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Interculturalidad y autonomías:
reflexiones a partir de experiencias mexicanas
Richard Stahler-Sholk
Departamento de Ciencias Políticas, Eastern Michigan University
rstahler@emich.edu; y
Bruno Baronnet
Instituto de Investigaciones en Educación, Universidad Veracruzana
bbaronnet@uv.mx
Panel sobre “Interculturalidad and Indigenous Autonomy”, 4th ERIP Conference on Ethnicity,
Race, and Indigenous Peoples in Latin America and the Caribbean (Richmond, Virginia, USA,
15-17 oct. 2015).
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Introducción
Si bien han existido varias modalidades de autonomía indígena desde la época de la
Colonia, en las últimas décadas se ha visto un incremento en esa demanda a lo largo de América
Latina, bajo nuevas circunstancias. Por un lado, se trata de una (auto)redefinición de la
comunidad o del sujeto colectivo. En la medida en que las identidades son construcciones
relacionales, esa redefinición de identidades implica un proceso de generar un nuevo imaginario
desde y de las comunidades indígenas, una nueva narración histórica decolonial, internalizada a
través de prácticas emancipatorias que logran desenmascarar y desestabilizar la versión
hegemónica de la Nación (Quijano 2005; Walsh 2008, 2009; Burguete Cal y Mayor 2010). Por
otro lado, la reivindicación de la autonomía implica una nueva demarcación de autoridad, una
renegociación de poder, y por ende una refundación del Estado (Santos 2010). Nada más y nada
menos que un cuestionamiento al planteamiento poscolonial del Estado-Nación. Con razón que
las distintas modalidades de autonomía indígena han enfrentado tantos obstáculos (López y
Rivas 2015), ya sean frontales o por vías indirectas de cooptación o de la llamada guerra de baja
intensidad (GBI) también conocida como guerra integral de desgaste (Rico Montoya 2013).
Las luchas autonómicas actuales en América Latina se dan en el contexto de una fase de
la globalización neoliberal que pasa de la privatización a la mercantilización de los bienes
comunes (Seoane y Taddei 2010:7-12). Esa etapa se caracteriza por un nuevo despojo, con
variantes neoextractivistas en el caso de algunos gobiernos de la izquierda electoral, en donde la
función reguladora del Estado capitalista se desplaza hacia grupos paramilitares y de la
delincuencia organizada que generan un “estado de excepción” (Zibechi 2014, utilizando el
concepto de Agamben 2004); resultando en un auge de conflictividad por tierra y territorio que
se manifiesta de forma marcada en comunidades indígenas. En medio de la búsqueda de nuevos
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espacios sociales de resistencia (Zibechi 2007) a la lógica del capitalismo neoliberal, la
construcción de nuevas subjetividades colectivas en los pueblos originarios se vuelve un arma
fundamental de lucha. Contra la “acumulación por desposesión” (Harvey 2004, López Bárcenas
2013), la sobrevivencia de comunidades con otra visión de su relación con la tierra y con la
naturaleza es un acto de resistencia, como anotan los zapatistas con su visión de enfrentamiento
contra la “hidra capitalista” (Comisión Sexta 2015). Por otro lado, se han ido gestando modelos
neoindigenistas de reconocimiento de la diversidad cultural, caracterizados por una filosofía de
“multiculturalismo neoliberal”, acompañados de reformas institucionales que terminan
acomodando las formas permitidas de organización indígena a las estructuras del Estado (Hale
2002).
Esta ponencia pretende examinar la tensión entre esas distintas formas de concebir las
autonomías, con base en una reflexión sobre la experiencia zapatista de autonomía de facto en
Chiapas y otras experiencias de autonomías en México. Se sustenta en las siguientes ideas:
1. Las identidades culturales y prácticas cotidianas de los pueblos indígenas, y su arraigo en
el territorio, son reivindicaciones fundamentales para resistir el proyecto neoliberal.
2. Hasta cierto punto, el derecho internacional y/o los movimientos sociales transnacionales
pueden ser instrumentos que sostengan esa resistencia, siempre y cuando no reproduzcan
mentalidades y estructuras coloniales.
3. El “multiculturalismo neoliberal”, en cambio, representa una estrategia de las clases
dominantes para restablecer su hegemonía en el marco de un nuevo esquema de Estado-
Nación centralizador disfrazado de plural. Es una variante del modelo heredado del
indigenismo que supone una jerarquía de culturas y el control político de los pueblos.
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4. Los procesos de construcción de autonomías políticas se centran en la generación de
nuevas subjetividades colectivas, a través de la reinvención de conceptos de autogestión y
autogobierno, de educación verdadera o de economía sustentable.
5. Esos proyectos autonómicos, al crear nuevos espacios para definir identidades propias y
para escoger su forma de relación con la cultura dominante, están sentando las bases para
una interculturalidad horizontal.
Genealogía de los conceptos
El concepto de multiculturalismo se ha propagado en el contexto de la ideología liberal.
Ese término parte de la premisa de la supremacía de los derechos individuales, ofrece un
reconocimiento de la existencia de diferencias culturales entre grupos, pero naturalizando las
desigualdades sociales y políticas. Recomienda la tolerancia y coexistencia entre culturas
sustentada en una igualdad formal bajo el marco liberal, junto con la obligación moral de
asistencia hacia los grupos que son minoritarios o que enfrentan desventajas con respecto a la
cultura dominante (Cruz Rodríguez 2014: 250-3). De entrada supone la superioridad de la
cosmovisión liberal-individualista sobre las de otras culturas, invisibiliza las raíces históricas de
las desigualdades reales, y tiende a reforzar los proyectos de asimilación a la cultura dominante
en nombre de la modernización.
En el caso de México, el concepto de multiculturalismo se plasmó en el Instituto
Nacional Indigenista (INI) en la segunda mitad del siglo XX, que promovía proyectos de
asistencia social en las comunidades indígenas con la idea de alentar y facilitar su incorporación
a la visión del Estado-Nación hegemonizada por la cultura dominante. El proyecto indigenista
desarrolló en comunidades indígenas ciertos liderazgos y capacidades de intermediación para
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bajar recursos del gobierno central, reproduciendo las estructuras jerárquicas existentes a través
de una distribución desigual del capital simbólico entre los agentes sociales (Bourdieu 1979)
definido dentro del marco de la cultura dominante. En el caso por ejemplo de las comunidades
indígenas “tradicionales” de Los Altos de Chiapas, México, el proyecto se empalmó con los
mecanismos clientelares de control del partido dominante, el PRI, reforzando caciquismos
amenos al control del partido-Estado (Rus 1995). En las décadas de los años 70 y 80, cuando
comenzó a resquebrajarse el modelo de economía política mexicana con el auge y desplome
petrolero seguido por la crisis de la deuda externa y el inicio del ajuste neoliberal, aparecieron
movimientos campesinos e indígenas en México que reclamaron su autonomía, entendida como
espacio plural para negociar sus relaciones con el Estado sin someterse al monopolio
corporativista del PRI. Esa ruptura abrió lugar a distintas corrientes de organización indígena en
el estado de Chiapas. Como bien lo documenta Neil Harvey (2000), entraron influencias
ideológicas y organizativas de la teología de la liberación, así como de cuadros maoístas que
llegaron desde el norte de la República.
Ya para los años 90, se distinguían varios proyectos político-identitarios entre las
corrientes de organización indígena en Chiapas. Organizaciones como la Unión de Uniones (UU)
mantuvieron la postura de una autonomía relativa en donde sus dirigentes negociaron con el
gobierno espacios de provisión de crédito, canales de mercantilización, etc., independientes del
control del PRI. Otra corriente que se llegaría a conocer como el EZLN después de 1994, siguió
un curso más radical de autonomía no sólo del PRI, sino del Estado neoliberal.
En esa misma década comenzaron a aparecer varias iniciativas de reforma constitucional
en la región latinoamericana en donde se reconocía la plurinacionalidad como característica del
Estado, coincidiendo con la entrada en vigor de la Convención 169 de la Organización
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Internacional del Trabajo (OIT) en 1991. Sin embargo, el simple hecho de reconocer la
coexistencia de distintos grupos nacionales dentro del territorio correspondiente al Estado, no
garantiza un trato igualitario ni un intercambio basado en el respeto y el beneficio mutuo. Como
lo aclara Walsh (2008: 140), los términos multi- o pluricultural (o nacional) son descriptores
demográficos que evitan abordar la cuestión de la equidad en la interrelación étnica, y hasta
contribuyen a ocultar las desigualdades. En el caso mexicano, la reforma al Artículo 4
Constitucional promulgada en 1992, en las vísperas del Tratado de Libre Comercio, estipula que
“La Nación mexicana tiene una composición pluricultural sustentada originalmente en
sus pueblos indígenas. La Ley protegerá el desarrollo de sus lenguas, culturas, usos,
costumbres, recursos, y formas específicas de organización social, y garantizará a sus
integrantes el efectivo acceso a la jurisdicción del Estado. En los juicios y procedimientos
agrarios en que aquellos sean parte, se tomarán en cuenta sus prácticas y costumbres
jurídicas en los términos que establezca la ley”. 1
Basta decir que dicha reforma del Artículo 4 Constitucional que reconoció el carácter
“pluricultural” de la Nación, coincidió con la contrarreforma agraria del mismo año
(modificando el Artículo 27) que atentó contra las formas sociales de propiedad de la tierra. Ya
después del levantamiento zapatista de 1994, en los debates en torno a los Acuerdos de San
Andrés de 1996 (Aubry 2002, Esteva 2002) y la legislación para implementar los mismos, se vio
claramente la diferencia de lógica entre el reconocimiento de los indígenas como sujetos de
derechos y la figura de “entidades de interés público” que se incorporaría – contra la oposición
de casi todos los grupos indígenas del país – en la Ley Indígena de 2001. De allí que se rompe el
diálogo entre EZLN y Estado para iniciarse un largo período de “silencio” zapatista, lo cual más
que silencio fue en realidad una reorientación de esfuerzos hacia adentro de las comunidades
1
http://www.diputados.gob.mx/LeyesBiblio/ref/dof/CPEUM_ref_122_28ene92_ima.pdf , consultado 30-08-15.
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zapatistas para profundizar las estructuras de autogobierno, salud, educación, proyectos
colectivos, y en el sentido más abstracto las capacidades de autodefinición y autorepresentación
de identidades (Baronnet, Mora Bayo, y Stahler-Sholk 2011).
El caso mexicano subraya las limitaciones generales del enfoque plurinacional, plasmado
en una serie de modificaciones constitucionales en América Latina, en donde,
“. . .Las reformas constitucionales e los 90 resultaron contraproducentes, de cara a
esfuerzos autonómicos democratizadores, pues blindaron el carácter monocultural del
Estado, al esconder, detrás del llamado ‘multiculturalismo’, estrategias de incorporación
y cooptación de los indígenas a los valores del mercado” (Preciado y Uc 2010: 11).
En los casos de Bolivia y Ecuador, donde el impulso a esas reformas constitucionales se montó
sobre movilizaciones indígenas desde abajo, el grado de avance en materia de igualdad sigue
dependiendo más de la capacidad de movilización que simplemente de los nuevos arreglos
institucionales. Las autonomías ecuatoriana y boliviana se exponen a la posibilidad de
fragmentar la unidad de los pueblos indígenas y, dependiendo de cómo se definen los límites
territoriales de las múltiples autonomías, “corren el riesgo de desplazar la desigualdad hacia lo
local sin resolverla” (Cruz Rodríguez 2013: 64-5). Se ven esos riesgos concretizados en Bolivia
en el caso de las divisiones sembradas para abrir paso a la carretera transamazónica en la reserva
indígena del TIPNIS, así como en la apropiación del concepto de autonomía por la oligarquía
para quedarse con la riqueza derivada de los hidrocarburos en los departamentos orientales.
Asimismo en el Ecuador, al entrar en la lógica liberal-democrática del sistema electoral, la
CONAIE se ha visto dividida frente a las maniobras del gobierno de Rafael Correa.
Si ampliamos el enfoque a los movimientos sociales antisistémicos en general, hay una
diferencia clave entre los procesos constitucionales por un lado – es decir, el poder constituido –
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y por otro lado los momentos constituyentes de una nueva forma de poder desde abajo (Hardt y
Negri 2000, Ciccariello-Maher 2013). En este último, se trata de la creación de un nuevo sujeto
social, a través del mismo proceso de organización y de toma de conciencia. Esos procesos se
nutren de la memoria histórica y colectiva de los pueblos (Stahler-Sholk 2015a), pero no se trata
de una identidad cultural estática, sino de una reinvención continua de la identidad en las
circunstancias y luchas que la van (re)conformando día a día. Incluso esas nuevas identidades en
construcción pueden contemplar lo que Spivak (1998) una vez caracterizó de “esencialismo
estratégico”, reconociendo la capacidad de agencia (agency) de los propios sujetos para
autodefinirse. El ejemplo zapatista es relevante en ese sentido, por tratarse de una autonomía de
facto, y no negociada como cuota de poder otorgada desde arriba por el Estado.
El concepto de interculturalidad en las sociedades latinoamericanas representa un ideal
todavía en construcción, con base en una igualdad entre modos de pensar y de ser de distintos
grupos que pueden ser muy diferentes (Walsh 2008). Las diferencias entre un mundo centrado en
el individuo o en el colectivo (Cruz Rodríguez 2014), la valoración del diálogo con “otros
saberes” y diversas formas de producir conocimientos (Mora Bayo 2011, Hale y Stephen 2013),
diferentes sistemas normativos (Speed 2008), y las distintas cosmovisiones sobre los seres
humanos y su entorno (Gudynas y Acosta 2011, Paoli 2003), son ejemplos de algunas diferencias
que, al no aceptar la imposición de una definición universal y hegemónica del Estado-Nación,
implicarían un régimen de autonomía con características horizontales. El autogobierno y el
diálogo pueden ser componentes de esa autonomía, pero tendría que ir más allá, y abrir espacios
para el desarrollo propio de identidades y aprendizajes mutuos en condiciones de mayor equidad.
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Identidades y prácticas en espacios autónomos: El caso del zapatismo
Las identidades derivan de una combinación de la historia cumulativa de un pueblo, y la
forma subjetiva en la cual esa historia se experimenta. Las memorias, leyendas, y lecciones
internalizadas de la historia que se van transmitiendo de generación en generación, producen y
reproducen la identidad, siempre en un contexto social y político. En el caso mexicano, la
mitología de la “raza cósmica” formulada por el Secretario de Educación José Vasconcelos en
las décadas posteriores a la Revolución sirvió para invisibilizar a las identidades propias de los
pueblos indígenas. Ese marco ideológico hegemónico fue seguido y refinado por el indigenismo
oficial que estructuró una relación clientelar entre Estado y pueblos indígenas, y por último una
especie de neoindigenismo en la época neoliberal, con su mitología de una igualdad ante el
mercado entre las diversas culturas del país (Hernández, Paz, y Sierra 2004, Saldívar 2011).
Un aspecto importante de la construcción de lo que se puede llamar el imaginario
zapatista (Cerda García 2011), que se va tejiendo en sus territorios a lo largo de los últimos 20
años de construcción de la autonomía, es una economía política alternativa. Si bien la base
material para la sustentabilidad de las comunidades es fundamental para romper las
dependencias, los nuevos espacios y las nuevas relaciones también van generando una identidad
autónoma (Stahler-Sholk 2011). Por ejemplo, la reforma agraria de facto (por medio de la
recuperación de tierras) abrió lugar al espacio concebido como Nuevos Centros de Población
zapatistas. Cada NCP designa un terreno para el cultivo colectivo, lo cual genera para la
comunidad la necesidad de participar en asambleas para determinar la rotación de tareas y el uso
de los excedentes para proyectos comunitarios de desarrollo autosostenible, ya sean productivos
o sociales como son el apoyo a los promotores de salud, educación, etc. En ese sentido, todos los
integrantes de la comunidad tienen un interés en participar en la toma de decisiones, lo cual
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refuerza la identidad en construcción de pertenecer al NCP como base de apoyo zapatista. Esa
experiencia y subjetividad no representa “la” cultura indígena en sentido único, pero sí se junta a
otras en una igualdad de lucha por la legitimidad, en territorios en donde zapatistas y no
zapatistas viven intercalados e incluso existen estructuras paralelas de autoridad autónoma
zapatista e instancias del gobierno oficial (Mattiace, Hernández y Rus 2002), y con cruces de
género, etnia, y afiliación política (Pérez Ruiz 2004); es decir, se está gestando una nueva forma
de interculturalidad. Por supuesto que la tradición asamblearia no fue invento zapatista, ni
tampoco proviene de un pasado ancestral indígena romantizada, sino que combina elementos de
la experiencia de los ejidos a partir de la Revolución Mexicana, de las modalidades de
participación descentralizada de la Teología de la Liberación, y del concepto del “comon”
(Leyva Solano 2002) inventado por necesidad entre los migrantes indígenas de otras zonas que
colonizaron la Selva Lacandona a partir de los años 50.
La importancia de conservar o reconstruir una economía orientada hacia el desarrollo
autosostenible, como elemento clave de la reproducción social autónoma de las comunidades
indígenas zapatistas, fue reconocido de esta forma por el Subcomandante Moisés en su
intervención intitulada “Economía política desde las comunidades”, en el seminario “El
pensamiento crítico frente a la hidra capitalista” en mayo de 2015:
A nosotros, en las comunidades zapatistas, de otras formas de cómo lo vemos
cómo están los hermanos partidistas, la verdad, compañeros y compañeras,
hermanos y hermanas, da tristeza cómo viven, da amargura de cómo están, porque
muchos de sus jóvenes y jóvenas que los conocimos ya no están, se fueron pues
con el sueño americano a buscar el dinero verde, el dólar. Y muchos ya no
regresaron, y algunos que han regresado ya están en puño de ceniza, y los que sí
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regresaron ya vinieron mal porque son drogadictos, fuman marihuana. Y los que
no fuman marihuana ya vienen cambiado su cultura, dicen que ya no quieren
tomar el pozol, que ya no lo conocen, es peor todavía. (Subcomandante Moisés
2015)
Los zapatistas no han logrado desvincularse totalmente de la economía capitalista, pero a través
de mecanismos como la recuperación de tierras, los proyectos colectivos de producción, el
comercio justo, bancos populares, y otras modalidades de economía solidaria (Stahler-Sholk
2015b), sí han creado nodos y espacios para las prácticas de relaciones sociales alternativas.
Con esas prácticas, los zapatistas se unen a movimientos indígenas anticapitalistas de
todo el continente, que a través de la construcción de memorias de “otros saberes”, están en
resistencia contra los megaproyectos que implican el despojo de tierras y territorios indígenas
(Cerda García 2012). El Congreso Nacional Indígena (CNI), formado en 1994 con inspiración
del ejemplo zapatista, ha servido de mecanismo de enlace y de solidaridad entre los más de 60
grupos indígenas en México, muchos de los cuales actualmente enfrentan luchas similares contra
el despojo y la depredación. Para los zapatistas, esa lucha implica desarrollar una visión
ecológica decolonial, contraria a los esquemas desarrollistas y conservacionistas que supone un
monopolio de conocimiento científico-técnico-ecológico en manos del Estado y de las empresas
modernas (Gómez Bonilla 2011). A diferencia de los esquemas del gobierno oficial que
pretenden conservar la naturaleza y manejar su comercialización desde las esferas tecnocráticas
del Estado, la interpretación autonómica zapatista enfatiza el proceso participativo de construir
una vida digna con base en la desmercantilización de la vida, la reciprocidad, y la solidaridad en
las relaciones sociales (Gómez Bonilla 2014).
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Otras prácticas importantes de autonomía en la cotidianidad zapatista se encuentran en lo
referente a la justicia. La recuperación de tierras a través de una reforma agraria de facto rompió
muchas estructuras verticales de autoridad social y política, caciquiles o hasta semi-feudales en
el caso de las fincas de la Selva Lacandona, como lo recuerda un anciano de esa zona:
“[. . .] orita ya estamos ya más mucho mejor, ya un poco avanzados ya en la
organización, no como en aquel tiempo pues, cuando yo me crié en esa finca de
El Rosario [. . .] La justicia que hacía él, él es el patrón y él nos gobernaba pues,
pero no había quién arregla otros puntos, sino que él es el patrón y él nos
mandaba de todo, no había ni escuela, no había nada. . . . nos castigaba él mismo,
el patrón, no otra cosa, no conocemos otra quien nos arreglara”. (Fernández
Christlieb 2014: 103)
De ahí que el patrón (generalmente mestizo) ya no ocupa un lugar privilegiado en una
jerarquía social, una nivelación que puede sentar las bases para una relación intercultural más
horizontal. En los territorios de influencia zapatista, el hecho de que personas de una variedad de
etnias, clases sociales, y afiliaciones políticas – no zapatista igual que zapatista – recurren a los
sistemas normativos zapatista refleja esa transformación de relaciones sociales (Mora Bayo
2015: 88, 96). En las palabras de un miembro del Consejo del Municipio Autónomo Francisco
Villa, Caracol de La Garrucha,
“Lo diferente es que no trabajan con dinero, simplemente trabaja por su
conciencia, da la justicia según como se presentan los problemas. Es que el
trabajo autónomo es de que no dependemos pues ya así con el gobierno,
simplemente su propio problema y su propio autoridad tiene que ser dentro del
pueblo”. (Fernández Christlieb 2014: 114)
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La validación de los sistemas normativos indígenas, tolerado por las instancias oficiales de
gobierno, representa un reconocimiento implícito de “otros saberes” y de una pluralidad de
sujetos colectivos con autoridad propia, dotados de una plena capacidad de inventar y
transformar sus propias instituciones, de manera auto-instituyente y endógena.
Los esfuerzos del zapatismo por modificar las relaciones de género se pueden considerar
como un paso más hacia la interculturalidad, en el sentido de que no representan una simple
aceptación de las normas del feminismo liberal occidental, ni tampoco congelan las prácticas
patriarcales en nombre de una supuesta “tradición” indígena inmutable. Por ejemplo, las
obligaciones domésticas que tradicionalmente corresponden a las mujeres todavía imponen
limitaciones a su participación plena en cargos de responsabilidad dentro del movimiento, lo cual
se ve reflejado en el desbalance de género por ejemplo en la mayoría de las Juntas de Buen
Gobierno (máxima instancia de gobierno autónomo en los territorios zapatistas). Pero por otro
lado, es cada vez más común en las comunidades zapatistas que las mujeres prolonguen la
soltería para ir adquiriendo responsabilidades (Millán Moncayo 2008: 218-19), abriendo
oportunidades de superar el rezago y que puedan conducir a cargos superiores. Si bien la Ley
Revolucionaria de Mujeres de marzo de 1993 formalizó una serie de derechos, entre ellos de
opción de matrimonio y de planificación familiar, quizás lo más significativo es el proceso
paulatino de incorporación de mujeres (sobre todo las jóvenes) a tareas no tradicionales, como
son los cargos de promotora de salud, educación, derechos humanos, etc.
Las culturas indígenas-zapatistas se encuentran en un proceso de evolución en cuanto a
relaciones de género (Millán Moncayo 2013). Siguen existiendo barreras culturales en la forma
de rumores y chismes en torno a una mujer soltera que viaje fuera de la comunidad por algún
cargo en las estructuras autónomos zapatistas. En 1998 cuando los zapatistas movilizaron unos
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2,500 indígenas a todos los municipios del país para realizar una consulta nacional, se estableció
la norma de que la mitad fueran mujeres; presentando una tensión cultural que se resolvió con el
envío de parejas y familiares (Millán Moncayo 2008: 227-28). En efecto se trata de “otra” forma
de respetar diferencias culturales y no sobreponer los valores de otra cultura, pero a la vez
avanzar los intereses prácticos de género en el contexto de las comunidades indígenas zapatistas.
Ya para la Escuelita Zapatista en 2013, cuando se abrieron las comunidades a estudiosos
solidarios con el zapatismo por una semana acompañados por un guardián zapatista, se le
asignaba a cada estudiante un guardián del mismo sexo, es decir, ya había cantidades de jóvenes
mujeres preparadas para asumir ese cargo y dispuestas a viajar solas a otras comunidades.
Las cruces de etnia, género, y clase generan demandas y prioridades entre las mujeres
zapatistas que no son idénticas a la agenda feminista de otros contextos (indígenas y no-
indígenas). Por ejemplo frente a la pregunta de algunas feministas sobre la postura zapatista con
respecto al aborto, el entonces subcomandante Marcos respondió, “dicen las compañeras que no
piden clínicas de abortos porque ni siquiera tienen de partos, y que subir las lomas cargando un
tercio de leña es algo que ningún código penal toma en cuenta” (citado en Zylberberg
Panebianco 2008: 303-4). Asimismo, la decisión de algunas mujeres indígenas de incorporarse a
las estructuras militares de la insurgencia zapatista fue criticada en algunos círculos feministas
como producto de una manipulación patriarcal del movimiento, lo cual termina siendo una visión
paternalista hacia las mujeres indígenas y una negación de la complejidad de las múltiples
identidades que tienen que negociar con agencia propia (Zylberberg Panebianco 2008: 304-5).
Una compañera base de apoyo explica cómo las nuevas generaciones de mujeres van rompiendo
el círculo vicioso de no asumir responsabilidades públicas porque les falta experiencia o
capacitación por las antiguas barreras de género:
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“En diferentes áreas de trabajos de la autonomía ya estamos participando junto
con los compañeros, aunque nosotros como jóvenas no sabemos cómo gobernar
pero nos nombran para ser autoridad para el pueblo, porque nos ven que sabemos
un poco de leer y escribir, pero haciendo los trabajos ahí vamos aprendiendo”.
(Base de apoyo Lizbeth, en Comisión Sexta del EZLN 2015: 123)
La escuela en el movimiento y el movimiento como escuela
Estas palabras de Lizbeth ilustran cómo la educación autónoma fortalece el movimiento
zapatista y, a la vez, cómo la participación en las luchas es una potente formadora de
subjetividades y capacidades de acción y de reflexión. En el contexto de la diversidad cultural
propia a los territorios de influencia rebelde, las nuevas generaciones de autoridades de los
Caracoles están formadas en escuelas administradas por sus comunidades organizadas en
municipios y regiones autónomas, en las cuales las relaciones pedagógicas son marcadas por
procesos endógenos de construcción de nuevos horizontes de interculturalidad crítica (Walsh
2013), a raíz de proyectos escolares de educación comunitaria, autonombrada “educación
verdadera”. En un diálogo intercultural de saberes éticos y prácticos entre campesinos y jóvenes
educadores mayas, con el apoyo eventual de colaboradores kaxlanes (no-indígenas) (Arcos
2013), la construcción de prácticas autonómicas demanda una dotación en términos de recursos
simbólicos que se adquieren asimismo en la experiencia de vida comunitaria y en las trayectorias
militantes.
Siendo conocimientos conferidos por la militancia, aprendidos del exterior y sobre la
marcha, el capital militante se adquiere en buena parte en el campo político, donde se valoriza,
pero también se puede reconvertir, reinvertir, en otro campo en caso de salida (Poupeau y
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Matonti 2004: 5-6). La noción de capital militante permite repensar los determinantes del
compromiso activista en torno a las actividades cotidianas del ejercicio horizontal del “buen
gobierno”. Se destaca entonces la vinculación del compromiso de las bases de apoyo zapatistas,
por un lado, con el proyecto regional de construcción práctica de una pedagogía decolonial por
educadores comunitarios, y por otro lado, con el proyecto global de liberación nacional de un
movimiento social como el zapatista que aspira a generar condiciones de mayor libertad (Alonso
2014). Ambas dimensiones pedagógicas y políticas son entrelazadas e inseparables en la realidad
cotidiana de la militancia, al ser a la vez formadoras de las habilidades de comprensión, de
expresión oral y escrita y de la reflexión crítica (Baronnet 2013: 141). En la praxis docente de las
escuelas zapatistas se denotan elementos de saberes y haceres relacionados con la heterogeneidad
intragrupal de formas de ver la educación entre los asesores kaxlanes, con trayectorias personales
diversas, y los integrantes de la comunidad, desde la continuidad de habitus y prácticas
institucionalizadas y la dificultad de modificarlas en un periodo corto (Martínez Torres et al.
2015: 28). La socialización política en el seno comunitario de la niñez zapatista, desde la casa a
la escuela, se realiza con el acompañamiento de su familia y de educadores locales
(“promotoretik”) que enseñan en condiciones modestas, bajo orientaciones pedagógicas
impregnadas de principios de educación popular y valores de la cultura militante zapatista, como
la defensa de los recursos territoriales y simbólicos del autogobierno comunal (Núñez Patiño
2013; Piñeyro 2015).
En el campo de la educación para la interculturalidad, las estrategias de los pueblos
originarios en México están confrontadas por las lógicas del multiculturalismo neoliberal que
limitan las márgenes de acción de las lógicas comunitarias, imposibilitando que las estructuras de
gobierno escolar aprovechen las formas indígenas de organización y de relación con el exterior.
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Otras experiencias de lucha educativa que se desarrollan en paralelo con los municipios
zapatistas apuntan hacia una “otra” educación intercultural crítica y descolonizante en los
pueblos originarios del Sur. Para los actores en Oaxaca del “Movimiento pedagógico” inspirados
en la comunalidad (Meyer 2010, Ricco y Rebolledo 2010), la creación de una educación
verdaderamente bilingüe e intercultural requiere de un cambio radical de ideología y de liderazgo
construido por procesos de participación plural y diversa (Meyer, 2010: 85). El esfuerzo de la
Coalición de Maestros y Promotores Indígenas de Oaxaca (CMPIO) se dirige a la formación de
docentes bilingües con las habilidades necesarias para identificar y responder a las necesidades
de los estudiantes y las escuelas en comunidades rurales indígenas, para que puedan identificar
las aspiraciones, historias, estructuras sociales, valores, y prioridades locales y comunales, y
hacer de ellos la base de su currículo, su pedagogía, con relaciones comunales que sean
liberadoras (Meyer, 2010: 86).
Otras autonomías indígenas en México: observaciones comparativas
El zapatismo no es la primera ni la única experiencia de autonomía indígena en México
ni en América Latina, pero ha servido de inspiración y ejemplo para muchos procesos. El modelo
zapatista de autonomía no ha buscado imponerse ni siquiera en el resto de Chiapas, y en ese
sentido de una “autonomía de autonomías” se puede decir que apunta a una interculturalidad
horizontal en donde se respetan diferentes trayectorias hacia “un mundo en donde quepan
muchos mundos”, como lo expresan los zapatistas. Otros modelos históricos de autonomía en
Chiapas incluyen la opción de grupos como la Asociación Nacional Indígena Plural por la
Autonomía, ANIPA, que intentaba negociar con el gobierno central una descentralización
territorial con reconocimiento oficial de autoridades indígenas locales, una opción “indianista”
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derivada del concepto de la plurinacionalidad. Las Regiones Autónomas Plurinacionales (RAP)
de ese proyecto se parecen a las regiones autónomas negociadas en la Costa Atlántica de
Nicaragua (Cairo Carou y De la Fuente Fernández 2003). Asimismo, la idea de una delimitación
de una pluralidad de territorios autónomos por la vía constitucional también tiene cierta similitud
con el modelo emergente en Bolivia, entre la diversidad de nuevas expresiones de las demandas
por la autonomía indígena en América Latina (Díaz Polanco 1996; Gabriel y López y Rivas
2005; Leyva Solano, Burguete y Speed 2008; González, Burguete y Ortiz 2010).
Tanto en México como en otras partes de América Latina, varias iniciativas de autonomía
se avalan de estrategias legales que a veces se remontan a concesiones otorgadas desde la época
de la colonia española (López Bárcenas 2006, 2008; Gasparello y Quintana 2009). Un aspecto
distinto del zapatismo en comparación con otros casos es que representa una autonomía de facto,
que se ejerce a través de la correlación de fuerzas políticas en vez de negociar concesiones que
impliquen la aceptación de la autoridad superior del Estado constituido. En ese sentido, no son
cúpulas que negocian al estilo de la cultura política de la democracia liberal-representativa, sino
que son procesos generadores de subjetividades colectivas que se van constituyendo a través de
las prácticas de autonomía en la cotidianidad (Duarte Corte 2010; Dinerstein, Giotto y Pascual
2013; Stahler-Sholk 2015a). Las mismas prácticas y experiencias van rescatando y
reconstruyendo otra forma de conocimiento, valorizando “otros saberes” comunales distintos a
los de la cultura dominante (Mora Bayo 2010, 2011). Esas prácticas autonómicas en los hechos,
del zapatismo y de algunos otros movimientos, representan una forma de “política prefigurativa”
que implementa su visión alternativa sin pedir ni esperar el reconocimiento de los poderes
constituidos (Dinerstein, Contartese y Deledicque 2013; Dinerstein 2015). El poder del
movimiento no proviene de los acuerdos negociados (que de todas formas el gobierno no
18
necesariamente cumple, como vemos en México en el caso de los Acuerdos de San Andrés de
1996), sino de la consolidación de un nuevo imaginario al interior de las comunidades zapatistas
(Cerda García 2011), producto de la participación de las bases en el proyecto colectivo.
Esa lección sobre el impacto de la participación en la conformación de subjetividades
colectivas se puede ver en otros modelos híbridos de autonomía indígena en México. Veamos
por ejemplo los casos de algunas comunidades 1) nahuas de la Sierra Norte de Puebla, 2)
purépechas de la comunidad de Cherán en el estado de Michoacán, 3) binni záa (zapotecas) y
otras del istmo de Tehuantepec en el estado de Oaxaca, y 4) yaquis del desierto de Sonora en el
noroeste del país. En cada uno de estos casos, las comunidades recurrieron en diferentes grados
al marco legal para respaldar sus demandas de autonomía, pero a la vez actuaron para rescatar y
reivindicar sus culturas indígenas, en contextos en donde el Estado neoliberal impulsaba una
incursión cada vez más amenazante para su forma de vivir. En cada caso, vemos la forma en que
el modelo neoliberal-extractivo (minero en Puebla, maderero-narco-Estado en
Cherán/Michoacán, energético-eólico en Oaxaca, y de un acueducto en el territorio yaqui de
Sonora) implicaba un debilitamiento de la cohesión de los sujetos sociales (Zibechi 2015), por lo
que el reclamo intercultural del derecho a la diferencia es un arma de defensa de las comunidades
indígenas.
1. Sierra Norte de Puebla
Un caso histórico que ejemplifica la diversidad de trayectorias de autonomía sería de las
comunidades del municipio de Cuetzalan, como San Miguel Tzinacapan, muestra de resistencia
y supervivencia digna (Sánchez Díaz y Almeida Acosta 2005). En el caso de la Sierra Norte de
Puebla, surgió una experiencia interesante de organización alternativa en comunidades nahuas
del municipio de Cuetzalan que se puede caracterizar de intercultural (Sánchez Díaz y Almeida
19
Costa 2005). Varias comunidades nahuas y totonacas comenzaron a organizarse en los años 70,
apoyados por un grupo de intelectuales y activistas que se aliaron con miembros de la comunidad
en el Grupo PRADE (Proyecto Animación y Desarrollo, A.C.). 2 El grupo se dedicó a varios
proyectos comunitarios con énfasis en el rescate de las culturas indígenas, lo cual contribuyó a la
consolidación de una subjetividad colectiva en una región pobre. En el pueblo nahua de San
Miguel Tzinacapan, por ejemplo, unos jóvenes maestros y profesionistas mestizos egresados de
la escuela Normal y la Universidad llegaron hace décadas a la zona y rápidamente se dieron
cuenta de que los obstáculos principales a la educación de los niños y los jóvenes eran
socioeconómicos, culturales, y lingüísticos. Se pusieron a aprender nahua y a juntarse con los
padres de familia para diseñar soluciones participativas y comunitarias, en un esfuerzo que se
puede concebir como intercultural y dialógico.
Lo interesante es que las propuestas alternativas en materia de educación en este caso
efectivamente abrieron espacios de interculturalidad crítica bastante independientes, con base a
las necesidades definidas a nivel local, pero sin romper formalmente con el sistema oficial de
educación pública. Por ejemplo, los maestros modificaron el horario y calendario escolar para
reflejar la dificultad de transporte desde las comunidades, las fechas importantes en términos de
la cultura y del ciclo agrícola, etc. Introdujeron clases en el idioma nahua, sustituyeron la opción
de usar traje indígena en lugar de uniformes escolares, y con participación comunitaria crearon
programas de alimentación y de huertos de hortalizas en la propia escuela. Las innovaciones
fueron posibilitadas por circunstancias que se podrían considerar excepcionales, entre ellas un
supervisor comprensivo en el distrito escolar y el apoyo de personas externas, por ejemplo a
través del Grupo PRADE. Las iniciativas en materia de educación se complementaron con
2
Esa sección está informada por una visita a la sierra norte de Puebla (11-13 sept. 2013), con reuniones
comunitarias y pláticas con activistas históricos en las comunidades de San Miguel Tzinacapan y Ayotzinapan,
municipio de Cuetzalan.
20
proyectos comunitarios, como varias publicaciones bilingües de rescate de historia y de
conocimientos locales, y una radio comunitaria (Radio Tzinaca) animada por jóvenes activos en
la defensa de la cultura y el territorio. Con esta sinergia, se fueron fortaleciendo el sentido de
identidad colectiva y de capacidad local propia.
Después de más de treinta años de desarrollo de formas propias de organización
comunitaria, no es casual que esta comunidad haya recibido con entusiasmo a los dirigentes
zapatistas en febrero de 2006 como escala en la gira de La Otra Campaña. Sintieron una afinidad
y cercanía con el proyecto zapatista a través del Congreso Nacional Indígena, con una variante
de autonomía local que acomoda los programas gubernamentales a sus prioridades comunitarias,
como el rescate de la tradición oral y la revitalización lingüística. En la misma zona, la toma de
conciencia de los derechos indígenas también les ha llevado a reivindicar sus sistemas
normativos de justicia, organizados con base en los usos y costumbres indígenas (Chávez y
Terven 2013). Asimismo a partir de 2012, las comunidades de Cuetzalan y varios municipios
nahuas y totonacos de la Sierra Norte se han organizado para rechazar megaproyectos de minería
(Rojas 2012) alrededor del Consejo Tiyat Tlali “en Defensa de Nuestro Territorio”. Convirtiendo
el poder organizativo en instrumento de presión a través de canales legislativos y judiciales
oficiales, lograron una victoria importante en parar propuestas de fracturación hidráulica
(fracking) en abril 2014. 3 Esas expresiones concretas y logros del proceso local de autonomía
derivan de largos procesos de organización y refuerzo de identidad colectiva a través de la
participación comunitaria, rescatando tradiciones indígenas y a la vez forjando alianzas entre
grupos indígenas y mestizos. Sus luchas anteceden al levantamiento zapatista y adoptan
3
Ver: Martín Hernández A., “Cuetzalan gana batalla al fracking, Pemex reconoce que no puede perforar su
territorio”, Jornada de Oriente, Regeneración 8 abr. 2014, http://regeneracion.mx/causas-justas/cuetzalan-fracking/ ;
y “Empresas mineras atentan contra la Sierra Norte de Puebla”, http://apiavirtual.net/2014/07/03/empresas-mineras-
atentan-contra-la-sierra-norte-de-puebla/ , consultados 14/07/14.
21
estrategias distintas de relación con el Estado, aunque sí encuentran resonancia e inspiración en
el modelo zapatista de organización horizontal, lejos de la injerencia de los partidos políticos.
2. Cherán, Michoacán
Otro caso más reciente es el municipio de Cherán en el estado de Michoacán, que declaró
su autonomía desde el 15 de abril de 2011 en una variante más cercana a la resistencia zapatista.
El pueblo Purépecha de Cherán se ha avalado del marco jurídico nacional e internacional para
reivindicar su autonomía municipal, pero es importante recalcar que su capacidad de sostener el
proyecto frente a la violenta oposición del Estado y de grupos de la delincuencia organizada se
debe principalmente a la capacidad y la conciencia desarrollada en el propio proceso de
organizar la autonomía (Ventura Patiño 2012). Según cuentan los participantes, 4 la comunidad
sufría por mucho tiempo las intrusiones de talamontes que robaron sus recursos madereros de los
bosques pertenecientes al municipio. El problema se complicaba por el hecho de que los
talamontes aparentemente operaban con la protección de narcotraficantes, que a su vez ejercían
su autoridad en la zona sin que el Estado los impidiera. Un día los camiones de los talamontes
atropellaron a un niño, lo cual provocó una reacción de las mujeres de la comunidad que salieron
a enfrentarse con los intrusos. Al escalarse el conflicto, se unió la comunidad alrededor de una
declaración de autonomía en la cual decidieron gobernarse como municipio autónomo. Formaron
sus estructuras de autogobierno organizadas con representación de cuatro barrios de la cabecera,
exigiendo la partida del presupuesto federal que correspondía al municipio (equivalente a unos
USD 2.3 millones anuales).
En ese sentido la comunidad autónoma de Cherán opera dentro del marco de los derechos
de autogobierno formalmente reconocidos por el Estado (aunque concedidos apenas en respuesta
4
Esta sección está informada por conversaciones con maestros y coordinadores de educación, el responsable de
bienes comunales, y otros activistas del proyecto autónomo en Cherán, realizadas el 12 de abril 2014 durante la
celebración del tercer aniversario de su autonomía.
22
a la presión de grupos como los zapatistas, e implementados a regañadientes en el mejor de los
casos). A pesar de canalizar sus demandas a través de la legalidad, los autónomos de Cherán
evidentemente están haciendo un “uso contra-hegemónico del derecho” (Aragón Andrade 2013).
Han destinado los recursos económicos ganados a proyectos orientados a incrementar su grado
de autosuficiencia – por ejemplo un aserradero y fábrica de resina, tanques de agua potable, etc.
– y su forma de gobernarse obviamente no es del agrado de los partidos ni de la clase política.
Si analizamos cómo se logró este grado de autonomía en un lapso de tiempo
sorprendentemente corto (bastante consolidado en apenas tres años), y contra tanta oposición en
medio del estado de Michoacán donde los narcos parecen operar con impunidad, podemos
identificar varios factores. En primer lugar, a pesar de que se trata de un contexto bastante
urbanizado en donde gran parte de la población ya no habla el idioma purépecha, ha habido un
importante proceso histórico de construcción y preservación de la identidad indígena (Dietz
1999). La educación alternativa tuvo un lugar importante en crear espacios de empoderamiento
insertados en el contexto de la cultura purépecha (Velázquez Morales y Lepe Lira 2013). El
Proyecto Educativo Cherán K´eri (2013) busca promover en las escuelas del municipio
purépecha un modelo de educación con pertinencia cultural y lingüística, poniendo énfasis en el
fortalecimiento de los saberes comunitarios y en el aprecio a la lengua y cultura propia y su
relación con el mundo exterior. Los participantes en el proyecto de autonomía incluyen muchos
profesionistas (ingenieros, abogados, contadores, educadores, etc.), que contrario a la lógica
estrictamente mercantil han prestado sus servicios de forma unificada al proyecto autónomo, es
decir, combinando los “saberes” técnicos escolarizados con los valores indígenas de colectividad
y de servicio a la comunidad. Esa combinación intercultural de conocimientos a su vez tiene
raíces en esfuerzos organizados de rescate cultural purépecha desde los años 90, que entre otros
23
logros resultó en la creación de la Escuela Normal Indígena de Michoacán, y luego de la
Universidad Intercultural Indígena de Michoacán (Jasso Martínez 2012).
Entre las características locales que facilitaron el proceso en Cherán está el hecho de que
prácticamente toda la población del municipio vive en la cabecera, con pocas comunidades
alejadas, y casi todos se identifican como purépechas y apoyan el proyecto de autonomía. La
misma necesidad de autodefensa también impuso la urgencia de unirse. El mismo proceso de
organización de la autonomía a partir de 2011 abrió nuevos espacios sociales, como “las fogatas,
puntos de reunión espontáneos y comunitarios que surgieron con el movimiento social del 15 de
abril de 2011” (Velázquez Morales y Lepe Lira 2013), que cumplieron una función de praxis
educativa que recuerda de la experiencia comunal de las barricadas en el caso de la insurrección
en Oaxaca en 2006. Al igual que en la sierra norte de Puebla, los maestros impulsaron dentro del
sistema oficial de educación, pero con participación comunitaria y apoyo de asociaciones civiles,
proyectos alternativos como la edición de historias populares de la autonomía de Cherán para
usar en las escuelas. En fin, un proyecto aparentemente espontáneo de hecho juntaba una serie de
condiciones favorables, y se nutrió de procesos organizativos y de formación de identidades
colectivas. Selectivamente se combinaron elementos de la cultura dominante (del sistema
educativo oficial, y del marco jurídico de reconocimiento al derecho de gobernarse por usos y
costumbres), con una versión reinventada de la cultura indígena purépecha.
3. Istmo de Tehuantepec, Oaxaca
En el Istmo de Tehuantepec en el estado de Oaxaca, varias comunidades binni záa
(zapotecas), ikoots (huaves), y de otras etnias se han organizado en los últimos años para resistir
la imposición de megaproyectos, entre ellos la construcción de campos de molinos generadores
de energía eólica impulsados por empresas transnacionales españolas. Al igual que en el caso de
24
Cherán, el motivo inicial que desató la resistencia fue una circunstancia coyuntural y defensiva,
pero se expandió para constituirse en un planteamiento más amplio de autonomía. Un núcleo
importante de esa resistencia ha sido la comunidad binni záa de Álvaro Obregón, dependencia
del municipio oficial de Juchitán. 5 Los residentes cuentan que al llegar representantes de la
empresa española Mareña Renovables, inicialmente creían las promesas de fuentes de empleo,
desarrollo económico, e impacto ambiental benigno. Sin embargo, las perforaciones para instalar
los enormes postes que sostienen los ventiladores produjeron vibraciones que mataron y
ahuyentaron los peces en esa comunidad pesquera. Al percatarse de esos y otros efectos
ambientales negativos, comenzaron a organizarse para reclamar. Cuentan que la empresa
introdujo guardias armadas para controlar el acceso a la barra de arena donde embarcaron los
pescadores. Al protestar, los residentes rápidamente se dieron cuenta que la empresa había
comprado la aceptación de algunos pobladores y arreglado la complicidad de las autoridades del
municipio de Juchitán. De la resultante escalada del conflicto surgió el planteamiento de una
forma de autonomía organizativa. Los habitantes de Álvaro Obregón tomaron en sus manos la
delegación de la policía, declararon que se gobernarían por usos y costumbres a través de un
consejo comunitario y con asesoría de un consejo de ancianos, y prohibieron la entrada de
partidos políticos y de empresas transnacionales.
Otra vez podemos comprobar que una intensa y aparentemente repentina organización
comunitaria de resistencia en realidad tuvo largos antecedentes, y que se asentó en un fuerte
sentido de identidad colectiva y de derechos indígenas. Históricamente en el estado de Oaxaca la
población originaria representa la mitad de la población total (en segundo lugar porcentualmente
después del estado de Yucatán). Tiene el mayor número de municipios reconocidos como
5
Esta sección está informada por visitas y pláticas con las autoridades autónomas de Álvaro Obregón los días 4-5 de
ene. 2014, y 29 mar. 2014, esta última visita en el marco del encuentro del Consejo Nacional Indígena CNI-Istmo.
25
autónomos en toda la República, lo cual refleja una larga tradición emancipatoria de lo que se ha
concebido como base de la comunalidad (Manzo 2012, Aquino Moreschi 2013). En el caso del
Istmo de Tehuantepec, la historia relevante también incluye la experiencia de un gobierno
independiente del Partido Revolucionario Institucional (PRI), a cargo de la Coalición Obrera,
Campesina, Estudiantil del Istmo (COCEI) que ganó las elecciones municipales en 1981. A pesar
de que esa experiencia sentó ciertos precedentes de independencia con respecto al partido del
Estado, al paso del tiempo el COCEI se convirtió en un instrumento del partido PRD. Esta
experiencia histórica reforzó el escepticismo de la población local hacia el sistema electoral y los
partidos políticos cuando estos no los defendió en el conflicto con las empresas transnacionales.
El descubrimiento de la colusión y corrupción de los políticos locales en el conflicto con Mareña
Renovables fue un factor importante en la deslegitimación del sistema político oficial.
Otro factor que reforzó la identidad colectiva local es la identidad zapoteca (binna záa),
evidente en la forma en que los ancianos cuentan su historia como pueblo y su cosmovisión
cuando explican los eventos recientes. En la historia local también se destaca la figura del
General Heliodoro Charis, indígena de Juchitán y leyendario héroe. Su busto adorna el
ayuntamiento ahora autónomo, y la policía comunitaria autónoma se instaló simbólicamente en
el cuartel histórico del Gral. Charis, punto de referencia para el orgullo local. En tiempos
modernos, el hecho de que toda la comunidad de Álvaro Obregón se identifica como zapotecos y
casi todos viven directa o indirectamente de la pesca, refuerzan el sentido colectivo de la lucha.
Se puede decir que la resistencia en el Istmo contra los megaproyectos ha hecho un uso
estratégico de la identidad indígena en un contexto de nuevo reconocimiento ganado a nivel
nacional e internacional de los derechos indígenas, entre ellos el derecho a la consulta; lo cual no
le resta legitimidad a su reivindicación identitaria, ya que es derecho de cualquier comunidad
26
definir su propia identidad. Es de notar que al organizarse en resistencia, las comunidades en
cuestión han abrazado su afiliación con el Congreso Nacional Indígena. La comunidad de Álvaro
Obregón sirvió de anfitriona para la reunión regional del CNI-Istmo en marzo de 2014, y en su
declaración al concluirse el encuentro enfatizaron su simpatía por el zapatismo y su interés en
estrechar contactos con el EZLN (CNI-Istmo 2014). La observación-participativa en los grupos
de trabajo de ese encuentro hizo que hubo comparación explícita de sus estrategias con el
modelo zapatista de autonomía. Varios de los participantes en el encuentro habían asistido a la
Escuelita Zapatista, un espacio de encuentro entre varios movimientos de autonomía y
resistencia a nivel nacional e internacional.
4. Los yaquis de Sonora
La tribu yaqui, que vive en el estado noroeste de Sonora en México y el estado de
Arizona en los Estados Unidos, tiene una larga historia de lucha para defender su territorio y su
forma de vivir, primero contra los invasores españoles y luego contra el gobierno mexicano.
Fueron objetos de una forzada deportación masiva hacia Yucatán en la época de Porfirio Díaz,
con conflictos armados que siguieron hasta 1929. En la cosmovisión de los yaquis, prevalece un
arraigo especial con el territorio, ya que su asentamiento en ocho pueblos específicos forma la
base de su identidad como pueblo y de sus creencias y prácticas espirituales. Si bien sus rituales
han sido fundamentales para la conservación de su identidad y su organización interna (Lerma
Rodríguez 2015a), han tenido que negociar constantemente sus relaciones con el gobierno y con
la cultura mestiza, y por su ubicación en una frontera internacional han estado impactados por los
cambios en la economía política más allá de sus comunidades.
El esquema de gobierno tradicional que ha funcionado en coordinación con la autoridad
del Estado nacional, comenzó a entrar en crisis en tiempos recientes con el Plan Integral de
27
Desarrollo de la Tribu Yaqui (PIDTY) en los años 80 y 90. Se produjo una división en el seno
del Gobierno Tradicional yaqui, con un grupo (instalados en el municipio de Vícam Estación)
que siguió apoyando el PIDTY y otro grupo (en Vícam Pueblo) que los acusaba de estar
coludidos con el poder hegemónico del PRI y poco comprometidos con las tradiciones culturales
y la autonomía del pueblo yaqui (Lerma Rodríguez 2015b). Esas divisiones se agudizaron a
partir de 2010 con el anuncio por el gobernador de Sonora del plan de construcción del
Acueducto Independencia, que implicaría el desvío de agua del Río Yaqui (Velásquez 2014), lo
cual tiene serias consecuencias tanto simbólicas como económicas para la tribu en una zona
desértica.
El conflicto yaqui sobre el agua y los planes de desarrollo ha tomado una dimensión
identitaria, presentándose en la forma de una disputa sobre quién tiene la autoridad legítima para
definir las tradiciones yaquis y su relación con el mundo exterior. Es interesante que los
opositores al acueducto y al esquema neoliberal de desarrollo se han afincado en los rituales
tradicionales para apuntalar su legitimidad; pero a la vez han buscado mecanismos de estrechar
nuevas relaciones interculturales, por ejemplo con los zapatistas y con el Consejo Nacional
Indígena, y en 2013 abrieron sus comunidades de forma inaudita a una delegación solidaria de
yoris (personas no yaquis) durante sus rituales religiosos de Cuaresma y Semana Santa cuando se
practica la sagrada danza del venado. Los opositores al acueducto han combinado el uso
estratégico de sus tradiciones culturales con mecanismos legales dentro del sistema normativo
oficial. Llevaron el juicio contra el acueducto hasta la Suprema Corte Judicial de la Nación. Sin
embargo, cuando el poder ejecutivo desconoció el fallo de la Suprema Corte, no tuvieron
remedio más que recurrir a tácticas de desobediencia civil, con bloqueos selectivos de la
carretera internacional para impedir el tráfico camionero hacia Estados Unidos como palanca de
28
presión. En medio de esa complicada estrategia con respecto a la legalidad oficial, el gobierno
aprovechó de las divisiones en la tribu para encarcelar a varios dirigentes y voceros opositores
yaquis con cargos inventados. En este caso, las divisiones internas en cuanto a la identidad
cultural y la estrategia de relaciones con la cultura dominante son desafíos para el proyecto
autonómico yaqui.
Interculturalidad y autonomía: aprendizajes de las experiencias mexicanas
Hay una estrecha relación entre la autonomía y la interculturalidad. Para reivindicar una
identidad cultural propia y optar por la forma de relacionarse con otras culturas, hace falta
establecer un espacio libre de coacción de la cultura dominante, es decir, una autonomía. Frente a
la aplanadora neoliberal, el reclamo de un requisito de consulta “libre, previa, e informada” da
cuenta de esa necesidad. Cada pueblo originario define su propia trayectoria hacia la autonomía
y su relación con otras culturas en el camino, según su historia y las condiciones actuales en las
cuales se encuentra. Esa búsqueda de autonomías es un proceso heurístico, en donde la
autonomía no es un fin sino un proceso que va creando y reinventando identidades.
En esta ponencia hemos estudiado las tensiones observadas entre formas distintas de
concebir la organización y el funcionamiento de las autonomías, a partir de reflexiones analíticas
acerca de las experiencias autonómicas de los pueblos mayas zapatistas en el Sureste, de los
campesinos nahuas de la Sierra Norte de Puebla en el Centro, de los comuneros purépechas de
Cherán en el Oeste y de la tribu Yaqui en el Norte de México. Las realidades comunitarias que
hemos investigado nos permiten argumentar que las identidades culturales, el arraigo territorial y
las prácticas productivas y educativas de los pueblos originarios representan demandas políticas
que son activadas por los sujetos colectivos para resistir al despojo de recursos que conlleva la
29
aspiración capitalista de desarrollo económico en las diferentes regiones del estudio. Sin
embargo, la hegemonía del multiculturalismo neoliberal defendido por las clases dominantes
disimula mal la continuidad del carácter centralista y represivo del Estado nación, el cual ahora
instrumentaliza de manera retórica los valores positivos atribuidos a la diversidad cultural,
mientras profundiza las dependencias y desigualdades creadas por los programas asistencialistas
propios al neoindigenismo contemporáneo y que contribuyen a cierta jerarquización de las
culturas además del control político ejercido sobre los pueblos. Si bien los movimientos sociales
en los cuales se articulan los pueblos originarios en lucha pueden ser concebidos como vectores
que sostengan la resistencia activa frente a las tentativas de despojo de los recursos territoriales,
las distintas organizaciones de militantes indígenas mencionadas aquí coinciden en buscar a
acompañar los esfuerzos autonómicos con un fuerte trabajo de educación y concientización a
nivel local, para evitar de reproducir mentalidades despolitizadas y estructuras de pensamiento
colonial. En este sentido, los diferentes procesos de construcción de autonomías políticas se
orientan más bien hacia la generación de nuevas subjetividades colectivas, a partir de formas
significativas de autogestión y gobierno propio, pero también gracias a dispositivos formales de
educación intercultural crítica, así como la invención de estrategias de desarrollo autosostenible
y de economía solidaria.
Como parte medular de los proyectos autonómicos, la creación de nuevos espacios de
redefinición de identidades propias se inscribe en la resignificación de sus formas de relación con
la cultura dominante y con el poder del Estado nación, para sentar así las bases de la
construcción de una interculturalidad crítica que haga posible, en palabras de Walsh (2013: 67-
68),
30
“destacar el trabajo de aprendizaje, desaprendizaje y reaprendizaje implicados en
y necesarios para el de(s)colonizar de nosotros mismos y hacia formas ‘muy
otras’ de estar, ser, pensar, hacer, sentir, mirar, escuchar, teorizar y actuar, de con-
vivir y re-existir ante momentos políticos complejos caracterizados por violencias
crecientes, represión y fragmentación”.
En la compartición del EZLN en el Primer Festival Mundial de las Resistencias y las Rebeldías
contra el Capitalismo, el compañero Arturo (Caracol III, La Garrucha) nos recuerda por su parte
que este trabajo de reaprendizaje se construye en común:
“debemos de trabajar o dirigir comúnmente esa nueva forma de vida del pueblo,
es decir, trabajar, pensar colectivamente. Colectivamente lo planeamos nosotros
los y las zapatistas, es ahí donde nos sentimos dueños de todo trabajo o
producción. Por ejemplo, la tierra que recuperamos, somos dueños todos y todas”
(Rebeldía Zapatista 2015: 31).
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