos, y los conocimientos no son por sí mismos objeto de deseo.
Un niño estudia una lección de geografía para obtener una buena nota, o por
obediencia a las órdenes recibidas, o para complacer a sus padres, o porque siente la
poesía de los países lejanos y sus nombres. Si ninguno de estos móviles existe no
aprende su lección.
Si en determinado momento ignora cuál es la capital del Brasil, y si lo aprende al
instante siguiente, tiene un conocimiento más. Pero en absoluto está más cerca de la
verdad que antes. La adquisición de un conocimiento permite en ciertos casos
aproximarse a la verdad, pero en otros no. ¿Cómo discernir unos casos de otros?
Si un hombre sorprende a la mujer que ama, a la que ha dado toda su confianza,
en flagrante delito de infidelidad, entra en contacto brutal con la verdad. Si viene a
saber que una mujer a la que no conoce, cuyo nombre oye por primera vez en una
ciudad que tampoco conoce, ha engañado a su marido, eso no cambia para nada su
relación con la verdad.
Este ejemplo nos da la clave. La adquisición de conocimientos aproxima a la
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verdad cuando se trata del conocimiento de lo que se ama, y sólo en este caso.
Amor a la verdad es una expresión impropia. La verdad no es un objeto de amor.
No es un objeto. Lo que se ama es algo que existe, que es pensado y que por ello
puede ser ocasión de verdad o de error. Una verdad es siempre la verdad de algo. La
verdad es el esplendor de la realidad. El objeto de amor no es la verdad, sino la
realidad. Desear la verdad es desear un contacto directo con la realidad. Desear un
contacto con la realidad es amarla. Sólo se desea la verdad para amar en la verdad. Se
desea conocer la verdad de lo que se ama. En vez de hablar de amor a la verdad vale
más hablar de un espíritu de verdad en el amor.
El amor real y puro desea siempre ante todo permanecer entero en la verdad,
cualquiera que sea, incondicionalmente. Cualquier otra clase de amor desea sobre
todo satisfacciones y por ello es principio de error y de mentira. El amor real y puro
es por sí mismo espíritu de verdad. Es el Espíritu Santo. La palabra griega que se
traduce por espíritu significa literalmente aliento ígneo, aliento mezclado con fuego,
y en la Antigüedad designaba la noción que la ciencia designa hoy con la palabra
energía. Lo que traducimos como «espíritu de verdad» significa la energía de la
verdad, la verdad como fuerza actuante. El amor puro es esta fuerza actuante, el amor
que a toda costa no quiere, en ningún caso, mentira ni error.
Para que este amor fuera el móvil del sabio en su agotador esfuerzo de
investigación sería preciso que tuviera algo que amar. Sería necesario que la
concepción que se hace del objeto de su estudio contuviera un bien. Pero lo que
ocurre es lo contrario. Desde el Renacimiento —más precisamente, desde la segunda
mitad del Renacimiento— la concepción misma de la ciencia consiste en el estudio
de un objeto situado más allá del bien y del mal, sobre todo más allá del bien; un
objeto visto sin ninguna relación con el bien y con el mal, y más especialmente sin
ninguna relación con el bien. La ciencia sólo estudia los hechos como tales, y las
mismas matemáticas consideran las relaciones matemáticas como hechos del espíritu.
Los hechos, la fuerza y la materia, aislados, considerados en sí mismos, sin relación
con nada más: ahí no hay nada que un pensamiento humano pueda amar.
A partir de eso la consecución de nuevos conocimientos no es un estímulo
suficiente para el esfuerzo de los sabios. Son necesarios estímulos distintos.
Los sabios tienen en primer lugar el estímulo contenido en la caza, en el deporte,
en el juego. Algunos matemáticos comparan a menudo su actividad con una partida
de ajedrez. Otros la comparan con las actividades que exigen tener olfato, o intuición
psicológica, pues dicen que hay que adivinar de antemano qué concepciones
matemáticas serán estériles o fecundas si se profundizan. Sigue tratándose de un
juego, casi de un juego de azar. Muy pocos sabios penetran lo bastante
profundamente en la ciencia para que su corazón se conmueva con la belleza. Cierto
matemático compara gustosamente la matemática con una escultura en una piedra
particularmente dura. Gentes que se presentan al público como sacerdotes de la
verdad degradan especialmente el papel que asumen al compararse con jugadores de
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ajedrez; la comparación con el escultor es más honorable. Pero si se tiene vocación de
escultor más vale ser escultor que matemático. Vista de cerca, esta comparación, en la
concepción actual de la ciencia, carece de sentido. Es un presentimiento muy confuso
de una concepción distinta.
La técnica desempeña un papel tan grande en el prestigio de la ciencia que podría
suponerse que para los sabios es un estímulo pensar en las aplicaciones de la ciencia.
Pero en realidad lo estimulante no es pensar en las aplicaciones, sino en el prestigio
que éstas le dan a la ciencia. AI igual que los hombres públicos se embriagan con la
idea de estar haciendo historia, los sabios se embriagan sintiéndose grandes. Grandes
en el sentido de la falsa grandeza; una grandeza independiente de cualquier
consideración del bien.
Al mismo tiempo algunos de ellos, aquéllos cuyas investigaciones son sobre todo
teóricas, pese a gustar de esa ebriedad, se enorgullecen de afirmarse indiferentes a las
aplicaciones técnicas. Disfrutan así de dos ventajas en realidad incompatibles, pero
que lo son ilusoriamente, lo cual es siempre una sensación extremadamente
agradable. Se hallan entre quienes deciden el destino de los hombres, pero a partir de
ahí su indiferencia respecto de ese destino reduce a la humanidad a las dimensiones
de una raza de hormigas; es una situación de dioses. No perciben que en la
concepción actual de la ciencia si se cercenan las aplicaciones técnicas no queda nada
susceptible de ser visto como un bien. La habilidad en un juego análogo al ajedrez no
tiene ningún valor. Sin la técnica nadie del público se interesaría por la ciencia, y si el
público no se interesara por ella quienes siguen una carrera científica elegirían otra.
No tienen derecho a la actitud de distanciamiento que asumen. Pero aunque no sea
legítima, es un estimulante.
Para otros lo que sirve de estimulante es, por el contrario, pensar en las
aplicaciones. Pero sólo son sensibles a su importancia, y no al bien y al mal. Un sabio
que se siente a punto de hacer un descubrimiento capaz de trastocar la vida humana
tiende a conseguirlo con todas sus fuerzas. Al parecer, nunca o casi nunca llega a
detenerse para sopesar los efectos probables de la transformación en bien y en mal,
renunciando a las investigaciones si parece más probable el mal. Seme jante heroísmo
parece incluso imposible; sin embargo, debería ser natural. Pero ahí como en todas
partes predomina la falsa grandeza, ésa que se define por la cantidad y no por el bien.
Por último, los sabios están estimulados perpetuamente por móviles sociales que
casi resultan inconfesables de mezquinos que son, que no desempeñan un gran papel
manifiesto pero que son extremadamente fuertes. Quien haya visto a los franceses
abandonar tan fácilmente la patria en junio de 1940, y unos meses después, antes de
verse realmente mordidos por el hambre, hacer prodigios de fortaleza, soportar la
fatiga y el frío durante horas para conseguir un huevo, no puede ignorar la energía
increíble de los móviles mezquinos.
El primer móvil social de los sabios es pura y simplemente el deber profesional.
Los sabios son gentes a las que se paga para producir ciencia; se espera de ellos que
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la produzcan, y se sienten obligados a producirla. Pero eso, como excitante, resulta
insuficiente. La promoción profesional, las cátedras, las recompensas de todo tipo, los
honores y el dinero, las invitaciones al extranjero, la estima o la admiración de los
colegas, la fama, la celebridad y los títulos son cosas que cuentan mucho.
Las costumbres de los sabios son la mejor prueba de ello. En los siglos XV y XVI
los sabios se desafiaban. Cuando publicaban sus descubrimientos omitían
deliberadamente pasos en el encadenamiento de las pruebas o trastocaban el orden
para impedir a sus colegas una comprensión completa; se protegían así del peligro de
que un rival pretendiera haber realizado el descubrimiento antes que ellos. El propio
Descartes confiesa haber hecho esto en su Geometría. Ello prueba que no era un
filósofo en el sentido que la palabra tenía para Pitágoras y para Platón: un amante de
la Sabiduría divina; desde la desaparición de Grecia no ha habido filósofos.
Hoy, cuando un sabio halla algo, antes incluso de haberlo madurado y de haber
probado su valor, se apresura a enviar un «comunicado» para asegurarse la prioridad.
Un caso como el de Gauss[*] tal vez sea único en nuestra ciencia; olvidaba en el
fondo de los cajones manuscritos que encerraban los más maravillosos
descubrimientos; luego, cuando alguien anunciaba algo sensacional, señalaba
descuidadamente: «Todo eso es exacto; lo hallé hace quince años; pero aún se puede
ir más lejos en ese sentido y plantear tal y cual teorema». Pero Gauss era también un
genio de primerísimo orden. Tal vez haya habido otros como él, un puñado
minúsculo, en los tres o cuatro últimos siglos; lo que haya sido la ciencia para ellos
sigue siendo un secreto suyo. Los estimulantes inferiores desempeñan un importante
papel en el esfuerzo cotidiano de todos los demás.
Hoy la facilidad de las comunicaciones a lo largo y a lo ancho del mundo en
tiempos de paz y una especialización llevada al extremo tienen por consecuencia que
los sabios de cada una de las especialidades, los cuales constituyen el único público
los unos para los otros, constituyen el equivalente de una aldea. Las habladurías
circulan en ella de continuo; cada uno conoce a todos los demás, y siente por ellos
simpatía o antipatía. Entrechocan las generaciones y las nacionalidades; la vida
privada, la política, las rivalidades profesionales desempeñan un importante papel.
Por eso la opinión colectiva de esa aldea está necesariamente viciada, pues constituye
el único control del sabio ya que ni los profanos ni los sabios de otras especialidades
conocen para nada sus trabajos. La fuerza de los estimulantes sociales somete el
pensamiento del sabio a esta opinión colectiva; y él trata de complacerla. Lo que la
opinión admite queda admitido para la ciencia, y lo que no admite queda excluido.
No hay ningún juez desinteresado, puesto que cada especialista, por el mismo hecho
de ser especialista, es un juez interesado.
Se dirá que la fecundidad de una teoría es un criterio objetivo. Pero este criterio
sólo funciona para las teorías admitidas. Una teoría rechazada por la opinión
colectiva de la aldea de los sabios es forzosamente estéril, pues nadie trata de obtener
resultados a partir de ella. Tal es el caso, sobre todo, en lo referente a la física, donde
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los propios medios de investigación y de control están monopolizados por un
ambiente muy cerrado. Si la gente no se hubiera sumergido en la teoría de los quanta
cuando Planck la lanzó por vez primera, y eso aunque fuera absurda —o tal vez
porque lo era, pues se sentía cansancio de la razón—, nadie hubiera sabido jamás que
era fecunda. En el momento en que los científicos se sumergieron en ella no había
dato alguno para prever que lo sería. En la ciencia hay un proceso darwiniano. Las
teOrías crecen como por azar, y sobreviven las más aptas. Una ciencia así puede ser
una forma del impulso vital, pero no una forma de la búsqueda de la verdad.
El gran público no puede ignorar, ni ignora, que la ciencia, como todo producto
de la opinión colectiva, está sometida a las modas. Los sabios hablan con bastante
frecuencia de teorías pasadas de moda. Eso sería un escándalo si no estuviéramos tan
embrutecidos que ya no nos escandalizamos de nada. ¿Cómo se puede tener un
respeto religioso por algo sometido a la moda? Los negros fetichistas son muy
superiores a nosotros; son infinitamente menos idólatras que nosotros. Tributan un
respeto religioso a un pedazo de madera esculpida que es bello, y al que Ja belleza
confiere un carácter eterno.
Nosotros padecemos realmente la enfermedad de la idolatría; y es tan profunda
que a los cristianos les priva de la facultad de dar testimonio de la verdad. Ningún
diálogo de sordos le gana en fuerza cómica al debate entre el espíritu moderno y la
Iglesia. Los no creyentes optan por convertir en argumentos contra la fe cristiana, en
nombre del espíritu científico, a verdades que constituyen indirectamente o incluso
directamente pruebas manifiestas de la fe. Los cristianos nunca se dan cuenta de ello,
y tratan débilmente de negar tales verdades con mala conciencia y con una lastimosa
falta de probidad intelectual. Su ceguera es el castigo de su crimen de idolatría.
No menos cómico es el embarazo de los adoradores del ídolo cuando desean
expresar su entusiasmo. Buscan algo que ensalzar y no lo encuentran. Resulta fácil
alabar únicamente las aplicaciones; pero eso es la técnica, no la ciencia. ¿Qué alabar
en la ciencia misma? Y, más precisamente, dado que la ciencia reside en los hombres,
¿qué alabar en los sabios? No resulta fácil de discernir. Cuando se desea proponer a la
admiración del público a un sabio se escoge siempre a Pasteur, al menos en Francia.
Sirve de tapadera a la idolatría de la ciencia igual que Juana de Arco a la idolatría
nacionalista.
Se escoge a Pasteur porque hizo mucho para aliviar los males físicos de los
hombres. Pero si la intención de conseguirlo no fue el móvil principal de sus
esfuerzos, hay que considerar que el hecho de lograrlo fue una simple coincidencia.
Si fue ése el móvil dominante, la admiración que se le debe no guarda relación con la
grandeza de la ciencia; se trata de una virtud práctica, y en este caso habría que
incluir a Pasteur en la misma categoría que a una enfermera abnegada hasta el
heroísmo y sólo diferiría de ella en la amplitud de los resultados obtenidos.
Al faltar el espíritu de verdad entre los móviles de la ciencia, tampoco puede estar
presente en la ciencia misma. Y si se pensara encontrarlo en cambio en la filosofía y
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en las letras se experimentaría una decepción.
Muchos libros y artículos dan la impresión de que el autor, antes de empezar a
escribir primero y antes de entregar el original a la imprenta después, se ha
preguntado con auténtica ansiedad: «¿Estoy en la verdad?». Y hay muchos lectores
que antes de abrir un libro se preguntan con auténtica ansiedad: «¿Encontraré aquí la
verdad?». Si se propusiera a cuantos tienen pensar por profesión —a sacerdotes,
pastores, filósofos, escritores, sabios, profesores de todas clases— optar a partir de
ahora entre los dos destinos siguientes: o bien caer inmediata y definitivamente en la
idiotez, en sentido literal, con todas las humillaciones que implica semejante
hundimiento, conservando únicamente la lucidez suficiente para experimentar toda su
amargura, o bien un desarrollo repentino y prodigioso de las facultades intelectuales
que garantice una celebridad mundial inmediata y la gloria durante milenios después
de la muerte, pero con el inconveniente de que su pensamiento permanecería siempre
un poco al margen de la verdad, ¿puede creerse que muchos de ellos vacilarían lo
más mínimo al elegir?
El espíritu de verdad está hoy casi ausente de la religión, de la ciencia y de todo el
pensamiento. Los males atroces en que nos debatimos, sin llegar siquiera a
experimentar toda su tragedia, proceden enteramente de eso. «Ese espíritu de mentira
y de error l De la caída de los reyes funesto predecesor» del que hablaba Racine ya no
es hoy monopolio de los monarcas. Se extiende a todas las clases de la población; se
apodera de naciones enteras y las lleva al frenesí.
El remedio es hacer que vuelva a descender entre nosotros el espíritu de verdad;
ante todo en la religión y en la ciencia, lo que implica su reconciliación.
El espíritu de verdad puede residir en la ciencia a condición de que el móvil del
sabio sea el amor por el objeto que es materia de su estudio. Ese objeto es el universo
en que vivimos. ¿Qué se puede amar en él, como no sea su belleza? La definición
auténtica de la ciencia es que es el estudio de la belleza del mundo.
Eso se hace evidente a partir del momento en que se piensa en ello. La materia y
la fuerza ciega no son el objeto de la ciencia. El pensamiento no puede llegar a ellas,
que escapan por delante de él. El pensamiento del sabio sólo alcanza relaciones que
captan la materia y la forma en una red invisible, impalpable e inalterable de orden y
armonía. «La red del cielo es vasta —dice Lao-Tse—; grandes son sus mallas; y, sin
embargo, nada escapa de ellas».
¿Cómo podría el pensamiento humano tener por objeto otra cosa que el
pensamiento? He aquí una dificultad de la teoría del conocimiento tan conocida que
se renuncia a tomarla en consideración y se la deja de lado como un lugar común.
Pero hay una respuesta. Es que el objeto del pensamiento humano es, a su vez,
pensamiento. El fin del sabio es la unión de su propio espíritu con la misteriosa
sabiduría eternamente inscrita en el universo. A partir de ahí, ¿cómo puede haber
oposición o siquiera separación entre el espíritu de la ciencia y el de la religión? La
investigación científica es sólo una forma de la contemplación religiosa.
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Así era en Grecia. ¿Qué ha ocurrido después? ¿Cómo es que esta ciencia, que
cuando la espada romana la hizo desfallecer tenía por esencia el espíritu religioso, al
salir de su prolongado letargo ha despertado materialista? ¿Qué ha ocurrido durante
ese intervalo?
Lo que se produjo fue una transformación de la religión. Y. no se trata del
advenimiento del cristianismo. El cristianismo original, tal como aún está presente
para nosotros en los Evangelios, era, como la antigua religión de los Misterios,
perfectamente adecuado para ser la inspiración central de una ciencia totalmente
rigurosa. Pero el cristianismo ha experimentado una transformación, vinculada
probablemente a su paso al rango de religión oficial romana.
Tras esta transformación el pensamiento cristiano, salvo unos pocos raros
místicos siempre en peligro de ser condenados, no admitió más noción de
Providencia divina que la de una Providencia personal.
Esta idea se halla en el Evangelio, donde a Dios se le denomina el Padre. Pero la
idea de una providencia impersonal, y en cierto sentido casi análoga a un mecanismo,
también está en él:
Convertíos en hijos de vuestro Padre, el de los cielos, que hace salir el sol
sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos… Sed perfectos como
vuestro Padre celestial es perfecto. (Mateo, 5, 45)
Así, la ciega imparcialidad de la materia inerte, esa despiadada regularidad del
orden del mundo, absolutamente indiferente al carácter de los hombres y por ello tan
a menudo acusada de injusta, es lo que se propone al alma humana como modelo de
perfección. Se trata de un pensamiento de profundidad tal que ni siquiera hoy somos
capaces de captarlo; el cristianismo contemporáneo lo ha perdido por completo.
Todas las parábolas sobre la simiente responden a la idea de una providencia
impersonal. La gracia desciende de Dios a todos los seres; lo que ocurra con ella
depende de lo que éstos son; cuando la gracia penetra realmente da unos frutos que
son efecto de un proceso análogo al mecánico, y que, como un mecanismo, actúa en
el curso del tiempo. La virtud de la paciencia, o, por traducir mejor la palabra griega,
de espera inmóvil, se refiere a esta necesidad de transcurso del tiempo.
La no intervención de Dios en la actuación de la gracia se expresa con toda la
claridad posible:
El reino de Dios es como un hombre que arroja la semilla en la tierra y ya
duerma, ya vele, de noche y de día, la semilla germina y crece sin que él sepa
cómo. Automáticamente da fruto Ja tierra; primero el tallo, luego la espiga, y
luego la plenitud del grano en la espiga. (Marcos, 4, 26)
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Todo lo que se refiere a la plegaria evoca también algo parecido a un mecanismo.
Cualquier deseo real de un bien puro, a partir de cierto grado de intensidad, hace que
descienda el bien correspondiente. Si no se produce este efecto, el deseo no es real, o
es demasiado débil, o el bien deseado es imperfecto o está entreverado de mal.
Cuando se cumplen las condiciones, Dios jamás niega. Al igual que la germinación
de la gracia, se trata de un fenómeno que se da con el correr del tiempo. Por eso
Cristo nos prescribe ser importunos. Las comparaciones que emplea a este respecto
hacen pensar también en un mecanismo. Lo que obliga al juez a dar satisfacción a la
viuda es un mecanismo psicológico: «Haré justicia a esta viuda porque ya me está
cargando» (Lucas, 18,5); e igualmente lo que obliga al hombre dormido a abrir a su
amigo: «Si no se levanta por ser amigo suyo, al menos por su desvergüenza se
levantará» (Lucas, 11, 8). Si nosotros ejercemos una especie de presión sobre Dios,
eso sólo puede ser un mecanismo instituido por Dios. Los mecanismos sobrenaturales
son cuando menos tan rigurosos como la ley de la caída de los graves. Los
mecanismos naturales son las condiciones de producción de los acontecimientos
como tales, con indiferencia a cualquier consideración de valor; los mecanismos
sobrenaturales son las condiciones de la producción del bien puro como tal.
Así lo confirma la experiencia práctica de los santos. Se ha comprobado —se dice
— que a veces podían, a fuerza de desearlo, hacer que descendiera sobre un alma más
bien del que ella misma deseaba. Eso confirma que el bien baja del cielo a la tierra
sólo proporcionalmente a que de hecho se cumplan en la tierra determinadas
condiciones. La obra entera de san Juan de la Cruz no es más que un estudio
rigurosamente científico de los mecanismos sobrenaturales. Y no otra cosa es la
filosofía de Platón. Pero en el Evangelio el juicio aparece como algo impersonal: «El
que cree en él no es juzgado; el que no cree, ya está juzgado… Tal es el juicio:…
quien obra mal aborrece la luz… el que obra la verdad viene a la luz» (Juan, 3, 18).
«Según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo» (Juan, 5, 30). «Si alguien oye mis
palabras y no las observa, no le juzgo, pues no he venido para juzgar al mundo, sino
para salvarlo. Quien me rechaza y no escucha mis palabras tiene un juez; la palabra
que he hablado por mi boca es la que le juzgará el último día».
En la historia de los obreros tomados a la última hora parece haber un capricho
por parte del dueño de la viña. Pero si se presta un poco de atención es todo lo
contrario. El dueño sólo paga un salario porque no posee más que un solo salario. No
tiene dinero. San Pablo define el salario: «Conoceré como soy conocido». Eso no
implica grados. Como tampoco hay grados en el acto que hace merecedor de un
salario. Se es llamado, y se acude o no se acude. Nadie puede adelantarse ni un
segundo a la llamada. El momento no cuenta, como tampoco se toma en cuenta la
cantidad ni la calidad del trabajo en la viña. Se pasa o no el tiempo en la eternidad
según que se haya aceptado o rechazado.
«Quien se ensalza a sí mismo será humillado, y quien se humilla será ensalzado».
Eso hace pensar en una balanza: como si la parte terrestre del alma estuviera en un
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platillo y la parte divina en el otro. Un himno del Viernes Santo también compara la
cruz con una balanza. «… Aquéllos han recibido su recompensa». Dios tiene el poder
de recompensar, pues, sólo los esfuerzos que carecen de recompensa aquí abajo, los
esfuerzos realizados en el vacío; el vacío atrae a la gracia. Los esfuerzos en el vacío
constituyen la operación que Cristo llama «amasar tesoros en el cielo».
Cabe encontrar en los Evangelios, aunque sólo nos hayan transmitido una
pequeña parte de las enseñanzas de Cristo, lo que se podría llamar una física
sobrenatural del alma humana. Como cualquier doctrina científica, únicamente
contiene cosas claramente inteligibles y verificables por vía experimental. Sólo que la
verificación la constituye el avance hacia la perfección, y, consiguientemente, a
quienes han verificado la doctrina hay que creerles bajo palabra. Pero también
creemos bajo palabra lo que los sabios nos dicen que ocurre en sus laboratorios
aunque ignoremos si aman la verdad. Más justo es creer bajo palabra a los santos, al
menos a los auténticos, pues sin duda sienten un perfecto amor por la verdad.
El problema de los milagros sólo constituye una dificultad entre la religión y la
ciencia porque está mal planteado. Habría que definir el milagro y plantearlo bien. Al
decir que se trata de un hecho contrario a las leyes de la naturaleza se dice algo
carente por completo de significación. No conocemos las leyes de la naturaleza. Sólo
podemos hacer suposiciones a su respecto. Si los hechos contradicen lo que
suponemos, nuestra suposicAn es errónea al menos parcialmente. No menos absurdo
es decir que un milagro es consecuencia de un particular querer de Dios. Entre los
acontecimientos que se producen no tenemos ninguna razón para afirmar que unos
proceden de la voluntad de Dios y otros no. Sólo sabemos, de manera general, que
todo lo que acaece, sin excepción alguna, es conforme a la voluntad de Dios en tanto
que Creador. Y todo lo que contiene al menos una partícula de bien puro procede de
la inspiración sobrenatural de Dios en tanto que bien absoluto. Cuando un santo hace
un milagro el bien está en la santidad; no en el milagro.
Un milagro es un fenómeno físico entre cuyas condiciones previas se encuentra
un total abandono del alma al bien o al mal.
Hay que decir que al bien o al mal porque hay milagros diabólicos. «Porque se
levantarán falsos mesías y falsos profetas y harán señales y prodigios para inducir a
error, si fuera posible, aun a los elegidos» (Marcos, 13, 22). «Muchos me dirán en
aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en nombre tuyo arrojamos
los demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Yo entonces les diré: Nunca
os he conocido; apartaos de mí, obradores de iniquidades» (Mateo, 7, 22).
No es en absoluto contrario a las leyes de la naturaleza que a un abandono total
del alma al bien o al mal le correspondan fenómenos físicos que sólo se producen en
tal caso. Sería contrario a ellas que fuera de otro modo. Pues a cada manera de ser del
alma humana le corresponde algo físico. A la tristeza le corresponde agua salada en
los ojos; ¿por qué no cierto levantamiento del cuerpo por encima del suelo, como se
cuenta, a determinados estados de éxtasis místico? Poco importa si el hecho es exacto
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o no. Lo cierto es que si el éxtasis místico es en el alma algo real, en el cuerpo deben
corresponderle fenómenos que no aparecen cuando el alma se halla en otro estado. El
vínculo entre el éxtasis místico y estos fenómenos está constituido por un mecanismo
análogo al que vincula la tristeza a las lágrimas. Del primer mecanismo nada
sabemos. Pero no sabemos más del segundo.
El único hecho sobrenatural aquí abajo es la santidad misma y lo que tiene que
ver con ella; el hecho de que los mandamientos divinos se conviertan en un móvil en
quienes aman a Dios, en una fuerza actuante, en una energía motriz en sentido literal,
como el carburante en un automóvil. Si se dan tres pasos sin más móvil que el deseo
de obedecer a Dios, esos tres pasos son milagrosos, y lo son tanto si se dan en el
suelo como sobre las aguas. Sólo que si se dan en el suelo no parece nada
extraordinario.
Se dice que las historias de andar sobre las aguas y de resurrecciones de los
muertos son frecuentes en la India, hasta el punto de que nadie, como no fuera un
ocioso, se molestaría en ir a ver un hecho de este tipo. En todo caso es seguro que los
relatos sobre estos temas son allí muy frecuentes. También eran muy frecuentes en la
Grecia de la época tardía, como puede verse en Luciano[*]. Esto disminuye
singularmente el valor apologético de los milagros para el cristianismo.
Una anécdota hindú relata que un asceta, tras catorce años de soledad, volvió a
ver a su familia. Su hermano le preguntó qué había ganado. El asceta le llevó hasta un
río y lo cruzó caminando sobre las aguas antes sus ojos. El hermano llamó al
barquero, cruzó en barca, pagó una moneda y le dijo al asceta: «¿Vale la pena haber
hecho catorce años de esfuerzos para conseguir lo que yo por una moneda?». Ésta es
la actitud del sentido común.
Acerca de la exactitud de los hechos extraordinarios contados en el Evangelio
nada se puede afirmar o negar más que al azar, y el problema carece de interés. Es
seguro que Cristo poseía ciertos poderes particulares; ¿cómo dudar de ello, si los
poseen santos hindúes o tibetanos? No tendría utilidad alguna saber cuál es el grado
de exactitud de cada anécdota particular.
Los poderes que ejercía el Cristo constituían no una prueba sino un eslabón en el
encadenamiento de una demostración. Eran el signo cierto de que el Cristo estaba
situado más allá de la humanidad corriente, entre los que se han entregado al mal o al
bien. No desvelaban a cuál de los dos. Pero era fácil discriminar por la perfección
manifiesta del Cristo, por la pureza de su vida, por la belleza perfecta de sus palabras
y por el hecho de que sólo ejercitara sus poderes para actos de compasión. De ello
resultaba que era un santo. Quienes estaban seguros de que era un santo podían
vacilar acerca del sentido de sus palabras cuando le oían afirmar que era el hijo de
Dios, pero se veían obligados a creer que encerraban una verdad. Pues un santo,
cuando dice cosas así, no puede mentir ni engañarse. También nosotros estamos
obligados a creer todo lo que ha dicho Cristo, salvo donde podemos suponer que hay
una mala transcripción; lo que constituye la fuerza de la prueba es la belleza. Cuando
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es el bien lo que está en cuestión la belleza es una prueba rigurosa y segura; además,
no puede haber ninguna otra. Es absolutamente imposible que haya otra.
Cristo ha dicho: «Si no hubiera hecho entre ellos cosas que nadie más ha hecho,
no tendrían culpa»; pero también ha dicho: «Si no hubiera venido a hablarles, no
tendrían culpa». En otros lugares habla de sus «buenas acciones». Acciones y
palabras se meten en el mismo saco. El carácter excepcional de los actos sólo tenía la
finalidad de llamar la atención. Pero una vez atraída la atención, no puede haber más
prueba que la belleza, la pureza y la perfección.
Las palabras dirigidas a Tomás, «Dichosos los que creen sin haber visto», no
pueden referirse a quienes sin haber visto creen en el hecho de la resurrección. Eso
sería un elogio de la credulidad y no de la fe. En todas partes hay viejas que sólo
desean creer en todos los relatos de muertos resucitados. Sin duda los calificados de
dichosos son quienes no necesitan la resurrección para creer; aquéllos para quienes
las pruebas son la perfección y la Cruz.
Así, desde un punto de vista religioso los milagros son algo secundario, y desde el
punto de vista científico entran naturalmente en la concepción científica del mundo.
En cuanto a la idea de probar a Dios por la violación de las leyes de la naturaleza, a
los primeros cristianos les habría parecido monstruosa. Sólo podía surgir en nuestros
espíritus enfermos, que creen que la fijeza del orden del mundo puede dar
argumentos legítimos a los ateos.
También la sucesión de los acontecimientos del mundo aparece en el Evangelio
como reglada por una providencia cuando menos en cierto sentido impersonal y
análoga a un mecanismo. Cristo les dice a sus discípulos:
Mirad los pajarillos del cielo, que ni siembran ni siegan ni guardan en
graneros, y vuestro Padre celestial los alimenta… Ved como crecen los lirios
del campo; ni trabajan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en todo su
esplendor iba vestido como ellos… ¿Acaso no se venden dos gorriones por
una moneda? Pues ni uno solo cae en tierra sin que lo quiera vuestro Padre.
Eso significa que la solicitud de que son objeto los santos por parte de Dios es de
la misma especie que la que rodea a los pájaros y a los lirios. Las leyes de la
naturaleza reglan el modo en que la savia asciende por las plantas y se distribuye en
las flores, donde los pájaros encuentran alimento; y están dispuestas de tal modo que
se produce la belleza. Las leyes de la naturaleza también están dispuestas
providencialmente de tal modo que, entre las criaturas humanas, la resolución de
buscar ante todo el reino y la justicia del Padre celestial no entraña automáticamente
la muerte.
Puede decirse también, si se quiere, que Dios vela por cada pájaro, por cada flor y
por cada santo; todo es lo mismo. La relación del todo con las partes es propia de la
inteligencia humana. En el plano de los acontecimientos como tales, tanto si se
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considera el universo como un todo o una cualquiera de sus partes aislada como se
quiera en el espacio, en el tiempo o en alguna clasificación, o bien si se considera otra
parte, u otra, o una colección de ellas, o, en una palabra, úsense como se quiera las
ideas de todo y de parte, sigue siendo invariable la conformidad con la voluntad de
Dios. Hay tanta conformidad con la voluntad de Dios en una hoja que cae sin ser
vista como en el diluvio. En el plano de los acontecimientos, la noción de
conformidad a la voluntad de Dios es idéntica a la noción de realidad.
En el plano del bien y del mal puede haber conformidad o disconformidad con la
voluntad de Dios según la relación al bien y al mal. La fe en una providencia consiste
en estar seguro de que el universo en su totalidad es conforme a la voluntad de Dios
no sólo en el primer sentido sino también en el segundo; esto es, que en este universo
el bien predomina sobre el mal. Ahí sólo se puede hablar del universo en su totalidad,
pues en las cosas particulares desgraciadamente no podemos dudar que hay mal. Así,
el objeto de esta certidumbre es una disposición eterna y universal que constituye el
fundamento del invariable orden del mundo. La Providencia divina jamás aparece de
otro modo, salvo error, en los textos sagrados de China, de la India y de Grecia, ni en
los Evangelios.
Pero cuando la religión cristiana fue adoptada oficialmente por el Imperio romano
se dejó en la sombra el aspecto impersonal de Dios y de la Providencia divina. Se
hizo de Dios un doble del Emperador. La corriente judaica de la que el cristianismo,
por su origen histórico, no había podido purificarse facilitó la operación. Jehová, en
los textos anteriores al exilio, tiene con los hebreos la relación jurídica de un amo con
sus esclavos. Los hebreos habían sido esclavos del Faraón. Al sacarles Jehová de
manos del Faraón le sucedió en sus derechos. Los hebreos son propiedad suya, y los
domina como cualquier hombre domina a sus esclavos salvo que dispone de un
catálogo más amplio de premios y castigos. Les ordena indiferentemente el bien y el
mal, pero mucho más a menudo el mal, y en ambos casos han de obedecer. Poco
importa que observen obediencia por los móviles más viles siempre que se cumplan
las órdenes.
Semejante concepción estaba justamente a la altura de las miras y la inteligencia
de los romanos. Entre ellos la esclavitud había penetrado y degradado todas las
relaciones humanas. Envilecieron las cosas más bellas. Deshonraron a los suplicantes
obligándoles a mentir. Deshonraron la gratitud considerándola como una esclavitud
atenuada; en su concepción, recibir un favor implicaba alienar a cambio una parte de
la libertad. Si el favor era importante las costumbres obligaban a declararse esclavo
del bienhechor. Deshonraron el amor; según ellos estar enamorado era o bien adquirir
la propiedad de la persona amada o someterse servilmente a ella para obtener favores
carnales, aunque hubiera que compartirlos con diez más. Deshonraron a la patria al
concebir el patriotismo como la voluntad de reducir a esclavitud a todos los no
compatriotas. Pero seguramente resultaría más corto enumerar lo que no deshonraron.
Probablemente no se encontraría nada.
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Entre otras cosas, deshonraron la soberanía. La antigua noción de soberanía
legítima, en la medida en que se puede barruntar, parece haber sido extremadamente
bella. Sólo es posible adivinarla, pues no existía entre los griegos. Pero
probablemente es la noción que sobrevivió en España hasta el siglo XVII y, en grado
mucho más débil, en Inglaterra hasta nuestros días.
El Cid, después de un exilio injusto y brutal, después de haber conquistado tierras
de extensión mayor que la del reino en que había nacido, obtuvo el favor de una
entrevista con el rey; y tan pronto como le ve desde lejos baja del caballo, se echa al
suelo de rodillas y besa la tierra. En La estrella de Sevilla, de Lope de Vega, el rey
quiere impedir que un asesino sea condenado a muerte porque él mismo ha ordenado
en secreto el asesinato; llama por separado a cada uno de los tres jueces para
intimarles sus órdenes; cada uno de ellos, postrado de rodillas, promete total
sumisión. Después de lo cual, reunidos en el tribunal, dictan una condena a muerte
por unanimidad. Al rey que les pide explicaciones le responden: «Como súbditos te
estamos sometidos en todo, pero como jueces sólo obedecemos a nuestra
conciencia».
Esta concepción es una sumisión incondicionada, total, pero concedida
únicamente a la legitimidad, sin ningún miramiento por el poder ni por las
posibilidades de fortuna o desdicha, por la recompensa o por el castigo. Se trata
exactamente de la misma concepción que la obediencia al superior en las órdenes
monásticas. Un rey obedecido así era realmente una imagen de Dios para sus
súbditos, al igual que el prior de un convento para sus religiosos, y no por una ilusión
que le hiciera parecer divino, sino sólo por efecto de una convención que se
consideraba ratificada por la divinidad. Se trataba de un respeto religioso
absolutamente libre de idolatría. La misma concepción del señorío legítimo se
transponía, por debajo del rey, de arriba abajo de la escala social. Toda la vida pública
quedaba así impregnada de la virtud religiosa de la obediencia, al igual que un
convento benedictino de la buena época.
En los tiempos que conocemos esta concepción se encuentra entre los árabes,
donde T. E. Lawrence[*] la ha observado todavía; en España, duró hasta que este
desventurado país tuvo que soportar al nieto de Luis XIV y perdió así su alma; en las
tierras al sur del Loira, duró hasta su conquista por Francia e incluso perduró algo
más, pues tal inspiración es perceptible aún en Théophile de Viau. La realeza francesa
vaciló durante mucho tiempo entre esta concepción y la concepción romana, pero
eligió esta última y por eso queda fuera de cuestión restaurarla en Francia. Seríamos
demasiado afortunados si hubiera para nosotros la menor posibilidad de una realeza
auténticamente legítima.
Cierto número de datos lleva a la conclusión de que la concepción española de la
realeza legítima era la de las monarquías orientales de la Antigüedad. Pero tal
concepción fue demasiadas veces vulnerada. Los asirios le hicieron mucho daño.
También Alejandro, ese producto de la pedagogía de Aristóteles que jamás fue
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desautorizado por su maestro. Los hebreos, esos esclavos fugitivos, siempre la han
ignorado. Los romanos también, sin duda, como puñado de aventureros reunidos por
conveniencia.
Lo que en Roma ocupaba su lugar era la relación del amo con el esclavo. Cicerón
ya confesaba con vergüenza que se consideraba medio esclavo de César. A partir de
Augusto, el Emperador fue visto como el dueño, en el sentido de propietario de
esclavos, de todos los habitantes del Imperio romano.
Ningún hombre imagina que se le puede infligir el mal que considera natural
infligir a otro. Pero cuando eso llega a ocurrir lo encuentra, para horror suyo, natural;
no halla en el fondo de su corazón recurso alguno para la indignación y la resistencia
contra un trato que a su corazón nunca le repugnó infligir. Así ocurre al menos
cuando las circunstancias son tales que nada puede servir de apoyo externo ni
siquiera para la imaginación, cuando no puede haber más recursos que los que se
encuentren en el fondo del propio corazón. Si los crímenes del pasado han destruido
esos recursos la debilidad es total y se acepta cualquier grado de vergüenza. En ese
mecanismo del corazón humano descansa la ley de la reciprocidad expresada en el
Apocalipsis mediante la fórmula «Si alguno hace esclavo será llevado a la
esclavitud».
Así ha sido como muchos franceses, que consideraban natural hablar de
colaboración a los indígenes oprimidos de las colonias francesas, han seguido
pronunciando la palabra sin mayor dificultad al hablar con sus amos alemanes.
También los romanos, que consideraban la esclavitud como la institución básica
de su sociedad, no tenían nada que decir en el fondo de su corazón a un hombre que
afirmaba tener un derecho de propiedad sobre ellos y que había sostenido
victoriosamente esta afirmación con las armas. Nada tampoco que decir a sus
herederos, de quienes eran propiedad por el derecho sucesorio. De ahí todas las
bajezas cuya enumeración dejaba desolado a Tácito, y más por haber participado en
ellas. Los romanos se suicidaban cuando se les ordenaba hacerlo, y nunca de otro
modo; un esclavo no se suicida pues eso sería robar al amo. Calígula, cuando comía,
tenía detrás de sí a dos senadores en pie llevando puesta la túnica, lo que en Roma era
la señal característica de la degradación de los esclavos. Durante los banquetes se
ausentaba un cuarto de hora para llevarse a una mujer noble a su gabinete particular;
luego la devolvía, enrojecida y despeinada, con los invitados, entre los que figuraba
su marido. Aquellas gentes siempre consideraron natural tratar así no sólo a sus
esclavos sino a las poblaciones colonizadas de las provincias.
En el culto al Emperador lo que estaba divinizado era la institución de la
esclavitud. Millones de esclavos tributaban un culto idólatra a su propietario.
Eso es lo que determinó la actitud de los romanos en materia religiosa. Se ha
dicho que eran tolerantes. Efectivamente: toleraban todas las prácticas religiosas
vacías de contenido espiritual.
Es probable que Hitler, si lo deseara, pudiera tolerar sin peligro la teosofía. Los
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romanos toleraban fácilmente el culto de Mitra, un orientalismo trucado para snobs y
mujeres ociosas.
Su tolerancia tenía dos excepciones. En primer lugar, no podían sufrir,
naturalmente, que alguien pretendiera tener un derecho de propiedad sobre sus
esclavos. De ahí su hostilidad contra Jehová. Los judíos eran propiedad suya y no
podían tener otro propietario, fuera humano o divino. Se trataba simplemente de una
disputa entre esclavistas. Finalmente los romanos, por cuestión de prestigio y para
demostrar experimentalmente que los dueños eran ellos, mataron casi en su totalidad
al ganado humano cuya propiedad se veía discutida.
La otra excepción se refiere a la vida espiritual. Los romanos no podían tolerar
nada que fuera rico en contenido espiritual. El amor de Dios es un fuego peligroso
cuyo contacto podía resultar funesto para su miserable divinización de la esclavitud.
Por ello destruyeron despiadadamente la vida espiritual en todas sus formas.
Persiguieron con gran crueldad a los pitagóricos y a todos los filósofos con
tradiciones auténticas. Dicho de pasada, resulta extremadamente misterioso que una
escampada permitiera por una vez que subiera al trono un verdadero estoico, de
inspiración griega y no romana, y el misterio se duplica por el hecho de que maltrató
a los cristianos. Los romanos exterminaron a todos los druidas de la Galla;
aniquilaron los cultos egipcios; ahogaron en sangre y deshonraron con ingeniosas
calumnias la adoración a Dionisos. Sabido es lo que hicieron con los cristianos al
principio.
No obstante, los romanos se sentían a disgusto con su demasiado burda idolatría.
Al igual que Hitler, conocían el valor de una ilusoria envoltura de espiritualidad.
Pretendían tomar la corteza exterior de una auténtica tradición religiosa para aplicarla
sobre su ateísmo excesivamente al descubierto. También a Hitler le gustaría encontrar
una religión o fundarla.
Augusto hizo una tentativa con el clero de Eleusis. La institución de los misterios
de Eleusis casi estaba ya degradada hasta la nada, sin que sepamos por qué, en la
época de los sucesores de Alejandro. Las matanzas de Sita, que hicieron correr la
sangre por las calles de Atenas como el agua en una inundación, no debieron ser
buenas para ella. Que en la época del Imperio subsistiera aún algún resto de la
tradición auténtica es harto dudoso. Y sin embargo las gentes de Eleusis rechazaron la
operación.
Los cristianos la aceptaron cuando se hartaron de ser aplastados, cuando se
hartaron de no ver llegar el fin triunfal del mundo. Así es como el Padre de Cristo,
acomodado a la moda romana, se convirtió en un amo y en un propietario de
esclavos. Jehová proporcionó la transición. Ya no había para aceptarla inconveniente
alguno. Ya no había disputas de propiedad entre él y el emperador romano desde la
destrucción de Jerusalén.
Cierto es que el Evangelio está lleno de comparaciones sacadas de la esclavitud.
Pero en boca de Cristo esta palabra es una astucia del amor. Los esclavos son los
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hombres que han querido de todo corazón entregarse a Dios como esclavos. Y aunque
eso sea un don que se realiza en un instante y de una vez por todas, luego esos
esclavos no dejan ni por un instante de suplicar a Dios que les mantenga en la
esclavitud.
Eso es incompatible con la concepción romana. Si somos propiedad de Dios,
¿cómo podemos entregarnos a él como esclavos? Nos ha liberado al crearnos.
Estamos fuera de su reino. Nuestro consentimiento sólo puede realizar, con el tiempo,
la operación inversa y convertirnos en algo inerte, en algo análogo a la nada, donde
Dios sería el amo absoluto.
Felizmente la mística ha conservado la inspiración auténticamente cristiana. Pero
fuera de la mística pura la idolatría romana lo ha mancillado todo. Idolatría, pues lo
que separa a la idolatría de la religión es el modo de la adoración y no el nombre
atribuido al objeto. Si un cristiano adora a Dios con un corazón dispuesto como el de
un pagano de Roma en el homenaje tributado al emperador, también ese cristiano es
un idólatra.
La concepción romana de Dios subsiste todavía hoy, e incluso en espíritus como
Maritain. Éste ha escrito:
La noción de derecho es incluso más profunda que la de obligación moral,
pues Dios tiene un derecho soberano sobre las criaturas y no tiene ninguna
obligación moral hacia ellas (aunque se deba a sí mismo darles lo que su
naturaleza exige).
Ni la noción de obligación ni la de derecho son adecuadas para Dios, pero la de
derecho lo es infinitamente menos. Pues la noción de derecho está infinitamente más
alejada del puro bien. Es una mezcla de bien y de mal, ya que la posesión de un
derecho implica la posibilidad de hacer un buen o un mal uso de él. Por el contrario,
el cumplimiento de una obligación es siempre e incondicionalmente un bien desde
todos los puntos de vista. Por ello las gentes de 1789 cometieron un error tan
desastroso al escoger como principio de su inspiración la idea de derecho.
Un derecho soberano es el derecho de propiedad según la concepción romana o
cualquier otra esencialmente análoga a ésta. Atribuir a Dios un derecho soberano sin
obligación alguna es convertirle en el equivalente infinito de un propietario de
esclavos en Roma. Eso sólo permite una entrega servil. La entrega de un esclavo a un
hombre que le considera propiedad suya es algo bajo. El amor que impulsa a un
hombre libre a abandonar su cuerpo y su alma en servidumbre de lo que constituye el
bien perfecto es lo contrario de un amor servil.
En la tradición mística de la Iglesia católica uno de los principales objetos de las
purificaciones a través de las cuales debe pasar el alma es la abolición total de la
concepción romana de Dios. Mientras que de la menor traza de ella es imposible la
unión amorosa.
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Pero la irradiación de los místicos ha sido impotente para aniquilar en la Iglesia
esta concepción como la han aniquilado en su alma, porque la Iglesia la necesitaba
tanto como el Imperio. La Iglesia la necesitaba para su dominio temporal. De modo
que la división del poder en poder temporal y espiritual, de la que se habla tan a
menudo a propósito de la Edad Media, es algo más complejo de lo que se cree. La
obediencia al rey según la concepción clásica española es algo infinitamente más
religioso y más puro que la obediencia a una Iglesia armada con la Inquisición y que
propone una concepción esclavista de Dios, como sucedió en amplia medida a lo
largo del siglo XIII. Podía ocurrir muy bien, por ejemplo en el siglo XIII en Aragón,
que el rey detentara una autoridad realmente espiritual y la Iglesia una autoridad
realmente temporal. Sea como fuere, el espíritu romano de imperialismo y de
dominación jamás ha abandonado suficientemente a la Iglesia para que ésta llegara a
abolir la concepción romana de Dios.
De rebote la concepción de la Providencia se ha vuelto irreconocible. Es un
absurdo tan estridente que llega a aturdir la reflexión. Los auténticos misterios de la
fe también son absurdos, pero de un absurdo que ilumina la reflexión y la hace
producir en abundancia verdades evidentes para la inteligencia. Los otros absurdos
son tal vez misterios diabólicos. Unos y otros se entremezclan en el pensamiento
cristiano común como el trigo y la cizaña.
La concepción de la Providencia que corresponde al Dios de tipo romano consiste
en una intervención personal de Dios en el universo para ajustar ciertos medios a
fines particulares. Se admite que el orden del mundo, abandonado a sí mismo y sin
particular intervención de Dios en tal lugar y tal instante, para tal y cual fin, podría
producir efectos no conformes con el querer de Dios. Se admite que Dios practica las
intervenciones particulares. Pero se admite que estas intervenciones, destinadas a
corregir la actuación de la causalidad, están a su vez sometidas a la causalidad. Dios
viola el orden del mundo para hacer surgir de a no lo que quiere producir sino causas
que a título de efecto llevarán a lo que quiere producir.
Si se piensa en ello, estas suposiciones corresponden exactamente a la situación
del hombre ante la materia. El hombre tiene fines particulares que le obligan a
intervenciones particulares, las cuales están sometidas a la ley de la causalidad.
Imagínese a un gran propietario romano que posee vastos dominios y numerosos
esclavos; luego, amplíense sus dominios a las dimensiones del universo. Ésa es la
concepción de Dios que de hecho domina a una parte del cristianismo, y cuya mancha
contamina quizá más o menos al cristianismo entero salvo a los místicos.
Si se supone que semejante propietario vive solo, sin hallar iguales jamás, sin más
relación que no sea con sus esclavos, cabe preguntarse cómo puede surgir en su
pensamiento un fin particular. Ni siquiera tiene necesidades insatisfechas. ¿Irá a
buscar el bien de sus esclavos? En tal caso se equivocaría, pues en realidad los
esclavos son presa del crimen o de la desgracia. Si se intenta inspirarles buenos
sentimientos enumerando todo lo que hay de feliz en su destino —como sin duda
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hacían antaño los predicadores esclavistas en América— sólo se pone más de
manifiesto lo limitada que es esta porción de bien y la desproporción entre el poder
atribuido al dueño y la porción respectiva de bien y de mal. Como no cabe
disimularla, se les dirá a los esclavos que si son desdichados es por culpa suya. Pero
esta afirmación, caso de ser aceptada, no aporta aclaración alguna al problema de
saber cuáles pueden ser las voluntades del propietario. No cabe representárselas más
que como caprichos, algunos de los cuales son benevolentes. Y, en realidad, se
representan así.
Todos los intentos de desvelar en la estructura del universo las señales de la
benevolencia del propietario están, sin excepción alguna, al mismo nivel que la frase
de Bernardin de Saint-Pierre[*] y las cenas en familia. En esos intentos hay el mismo
absurdo fundamental que en las consideraciones históricas sobre las consecuencias de
la Encarnación. El bien que al hombre le es dado observar en el universo es finito,
limitado. Tratar de hallar en él una señal de la acción divina es hacer un bien finito y
limitado del mismo Dios. Eso es una blasfemia.
Intentos análogos en el análisis de la historia pueden ser ilustrados por una idea
ingeniosa expresada en una revista católica de Nueva York, con ocasión del último
aniversario del descubrimiento de América. Decía que Dios había enviado a América
a Cristóbal Colón para que unos siglos después hubiera un país capaz de derrotar a
Hitler. Esto está bastante por debajo de Bernardin de Saint-Pierre: es atroz. Al parecer
también Dios desprecia a las razas de color; el exterminio de las poblaciones de
América en el siglo XVI le parecía poca cosa a cambio de la salvación de los europeos
del siglo XX, y no podía procurarles la salvación por medios menos sanguinarios.
Claro que en vez de enviar a Cristóbal Colón a América con más de cuatro siglos de
adelanto habría sido más sencillo enviar a alguien a asesinar a Hitler hacia 1923.
Se equivocaría quien pensara que en eso hay un grado excepcional de estupidez.
Cualquier interpretación providencial de la historia se sitúa por necesidad
exactamente a este nivel. Tal es el caso de la concepción histórica de Bossuet[*]. Es a
la vez estúpida y atroz, indignante tanto para la inteligencia como para el corazón.
Hay que ser extremadamente sensible a la sonoridad de las palabras para considerar
un espíritu elevado a ese prelado cortesano.
Cuando se introduce en la vida privada la idea de la Providencia el resultado no es
menos cómico. Cuando un rayo cae a un centímetro de alguien sin tocarle, ése a
menudo cree que la Providencia le ha salvado. Quienes están a un kilómetro de
distancia no piensan que le deben la vida a una intervención de Dios. Al parecer,
cuando un mecanismo del universo está a punto de matar a un ser humano Dios se
pregunta si le place o no salvarle la vida, y si decide hacerlo le da un golpecito casi
imperceptible al mecanismo. Puede desplazar el rayo un centímetro para salvar una
vida, pero un kilómetro no, y menos impedirle caer pura y simplemente. Hay que
creer que se piensa así. De otro modo se diría que la Providencia interviene para
impedir que nos mate un rayo en cada uno de los instantes de la vida tanto como en el
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instante en que cae a un centímetro de uno. El único momento en que no interviene
para impedir que un rayo mate a un ser humano es el instante en que le mata el rayo
si pasa eso. Todo lo que no pasa es impedido por Dios en el mismo grado. Todo lo
que ocurre lo permite Dios en el mismo grado.
La concepción absurda de la Providencia como intervención personal y particular
de Dios para fines particulares es incompatible con la verdadera fe. Pero no es una
incompatibilidad evidente. Es incompatible con la concepción científica del mundo, y
ahí sí es evidente la incompatibilidad. Los cristianos que por influencia de la
educación y del medio social mantienen esa concepción de la Providencia, mantienen
también la concepción científica del mundo, y eso divide su espíritu en dos
compartimentos estancos, uno para la concepción científica del mundo y el otro para
la concepción del mundo como ámbito de actuación de la Providencia personal de
Dios. Por ello no pueden pensar la una ni la otra. La segunda, por lo demás, ni
siquiera es pensable. Los no creyentes, a quienes no contiene respeto alguno,
advierten fácilmente que esta Providencia personal y particular es ridícula, y por ello
la fe misma queda en ridículo ante sus ojos.
Los designios particulares atribuidos a Dios son cortes practicados por nosotros
en la complejidad más que infinita de las conexiones de la causalidad. Los
practicamos uniendo a través del tiempo determinados acontecimientos a algunos de
sus efectos seleccionados entre millares de muchos otros. Al decir de esos cortes que
son conformes a la voluntad de Dios tenemos razón. Pero eso es cierto en el mismo
grado y sin ninguna excepción de cualquier corte que pueda ser practicado por
cualquier especie de espíritu humano o no humano, a cualquier escala de magnitud, a
través del espacio y del tiempo, en la complejidad del universo.
No se puede separar en la continuidad del espacio y del tiempo un acontecimiento
que vendría a ser como un átomo; pero la endeblez del lenguaje humano obliga a
hablar como si se pudiera.
Todos los acontecimientos que componen el universo en la totalidad del curso de
los tiempos, cada uno de ellos, cada conjunto posible de varios acontecimientos, cada
relación entre dos o más acontecimientos, o entre un acontecimiento y un conjunto de
ellos, todo eso, en el mismo grado, ha sido permitido por la voluntad de Dios. Todo
eso son las intenciones particulares de Dios. La suma de las intenciones particulares
de Dios es el universo mismo. Sólo se exceptúa el mal, y no debe exceptuarse entero,
desde todos los puntos de vista, sino únicamente en la medida en que es mal. Desde
cualquier otro punto de vista es conforme con la voluntad de Dios.
Un soldado con una herida muy dolorosa e impedido por ello de participar en una
batalla en la que muere todo su regimiento puede creer que Dios ha querido no
causarle dolor sino salvarte la vida. Eso es de una ingenuidad extrema y una trampa
del amor propio. Dios ha querido causarle dolor, salvarle la vida y producir cuantos
efectos se han producido de hecho, pero no uno de ellos más que los demás.
Sólo hay un caso en que es legítimo hablar de un deseo particular de Dios.
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Cuando en un alma surge un impulso particular que lleva la marca reconocible de los
mandatos de Dios. Pero en este caso se trata de Dios como fuente de inspiración.
La concepción actual de la Providencia se parece al ejercicio escolar denominado
«explicación francesa» cuando lo realiza un mal profesor con un texto poético
perfectamente bello. El profesor dirá: «El poeta ha empleado tal palabra para
conseguir tal efecto». Y eso sólo puede ser cierto para la poesía de segundo, décimo o
enésimo orden. En un fragmento poético perfectamente bello todos los efectos, todas
las resonancias, todas las evocaciones que puede suscitar la presencia de tal palabra
en tal lugar, responden en el mismo grado, es decir, perfectamente, a la inspiración
del poeta. Lo mismo ocurre en todas las artes. Así es como el poeta imita a Dios. La
inspiración del poeta, en su punto de suprema perfección, es una de las cosas
humanas que por analogía pueden dar una idea del querer de Dios. El poeta es una
persona; no obstante, en los momentos en que alcanza la perfección poética le
atraviesa una inspiración impersonal. Su inspiración es personal en los momentos
mediocres, y en realidad no es inspiración. Al servirse de la inspiración poética como
de una imagen para concebir por analogía el querer de Dios no hay que tomar la
forma mediocre, sino la perfecta.
La Providencia divina no es una perturbación, una anomalía, en el orden del
mundo. Es el orden del mundo mismo. O, más bien, el principio ordenador de este
universo. Es la Sabiduría eterna, única, extendida por todo el universo en una red
soberana de relaciones.
Así la concibió toda la Antigüedad pre-romana. Todas las partes del Antiguo
Testamento en que ha penetrado la inspiración universal del mundo antiguo nos
muestran esa concepción envuelta en un esplendor verbal incomparable. Pero somos
ciegos. Leemos sin comprender.
Acá abajo no es soberana la fuerza bruta. Por naturaleza esa fuerza es ciega e
indeterminada. Lo que aquí abajo es soberano es la determinación, el límite. La
eterna Sabiduría encierra este universo en una red, en una malla de determinaciones.
El universo no se debate en ella. La fuerza bruta de la materia, que nos produce la
impresión de ser ella misma soberanía, no es otra cosa, en realidad, que obediencia
perfecta.
Ahí está la garantía concedida al hombre, el arca de la alianza, el pacto, la
promesa visible y palpable aquí abajo, el apoyo seguro de la esperanza. He ahí una
verdad que nos desgarra el corazón cada vez que somos sensibles a la belleza del
mundo. Es la verdad que estalla con incomparables acentos de alegría en las partes
bellas y puras del Antiguo Testamento, en Grecia entre los pitagóricos y en todos los
sabios, en China en Lao-Tse, en las escrituras sagradas hindúes, en los fragmentos
egipcios. Tal vez está escondida en innumerables mitos y cuentos. Aparecerá ante
nosotros, ante nuestros ojos, en nuestra propia ciencia, si un día, como hizo con Agar,
Dios nos abre los ojos.
Se discierne en las mismas palabras con que Hitler afirma el error contrario:
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… en un mundo en que los planetas y los soles siguen trayectorias circulares,
en que las lunas giran en torno a los planetas, en que la fuerza reina en todas
partes y como única dueña sobre la debilidad, a la que obliga a servirla
dócilmente, o a la que aplasta…
¿Cómo puede la fuerza ciega suscitar círculos? No es la debilidad la que sirve
dócilmente a la fuerza. Es la fuerza la que es dócil a la Sabiduría eterna.
Hitler y sus fanáticas juventudes jamás han sentido eso al mirar a los astros por la
noche. Pero ¿quién ha intentado enseñarles? La civilización de la que estamos tan
orgullosos lo ha hecho todo para ocultarlo; y mientras en nuestra alma haya algo
capaz de sentirse orgulloso de ella no seremos inocentes de ninguno de los crímenes
de Hitler.
En la India, una palabra cuyo sentido original es «equilibrio» significa a la vez el
orden del mundo y la justicia. He aquí un texto sagrado a este respecto, el cual, en
forma simbólica, se refiere a la vez a la creación del mundo y a la sociedad humana.
Dios, en verdad, existía absolutamente solo en el origen. Al estar solo no
se manifestaba. Produjo una forma superior, la soberanía… Por eso nada hay
por encima de la soberanía. Por ello el sacerdote se sienta más arriba que el
soberano en las ceremonias…
Dios no se manifestaba todavía. Produjo la clase de los campesinos,
artesanos y mercaderes.
Dios no se manifestaba todavía. Produjo la clase de los servidores.
Dios no se manifestaba todavía. Produjo una forma superior, la justicia. La
justicia es la soberanía de la soberanía. Por ello no hay nada por encima de la
justicia. El que carece de poder puede igualar al que es muy poderoso por
medio de la justicia, como por medio de una autoridad regia.
Lo que es justicia es verdad. Por eso, cuando alguien dice la verdad, se
dice: «Es justo», y cuando alguien dice la justicia se dice: «Es verdad». Pues
realmente justicia y verdad son lo mismo.
Y una muy antigua estancia hindú dice como sigue:
Adonde se levanta el sol.
Adonde se pone.
A eso los dioses le han hecho justicia.
La misma hoy, la misma mañana.
Anaximandro escribió:
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A partir de lo indeterminado se produce el nacimiento de las cosas; y la
destrucción es un retorno a lo indeterminado, que tiene lugar en virtud de la
necesidad. Pues las cosas sufren un castigo y una expiación las unas por parte
de las otras a causa de su injusticia, según el orden del tiempo.
He aquí la verdad, y no la monstruosa concepción que Hitler ha ido a buscar en la
vulgarización de la ciencia moderna. Toda fuerza palpable y visible está sometida a
un límite invisible que jamás franqueará. En el mar, las olas suben, suben y suben,
pero llegan a un punto donde sólo hay vacío que las detiene y las hace bajar. De la
misma manera la oleada alemana se ha detenido, sin que nadie sepa por qué, al borde
del canal de la Mancha.
Los pitagóricos decían que el universo está constituido a partir de lo
indeterminado y del principio que determina, que limita, que detiene. Siempre es este
principio el que domina.
La tradición referente al arco iris, seguramente tomada por Moisés de los
egipcios, expresa de la manera más conmovedora la esperanza que el orden del
mundo debe dar a los hombres:
Dios dijo:… y cuando cubriere yo de nubes la tierra, aparecerá el arco, y me
acordaré de mi pacto con vosotros, y con todo viviente, y con toda carne, y no
volverán las aguas del diluvio a destruir toda carne.
El hermoso semicírculo del arco iris es el testimonio de que los fenómenos de
aquí abajo, por terroríficos que sean, están sometidos a un límite. La espléndida
poesía de este texto pretende que le sirve a Dios de recordatorio del ejercicio de su
función de principio que limita.
«Les has puesto a las aguas barreras infranqueables para impedirles anegar de
nuevo la tierra» (Salmo 104).
Y al igual que las oscilaciones de las olas, la sucesión entera de los
acontecimientos aquí abajo, al ser todos ellos rupturas de equilibrio que se
compensan mutuamente, nacimientos y destrucciones, crecimientos y disminuciones,
todos permiten advertir la presencia invisible de una red de límites sin substancia más
duros que diamante alguno. Por ello las vicisitudes de las cosas son bellas aunque
dejen ver una despiadada necesidad. Despiadada pero que no es la fuerza, sino que es
la dueña soberana de toda fuerza.
Pero la idea que embriagó auténticamente a los antiguos es que lo que ha hecho
obedecer a la fuerza ciega de la materia no es otra fuerza más fuerte. Es el amor.
Creían que la materia es dócil a la eterna Sabiduría por la virtud del amor que la hace
consentir a la obediencia.
Platón dice en el Timeo que la Providencia divina domina la necesidad al ejercer
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una sabia persuasión sobre ella. Un poema estoico del siglo III antes de Cristo, pero
del que está demostrado que su inspiración es mucho más antigua, le dice a Dios:
A ti todo este mundo que gira en torno a la tierra obedece doquiera que le
lleves y consiente a tu dominio. Tal es la virtud del servidor que tienes en tus
invencibles manos, de doble filo, de fuego, eternamente vivo, el rayo.
El rayo, la línea vertical de fuego que salta del cielo a la tierra, es el intercambio
entre Dios y su creación, y por ello «lanzador de rayos» es por excelencia el epíteto
de Zeus.
De ahí viene la concepción estoica del amor fati, el amor por el orden del mundo,
que los estoicos situaban en el centro de toda virtud. El orden del mundo debe ser
amado porque es pura obediencia a Dios. Lo que este universo nos concede o nos
inflige es exclusivamente por obediencia. Cuando un amigo ausente por mucho
tiempo y ansiosamente esperado nos da la mano no importa que la presión sea en sí
misma agradable o dolorosa; si aprieta demasiado y nos hace daño, no se le censura.
Cuando habla no se plantea la cuestión de si el tono de su voz es agradable en sí
mismo. La presión de la mano, la voz, todo es sólo para nosotros el signo de una
presencia, y por ello infinitamente querido. Igualmente, cuanto nos ocurre en el curso
de la vida, al haberlo producido la obediencia total a Dios de este universo, nos pone
en contacto con el bien absoluto que constituye el querer de Dios; a este título,
absolutamente todo, penas y alegrías indistintamente, debe ser aceptado con la misma
actitud interior de amor y gratitud.
Los hombres que ignoran el verdadero bien desobedecen a Dios en el sentido de
que no le obedecen como es adecuado para una criatura pensante, con el
consentimiento del pensamiento. Pero sus cuerpos y sus almas están absolutamente
sometidos a las leyes de los mecanismos que rigen soberanamente la materia física y
psíquica. La materia física y psíquica obedece en ellos perfectamente: son
perfectamente obedientes en tanto que son materia, y no son otra cosa, si no poseen ni
desean la luz sobrenatural que es lo único que eleva al hombre por encima de la
materia. Por ello el mal que nos hacen debe ser aceptado como el mal que nos hace la
materia inerte. Además de la compasión que hay que conceder a un pensamiento
humano extraviado y sufriente, deben ser amados como debe ser amada la materia
inerte, como partes del orden perfectamente bello del universo.
Naturalmente, cuando los romanos creyeron que debían deshonrar el estoicismo
adoptándolo sustituyeron el amor por una insensibilidad basada en el orgullo. De ahí
el prejuicio, corriente aún hoy, de la oposición entre estoicismo y cristianismo,
cuando se trata de ideas gemelas. Los mismos nombres de las personas de la Trinidad
—Logos, Pneuma— se han tomado prestados del vocabulario estoico. El
conocimiento de ciertas teorías estoicas arroja viva luz sobre varios pasajes
enigmáticos del Nuevo Testamento. Entre ambos pensamientos había intercambios
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por afinidad. En el centro de uno y otro están la humildad, la obediencia y el amor.
Varios textos indican que el pensamiento estoico fue el del mundo antiguo entero,
hasta el Extremo Oriente. Toda la humanidad vivía entonces en el florecimiento de la
idea de que el universo en que nos hallamos no es otra cosa que obediencia perfecta.
Los griegos se embriagaron al encontrar en la ciencia una esplendorosa
confirmación de esa idea, y eso fue el móvil de su entusiasmo por la ciencia. El
funcionamiento de la inteligencia en el estudio científico hace que al pensamiento se
le aparezca la necesidad soberana sobre la materia como una red de relaciones
inmateriales y sin fuerza. La necesidad sólo es concebida perfectamente en el
momento en que las relaciones aparecen como absolutamente inmateriales. Entonces
sólo se presentan al pensamiento como consecuencia de una atención elevada y pura,
que parte de un punto del alma no sometido a la fuerza. Lo que en el alma humana
está sometido a la fuerza es lo que está bajo el imperio de las necesidades. Hay que
olvidar toda necesidad para concebir las relaciones en su pureza inmaterial. Si se
llega a esto, se percibe el juego de las fuerzas por las que se concede o niega
satisfacción a las necesidades.
Las fuerzas de acá abajo están determinadas soberanamente por la necesidad; ésta
se halla constituida por relaciones que son pensamientos; por consiguiente la fuerza
soberana acá abajo está soberanamente dominada por el pensamiento. El hombre es
una criatura pensante. Está del lado de lo que manda sobre la fuerza. Ciertamente, no
es dueño y señor de la naturaleza, y Hitler tenía razón cuando decía que al creer serlo
se equivoca. Pero el hombre es el hijo del dueño, el hijo de la casa. La ciencia es la
prueba de ello. Un hijo muy joven en una casa rica está sometido a los domésticos
por el bien de las cosas, pero cuando se sienta en las rodillas de su padre y se
identifica con él por el amor, comparte la autoridad.
Mientras el hombre soporta tener el alma llena de sus propios pensamientos, de
sus ideas personales, está enteramente sometido hasta en sus más íntimos
pensamientos a la coerción de las necesidades y al juego mecánico de la fuerza. Y
yerra si cree que es de otro modo. Pero todo cambia cuando, en virtud de una
atención auténtica, vacía su alma para dejar que entren en ella los pensamientos de la
sabiduría eterna. Entonces lleva en sí las mismas ideas a las que está sometida la
fuerza.
La naturaleza de la relación, y de la atención necesaria para concebirla, era a ojos
de los griegos una prueba de que la necesidad es realmente obediencia a Dios. Tenían
además otra. Eran los símbolos inscritos en las relaciones mismas, al igual que en un
cuadro está inscrita la firma del pintor.
La simbología griega explica que Pitágoras ofreciera un sacrificio en su alegría
por haber hallado la inscripción del rectángulo en el semicírculo.
El círculo, a ojos de los griegos, era la imagen de Dios. Pues un círculo que gira
sobre sí mismo es un movimiento en el que nada cambia y que está perfectamente
cerrado sobre sí mismo. El símbolo del movimiento circular expresaba entre los
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griegos la misma verdad que se expresa en el dogma cristiano por la concepción del
acto eterno del que proceden las relaciones entre las Personas de la Trinidad.
La media proporcional era a ojos de los griegos la imagen de la mediación divina
entre Dios y las criaturas. Los trabajos matemáticos de los pitagóricos tenían por
objeto la investigación de medias proporcionales entre números que no forman parte
de una misma progresión geométrica, por ejemplo entre la unidad y un número no
cuadrado. El triángulo rectángulo les dio la solución. El triángulo rectángulo es la
reserva de todas las medias proporcionales. Pero a partir del momento en que es
inscribible en un semicírculo, el círculo le sustituye en esa función. De este modo el
círculo, imagen geométrica de Dios, es la fuente de la imagen geométrica de la
Mediación divina. Tan maravilloso hallazgo bien valía un sacrificio.
La geometría es así un doble lenguaje, que al mismo tiempo da informaciones
sobre las fuerzas que están actuando en la materia y habla de las relaciones
sobrenaturales entre Dios y las criaturas. Es como esas cartas cifradas que parecen
igualmente coherentes antes y después de descifradas.
La preocupación por el símbolo ha desaparecido enteramente de nuestra ciencia.
Pero bastaría simplemente molestarse en ello para leer fácilmente, al menos en ciertas
partes de la matemática moderna, como la teoría de con juntos o el cálculo integral,
símbolos tan claros, tan bellos, tan llenos de significación espiritual como el del
círculo y de la mediación.
Si se quisiera emprenderlo, el camino del pensamiento moderno a la sabiduría
antigua sería corto y directo. En la filosofía moderna han aparecido aquí y allá, en
diferentes formas, análisis susceptibles de preparar una teoría completa de la
percepción sensible. La verdad fundamental que se obtendría de una teoría así es que
la realidad de los objetos percibidos por los sentidos no reside en las impresiones
sensibles, sino sólo en las necesidades cuyos signos son las impresiones.
Este universo sensible en el que estamos no tiene otra realidad que la necesidad, y
la necesidad es una combinación de relaciones que se desvanecen a partir del
momento en que no las sostiene una atención elevada y pura. Este universo en torno
nuestro es pensamiento materialmente presente a nuestra carne.
La ciencia, en sus diferentes ramas, capta a través de los fenómenos relaciones
matemáticas o relaciones análogas a las matemáticas. La matemática eterna, ese
lenguaje con dos fines, es la estofa con que está tejido el orden del mundo.
Todo fenómeno es una modificación en la distribución de la energía, y
consiguientemente está determinado por las leyes de la energía. Pero hay varias
especies de energía, que están dispuestas en un orden jerárquico. La fuerza mecánica,
la gravedad, o gravitación en el sentido de Newton, que nos hace sentir
continuamente su coerción, no es la especie de energía más elevada. La luz
impalpable e ingrávida es una energía que hace que pese a la gravedad los árboles y
las espigas crezcan hacia arriba. La comemos en el trigo y en los frutos, y su
presencia en nosotros nos da la fuerza de mantenernos derechos y de trabajar.
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Algo infinitamente pequeño, en determinadas condiciones, opera decisivamente.
No hay masa tan pesada que un punto no le sea igual: pues una masa, por pesada que
sea, no cae si se apoya en un solo punto, a condición de que este punto sea el centro
de gravedad. Determinadas transformaciones químicas tienen por condición la
actuación de bacterias casi invisibles. Los catalizadores son imperceptibles
fragmentos de materia cuya presencia resulta indispensable para otras
transformaciones químicas. Otros fragmentos minúsculos, de composición casi
idéntica, tienen, con su presencia, una virtud inhibitoria no menos decisiva; en este
mecanismo se basa el más poderoso de los medicamentos descubiertos recientemente.
Así, no sólo las matemáticas, sino la ciencia entera es, sin que se busque
destacarlo, un espejo simbólico de las verdades sobrenaturales.
La moderna psicología pretende convertir en una ciencia el estudio del alma. Un
poco más de precisión bastaría para conseguirlo. Habría que poner en su base la
noción de materia psíquica, vinculada al axioma de Lavoisier, válido para toda la
materia: «Nada se crea ni se destruye». Dicho de otro modo: los cambios son o bien
modificaciones de forma, bajo los cuales persiste algo, o bien desplazamientos, pero
nunca, simplemente, apariciones y desapariciones. Habría que introducir ahí la
noción de límite, y señalar el principio de que en la parte terrestre del alma todo está
acabado, limitado, todo es susceptible de agotamiento. Por último, habría que
introducir la noción de energía, planteando que los fenómenos psíquicos, al igual que
los físicos, son modificaciones en la distribución y la cualidad de la energía, y están
determinados por las leyes de la energética.
Los intentos contemporáneos por fundar una ciencia social también
desembocarían en esto con un poco más de precisión. Habría que poner en su base la
noción platónica del gran animal o la noción apocalíptica de la Bestia. La ciencia
social es el estudio del gran animal y debe describir minuciosamente su anatomía, su
fisiología, los reflejos naturales y condicionados y las posibilidades de
adiestramiento.
La ciencia del alma y la ciencia social son ambas enteramente imposibles si no se
define rigurosamente la idea de lo sobrenatural y no se introduce en la ciencia, como
noción científica, para ser manejada por la ciencia con precisión extrema.
Si las ciencias del hombre estuvieran fundamentadas así, con métodos de rigor
matemático y mantenidas al mismo tiempo en vinculación con la fe, y si en las
ciencias naturales y en la matemática la interpretación simbólica recuperara el lugar
que tuvo en otro tiempo, la unidad del orden establecido en este universo aparecería
en su soberana claridad.
El orden del mundo es la belleza del mundo. Sólo difiere el régimen de la
atención, según que se trate de concebir las relaciones necesarias que lo componen o
de contemplar su esplendor.
Hay una sola y la misma cosa, que en relación a Dios es la eterna Sabiduría, en
relación al universo es la obediencia perfecta, en relación a nuestro amor es belleza,
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en relación a nuestra inteligencia es equilibrio de relaciones necesarias, y en relación
a nuestra carne es fuerza bruta.
Hoy la ciencia, la historia, la política, la organización del trabajo e incluso la
religión en la medida en que lleva la mancha romana, sólo ofrecen fuerza bruta al
pensamiento de los hombres. Tal es nuestra civilización. Este árbol tiene los frutos
que se merece.
El retorno a la verdad haría aparecer entre otras cosas la verdad del trabajo físico.
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El trabajo físico aceptado es, después de la aceptación de la muerte, la forma más
perfecta de la virtud de la obediencia.
El carácter penal del trabajo, que viene señalado por el relato del Génesis, ha sido
mal entendido por falta de una noción justa de lo que es el castigo. En ese texto se lee
equivocadamente un matiz de desprecio por el trabajo. Es más probable que haya
sido transmitido por una civilización muy antigua en la que el trabajo físico fuera
honrado por encima de cualquier otra actividad.
Varios signos indican que semejante civilización ha existido, y que hace mucho
tiempo el trabajo físico era una actividad religiosa por excelencia y
consiguientemente algo sagrado. Los Misterios, la religión de toda la Antigüedad pre-
romana, se basaban enteramente en expresiones simbólicas de la salvación del alma
sacadas de la agricultura. El mismo simbolismo se vuelve a encontrar en las
parábolas del Evangelio. El papel de Efesto en el Prometeo de Esquilo parece evocar
una religión de herreros. Prometeo es exactamente la proyección intemporal de
Cristo, un Dios crucificado y redentor que ha venido a traer el fuego a la tierra; en el
simbolismo griego, al igual que en el Evangelio, el fuego es la imagen del Espíritu
Santo. Esquilo, que jamás dice nada por azar, dice que el fuego dado a los hombres
por Prometeo era propiedad personal de Efesto, lo que parece indicar que Efesto es su
personificación. Efesto es un dios forjador. Imagínese una religión de forjadores que
ven en el fuego que hace dócil el hierro la imagen de la operación del Espíritu Santo
sobre la naturaleza humana.
Hubo quizá un tiempo en que una misma verdad fue traducida a diferentes
sistemas de símbolos, y en que cada sistema se adaptaba a determinado trabajo físico
para convertirlo en expresión directa de la fe.
En cualquier caso, todas las tradiciones religiosas de la Antigüedad, incluido el
Antiguo Testamento, hacen que todos los oficios se remonten a una enseñanza directa
de Dios. La mayoría afirma que Dios se encarnó para tal misión pedagógica. Los
egipcios, por ejemplo, pensaban que la encarnación de Osiris tenía por objeto a la vez
esta enseñanza práctica y la Redención por la Pasión.
Cualquiera que sea la verdad que encierran esos relatos extremadamente
misteriosos, la creencia en una enseñanza directa de los oficios por parte de Dios
implica la memoria de una época en que el ejercicio de tales oficios era una actividad
sagrada por excelencia.
No queda ninguna huella de esto en Hornero, ni en Hesíodo, ni en la Grecia
clásica, ni en lo poco que sabemos de las demás civilizaciones de la Antigüedad. En
Grecia el trabajo era algo servil. No podemos saber si ya era así antes de la invasión
helénica, en la época de los pelasgos, ni si los Misterios conservaban explícitamente
en su enseñanza secreta el recuerdo de un época en que se honraba el trabajo. En los
comienzos de la Grecia clásica vemos acabar una forma de civilización en la que,
salvo el trabajo físico, todas las actividades humanas eran sagradas; en la que arte,
poesía, filosofía, ciencia y política no se diferenciaban, por decirlo así, de la religión.
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Uno o dos siglo después, por un mecanismo que no discernimos bien, pero en el cual
el dinero ha desempeñado en cualquier caso un papel importante, todas estas
actividades se habían vuelto exclusivamente profanas y estaban cercenadas de toda
inspiración espiritual. La poca religión que quedaba se relegaba a los lugares
destinados al culto. Platón, en su época, era un superviviente de un pasado ya lejano.
Los estoicos griegos fueron la llama que brotó de una chispa todavía viva del mismo
pasado.
Los romanos, nación atea y materialista, aniquilaron los restos de vida espiritual
en los territorios que ocuparon por medio del exterminio. Sólo adoptaron el
cristianismo vaciándolo de su contenido espiritual. Bajo su dominio, toda actividad
humana, sin distinción, se consideró servil; y acabaron despojando de toda realidad a
la institución de la esclavitud, lo que preparó su desaparición, al reducir a esclavitud a
todos los seres humanos.
Los supuestos bárbaros, muchos de los cuales eran sin duda originarios de Tracia
y consiguientemente se habían alimentado de la espiritualidad de los Misterios, se
tomaron el cristianismo en serio. El resultado fue que poco faltó para que hubiera una
civilización cristiana. Vemos aparecer la promesa de algo así en los siglos XI y XII.
Los países del sur del Loira, que eran el principal foco de irradiación, estaban llenos
de espiritualidad cristiana y de espiritualidad antigua a la vez; sí es cierto al menos
que los albigenses son maniqueos, y consiguientemente proceden no sólo del
pensamiento persa sino también del pensamiento gnóstico, estoico, pitagórico,
egipcio. La civilización que entonces estaba en germen hubiera estado libre de toda
mancha de esclavitud. En su centro hubieran estado los oficios.
El cuadro que pinta Maquiavelo de la Florencia del siglo XII es un modelo de lo
que la jerga moderna llamaría una democracia sindical. En Toulouse los caballeros y
los obreros se batían codo con codo contra Simon de Montfort[*] para defender su
común tesoro espiritual. Las corporaciones, instituidas en el curso de este período de
gestación, eran instituciones religiosas. Basta mirar una iglesia románica, escuchar
una melodía gregoriana, leer algunos de los poemas perfectos de los trovadores o,
mejor aún, los textos litúrgicos, para reconocer que el arte era indiscernible de la fe al
igual que en Grecia en su mejor momento.
Pero una civilización cristiana, en la que la luz cristiana iluminara la vida entera,
sólo habría sido posible si se hubiera eliminado la concepción romana de la sumisión
de los espíritus a la Iglesia. La lucha encarnizada y victoriosa de san Bernardo contra
Abelardo muestra que se estaba muy lejos de eso. A principios del siglo XIII la
civilización aún por llegar fue destruida con la aniquilación de su principal foco de
asentamiento, esto es, los países del sur del Loira, mediante la implantación de la
Inquisición y el estrangulamiento del pensamiento religioso por la noción de
ortodoxia.
La noción de ortodoxia, al separar estrictamente el ámbito relativo al bien de las
almas, que es el de la sumisión incondicionada del pensamiento a una autoridad
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exterior, y el ámbito relativo a las llamadas cosas profanas, en el que la inteligencia
es libre, hace imposible esta penetración mutua de lo religioso y lo profano que es la
esencia de una civilización cristiana. En vano se mezcla cada día, en la misa, un poco
de agua con el vino.
El siglo XIII, el siglo XIV y el principio del siglo XV son el período de decadencia
de la Edad Media. Progresiva degradación y muerte de una civilización que no tuvo
tiempo de nacer, creciente resecamiento de una simple semilla.
Hacia el siglo XV se produjo el primer Renacimiento, que fue como un débil
presentimiento de resurrección de la civilización pre-romana y del espíritu del siglo
XII. La antigua Grecia, Pitágoras y Platón fueron objeto entonces de un respeto
religioso que se unía a la fe cristiana en perfecta armonía. Pero tal actitud espiritual
fue muy breve.
Pronto vino el segundo Renacimiento, cuya orientación era la contraria. Fue este
segundo Renacimiento el que produjo lo que llamamos nuestra civilización moderna.
Estamos muy orgullosos de ella, pero no ignoramos que está enferma. Y todo el
mundo está de acuerdo en el diagnóstico de la enfermedad. Está enferma por no saber
justamente qué lugar hay que conceder al trabajo físico y a quienes lo realizan.
Muchas inteligencias se agotan en este problema debatiéndose a tientas. No saben
por dónde empezar, de dónde partir, con qué guiarse, y así los esfuerzos resultan
estériles.
Lo mejor es meditar el viejo relato del Génesis, situándolo en su propio ambiente,
que es el del pensamiento antiguo.
Cuando un ser humano se ha colocado, mediante un crimen, al margen del bien,
el auténtico castigo consiste en reintegrarlo en la plenitud del bien por medio del
dolor. Nada más Maravilloso que un castigo.
El hombre se ha puesto al margen de la obediencia. Dios ha escogido como
castigo el trabajo y la muerte. Consiguientemente el trabajo y la muerte, si el hombre
los sufre consintiendo sufrirlos, constituyen el transporte al bien supremo de la
obediencia a Dios.
Ello es de una luminosa evidencia si al igual que en la Antigüedad se considera la
pasividad de la materia inerte como la perfección de la obediencia a Dios y la belleza
del mundo como el resplandor de la obediencia perfecta.
Cualquiera que sea en el cielo la misteriosa significación de la muerte, aquí abajo
es la transformación de un ser hecho de carne temblorosa y de pensamiento, de un ser
que odia y desea, que espera y teme, que quiere y no quiere, en un montoncito de
materia inerte. Consentir en esta transformación es para el hombre el acto supremo de
obediencia total. Por ello san Pablo dice del propio Cristo, a propósito de la Pasión:
«lo que ha sufrido le ha enseñado la obediencia y le ha hecho perfecto».
Pero el consentimiento a la muerte sólo puede ser plenamente real cuando la
muerte está ahí. Sólo puede acercarse a la plenitud cuando la muerte está cerca. Es
abstracto cuando la posibilidad de la muerte es abstracta y lejana.
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El trabajo físico es una muerte cotidiana.
Trabajar es poner el propio ser, el alma y la carne, en el circuito de la materia
inerte, hacer de ellas un intermediario entre uno y otro estado de la materia,
convertirse en instrumento. El trabajador hace de su cuerpo y de su alma un apéndice
del útil que maneja. Los movimientos del cuerpo y la atención del espíritu son
función de las exigencias del útil, el cual está adaptado a su vez a la materia del
trabajo.
La muerte y el trabajo son cuestiones de necesidad y no de elección. El universo
no se entrega al hombre en su alimento y en su calor más que si el hombre se entrega
al universo en el trabajo. Pero el trabajo y la muerte pueden experimentarse con
rebeldía o consintiendo. Pueden padecerse en su verdad desnuda o revestidos de
mentira.
El trabajo hace violencia a la naturaleza humana. Tan pronto hay sobreabundancia
de fuerzas juveniles que quieren gastarse y no encuentran empleo para ello, como tan
pronto lo que hay es agotamiento, y la voluntad debe suplir, a costa de una tensión
muy dolorosa, la insuficiencia de la energía física. Hay mil preocupaciones, cuidados,
angustias, mil deseos y mil curiosidades que distraen el pensamiento; la monotonía
causa disgusto y el tiempo pesa de un modo casi intolerable.
El pensamiento humano domina el tiempo y recorre sin cesar, rápidamente, el
pasado y el futuro, franqueando cualquier intervalo; pero quien trabaja está sometido
al tiempo al modo de la materia inerte que atraviesa un instante tras otro. Por eso el
trabajo violenta a la naturaleza humana. Por eso los trabajadores expresan el
sufrimiento del trabajo con la expresión «el tiempo se hace largo».
El consentimiento de la muerte, cuando se presenta la muerte y se ve en su
desnudez, es un desgajamiento supremo, instantáneo, de lo que cada uno llama yo. El
consentimiento del trabajo es menos violento. Pero cuando es completo se renueva
cada mañana a lo largo de toda una existencia humana, día tras día, y cada día dura
hasta la noche, y eso vuelve a empezar al día siguiente, y a menudo todo se prolonga
hasta la muerte. Cada mañana el trabajador da su consentimiento al trabajo de ese día
y de la vida entera. Consiente tanto si está triste como alegre, si está preocupado o
deseoso de divertirse, tanto si está cansado como desbordante de energía.
Inmediatamente después del consentimiento de la muerte, el consentimiento a la
ley que hace indispensable el trabajo para la conservación de la vida es el acto de
obediencia más perfecto que puede realizar el hombre.
A partir de ahí las restantes actividades humanas, ya sea el mandar a otros
hombres, o elaborar planes técnicos, o el arte, la ciencia, la filosofía, todas, son
inferiores al trabajo físico en significación espiritual.
Es fácil definir el lugar que debe ocupar el trabajo físico en una vida social bien
ordenada. Debe ser su centro espiritual.
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SIMONE WEIL (1909 - 1943) nace en París, de familia judía, intelectual y laica: su
padre era un médico famoso y su hermano mayor, André, es un matemático brillante
y precoz.
En su adolescencia estudia intensamente filosofía y literatura clásica. A los 19 años
ingresa, con la calificación más alta (seguida por Simone de Beauvoir) a la Ecole
Normale Superiore, se gradúa a los 22 y comienza su carrera docente.
Sus estudios apasionados —y críticos— de la doctrina marxista le acarrean
notoriedad, y a los 23 años es “transferida” del liceo por encabezar a una
demostración de obreros desempleados. Un diario conservador la apoda «la virgen
roja», por su extraña combinación de preocupaciones por la situación social y por la
pureza y la verdad. No tiene, sin embargo, convicciones religiosas. Las disputas con
los superiores de los liceos se suceden, por cuestiones políticas y metodología
docente. Conoce a Trotsky, con quien discute sobre la situación rusa, Stalin, y la
doctrina marxista.
A los 25 años pide una licencia y va a trabajar durante más de un año, junto a los
obreros, como operaria manual en varias fábricas (Renault) («Allí recibí la marca del
esclavo»). Se acrecientan sus sufrimientos físicos (sinusitis crónica), y sus padres la
llevan a Portugal, en unas breves vacaciones, para intentar recuperar su salud perdida.
Allí presencia un procesión católica popular, en una aldea pobre, un noche a orillas
del mar; «tuve de pronto la certeza de que el cristianismo es por excelencia la religión
de los esclavos, que los esclavos no podían dejar de seguirla… y yo entre ellos».
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Después de un breve retorno a la docencia, en 1936 participa en la Guerra Civil
Española, junto a grupos anarquistas. Un accidente la obliga a volver a Francia. De la
guerra, le queda el sentimiento de horror por la brutalidad y el desprecio por la
verdad y el bien, por ambas partes; y, posteriormente, la amistad con otro escritor
francés, Georges Bernanos, que había participado en el otro bando. En 1937 visita
Italia, y en una capilla de Asís se siente impulsada a arrodillarse, por primera vez en
su vida.
Su salud empeora, tiene dolores de cabezas agudos y continuos. En la pascua de 1938
asiste a los oficios religiosos en la abadía de Solesmes. El cristianismo ocupa un lugar
preponderante en sus pensamientos; tiene alguna experiencia mística, a la que
prefiere resistir; se niega a rezar, o a considerar siquiera “la cuestión del bautismo”.
Encuentra resonancias cristianas en Homero, Platón, el Bhagavat-Gita.
Es el año 1940, Hitler está en su apogeo y su condición de judía comienza a
ocasionarle problemas.
En Marsella, a los 31 años, conoce al sacerdote dominico J. Perrin, quien la ayuda a
encontrar trabajo manual en la granja de Gustave Thibon, escritor católico (junio de
1941). Con el P. Perrin se plantea el tema de su bautismo, pero, a pesar del aliento del
sacerdote, Simone se resiste. Sus razones y sus dudas, expuestas en cartas y notas,
aparecerán más tarde en los libros A la espera de Dios y Carta a un religioso. Con
Thibon, pese a un comienzo difícil, («los primeros contactos fueron penosos, no
coincidíamos en casi nada… yo tenía que armarme de paciencia y cortesía», dirá él
más tarde), se entabla una amistad breve, pero importante: a él confiará ella sus libros
de notas, antes de partir, en mayo de 1942, a Nueva York con su familia. Thibon, por
su parte, será uno de sus más fervientes admiradores («nunca he dejado de creer en
ella»… «no he encontrado jamás en un ser humano semejante familiaridad con los
misterios religiosos; jamás la palabra sobrenatural me ha parecido tan llena de sentido
como a su contacto») y quien, a su muerte, editará una compilación de sus notas, bajo
el título La gravedad y la gracia. Este libro, junto con A la espera de Dios, son sus
obras más notables.
Simone, una vez en Nueva York, trata de unirse al movimiento de la resistencia: viaja
a Londres e intenta ingresar a Francia como combatiente, pero sólo logra un puesto
en la organización Francia Libre, donde redacta informes. En abril de 1943 se le
diagnostica tuberculosis. En el hospital, se niega a consumir los alimentos que su
estado requerían, y muere el 24 de agosto, a los 34 años. Es sepultada en Kent.
En esos momentos, es prácticamente desconocida. Pocos rastros quedan de su
limitada notoriedad en la década del 30, como intelectual de izquierda. No ha
publicado ningún libro y se ha mantenido apartada de los círculos literarios. Al fin de
la guerra, sus amigos comienzan a editar sus escritos; además de los nombrados, se
destacan Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social, escrito en
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1934, notabilísima muestra de su evaluación del marxismo y su filosofía política
general, de la que nunca se retractó; Las raíces del existir, y La fuente griega son
otras de sus obras. Desde entonces, Simone Weil ha atraído la atención de
muchísimos literatos, filósofos, teólogos y sociólogos. Intelectuales como Albert
Camus y T. S. Eliot le profesan una enorme admiración. Su lucidez, honestidad
intelectual y desnudez espiritual constituyen una combinación rara, e inolvidable para
todos los lectores, de diversas tendencias de pensamiento, que han se han alimentado
de su obra.
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Notas
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[1] José Jiménez Lozano, «Simone Weil y su escritura», Introducción a S. Weil,
Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social (Paidós, Barcelona,
1995), señala muy perspicazmente que la combinación de lucidez y radicalidad de
una parte y sus contradicciones de otra protegen de toda «auctoritas» al pensamiento
de Simone Weil. Y también, a propósito de la «locura» presunta de esta mística —
para quien por otra parte es fácil establecer, como se ha hecho (vid. G. Raimbault, C.
Eliacheff, Les indomptables, Odile Jacob, París, 1989), un diagnóstico de anorexia
por otra parte nada fuera de lo común—, que «la idea de normalidad, fisiológica,
psíquica, social y económica, es desde luego una construcción del poder cultural y
sus ideologías, que han definido, definen y tratarán de definir siempre lo que es un
hombre y cómo debe serlo». <<
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[2] Puede verse R. Rossi, Juan de la Cruz. Silencio y creatividad, Trotta, Madrid,
1996. <<
www.lectulandia.com - Página 197
[3] Una consciencia mística se esfuerza por oír en su interior «la voz de Dios». Esta
«voz de Dios» a la que se obedece es la voz «propia», por supuesto, pero enteramente
desinteresada de las cosas propias. Escuchar el fondo de la conciencia propia —crear
un espacio interior en la consciencia, no colonizado— es el objetivo del «espiritual»;
«obedecer» a «la voz de Dios» —o sea, obedecer a la propia conciencia profunda y
libre— se convierte en una necesidad; si se «traiciona», se deja de escuchar la propia
voz. <<
www.lectulandia.com - Página 198
[4] En su «Estudio para una Declaración de las obligaciones hacia el ser humano»
(Écrits de Londres et dernières lettres, Gallimard, París, 1957; vid. pp. 77-78),
emparentado por su título con Echar raíces, Simone Weil escribe: «La posibilidad de
expresión indirecta del respeto hacia el ser humano es el fundamento de la
obligación. Ésta tiene por objeto las necesidades terrestres del alma y del cuerpo de
los seres humanos cualesquiera que sean». <<
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[5] La hoja n.º 176 de la Caja 7 de los manuscritos de SW en la BNF. <<
www.lectulandia.com - Página 200
[6] L’Enracinement, Caja IX de las manuscritos de Simone Weil en la Sección de
manuscritos occidentales de la Biblioteca Nacional Francesa. El texto está escrito en
cuartillas holandesas, aunque a veces aparecen intercaladas medias cuartillas o
incluso fragmentos más pequeños que sin embargo Simone Weil tuvo buen cuidado
de numerar. Esta numeración de la mano de SW, en la que se advierten algunas
repeticiones o errores, corre de la página 1 a la 290. Junto a ella aparece otra
numeración, a lápiz, de la BNF, que va de la página 3 (1 de SW) a la 305. Siguen las
páginas numeradas 306-315 por la BNF, no numeradas por SW. Hay también una
hoja 316 que no concuerda con nada, y que parece un borrador como tantos otros de
los «papeles de Londres» de SW. <<
www.lectulandia.com - Página 201
[7] A Jacques Maritain, el almirante Leahy, Jacques Soustelle; varias a Maurice
Schumann, antiguo compañero suyo en el Liceo Henri-IV y en la época estrecho
colaborador de De Gaulle en Londres, y a amistades de A. Koyré en ese medio. SW
ansiaba participar en operaciones de sabotaje en la Francia ocupada. [Vid. S.
Pétrement, La vie de Simone Weil, Fayard, París, 1973, 2 vols.; se trata seguramente
de la más documentada de las biografías de S. W.). <<
www.lectulandia.com - Página 202
[8] Textos como «About the problems in the French empire» (apuntando la
contradictoriedad de la creencia de una parte de los franceses en el derecho a tener
colonias con la lucha actual de tales colonias —ahora de importancia estratégica—
por su propia libertad y por la de la misma Francia); o «Treatement of Negro war-
prisoners from the French Army» (donde señala que a los oficiales alemanes no les
cabe en la cabeza que haya franceses negros, por lo que les discriminan, y que los
franceses blancos tampoco tratan siempre decentemente a esos compatriotas); no
logró publicarlos. <<
www.lectulandia.com - Página 203
[9] André Philip (1902-1970), profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad
de París, causó una excelente impresión en SW cuando le conoció en Nueva York.
Philip, como miembro del Comité de Liberación Nacional desde 1942, en Londres, se
esforzó por democratizar la Francia Libre. Fue nombrado Comisario del Interior el 3
de junio del 43; posteriormente pasó a ser Comisario del Comité Francés de
Liberación Nacional encargado de las relaciones con la Asamblea consultiva
provisional. Para entender la personalidad del superior «político» de SW en Hill
Street puede ser interesante saber que en diciembre de 1945 apoyó el recorte del
presupuesto militar francés, recorte que fue la causa de la dimisión de De Gaulle en
1946. Philip fue el principal redactor del proyecto de Constitución de 1946. El
proyecto era muy avanzado para la época en la espinosa cuestión colonial; Philip, que
sin duda había hablado con SW de estos asuntos y leído textos suyos, defendió en
1945 la autonomía de Argelia solicitada por Ferhat Abbas (más tarde uno de los
dirigentes históricos de la independencia argelina). A. Philip desempeñó cargos
importantes en el partido socialista —SFIO— durante la III República y fue un
destacado defensor del proyecto europeo. <<
www.lectulandia.com - Página 204
[10]
Francis-Louis Closon fue Comisario de la República en el Norte con la
Liberación. Es autor del interesante De Gaulle et le CNR (France-Empire, París,
1978). Como se verá más adelante, las relaciones entre Closon y su familia y Simone
Weil fueron de estrecha amistad. <<
www.lectulandia.com - Página 205
[11] Gallimard, París, 1957. <<
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[1] Separación —espacio en blanco— en el manuscrito. Titulillo de la edición de A.
Camus; en el manuscrito, simplemente, «I» al margen. [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 207
[2] Titulillo de la ed. de A. Camus; en el ms., «II» al margen. [N. d. T]. <<
www.lectulandia.com - Página 208
[3] Nota a lápiz, al margen del ms. en este punto, de la mano de S. Weil: «Es preciso
que [las reglas] se dirijan al bien común». [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 209
[4] Titulillo de la ed. de A. Camus; en el ms., «III» al margen. [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 210
[5] En el ms., llamada a lápiz en este punto de la mano de S. Weil: «en el plano
espiritual general». [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 211
[6] Titulillo de la ed. de A. Camus; en el ms., «IV» al margen. [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 212
[7] Titulillo de la ed. de A. Camus; en el ms., «V» al margen. [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 213
[8] Titulillo de la ed. de A. Camus; en el ms., «VI» al margen. [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 214
[9] Titulillo de la ed. de A. Camus; en el ms., «VII» al margen. [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 215
[10] Titulillo de la ed. de A. Camus; en el ms., «VIII» al margen. [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 216
[11] Titulillo de la ed. de A. Camus; en el ms., «IX» al margen. [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 217
[12] La edición francesa incluye en este lugar un punto y aparte que no figura en el
manuscrito. [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 218
[13] Titulillo de la ed. de A. Camus; en el ms., «X» al margen. [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 219
[14] Titulillo de la ed. de A. Camus; en el ms., «XI» al margen. [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 220
[15] Titulillo de la ed. de A. Camus; en el ms., «XII» al margen. [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 221
[16] Titulillo de la ed. de A. Camus; en el ms., «XIII» al margen. [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 222
[17] Titulillo de la ed. de A. Camus; en el ms., «14» [en cifras árabes] al margen; todo
este apartado 14 fue añadido por S. Weil con posterioridad a la redacción del apartado
15 (vid. infra.), cuya frase inicial se repite dos veces en el manuscrito. La primera vez
que aparece esa frase, antes del apartado «14», lleva la indicación «XIV» al margen.
[N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 223
[1] La división en partes, como se ha dicho, no es de S. Weil, como tampoco el
subtitulo El desarraigo en este lugar. En el manuscrito figura simplemente «15» al
margen del principio del párrafo siguiente, como en casos anteriores. [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 224
[2] El titulillo Desarraigo obrero sí es de S. Weil; en el ms. aparece al margen. [N. d.
T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 225
[3] El titulillo Desarraigo campesino es de S. Weil; en el ms. aparece subrayado al
margen. [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 226
[4] El titulillo Desarraigo y nación es de S. Weil; en el ms. aparece subrayado al
margen. [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 227
[5] Alusión a Théophile de Viau. [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 228
[1] Recuérdese que ni la división en partes ni el titulillo «Echar raíces» son de S. Weil,
sino de la ed. de A. Camus. El texto que sigue sólo está separado del párrafo anterior
por un punto y aparte en la p. 179 [numeración S.W.; 194 según la numeración B.
N.F.] del manuscrito. [N. d. T.]. <<
www.lectulandia.com - Página 229
[*] L’Action Frangaise: organización de extrema derecha liderada por Charles
Maurras y Léon Daudet, cuyo órgano de expresión, del mismo nombre, fue publicado
entre 1908 y 1944. En 1926 la organización fue condenada por la Iglesia Católica. El
apoyo prestado al gobierno de Vichy provocó su desaparición. <<
www.lectulandia.com - Página 230
[*] Agrippa d’Aubigné (1552-1630): poeta satírico, autor de Tragiques. <<
www.lectulandia.com - Página 231
[*] Joaquim du Bellay (1522-1560): poeta del grupo de la Pléiade, autor de Regrets.
<<
www.lectulandia.com - Página 232
[*] Georges Bernanos (París 1888 - Neuilly-sur-Seine 1948): escritor, autor de Journal
d’un curé de campagne (1936); Les grands cimetières sous la lune (1938), etc. <<
www.lectulandia.com - Página 233
[*] Berry: región histórica de Francia que comprendía la mayor parte de los actuales
departamentos de Cher y de Indre. Situada al pie del Macizo Central, su capital era
Bourges. Fue condado independiente en la época carolingia. <<
www.lectulandia.com - Página 234
[*] Étienne de La Boétie (1530-1563): importante filósofo político autor de Contre
l’Un y del Discours sur la servitude volontaire. <<
www.lectulandia.com - Página 235
[*] La banda de Bonnot: grupo de anarquistas muy popular por dedicarse a atracar
bancos. Encabezado por Joseph Bonnot (1876-1912). <<
www.lectulandia.com - Página 236
[*] J. B. Bossuet (1627-1704): obispo de Meaux, cuyas oraciones fúnebres son objeto
de ejemplo para los escolares franceses. <<
www.lectulandia.com - Página 237
[*]
Jean de La Bruyére (París 1645-Versalles 1696): moralista y escritor francés,
escribió Caractères de Théophraste traduits du grec, avec les caractères et les
moeurs de ce siècle (1688), conocida popularmente como Les Caractères. <<
www.lectulandia.com - Página 238
[*] Guillaume Budé: humanista del siglo XVI. La Asociación Guillaume Budé,
fundada en 1917, creó en 1920 la Société d’édition «Les Belles Lettres» para la
publicación de textos y traducciones de autores clásicos; es la edición francesa de
obligada consulta erudita. <<
www.lectulandia.com - Página 239
[*] Jeróme Carcopino (1881): historiador francés, ocupó el ministerio de Educación
Nacional y de la Juventud en el gobierno del mariscal Pétain (1940-41). Primero
helenista, más tarde se dedicó a la historia del último siglo de la República romana.
Entre sus obras destacan Sylla ou la monarchie manquée (1931); César (1936). <<
www.lectulandia.com - Página 240
[*] Carlos V (1338-1380): rey de Francia apodado «El Sabio», que reinó desde 1364
hasta su muerte; el reinado de Carlos VI corre de 1380 a 1422, y el de Carlos VII
desde esa fecha a 1461; este último rey venció a los ingleses con la ayuda de Juana de
Arco (1412-1431). <<
www.lectulandia.com - Página 241
[*] Carlos VI (1685-1740): fue emperador germánico desde 1711 hasta su muerte. <<
www.lectulandia.com - Página 242
[*] CGT: Conféderation Générale des Travailleurs, organización sindical mayoritaria
en Francia. <<
www.lectulandia.com - Página 243
[*] J. Chevalier (1882-1962): filósofo, ministro en el gobierno de Vichy entre 1940 y
1941; de influencia bergsoniana, sus obras contribuyeron a la tradición espiritualista
francesa: Les maîtres de la Pensée: Descartes, Pascal, Bergson (1921-26); L’Idée et
le Réel (1932); La vie moral et l’audelà (1938). <<
www.lectulandia.com - Página 244
[*] Compagnons: movimiento juvenil surgido en Francia tras la derrota de 1940. <<
www.lectulandia.com - Página 245
[*] Confidences: semanario de chismografía de famosos, al estilo de tantas revistas de
«actualidades». <<
www.lectulandia.com - Página 246
[*] Felix Le Dantec (Plougastel, 1869-París, 1917): Biólogo. Colaborador de Pasteur,
desarrolló cierta actividad filosófica en la línea del determinismo y del lamarckismo.
Entre sus obras destacan: La Matiére vivante (1895), Évolution individuelle et
hérédité (1898), Traité de biologie (1903), La Science de la vie (1912), L’Athéisme
(1906) y L’Egoïsme, base de toute société (1911). <<
www.lectulandia.com - Página 247
[*]
Enrique V de Inglaterra: de la casa de Lancaster; sus tropas ocuparon la
Normandía (hoy Francia) de 1415 a 1419. <<
www.lectulandia.com - Página 248
[*] Henry Ford (1863-1947): pionero de la gran industria automovilística
norteamericana y de la producción en grandes fábricas. <<
www.lectulandia.com - Página 249
[*] Joseph Fouché (1759-1820): incombustible ministro de policía del
Directorio (1799) que conservó el cargo con Bonaparte. Tras la segunda abdicación
de éste trabajó para conseguir el retorno de Luis XVIII, quien le mantuvo en su
puesto. <<
www.lectulandia.com - Página 250
[*] La Fronda: importante sublevación contra Mazarino que se extendió de París a las
provincias entre 1648 y 1652. <<
www.lectulandia.com - Página 251
[*] C. F. Gauss (1777-1855): matemático alemán que desarrolló numerosas aspectos
de esta ciencia formal, entre ellos las geometrías no euclidianas, la teoría de los
números y la probabilidad. <<
www.lectulandia.com - Página 252
[*] Gringoire: Semanario de orientación política ultraderechista. <<
www.lectulandia.com - Página 253
[*] Guynemer: pionero francés de la aviación comercial. <<
www.lectulandia.com - Página 254
[*] JOC: Jeunesse Ouvrière Catholique, rama de la Acción Católica, organización
confesional. <<
www.lectulandia.com - Página 255
[*] Alphonse de Lamartine (Mácon, 1790-París, 1869): poeta. Diputado en 1833,
desarrolló una carrera política notable que abandonó tras el golpe de Estado de Louis
Napoleón. Entre sus obras destacan: Meditations poétiques (1820), La mort de
Socrate (1823), Historia de los girondinos (1847), Raphaël (1849) y Geneviève,
histoire d’une servante (1851). <<
www.lectulandia.com - Página 256
[*] Thomas E. Lawrence («Lawrence de Arabia») (Tremadoc, 1888-Moreton, 1935):
Escritor, militar y agente político británico. Colaboró con el ejército árabe —o tal vez
lo formó— para la liquidación del dominio otomano y la formación de algunos de los
estados árabes actuales en Oriente Medio. Autor de Los siete pilares de la sabiduría
(1926) y de La mina (publicada póstumamente en 1955). <<
www.lectulandia.com - Página 257
[*] Lock-out: cierre patronal de fábricas. <<
www.lectulandia.com - Página 258
[*] Marie-Claire: semanario chismográfico de «actualidades rosa». <<
www.lectulandia.com - Página 259
[*] Jacques Maritain (París, 1882-Toulouse, 1973): defensor de la escolástica tomista,
combatió vivamente el bergsonismo. Entre sus obras destacan: An et scolastique
(1920); Primauté du spirituel (1927); Philosophie de la nature (1935); Science et
sagesse (1935); De la justice politique (1940). <<
www.lectulandia.com - Página 260
[*]
Charles Maurras (1868-1952): escritor y político, monárquico derechista y
contrario a la democracia, fue el principal ideólogo de L’Action française. Entre sus
obras destacan: Dictionnaire politique et critique (1934); Mes idées politiques (1937);
La seule France (1941). También L’ordre et le désordre (1948), que obviamente S.
Weil no pudo a conocer. <<
www.lectulandia.com - Página 261
[*] Jean Mermoz (Aubenton 1901-Atlántico Sur): aviador francés, estableció la
primera línea aérea postal Francia-América del Sur y fue el primer piloto que cruzó
los Andes. Terre des hommes, de A. Saint-Exupéry, contiene un maravilloso retrato
literario de este pionero de la aviación. <<
www.lectulandia.com - Página 262
[*] Simón de Montfort (c. 1165-1218): encabezó la cruzada contra los albigenses. <<
www.lectulandia.com - Página 263
[*] Duque de Montmorency: Henri de Montmorency se rebeló contra Richelieu junto
con Gaston de Orléans, hermano de Luis XIII, y fue decapitado. <<
www.lectulandia.com - Página 264
[*] Gérard Labrunie Nerval (también llamado Gérard de Nerval) (París, 1808-1855):
escritor romántico, con internamientos periódicos en sanatorios psiquiátricos. Murió
ahorcado en una calle de París. Su obra poética, cuya máxima expresión es Les
chiméres, es considerada precursora de la de Baudelaire, Mallarmé y los surrealistas.
En prosa escribió Voyage en Orient (1851), Les illuminés (1852), Les filies du feu
(1854) y Aurélia (1855). <<
www.lectulandia.com - Página 265
[*] Pascuale Paoli (Morosaglia 1725-Londres 1807): combatió contra Francia al serle
cedida la isla de Córcega por el Tratado de Versalles de 1768. Tras un primer exilio
en Gran Bretaña, regresó a la isla, donde encabezó una ofensiva para conseguir la
independencia. Vencido por Bonaparte, se exilió para morir en Londres. Su padre,
Giacinto Paoli, había luchado contra los franceses de Maillebois, pero al ser
derrotado tuvo que huir a Nápoles. <<
www.lectulandia.com - Página 266
[*] Charles Péguy (Orleans, 1873-Villeroy, Seine-et-Marne, 1914): escritor. Afiliado
al Partido Socialista en su juventud, rompió con él a raíz del «affaire Dreyfus».
Finalmente convertido al cristianismo. Editor de los Cahiers de la quinzaine. Entre
sus obras destacan: Dialogue de la cité harmonieuse (1898), Le mystère de la charité
de Jeanne d’Arc (1910) y Mystère des saints innocents (1912). <<
www.lectulandia.com - Página 267
[*] Port Royal: abadía donde se cultivó el jansenismo; al designarla se suele aludir a
este importantísimo movimiento espiritual. <<
www.lectulandia.com - Página 268
[*] Ernest Renan (1823-1892): autor de estudios de historia de las religiones y ensayos
filosóficos como Historia de los orígenes del cristianismo (7 vols., 1863-188 I),
Ensayos de moral y de crítica (1859) o Recuerdos de infancia y de juventud (1883),
etc… <<
www.lectulandia.com - Página 269
[*] Restif de la Bretonne: sobrenombre de Nicolas Restif, (Sacy, Auxerrois, 1734 -
París 1806), escritor hijo de labradores que cultivó el género de la novela rural: Lucile
(1768); Le paysan perverti, ou les dangers de la ville (1775); Monsieur Nicolas ou le
coeur humain dévoilé (1794-1797). <<
www.lectulandia.com - Página 270
[*] Cardenal de Retz (1613-1679): político y escritor, fue uno de los dirigentes de la
Fronda. <<
www.lectulandia.com - Página 271
[*]
Revolución Nacional: intento de «movimiento» derechista organizado por el
gobierno de Pétain. <<
www.lectulandia.com - Página 272
[*]
Bernardin de Saint-Pierre (Le Havre 1737-Eragny-sur-Oise 1814): escritor de
marcada influencia rousseauniana de quien destacan los Études de la Nature (1784);
Paul et Virginie (1787); Café de Surate (1790); y, póstumamente, Harmonies de la
nature (1815). <<
www.lectulandia.com - Página 273
[*]
Duque de Saint Simon (1675-1755): autor de unas Mémoires que reflejan el
espíritu de la época. No hay que confundirlo con el «socialista» —o, mejor,
progresista— conde de Saint Simon, a quien leerían un siglo más tarde gentes tan
dispares como K. Marx, F. de Lesseps o Jules Verne. <<
www.lectulandia.com - Página 274
[*] Luciano de Samosata (c. 125 - c. 192): autor de diálogos satíricos y morales entre
los que destacan Diálogos de los dioses, Diálogos de los muertos, la novela satírica
El asno e Historia verdadera, etc. <<
www.lectulandia.com - Página 275
[*] George Sand: pseudónimo de la escritora Aurore Dupin (1804-1876), que en 1841
fundó con P. Leroux La révue indépendante, en la que colaboraron entre otros,
Lamennais y Louis Blanc. Participó activamente en París en la revolución de 1848.
Entre sus obras destacan Un hiver a Majorque (1842); Le compagnon du tour de
France (1841), primera novela francesa cuyo protagonista es un obrero; Horace
(1842); Le peché de Monsieur Antoine (1846); La mare au diable (1846) y Les
maîtres sonneurs (1853). <<
www.lectulandia.com - Página 276
[*] San Sulpicio: alusión a la Compañía de los sacerdotes de la Sociedad religiosa de
vida en común sin votos, fundada por J.-J. Olier, quien en 1641 creó el Seminario de
San Sulpicio, de gran influencia en la Iglesia francesa. <<
www.lectulandia.com - Página 277
[*] Maurice Scéve: poeta de la escuela de Lyon, en el siglo XVI. <<
www.lectulandia.com - Página 278
[*] Charles Maurice de Talleyrand-Périgord (1754-1838): eclesiástico y político
francés. Participó como diputado del clero en los Estados Generales de 1789. En
1792, sospechoso de haber llegado a un acuerdo con el rey, fue expulsado del país.
Intervino en el complot que condujo a Bonaparte al poder aunque posteriormente
intrigó contra él. En 1830 preconizó la instauración de los Orléans. Escribió unas
memorias publicadas en 1891-92. <<
www.lectulandia.com - Página 279
[*] Tercera República: nombre dado al sistema constitucional vigente entre el final de
la guerra franco-prusiana de 1871 y la invasión nazi de Francia. <<
www.lectulandia.com - Página 280
[*] Vercingetórix (c. 72 - Roma 46 a. de C.): Jefe arverno, se sublevó contra la
ocupación romana de la Galla (52), fue derrotado en Alesia, trasladado a Roma y
ejecutado. <<
www.lectulandia.com - Página 281
[*] Théophile de Viau (1590-1626): autor de Pyrame et Thisbé. <<
www.lectulandia.com - Página 282
[*] A., conde de Vigny (Loches, Indre-et-Loire, 1797-París, 1863): escritor
perteneciente a una familia de la pequeña nobleza venida a menos tras la Revolución,
participó en la campaña española de los Cien mil hijos de San Luis (1823). Cultivó
diferentes géneros literarios: en poesía destacan Poèmes antiques et modernes (1826),
La flûte (1843), La maison du berger (1844) y Les destinées (1864); en prosa Cinq-
Mars (1826) y Journal d’un poète (1864); en teatro el drama Chatterton (1835).
Ingresó en la Academia Francesa en 1845. <<
www.lectulandia.com - Página 283
[*]
François Villon (París 1431 - después de 1463): Grandísimo poeta. Por el
contenido y el tono de su obra se le considera una de las grandes figuras de la lírica
medieval. En su vida no faltaron la cárcel ni el destierro. Autor, entre otros poemas,
de Lais y Le Testament. <<
www.lectulandia.com - Página 284
[*] Vuelta a Francia: hoy es una conocida carrera ciclista por etapas, pero la autora no
alude a esta competición (que en su época, de todos modos, no se había convertido
aún en un espectáculo comercial), sino a la denominación genérica de ciertas
experiencias populares republicanas, como la de hacer un viaje dando «la vuelta a
Francia» para conocer el propio país; de este modo S. Weil alude también a las
experiencias de excursionismo juvenil que estuvieron en el origen de la prueba
ciclista. <<
www.lectulandia.com - Página 285